Hace poco salió una película, llamada “Desafío” con Daniel Craig, basada en hechos reales, que cuenta la historia de un grupo de judíos en Bielorrusia durante la segunda guerra mundial. Muestra cuando los nazis llegan a un pueblito, Stankeville, y, como sabemos pasan masacrando a los judíos. Matan a toda una familia y pero quedan unos hermanos, los Bielsky que para que no los maten se esconden en el bosque. En ese bosque que conocían desde niños, desde su infancia, ahora viendo cómo pueden sobrevivir a esas condiciones. Y también piensan como vengarse, sacarse esa espina clavada que tienen. Y mientras van pensando estas cosas y ver que hacer, empiezan a encontrar que también había otros escondidos en el bosque. Y estas personas se empiezan a juntar con ellos, se empiezan a agrupar. Ellos no saben bien qué hacer con toda esta gente. Y para colmo sigue apareciendo gente. Y las cosas se le empiezan a complicar, no tienen qué comer, dónde dormir. Se les viene el invierno con todo lo duro que es en esos lugares, con la nieve, el frío. Y en momento Tubia el hermano más grande, se va a ir a una ciudad, para arreglar algunas cosas, y ver si conseguía algo para comer. Y el hermano que lo seguía Sus, eran los dos líderes, le dice: “ve, consigue lo que necesitamos pero no traigas a nadie más”.
Bueno, obviamente vuelve con algo de comida y con muchísima más gente que había encontrado en el camino y que se les unía a ellos. Y ahí hay una gran discusión entre los hermanos porque uno le dice que no tenemos ni para sobrevivir nosotros y cada vez hay más gente. Y ese no tener para sobrevivir ellos, se va a transformar en un grupo de 1200 personas que intento en el día a día lucharla, escondida en los bosques para poder sobrevivir en ese momento tan difícil. ¿Cómo? Entregando y dando todo lo que podían, todo lo que tenían, ayudándose los unos a los otros. ¿Cómo sigue? Como siempre van a tener que ver la película, yo solo les digo el tráiler no más. Y creo que esto es un claro ejemplo de que en una situación límite donde uno muchas veces piensa como puedo sobrevivir como me puedo salvar de esta. Pero no pensando solamente en uno sino como podemos salvarnos, como podemos ayudarnos entre todos.
Muchas veces en los momentos de más tensión, en los momentos más difíciles, en los momento en que las cosas se ponen más complejas, es donde se define qué es lo que hacemos: “si solamente nos preocupamos por nosotros, si solamente nos preocupamos por el que tenemos más cerca, o si tenemos un corazón que se anima a abrirse a los demás”. Si tenemos un corazón que confíe en otro en los momentos difíciles, un corazón que se entregue al otro en los momentos complejos. Y esta es una tarea de toda la vida. Todos tenemos la experiencia de lo que nos cuesta darnos y entregarnos. Tal vez una de las cosas que han sido más minadas, más atacada en esta época, en nuestra sociedad, ha sido la confianza. Nos cuesta mucho confiar en el otro. En vez de partir de lo que sería más básico yque nos enseñan desde chiquitos que es a confiar en el otro, es casi lo contrario, partimos desde desconfiar en el otro, partimos desde la duda. Y cuando se parte de la desconfianza es cuando más cuesta entregarse, darse al otro. La entrega supone que yo confío en lo que va a pasar, en el que está al lado mío, en el que me acompaña y en mí mismo. Pero muchas veces en vez de confiar intento mantener las cosas controladas. Sé que en este lugar, en este pequeño recinto yo me puedo mover bien; pero no quiero salir de acá, y no solamente en un nivel físico, sino también vital, en mi propia vida.
Y este es un trabajo de toda la vida. Uno tiene que animarse a abrirse, uno tiene que animarse a confiar en el otro. Es verdad que uno a veces es herido en esas situaciones y cuesta volver a animarse a abrir el corazón para entregarse. Pero también todos tenemos la experiencia de la felicidad que se vive cuando uno encuentra a quien, con quien o a que entregarse. El gozo que se produce en el corazón cuando se puede ser totalmente libre, cuando descubro que la entrega pudo partir de lo más profundo de mi ser. Y en la vida del otro, cuando puedo ver como crece, como confía, como hace camino, se puede entregar. Y como también nos ponemos felices cuando el otro se entrega a nosotros, cuando descubrimos lo profundo de la entrega del otro que conmueve lo más profundo de nuestras vidas. Y como decía antes, esto es todo un camino: el aprender a abrirse, aprender a entregarse, aprender a darse. Es un camino en la vida, es un camino en la fe. El aprender a darse y entregarse a Dios, también es un camino que día a día vamos recorriendo, vamos transitando, y que nos cuesta infinidad de veces.
Hoy escuchamos en el evangelio este ejemplo donde Jesús nos invita a poner la confianza y a entregarnos. Podríamos imaginar la escena. El templo de Jerusalén, que no conocemos porque ya esta destruido, en el cual parece que los escribas estaban enseñando, hablando como hacían siempre. Seguramente los discípulos estaban admirados mirando esa maravilla que era el templo. Y una persona insignificante, que prácticamente pasa desapercibida en medio del templo: Una mujer, viuda.
Primer problema mujer. Yo no tengo ningún problema como ya les he dicho con las mujeres, pero en esa época estaban muy abajo en la escala social. Segundo, gran problema: viuda. Tan así que uno de los deberes de los israelitas era cuidar de las viudas. Porque quedaban totalmente desprotegidas sin nadie que las mantenga. Y no sólo era una mujer viuda a la que nadie le prestaba atención sino que deja algo insignificante en el tesoro del templo. En ese gran tesoro del templo en el que parece que varios dejaban grandes sumas esta mujer deja sólo dos monedas de cobre. Y sin embargo, Jesús llama a sus discípulos para enseñarles. Y pone como criterio de lo que se tiene que hacer a esta mujer, que parece que no está haciendo nada. Parecía totalmente insignificante lo que estaba realizando. ¿Por qué los llama? Porque sabemos que Dios mira lo profundo del corazón. Dios mira lo que pasa en el interior de nuestras vidas. Y a los discípulos les costaba. Y a nosotros nos cuesta. Somos de mirar más los resultados. No importa el esfuerzo, lo que el otro hizo, la forma en que se hizo, como uno se desgasto. Nos quedamos muchas veces en las fachadas y no vamos a lo profundo. Y también nos cuesta entregarnos, también nos cuesta darnos.
Hoy, Jesús nos pone como criterio a esta mujer. En realidad, tal vez para quedar bien como las mujeres hoy, en el evangelio de Marcos hay tres mujeres que son criterio. Y que le muestran a Jesús el camino.
En primer lugar, no sé si recuerdan, lo leímos hace poco, una mujer sirofenicia, que tenía una hija enferma y va a pedirle a Jesús que la cure. Y Jesús le contesta que no, que vino para las ovejas perdida del pueblo de Israel. Y la mujer grita, molesta, insiste, hasta que Jesús dialogando con ella y frente a la frase: “hasta los cachorros comen las migas que caen de la mesa”, hace el milagro. Es decir, esta mujer le muestra a Jesús que tiene que abrirse todos. Que su misión en ese momento no es solamente para el pueblo de Israel sino que tiene que ser para todos los hombres. Le anticipa lo que tiene que hacer.
Hoy leemos la segunda, esta mujer viuda, que le muestra con un simple gesto que se pueda dar todo uno. Y que en ese gesto de entrega pone su confianza total en Dios. Y le muestra a Jesús lo que va a tener que hacer. Entregar todo. Darse. Le anticipa el camino, lo que va a vivir.
Por último tenemos otra mujer, que antes de su muerte unge a Jesús con perfume. Y también le muestra que tiene que dar la vida. Que el único camino que queda es entregarse todo, que Él tiene que darse por los demás.
Tres mujeres que le van mostrando el camino de lo que significa abrirse, confiar. Este gesto que va a tener Jesús.
Y lo primero que pensaba es, que difícil es hablar de la entrega, me resulta casi farisaico. Porque la escena es muy curiosa. Por un lado los escribas, los fariseos que hablan, seguramente dicen lo que uno tiene que hacer religiosamente para acercarse a Dios. Y Jesús no los pone como ejemplo. Por otro una mujer, que puso dos monedas, su ejemplo. Una mujer que puso un gesto. Una mujer que hace. Y pensaba lo contradictorio de este momento, yo estoy hablando acá. Tengo el micrófono todos los domingos. Y lo que está pidiendo Jesús es poner gestos. Aprender a entregarnos. Y, yo me pongo en primer lugar, pensamos, tenemos un montón de palabras y criterios para todas las cosas, pero ¿hacemos? ¿Ponemos gestos concretos?
Animarnos a darnos, a entregarnos, a poner la vida en lo que nos toca. Aún en las cosas que parecen más insignificantes. Porque a veces pareciera que el entregarse vale cuando las cosas son grandes o importantes. El gesto este es totalmente insignificante. O pareciera. Porque termino siendo criterio para todos los demás. Tanto criterio que está en el evangelio. Pensaba, no se cuanto más habrá vivido esta mujer, ni idea, pero me imaginaba años después si esta mujer tuvo la suerte de escuchar este evangelio. Se hubiese acordado que 30 o 40 años antes puso dos moneditas en el tesoro de un templo y que es de ella de quien están hablando. Seguramente escucharía, se alegraría, y se preguntaría de quien están hablando, que lindo gesto el de esta persona. Porque ese gesto seguramente ni a ella le llamo la atención. ¿Por qué? Porque partió de lo profundo de su corazón. Lo que hizo no se dio ni cuenta. Y cuantas veces nosotros no nos damos cuenta de lo que hacemos. Nos parece insignificante. Tanto que se escucha la frase no vale la pena, o no sirve para nada. No, para cambiar las cosas no se puede hacer nada en nuestro país, o en nuestros trabajos, colegios, facultad, familias. No vale la pena gastarse.
Jesús no pone como ejemplo cosas grande, pone como ejemplo lo que parece insignificante. Lo que parece que no cambia nada, eso es criterio para los demás. Eso es lo que cambia dice Jesús, eso es lo que nos cambia, eso es lo que cambio a los demás que miraban y escuchaban. Entregarse en lo que le tocaba.
Los discípulos no cambiaron de vida antes y después de que Jesús se entregara. Pero entendieron en ese gesto lo que tenían que hacer: entregarse. Es muy simple, antes lo siguieron, después lo siguieron. Pero la manera cambio. Cuando vieron en Jesús lo que significaba darse, entregarse por completo, ellos quisieron vivirlo. Vivieron lo mismo pero ahora dándose y entregándose de una manera diferente.
Muchas veces pensamos que es lo que tenemos que hacer. No sigamos pensando. Sigamos haciendo lo que hacemos pero entregándonos de una manera diferente. Los que están en el colegio, entréguense totalmente, juéguense la vida ahí. Den todo lo que tienen, inténtelo. Los que están en la facultad lo mismo. ¿Pero no sé si es mi carrera, si es lo que quiero? pero pongo toda mi vida ahí, intento, aunque sea entregándome, ver si es lo mío, si puedo. O hago la plancha y tal vez después cambia la marea y voy para otro lado. En las familias, en nuestra Iglesia, nosotros acá. En lo que nos toca vivir estamos abriendo el corazón y dándonos. Eso es lo que define. Eso es lo que después se recuerda. Eso es lo que llena el corazón, Eso es lo que nos ayuda a crecer.
Tal vez no nos demos cuenta como esta mujer, tal vez parezca que no sirve para nada. Para que me degasto día a día en mi casa, en mi colegio, en tal lugar. Bueno, eso es lo que Jesús pone como ejemplo, eso es lo que nos pide día a día a nosotros. Eso es lo que quiere que hagamos.
Pidámosle entonces a esta mujer que entendió que lo importante eran los gestos, entregarse, confiar en Dios, sin saber lo que iba a pasar al otro día, que también nosotros podamos hacer lo mismo. Podamos, en lo que nos toca, vivir de esa manera: Entregarnos, darnos.
(Domingo XXXII, lecturas: 1Rey 17,10-16; Sl 145,7-10 ; HB 9,24-38; Mc 12,38-44)
sábado, 12 de diciembre de 2009
Homilía: "felices ustedes"
Este ultimo tiempo me han pasado, regalado varias películas, no se bien por qué. Una de ellas que no paso por el cine acá se llama, “Gifted hands “, y es de difícil traducción. Algo así como “manos sanadoras”, “manos consagradas”, una película muy linda que trata la vida real de, Ben Carlson, un neurocirujano muy famoso de los Estados Unidos. Y muestra, cuando comienza la película, que le piden si puede llevar adelante un caso difícil de unos niños, hijos de una pareja alemana, que han nacido siameses, unidos por la cabeza, por el cerebro. Ben mira el caso, lo lee, se lo devuelve a su director y le dice, mira esto no tiene solución, nunca nadie lo ha podido hacer hasta hoy en el mundo. Y el director le contesta: “por eso te lo están dando a vos, para ver si lo podes solucionar, por eso te llamaron hoy a vos”. Ben empieza a estudiar el caso y empieza a recordar una frase de su madre que le dice de chico: “tenés que aprender a mirar más allá”. Podríamos decir: “tenés que aprender a mirar más en lo profundo”, no quedarse solamente con lo que uno ve. Y a partir de ahí empieza a mostrar la vida de esta persona desde niño, y es curioso, porque Ben que es uno de los doctores más importantes del mundo, comienza siendo una persona muy pobre, que le cuesta mucho todo en el colegio, que sus compañeros se ríen de él. Una persona de raza negra que tiene que luchar contra las adversidades. Y en una escena le entregan prueba de matemática en la que se saca cero, todos se burlan por eso. Y ahí está su madre, insistiéndole para que no deje de estudiar, para que no baje los brazos y gracias a esa insistencia, descubrirá que el problema no es el estudio sino su visión: necesita anteojos para ver mejor. Y entre esa vista que mejora, y el que empieza a esforzarse, empieza a crecer en la escuela. Hasta que un día va a una iglesia, y el pastor da un sermón y el vuelve muy contento a su casa, porque Ben siempre le decía a su mama que nunca podía trascender, ver más allá como ella le pedía. Y le dice: “mamá ya sé qué quiero ser”. Ella le pregunta: “¿qué querés ser?”.
- Quiero ser un doctor misionero como nos enseñó el pastor de la Iglesia, ¿voy a poder?
- Y la madre le contesta: “podés ser lo que quieras ser, siempre y cuando trabajes en aquello que deseas”.
Y creo que en dos frases resume una enseñanza central: “todos tenemos deseos en nuestro corazón, pero para poder llevarlos adelante tenemos que trabajar en ellos”. El deseo no cae como arte de magia, el deseo no se concreta sin esfuerzo. Generalmente aquello que deseamos con ansias en lo profundo del corazón es aquello por lo que tenemos que trabajar más, aún cuando el principio se dé fácilmente. O, cuando desde el principio sentamos que las cosas no resultan sencillas. Y tengamos que poner nuestro esfuerzo, o tengamos que poner nuestras ganas, tengamos que luchar.
Todos tenemos deseos en el corazón. No sólo los más jóvenes, desde los más chicos hasta los más grandes. No importa la edad. En cada momento descubrimos deseos profundos, a veces renovando los deseos que traemos desde hace tiempo y descubriendo que queremos seguir caminando en ese deseo que nos viene acompañando. Otras, en aquel deseo que todavía no se concretizo pero que descubro que es donde tengo que redoblar la apuesta para que se pueda concretizar. O por lo menos para poder vislumbrar aquello que buscamos.
Lo que nos pasa es que hoy en día muchas veces se nos invita a descubrir que uno no tiene que pelear mucho por las cosas. Y entonces casi que nos volcamos en deseos que son superficiales; como si estuviésemos en el mar y no nos animáramos a bucear, sino que vamos haciendo snorkell, nos mantenemos en la superficie o bajamos un poquito y subimos. Entonces eso que vivimos, una noche, un momento, un rato con alguien, nos da un rato de felicidad en el corazón, pero no nos termina de colmar. Y descubrimos que nos falta algo más. Descubrimos que nuestra vida no es plena así, que necesitamos y buscamos algo más para nosotros. Y es por eso que tenemos que animarnos a bucear. Buscar en lo profundo para encontrar aquello que realmente anhelamos y deseamos. En el fondo creo que es lo mismo para todos, que es ser feliz. Creo que en general, salvo que estemos pasando un mal momento, muy deprimidos, todos queremos ser felices en la vida. Todos buscamos y luchamos por eso. Es más, nos merecemos eso, ya que para eso Dios nos trajo a la vida. Pero para eso nos tenemos que animar a buscar con ganas aquello que nuestro corazón quiere, necesita. Y aquello que Dios quiere también para nosotros.
Escuchamos hoy este evangelio del sermón de la montaña, tal vez el sermón más importante que Jesús dio, y fíjense la palabra que se repite todo el tiempo: “felices, felices, felices, felices…”. Felices ustedes cuando hoy. No pone el felices más allá. Jesús pone aquello que nos puede hacer felices hoy. Y nos puede traer aquella paz al corazón hoy. ¿Por qué? Por lo que nos dice Juan: “miren como nos amó el Padre, o cuánto Dios nos ama”. Y Dios nos quiere y nos ama tanto que como dice Juan nos ha hecho hijos. Hijos e hijas. Tal vez esto lo podrían expresar mucho mejor los padres que están acá o las madres, y decir lo mucho que uno quiere y ama, y lo que busca para su hijo o hija. Que es que sea feliz. Y aún cuando uno tiene que elegir poner un límite uno busca eso. Seguro que también los más jóvenes cuando uno le da un consejo a un amigo, o una amiga, o a alguien es: “hace esto porque esto es lo que te va a traer felicidad al corazón”. Y cuando uno busca aun equivocándose, llevar adelante aquello que le de plenitud en el corazón, uno está buscando la felicidad.
Dios nos ama como a hijos y a hijas. ¿Por qué? Porque lo somos, dice Juan. Y porque lo somos quiere darnos aquello que merecemos, aquello que todo padre quiere, que es que seamos felices. Y por eso Jesús nos invita a buscar ese camino. Pasa que a veces nos ha costado transmitir esto como Iglesia. Parece que en la Iglesia aquello que vale es aquello que es muy sacrificado, que cuesta, que duele, que se sufre; que a veces toca, pero que no es lo que Dios quiere para nosotros. Lo que Dios quiere para nosotros es que seamos felices. Y parece que eso a veces chocaría con Jesús. Pero Jesús también quiso ser feliz, creo que fue feliz. Ser feliz lo llevó a dar la vida porque eso era lo que llenaba su corazón. Y por eso nos invita a nosotros a que descubramos aquello que deseamos en lo profundo para que también seamos felices. Porque Dios no quiere personas triste, angustiadas, deprimidas. Y a veces lamentablemente tenemos que vivir eso. Dios lo que quiere son personas que puedan vivir con gozo y alegría aquello que les toca. Que sean cosas buenas, que sean cosas lindas, y darnos la fuerza para poder luchar en los momentos difíciles. Y los invita a aquellos que lo están escuchando a que vivan esa felicidad, como les decía, hoy. Felices ustedes los pobres, felices ustedes los que lloran, felices ustedes los pacientes. Pasa que nos cuesta. Siempre vemos esto como algo muy lejano, difícil. Pero tal vez podríamos intentar traducirlo en nuestra vida.
Empecemos con la primera bienaventuranza. Creo que gracias a Dios todos nosotros no somos pobres con la primera acepción que significa esa palabra. Pero podríamos decir tal vez, felices ustedes cuando se contenten con lo que tienen, cuando saben ser agradecidos, cuando saben también dar a los demás. Cuando no nos ponemos en una carrera loca en la que siempre deseamos más, más, más y nunca nos conformamos con lo que tenemos. Y eso nos hace angustiarnos, eso nos hace vivir siempre a la carrera, eso no nos deja gozar de aquello que tenemos hoy, porque siempre estamos buscando más. Siempre parece que la meta está lejos. Y no podemos gozar y contemplar aquello que Dios nos ha dado.
U otra, felices cuando trabajen por la paz, dice Jesús. Cuando nos animemos a llevar una palabra de consuelo, cuando le llevamos paz al corazón a aquel que está intranquilo, a aquel que está pasando un momento difícil, cuando lo acompañemos, cuando busquemos que las cosas sean distintas, cuando no devolvamos con violencia aún la violencia que tuvieron con nosotros.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia en un mundo tan duro y tan difícil donde muchas veces parece que le va bien solamente al que hace las cosas mal, al que es corrupto, al que no sigue los caminos que Jesús nos invita. Dios nos dice felices ustedes cuando sigan luchando por el bien, cuando busquen la justicia, cuando hagan lo que es justo.
Felices los misericordiosos, aquellos de los que nos reímos porque parece que no devuelven nunca nada. Aquellos que saben perdonar, aquellos que saben poner la otra mejilla. Aquellos que siguen intentando, casi como tontos, aun cuando el otro muchas veces les dio la espalda.
Y podríamos mirar una por una y descubrir en el corazón cómo podemos nosotros vivir esto hoy. Aquello que nos trae felicidad. Aquello que nos trae gozo. Aquello que Jesús nos invita a vivir.
Una de las cosas que más le criticaron a la Iglesia siempre era que ponía la ilusión en el más allá para olvidarse de lo que se vive acá. Bueno, es verdad Jesús pone el ideal, el deseo en el más allá pero para empezar a vivirlo hoy. ¡Felices hoy ustedes! Se llegará un día a la plenitud en el cielo. Hoy lo que estamos celebrando en la fiesta de todos los santos, pero también en aquellos que hoy lo sepan vivir. En aquellos que hoy descubran algo distinto. Porque esto es lo quiere Jesús. A veces creemos de que los santos son solamente aquellos que hicieron grandes cosas, como San Francisco, San Cayetano, San Don Bosco, Santa Teresa. Pero tenemos muchísimos que día a día la fueron luchando y viviendo. Porque eso es lo que quiere Dios para nosotros, que lo vivamos hoy. La santidad no es algo que se gana, es algo que se regala. Es lo que Dios nos da a nosotros. No hay algo que podamos hacer para eso. Solamente abrir el corazón. ¿A quién? A aquel que nos ama. ¿Y cómo abrimos el corazón a aquel que nos ama? Intentando vivir como aquel que nos ama. Intentando llevar adelante aquello que aquel que nos ama nos pide, aún cuando nos cueste. Y cuando no podamos, abriendole el corazón a Él y diciéndole no puedo.
Cuando uno lee la vida de los santos una de las cosas que más llama la atención, es que los que escribieron sus vidas, terminan relatando como en sus últimos años hasta sintieron que Dios no existía. Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, la Madre Teresa ahora casi santa prácticamente. Y uno dice: ¡uh pero yo no tengo tanta fe, a mi me cuesta, yo no me siento tan bueno!. Bueno, tal vez si esos santos estuvieran acá dirían: “bienvenidos al club. Yo cuando veía eso intenté abrirle el corazón a Jesús. Intenté poner la vida en Él.” Eso es lo que quiere Jesús. Hombres y mujeres que intenten vivir en Él lo que les toca hoy, en donde estemos. En el colegio, en la facultad, en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestras Iglesias en la calle. Eso es lo que nos pide Jesús. ¿Por qué? Porque eso es lo que le hizo feliz a Él. Porque Él está convencido que es lo que nos va a hacer felices a nosotros. Poder vivir lo que nos toca poniendo nuestra vida en Él. Cuando nos es difícil y cuando no podemos, redoblar la apuesta, poner dos veces la vida en Él, para que Él nos ayude, para que Él nos acompañe, para que Él la cambie.
Pidámosle a Jesús, el único Santo, el Santo de Dios, pero que no quiere quedarse solo, sino que nos quiere regalar todo a los demás, que aceptemos ese regalo que Jesús nos hace. Que lo abramos, que lo descubramos en el corazón, y que con un corazón agradecido por lo que nos da, nos animemos a caminar detrás de Él.
(Todos los santos, lecturas: Ap 7, 2-4.9-14; Sal 23; 1Jn 3,1-3; Mt 5, 1-12)
- Quiero ser un doctor misionero como nos enseñó el pastor de la Iglesia, ¿voy a poder?
- Y la madre le contesta: “podés ser lo que quieras ser, siempre y cuando trabajes en aquello que deseas”.
Y creo que en dos frases resume una enseñanza central: “todos tenemos deseos en nuestro corazón, pero para poder llevarlos adelante tenemos que trabajar en ellos”. El deseo no cae como arte de magia, el deseo no se concreta sin esfuerzo. Generalmente aquello que deseamos con ansias en lo profundo del corazón es aquello por lo que tenemos que trabajar más, aún cuando el principio se dé fácilmente. O, cuando desde el principio sentamos que las cosas no resultan sencillas. Y tengamos que poner nuestro esfuerzo, o tengamos que poner nuestras ganas, tengamos que luchar.
Todos tenemos deseos en el corazón. No sólo los más jóvenes, desde los más chicos hasta los más grandes. No importa la edad. En cada momento descubrimos deseos profundos, a veces renovando los deseos que traemos desde hace tiempo y descubriendo que queremos seguir caminando en ese deseo que nos viene acompañando. Otras, en aquel deseo que todavía no se concretizo pero que descubro que es donde tengo que redoblar la apuesta para que se pueda concretizar. O por lo menos para poder vislumbrar aquello que buscamos.
Lo que nos pasa es que hoy en día muchas veces se nos invita a descubrir que uno no tiene que pelear mucho por las cosas. Y entonces casi que nos volcamos en deseos que son superficiales; como si estuviésemos en el mar y no nos animáramos a bucear, sino que vamos haciendo snorkell, nos mantenemos en la superficie o bajamos un poquito y subimos. Entonces eso que vivimos, una noche, un momento, un rato con alguien, nos da un rato de felicidad en el corazón, pero no nos termina de colmar. Y descubrimos que nos falta algo más. Descubrimos que nuestra vida no es plena así, que necesitamos y buscamos algo más para nosotros. Y es por eso que tenemos que animarnos a bucear. Buscar en lo profundo para encontrar aquello que realmente anhelamos y deseamos. En el fondo creo que es lo mismo para todos, que es ser feliz. Creo que en general, salvo que estemos pasando un mal momento, muy deprimidos, todos queremos ser felices en la vida. Todos buscamos y luchamos por eso. Es más, nos merecemos eso, ya que para eso Dios nos trajo a la vida. Pero para eso nos tenemos que animar a buscar con ganas aquello que nuestro corazón quiere, necesita. Y aquello que Dios quiere también para nosotros.
Escuchamos hoy este evangelio del sermón de la montaña, tal vez el sermón más importante que Jesús dio, y fíjense la palabra que se repite todo el tiempo: “felices, felices, felices, felices…”. Felices ustedes cuando hoy. No pone el felices más allá. Jesús pone aquello que nos puede hacer felices hoy. Y nos puede traer aquella paz al corazón hoy. ¿Por qué? Por lo que nos dice Juan: “miren como nos amó el Padre, o cuánto Dios nos ama”. Y Dios nos quiere y nos ama tanto que como dice Juan nos ha hecho hijos. Hijos e hijas. Tal vez esto lo podrían expresar mucho mejor los padres que están acá o las madres, y decir lo mucho que uno quiere y ama, y lo que busca para su hijo o hija. Que es que sea feliz. Y aún cuando uno tiene que elegir poner un límite uno busca eso. Seguro que también los más jóvenes cuando uno le da un consejo a un amigo, o una amiga, o a alguien es: “hace esto porque esto es lo que te va a traer felicidad al corazón”. Y cuando uno busca aun equivocándose, llevar adelante aquello que le de plenitud en el corazón, uno está buscando la felicidad.
Dios nos ama como a hijos y a hijas. ¿Por qué? Porque lo somos, dice Juan. Y porque lo somos quiere darnos aquello que merecemos, aquello que todo padre quiere, que es que seamos felices. Y por eso Jesús nos invita a buscar ese camino. Pasa que a veces nos ha costado transmitir esto como Iglesia. Parece que en la Iglesia aquello que vale es aquello que es muy sacrificado, que cuesta, que duele, que se sufre; que a veces toca, pero que no es lo que Dios quiere para nosotros. Lo que Dios quiere para nosotros es que seamos felices. Y parece que eso a veces chocaría con Jesús. Pero Jesús también quiso ser feliz, creo que fue feliz. Ser feliz lo llevó a dar la vida porque eso era lo que llenaba su corazón. Y por eso nos invita a nosotros a que descubramos aquello que deseamos en lo profundo para que también seamos felices. Porque Dios no quiere personas triste, angustiadas, deprimidas. Y a veces lamentablemente tenemos que vivir eso. Dios lo que quiere son personas que puedan vivir con gozo y alegría aquello que les toca. Que sean cosas buenas, que sean cosas lindas, y darnos la fuerza para poder luchar en los momentos difíciles. Y los invita a aquellos que lo están escuchando a que vivan esa felicidad, como les decía, hoy. Felices ustedes los pobres, felices ustedes los que lloran, felices ustedes los pacientes. Pasa que nos cuesta. Siempre vemos esto como algo muy lejano, difícil. Pero tal vez podríamos intentar traducirlo en nuestra vida.
Empecemos con la primera bienaventuranza. Creo que gracias a Dios todos nosotros no somos pobres con la primera acepción que significa esa palabra. Pero podríamos decir tal vez, felices ustedes cuando se contenten con lo que tienen, cuando saben ser agradecidos, cuando saben también dar a los demás. Cuando no nos ponemos en una carrera loca en la que siempre deseamos más, más, más y nunca nos conformamos con lo que tenemos. Y eso nos hace angustiarnos, eso nos hace vivir siempre a la carrera, eso no nos deja gozar de aquello que tenemos hoy, porque siempre estamos buscando más. Siempre parece que la meta está lejos. Y no podemos gozar y contemplar aquello que Dios nos ha dado.
U otra, felices cuando trabajen por la paz, dice Jesús. Cuando nos animemos a llevar una palabra de consuelo, cuando le llevamos paz al corazón a aquel que está intranquilo, a aquel que está pasando un momento difícil, cuando lo acompañemos, cuando busquemos que las cosas sean distintas, cuando no devolvamos con violencia aún la violencia que tuvieron con nosotros.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia en un mundo tan duro y tan difícil donde muchas veces parece que le va bien solamente al que hace las cosas mal, al que es corrupto, al que no sigue los caminos que Jesús nos invita. Dios nos dice felices ustedes cuando sigan luchando por el bien, cuando busquen la justicia, cuando hagan lo que es justo.
Felices los misericordiosos, aquellos de los que nos reímos porque parece que no devuelven nunca nada. Aquellos que saben perdonar, aquellos que saben poner la otra mejilla. Aquellos que siguen intentando, casi como tontos, aun cuando el otro muchas veces les dio la espalda.
Y podríamos mirar una por una y descubrir en el corazón cómo podemos nosotros vivir esto hoy. Aquello que nos trae felicidad. Aquello que nos trae gozo. Aquello que Jesús nos invita a vivir.
Una de las cosas que más le criticaron a la Iglesia siempre era que ponía la ilusión en el más allá para olvidarse de lo que se vive acá. Bueno, es verdad Jesús pone el ideal, el deseo en el más allá pero para empezar a vivirlo hoy. ¡Felices hoy ustedes! Se llegará un día a la plenitud en el cielo. Hoy lo que estamos celebrando en la fiesta de todos los santos, pero también en aquellos que hoy lo sepan vivir. En aquellos que hoy descubran algo distinto. Porque esto es lo quiere Jesús. A veces creemos de que los santos son solamente aquellos que hicieron grandes cosas, como San Francisco, San Cayetano, San Don Bosco, Santa Teresa. Pero tenemos muchísimos que día a día la fueron luchando y viviendo. Porque eso es lo que quiere Dios para nosotros, que lo vivamos hoy. La santidad no es algo que se gana, es algo que se regala. Es lo que Dios nos da a nosotros. No hay algo que podamos hacer para eso. Solamente abrir el corazón. ¿A quién? A aquel que nos ama. ¿Y cómo abrimos el corazón a aquel que nos ama? Intentando vivir como aquel que nos ama. Intentando llevar adelante aquello que aquel que nos ama nos pide, aún cuando nos cueste. Y cuando no podamos, abriendole el corazón a Él y diciéndole no puedo.
Cuando uno lee la vida de los santos una de las cosas que más llama la atención, es que los que escribieron sus vidas, terminan relatando como en sus últimos años hasta sintieron que Dios no existía. Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, la Madre Teresa ahora casi santa prácticamente. Y uno dice: ¡uh pero yo no tengo tanta fe, a mi me cuesta, yo no me siento tan bueno!. Bueno, tal vez si esos santos estuvieran acá dirían: “bienvenidos al club. Yo cuando veía eso intenté abrirle el corazón a Jesús. Intenté poner la vida en Él.” Eso es lo que quiere Jesús. Hombres y mujeres que intenten vivir en Él lo que les toca hoy, en donde estemos. En el colegio, en la facultad, en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestras Iglesias en la calle. Eso es lo que nos pide Jesús. ¿Por qué? Porque eso es lo que le hizo feliz a Él. Porque Él está convencido que es lo que nos va a hacer felices a nosotros. Poder vivir lo que nos toca poniendo nuestra vida en Él. Cuando nos es difícil y cuando no podemos, redoblar la apuesta, poner dos veces la vida en Él, para que Él nos ayude, para que Él nos acompañe, para que Él la cambie.
Pidámosle a Jesús, el único Santo, el Santo de Dios, pero que no quiere quedarse solo, sino que nos quiere regalar todo a los demás, que aceptemos ese regalo que Jesús nos hace. Que lo abramos, que lo descubramos en el corazón, y que con un corazón agradecido por lo que nos da, nos animemos a caminar detrás de Él.
(Todos los santos, lecturas: Ap 7, 2-4.9-14; Sal 23; 1Jn 3,1-3; Mt 5, 1-12)
Homilía: "que quieres que haga por ti"
Los invito hoy a empezar la homilía de una manera particular. Vamos a hacer un pequeño ejercicio. Los invito a todos a cerrar los ojos durante un minuto, para poder pensar e imaginar lo que sentía este hombre que estaba al borde del camino en el evangelio. Imaginémonos que esta es nuestra manera de nuestra manera de percibir la realidad, el no poder ver lo que sucede. Imaginémonos que generalmente vivimos en esta oscuridad, que no podemos ver nada en nuestro alrededor. No podemos distinguir los colores, no podemos distinguir lo que pasa. No nos damos cuenta si algo se mueve, quien está a nuestro alrededor. No podemos ver a quien queremos, a aquel que amamos. No podemos percibir hacia dónde vamos, cuál es nuestra dirección. No podemos distinguir de pronto por qué alguien se ríe, de una mueca, por algo que pasa, por algo que sucede. Y como esta oscuridad nos va aislando de los demás, nos va dejando de lado, casi como si estuviésemos al borde del camino, sin estarlo. Porque hay algo que nos separa del otro.
Los invito, ahora, a abrir los ojos. Después si quieren pueden seguir haciendo el ejercicio un rato en su casa, pero me parecía bueno hacerlo para empezar a entender lo que le sucede al hombre en este evangelio. Ya que nosotros, en general, tenemos la gracia de poder ver. Algunos mejor que otros. Yo bastante bien gracias a la operación que tuve hace poquito. Podemos conocer y distinguir a los demás. Podemos hasta pasar un largo rato delante de la televisión, como hacen muchos, mirando. Podemos mirar los paisajes, podemos mirar los colores. Y como esa oscuridad del ejercicio o cuando vivimos en oscuridad, nos cuesta. Cuántos, de chiquitos, le teníamos miedo a la oscuridad. Cuántos le pedíamos a papá o a mamá que prendan la luz, que dejen la puerta abierta, que estén a nuestro lado hasta que nos durmamos. Cuántos, cuando se empieza a hacer oscuro tenemos miedo en nuestro corazón, porque no podemos ver, porque no podemos percibir lo que sucede.
Ahora, la ceguera no es solamente ver o no ver lo que pasa a nuestro alrededor, sino también es no ver en lo profundo. Porque a todos nos gusta poder ver o poder saber. Y cuando no vemos la realidad o con claridad, cuando no sabemos con claridad, no nos gusta. Para poner un ejemplo claro, cuando el gobierno nos dice que según el Indec la inflación fue tanto y cada vez que vamos al supermercado nos damos cuenta que las cosas subieron bastante más, no nos gusta, porque decimos esta no es la realidad, esto no es lo que está pasando, esto no es lo que sucede. Uno quiere poder ver con claridad, más allá de que las cosas cuesten o no. Pero para alejarnos tanto y agarrárnosla con el gobierno miremos en nuestra propia vida. Cuando uno no puede ver con claridad lo que le sucede al otro, lo que le pasa al otro, nos cuesta. Cuando vemos a alguien que sufre, alguien que queremos, alguien que amamos, pero no lo podemos ayudar, nos duele. Cuanto nos cuesta, cuanto nos duele en el corazón cuando no podemos ver con claridad. Cuando estamos en conflicto con los demás y no vemos la salida, cuando nos encontramos frente a un problema que tenemos en nuestra vida, cuando no vemos como caminar mejor, cuando no encontramos solución a los problemas, cuanto nos cuesta. Y la mejor manera es aprender a mirar con ojos nuevos. No eludir la realidad. Esto es lo que está pasando, esto es lo que nos pasa. Esto es lo que nos sucede.
Hay un conflicto en nuestra familia, no busquemos esquivarlo, no mirarlo, taparlo, sino animarnos a enfrentarlo, animarnos a ser transparentes, animarnos a decirnos lo que nos pasa. No dejar las cosas de costado o de lado, porque sino la realidad nos vuelve a nosotros. Para poner un ejemplo desde lo social. A veces uno escucha muchas veces que frente a todos estos barrios más pobres, muchas veces llamados barrios de emergencia o villas, en vez de preguntarnos como podemos hacer para promover a esta gente, para que a esta gente le vaya mejor, para que pueda tener una vida más digna; uno lo que escucha es, como podemos trasladar a este barrio, como podemos hacer para no verlo, para esconder esta realidad. Después lo sentimos todos, por ejemplo, en toda la inseguridad que vivimos. Nos vuelve efecto boomerang. Pero igualmente, en vez de buscar cual es el bien que hay detrás buscamos como podemos apartar todo esto de nuestra vida. Y ese no es el camino, porque eso nos aparta de los demás, nos aleja de los demás. Y deja muchos al costado del camino. No solo en lo social, sino también en nuestra vida. Porque cuando no nos animamos, como decía antes, a mirar con claridad en nuestro corazón y en el corazón del otro también eso nos va distanciando, también eso no nos deja terminar de reconocer el corazón del otro, aunque lo veamos con nitidez.
Este relato que escuchamos en el evangelio hoy, esto que le sucede a los discípulos nos muestra esta realidad en la que nos cuesta ver a los demás. En primer lugar es muy claro cuando los discípulos, a este hombre que está gritando: “Jesús Hijo de David, sálvame”, en vez de ayudarlo lo quieren callar. Y no podemos decir bueno los discípulos son principiantes, es el último milagro que va a hacer Jesús en este evangelio. Es el último milagro antes de la Pasión. Los discípulos vienen caminando hace tiempo con Jesús. Se supone que lo conocen, que saben quien es, y que lo que les ha enseñado es ayudar a los demás. Y en vez de posibilitar que este hombre se encuentre con Jesús cuando empieza a gritar lo quieren callar, lo quieren dejar de lado.
Menos mal que Jesús escucha y que lo manda llamar. Y podemos descubrir como ya desde acá Jesús les empieza a enseñar. Porque lo podría haber ido a buscar él mismo a este hombre. O podría haberlo llamado o podría haber gritado, pero no… a los discípulos que lo están callando, les está diciendo ahora vayan y llámenlo. Y los discípulos, se ve que en ese poquito tiempo algo aprendieron o recordaron, van y le dicen: “ten ánimo, ven, el maestro te llama”. Jesús siempre les está enseñando. Jesús siempre está buscando que cambien esa actitud del corazón, que miren a los otros de una manera nueva. No como alguien que me estorba, que tiene que quedar a un costado, sino como alguien que puedo ayudar, como alguien al que me puedo acercar. Y al acercarlo a Jesús, Él obra este milagro.
Yo creo que el problema que en primer lugar tenían los discípulos es que no sabían quien era Jesús todavía. No habían terminado de descubrir que era lo que Jesús venía a traer. No habían terminado de descubrir de que manera podían y debían acercar al otro. Y esto nos puede pasar a nosotros muchas veces en la vida, que no encontramos cual es la manera que podemos unir o acercar a los demás.
La función de los discípulos con Jesús era la de ser puente. La función de los cristianos es la de ser puente. No somos nosotros los que tenemos que decidir. Jesús no les dijo a los discípulos vayan y decidan si este puede venir a acercarse a mi. Jesús siempre lo que les enseño es que ellos tenían que ayudar a que la gente se encuentre con Él. El que decide siempre es Jesús, el que posibilita siempre el encuentro es Jesús, el que mira al corazón es Jesús. Y el modo de obrar nuestro es el de formar vínculos. Es el de hacer puentes, el de hacer que la gente se encuentre con Él. Y en todas las circunstancias de nuestra vida, con la gente que nos necesita, con la gente que está a nuestro lado.
¿Cómo podemos ayudar a que nos entendamos mejor? ¿Cómo podemos ayudar a que los otros se entiendan mejor? ¿Cómo podemos ayudar a que la gente se encuentre con Jesús? El problema es que muchas veces pensamos, que es lo que tenemos que hacer, que es lo que tenemos que decidir, nos gusta juzgar o nos gusta tomar decisiones. O nos gusta, no sé, sabérnosla todas, tener la última palabra. Bueno, podríamos decir que en la fe, somos aplazados. Nos pasa como a los discípulos. En la medida que nosotros queremos tomar la decisión, nos puede ir mal. En cambio, en la medida que hacemos lo que Jesús nos pide que es posibilitar el encuentro, ayudar llevar al otro; y ahí empezamos a aprobar, porque eso es lo que quiere Jesús, que nosotros ayudemos a que el otro se encuentre con Él. Para que ahí pueda cambiar, para que ahí pueda ver.
Es muy claro que este hombre lo que necesitaba era ver. Cuando Jesús le dice que quieres que haga por ti, el hombre le dice Maestro que yo pueda ver. Pero acá el único ciego no es Bartimeo. Este es el único milagro de este evangelio que sabemos el nombre de la persona a la que Jesús le hizo el milagro. Es el único milagro así con nombre y apellido, en el cual nos dice claramente que es lo que Jesús quiere hacer, pero no solamente con este hombre sino por todos. Este “¿Que querés que haga por ti?”, que Jesús le pregunta a Bartimeo es lo que también le podría preguntar a los discípulos, ¿Qué quieren que yo haga por ustedes? O ¿Qué es lo que necesitan ver de una manera nueva? Y cada uno de nosotros podría pensar cuales son nuestras cegueras, que es lo que no sabemos ver bien, que es lo que tenemos que mirar con una mirada nueva, cuales son las personas que no queremos ver, cuales son los problemas que no queremos mirar, cuales son las cosas que no queremos solucionar. Y es ahí donde le podríamos pedir a Jesús que nos ayude tener una nueva luz, que nos ayude a iluminar nuestra vida, la vida de los demás, nuestros problemas, de una manera nueva. Que nos ayude a mirar con una mirada nueva.
Esto es lo que hizo con los discípulos, esto es lo que hizo con Bartimeo, esto es lo que quiere hacer con cada uno de nosotros para que de a poquito podamos abrirle el corazón y podamos abrir el corazón a los demás. Yo creo que el problema que tenían los discípulos era que siempre querían ser protagonistas y les faltaba crecer en esa humildad de descubrir que el verdadero protagonista era Jesús. El verdadero hombre que cambiaba las cosas era Jesús. Cuando Pedro le dice a Jesús yo voy a dar la vida por vos, seguramente decía yo quiero tener un protagonismo importante en esto, yo quiero también ser parte de esta salvación, yo soy el que quiero salvar a los demás. Y lo que tenía que aprender era que el único que podía salvar era Jesús. Cuando Jesús le dice a este hombre “tu fe te ha salvado” le está diciendo que por creer, se salvo. Pero por creer en Jesús, por poner su fe en Él. Y la salvación a nosotros viene por lo mismo, el único que salva es Jesús.
Hace poco escuchamos que los discípulos le dicen a Jesus ¿Quién podrá salvarse? Y Jesús responde: “nadie”. Para los hombres es imposible. Pero para Dios todo es posible. Es Dios el que nos puede salvar. Es Jesús es el que nos puede hacer mirar de una manera nueva. Y esto es lo que tuvieron que aprender los discípulos, por eso los discípulos van a vivir esto después de la Pascua de Jesús, después de que aprendan con humildad que el que obra es Jesús. Eso es lo que nos quiere enseñar a nosotros, que tenemos que aprender a mostrar a Jesús, que tenemos que aprender a ver a Jesus en los demás, que tenemos que aprender a mirar de una manera nueva. ¿Para que? Para poder a hacer lo mismo que Bartimeo.
Pasa casi desapercibido pero al final del evangelio Jesús le dice “vete tu fe te ha salvado”. Por creer en Jesús este hombre se salvo. Y Jesús le dice bueno ahora vete, ya esta. Pero el texto no dice que el hombre se fue, dice que se curó y lo siguió a Jesús. Porque justamente se sintió salvado. Y cuando uno se siente salvado, cuando uno se siente amado, cuando uno se siente valorado, cuando uno se siente querido, uno quiere estar con el otro, uno quiere seguir al otro. Ya no es necesario que el otro le diga: “sígueme”.
Al principio del evangelio Jesús les tuvo que decir “síganme”. Ahora cuando Jesús obra, cuando Jesús hace los gestos, cuando Jesús cura, sana, ama, la gente lo sigue. Será porque por primera vez primera, se sintieron queridos verdaderamente. Seguramente sintió algo distinto, diferente.
Esto es también lo que nos invita a nosotros. Ahora para eso tenemos que responderle a Jesús cuando también nos pregunte a nosotros: “¿Qué querés que haga por ti? Tal vez podríamos pensar esta semana que queremos que Jesús haga por nosotros, que queremos que Jesús ilumine, que queremos que traiga de nuevo, que queremos que Jesús salve. Él nos pide una cosa solamente, que creamos en eso. Y que creyendo en eso hagamos lo mismo que Bartimeo, que lo sigamos, que caminemos detrás de Él. ¿Por qué? Porque eso es lo que cambia nuestra vida.
Abrámosle entonces el corazón a este Jesús que nos sale al encuentro, a este Jesús que nos pregunta en el corazón que necesitamos, que queremos y respondámosle con un corazón abierto que creamos en Él. Luego, sigámoslo de una manera nueva.
(Domingo XXX durante el año, lecturas: Jer 31,7-1; Sal 125; Hb 5,1-6; Mc 10, 46-52)
Los invito, ahora, a abrir los ojos. Después si quieren pueden seguir haciendo el ejercicio un rato en su casa, pero me parecía bueno hacerlo para empezar a entender lo que le sucede al hombre en este evangelio. Ya que nosotros, en general, tenemos la gracia de poder ver. Algunos mejor que otros. Yo bastante bien gracias a la operación que tuve hace poquito. Podemos conocer y distinguir a los demás. Podemos hasta pasar un largo rato delante de la televisión, como hacen muchos, mirando. Podemos mirar los paisajes, podemos mirar los colores. Y como esa oscuridad del ejercicio o cuando vivimos en oscuridad, nos cuesta. Cuántos, de chiquitos, le teníamos miedo a la oscuridad. Cuántos le pedíamos a papá o a mamá que prendan la luz, que dejen la puerta abierta, que estén a nuestro lado hasta que nos durmamos. Cuántos, cuando se empieza a hacer oscuro tenemos miedo en nuestro corazón, porque no podemos ver, porque no podemos percibir lo que sucede.
Ahora, la ceguera no es solamente ver o no ver lo que pasa a nuestro alrededor, sino también es no ver en lo profundo. Porque a todos nos gusta poder ver o poder saber. Y cuando no vemos la realidad o con claridad, cuando no sabemos con claridad, no nos gusta. Para poner un ejemplo claro, cuando el gobierno nos dice que según el Indec la inflación fue tanto y cada vez que vamos al supermercado nos damos cuenta que las cosas subieron bastante más, no nos gusta, porque decimos esta no es la realidad, esto no es lo que está pasando, esto no es lo que sucede. Uno quiere poder ver con claridad, más allá de que las cosas cuesten o no. Pero para alejarnos tanto y agarrárnosla con el gobierno miremos en nuestra propia vida. Cuando uno no puede ver con claridad lo que le sucede al otro, lo que le pasa al otro, nos cuesta. Cuando vemos a alguien que sufre, alguien que queremos, alguien que amamos, pero no lo podemos ayudar, nos duele. Cuanto nos cuesta, cuanto nos duele en el corazón cuando no podemos ver con claridad. Cuando estamos en conflicto con los demás y no vemos la salida, cuando nos encontramos frente a un problema que tenemos en nuestra vida, cuando no vemos como caminar mejor, cuando no encontramos solución a los problemas, cuanto nos cuesta. Y la mejor manera es aprender a mirar con ojos nuevos. No eludir la realidad. Esto es lo que está pasando, esto es lo que nos pasa. Esto es lo que nos sucede.
Hay un conflicto en nuestra familia, no busquemos esquivarlo, no mirarlo, taparlo, sino animarnos a enfrentarlo, animarnos a ser transparentes, animarnos a decirnos lo que nos pasa. No dejar las cosas de costado o de lado, porque sino la realidad nos vuelve a nosotros. Para poner un ejemplo desde lo social. A veces uno escucha muchas veces que frente a todos estos barrios más pobres, muchas veces llamados barrios de emergencia o villas, en vez de preguntarnos como podemos hacer para promover a esta gente, para que a esta gente le vaya mejor, para que pueda tener una vida más digna; uno lo que escucha es, como podemos trasladar a este barrio, como podemos hacer para no verlo, para esconder esta realidad. Después lo sentimos todos, por ejemplo, en toda la inseguridad que vivimos. Nos vuelve efecto boomerang. Pero igualmente, en vez de buscar cual es el bien que hay detrás buscamos como podemos apartar todo esto de nuestra vida. Y ese no es el camino, porque eso nos aparta de los demás, nos aleja de los demás. Y deja muchos al costado del camino. No solo en lo social, sino también en nuestra vida. Porque cuando no nos animamos, como decía antes, a mirar con claridad en nuestro corazón y en el corazón del otro también eso nos va distanciando, también eso no nos deja terminar de reconocer el corazón del otro, aunque lo veamos con nitidez.
Este relato que escuchamos en el evangelio hoy, esto que le sucede a los discípulos nos muestra esta realidad en la que nos cuesta ver a los demás. En primer lugar es muy claro cuando los discípulos, a este hombre que está gritando: “Jesús Hijo de David, sálvame”, en vez de ayudarlo lo quieren callar. Y no podemos decir bueno los discípulos son principiantes, es el último milagro que va a hacer Jesús en este evangelio. Es el último milagro antes de la Pasión. Los discípulos vienen caminando hace tiempo con Jesús. Se supone que lo conocen, que saben quien es, y que lo que les ha enseñado es ayudar a los demás. Y en vez de posibilitar que este hombre se encuentre con Jesús cuando empieza a gritar lo quieren callar, lo quieren dejar de lado.
Menos mal que Jesús escucha y que lo manda llamar. Y podemos descubrir como ya desde acá Jesús les empieza a enseñar. Porque lo podría haber ido a buscar él mismo a este hombre. O podría haberlo llamado o podría haber gritado, pero no… a los discípulos que lo están callando, les está diciendo ahora vayan y llámenlo. Y los discípulos, se ve que en ese poquito tiempo algo aprendieron o recordaron, van y le dicen: “ten ánimo, ven, el maestro te llama”. Jesús siempre les está enseñando. Jesús siempre está buscando que cambien esa actitud del corazón, que miren a los otros de una manera nueva. No como alguien que me estorba, que tiene que quedar a un costado, sino como alguien que puedo ayudar, como alguien al que me puedo acercar. Y al acercarlo a Jesús, Él obra este milagro.
Yo creo que el problema que en primer lugar tenían los discípulos es que no sabían quien era Jesús todavía. No habían terminado de descubrir que era lo que Jesús venía a traer. No habían terminado de descubrir de que manera podían y debían acercar al otro. Y esto nos puede pasar a nosotros muchas veces en la vida, que no encontramos cual es la manera que podemos unir o acercar a los demás.
La función de los discípulos con Jesús era la de ser puente. La función de los cristianos es la de ser puente. No somos nosotros los que tenemos que decidir. Jesús no les dijo a los discípulos vayan y decidan si este puede venir a acercarse a mi. Jesús siempre lo que les enseño es que ellos tenían que ayudar a que la gente se encuentre con Él. El que decide siempre es Jesús, el que posibilita siempre el encuentro es Jesús, el que mira al corazón es Jesús. Y el modo de obrar nuestro es el de formar vínculos. Es el de hacer puentes, el de hacer que la gente se encuentre con Él. Y en todas las circunstancias de nuestra vida, con la gente que nos necesita, con la gente que está a nuestro lado.
¿Cómo podemos ayudar a que nos entendamos mejor? ¿Cómo podemos ayudar a que los otros se entiendan mejor? ¿Cómo podemos ayudar a que la gente se encuentre con Jesús? El problema es que muchas veces pensamos, que es lo que tenemos que hacer, que es lo que tenemos que decidir, nos gusta juzgar o nos gusta tomar decisiones. O nos gusta, no sé, sabérnosla todas, tener la última palabra. Bueno, podríamos decir que en la fe, somos aplazados. Nos pasa como a los discípulos. En la medida que nosotros queremos tomar la decisión, nos puede ir mal. En cambio, en la medida que hacemos lo que Jesús nos pide que es posibilitar el encuentro, ayudar llevar al otro; y ahí empezamos a aprobar, porque eso es lo que quiere Jesús, que nosotros ayudemos a que el otro se encuentre con Él. Para que ahí pueda cambiar, para que ahí pueda ver.
Es muy claro que este hombre lo que necesitaba era ver. Cuando Jesús le dice que quieres que haga por ti, el hombre le dice Maestro que yo pueda ver. Pero acá el único ciego no es Bartimeo. Este es el único milagro de este evangelio que sabemos el nombre de la persona a la que Jesús le hizo el milagro. Es el único milagro así con nombre y apellido, en el cual nos dice claramente que es lo que Jesús quiere hacer, pero no solamente con este hombre sino por todos. Este “¿Que querés que haga por ti?”, que Jesús le pregunta a Bartimeo es lo que también le podría preguntar a los discípulos, ¿Qué quieren que yo haga por ustedes? O ¿Qué es lo que necesitan ver de una manera nueva? Y cada uno de nosotros podría pensar cuales son nuestras cegueras, que es lo que no sabemos ver bien, que es lo que tenemos que mirar con una mirada nueva, cuales son las personas que no queremos ver, cuales son los problemas que no queremos mirar, cuales son las cosas que no queremos solucionar. Y es ahí donde le podríamos pedir a Jesús que nos ayude tener una nueva luz, que nos ayude a iluminar nuestra vida, la vida de los demás, nuestros problemas, de una manera nueva. Que nos ayude a mirar con una mirada nueva.
Esto es lo que hizo con los discípulos, esto es lo que hizo con Bartimeo, esto es lo que quiere hacer con cada uno de nosotros para que de a poquito podamos abrirle el corazón y podamos abrir el corazón a los demás. Yo creo que el problema que tenían los discípulos era que siempre querían ser protagonistas y les faltaba crecer en esa humildad de descubrir que el verdadero protagonista era Jesús. El verdadero hombre que cambiaba las cosas era Jesús. Cuando Pedro le dice a Jesús yo voy a dar la vida por vos, seguramente decía yo quiero tener un protagonismo importante en esto, yo quiero también ser parte de esta salvación, yo soy el que quiero salvar a los demás. Y lo que tenía que aprender era que el único que podía salvar era Jesús. Cuando Jesús le dice a este hombre “tu fe te ha salvado” le está diciendo que por creer, se salvo. Pero por creer en Jesús, por poner su fe en Él. Y la salvación a nosotros viene por lo mismo, el único que salva es Jesús.
Hace poco escuchamos que los discípulos le dicen a Jesus ¿Quién podrá salvarse? Y Jesús responde: “nadie”. Para los hombres es imposible. Pero para Dios todo es posible. Es Dios el que nos puede salvar. Es Jesús es el que nos puede hacer mirar de una manera nueva. Y esto es lo que tuvieron que aprender los discípulos, por eso los discípulos van a vivir esto después de la Pascua de Jesús, después de que aprendan con humildad que el que obra es Jesús. Eso es lo que nos quiere enseñar a nosotros, que tenemos que aprender a mostrar a Jesús, que tenemos que aprender a ver a Jesus en los demás, que tenemos que aprender a mirar de una manera nueva. ¿Para que? Para poder a hacer lo mismo que Bartimeo.
Pasa casi desapercibido pero al final del evangelio Jesús le dice “vete tu fe te ha salvado”. Por creer en Jesús este hombre se salvo. Y Jesús le dice bueno ahora vete, ya esta. Pero el texto no dice que el hombre se fue, dice que se curó y lo siguió a Jesús. Porque justamente se sintió salvado. Y cuando uno se siente salvado, cuando uno se siente amado, cuando uno se siente valorado, cuando uno se siente querido, uno quiere estar con el otro, uno quiere seguir al otro. Ya no es necesario que el otro le diga: “sígueme”.
Al principio del evangelio Jesús les tuvo que decir “síganme”. Ahora cuando Jesús obra, cuando Jesús hace los gestos, cuando Jesús cura, sana, ama, la gente lo sigue. Será porque por primera vez primera, se sintieron queridos verdaderamente. Seguramente sintió algo distinto, diferente.
Esto es también lo que nos invita a nosotros. Ahora para eso tenemos que responderle a Jesús cuando también nos pregunte a nosotros: “¿Qué querés que haga por ti? Tal vez podríamos pensar esta semana que queremos que Jesús haga por nosotros, que queremos que Jesús ilumine, que queremos que traiga de nuevo, que queremos que Jesús salve. Él nos pide una cosa solamente, que creamos en eso. Y que creyendo en eso hagamos lo mismo que Bartimeo, que lo sigamos, que caminemos detrás de Él. ¿Por qué? Porque eso es lo que cambia nuestra vida.
Abrámosle entonces el corazón a este Jesús que nos sale al encuentro, a este Jesús que nos pregunta en el corazón que necesitamos, que queremos y respondámosle con un corazón abierto que creamos en Él. Luego, sigámoslo de una manera nueva.
(Domingo XXX durante el año, lecturas: Jer 31,7-1; Sal 125; Hb 5,1-6; Mc 10, 46-52)
Etiquetas:
Homilía: "que quieres que haga por ti"
Homilía: "lo miró con amor"
Hace poco salió una excelente película argentina que se llama “El secreto de sus ojos”. Quédense tranquilos que no les voy a contar el final. En ella Benjamín Espósito, protagonizado por Ricardo Darín, trabaja en un juzgado, tribunal penal. De pronto llega a trabajar una joven mujer, Irene, Soledad Villamil, que viene como secretaría del juez. Y en un momento hay una escena en la que él entra al despacho de esta mujer, que siempre estaba con anteojos, de mirada bastante seria y le dice que necesita decirle algo importante, necesita que para eso abra el corazón, y por favor no lo interrumpa, que lo escuche. Y uno empieza a ver como se empieza a transformar la mirada de esta mujer, se saca los anteojos, empieza a mirar con una mirada nueva, le cambia totalmente la cara. Lo empieza a mirar con un amor muy profundo, alegre y contenta, esperando lo que ella cree que Benjamín le va a decir. Le pide que cierre la puerta del juzgado que siempre tenía abierta, y cuando va a cerrar la puerta aparece otro de los empleados. Ella lo reta porque se esta metiendo en un momento íntimo y personal, o lo que ella creía que era un momento íntimo y personal pero el le dice: “no, él me va a acompañar en este momento”. Bueno, obviamente, toda esa magia que parecía que había entre ellos se perdió en cuestión de segundos. El no pudo percibir esa mirada profunda que ella tenía sobre él, esa mirada nueva. Y los ojos de ella decían lo que su corazón sentía, también lo que él estaba esperando.
Y cuanto nos dicen las miradas. Esas miradas que no tienen sentido, que están como perdidas o esas miradas que uno siempre busca desesperado que es la mirada de aquella persona que ama. La mirada de aquella persona que lo puede mirar en profundidad, que casi como que nos desnuda con la mirada, que puede mirar nuestro corazón. Esa mirada en la cual nos sentimos amados. Esa mirada que buscamos toda la vida porque es justamente lo que nos cambia la vida. Esos ojos que se miran y se hablan através de esa mirada. Esta fue la mirada que Jesús tuvo justamente con este hombre en este Evangelio. Porque por algo Marcos se detiene a decirlo: “Jesús lo miró con amor”. Tal vez no parecía lo más importante, lo leemos casi al pasar. Pero nos muestra que más importante que lo que le tenía que decir era la manera como miraba su corazón. Era la manera como miraba la vida de este hombre en aquel momento donde le tenía que pedir algo. En este momento, en el que la persona descubría que tenía que dar un paso, descubría que quería crecer pero que para eso necesitaba ser sostenido. Para eso necesitaba a alguien que lo mirara de una manera diferente. Seguramente como muchas personas se sintieron miradas por Jesús a lo largo de la vida.
Cómo le habrá cambiado la vida a Zaqueo cuando Jesús lo miró de una manera especial, a la mujer adultera cuando Jesús la miró de una manera especial, a los discípulos cuando Jesús los miró de esa manera especial. Como habrá sido de amorosa y penetrante esa mirada de Jesús que hizo que hombres y mujeres cambien rotundamente de vida por siglos, por encontrar con aquella persona, alguien que les decía que los amaba, alguien que se los mostraba con sus ojos. Y esto es lo mismo que hace en este Evangelio.
Porque el amor implica siempre renunciar a algo. Para amar, tengo que renunciar. Desde lo más simple como es cuando uno se enamora y tiene que renunciar al resto de las mujeres o varones por ese amor, o un montón de renuncias cotidianas que uno va haciendo por amor. En la familia cuando se aman y se quiere y tiene que aprender a consensuar entre ellos, aprender a pensar en común. En las parejas, los novios, los matrimonios que tienen que ir aprendiendo a crecer juntos, que tienen que aprender a quererse, a esperarse, a tenerse paciencia. A descubrir qué es lo que el otro necesita, qué es lo que quiere el otro. Como tiene uno que ir aprendiendo a vivir esos momento. Y aún aquel fruto mayor del amor como son los hijos, donde uno renuncia tal vez a un montón de comodidades que tiene, en el cual la vida ya casi no alcanza, porque para colmo me tengo que levantar también a la noche, cuando estoy cansado, tengo que ir a trabajar. Y que uno elige cuando se descubre amado, cuando descubre aquello que es fruto del amor. Porque eso es lo que le da un sentido, el amor es lo que le da sentido a todo lo demás. El sentirse querido, amado, valorado, hace que yo camine y deje cosas atrás, a veces hasta casi inconcientemente no me doy cuenta de las renuncias que hago. ¿Por qué? Porque lo que hay ahora en mi corazón me hace feliz. Esto que encontré y descubrí.
Y esta es la manera con que lo mira Jesús a este hombre cuando le tiene que pedir que de un paso más en la vida. Este hombre que se acerca a Jesús y que le hace tal vez la pregunta más profunda que podemos hacer los cristiano: ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?, ¿qué tengo que hacer para ir al cielo?, diríamos de manera simple. Sabiendo la respuesta que Jesús le va a dar: “tú conoces los mandamientos”. Pero ya acá aparece la primera curiosidad, porque Jesús no nombra a todos los mandamientos, nombra solo algunos mandamientos. Solamente aquellos que tienen que ver con la relación con el prójimo. No nombra los mandamientos que tienen que ver con la relación con Dios. Solamente los mandamientos que tienen que ver en mi vínculo con el otro. Esos son los que nombra Jesús, y le dice: “eso es lo que vos tenés que hacer”. Y se ve que este hombre, que se ve que era bastante bueno, más bueno que yo porque le contesta: “esto lo cumplo desde mi juventud”, a mí me cuesta bastante cumplir todo eso que dice ahí, ahora va y da un paso más. Y lo da porque lo necesita, el hombre necesita entregarse de una manera nueva. No se queda tranquilo con lo que Jesús le dice, y Jesús descubre en el corazón de este hombre que este hombre necesita dar otro paso. Como muchos pasos que nosotros queremos dar en la vida. Como cuando encontramos que queremos dar saltos aunque nos de miedo, aunque nos cueste. Y es ahí como decía antes, donde Jesús lo mira con amor. Y lo primero que le pide es que vaya, que venda sus bienes y que los de a los pobres. Lo invita a profundizar en aquello que el ya hacía.
Jesús se lo podría haber dicho de entrada a esto, pero primero lo quiere hacer descubrir que tiene un montón de cosas buenas que ya esta haciendo en las cuales él se puede apoyar. Porque sino en la fe es como que siempre nos falta algo. Voy todos los fines de semana a misa menos uno: “no, como puede ser, soy un desastre”. Solamente porque hay uno que no voy. No pienso en todos los que voy. Rezo todas las noches menos una: “me falta rezar más”. Hago tal cosa y ayudo a tal persona pero me falta...
Y el problema no es que uno descubra que le faltan cosas, sino que eso me termina cansado. Cuando yo no encuentro en qué apoyarme, cuando yo no encuentro que es lo que me da fuerza, me canso. De pronto tenemos un montón de desafíos, que tenemos un montón de cosas en que crecer. Pero eso lo voy a poder hacer en la medida en que yo me sienta amado. Porque es el amor el que me ayuda a dar saltos. No el cumplir, no el hacer las cosas bien o mal, porque eso no es lo que me da fuerza, aunque este bueno que haga las cosas bien. Lo que me da fuerza es alguien que me ama, alguien que me agarra, alguien que me ayuda a caminar. Y esto es lo que hace Jesús. Bueno, ahora si da este paso con tu hermano, hace aquello que vos descubrís que hoy querés hacer en el corazón y todavía no te animas a realizar.
Lamentablemente no se animó y por eso no pudo vivir la segunda parte: “después ven, y sígueme”. Porque el seguimiento de Jesús implica el darse. Para seguir a Jesús yo tengo que aprender día a día a darme a los demás. Para seguir a Jesús yo tengo que aprender a entregarme día a día, porque eso es lo que hizo Jesús. Jesús se entregó, Jesús se dio, porque esa es la dinámica del reino. Lamentablemente es difícil para nosotros como era difícil en esa época, porque el paradigma es el poseer. “Se fue triste porque poseía muchos bienes”. Tener, poseer, ser exitoso, ese es el paradigma. Y el camino del reino es el contrario, es el darse, es el entregarse, es el vaciarse. Es el descubrir que con el otro yo me realizo. Porque el amor es un darse, el amor implica reciprocidad, el amor implica al otro y esto es lo que nos invita a hacer Jesús. Pero para eso tengo que renunciar a cosas.
Todos podemos descubrir en nuestra vida un montón de cosas donde podemos darnos, no solo en lo económico donde Jesús nos invita a ser austeros, sino también un montón de dones, de carismas, de cosas que Dios puso en nuestras vidas. Pensemos cuán distinto sería si todos los que estamos acá, no se ni cuántos somos hoy pusiéramos nuestros dones al servicio de los demás, pusiéramos aquello que Dios nos dio para que todos crezcamos como comunidad, como cristianos en la sociedad en donde nos toca. El problema es que muchas veces nos invitan a acomodarnos, no a darnos. Me acomodé acá, hasta acá yo doy. De esta manera me doy. Hasta acá yo crezco.
En el camino de fe nunca termino, en el camino de fe voy a encontrar un Jesús que me mira con amor, que me mira fijamente y me invita a más. Sin embargo nos cuesta mucho darnos. Y ahí aparece, nos aparece, esta pregunta de los discípulos: “entonces ¿quién se va a poder salvar?” Porque si hay que darse así no hay manera. Y es ahí cuando Jesús usa esta frase: “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos” Creo que alguna vez se los dije pero se han escrito libros para ver como hacer que un camello entre por el ojo de una aguja, pero no entra, ni pelito por pelito entra, no hay manera. Porque nosotros intentamos aflojar lo que nos dice Jesús, porque nos encontramos muchas veces como ese abismo. Jesús me invita a hacer tanto y yo no entro ni a place, como dirían en las carreras. Pero por suerte no termina ahí. Porque le dicen: “entonces es imposible”, y Jesús les contesta: “si es imposible”. Para los hombres es imposible.
Por suerte Jesús lo hizo por todos nosotros. Dios lo hizo por todos nosotros en Jesús. Jesús se entregó por las veces que nosotros no podemos entregarnos. Y en ese poquito que muchas veces nosotros damos, ahí Jesús nos da el ciento por uno. Pero para entrar en esa dinámica de recibir el ciento por uno tengo que aprender a darme, tengo que aprender a abrir el corazón, tengo que soltar aquello de lo que me aferro, aquellas seguridades, aquella dureza de corazón para caminar más libre, ablandar mi corazón. Para encontrar o encontrarme con los demás de una manera nueva.
Hoy Jesús nos mira a nosotros con amor y nos mira al corazón de una manera nueva para que nosotros descubramos en qué tenemos que darnos hoy, qué es lo que tenemos que aflojar, qué es lo que Jesús me invita a entregar hoy. De qué manera me invita a caminar hoy con un corazón más libre. Animémonos a escuchar esa pregunta que Jesús nos hace, animémonos a que resuene en nuestro corazón y animémonos a responderle dándonos a los demás.
(Domingo XXVIII durante el año, lecturas: Sab 7, 7-11; Sal 18, 8. 10, 12-13. 14; Hb 4, 12-13; Mc 10, 17-30)
Y cuanto nos dicen las miradas. Esas miradas que no tienen sentido, que están como perdidas o esas miradas que uno siempre busca desesperado que es la mirada de aquella persona que ama. La mirada de aquella persona que lo puede mirar en profundidad, que casi como que nos desnuda con la mirada, que puede mirar nuestro corazón. Esa mirada en la cual nos sentimos amados. Esa mirada que buscamos toda la vida porque es justamente lo que nos cambia la vida. Esos ojos que se miran y se hablan através de esa mirada. Esta fue la mirada que Jesús tuvo justamente con este hombre en este Evangelio. Porque por algo Marcos se detiene a decirlo: “Jesús lo miró con amor”. Tal vez no parecía lo más importante, lo leemos casi al pasar. Pero nos muestra que más importante que lo que le tenía que decir era la manera como miraba su corazón. Era la manera como miraba la vida de este hombre en aquel momento donde le tenía que pedir algo. En este momento, en el que la persona descubría que tenía que dar un paso, descubría que quería crecer pero que para eso necesitaba ser sostenido. Para eso necesitaba a alguien que lo mirara de una manera diferente. Seguramente como muchas personas se sintieron miradas por Jesús a lo largo de la vida.
Cómo le habrá cambiado la vida a Zaqueo cuando Jesús lo miró de una manera especial, a la mujer adultera cuando Jesús la miró de una manera especial, a los discípulos cuando Jesús los miró de esa manera especial. Como habrá sido de amorosa y penetrante esa mirada de Jesús que hizo que hombres y mujeres cambien rotundamente de vida por siglos, por encontrar con aquella persona, alguien que les decía que los amaba, alguien que se los mostraba con sus ojos. Y esto es lo mismo que hace en este Evangelio.
Porque el amor implica siempre renunciar a algo. Para amar, tengo que renunciar. Desde lo más simple como es cuando uno se enamora y tiene que renunciar al resto de las mujeres o varones por ese amor, o un montón de renuncias cotidianas que uno va haciendo por amor. En la familia cuando se aman y se quiere y tiene que aprender a consensuar entre ellos, aprender a pensar en común. En las parejas, los novios, los matrimonios que tienen que ir aprendiendo a crecer juntos, que tienen que aprender a quererse, a esperarse, a tenerse paciencia. A descubrir qué es lo que el otro necesita, qué es lo que quiere el otro. Como tiene uno que ir aprendiendo a vivir esos momento. Y aún aquel fruto mayor del amor como son los hijos, donde uno renuncia tal vez a un montón de comodidades que tiene, en el cual la vida ya casi no alcanza, porque para colmo me tengo que levantar también a la noche, cuando estoy cansado, tengo que ir a trabajar. Y que uno elige cuando se descubre amado, cuando descubre aquello que es fruto del amor. Porque eso es lo que le da un sentido, el amor es lo que le da sentido a todo lo demás. El sentirse querido, amado, valorado, hace que yo camine y deje cosas atrás, a veces hasta casi inconcientemente no me doy cuenta de las renuncias que hago. ¿Por qué? Porque lo que hay ahora en mi corazón me hace feliz. Esto que encontré y descubrí.
Y esta es la manera con que lo mira Jesús a este hombre cuando le tiene que pedir que de un paso más en la vida. Este hombre que se acerca a Jesús y que le hace tal vez la pregunta más profunda que podemos hacer los cristiano: ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?, ¿qué tengo que hacer para ir al cielo?, diríamos de manera simple. Sabiendo la respuesta que Jesús le va a dar: “tú conoces los mandamientos”. Pero ya acá aparece la primera curiosidad, porque Jesús no nombra a todos los mandamientos, nombra solo algunos mandamientos. Solamente aquellos que tienen que ver con la relación con el prójimo. No nombra los mandamientos que tienen que ver con la relación con Dios. Solamente los mandamientos que tienen que ver en mi vínculo con el otro. Esos son los que nombra Jesús, y le dice: “eso es lo que vos tenés que hacer”. Y se ve que este hombre, que se ve que era bastante bueno, más bueno que yo porque le contesta: “esto lo cumplo desde mi juventud”, a mí me cuesta bastante cumplir todo eso que dice ahí, ahora va y da un paso más. Y lo da porque lo necesita, el hombre necesita entregarse de una manera nueva. No se queda tranquilo con lo que Jesús le dice, y Jesús descubre en el corazón de este hombre que este hombre necesita dar otro paso. Como muchos pasos que nosotros queremos dar en la vida. Como cuando encontramos que queremos dar saltos aunque nos de miedo, aunque nos cueste. Y es ahí como decía antes, donde Jesús lo mira con amor. Y lo primero que le pide es que vaya, que venda sus bienes y que los de a los pobres. Lo invita a profundizar en aquello que el ya hacía.
Jesús se lo podría haber dicho de entrada a esto, pero primero lo quiere hacer descubrir que tiene un montón de cosas buenas que ya esta haciendo en las cuales él se puede apoyar. Porque sino en la fe es como que siempre nos falta algo. Voy todos los fines de semana a misa menos uno: “no, como puede ser, soy un desastre”. Solamente porque hay uno que no voy. No pienso en todos los que voy. Rezo todas las noches menos una: “me falta rezar más”. Hago tal cosa y ayudo a tal persona pero me falta...
Y el problema no es que uno descubra que le faltan cosas, sino que eso me termina cansado. Cuando yo no encuentro en qué apoyarme, cuando yo no encuentro que es lo que me da fuerza, me canso. De pronto tenemos un montón de desafíos, que tenemos un montón de cosas en que crecer. Pero eso lo voy a poder hacer en la medida en que yo me sienta amado. Porque es el amor el que me ayuda a dar saltos. No el cumplir, no el hacer las cosas bien o mal, porque eso no es lo que me da fuerza, aunque este bueno que haga las cosas bien. Lo que me da fuerza es alguien que me ama, alguien que me agarra, alguien que me ayuda a caminar. Y esto es lo que hace Jesús. Bueno, ahora si da este paso con tu hermano, hace aquello que vos descubrís que hoy querés hacer en el corazón y todavía no te animas a realizar.
Lamentablemente no se animó y por eso no pudo vivir la segunda parte: “después ven, y sígueme”. Porque el seguimiento de Jesús implica el darse. Para seguir a Jesús yo tengo que aprender día a día a darme a los demás. Para seguir a Jesús yo tengo que aprender a entregarme día a día, porque eso es lo que hizo Jesús. Jesús se entregó, Jesús se dio, porque esa es la dinámica del reino. Lamentablemente es difícil para nosotros como era difícil en esa época, porque el paradigma es el poseer. “Se fue triste porque poseía muchos bienes”. Tener, poseer, ser exitoso, ese es el paradigma. Y el camino del reino es el contrario, es el darse, es el entregarse, es el vaciarse. Es el descubrir que con el otro yo me realizo. Porque el amor es un darse, el amor implica reciprocidad, el amor implica al otro y esto es lo que nos invita a hacer Jesús. Pero para eso tengo que renunciar a cosas.
Todos podemos descubrir en nuestra vida un montón de cosas donde podemos darnos, no solo en lo económico donde Jesús nos invita a ser austeros, sino también un montón de dones, de carismas, de cosas que Dios puso en nuestras vidas. Pensemos cuán distinto sería si todos los que estamos acá, no se ni cuántos somos hoy pusiéramos nuestros dones al servicio de los demás, pusiéramos aquello que Dios nos dio para que todos crezcamos como comunidad, como cristianos en la sociedad en donde nos toca. El problema es que muchas veces nos invitan a acomodarnos, no a darnos. Me acomodé acá, hasta acá yo doy. De esta manera me doy. Hasta acá yo crezco.
En el camino de fe nunca termino, en el camino de fe voy a encontrar un Jesús que me mira con amor, que me mira fijamente y me invita a más. Sin embargo nos cuesta mucho darnos. Y ahí aparece, nos aparece, esta pregunta de los discípulos: “entonces ¿quién se va a poder salvar?” Porque si hay que darse así no hay manera. Y es ahí cuando Jesús usa esta frase: “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos” Creo que alguna vez se los dije pero se han escrito libros para ver como hacer que un camello entre por el ojo de una aguja, pero no entra, ni pelito por pelito entra, no hay manera. Porque nosotros intentamos aflojar lo que nos dice Jesús, porque nos encontramos muchas veces como ese abismo. Jesús me invita a hacer tanto y yo no entro ni a place, como dirían en las carreras. Pero por suerte no termina ahí. Porque le dicen: “entonces es imposible”, y Jesús les contesta: “si es imposible”. Para los hombres es imposible.
Por suerte Jesús lo hizo por todos nosotros. Dios lo hizo por todos nosotros en Jesús. Jesús se entregó por las veces que nosotros no podemos entregarnos. Y en ese poquito que muchas veces nosotros damos, ahí Jesús nos da el ciento por uno. Pero para entrar en esa dinámica de recibir el ciento por uno tengo que aprender a darme, tengo que aprender a abrir el corazón, tengo que soltar aquello de lo que me aferro, aquellas seguridades, aquella dureza de corazón para caminar más libre, ablandar mi corazón. Para encontrar o encontrarme con los demás de una manera nueva.
Hoy Jesús nos mira a nosotros con amor y nos mira al corazón de una manera nueva para que nosotros descubramos en qué tenemos que darnos hoy, qué es lo que tenemos que aflojar, qué es lo que Jesús me invita a entregar hoy. De qué manera me invita a caminar hoy con un corazón más libre. Animémonos a escuchar esa pregunta que Jesús nos hace, animémonos a que resuene en nuestro corazón y animémonos a responderle dándonos a los demás.
(Domingo XXVIII durante el año, lecturas: Sab 7, 7-11; Sal 18, 8. 10, 12-13. 14; Hb 4, 12-13; Mc 10, 17-30)
martes, 1 de diciembre de 2009
Homilías atrasadas
Quería pedirles disculpas ya que últimamente no pude subir las homilías al blog. El problema fue la pedida de nuestra anterior computadora. Mañana subiré la homilía de este último domingo y en estos días iré subiendo las que quedaron pendientes.
Saludos. Padre Mariano
Saludos. Padre Mariano
martes, 17 de noviembre de 2009
Nota: ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? (Mc 10,17)
Hace aproximadamente un mes escuchamos en boca de un hombre rico esta pregunta a Jesús. Tal vez la pregunta más central de toda nuestra vida cristiana, ya que nos remite al horizonte último, aquello que da sentido a nuestra vida.
Seguramente hoy no lo diríamos de la misma manera, pero todos los cristianos buscamos lo mismo: estar con Jesús. No solamente hoy o mañana sino todo nuestra vida acá en la tierra y, como dicen siempre los chicos, en el cielo.
Ahora, esta pregunta no la hace solamente este hombre en los evangelios, sino que aparece en otros textos como el del Buen Samaritano (Lc 10,25-37). Sin embargo la respuesta de Jesús siempre es la misma aunque formulada de diversas maneras: “Amar a Dios, amar al prójimo y seguirlo”. Y esta respuesta se puede resumir en dos palabras: “Amar y seguir”. Dos palabras que se retroalimentan. Siguiendo a Jesús voy a aprender a amar y amando voy creciendo en el seguimiento de Jesús.
Juan Pablo II decía: “La aventura de la santidad comienza con un «sí» a Dios” Un sí a Dios que se concretiza en el seguimiento de Jesús. Él es el camino, la verdad y la vida (Jn14,6). ¿Para llegar adónde? A la casa del Padre, donde hay muchas habitaciones, o sea un lugar para cada uno de nosotros.¿Cómo llegamos? Por medio de Jesús. Como dice el texto de Juan el es el único camino por eso tengo que aprender a seguirlo y aprender a amar a Dios y a mis hermanos.
¿Qué esto nos resulta difícil? Obviamente. A todos nos resulta difícil aprender a amar. Es muy claro en los evangelios, con el hombre rico, con los apóstoles, con cada uno de los hombres y mujeres que quieren vivir el evangelio. Aprender a amar implica aprender a abrir el corazón y eso siempre nos cuesta. Pero creo que lo primero que tenemos que entender es que estamos hablando de la pregunta más central de nuestras vidas o dicho de otra manera del premio mayor, del regalo más grande. Y que esperamos: ¿Qué sea fácil? ¿Qué no nos cueste? Es como que Jesús nos dijera: “querés esto. Bueno, ahora agarrate”. Pero no porque sea algo inaccesible, sino porque implica un esfuerzo desde el corazón. Y cuando uno mira el corazón encuentra los propios límites, las fragilidades, el propio pecado. Sin embargo este camino no esta hecho para hombres y mujeres perfectas. La santidad es compatible con la fragilidad natural, con las miserias de la vida. Lo importante es que una vez verificada y aceptada esa fragilidad, aprendamos a desprendernos de nosotros mismos para contemplar con humildad la misericordia de Dios que nos invita a retomar el camino. Por lo tanto, la santidad no es perfección, sino entrega. Entrega del corazón a Dios, entrega del corazón a mis hermanos. Y cuando no pueda entregarme tendré que aprender a reconstruir el vínculo, volver a cimentar sobree bases sólidas, volver a abrirme.
En realidad el único santo es Jesús, él es el que pudo llevar adelante la voluntad del Padre. Es el único justo. Y la santidad es un regalo que Jesús nos hace no porque lo merezcamos, sino porque nos ama y nos quiere hacer este gran don, regalo de la salvación. Pero Dios nunca invade nuestra libertad. Somos nosotros los que tenemos que elegir si aceptamos o no este regalo. San Agustín dice “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Esto no significa que nosotros ganamos la santidad, el que salva es Jesús; pero sí que exige nuestro compromiso y elección.
Caminar hacia la santidad, hacia ese regalo de Jesús, significa ir por las grandes ligas, por el premio más grande, por el regalo más hermoso. Esto da muchas esperanzas y llena el corazón, pero implica de nosotros un desafío muy grande: “Aprender a Amar y seguir a Jesús”.
Seguramente hoy no lo diríamos de la misma manera, pero todos los cristianos buscamos lo mismo: estar con Jesús. No solamente hoy o mañana sino todo nuestra vida acá en la tierra y, como dicen siempre los chicos, en el cielo.
Ahora, esta pregunta no la hace solamente este hombre en los evangelios, sino que aparece en otros textos como el del Buen Samaritano (Lc 10,25-37). Sin embargo la respuesta de Jesús siempre es la misma aunque formulada de diversas maneras: “Amar a Dios, amar al prójimo y seguirlo”. Y esta respuesta se puede resumir en dos palabras: “Amar y seguir”. Dos palabras que se retroalimentan. Siguiendo a Jesús voy a aprender a amar y amando voy creciendo en el seguimiento de Jesús.
Juan Pablo II decía: “La aventura de la santidad comienza con un «sí» a Dios” Un sí a Dios que se concretiza en el seguimiento de Jesús. Él es el camino, la verdad y la vida (Jn14,6). ¿Para llegar adónde? A la casa del Padre, donde hay muchas habitaciones, o sea un lugar para cada uno de nosotros.¿Cómo llegamos? Por medio de Jesús. Como dice el texto de Juan el es el único camino por eso tengo que aprender a seguirlo y aprender a amar a Dios y a mis hermanos.
¿Qué esto nos resulta difícil? Obviamente. A todos nos resulta difícil aprender a amar. Es muy claro en los evangelios, con el hombre rico, con los apóstoles, con cada uno de los hombres y mujeres que quieren vivir el evangelio. Aprender a amar implica aprender a abrir el corazón y eso siempre nos cuesta. Pero creo que lo primero que tenemos que entender es que estamos hablando de la pregunta más central de nuestras vidas o dicho de otra manera del premio mayor, del regalo más grande. Y que esperamos: ¿Qué sea fácil? ¿Qué no nos cueste? Es como que Jesús nos dijera: “querés esto. Bueno, ahora agarrate”. Pero no porque sea algo inaccesible, sino porque implica un esfuerzo desde el corazón. Y cuando uno mira el corazón encuentra los propios límites, las fragilidades, el propio pecado. Sin embargo este camino no esta hecho para hombres y mujeres perfectas. La santidad es compatible con la fragilidad natural, con las miserias de la vida. Lo importante es que una vez verificada y aceptada esa fragilidad, aprendamos a desprendernos de nosotros mismos para contemplar con humildad la misericordia de Dios que nos invita a retomar el camino. Por lo tanto, la santidad no es perfección, sino entrega. Entrega del corazón a Dios, entrega del corazón a mis hermanos. Y cuando no pueda entregarme tendré que aprender a reconstruir el vínculo, volver a cimentar sobree bases sólidas, volver a abrirme.
En realidad el único santo es Jesús, él es el que pudo llevar adelante la voluntad del Padre. Es el único justo. Y la santidad es un regalo que Jesús nos hace no porque lo merezcamos, sino porque nos ama y nos quiere hacer este gran don, regalo de la salvación. Pero Dios nunca invade nuestra libertad. Somos nosotros los que tenemos que elegir si aceptamos o no este regalo. San Agustín dice “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Esto no significa que nosotros ganamos la santidad, el que salva es Jesús; pero sí que exige nuestro compromiso y elección.
Caminar hacia la santidad, hacia ese regalo de Jesús, significa ir por las grandes ligas, por el premio más grande, por el regalo más hermoso. Esto da muchas esperanzas y llena el corazón, pero implica de nosotros un desafío muy grande: “Aprender a Amar y seguir a Jesús”.
Homilía: "Entregarse por amor"
Hay una película italiana muy linda que se llama: “Un casamiento inolvidable”, en la que Tomás y Estefanía van con su autito a una pequeña capilla llamada San Michelle, o San Miguel en castellano. La misma queda en un pueblito italiano donde van para arreglar todo lo que tiene que ver con su casamiento. Llegan ahí y hablan con el sacerdote. El cura les pregunta porque se quieren casar por Iglesia; le dicen por tradición, más que nada por sus padres. El sacerdote los invita a que entonces le digan algo más profundo, especial, aunque sea más allá de la fe, una imagen de lo que significa el matrimonio para ellos. Y ellos utilizan esa imagen tan linda de la que una vez hablamos, de dos que están patinando sobre el hielo y esa fragilidad y ese cuidado que uno tiene que tener sobre el otro mientras lo hacen. Y la imagen se corta en la película con el día del casamiento. Llega el momento del consentimiento matrimonial, el sacerdote les pide que ellos dos empiecen a repetir con él lo que les está diciendo: “Yo Estefanía..., yo Tomás..., prometo serte fiel, tanto en la prosperidad como en la adversidad....”, y sorpresivamente continua “o, más bien, prometo casarme y casi siempre serte fiel, aunque haga alguna picardía” los novios se empiezan a frenar y no repiten lo que el cura está diciendo. Y el sacerdote los pide que continúen: “¡Vamos repitan!, aunque a veces te deje sola, aunque a veces no te escuche”; hasta que el padre del novio, salta de la silla y le grita: “qué estás diciendo”. El sacerdote se sonríe y le contesta: “por fin alguien que me detiene”, y continúa “ellos me dijeron que querían que sea un casamiento especial y yo lo estoy haciendo especial. Y estoy diciendo mucho de lo que pasa, mucho de lo que vemos. Las encuestas nos muestran que ellos tienen el 20% de probabilidades de separarse, tienen el 25% de probabilidades de engañarse el uno al otro.., este es el mundo que los espera, esto es lo que hoy muchas veces se nos invita” Y continua reflexionando sobre esto. Y empieza a mostrar y a pedirles que le cuenten por qué se quieren casar. Hasta que en un momento importante de la película les dice a los demás que no le alcanza con lo que ellos están prometiendo, que necesita que otros se comprometan. Que necesita que otros de los que estén ahí, como que se casen con ellos. Que digan que los van a acompañar hasta el final. Pero nadie se compromete. Nadie termina de poner las manos en el fuego, todos tienen alguna excusa que poner: que los que se casan son ellos, que no puedo yo soy abogado y me dedico a los divorcios, y muchas otras. Entonces el sacerdote cuando están por terminar les pide a todos que se retiren, que ya que no se comprometen los dejen solos en este momento. Porque si ellos lo van a tener que vivir así, con un mundo que muchas veces te deja solos, que esto lo vivan en intimidad y se lo prometan el uno al otro. ¿Y qué es lo que se tienen que prometer? Es el querer entregarse el uno al otro, el querer darle la vida y el corazón, con lo que uno es, con lo que uno tiene. Y no sólo el querer entregarme al otro, sino también poner la confianza en el otro. El saber que quiero confiar en alguien y el saber que hay alguien que quiere confiar en mi. En esto tan lindo y tan fascinante que es como empieza todo vínculo, toda relación, pero que al mismo tiempo tanto se dificulta a lo largo del camino. Todos celebramos, somos felices el día que se casan, o yo el día que me ordené, pero sin embargo, los que tiene muchos más años de vida que yo saben lo que es pelearla y lucharla día a día. Tener que volver a entregarse, tener que volver a profundizar en el corazón. Ese día es como que uno abre una puerta, pero el aprender a entregarse es un camino que lleva toda la vida. Es un camino que tiene que pasar a veces por muchas dificultades. En este mundo post-moderno por muchas crisis. O se podría decir, por muchos momentos de profundización en el vínculo. No alcanza con el vínculo que uno tiene cuando se acaba de casar. No alcanza con el vínculo que uno tiene cuando tiene 5 años de casado. No alcanza con el vínculo que uno tiene cuando tiene 10. Continuamente lo tengo que ir alimentando. Continuamente lo tengo que ir recreando. Continuamente tengo que irle dando fuerza. ¿Para qué? Para que cobre un nuevo sentido. Porque esa primera atracción, ese primer deseo tiene que ser purificado. Todos tenemos la experiencia de que aún aquellas cosas que tanto nos gustan hay momentos en los que no tenemos ganas, hay momentos en los que nos cuestan, hay momentos que se nos hacen cuesta arriba. Ese es el momento donde uno tiene que tener paciencia en el corazón. Sin embargo este deseo de unión a pesar de las dificultades, creo que es el deseo más profundo que cada hombre o mujer tiene.
La Biblia casi empieza con eso, Dios le creo al hombre alguien semejante, la mujer, no importa quien sea primero, para que justamente tenga con quien acompañarse. Para que ese deseo pueda vivirlo uno en el corazón. Y tal vez, utilizando lo que se dice en la película, si yo también me pusiera a hablar en cualquier charla prematrimonial o el día del casamiento, y les dijera: “cásense por ahora, según como venga el viento, total el día de mañana se pueden separar o divorciar”. ¿A quién le gustaría? ¿Quién diría, eso es lo que yo quiero? ¿Uno quiere eso del otro?, que se case a media máquina, que sea por un tiempo. ¿O uno espera que el otro sea sincero en el corazón, y se entregue con toda la vida? Después vendrán los momentos de la vida donde habrá que pelearla, pero en el momento de la entrega es el momento donde uno quiere tener ese deseo profundo en el corazón. Es lo que uno desea tener, y es lo que uno espera del otro. Es lo que uno quiere y le pide al otro. Esto es lo que critica Jesús en el evangelio.
Cuando a Jesús se le acercan con esta pregunta sobre el matrimonio, el les contesta: “¿Qué es lo que dijo Moisés?” Y en esa actitud machista que había en esa época, le contestan que el hombre tiene que redactar un acta de divorcio. Y Él les dice que eso fue por la dureza de ustedes, por la dureza del corazón que está buscando una ley cómoda, una ley para poder deshacer a su antojo aquello que ustedes quieren, aquello que ustedes buscan, una ley totalmente injusta desde el vamos. Primero como les decía totalmente machista, el que podía hacerlo era el hombre, no la mujer que no tenía ningún tipo de derecho. Segundo tratando al otro como un objeto; esto es mío y yo hago lo que quiero. En el momento que yo quiero me lo saco de encima, y en el momento que yo quiero lo tengo.
Ahora, ¿eso es lo que sacia al corazón? Y no solo del que esta padeciendo esa situación, sino tal vez del que tiene el privilegio de poder elegir. ¿Eso es lo que uno busca? ¿Eso es lo que uno desea? ¿o uno esta buscando algo mucho más profundo? Este es el salto que les pide Jesús. No se rijan por una ley. Ríjanse por un regalo y por un don que es el amor. Esto es lo que hizo Dios, los creó para que se amen. Los creó para que hagan alianza. Esto es lo que hizo Dios con nosotros. Nos creó para amarnos, nos creó para hacer alianza con nosotros. Porque eso es lo que buscamos, porque eso es lo que queremos en lo profundo del corazón. ¿Es fácil? No. ¿Se complica? Si muchas veces. Pero eso es lo que intentamos día a día. Y muchas veces esa entrega no bastará. Muchas veces tal vez los caminos se tengan que separar. Pero que sea desde esa entrega profunda del corazón. Que sea desde que lo hacemos porque no quedaba otra, porque la luchamos con todas nuestras fuerzas hasta que nos dimos cuanta que no pudimos.
Jesús también se quiso entregar y en algún momento se quedó solo. Tal vez entregándose uno también se quede solo en algún momento. Tal vez vea que aquí llegue, pero que sea desde esa vocación y desde ese don que Dios nos ha hecho, que Dios nos ha dado. Porque eso es lo único que puede plenificar al corazón. Porque eso es lo único que nos puede traer gozo. Porque eso es lo que deseamos. Podríamos decir que vivimos en un mundo que muchas veces tiende más a dividir, como hablamos en el último tiempo, que a juntar. Pero lo que trae gozo es cuando estamos juntos, cuando caminamos unidos, cuando descubrimos que hay alguien que entiende mi corazón y que me acompaña. Y aún cuando llegan los momentos difíciles, cuando no encuentro los caminos, cuando no termino de comprender lo que me pasa, puedo vivirlo con otro, tengo alguien a mi lado con quien compartir eso. Aunque sea alguien con quien quejarme. Aunque sea con quien discutir. Creo que ninguno de nosotros fue hecho para estar solo sino para poder caminar con otros. Y eso es lo más profundo que nos dio Dios, eso es lo que nos invita a hacer en todas las realidades. Como familia, como matrimonio, como Iglesia, como comunidad. Y eso va a ser posible en la medida que nos entreguemos. ¿Qué es lo que va a pasar después? Ninguno de nosotros lo sabe. Pero lo único que puede traer gozo es esa entrega profunda. La única manera que uno sea feliz, es entregándose y caminando juntos, queriendo hacer alianza. Y queriendo pelear por esa alianza que Dios nos invita a hacer. Pidámosle hoy a Jesús que nosotros descubramos toda esa entrega que el hizo por nosotros. Que nosotros descubramos a todos los que a lo largo de nuestra vida también se van entregando por nosotros. Nos van amando, nos van queriendo. Y que guardando esto en el corazón también nosotros deseemos lo mismo, también nosotros queramos entregarnos al otro, también nosotros queramos pelear con esto, también nosotros queramos llevar una esperanza distinta. San Agustín decía que había dos grandes males en el mundo, y los dos tenían que ver con la esperanza. El hombre que perdió la esperanza y el hombre que tiene una esperanza vana. Bueno, Jesús nos invita a una esperanza profunda, una esperanza del que descubre en el corazón que hay una alegría para caminar juntos, una esperanza del que descubre que todavía hay una oportunidad nueva, una esperanza del que descubre que hay alguien que se quiere entregar por mí. Una esperanza que descubre que vale la pena entregarse por el otro.
(Domingo XXVII durante el año, lecturas: Gn 2,18-24; Sal 127,1-6; Hb 2,9-11; Mc 10,2-16)
La Biblia casi empieza con eso, Dios le creo al hombre alguien semejante, la mujer, no importa quien sea primero, para que justamente tenga con quien acompañarse. Para que ese deseo pueda vivirlo uno en el corazón. Y tal vez, utilizando lo que se dice en la película, si yo también me pusiera a hablar en cualquier charla prematrimonial o el día del casamiento, y les dijera: “cásense por ahora, según como venga el viento, total el día de mañana se pueden separar o divorciar”. ¿A quién le gustaría? ¿Quién diría, eso es lo que yo quiero? ¿Uno quiere eso del otro?, que se case a media máquina, que sea por un tiempo. ¿O uno espera que el otro sea sincero en el corazón, y se entregue con toda la vida? Después vendrán los momentos de la vida donde habrá que pelearla, pero en el momento de la entrega es el momento donde uno quiere tener ese deseo profundo en el corazón. Es lo que uno desea tener, y es lo que uno espera del otro. Es lo que uno quiere y le pide al otro. Esto es lo que critica Jesús en el evangelio.
Cuando a Jesús se le acercan con esta pregunta sobre el matrimonio, el les contesta: “¿Qué es lo que dijo Moisés?” Y en esa actitud machista que había en esa época, le contestan que el hombre tiene que redactar un acta de divorcio. Y Él les dice que eso fue por la dureza de ustedes, por la dureza del corazón que está buscando una ley cómoda, una ley para poder deshacer a su antojo aquello que ustedes quieren, aquello que ustedes buscan, una ley totalmente injusta desde el vamos. Primero como les decía totalmente machista, el que podía hacerlo era el hombre, no la mujer que no tenía ningún tipo de derecho. Segundo tratando al otro como un objeto; esto es mío y yo hago lo que quiero. En el momento que yo quiero me lo saco de encima, y en el momento que yo quiero lo tengo.
Ahora, ¿eso es lo que sacia al corazón? Y no solo del que esta padeciendo esa situación, sino tal vez del que tiene el privilegio de poder elegir. ¿Eso es lo que uno busca? ¿Eso es lo que uno desea? ¿o uno esta buscando algo mucho más profundo? Este es el salto que les pide Jesús. No se rijan por una ley. Ríjanse por un regalo y por un don que es el amor. Esto es lo que hizo Dios, los creó para que se amen. Los creó para que hagan alianza. Esto es lo que hizo Dios con nosotros. Nos creó para amarnos, nos creó para hacer alianza con nosotros. Porque eso es lo que buscamos, porque eso es lo que queremos en lo profundo del corazón. ¿Es fácil? No. ¿Se complica? Si muchas veces. Pero eso es lo que intentamos día a día. Y muchas veces esa entrega no bastará. Muchas veces tal vez los caminos se tengan que separar. Pero que sea desde esa entrega profunda del corazón. Que sea desde que lo hacemos porque no quedaba otra, porque la luchamos con todas nuestras fuerzas hasta que nos dimos cuanta que no pudimos.
Jesús también se quiso entregar y en algún momento se quedó solo. Tal vez entregándose uno también se quede solo en algún momento. Tal vez vea que aquí llegue, pero que sea desde esa vocación y desde ese don que Dios nos ha hecho, que Dios nos ha dado. Porque eso es lo único que puede plenificar al corazón. Porque eso es lo único que nos puede traer gozo. Porque eso es lo que deseamos. Podríamos decir que vivimos en un mundo que muchas veces tiende más a dividir, como hablamos en el último tiempo, que a juntar. Pero lo que trae gozo es cuando estamos juntos, cuando caminamos unidos, cuando descubrimos que hay alguien que entiende mi corazón y que me acompaña. Y aún cuando llegan los momentos difíciles, cuando no encuentro los caminos, cuando no termino de comprender lo que me pasa, puedo vivirlo con otro, tengo alguien a mi lado con quien compartir eso. Aunque sea alguien con quien quejarme. Aunque sea con quien discutir. Creo que ninguno de nosotros fue hecho para estar solo sino para poder caminar con otros. Y eso es lo más profundo que nos dio Dios, eso es lo que nos invita a hacer en todas las realidades. Como familia, como matrimonio, como Iglesia, como comunidad. Y eso va a ser posible en la medida que nos entreguemos. ¿Qué es lo que va a pasar después? Ninguno de nosotros lo sabe. Pero lo único que puede traer gozo es esa entrega profunda. La única manera que uno sea feliz, es entregándose y caminando juntos, queriendo hacer alianza. Y queriendo pelear por esa alianza que Dios nos invita a hacer. Pidámosle hoy a Jesús que nosotros descubramos toda esa entrega que el hizo por nosotros. Que nosotros descubramos a todos los que a lo largo de nuestra vida también se van entregando por nosotros. Nos van amando, nos van queriendo. Y que guardando esto en el corazón también nosotros deseemos lo mismo, también nosotros queramos entregarnos al otro, también nosotros queramos pelear con esto, también nosotros queramos llevar una esperanza distinta. San Agustín decía que había dos grandes males en el mundo, y los dos tenían que ver con la esperanza. El hombre que perdió la esperanza y el hombre que tiene una esperanza vana. Bueno, Jesús nos invita a una esperanza profunda, una esperanza del que descubre en el corazón que hay una alegría para caminar juntos, una esperanza del que descubre que todavía hay una oportunidad nueva, una esperanza del que descubre que hay alguien que se quiere entregar por mí. Una esperanza que descubre que vale la pena entregarse por el otro.
(Domingo XXVII durante el año, lecturas: Gn 2,18-24; Sal 127,1-6; Hb 2,9-11; Mc 10,2-16)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)