viernes, 1 de noviembre de 2013

Homilía  – Aniversario Sacerdotal – 10 años
Lo primero que me viene a la mente es una imagen. ¿Vieron cuando vamos por la calle y nos encontramos con un cartel que dice: “Disculpe las molestias. Estamos trabajando para usted.”? Uno mira el cartel y piensa algunas cosas… Pero después, si sale todo bien, gozamos de esas obras que se hacen. Gozamos de esa autopista, de esa ruta, de eso que se pudo arreglar, de ese subte… de lo que sea que se estaba haciendo en esa obra. Cuando pienso en el lema que elegí hace diez años, cuando me dieron este regalo de la ordenación sacerdotal, pensaba en esa imagen. El lema era: “Llevamos un tesoro en vasijas de barro.” Y esto siempre provoca la misma pregunta: ¿por qué llevar un tesoro en vasijas de barro? Creo que es porque esa vasija continuamente hay que moldearla y continuamente Dios la va trabajando y va haciendo algo más grande para que ese tesoro se vea mejor. Creo que durante todos estos diez años, y en continuado con mi vida anterior, puedo ver la obra de Dios a través de mi historia, y cómo va intentando moldear esa vasija para que ese tesoro se vea cada vez más.
Me acuerdo cuando estudiaba, nos decían que la vasija esa, no era una vasija como la que estamos acostumbrados nosotros, que es como un cuenco, donde el tesoro está adentro. Era una vasija mucho más plana, porque lo importante era que el tesoro se viera. Entonces cuando se llevaba ese tesoro al templo, la vasija tenía que pasar casi desapercibida, para que lo que reluciera fuera el tesoro. Y cuando elegí este lema, yo quería que ese tesoro que es Jesús, se pudiera ver, se pudiera transmitir a través de mi vida; como lo he recibido a través de la vida de todos ustedes a lo largo de estos años. Creo que eso es lo que Dios ha ido moldeando, intentando que esa vasija no tape tanto ese tesoro que es Dios, y que cada vez lo pueda traslucir más, que cada vez lo pueda llevar más. Si algo he descubierto a lo largo de estos años, es que si hay algo que es claro en esa vasija y que Dios nos pide, es que seamos vulnerables. Uno cuando quiere cubrir un tesoro, lo quiere hacer con algo que sea como muy fuerte, “¿Dónde lo puedo poner?”, diría alguno hoy. En una caja fuerte, en ochenta cajas fuertes, en un sistema de seguridad. Pero Dios nos dice que este tesoro se tiene que ver. Entonces la vasija tiene que ser algo vulnerable, algo frágil. Porque cuando somos vulnerables nos animamos a compartir la vida, abrimos el corazón. Para aprender a querernos y a amarnos, nos tenemos que mostrar vulnerables al otro, nos tenemos que dejar amar por el otro y tenemos que aprender a mostrarle nuestros sentimientos y nuestro corazón al otro. En esa vulnerabilidad es que está nuestra fuerza, en esa vulnerabilidad es que día a día se llena nuestro corazón.
Ese tesoro que nos da Jesús es lo que día a día he aprendido a vivir y a compartir. El lema decía: “llevamos”. Lo central es que lo llevamos entre todos, no es que lo lleva uno sólo. Se comparte, se vive en comunidad, se vive con otros; esto es lo central. Esto es lo que he aprendido a vivir a lo largo de nuestra vida. Esta es la fe que a mí se me transmitió desde chiquito, en mi familia, y que muchos a lo largo de la historia me han transmitido. Yo no entiendo mi fe si no es en comunidad.
El evangelio, que también es el de mi primera misa, dice: “en la casa de mi padre hay muchas habitaciones”. No sé si había muchas habitaciones en mi casa, pero bueno, varias había, soy de una familia bastante grande. Me acuerdo que en mi primera misa, Gerardo decía que era difícil encontrar un Caracciolo solo, que siempre estábamos en comunidad, de a varios. Esa es una de las mayores alegrías que tengo en mi vida y en mi corazón, siempre sentirme querido, amado, y rodeado de mucha gente. Siempre sentir que esa casa grande a la que Dios nos invita, porque hay muchas habitaciones, y donde nos espera un día a todos, es la casa donde hoy ya estoy viviendo desde acá; con muchas habitaciones y con lugar para todos. No sólo un edificio físico sino la casa es el corazón. La casa que desde la propia vida se nos invita a aprender a descubrir.
En ese descubrir esa casa, fui descubriendo también esta frase que Jesús dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” Ese camino que vamos haciendo juntos, ese camino que nos enseña a abrir el corazón y a mostrarnos cada vez más, ese camino que nos ayuda a poner compartir la fe compartir a Jesús, compartir lo valioso que tenemos. Esa verdad que nos ayuda a caminar con mayor libertad, en la medida en que nos conocemos mejor, en la medida en que sabemos más del otro y que el otro sabe más de mí, que puedo ser transparente, y que no tengo que estar casi como diciendo: ¿acá cómo me muevo?, ¿acá que digo?, ¿acá que van a pensar? Esa verdad que es Jesús y que nos invita también a nosotros a que mostremos la verdad de nuestro corazón. Esa vida que se da en Jesús cada vez que nos animamos a compartirlo. Esa vida que se da cuando nos animamos a compartir la vida unos a otros. Creo que eso es una gran alegría que he podido vivir durante todos estos años.
Esto que les decía al principio de que esa vasija de alguna manera es vulnerable porque es frágil, no nos tiene que dar miedo. Porque Dios no nos eligió porque somos perfectos; nos eligió porque nos ama, porque nos quiere, y porque nos invita a vivir esa historia de amor. Ese es el amor que yo he vivido, he mamado, a lo largo de toda mi vida. La verdad que a veces (no sé bien cómo decirlo), me siento un poco mal por la cantidad de mimos que siento que Dios me da a lo largo de mi vida. Si yo miro mi vida, sólo tengo cosas para agradecerle a Dios. La verdad que nos es que no hayan pasado cosas, no es que sea ciego, sino que los dones y los tesoros que me ha dado son muchísimo más grandes que las pequeñas dificultades que uno puede encontrar a lo largo del camino. Ese gran don y ese gran tesoro es la vida de todos ustedes y de muchos más que me aman, que me han querido, y con los que puedo compartir esta historia de amor.
Agradezco mucho en primer lugar a mi familia; a mis papás que han sido muy generosos con la vida, dando vida, y vida en abundancia. Lo primero que a uno le preguntan cuando tiene una familia tan grande, es ¿qué pasó?, ¿tus papás no tenían televisor?, tal cosa, tal otra… Lo central es que han sido generosos con la vida, y han pensado en eso antes que en otras cosas. Así que les agradezco mucho eso. Agradezco mucho la familia; los hermanos; la familia que va creciendo, tengo muchos sobrinos, cuñados, cuñadas; mucha familia grande, tíos y tías que hoy me acompañan. Agradezco mucho el poder compartir el día a día, el poder vivir en familia, el poder juntarnos, reírnos, charlar, estar cerca unos de otros cuando lo necesitamos. Agradezco a los amigos que Dios me ha regalado a lo largo de la vida, y que hemos podido compartir muchas cosas, que hemos podido vivir muchas cosas a lo largo del tiempo, y que eso ha ido acrecentando el vínculo que tenemos, que también alegra mi corazón y mi vida. Agradezco mucho las comunidades por donde pasé, también los amigos y amigas en Jesús que pude ir haciendo a lo largo de estas dos comunidades que Dios me regaló.
Dios me ha regalado también algo muy lindo que es la estabilidad. Yo estuve cinco años en Jesús en el Huerto de los Olivos, y estuve ahora seis años acá, el obispo me dijo que voy a seguir si Dios quiere el año que viene acá, así que será mi séptimo año; y la verdad que eso es un regalo de Dios. Una de las cosas que eligió es ser obediente en lo que a uno le piden y me regaló la estabilidad. Y eso me regaló el poder hacer vínculos más profundos, y creo que más fuertes con muchos de ustedes; el poder gozar con ustedes. Y eso es un regalo que agradezco a Dios, y que también les agradezco mucho a ustedes todos estos años que hemos podido compartir en la fe. Si hay algo que alimenta mi fe es la fe de ustedes. Ustedes siempre me agradecen, y yo no tengo palabras para agradecer todo lo que día a día me dan y me transmiten. Si yo tengo ganas de seguir este camino es por las ganas y la fuerza que veo que ustedes tienen, que día a día siguen transmitiendo y que a veces cuando uno está un poco cansado y no tiene tanta fuerza, y los jóvenes (con los que más trabajo), dicen “¡Vamos, vamos, vamos!”, y uno es llevado por la marea, por la avalancha de toda esa fuerza, esa energía, ese amor, esa fe, que Dios día a día nos regala. Pero lo central creo que es ese tesoro que es Jesús.

Para terminar, como nosotros nos ordenamos de a varios, tuvimos que elegir un lema entre todos, y elegimos una frase de la multiplicación de los panes, que era: “Denles de comer ustedes mismos.” La frase esa es porque los discípulos tienen que llevar el pescado y el pan que Jesús hizo. Es decir, Jesús hizo un milagro y los discípulos tienen que ir a repartir a la gente el pan y los peces; y yo me imagino siempre a la gente diciéndole a los discípulos: “gracias”, “muchas gracias”… y en realidad el que hizo el milagro es Jesús. Los discípulos están llevando la comida, están siendo instrumentos. Siempre me viene esa imagen. La verdad que ustedes me agradecen mucho, y yo digo, en realidad el que hizo las cosas es Jesús, el que irradia ese gran tesoro es Él. Yo me llevo las gracias de lo que Dios ha hecho, y vivo la alegría de lo que ha hecho en ustedes, y de lo que ha hecho en mí. Bueno, les agradezco mucho todo lo que me dan, les agradezco mucho todo su amor, su cariño, su amistad. Le agradezco mucho a Dios todo lo que me ha dado a lo largo de estos diez años de ministerio, de este camino y le pido poder ser siempre esa vasija que pueda transmitir ese tesoro.

Homilía: “Oren incesantemente” – XIX domingo durante el año


En la película La Casa del Lago, Kate alquila una casa muy linda al borde de un lago, y después de una serie de cosas conoce a Alex. Él vive enfrente de donde ella está, y se van vinculando por medio de unas cartas. Lo central es que a ella le cuesta encontrar hacia dónde quiere caminar en la vida, un horizonte, y cómo comprometerse con eso que le pasa, con lo que va viviendo en el día a día. En una de las cartas que le escribe a Alex, le dice: “esa es la historia de mi vida. Tomo distancia de todas las cosas. Distancia del hombre que quiere salir conmigo, del que se quiere casar conmigo; huyo, esperando que de alguna manera se comprometa mi vida con el hombre que realmente tome mi corazón.”
Cuando vemos esto que se refleja en esta carta, en esta película; cuando vemos que no nos podemos comprometer con lo que nos toca en la vida, llega un momento en que nos da un poquito de lástima porque no podemos poner el corazón en las cosas. Porque ¿cuál es el problema acá?, ¿el problema es que no haya encontrado al hombre de su vida? No. El tema es si pongo mi vida en lo que me toca hoy, si pongo mi corazón en lo que me toca hoy, cómo me comprometo. Porque la pregunta es ¿cómo voy a aprender a comprometerme si nunca lo he hecho? A veces es como que siempre estamos esperando, como que siempre vamos hipotecando: “cuando todos los planetas, galaxias y universos se encuadren y se alineen, ahí yo me voy a comprometer.”
Ahora, todo en la vida se aprende ejerciéndolo. Yo aprendo a entregarme cuando me entrego, yo aprendo a darme cuando me doy, yo aprendo a comprometerme cuando me comprometo. En lo que me toca, en las cosas más importantes, en las cosas más triviales de cada día. Obviamente que no se me puede ir la vida en algo pequeño, en algo que no tiene tanto sentido, pero yo tengo que aprender a poner el corazón en esto que hoy me toca. Primero porque ahí es donde voy a estar convencido de si esto es lo mío o no. ¿Por qué? Porque yo me la jugué en esto. Me jugué a elegir esta carrera, este trabajo, comprometiéndome con esta persona para ir caminando juntos.
En segundo lugar porque es como un ejercicio. En la medida en que yo lo hago, me sale mucho más naturalmente. En el fondo es un estilo de vida. Con la madurez y con lo que me toca vivir en cada momento. No es lo mismo un niño que un adolescente, un joven o un adulto. Cada uno lo vive con diferente responsabilidad. Pero lo bueno es poner el corazón en aquello que a uno le toca.
Esto es lo que le pide Pablo a Timoteo, a ese hijo amado a quien le transmitió la fe. Le dice: permanece fiel. Vos has aprendido cosas, estás viviendo el camino de la fe, entonces poné el corazón en eso y permanecé en esa fidelidad. Podríamos decir que son casi como sinónimos. El permanecer nos habla de una fidelidad. Yo me quedé en algo; y la fidelidad me está hablando de que permanezco en un lugar. Ahora, Pablo no le está diciendo que permanezca en un status quo, que se quede estancado, sino que le está pidiendo un permanecer activo, que camine, que crezca en esto. ¿Por qué Pablo le pide esto a Timoteo? Porque permanecer es lo que más nos cuesta en la vida. Creo que hoy en día el paradigma está más orientado a cómo cambiamos, todo hay que cambiarlo, ¿no? Ni hablemos de la tecnología, tipo celular y ipod, que un año ya está obsoleto. En todas las cosas. En los vínculos, en lo que fuera.  Sin embargo, yo voy a poder recoger los frutos de aquello en lo que permanezco, de aquello en lo que me mantengo fiel.
Tal vez para empezar por nosotros, tenemos que por lo menos permanecer en nuestros valores, en aquello en lo que creemos, en aquello que descubrimos que nos ayuda a caminar de una manera nueva. Éste es el pedido de Pablo a Timoteo. Podríamos decir que de alguna manera es lo que se nos pide a nosotros en la vida. La fe es lo básico para crecer en la vida. “Tú has recibido una fe”, se le dice a Timoteo, vivíla. Nosotros también creemos; y no hablo solamente de la fe en Dios, hablo de algo más básico. El creer en lo que nos ayuda a caminar, el creer en nosotros, el confiar en nosotros, el creer y confiar en los demás. En la medida en que esto no se da, yo me voy cerrando. Si yo no creo en mí, si yo no confío en mí, no me animo a caminar, no me animo a hacer las cosas, no me lanzo al mundo. Después podré ver qué pasa, nadie tiene la respuesta a eso.
Lo mismo en los vínculos, yo tengo que creer en el otro, tengo que confiar en el otro, y ver en cada momento en dónde voy poniendo mi corazón, en dónde lo puedo abrir, en dónde puedo confiar plenamente en el otro. Ese el camino que en cada momento nosotros tenemos que hacer. Ahora, en lo que tiene que ver con nuestra fe cristiana, tenemos un problema creo, porque nos han transmitido que la fe es una adhesión a un conjunto de normas de doctrina, “yo tengo que creer en esto”. La fe no es eso, la fe es una adhesión a una persona; es cuánto yo creo y confío en Jesús. La fe es el vínculo que yo voy haciendo con Jesús, y ese vínculo comienza cuando comienza mi historia, no cuando yo creo más o menos (o pienso que es así), porque creo en esto sí, y en esto no; en esto que me dice la Iglesia sí y en esto no.
La fe es más amplia que la religión cristiana ¿acaso un judío no tiene fe?, ¿acaso un islamita, un budista, no tiene fe? Hasta podríamos preguntarnos en qué cree un ateo. Entonces, ¿qué es la fe? Es el vínculo que yo voy haciendo con Jesús, es esa historia que me llama a vivir en un momento de mi vida, hoy, con mi nombre, a cada uno de los que estamos acá, desde acá. No desde adonde tengo que llegar. Después esa fe adopta sus formas en nuestra religión, la doctrina, los ritos que se nos invita a vivir. Pero eso es parte del camino. ¿Quién puede decir quién tiene más fe?, ¿o quién tiene menos fe? Y por eso es un camino continuo, y por eso la frase no es si tengo o no tengo fe, la pregunta es, si estoy viviendo esa historia con Jesús, si me estoy vinculando con Él. Y en ese camino tengo distintos momentos.
Creo que tal vez las imágenes más cercanas para esto se ven en la primera lectura, que habla de Moisés. Israel está en guerra con los amaresitas, entonces manda a Josué a luchar, y Moisés se va a rezar por eso. Pero se empiezan a dar cuenta de que cuando Moisés levanta los brazos ganan la guerra, cuando Moisés baja los brazos, pierden la guerra. Así que esto depende de Dios y no tanto de ellos. Pero parte depende de Moisés. Tiene que tener los brazos en alto y a veces se le empiezan a cansar; pero ve que cuando baja los brazos se pierde la guerra, entonces empieza a poner esfuerzo. Ese vínculo con Dios que él está haciendo en la oración, hay momentos en que les sale más fácil, y hay momentos en que cuesta. A Moisés le cuesta mantener los brazos, mantener su vínculo con Dios, le cuesta y necesita esforzarse. Hay otro momento, cuando ya no puede más, en que vienen otros, y le tienen los brazos, buscan la manera, le ponen piedras para sostenerlo: esa es la comunidad. Son los otros que en los momentos difíciles de mi fe, me acompañan, están conmigo.  Por eso la fe tiene una veta personal, de esa historia que voy haciendo con Jesús, momentos más fáciles, momentos que requieren más esfuerzo, momentos con más voluntad, y también todos los demás que alimentan mi fe, que me ayudan o que yo tengo que ayudar. Por eso la fe se vive en comunidad, vamos caminando. Eso es parte del camino.
Ahora, la pregunta es si yo quiero vivir esa historia con Jesús y con los demás. Esa historia que de alguna manera toma un momento concreto en la oración, cuando yo me vinculo con el otro, cuando hablo con el otro. Yo no puedo decir por ejemplo “tengo un amigo”, si hace dos años que no hablo con él. Tendré que poner en tela de juicio esa amistad; tengo que vincularme, tengo que charlar, tengo que encontrarme con el otro. Esa charla, como cualquier otro, tendrá momentos más profundos, momentos más triviales, pero es necesaria. Esa es la invitación en la oración. Por eso Jesús les dice: recen con insistencia, oren, encuéntrense con Dios.
Cuando leía este evangelio, ese “oren incesantemente” y esta parábola de la viuda que va a insistirle a este juez injusto que le termina dando lo que tiene con tal de sacársela de encima, pensaba en las distintas edades, y en qué es lo que más insistimos y quizás ganamos por cansancio. Un chico pidiendo “¡Comprame esto, comprame esto!” y uno piensa, “buen, con tal de que no me pida más se lo compro”. Los adolescentes, los jóvenes, en qué es lo que más insisten. “Dejame salir”. O los más grandes, aunque sea qué es lo que quiero que vaya calando en el corazón del otro, aunque sea por insistencia. Todos insistimos en algo, todos tenemos cosas que son más importantes. Jesús nos dice: en este camino de la fe, anímense a insistir en la oración. Como hizo esta viuda. Aun cuando las cosas no venían como ella quería, insistía, insistía, insistía. Esa es la invitación para nosotros, que nos animemos a insistir en esta historia con Dios. Y tenemos una ventaja, siempre podemos empezar de nuevo; y en el fondo nunca se empieza de cero, siempre voy alimentando aquello que he vivido, siempre está como esperando, para que eso se alimente, para que eso crezca, para que yo me encuentre con él.
Pidámosle a Jesús el animarnos a vivir esta historia, esta aventura de la fe. Pidámosle a Jesús que podamos celebrarla, vivirla comunitariamente; que podamos crecer en ese vínculo de la fe que es la oración.

Lecturas:
*Ex 17,8-13
*Sal 120,1-2.3-4.5-6.7-8
*2Tim 3,14–4,2

*Lc 18,1-8

viernes, 11 de octubre de 2013

Homilía: “Auméntanos la fe” – domingo VII durante el año


La película Lo Imposible cuenta el drama de una familia española que estuvo presente en el tsunami. Esta familia, constituida por papá, mamá y tres hijos, decide pasar las vacaciones de Navidad en Tailandia. Comienza la película, muestran una imagen muy linda durante la Navidad, hasta que en la madrugada del 26 de diciembre ocurre esta catástrofe, el tsunami. Después de que se calman un poco las olas, la mujer, María, cuando logra recobrar fuerzas y ponerse en pie, comienza a buscar a su familia y encuentra a su hijo mayor. Él está bastante mal, como podemos imaginarnos en una situación tan difícil, y María empieza a intentar tranquilizarlo. Termina diciéndole: “Tu y yo no vamos a morir. Quedate tranquilo.” Con la convicción de que tuviera fe y confianza porque iban a salir de esa situación.
Esta fe y confianza que es difícil tener en las situaciones extremas. Si uno piensa en la situación, esa mujer no sabe dónde está su marido, dónde están sus otros dos hijos, qué les pasó; pero intenta transmitirle a su hijo en ese momento de oscuridad, esa fe y esa confianza para que pueda salir adelante. Esa fe que se necesita en los distintos momentos de la vida para seguir caminando, para seguir luchando, para seguir peleándola.
Uno puede imaginarse: ¿cómo reaccionaría yo en situaciones límites? Sin embargo, es muy difícil saberlo hasta que no estás en la situación. ¿Cuántas veces nos hemos visto en situaciones donde pensamos que íbamos a reaccionar de una manera totalmente diferente? ¿O nos encontramos con las cosas que nunca nos iban a pasar a nosotros, o que nunca íbamos a hacer, y no nos queda otra que tachar la palabra nunca porque es parte de nuestra vida en algún momento?
Ahora, en esos momentos, podríamos decir que la diferencia se ve en si tengo o no tengo fe; si creo y lucho para adelante o si no creo y empiezo a bajar los brazos, me empiezo a rendir. Esa es la primera distinción que podemos hacer en las cosas de la vida, y también en las cosas de la fe. Quienes creen y quienes no creen. Quienes tienen fe y quienes no tienen fe.
Sin embargo, también hay como un  paso intermedio que es: cuánto creo, cuánto me dura la fe, cuánto me dura la confianza, o me dura el empuje. Esta es la distinción que nos hace el evangelio de hoy. Porque no habla de los que tienen fe o de los que no tienen fe. Habla de gente que claramente tiene fe, como son los apóstoles – por algo dejaron todo, lo están siguiendo a Jesús,  lo están escuchando – sin embargo, llega un momento donde se les pone difícil. Frente a esto, el pedido de los discípulos es: “auméntanos la fe”. Esta fe, esta confianza que hoy tenemos, no nos alcanza. Necesitamos algo más. Lo que nos muestra es que siempre estamos como en camino, que la fe no es algo que obtengo en un momento y se acabó, sino que es algo dinámico, que es un proceso. Es algo en lo que yo tengo que invertir mi vida, mis energías, para poder ir creciendo, para poder ir dando pasos.
En este caso, a los discípulos les sucede cuando Jesús les dice: “Si tu hermano peca contra ti y se arrepiente, perdónalo.” Cosa que es muy fácil de decirles a los demás, pero cuando lo tenemos que hacer nosotros es difícil. Por lo menos a mí me cuesta perdonar tan fácilmente a los demás. Pero por si a alguno de ellos le salía ya, les pide algo más. Les dice: “si tu hermano peca contra ti siete veces [como diciendo, en el día ya es suficiente], y se arrepiente, también perdónalo.”
Los discípulos tienen dos opciones, o se hacen los tontos frente a lo que Jesús les está diciendo, como diciendo: bueno, está diciendo algo demasiado exagerado; o dicen: “Bueno, esto es difícil, acá quedo en offside. Si el pedido de perdonar es tan grande, acá se me complica mi fe. No me da para eso.” Y al darse cuenta, siendo realistas, le piden a Jesús: bueno, si vos me estás pidiendo esto, auméntame la fe. Casi lo mismo que le podríamos decir nosotros cuando alguien nos molesta continuamente y uno dice, siempre hacés lo mismo y siempre venis a pedir perdón pero nunca cambias, nunca tal cosa, nunca tal otra… Y Jesús no dice eso. En todo caso nos pone el peso en nosotros: perdonalo, volvé a ofrecerle tu perdón. Y para eso nos pide todo un trabajo en el corazón.
Por si no queda claro con este tema, lo hace también con la generosidad y el servicio. A todos nos gusta ayudar y servir en algunos lugares, pero en otros se nos hace un poco más difícil a veces. Sin embargo Jesús dice, cuando hagas lo que tengas que hacer, hacelas y nada más. No te pongas a esperar algo más. Da con generosidad. Pero cuando nos toca a nosotros nos cuesta. “Soy el único que trabajo en esta casa.”; “Siempre me pedís las cosas a mí.”; “Nunca la pedís nada al otro.” Nos cuesta darnos con generosidad. Si el evangelio hubiera seguido quizás hubiera dicho: ahí también auméntanos la fe. Para que nosotros podamos dar también ese paso. Porque dar tan gratuitamente nuestra generosidad también nos cuesta.
Así podríamos mirar cada uno de nosotros qué es lo que nos cuesta, porque en primer lugar, como les decía, la fe es un camino, es un proceso. Alguna vez hemos hablado de esto. Muchas veces creemos que en la fe “llegamos”, y como creemos esto, en general es como que nos estamos evaluando o evaluando a los demás. La pregunta que me tendría que hacer es si mi fe está acorde con la edad que tengo, no si llegué. Porque no se llega a ningún lado en la fe, siempre se está caminando.
Acá hay un montón de jóvenes, y ellos muchas veces se acercan y me dicen: “yo no creo tanto como antes.” ¿Por qué? “Porque dudo de mi fe, porque me pregunto cosas, porque dudo de Jesús, porque dudo de Dios.” Y en general lo que yo les digo es: “Qué bueno que te pase esto.” ¿Por qué? Y, porque si yo no me cuestiono mi fe en mi adolescencia, en mi juventud, sigo con una fe infantil. La fe del niño es la fe del que cree en lo que papá y mamá nos dicen. El niño no necesita más. El joven, el adolescente, está en el momento de la vida de preguntarse las cosas, de cuestionarse, de ir viendo si quiero ir por acá, si no quiero ir por acá, ¿quiero probar esto? Lo mismo tiene que pasar en la fe. Si mi fe en mi juventud no entra en crisis, no puedo crecer, por eso muchas veces nos mantenemos rígidos. No quiero que mi fe me cuestione, que mi fe me pregunte. Y si no lo hago yo lo va a hacer Jesús. Esto es lo que hizo con los apóstoles. ¿Ustedes se creen que su fe es muy grande? Bueno, entonces perdonen hasta este momento. Y ahí dijeron: no, auméntanos la fe porque hasta acá llegamos. Podríamos mirar también nosotros. No para verlo como algo malo, sino para ver como tengo que ir caminando en la fe, cuál es el próximo paso que tengo que dar. ¿En qué me cuesta mi fe? ¿Qué es lo que me cuesta vivir?
A veces pensamos la fe como nuestra parte espiritual. Como si nos dividiéramos en dos. Mi fe tiene que ver con cuánto rezo, o si voy a misa; pero no con mi vida, no con como yo vivo o actúo. Jesús lo que quiere es una persona íntegra. Mi fe no tiene que ver con algo, Jesús no quiere personas que tengan fe, quiere personas en las que su fe impregne todo, quiere que su fe nos transforme. Es más, si uno agarra el evangelio, en realidad en las cosas de fe que nos pide Jesús, casi nunca habla de la oración, y de ir a misa. Habla de cómo vivimos. En este caso, habla del perdón y de la generosidad. Según cómo perdono, cómo tengo mi fe, cuánto crecí en mi fe. Según cómo me pongo a servir al otro, cuánto vivo mi fe. Así podríamos pensar un montón de actitudes en la vida: cómo vivo la verdad, cómo vivo la entrega. Podríamos pensar cada uno de nosotros, ¿en qué de esta vida estoy flaqueando? Y en eso decirle a Jesús: auméntanos la fe. ¿Para qué? Para ponernos en camino.
La fe es un regalo, es un don que nos da Dios. Eso los discípulos lo tienen claro, por eso le dicen a Jesús, ayudános, aumentanos la fe, danos el primer paso. Hay una frase famosa de Martin Luther King que dice así: “para crecer en la fe es necesario dar el primer paso, no tengo que ver toda la escalera, sino solamente animarme a dar ese paso.” Eso es la fe. A mí me toca hoy dar este paso, empezar a hacer este camino, empezar a ir por acá, empezar a ir por este lado. Eso es lo que le tengo que pedir a Jesús.
Tal vez como imagen podríamos tomar lo que hemos vivido este fin de semana con la peregrinación a Luján. La fe es una peregrinación, lo difícil es que tengo que caminar con el corazón, y eso cuesta un poco más. A veces tengo ganas, a veces no tengo tantas ganas. A veces el día está bárbaro como ayer, a veces llueve y me quiero morir, ¿para qué salí a caminar? A veces estoy contento con el que camina al lado mío, a veces me quiero matar, y digo ¿por qué este se me puso a caminar al lado mío? En la fe pasa lo mismo, tengo distintos momentos, pero hay momentos donde tengo que animarme a poner mi esfuerzo, a poner mi voluntad para poder crecer en eso.
Para terminar les cuento una anécdota. Cuando estaba en la parroquia anterior caminaba con el grupito que salía desde Liniers, y después nos uníamos con los que iban desde Moreno. Como no éramos muchos, aprovechaba e iba charlando un ratito con cada uno. Una vez me tocó caminar con una chica que tenía 28 años. Por cómo caminaba, yo no daba ni dos pesos ni porque llegara a Merlo (ahí nomás de Liniers). Empezamos a caminar, ella iba con un bastón, me contaba de su familia, y en eso le pregunto, “¿vos sos de caminar mucho?, ¿te gusta caminar?” “No, no, Padre. Yo no camino nada.”, me dice. “Es más, mi trabajo queda a doce cuadras, y me tomo el colectivo.” Así que yo con eso confirmaba mi primera impresión, no llegábamos a ningún lado así. Seguimos caminando y charlando un rato, y ella me dice: “Padre felicíteme.” “Bueno, te felicito, pero no sé por qué.”, le digo yo. “Hoy es mi cumpleaños, cumplo 28 años.” “¡Felicitaciones! ¡Feliz cumpleaños! ¿Te viniste a caminar y no celebraste tu cumpleaños?” “No, no. Estoy celebrando mi cumpleaños caminando”, me dice. “Le cuento algo, yo soy fanática de Bob Dylan, y hoy toca a la noche. Me habían regalado entradas para ir al recital. Yo estaba feliz de la vida, hasta que me di cuenta de que coincidía con la peregrinación a Luján. Y ahí me entró como una lucha en el corazón. ¿Qué hago?, me dije. Y lo que me planteé, fue ¿Cómo puede ser que por un recital deje de caminar a la casa de mi madre?”
Y esa persona a la que le costaba mucho caminar (uno lo veía claramente), mostraba que la fe no pasa por las piernas, sino por el corazón. Pasa por las opciones que hago. Uno puede pensar cualquier cosa: “uh, no era necesario.” No, pero hay que tener una fe profunda para dejar lo que a uno le gusta por algo que considera más importante, por un camino que va haciendo en la vida.
Llegamos dos ese año a Luján (en general se van quedando varios en el camino). Uno fui yo, y la otra fue ella. Al rato pasó, cuando estábamos en el grupo de apoyo y me dijo: “Hola Padre, aquí estoy.” A veces hay que poner esfuerzo en la fe para hacer opciones, para seguir caminando, para que en los momentos más difíciles pueda poner el corazón para hacer aquello que me cuesta. Y ahí la fe se pone en camino. A veces hay que pedirle a Jesús que nos aumente la fe.
Escuchemos a este Jesús que nos invita a caminar y caminemos con Él.

Lecturas:
*Ha 1,2-3;2,2-4
*Sal 94,1-2.6-7.8-9
*2Tm 1,6-8.13-14

*Lc 17,5-10

miércoles, 2 de octubre de 2013

Homilía: “Si la nuestra Fe no nos causa una tensión en el corazón, entonces tenemos que preguntarnos en qué Jesús estamos pensando” – XVI domingo durante el año


Anoche agarré en la televisión nuevamente la película Los Juegos del Hambre, y me vino en el principio la imagen de este evangelio. Para los que no la vieron narra la historia de un país en el que hay trece distritos y el capitolio. Después de que uno de esos distritos, que era de los más pobres, se revela, el capitolio comienza unos “Juegos del Hambre” en el que se eligen jóvenes de doce a dieciocho años para hacer unos juegos que llevan a la muerte a todos, y gana solamente uno.
Más allá del argumento de la película, muestra la desigualdad social y la opresión que hay junto con el hambre de estos lugares. Como logran en general las películas o los medios más visuales, uno se violenta, porque la película empieza mostrando el hambre y la opresión que hay para conseguir un poco de comida en uno de estos distritos, y después, cuando van hacia la ciudad, la opulencia de la comida y de que pueden comer lo que quieran.
Cuando uno lo ve tan de manifiesto (podríamos sacar fotos de nuestra realidad actual en distintos lugares), lo ve mucho más claro que lo que hoy pasa. Y pensaba en ese abismo que hay en la película entre estos distritos que tienen mucha hambre, y una ciudad totalmente opulenta. Pensaba en cómo estos abismos se van manifestando cada día más en el mundo en que vivimos. Leía en estos días una revista que decía que el 1% de la población mundial, posee más que el 56% más pobre de nuestro mundo. Si uno se pone a pensar no tiene por dónde empezar cuando uno ve ese abismo de diferencia. Seguía diciendo que las 356 personas más ricas tienen más que 2.600 millones de personas en el mundo. Cuando uno empieza a mirar y a ver estos números, dice: acá hay algo que no cierra, acá hay algo que está mal.
Como nosotros fuimos favorecidos en la vida -Dios nos regaló un montón de cosas-, esto muchas veces nos pasa desapercibido. Pero cuando empezamos a ver un poco más en detalle, hay cosas que nos empiezan a hacer ruido en el corazón. Ese abismo se va viendo de diferentes maneras. Podríamos sin ir más lejos ver entre nosotros. Por ejemplo la diferencia entre los barrios; tenemos barrios muy ricos al lado de villas. Cómo decimos: “uh, por esa calle no se puede pasar.” Es como que hay un abismo. Por estos lugares podemos transitar, por estos otros no; porque la diferencia hace que eso no se pueda. Pero no sólo en eso. Podemos verlo también en el acceso a la salud, cuando tenemos una mejor condición económica, en general podemos acceder a buenos planes de salud, y la gente más pobre no accede a eso, queda prácticamente afuera. Estando en Brasil para la Jornada Mundial de la Juventud, los brasileros nos decían: “ustedes no saben lo que es la pobreza. Acá directamente no pueden ir a los hospitales, no los atienden a los más pobres.” La desigualdad se ve también en la educación; entre los que podemos acceder a un colegio privado, y los que no. Eso también genera un abismo.
Hace unos años, cuando estaba en la parroquia del Huerto, me quedó grabada una imagen. Estábamos comenzando el ciclo escolar en el Colegio María Santísima de la Luz (muy carenciado), y al comenzar las clases vino una mamá a preguntarnos por qué no habíamos incorporado a su hijo a primer grado. No lo habíamos incorporado porque era imposible, no teníamos manera; ya estábamos sobrepasados de alumnos en las clases, y le decíamos: “Mirá no podemos, no podemos, no podemos.” Y la frase de la madre fue, “Bueno, no hay problema. Anótenmelo para el año que viene. Yo espero, y mi hijo empieza el colegio un año más tarde; pero a un colegio estatal yo no lo mando.” Y uno ahí se da cuenta del abismo que hay. Porque ese colegio no está ni cerca de los colegios a los que nosotros estamos acostumbrados, pero para ella era un refugio aunque sea poder encontrar este lugar. Y esas cosas se van haciendo cada vez más grandes, y las separaciones cada vez más fuertes.
Creo que el único camino es animarnos a ver cómo podemos tender puentes. Si no tendemos puentes entre las distintas realidades, si no trabajamos para que las cosas sean diferentes, la diferencia es cada vez mayor. La separación es cada vez mayor. Y eso es lo que ocurre en esta parábola que acabamos de escuchar. Tiene dos partes muy diferenciadas. En la primera, un hombre que tiene mucho, rico, que hace banquetes y come opulentamente; y por otro lado un pobre, llamado Lázaro. En esto me quiero detener un momento, porque ¿saben una cosa?, es el único nombre propio que Jesús pone en una parábola. Fíjense en cualquier parábola del evangelio: el Padre Misericordioso: hijo mayor e hijo menor; el Buen Samaritano: sacerdote, levita, samaritano; el Sembrador; nunca pone un nombre. Pero acá sí Jesús nos dice que ese pobre es Lázaro. Llamativo, ¿no? La única vez que nombra a alguien es a una persona muy pobre. Y nos dice que esta persona no podía acceder ni siquiera a lo que se caía de esa mesa en la que comían.
La siguiente imagen es una vez que ambos han muerto. Uno en el cielo, y el otro parece que bastante lejos. Nos dice que Lázaro, que sólo recibió males en la vida, ahora está en el cielo; lo que ellos llamaban estar “junto a Abraham”. Este hombre rico en cambio, está en lo que nosotros llamaríamos el infierno, sufriendo. Acá viene la pregunta a Jesús, ¿por qué sucede esto? La respuesta es: porque vos recibiste tus bienes en vida. En cambio, el recibió males. Llegamos acá, y la condición cambia. Lo más llamativo es que no hay ninguna apelación moral en esto. No dice, “este hombre era una mala persona”. No dice si la persona pobre era buena o mala, no dice si la persona rica era buena o mala; lo único que dice es la condición. No marca nada más. Esa condición cambia cuando llegan al cielo. En esto el evangelio es muy parecido a la primera lectura, donde el profeta Amós le reprocha al pueblo que pasa lo mismo. “Ustedes, que comen manjares opulentos, que se acuestan en palacios de marfil, que se olvidan del otro, ya verán lo que va a pasar.” Es decir, el problema es cuando no se tienden estos puentes.
¿Qué es lo que se le está pidiendo a este hombre? Nada extraordinario. La parábola va a algo muy concreto: vos tenías mucho para comer, y alguien que estaba al lado tuyo no lo tenía, y vos no le diste. Es muy simple el resultado de lo que está pasando acá. Sin embargo, ese abismo no lo posibilita. Dicho así es un poco duro pero este evangelio de Lucas es determinante con la gente rica. Para Lucas no es un milagro que un rico entre al cielo, son como siete u ocho juntos más o menos. Es fuertísimo esto. Se ve que Lucas vio una opresión tan grande que dijo: si acá hay alguien que tiene más y no hace algo por los otros, no hay salida. Por suerte tenemos otros evangelios porque acá se nos complicaría a muchos que hemos sido favorecidos en la vida. Lucas nos invita a a ver qué es lo que está a nuestro alcance para tender puentes, porque si no cada vez nos separamos más, cada vez hacemos más abismos, cada vez la diferencia es más grande. Nos tenemos que preguntar ¿qué es lo que yo tengo para dar y qué es lo que cuestiona mi corazón?
Creo que la clave acá es la segunda lectura, porque Pablo le dice a Timoteo: “pelea el buen combate de la fe”.  Es decir: luchá por tu fe, peleá por tu fe. ¿Qué significa eso? Significa que la fe trae problemas en la vida. Y si la fe no nos cuestiona, si la fe no nos causa una tensión en el corazón, si esto que nos pasa no nos complica la vida, entonces tenemos que preguntarnos qué fe tenemos, en qué Jesús estamos pensando. Porque continuamente Jesús nos está diciendo: mirá, acá tenés que esforzarte un poquito más, acá hay algo que tenés que hacer, acá hay algo que tenés que cambiar. Obviamente que nos tiene mucha paciencia, pero la fe nos tiene que cuestionar en el corazón. ¿Qué es lo que hacemos por los demás? Porque si no nos vamos distanciando cada vez más; y las diferencias son tan grandes que a veces hacen un ruido grandísimo.
El fin de semana pasado fui a un casamiento. En un retiro al que fui después unos chicos me preguntaron qué pensaba yo de las fiestas de casamiento. Y sin juzgar a nadie (no quiero que nadie se sienta agredido por esto), yo le dije: “Mirá, la verdad que hay muchas fiestas de casamiento que me parecen una vergüenza, o por lo menos a mí me hacen mucho ruido. Ver cierta riqueza tan grande y tanta gente que no tienen ni para comer, por lo menos, evangélicamente nos tendría que cuestionar. A nosotros que somos cristianos nos tendría que hacer ruido.” Por suerte estos chicos pensaban más o menos igual, o no me dijeron si pensaban distinto, pueden hacerlo; pero creo que hay desigualdades que nos tienen que empezar a hacer ruido en el corazón. Tengo que empezar a pensar cómo yo puedo trabajar por el otro.
Podríamos pensar en un montón de cosas; el fin de semana pasado leía en la revista de La Nación algo de “party planners”, ¿de qué estamos hablando? Gente que hacía fiestas para chicos, que gastaba una fortuna; seguimos haciendo cada vez más separaciones. Gastamos una fortuna para los chicos. “Buzos de egresados para los de jardín”, ya no sé qué quieren inventar, pero a ver, ¿eso no hace ruido en los corazones de los cristianos? ¿No nos cuestiona qué es lo que estamos haciendo? ¿Hacia dónde estamos caminando con esta desigualdad tan grande que se produce?
Podemos pensar en las cosas que hacemos siempre. Las fiestas de 15, por ejemplo. Hay muchos jóvenes acá. Cuando salen los sábados a la noche, lo que se gasta en un pre-boliche, ¿no nos cuestiona eso? ¿No nos hace ruido la plata que de alguna manera tiramos en cosas superficiales o que no nos sirven para nada? Hay otro que está a nuestro lado que no tiene nada. Eso es lo que está diciendo Jesús. Lo que nos está diciendo es que si no creamos puentes no lo estamos escuchando. Si no nos empieza a tensionar en el corazón, y a cuestionar nuestro modo de vida, y cómo podemos ayudar al otro desde nosotros, hay algo que falta. Ayudar se puede de muchas maneras, eh. Hoy había un montón de jóvenes acá trabajando para Un Techo Para Mi País, me pararon como en ocho semáforos más o menos. Esa es una manera de ayudar, tal vez muchos habrán estado. Hay muchos de los jóvenes de acá que hacen un montón de tareas solidarias, por ejemplo, algunos van al barrio de acá cerquita; los de San Agustín dedican un rato de su sábado, otros que van a las tutorías o al apoyo escolar. Hay mil maneras de ayudar, hay mil maneras de tender puentes. Hay mil maneras de decir: “yo fui favorecido con esto, ¿cómo me puedo preocupar por el otro?
La primera pregunta es si lo voy a hacer. La segunda pregunta es ¿cuándo? Porque muchas veces, como pensamos solamente en nosotros, todo lo demás se posterga. Siempre es: “más adelante”, “cuando esté un poco mejor”, “cuando tenga un poco más de tiempo”, “cuando tenga un poco más de ganas”… Siempre hay una excusa. Jesús va a que se acaben las excusas, a que la vida es preocuparse por el que más necesitado está. Esto es lo que hizo Jesús. Siendo Dios, se hizo hombre, vino, y dijo: ¿Quiénes son los más alejados? Hace poco escuchamos la parábola de la oveja perdida; fue y la buscó.
¿Quiénes son aquellos que encontramos que están perdidos? Y, ¿cómo nos preocupamos? Ese es el combate de la fe que dice Pablo, cómo el evangelio nos hace ruido, para preocuparnos los unos por los otros, cómo desde el cristianismo vamos tendiendo puentes para hacer un mundo más justo.
Pidámosle a Pablo, aquel que peleó el buen combate de la Fe, que nos ayude a nosotros a poder hacer lo mismo.

Lecturas:
* Am 6,1a.4-7
* Sal 145,7.8-9a.9bc-10
* 1Tm 6,11-16
* Lc 16,19-31

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Homilía: “Dios está siempre dispuesto a buscar aquello que está perdido” – domingo XXIII durante el año


 En la película “El Hijo de la Novia”, Rafa es un hijo que tiene medio olvidada a su familia, en especial a su madre que está en un geriátrico. Su padre, Nino, le pide por favor que vaya a visitarla, y él termina yendo, pero esto le cuesta mucho, ya que ella ha perdido la memoria, tiene Alzheimer; a él le cuesta verla en esta situación. En ese momento es que su padre, Nino, le revela que quiere casarse por Iglesia con su madre. El hijo no entiende nada, le dice, “¿Dónde están tus convicciones? Vos nunca fuiste un creyente, ni nada.” Y él le contesta: “Mirá, estamos al final de nuestras vidas, y quiero hacerle este regalo a tu madre.” El hijo se sigue quejando, hasta que su padre le dice, “¿Me vas a ayudar en esto o no?”. Así es que termina accediendo, y va a averiguar a la Iglesia para ver cómo pueden hacer el casamiento. Entonces lo recibe un sacerdote, y él le dice: “Bueno, vengo a hacer un casamiento…”. “Sí, sí, ¿con misa?” “No, sencillo, sin misa.” “Bueno, son $500.” “Y ¿querés que haya flores?” “Bueno, entonces son $700. ¿Con música?”. Y bueno, así empieza a sumar; $900, $1000… Uno, sobre todo si es un poco eclesial, se empieza a poner tenso. Al final entonces, le dice: “Hay algo que tenemos que ver porque mi madre está muy enferma y no tiene conocimiento…” “Ah, entonces si no tiene conocimiento, si no sabe lo que hace, no la puedo casar.” Y ahí surge toda una discusión.
Más allá de esto último, me quiero detener un poco en ese diálogo medio ironizado (a veces no, lamentablemente), en el que el lugar donde uno espera algo más gratuito, un lugar donde lo reciban, lo acojan, le den un lugar, y uno pueda entrar así libremente, uno se encuentra casi con una pared. Entonces cuesta, uno se pregunta ¿cómo puede ser esto?, ¿cómo puede ser que un sacramento se cobre? Como digo, lamentablemente, no alejado de prácticas nuestras, o iglesias donde a veces para entrar te cobran, o lo que fuera… pero no quiero entrar en esa discusión. Sino en que, aún ahí donde uno esperaría algo mucho más gratuito, porque como sabemos, el amor de Dios es gratuito, uno no lo encuentra. Pareciera que estamos en un mundo donde todo termina siendo como una transacción. ¿Qué tengo que pagar? ¿Qué tengo que comprar? ¿Qué tengo que hacer? Y esto no solamente en lo institucional de los distintos lugares donde antes era todo mucho más gratuito, sino a veces en los vínculos también. “Yo voy a hacer esto, para que el otro haga lo otro…” Y estamos atentos a ver si el otro responde, y nos vamos olvidando en la vida, de lo que es totalmente gratuito.
Tal vez, para darnos cuenta de esto podríamos pensar, ¿cuántas veces decimos “gracias”, en el día? Algunos lo harán más, a otros nos cuesta un poco más. O sino a quienes. ¿A quiénes les decimos gracias? Por ejemplo, en casa, ¿somos de agradecer? Con todas las cosas que para nosotros son como un derecho adquirido. ¿Somos de agradecerle al otro por lo que día a día nos da? ¿Nos damos cuenta de eso? A veces nos damos cuenta cuando no estamos más en casa. También los más grandes, ¿nos damos cuenta de lo que los hijos hacen y dan? Podríamos pensar en ejemplos concretos, porque siempre pensamos que tenemos derecho a más porque pagamos o porque hacemos tal cosa. No sé, ¿alguien dice “gracias” cuando se sube al colectivo? O en la facultad, o en el colegio con el profesor que nos da la clase. ¿Somos capaces de ser agradecidos en el corazón por lo que el otro hace por nosotros? Porque si no todo se va convirtiendo en un “tengo”, y “el otro tiene que” hacer. Vamos perdiendo esa gratuidad, más allá de que a veces haya que desenvolver algún dinero por eso, de aquello que se vive, de aquello que día a día va pasando.   Otro ejercicio que podemos hacer es ¿Cuánto decimos “por favor”? A mí todavía alguno de los chicos en la misión me carga, “¡Decí por favor!” A veces también uno siente que es como un derecho adquirido. No digo por favor porque el otro tiene que hacerlo. Uno puede decir, “bueno, es una cuestión nominal”, pero también el cómo nos expresamos implica mucho lo que vivimos en el corazón. Y no sólo nos pasa a veces al decirlo, sino también al vivirlo. Por eso también a veces nos cuesta que nos agradezcan, “no, no tenés que decir nada”. Obviamente no tienen que decir nada, porque dicen “gracias”, el otro lo hace gratuitamente. Y nos cuesta vivir en el día a día esta gratuidad de lo que pasa, de los vínculos, de las cosas, de todo lo que sucede. Y esto es lo que quiere dejar totalmente reflejado Jesús en estas tres parábolas que hoy nos narra.
En la primera, tan conocida, donde esta oveja se pierde, y el pastor deja las noventa y nueve ovejas para ir a buscar a esta. Y Jesús incluso pregunta, ¿acaso no deja un pastor las noventa y nueve para buscar una? Y todos responderían: no. Ningún pastor va a ser tan loco de perder noventa y nueve para buscar una, mala suerte. Pero este pastor va, la busca, la encuentra, y no sólo hace eso sino que cuando vuelve empieza a agradecer. “Alégrense todos conmigo.” Y ellos dirían, ¿qué le pasa a este pibe que está así?
En el segundo paso habla de una mujer, un ama de casa, que pierde una dracma. La dracma es una moneda totalmente insignificante, no valía nada. Sin embargo, la parábola dice que esta mujer prende la lámpara, busca hasta encontrarla, y no sólo se alegra sino que va a decirles a todas las vecinas que se alegren con ella. Y las vecinas pensarían: ésta está medio loca, no es para tanto.
Por último, cuando este hijo se va de esa casa, le pide la herencia. Explico esto: el hijo menor no tenía derecho a herencia. Porque como la idea era que la riqueza no se separe en esa época, porque si no se perdía poder, la herencia era siempre para el hijo mayor. Por eso después  le dice a este hijo: “si todo lo mío es tuyo”. Todo era para el hijo mayor. Pero a veces, algunos padres le daban un poco para su vida al hijo menor. Ahora, esto es lo que se ve que este padre generoso, gratuitamente, porque no tenía por qué dárselo, le da a este hijo, quién renuncia a vivir en esa casa y se va. Como sabemos, vuelve cuando tiene hambre, y no sólo renunció a ese ser hijo, sino que le pide al padre que renuncie a ser padre porque dice que cuando vuelva le va a decir a su padre: “trátame como a uno de tus jornaleros”. El hijo es el que vive en la casa, aquél que vive gratis, en la gratuidad del padre. El jornalero es aquél que trabaja y se le paga por lo que hace. Es totalmente diferente. Y este hijo le está pidiendo a ese padre que no está dispuesto a hacerlo. Tu lugar no es afuera de la casa, le dice el padre, tu lugar es adentro. Y lo deja totalmente claro, cuando el hijo empieza a decir esta frase, no lo deja seguir. Lo abraza, lo besa, lo viste. Y para que quede claro, no lo entra por la puerta de servicio para que nadie se dé cuenta, sino que mata el ternero guardado para la Pascua, hace fiesta. Y así es que el hijo mayor se va a quejar. ¿Para qué? Para que vuelva a descubrir esa gratuidad de lo que el padre le daba y que este hijo no descubría. Nos muestra un corazón de un Dios que está siempre dispuesto a buscar aquello que está perdido. Las tres parábolas muestran esto. Se perdió una oveja, se perdió una dracma, se perdió un hijo. No importa cuán valioso sea, el Padre siempre lo va a buscar. Porque eso es lo que llena su corazón. No le importa mirar como miramos nosotros, sino que le importa encontrar aquello que se perdió. Va a mover cielo y tierra hasta que esto sea posible. Porque a partir de encontrar ese lugar, ese hijo, esa oveja, esa moneda, va a encontrar un lugar en el corazón de Dios.
Esto es también en lo que nos invita a nosotros como Iglesia, como familia y como sociedad; a ir al encuentro y a buscar al otro. Pero de manera gratuita. Ahora, creo que para eso, lo primero que tenemos que hacer es tener un corazón agradecido. Uno en general hace y da de aquello que recibió y que vivió. No hay manera de hacer lo contrario. Entonces para poder dar gratuitamente nosotros, tenemos que en primer lugar darnos cuenta de todo lo gratuito que se nos dio. En primer lugar, nuestro padre Dios; con nuestra vida, con todo lo que puso a nuestro lado. En segundo lugar, todos los que están a nuestro lado, que a veces casi nos pasan desapercibidos. Tan desapercibidos que nos damos cuenta en el momento que no los tenemos, para que a partir de ahí sí salga de nuestro corazón generoso, un querer vivir así. Buscar aquel que está más alejado, aquel que nadie quiere encontrar, aquel que se perdió; insistirle, darle una oportunidad, abrirle las puertas de nuestro corazón a aquel que lo está pidiendo y que hoy nos cuesta por diferentes razones de la vida, y no dejar afuera aquello que parece insignificante. Todo es importante nos dice Dios. En la vida todos son importantes. Seguí buscando. Eso es lo que hizo Jesús. Si Jesús hubiera medido hasta donde daba según el éxito, hubiera terminado bastante pronto su misión, pero siguió, siguió, siguió, esperando que en algún momento nos diéramos cuenta de esa gratuidad, de ese corazón, y de ese amor incondicional, que no dependía de lo que el otro hacía, sino de lo que Él quería hacer.
Tal vez ayer algunos de ustedes vieron en televisión la beatificación del cura Brochero. Cuentan que Brochero, a quién le había tocado una superficie de alrededor de 200 km., cuando llegaba a un pueblo, averiguaba quién era la persona más pobre, más odiada, más borracha, o lo que fuese, e iba ahí. El primero con el que se encontraba era con ese. Seguramente eso generaría muchos comentarios. Pero Brochero decía que si él iba al último de los últimos, nadie iba a tener miedo de hablar con él. “Voy y busco a aquél que está olvidado, para que todos descubran que en Dios hay un lugar”. Así fue el éxito que tuvo. El primer éxito fue en su vida, la Iglesia ve en esos gestos, signos de santidad similares a los que tenía Jesús, y nos invita a nosotros a vivir y a descubrir esto. En el fondo es lo que descubrió Pablo. Él dice en la segunda lectura: yo, que hacía un montón de cosas que estaban alejadas de Dios, por su misericordia, por su amor incondicional, pude estar con Él. Pablo pone una salvedad: no lo hacía por maldad, lo hacía por ignorancia. “Yo no había conocido ese corazón de Dios.”

Nosotros sí lo conocemos, se nos ha revelado. Se nos invita primero a descubrirlo, segundo a vivirlo, tercero a transmitirlo. Pongámonos en camino y hagamos lo mismo que hizo Jesús.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Homilía: "Lo único que necesita el mal para triunfar en el mundo, es que los buenos no hagan nada" - XX domingo durante el año


En la película El Discípulo, con Al Pacino y Colin Farrell, James Clayton es un joven muy talentoso, egresado del MIT, capo en Informática. Cuando está exponiendo en un panel de informática, en el que todos muestran avances, aparece Walter Burke, un reclutador de la CIA, para llevárselo como un joven talentoso, y ver si hace un entrenamiento, lo recluta. Sin embargo no le es fácil que él se anime a dar ese paso. Por un lado, uno podría decir que ese joven, James, está bastante acomodado en su vida, se recibió muy bien, le va muy bien, tiene un montón de posibilidades; pero Walter le hace descubrir que hay como un fuego en su corazón, que le pide algo más; que a pesar de haber logrado muchas cosas en su joven carrera, su corazón le pide algo más. Tiene preguntas, por un padre que también había trabajado en la CIA, cosas que su corazón quiere, y lo que tiene que hacer este hombre es volver a encender esa llama en el corazón, para que él se anime a ir por algo más. Algo que también a nosotros muchas veces nos pasa, vamos como apagando nuestros deseos en el corazón.
Podríamos decir que hay como dos momentos importantes en la vida, en este sentido. El primero es dar el primer paso, que es descubrir cuáles son mis deseos, animarme a buscarlos y a mirarlos. Si no lo he hecho, tengo que comenzar por ahí, por animarme a descubrirlo, porque eso es lo que me va a hacer feliz. Pero tal vez ya hemos descubierto nuestros deseos, y sin embargo llegamos como a un status quo donde nos acomodamos: "Bueno, mi vida hasta acá está bien. Es confortable, más o menos zafa...", y me acomodo. No obstante, creo que hay momentos donde nos frenamos y sentimos como un gusto amargo en el corazón. Y uno se pregunta por qué, porque quizás miramos nuestra vida, y las cosas andan bien. Estamos contentos con nuestra familia, con mi novio/a, con mi trabajo, con mi estudio... ¿Por qué entonces tengo este sabor amargo en el corazón? Y en general cuando no encontramos el porqué es porque nos falta ir a la raíz. Hay un deseo en el corazón que lo he apagado. Hay cosas que mi corazón pide, que ya nos las escucho más. Y como no las escucho, en algún momento vuelven como un boomerang y empiezan a hacerme sentir un gusto agrio en el corazón. Es por eso que la invitación es siempre a no apagar esos deseos. Ni porque ya llegué a un confort, ni porque creo que son difíciles o arduos.
¿Cuántas veces nos pasa que nos encontramos con personas en la vida, más chicas, o más grandes, y las vemos como apáticas? Nos dan ganas de pegarles tres o cuatros sopapos, decirles: "¡Despertate!", "Hacé algo con tu vida". Porque uno espera por lo menos que se equivoquen, pero que hagan algo, porque sino no van a llegar a ningún lado. La vida, cuando uno va apagando los deseos del corazón, lleva a esa apatía, hacia algo que falta. Esto es lo que movió siempre a Jesús, el nunca apagar esos deseos que tenía en el corazón.
El evangelio difícil de hoy nos dice que Jesús deseaba ardientemente que algo llegue. Es decir, nunca apagó la llama de su corazón, ni aún frente a las dificultades; pero tenía que esperar, tenía que tener paciencia, porque las cosas que queremos no siempre vienen rápido. Es más, como muchas otras veces hemos hablado, la vida no es como un McDonald's, donde uno pide y ya está. Los deseos tienen que tener un recorrido, un camino. Son arduos, uno tiene que sembrar primero y esperar. Lo que pasa es que es mucho más lindo cosechar; queremos cosechar siempre rápido. Pero para que la cosecha sea abundante y dé un fruto verdadero yo tengo que esperar los tiempos, los pasos, y a veces eso lleva mucho tiempo. Es más, a veces los frutos los va a vivir otro. En el fondo, si miramos objetivamente, podemos ver que esto se da también en otras realidades. Cuando hablamos de la política de nuestro país, ¿qué pasa? Falta alguien que piense a largo plazo, alguien que empiece a sembrar aunque él no coseche. ¿Por qué? Porque en la vida de los demás, o en las instituciones, miramos mucho más objetivamente; en las nuestras, o en la gente que más queremos, se nos complica.
Entonces lo bueno es animarse a ir ardientemente detrás de ese deseo. Esto fue lo que hizo Jesús. Es más, el deseo de Jesús no se va a cumplir en su vida. Pero muere con ese deseo abierto. Él quiso dar vida, predicar el Reino de Dios, que la gente lo escuche, y muere casi solo. El fruto de su vida va a venir después. Va a venir porque Él aun en lo arduo y en lo difícil, no dijo: "hasta acá llego", sino: "sigo luchando por esto. Aun cuando sea difícil, aun cuando traiga conflicto". Esto es lo que está diciendo en la segunda parte del evangelio. A Él, anunciar el Reino de Dios, le va a ser conflictivo. Muchos no lo van a entender, muchos se van a burlar, y muchos lo van a matar. Pero no es que lo dejó por eso. Él sabe que hacer el bien muchas veces también es difícil, y esto es lo que le dice Lucas a esa comunidad. ¿Ustedes quieren seguir a Jesús? ¿Tienen ese deseo en el corazón? Sepan que a veces va a ser difícil, y que aun las comunidades, aun las familias, muchas veces se van a dividir. Lo que pasa es que a uno lógicamente esto le suena raro porque dice: "¿Ustedes piensan que he venido a traer la paz a la tierra?", y todos diríamos: "Sí." Pero nos dice: No, vine a traer la división. Entonces hay algo acá que no nos cierra. Y lo que no nos cierra es que no es la paz como nosotros pensamos, un status quo en el que no pasa nada, sino que es una paz que es trabajosa, que es difícil, que luchar por ella muchas veces trae conflictos, divisiones, pero que no la tengo que abandonar, que no la tengo que dejar atrás, porque nuestra intención es que la paz llegue casi como una maqueta que baja desde el cielo, y en la que todo está bien. Y Jesús dice: No, esa no es la paz que yo traigo. La paz que yo traigo es la que brota del corazón de hombres y mujeres que pelean y que luchan por ella. Esta es la invitación que hoy nos hace a nosotros.
Hay un escritor, político, Edmund Burke, que decía: "Lo único que necesita el mal para triunfar en el mundo, es que los buenos no hagan nada". Y creo que lo que nos pasa muchas veces es eso. A veces la gente se acerca y dice: "Yo no le hago mal a nadie." Y mi primera pregunta (en general no la hago), es: ¿pero hacés el bien? Porque que yo no le haga mal a nadie no significa que hago el bien. Es más, estaría bueno empezar a pensar en positivo, decir: "hago buenas cosas", en vez de decir que no le hago mal a nadie. Porque nos vamos acomodando en este mundo que relativiza todo, en un: "bueno, nadie moleste a nadie, nadie luche por nada, y quedémonos como en un status quo". Sin embargo cuando vemos que eso pasa, que nadie hace nada, o que los buenos no hacen nada, nos violenta.
El otro día miraba un video de este chico discapacitado que fue golpeado por otros compañeros, y la verdad que a uno le daba bronca. Y recién cuando salió el video las autoridades del colegio dijeron: vamos a intentar actuar en esto. La pregunta es ¿por qué no actuamos antes? Algunos compañeros dijeron: "Sí, intenté, pero la pasé mal..." Renunciamos a hacer el bien. Ahora, ¿quién dijo que hacer el bien no va a ser conflictivo? ¿De qué nos arrepentimos? ¿De que nos metimos y fue conflictivo, o de que me lavé las manos? ¿Queremos ser todos como Poncio Pilatos y nos lavamos las manos y no hacemos nada? ¿O queremos luchas por eso?
Hace varios años, estaba misionando en algún lugar de nuestro país, y estábamos en una comida, y la familia de esa casa había invitado a todos los hijos a comer. Uno de los hijos, un poco fuera de lugar, empezó a hablar muy mal de unas familias de un barrio muy carenciado de ahí, y de los chicos que iban ahí a la misa, empezó a agredirlos y criticarlos; hasta que en un momento a mí me saltó la térmica, cuando dijo: "La verdad que habría que esterilizar a todas esas mujeres." La conversación subió mucho de tono, y fue una comida muy conflictiva, es más, yo estuve a punto de levantarme e irme. Más tarde, los chicos del grupo, que también pasaron un mal momento porque estaban ahí, me preguntaron si me arrepentía de haber intervenido. Y me acuerdo que yo les dije: "No, sí me arrepiento de muchas veces que no dije lo que pensaba. Sí me arrepiento de muchas veces en las que no me animé a hacer el bien, que me callé, que no actué, y que dejé que los otros, el mal, triunfara." Entonces, cuando creo que es necesario, no me preocupa el conflicto, me preocupa callarme la boca y no hacer nada.
Esto nos pasa a diario. En un colegio molestan a un chico porque nos callamos, porque damos un paso al costado, porque no nos comprometemos en eso, y las cosas siguen. Podríamos preguntarnos qué hubiera pasado si Jesús no se comprometía. ¿Le trajo conflictos? Sí. ¿Le costó la vida? Sí. ¿Dio fruto? ¡Vaya, qué fruto dio! El bien siempre da fruto. Puede ser difícil, pero tenemos esa certeza. Jesús nos invita a luchar por eso, a animarnos a que esa pasión por el bien que tendríamos que tener nunca se apague. Jesús dice: hay algo que arde en mi corazón, hacer el bien. Lo mismo nos dice a nosotros: que arda siempre esa necesidad, ese deseo de hacer el bien; de actuar, de no callarse, de transmitirle a los demás aquello que Jesús nos enseñó.
Pidámosle a Jesús, aquél que se animó hasta dar la vida para que otros tengan fruto, para que otros crean, para que otros vean que el bien triunfa; que también nosotros nos animemos a lo mismo.

Lecturas:
*Jer 38,4-6.8-10
*Sal 39,2.3;4.18
*Heb 12,1-4

*Lc 12,49-53

viernes, 16 de agosto de 2013

Homilía: “La Fe es la garantía de lo que no se ve” – XIX domingo durante el año


Hace como diez años salió una película de Tim Burton que se llama El Gran Pez y cuenta la historia de un padre y su hijo, Edward y Will Bloom. Edward es un padre al que le gusta contar sus historias casi como mitos, como leyendas; y el hijo de a poco va creyéndole cada vez menos de lo que va contando, de lo que va diciendo, de lo que le va pasando. Esto llega al extremo el día de la boda de Will, cuando el padre pide la palabra y cuenta una historia de su hijo cuando era chico. Will se enoja totalmente con su padre porque dice que eso no fue tan así, no cree más en él, y corta el vínculo y la relación con él. Ya no confía ni cree en él.
Años después, su madre lo llama porque su padre, Edward, está muy enfermo, internado en una clínica. Will el accede a acercarse a verlo; pero sigue siendo el mismo padre, que vuelve a contar sus historias, a narrar, a hacer lo mismo que había hecho toda su vida. Y ahí él empieza a cambiar la mirada que tiene sobre su padre. Esa visión que había hecho que deje de confiar, de creer en lo que el padre le decía, empieza a transformarse cuando de a poco empieza a darse cuenta, en esas mismas historias, que no es que el padre mentía, sino que matizaba, exageraba, adornaba, de alguna manera. Y empieza a encontrarse con esa gente que tenía que ver con esa vida y con esa historia. Y a partir de ahí, en los últimos momentos de la vida su padre, Will va a poder ir recreando y sanando ese corazón, esa confianza que muchas veces cuesta tanto tener en el otro.
Creo que si hoy tuviéramos que elegir tal vez uno de esos valores, virtudes, que el mundo actual más ha minado, más ha atacado, es justamente la confianza. Nos cuesta mucho creer y confiar en los demás.
En la segunda lectura que acabamos de escuchar, de la carta a los hebreos, el autor comienza diciendo: la fe es la garantía de lo que se espera, es decir, de lo que todavía no está, de aquello hacia lo que todavía tengo que caminar; y para dejarlo más claro dice: de aquello que no se ve. Es decir, no lo tengo a la vista; tengo que caminar hacia un lugar. Ahora, como cualquier realidad, para caminar hacia un sitio tengo que dejar aquel en el que estoy; y eso nos cuesta mucho, porque justamente para eso tengo que creer en algo, y tengo que confiar en algo, y tengo que soltarlo e ir. Por eso la segunda lectura pone estos dos ejemplos tan claros que son Abraham y Sara, que lo que hicieron fue creer en Dios, animarse a poner esa fe en aquello que no veían, dejar una tierra atrás, y una descendencia que creían imposible. Es decir, ellos ya no podían controlar su futuro, ni la tierra hacia la que iban, ni el hijo que querían tener. Uno hoy podría idealizarlos y pensar, cómo creció Abraham, cómo creció Sara, son un modelo. Sin embargo, si leemos la historia, les costó mucho, dudaron de si esa tierra existía o no, y si podrían llegar. Abraham y Sara dudaron también de poder tener ese hijo y por eso Abraham va a tener ese hijo con su esclava, que se va a llamar Ismael. Es decir, les costó confiar en esa promesa que Dios les hacía. Sin embargo, Dios siguió apostando por Abraham, y cuando fallaba en esa confianza y en esa fe, volvía a acercarse, volvía a tener una mirada nueva, a invitarlo, a volver a creer en esa promesa, a que sanara esa herida. ¿Por qué? Porque es la única posibilidad de que Abraham siga caminando detrás de esa promesa, de que vuelva a recrearse esa confianza.
Creo que hoy vivimos en un mundo donde tal vez una de las cosas que más nos cuesta es creer y confiar en los demás. Esa confianza básica que nace de la vida de una persona; en la vida de un niño, por ejemplo, que confía en su mamá, que confía en su papá; cada vez es más minada por nosotros mismos, por la sociedad, por el mundo, donde nos cuesta mucho creer en el otro. Eso que tendría que ser básico en nosotros de que confiamos y creemos en el que tenemos al lado, hoy está puesto totalmente en duda. Casi que pensamos que el otro se tiene que ganar mi confianza. Parto de que el otro me va a jorobar, me va a mentir, de que el otro va a hacer las cosas como yo no quiero, y por eso termino queriendo controlar, y no me animo a moverme. Porque necesito tener controlado donde estoy.
Como alguna vez les he dicho, un ejemplo claro es la geografía de nuestro país. Hace veinte años no existía ningún barrio cerrado. ¿Por qué tenemos barrios? ¿Por qué nos encerramos cada vez más? Porque necesitamos tener las cosas controladas. Después podemos discutir si estamos bien o mal, no estoy metiéndome en esa categoría, pero no confiamos en el que tenemos al lado, a veces muy justificadamente, entonces nos vamos encerrando. Ahora, eso que es solamente geográficamente y por eso vamos viendo cómo nuestros barrios, nuestras casas, cada vez son como más cerradas; también pasa con nuestra vida. No podemos elegir en qué confiamos y en qué no. Es muy difícil. Y cuando algo se empieza a minar, nos pasa con todo. Después nos cuesta confiar en el que tenemos al lado, en el que está en el trabajo, en la facultad, en el colegio; en aquel que es parte de mi familia. Y a veces porque fui lastimado.
Ahora, por eso se basa en confiar. Yo tengo que creer en el otro, y en lo que el otro me dice. Y esa confianza, como en el evangelio, a veces va a ser desilusionada. Y ahí es donde se va a poner en juego. Tengo dos opciones: o digo: bueno, no creo, no confío más en esta persona, y voy rompiendo ese vínculo que tengo; o me animo a creer y confiar en esa persona, a apostar de nuevo. Aunque me cueste, aunque tenga que hacer el duelo, aunque sea difícil, pero esa es la única manera de que ese vínculo pueda subsistir, de que ese vínculo tenga una oportunidad de crecer de nuevo. Y si no me iré quedando sólo. Porque si me quiero quedar solamente en lo que yo creo, confío, controlo, cada vez me voy cerrando más, mi vida se va haciendo cada vez más pequeña. Y esto nos pasa a todos, desde los más chicos hasta los más grandes. Tal vez a los más jóvenes. Podríamos pensar, ¿me es fácil contarles mis cosas a mis amigos? ¿Confío en mis amigos? ¿Les abro el corazón? ¿Me es fácil confiar en mi familia? Abrir el corazón, decir lo que me está pasando, aun cuando me cuesta. ¿Nos es fácil escuchar? ¿Sin meternos, sin opinar? ¿Es fácil ir creciendo en esa confianza del que va soltando? Cada vez es como que la cosa se pone más difícil.
Como ustedes saben, a mí me ha tocado en estos casi diez años de ministerio, trabajar en la pastoral juvenil. Y casi que añoro con nostalgia los primeros años, porque les aseguro que la cantidad de llamados que recibo de los papás en los retiros, campamentos, jornada mundial ahora, es casi insoportable. Ya quiero apagar el celular más o menos. Y antes cuando alguien se iba confiaba, creía en el otro. “Te doy a mi hijo, llevalo de retiro, llevalo a un campamento, llevalo a tal lugar, y voy esperando.” Ahora no. Es como que se me va y no lo puedo controlar. Lo mismo pasa en el colegio.
Hace poco, en un retiro que tuvimos, habíamos pedido los celulares al principio del retiro. Y uno de los chicos se acerca en la mitad del retiro y me devuelve su celular (que se supone que ya lo teníamos nosotros) y me dice: “Perdón Mariano, la verdad que no te di el celular, te lo voy a dar; tomá porque estoy cansado de que me llame mamá.” Y se había ido hace 24 horas. Nos cuesta un montón. Y eso es parte de la confianza. No lo quiero soltar. Eso que antes era mucho más básico, de: “qué bueno, dejemos que dé este paso, que vaya a ese lugar, dejamos que haga esto”, no un montón de preguntas, de dudas, de cuestionamientos, ¿no? No creo, no confío. Y como cada vez esto se vuelve como una bola más grande, es cada vez peor, porque lo voy exacerbando. Porque si me doy cuenta que la tensión, la angustia, la ansiedad, la tengo yo; me la tengo que bancar yo. ¿Por qué tengo que llamar al otro? Si no empiezo a soltar un poco, no crezco; tengo que dejar que el otro se vaya moviendo un poco en su libertad.
Abraham cree en Dios, y Dios confía en Abraham, pero lo tiene que dejar hacer su vida, tiene que dejar que Abraham se equivoque o no, y vaya haciendo ese camino. Es por eso que la invitación es esta: volver a creer y a confiar. Y eso es siempre un don que le tenemos que pedir a Dios porque es un salto, es la única manera de madurar. En la manera en que sigamos este camino vamos a ir “inmadurando”, nos vamos a convertir como en personas infantiles. Nuestras familias, nuestros colegios, nuestros trabajos, nuestra misma sociedad. Creo que el camino es el inverso. Animarnos a dar esa libertad. Porque cuando lo vemos reflejado en el otro, nos cuesta mucho.
Hoy tuvimos elecciones. Bueno, cuando vemos algún gobierno que no es del todo transparente, no confía en los demás, es autoritario, nosotros nos quejamos. Decimos: no es lo que yo quiero, quiero poder crecer en el diálogo, quiero que haya libertad. Bueno, ¿por qué no empezamos nosotros haciendo ese paso al que Jesús nos invita? Animándonos a ir caminando. Podríamos decir que ese es el tesoro que el evangelio dice. El evangelio dice, allí donde está tu tesoro estará tu corazón. Bueno, en aquellos valores que nos animamos a hacer crecer, germinar, a darle importancia.
Para terminar, el evangelio dice que estas personas tenían que estar esperando a su Señor que venía. Uno podría pensar, qué exigente que es este Señor que está esperando a ver si estas personas están atentas o no. O podría mirarlo de otro lugar. Cuánto confía este hombre en estas personas, que los deja cuidando sus casas, que les dice: yo voy a volver. Y otra pregunta es, ¿con cuánta esperanza, con cuánta alegría, con cuánta disponibilidad ellos esperan a su Señor? Bueno creo que el camino es crecer en esa confianza de lo que se nos da; pero también tenemos que aprender a soltar, en nuestra vida y en la de los demás.
Pidámosle en este día a Jesús, aquél que es nuestra fe, aquél que cree y que confía en cada uno de nosotros, que también nosotros podamos confiar y creer en los demás.

Lecturas:
*Sab 18,6-9
*Sal 32,1.12.18-19.20.22
*Heb 11,1-2.8-19

*Lc 12,32-48