lunes, 17 de marzo de 2014

Homilía: “Maestro, qué bien estamos aquí” – II Domingo de Cuaresma


Hay una publicidad de una famosa bebida en la que hay un grupo de amigos, y llega Pablito, un amigo, a la mesa. Después de saludar, Pablito pregunta, “¿qué hicieron anoche?” Ellos dicen: “No, no, nada… no te perdiste de nada. Fuimos a lo de Mati…” Y al final termina contando que en lo de Mati aparecieron un montón de modelos, de ahí se fueron a un recital bastante importante, terminaron en un yate gigante celebrando y disfrutando un poquito de la vida. “Pero no te preocupes, no te perdiste nada.”, le dicen. La publicidad cierra con una frase que dice, “no te pierdas ningún encuentro.”
Más allá de la parte de verdad o de mentira que pueda tener la propaganda en varias de las cosas, tiene una verdad profunda, y una certeza, que es que lo que todos buscamos en la vida es encontrarnos; encontrarnos con nosotros mismos, y poder encontrarnos con los demás. Porque eso es lo que llena nuestro corazón. Eso es lo que nos cambia el ánimo. Cuando vivimos verdaderos encuentros con los otros, eso nos saca una sonrisa, estamos más contentos, estamos más alegres, dejamos pasar algunas cosas… Y cuando no podemos vivir verdaderos encuentros con los demás, nos empezamos a poner de mal humor, todo nos molesta, nos empezamos a quejar un poco de todo… Es casi como un termómetro en nuestra vida.
Buscamos encuentros de todo tipo. En este caso es de amigos - todos nosotros necesitamos encontrarnos con amigos, con amigas – pero también en otros vínculos, con un marido, con una mujer, con un padre, con un hijo, con una hija, con una madre, con un hermano, con una hermana. Tener esos momentos gratuitos donde podamos encontrarnos, charlar, que nuestro corazón se encuentre con el otro corazón. Esos momentos se pueden dar casi como de dos maneras. A veces, se dan casualmente; uno no lo esperaba, no preparó nada, y sin embargo se dio de casualidad o providencialmente; una charla con alguien, un encuentro profundo. Tanto nos gusta que terminamos diciendo: bueno, que se repita. Pero en general, para que estas cosas se den, uno tiene que preparar como un espacio, uno tiene que querer encontrarse con el otro, uno tiene que disponerse al encuentro. Algo que generalmente nos cuesta, sobre todo en el mundo en el que hoy vivimos, en el que el tiempo es muy tirano, en el que tenemos que hacer muchas cosas, que siempre estamos a las corridas, se nos hace difícil tener momentos gratuitos – tanto para nosotros como en el encuentro con los demás.
Sin embargo esto es lo que sucede con Jesús y los discípulos en este evangelio. Seguramente Jesús debería tener muchas cosas que hacer, más que nosotros, si veía el mundo que lo rodeaba y la gente que lo necesitaba. Más allá de esto, se da cuenta de que en ese momento, sus discípulos necesitan un momento de encuentro gratuito en medio del ajetreo, en medio de que Jesús se había puesto de moda y la gente se le acercaba, le pedía milagros. No sé si recuerdan pero el evangelio nos dice que no tenían tiempo ni para comer, se querían retirar a solas y aparecía la gente por el otro lado del lago. Entonces Jesús dice: “vámonos a un lugar desierto”, y se van con Pedro, Santiago y Juan. Lo primero que hace Jesús no es explicarles algo; es mostrarles, darles testimonio. Se los lleva aparte a un monte elevado para estar juntos, para tomarse un momento con ellos. Es ahí, en ese momento, que Jesús les regala a sus discípulos la vivencia de algo distinto en el corazón. Tal es así, que le terminan diciendo a Jesús: “Señor, qué bien estamos aquí. Hagamos tres carpas.” Esta frase que, sobre todo de vacaciones, en algunos momentos nosotros imitamos porque nos queremos quedar en ese sitio, es en el momento donde se pudieron encontrar verdaderamente con Jesús. Cuando se tomaron un tiempo, se conocieron en profundidad. Uno podría decir, ¿los discípulos no conocían a Jesús? Sí, lo conocían. La pregunta es ¿cuánto lo conocían? Habían dejado todo, dice el evangelio, “y dejándolo todo lo siguieron”. Sin embargo necesitaban un tiempo a solas para ir descubriendo más a Jesús, y es en ese encuentro donde Jesús se les va a revelar. No es en la cantidad de cosas que hizo, no es en los milagros; cuando se toman un tiempo tranquilo, de silencio, de estar juntos, van a escuchar una voz en el corazón que les dice: “éste es mi hijo muy amado, en quien pongo toda mi predilección.” La verdad más profunda de Jesús, que es hijo del Padre, que nos transmite el amor de Dios, en quién Dios cree y confía, se revela en el momento en que están juntos, tranquilos, compartiendo la vida.
Creo que es la primera invitación que Dios nos hace a nosotros en la Cuaresma. En general a nosotros lo que nos pasa es que estamos siempre pensando qué es lo que tenemos que hacer, que es todo lo que tengo en la lista. Pero la mayoría de las veces nunca llegamos; llega el final del día y siempre nos quedan cosas. Si alguno tiene la receta, ayude al resto de la humanidad que nos cuesta mucho llegar. No nos damos cuenta de que tal vez es que el camino no es por ahí; y vamos hipotecando distintas cosas. En general también vamos hipotecando esos momentos de encuentro con los demás.
Vamos a poner un ejemplo. A veces nos pasas a los curas, que vienen y nos dicen: “vengo acá porque no encuentro ningún cura en mi parroquia.” Las palabras son “no encuentro”. Ahora, si uno no está, no hay posibilidad de encuentro. Entonces, lo primero, aunque parezca una obviedad, es estar, es estar en un sitio, estar en un lugar  y quedarse allí. Tal vez, en palabras más profundas, habitar un espacio, estar en ese espacio donde a uno lo pueden encontrar. Porque si yo no estoy ya no hay chance de que ese encuentro se dé. Lo que parece una obviedad, no es tan fácil en la vida, que es estar en un sitio, y estar para el otro. El año pasado cuando Francisco nos hablaba a los curas en una misa en la JMJ, él nos decía a los responsables de la Pastoral Juvenil, “pierdan el tiempo”, que es casi lo mismo. “Estén, quédense, que los puedan encontrar.” Porque es la única manera de poder profundizar.
A partir de que estoy puedo empezar un camino. Pero ese es el primer paso que tenemos que dar. No sólo nosotros como curas, que a veces estamos haciendo cincuenta mil cosas menos estar para ustedes, sino cada uno de ustedes. Sabrán lo difícil que es a veces estar; cuando las familias se van haciendo más grandes, cuando uno tiene que dividir el tiempo a un montón de gente, a un montón de hijos; o sino desde otro lugar, cuando los hijos se van de la casa y van creando sus propias familias, qué tiempo le siguen dedicando a la familia; los más jóvenes, cuando empiezan a tener un montón de cosas, y supongo que alguna crítica en su casa deben recibir; o en otros espacios, o a veces de sus amigos, porque se pusieron de novios, o porque van mucho a la Catedral, o no sé… Pero porque no están disponibles de la misma manera y de la misma forma. ¿Cuál es la forma? No sé, yo lidio conmigo, ustedes tendrán que aprender la suya. Pero lo central es que tengo que elegir, tengo que estar, y eso es lo que hace Jesús. Seguramente tenía un montón de cosas que hacer, pero en ese tiempo y en ese momento, decidió que tenía que estar con sus discípulos, que tenía que compartir ese tiempo gratuito.
Lo segundo es, encontrarnos. En general nos pasa que pensamos en todo lo que tenemos que hacer, pero no en cómo me encuentro con el otro. Va a venir a comer alguien a casa, y pienso: uh, tengo que limpiar, tengo que hacer la comida, tengo que hacer tal cosa… Ahora, ¿pensamos qué es lo que le voy a contar?, ¿qué le voy a decir?, ¿qué le voy a compartir?, ¿de qué le voy a preguntar? Porque a veces lo central, que es que nos queremos encontrar, se queda en lo superfluo, en lo que tengo que hacer, y no en la gratuidad de ese encuentro, y de aprovecharlo y de no perderlo. Porque ahí es donde más nos revelamos, porque ahí es donde se da la oportunidad de abrir el corazón.
Seguramente les habrá pasado que recibieron alguna crítica porque no estuvieron en algún momento muy importante para alguien; importante positivo, o importante porque el otro estaba mal, por densidad, o por cantidad, por lo que fuese, el otro no sintió que yo estuve. Y estar no es solamente llamar por teléfono, es predisponerme, es abrir el corazón para poder encontrarme con el otro. Eso es lo que hoy nos dice Jesús, de qué manera estamos, eso es lo que nos pide en esta Cuaresma. Probablemente varios de nosotros estemos pensando, ¿qué me propongo en esta Cuaresma? Tal vez me propongo este sacrificio, tal vez me propongo cambiar esto, tal vez me propongo hacer “tal cosa”; pero eso no es lo primero que tengo que pensar. Lo primero que tengo que pensar es lo que nos dijo la primera lectura del miércoles de ceniza, “vuelvan a Mí de corazón”, nos pedía Isaías. Que volvamos a Dios de corazón, que le demos tiempo. A ver, podríamos pensar, cada uno de nosotros, ¿estuvimos pensando (valga la redundancia) cuánto tiempo le voy a dedicar a Jesús? ¿De qué manera me voy a encontrar con Él? ¿Qué espacio voy a ubicar? Y no sólo corriendo eh, no sólo haciendo cosas. ¿Por qué no pensamos qué tiempo me siento delante de Jesús? ¿Qué tiempo le dedico a Él para encontrarme, gratuito? Porque seguramente será ahí donde le hable.
Fíjense lo que termina diciendo la frase que le dice el Padre a Pedro, Santiago y Juan: “escúchenlo”. Creo que muchas veces tenemos la necesidad de escuchar a Dios en el corazón. Ahora, ¿le damos tiempo para eso? ¿Nos predisponemos? ¿Vaciamos de ruido nuestro corazón? ¿Nos sentamos delante de Él en el Santísimo, en un templo, en mi cuarto, en donde sea, para escucharlo en el corazón? Los discípulos lo escucharon cuando le dedicaron tiempo, cuando tuvieron un ratito para estar con Él, esa es la invitación de la Cuaresma. Fíjense, esto es lo que pasa en la primera lectura, Abraham se pone en camino, ¿por qué? Porque se tomó un rato para escuchar a Dios, y porque escuchando a Dios, descubrió cuál era su vocación y ahí pudo seguirla. Esa es la invitación para nosotros en esta Cuaresma. Tomarnos un rato, predisponernos, para el encuentro con Jesús. Todo lo demás va a nacer de ahí. Nos encontraremos con Él, nos encontraremos con los demás, nos encontraremos con nosotros mismos.
Pidámosle entonces a Jesús en esta Cuaresma, que como hizo con Pedro, como hizo con Santiago, como hizo con Juan, nos tome de la mano, nos saque de nuestra rutina, de nuestras labores, de nuestros estudios, de las cosas que hacemos; y nos lleve también a nosotros a un monte elevado, a un lugar desierto, y nos hable al corazón.

Lecturas:
*Gen 12,1-4a
*Sal 32,4-5.18-19.20.22
*Tim 1,8b-10

*Mt 17,1-9

viernes, 14 de marzo de 2014

Homilía: “La mejor estrategia que hizo el diablo en este siglo, es que la gente crea que no existe” – I domingo de Cuaresma

Hay una serie norteamericana que se llama “House of Cards” que habla un poco de las intrigas políticas. En la primera temporada aparece un congresista de Pennsylvania que se llama Peter Russo. Él va haciendo su carrera y en un momento le ofrecen que se postule como candidato a gobernador. Peter empieza entonces a hacer su campaña, pero simultáneamente, como suele suceder, empieza la anti-campaña, que intenta ensuciarlo, bajarlo de esa candidatura. Así es que empiezan a buscar cuál es el punto débil de Russo; alguno más claro, porque lo había confesado, otro no tan claro. Se dan cuenta de que tiene dos puntos débiles: uno es su adicción al alcohol –pecado derivado de la gula-, otro es su relación con las mujeres –derivado de la lujuria-. Entonces empiezan a buscar que caiga en eso, para lograr de alguna manera, rebajar su campaña. Como siempre, si quieren saber qué pasó, miren la serie.

Lo central acá es que a él lo buscan en donde está su herida, es decir, en aquello que le cuesta. Pero cada uno de nosotros podría hacer lo mismo. Si nos ponemos a pensar: ¿qué es lo que más me cuesta?, ¿Dónde está mi punto débil? En la tradición, o en la teología, es lo que nace de la primera lectura. Hoy escuchamos lo que es el pecado original; esa herida con la que nacemos, que nos es borrada en el bautismo, pero queda esa herida de la concupiscencia. Es decir, tenemos una inclinación en algunas cosas hacia el mal. Estamos heridos, y en algunas cosas somos mucho más débiles.

A ver, para ser más claros, yo lo descubro cuando me preparo para confesarme. En general, por lo menos a mí me pasa que me confieso de las mismas cosas. Cuando voy, me repito, y me repito, seré un poco tozudo para transformar y cambiar determinadas cosas; intento mirar la parte positiva: por lo menos trato de no innovar en nuevos pecados y quedarme dentro de este ámbito. Pero me cuesta esto, sé que esto es lo que me cuesta. Cada uno de nosotros podría preguntarse, ¿dónde está mi debilidad?, ¿dónde es que yo más fácilmente soy tentado? Eso es lo que es el pecado más moral, a mí esto me cuesta. Cada uno de nosotros podría buscar eso.

Sin embargo, hay una tentación que es mucho más complicada y mucho más difícil de vencer. La tentación que le pasa a Jesús en el evangelio. Obviamente si el demonio lo tiene que tentar a Jesús, no lo va a hacer con pavadas, estaría bastante complicado para que caiga en esa tentación. Entonces, ¿qué tiene que hacer? Tiene que disfrazar la tentación, disfrazarla como forma de bien, que no se note que lo que se le está pidiendo está mal, que quede como que no pasa nada. “Mirá, lo que te estoy pidiendo es una cosa normal.” Tal es así que fíjense que en una de las tentaciones, ¿qué hace el demonio? Utiliza la Palabra de Dios. “Si está escrito”, dice. Sin embargo, Jesús le dice: no, pero también está escrito esto. Si quieren podemos tomar la primeras tentaciones: ¿tenés hambre?, transformá las piedras en panes. ¿Cuál es el problema? Jesús lo va a hacer en algún momento, va a multiplicar los panes. Supongo que todos escucharon ese milagro. Cuando la gente tenga hambre, va a saciar el hambre de la gente, y va a multiplicar sus panes. ¿Qué es lo que hace el demonio? De alguna manera, matiza. Uno tiene que ir a la profundidad para darse cuenta de que lo que se le está pidiendo es una fachada. No es un bien, sino que tiene apariencia de bien. En el fondo es un mal, y ¿por qué es un mal? Porque lo aleja a Jesús de su misión. Las tres cosas que el demonio le está pidiendo, lo alejan de aquello para lo que Él vino: dar la vida por nosotros. Jesús se da cuenta de que si cae en esto, no es fiel a su misión y no puede seguir el camino al que lo invitó Dios.

Creo que hoy ésta es la tentación más difícil para nosotros. No sólo porque obviamente cuando algo tiene apariencia de bien es mucho más difícil, sino porque la sociedad ha diluido los límites de lo que está bien y lo que está mal, ha trabajado mucho para esto. Para que todo parezca hoy que está bien. Sin embargo si nos detenemos, nos vamos alejando de ese camino y de la misión a la que hemos sido llamados como cristianos, a caminar detrás de Jesús. Si quieren, hay una muestra de esto. Hoy nos pasa muchas veces, a muchos de nosotros, que cuando tenemos que hablar un poco de nosotros, o tenemos que ir a reconciliarnos o lo que fuera, uno dice, casi como defendiéndose: “soy una buena persona”. Empezamos por ahí; como diciendo, yo soy una buena persona, hago las cosas más o menos bien. Les juro que yo intento ser una buena persona, se los prometo, hago lo mejor posible, pero más allá de eso, me voy a confesar cada tanto. Porque me cuesta, y descubro que hay cosas que no las hago bien, que a veces caigo en esa tentación a la cual el demonio me invita. Si no fíjense: hace poco el Papa hizo un reportaje en el que dijo que se confiesa cada quince días. Yo estoy convencido de que el Papa es una buena persona. ¿Qué es lo que pasa ahí? Lo que pasa es que muchas veces nos hemos quedado en la apariencia, no hemos podido traspasar eso.

Hay un teólogo que dice que la mejor estrategia que hizo el diablo en este siglo, es que la gente crea que no existe. Es lo más fácil. Porque entonces todo va cayendo. El diablo, el demonio, Satanás… llámenlo como quieran, no existe. Entonces, por continuación, el mal no existe. Uno elige qué es lo que tiene que hacer. Está en nosotros la decisión y ya no hay una norma objetiva. No hay nada afuera. Por eso las frases que hoy escuchamos: “no pasa nada”, “está todo bien”, “hacé la tuya”... ¿Por qué? Porque no hay límite de dónde está bien y dónde está mal. Y si no hay límite, empieza a pasar esto. La tentación se disfraza y ni siquiera me doy cuenta. Esto muchas veces pasa hasta en las palabras. Si decimos “tentaciones”, casi que en lo único en que pensamos es en un paquete de galletitas, o cuando me tiento y me compro un helado de chocolate, nada más. No cuando verdaderamente soy tentado. ¿Por qué? Porque no me doy cuenta. Porque desfiguré lo que está bien y lo que está mal. A partir de ahí empiezan los problemas. ¿Por qué? Porque nos alejamos de nuestra misión.

A ver, creo que todos intentamos ser buenas personas. Pero eso no implica que no caemos; eso no implica que no tenemos que reconciliarnos con Dios, que no tenemos que transformar cosas, que no tenemos que cambiarlas. A mí me pasa a veces cuando confieso, que la persona que me viene a decir que tiene un montón de cosas, se pone un poquito nerviosa. Yo por el contrario, no voy a decir que me alegro porque va a quedar mal, pero pienso: “qué delicadeza de conciencia, que hace que pueda mirar tan profundo”. Porque en general, a los que nos cuesta más encontrar cosas, no es que no las tenemos, es que las disfrazamos o que no las vemos, es que no descubrimos en qué hemos caído; lo que tenemos que hacer es profundizar. Nos hemos quedado en el primer camino. El problema no es descubrir el pecado, el problema es si no lo descubro.

A ver, Pablo dice, “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”, donde cayó un hombre, por Jesús todos vamos a ser salvados. Jesús nos va a reconciliar, pero para eso tengo que verlo. Un ejemplo fácil sería, si yo tengo una adicción muy fuerte y siempre digo: “no pasa nada, no pasa nada”, ese es el problema. No la adicción en primer lugar. Sino que no la veo. Hasta que no la veo no la puedo cambiar, no la puedo transformar, no puedo empezar mi camino de conversión.

Creo que muchas veces eso es lo que nos pasa. Nos hemos quedado como parados porque no nos damos cuenta. También como muchas veces hemos hablado, si tenemos un poquito de delicadeza, no tenemos que ir muy a lo profundo, podemos, hasta en el mandamiento principal (amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos), descubrir un montón de cosas. En nuestra relación con Dios, por ejemplo. ¿Cómo rezamos?, ¿cuánto participamos de la misa?, ¿cómo valoramos el encuentro con Jesús en los sacramentos? ¿Quieren ser un poquito más profundos? ¿Hablamos de Dios entre nosotros? En nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestras casas. ¿O nos da miedo? Después usemos la palabra que queramos eh pero, ¿nos da miedo hablar de Jesús?, ¿somos cristianos en una piedad individualista y no cumplimos la misión a la que se nos invita?

Podemos seguir profundizando más incluso, ser mucho más detallistas. Lo mismo en la relación con los demás y en ese amor al prójimo del que tantas veces hemos hablado. Cómo nos cuesta amar; escuchar, estar atentos, no discriminar, superar las barreras del egoísmo. ¿Me preocupo por el otro? ¿Me doy tiempo para escucharlo? ¿Me hago cargo de mis responsabilidades? ¿Me hago cargo de lo que me toca? En el trabajo, en el colegio. Los más jóvenes que por ahí después decimos: no, bueno, total nadie estudia; total después apruebo; la vamos dibujando, caemos en esa tentación: no nos estamos haciendo cargo. En una familia, en el vínculo, los hijos con los padres, los padres con los hijos; estar atrás, preocuparse, no decir: “bueno, hasta acá llegué”, porque eso es un problema, tendríamos que haberlo pensado antes de tener hijos porque es complicado si no. Entonces, empezar a mirar. El problema no es que nos pasen estas cosas, el problema es que cuando no las veo, no las puedo transformar, no las puedo cambiar.

Tal vez uno de los ejemplos más claros de cómo el demonio trabaja en la oscuridad, es la mentira. Creo que somos una cultura que vive en la mentira. Es muy difícil hoy encontrar una persona que sea transparente, honesta, que diga las cosas, que no oculta, que no la está acomodando. Lo desdibujamos porque ahora casi pareciera que mentir está bien. Vamos dibujando los límites. Otro ejemplo es la pelea que la Iglesia ha tenido los últimos años para que no se legalice el aborto y no se empiecen a correr los límites. El otro día leía hasta la misma ONU diciendo: despenalicemos la droga. Sigamos corriendo los límites, todo está bien. El mundo del cristiano es: ¿cómo no caigo en eso?, ¿cómo aprendo a descubrir que hay cosas que están bien y hay cosas que están mal?; cuando no lo hago dejé de caminar detrás de Jesús. Ya no es que caí o no caí en la tentación, ni siquiera la vi, me pasó de largo.

En estos días hemos comenzado la Cuaresma, y el miércoles escuchamos que Jesús nos pide: vuelvan a Mí de corazón. Vuelvan a Dios de corazón. Volvamos a Él de corazón. Ser cristiano significa: “sigo a Jesús”. Lo tengo que seguir, tengo que caminar. No tengo que decir: “hasta acá llegué”, “hasta acá están las cosas”; tengo que ponerme en marcha. Pero para eso tengo que ver en qué me tengo que transformar, tengo que mirar en mi corazón y descubrir: a esto hoy me está llamando, esto es por lo que tengo que luchar, esto es lo que tengo que intentar transformar.

Pidámosle entonces a Jesús, en este comienzo de la Cuaresma, que nos despabile un poquito, nos dé un empujón, y nos vuelva a poner en camino, nos diga: caminemos hacia allá. Con la certeza de que cuando Jesús lo hace, siempre camina a nuestro lado, siempre nos lleva de la mano.

Lecturas:
*Gen 2,7-9;3,1-7
* Sal 50,3-4.5-6a.12-13.14.17
*Rom 5,12-19

*Mt 4,1-11

Homilía: “Vuelvan a mí de todo corazón” – Miércoles de Ceniza


La película “The Way” muestra a un hombre que decidió hacer el Camino de Santiago, por el norte de España. A Daniel, conocido oftalmólogo, lo llaman porque falleció su hijo. Cuando va a buscar el cuerpo, le cuentan que murió comenzando ese camino. Esa noche cuando se va a dormir se le vienen muchas imágenes de lo distanciado que estaba con su hijo; de lo distanciada que era la relación, y de todo lo que le costaba. Después de descansar entonces, decide retomar el camino, donde su hijo lo había dejado. Esa peregrinación a Santiago de Compostela se va a transformar en él en una peregrinación al corazón, en un reencuentro con sus sentimientos, con su corazón, y con su mismo hijo; ahora desde otro lugar.
Esa misma peregrinación del corazón que comenzamos todos nosotros hoy en camino hacia la Pascua. Comenzamos a preparar nuestra vida y nuestro corazón para esa gran fiesta que es la fiesta de la Pascua. Sin embargo, para eso tenemos que tener esta actitud que Joel le pide en la primera lectura al pueblo. Hay un Dios que les está diciendo: Vuelvan a mí de todo corazón. Es decir, esa actitud de querer volver a Dios, de descubrir en qué tenemos que volver a Dios. Yo pensaba en este Dios que siente lo mismo en el corazón, que en diferentes ocasiones sentimos también nosotros. ¿Cuántas veces nos ha pasado que en algún vínculo que nos ha costado -con un marido, con una mujer, con los hijos, con una amistad, un noviazgo, o lo que fuera- de estar deseando que el otro vuelva a uno? Que el otro se muera de ganas de decir: acercate, vení, comencemos de nuevo, busquemos la forma, busquemos la manera, y a veces ese encuentro no se da.
Bueno, acá el que se muere de ganas de vivir ese encuentro es Dios. A veces nosotros tenemos como la tentación de que nosotros tenemos que ir hacia Dios, de que las fuerzas están en nosotros, pero lo que nos dice Dios es: Yo estoy ahí esperando, vuelvan a Mí, vuelvan a Mí que me quiero encontrar con ustedes. Si quieren, de otra forma lo dice Pablo también en la segunda lectura: déjense reconciliar con Dios, casi como diciendo: dejen de romper, reconcíliense con Dios. Él quiere reconciliarlos, déjense. Como que Él está ahí al acecho y a nosotros nos cuesta volver al encuentro y volver a Él. Sin embargo, esto no es sólo una frase vacía, sino que tanto Pablo como Joel como el evangelio, nos muestran un montón de actitudes, que implican ese volver de corazón a Dios, ese querer reconciliarse con Él.
Resumiendo, tiene dos dimensiones: el volver a acercarnos a Dios, y acercarnos a nuestros hermanos. Mirar en el corazón qué no nos deja ser libres en nuestro camino hacia Dios, mirar en el corazón qué cosas atan nuestros vínculos y nuestra relación con los demás. Eso es lo que vamos a ir escuchando durante todo este tiempo, en el fondo, qué nos deja ser libres. A lo largo de la vida, vamos encontrando, como decía el evangelio del último domingo, que hay un montón de cosas que nos esclavizan, que hay un montón de cosas que no nos dejan ser libres, que no nos dejan luchar por nosotros, caminar hacia Dios, luchar también por una mejor vida para los demás. Esa es la invitación de Jesús. Si vamos volviendo a Él, si le abrimos el corazón, vamos a encontrarnos con nosotros, y también vamos a encontrarnos con los demás. El reproche de Jesús es que hay un montón de prácticas que hacen, rezan, ayunan, dan limosna, que a simple vista parecen muy buenas, pero no se convierten de corazón; lo que no cambia es el corazón. Parece sencillo, a veces parece trivial, a veces hasta parece una frase hecha decir: “transformemos el corazón”; pero lo más simple en la vida es lo más difícil. Descubrir en el corazón a qué nos llama Dios, y animarnos a recorrerlo es difícil. Descubrir en el corazón los caminos que Dios me invita a recorrer, y animarme a descubrir cuál puedo, cuál tengo que animarme a reconciliar porque no me sale, también es complejo y es difícil. Pero tenemos la certeza que hay un Jesús que nos dice que camina con nosotros hacia la Pascua, que nos animemos a recorrer ese camino, que descubramos en nuestro corazón que hay un Dios que nos ayuda.
Pidámosle a Joel, pidámosle a Pablo, aquellos que descubrieron que este Dios, como dice el Papa, nos primerea, nos sale al encuentro, nos quiere reconciliar, que nos animemos a disponer el corazón, para poder vivir esto.

Lecturas:
*Joel 2,12-18
* Sal 50,3-4.5-6a.12-13.14.17
*2Cor 5,20–6,2
*Mt 6,1-6.16-18

Homilía: “Soltá las cosas” – VIII domingo durante el año


En la película “Después de la Tierra”, nuestro continente ha sido contaminado y se vive en otro sitio. Cypher es un hombre que es idolatrado por todo el mundo, porque es el que ha logrado heroicamente la protección de toda la vida. Pero tiene un problema que es el vínculo con su hijo, Kitai; le cuesta mucho la relación. Entonces, su esposa le pide que lo acompañe, que lo ayude, le dice que necesita también de él. Es por eso que Cypher decide llevarse a Kitai a su próximo viaje. Durante este viaje, la nave tiene un accidente, y la nave cae en la Tierra, donde solamente van a estar vivos ellos dos, estando Cypher herido, no se puede mover. Cypher le pide entonces a su hijo que vaya a donde quedó la otra parte de la nave y busque algo que se necesita para mandar una señal y avisar en donde están. Le da todas las instrucciones y lo envía. En medio del camino, a Kitai se le rompen unas pastillas que tenía que tomar para poder respirar bien en la Tierra contaminada. Llega un momento en el viaje en que la cosa está complicada y el padre se da cuenta de eso; entonces le dice que vuelva, que se acabó la misión, que no había más posibilidades. Sin embargo el hijo le dice que no, que lo deje seguir, que él va a llevar adelante la misión; pero el padre le dice: te di una orden, tenés que volver. Y su hijo le pregunta: ¿cuál fue tu error?, ¿confiar en mí?, ¿dejar que las cosas las haga yo? Pero el padre repite: te di una orden, tenés que regresar a la nave. Y el hijo le vuelve a decir: No, si fuera otro soldado, si fuera otro ranger, no le darías esa orden. Cypher entonces le responde: Tú no eres un ranger, eres mi hijo.
¿Qué es lo que pasa? El padre no confía realmente en él. Después de distintas cosas que habían pasado, le cuesta mucho depositar la confianza en su hijo, y por eso lo tiene como protegido; por eso lo controla, por eso no lo deja salir mucho, por eso no le da oportunidades, por eso no lo deja crecer. Porque la confianza es justamente ese sostén que en la vida todos necesitamos para animarnos a crecer, para poder madurar. Parece muy simple, parece muy básico, pero las cosas simples y las cosas básicas, son aquellas que por experiencia sabemos que son las más difíciles de la vida. Son las más difíciles de vivir, son las más difíciles de transmitir. Si hay algo que Jesús intentó a lo largo de toda su vida acá, fue recordarle a su pueblo que había un Dios que creía y que confiaba en ellos, que había un Dios que los amaba y los valoraba. Esto, que uno a veces lo sabe porque lo aprendió en catequesis, vivirlo en el corazón nos cuesta mucho.
A ver, una manera de ver las cosas es fijarnos cuántas veces nos sentimos juzgados por Él, nos sentimos controlados; sentimos que está mirando a ver si nos equivocamos en tal cosa. Nos cuesta sentir que hay un Dios que deposita su confianza en nosotros. Descubrir que Dios nos valora es también ver cuánto nos valoramos y cuánto nos queremos a nosotros mismos, cuánto nos amamos. Hay un Dios que te dice: Yo te di la vida, Yo te amo, Yo te valoro. Sin embargo, hacer eso mismo nosotros, nos cuesta. Por eso Jesús tiene que ir continuamente machacando en aquellas cosas que son centrales, que son esenciales. ¿Por qué? Porque si no el resto no se puede construir. Nosotros tenemos un problema, muchas veces construimos por arriba. Nos olvidamos de lo central y vamos a las cosas más superfluas, nos olvidamos de solidificar aquello que nos puede ayudar a descubrir cómo seguir creciendo. A veces, cuando uno ve por la televisión, en algún lado, alguna secta o movimiento neo religioso, uno escucha que repiten todo el tiempo: “Dios te salvó.”; “Dios te ama.” Eso es lo central. Si no sólo lo entendemos sino que también lo vivimos, lo demás es como que se va cayendo o perdiendo.
El texto que escuchamos hoy en el evangelio va justamente a eso. ¿Acaso los pájaros se preocupan por lo que tienen que comer?, ¿acaso los lirios se preocupan por lo que tienen que vestir? No, no se preocupan. ¿Por qué? Porque hay alguien que les dio la vida, hay alguien que les dio todo lo que necesitan. Cuánto más nos lo dio a nosotros entonces, cuánto más si descubriésemos quién es Dios, todo lo que está dispuesto a hacer, y lo hizo en Jesús por nosotros, descubriríamos que las cosas que necesitamos, las tenemos; que Dios las pone en nuestras manos, que Dios de a poquito nos va guiando. Pero descubrir esa confianza y ese amor de Dios, cuesta mucho. Jesús les tiene que decir: no se inquieten.
A ver, no es que Jesús es tonto, creo que claramente no lo era, ¿no? No es que no sabe que a veces hay dificultades en la vida, que tenemos que trabajar, que tenemos que preocuparnos por cosas. Lo que está diciendo es: no se agobien por esto, no se angustien por estas cosas, déjenlas en mis manos. ¿Vieron que hay un evangelio que dice: si no nos hacemos como niños? Los niños son los que sienten que un montón de cosas las tienen resueltas. ¿Por qué? Porque se ocupan sus papás. Entonces, aunque haya una crisis económica (muy común en la Argentina), aunque las cosas estén difíciles, ellos se sienten confiados; en general se sienten amados, se sienten protegidos. La situación es la misma, pero hay ciertas preocupaciones que no las tienen. En ese sentido uno crece, madura, descubre que la vida es un poco más compleja que lo que uno creía cuando era niño, pero también tendría que descubrir a ese Dios, que de una manera diferente le dice: creé y confiá, porque yo creo y confío en vos. Porque yo te doy las posibilidades para poder recorrer la vida. En la medida en que nosotros nos sentimos amados y confiados, también podemos dar esa confianza.
Lo que pasa es que esto hoy cuesta mucho. Como alguna vez hemos hablado, no confiamos. Nos cuesta confiar en nosotros mismos. Nos cuesta confiar en Dios y nos cuesta confiar en los demás. Nos gusta tener las cosas controladas, todo lo queremos tener controlado, todo tenemos que saber cómo va a ser, a veces tenemos que resolver toda nuestra vida hasta el final, como si pudiéramos agregar algún instante. A veces no sólo la nuestra, sino también la de nuestros hijos, la de nuestros nietos. No es eso lo que Dios nos dice. Lo que dice es, cómo vivimos si miramos el presente. De qué manera creemos y confiamos, y dejamos que el resto se vaya dando. Esa confianza se nota claramente en un Dios que nos da la libertad. Aun cuando a veces nos confundimos, nos equivocamos, metemos la pata, Él nos dice: apuesto de nuevo por vos. Vuelvo a poner la confianza en vos. No estoy preguntando por qué te equivocaste, por qué hiciste esto, sino incentivando a que vuelvas a probar. Nos invita a nosotros a hacer lo mismo, pero a veces sentimos como que Dios lo hace diferente. Como nos pasa a veces a nosotros, quizás decimos: yo confío en vos; pero le preguntamos dieciocho veces si hizo las cosas. La cantidad de preguntas es proporcional a cuánto confío en la otra persona. La cantidad de lo que estoy detrás del otro es proporcional a lo que yo dejo de controlar y largo las cosas. La confianza implica eso, yo suelto. El control es, yo lo agarro.
Si queremos verlo por otro lado, vieron que ahora todos estamos contracturados ¿no? Creo que nunca tuvieron tanto trabajo los reflexólogos, masajistas y demás. Uno pregunta, ¿Por qué estás contracturado? No, mucho tiempo manejando, mucho tiempo delante de la televisión, me incomoda la almohada… Podés cambiar dieciocho veces la almohada que vas a seguir contracturado. Porque no es eso. El problema es que queremos tener todo tan agarrado, que hasta nuestro propio cuerpo nos pasa factura. Hasta nuestro propio cuerpo nos dice: soltá las cosas. Esa es la invitación de Dios. Cuando yo me siento confiado, yo me animo a hacer cosas. ¿Por qué Jesús puede dar la vida? ¿Porque es fácil? No es fácil. El evangelio lo dice claramente. La carta a los hebreos dice: aprendió por medio del sufrimiento lo que significaba obedecer, le costó.
A nosotros nos cuestan las cosas, pero cuando nos sentimos confiados logramos mucho más, cuando nos sentimos amados vamos mucho más allá. ¿Por qué hoy nos cuesta elegir en un montón de cosas? Porque no confiamos en nosotros, porque no sentimos que alguien nos ama y nos apoya de esa manera. Si nos sintiésemos así confiaríamos mucho más, nos animaríamos mucho más. ¿Por qué hoy los jóvenes pasan hasta como por cinco carreras hasta que dicen: “me quedo en esta porque seguir dando vueltas no tiene tanto sentido”? Porque cuesta confiar en uno. No significa que uno no tiene que buscar, está muy bien buscar. Pero esa búsqueda en algún momento tiene que terminar. ¿Por qué terminar? Porque yo creo y confío. Confío en que puedo descubrir aquello que necesito, aquello que Dios puso en mis manos. ¿Por qué a uno le cuesta comprometerse con un estilo de vida? A veces cuesta casarse, cuesta elegir una vocación religiosa, porque tengo que confiar. Porque si elijo esto, tengo que dejar otras cosas afuera. Chocolate por la noticia, eso es elegir ¿no? Esto es lo que dice Jesús en el evangelio. No se puede elegir a Dios y al dinero, es imposible. En el mundo de hoy lo tratamos de acomodar para que entre a presión, pero no entran. Hay que hacer una opción en algún momento. Y, ¿por qué esto? Porque cuando queremos controlar, las cosas nos terminan controlando.
A ver, si quieren un ejemplo fácil podemos hablar del celular. Cuando alguien se olvida el celular en su casa, parece que hubiera habido un terremoto, le complica la existencia, siente que no va a llegar al fin del día. ¿Por qué? Porque las cosas me empiezan a controlar a mí, porque ser siervo es ser esclavo en el evangelio, me hago esclavo de las cosas. Hace quince años teníamos un teléfono en casa y se descomponía y no pasaba nada. A ver, ¿ayuda?, sí, ayuda. Nadie dice que no ayuda. El problema es que las cosas me van esclavizando, el problema es que cuando yo, en una sociedad consumista, pongo el consumo y lo material por encima de todo lo demás, me hago esclavo de eso y me alejo de Dios. Entonces tengo que reordenar mis prioridades, tengo que ver de qué manera voy poniendo cada cosa en su lugar. Esa es la invitación de Dios. Nos invita a descubrir que hay alguien que nos ama, que confía en nosotros, y a que vivamos de esa manera. Lo demás, dice Jesús, se dará por añadidura. Vayan a lo central, vuelvan a eso.
Para terminar, podemos ver esto en nuestro lenguaje. Vieron cuando le preguntás a alguien: ¿cómo estás? “Por ahora, bien”, te dicen. No confiamos, nos atajamos en lo que vamos a decir. Cuándo preguntamos, ¿salió todo bien? “Creo que sí”. Pero no es un “creo” que afirma, es un “creo” que está diciendo: tal vez algo se me escapó. Y así podemos encontrar un montón de frases donde se muestra que no confiamos, nos cuesta. Entonces, queremos salvar todas las posibilidades. La última es este evangelio. Ustedes saben que a éste se lo llama el evangelio de la providencia. “Providencia” es una palabra que no se escucha más, desapareció del lenguaje. Cuando pasa algo ¿qué decimos? Se dio por casualidad, se alinearon todos los planetas. Nos hemos olvidado que hay un Dios que está detrás de las cosas, que hay un Dios que providencialmente sigue manejando la historia. Tal vez lo podríamos incorporar a nuestro lenguaje ¿no? “Fue la providencia de Dios la que hizo esto.” Para eso tengo que volver a creer y confiar en Él, en el que cree y confía en nosotros.
Pidámosle entonces hoy a Jesús, aquél que da la vida porque nuestra vida es valiosa, aquel que dando la vida nos dice: yo creo y confío, animate; que también nosotros sigamos ese camino, confiando en Dios, en nosotros, y en los demás.

Lecturas:
*Is 49,14-15
*Sal 61,2-3.6-7.8-9ab
*1Cor 4,1-5

*Mt 6,24-34

lunes, 24 de febrero de 2014

Homilía: “Jesús nos invita a apostar por aquello que construye” – VII domingo durante el año


La película “Warrior” (“El Camino del Guerrero”), que se trata de unos competidores de UFC (Ultimate Fighting Championship), muestra una familia de dos hijos y un padre que tienen el vínculo roto entre ellos. Los dos hijos están peleados entre ellos, y también con el padre. Uno de los hijos, Brendan, vuelve a su casa después de bastante tiempo de estar en la marina, y el padre se alegra de que este hijo vuelva a casa. Sin embargo, lo único que le pide Brendan es que lo vuelva a entrenar para luchar, “no vuelvo para reconciliarme con vos”, le dice. Más allá de esto, el padre se alegra de esta puerta que se abre, como para intentar remendar y llevar adelante un vínculo que fue muy difícil durante muchos años de su vida. Entonces va a intentar hacerlo, tanto con Brendan como con Tommy (el otro hijo); en un momento de la película va a tener un arrepentimiento muy sincero, pero los otros dos hijos, orgullosos en su postura, nunca le van a dar ese perdón, que él no sólo se merece sino que también necesita en su vida. Es más, ese orgullo también va a llevar a que los dos hermanos tampoco se puedan arreglar, sanar ese vínculo. En un momento Brendan intenta hacer las paces con Tommy, pero éste le dice: no, vos te quedaste con papá cuando nuestros padres se separaron, nos dejaste a mamá y a mí solos; y uno podría decir: bueno, pero eran chicos, fue hace mucho tiempo… Sin embargo, eso a veces causa heridas en el corazón y va a hacer que no puedan reconciliarse, que no puedan llegar al perdón.
El perdón es una de las cosas difíciles en la vida, porque perdonar implica tener un corazón maduro, un corazón íntegro, un corazón que sabe entender también lo que pasa por el corazón del otro, un corazón que sabe entender que uno se puede equivocar, que uno puede hacer las cosas mal en algunos momentos. Esto es difícil, porque crea una tensión en el corazón, crea una tensión propia de los vínculos que pasan por distintas etapas y momentos. Es por eso que a veces nuestras personalidades tienden a polarizarse. Podemos tener personalidades que tienden a la perfección, que quieren hacer todo bien, personalidades muy estrictas, muy duras, que no aceptan el error propio ni el de los demás, entonces tendemos a ser muy juiciosos con nosotros y con el otro, tendemos a “bajar el martillo” muy fácil, a no dar otras oportunidades, y pararnos muy tercamente en esa posición; o nos vamos al otro extremo. Tenemos una conducta más laxa en la que todo es lo mismo, cada uno puede hacer lo que quiere, hay que respetar cualquier cosa.
Lo cierto es que ninguna de esas posturas nos ayuda a crecer o a madurar. Si lo ironizamos y lo pensamos desde el lado de los papás; la primera postura sería educando siempre desde el “no”, siendo muy estricto, sin mirar la realidad para considerar que a veces se puede decir que no y a veces se puede decir que sí; o por el contrario, tirando la chancleta y diciendo, “hasta acá llegué”, hacé todo lo que quieras, no importa. Eso tampoco sirve para educar. Lo que pasa es que lo otro es tensionante y es difícil. Aprender a vivir en la tensión que llevan los equilibrios en la vida es muy complejo, implica un largo camino en el corazón, implica salir de uno mismo. Esto es más fácil porque yo me paro en una postura: o digo que sí o digo que no, y casi como que quedo afuera. Pero entender y comprender al otro en lo que le está pasando en cada momento implica un trabajo mucho más largo, implica un trabajo más difícil, más arduo, y eso es lo que es complejo en nuestra vida.
No sólo es complejo en nuestra vida, también es complejo en nuestra fe. Por eso la Iglesia muchas veces tiende a lo mismo: hay mucha gente que se para en posturas religiosas muy conservadoras, muy intransigentes, donde pareciese a veces que la fe es solamente para una elite que hace las cosas bien (si es que se puede hacer las cosas bien en la fe), y los demás que no la viven así quedan afuera, viviendo una piedad muy farisea. Por el contrario, como eso no nos cierra (porque no cierra, no es el evangelio); a veces tendemos a decir: da todo lo mismo, vale todo, Dios acepta todo. Como si Dios no eligiese un camino para cada uno de nosotros, y no hubiese maneras de ir recorriendo ese camino. ¿Qué es lo más difícil? También ese equilibrio. Ese equilibrio que se ve en Jesús.
Lo que pasa es que uno tiene textos para agarrarse de una cosa, o textos para agarrarse de otra. El ejemplo es lo que estamos leyendo en estos días. Es más, el guión decía, “las exigencias de Jesús son más fuertes que las del Antiguo Testamento, y uno dice, bueno, aflojemos un poquito. Después de las Bienaventuranzas, Jesús empezó a tomar los mandamientos y los preceptos y cada vez se ponen más difíciles de vivir. Hablábamos el domingo pasado: “no matarás”. Yo no les digo, “no matarás”, dice Jesús; yo les digo: no te enojarás con tu hermano, no te irritarás, no le desearás el mal; Jesús profundiza cada vez más. Así lo fue haciendo con otros preceptos. Hoy la hace más complicada porque nos dice: “ustedes han oído que se dijo: “ojo por ojo, diente por diente””. Uno podría decir: bueno, yo no quiero vivir esto. Pero vivir lo otro es bastante complicado. Si te dan una bofetada pone la otra mejilla, nos dice. No sé, a mí por lo menos me complicaría bastante poner la otra mejilla; se me hace difícil pensarlo. Si alguien te pide algo, dale más; si alguien quiere caminar con vos, seguí caminando más con él, cuando de casualidad saludamos al que pasa por al lado cuando estamos caminando, y no me hagás frenar un minuto porque estoy en la mía. Es difícil vivir esto, y sin llegar al extremo del amor como Jesús que nos dice: “amen a sus enemigos”, amen al que les hizo mal.
Encontramos entonces un Jesús que en estos textos se pone muy estricto, se pone bastante firme, bastante perfeccionista. Pero sabemos que no se queda solamente en eso. Creemos en un Jesús también que es totalmente bondadoso, que es totalmente misericordioso, un Jesús que siempre da otra oportunidad, un Jesús que siempre nos tiene paciencia. Uno no se está imaginando un Jesús que te está retando, que te está todo el tiempo atrás, que te está diciendo que hacés las cosas mal, sino un Jesús que te da otra oportunidad. Entonces, es difícil vivir en esa tensión en la cual se es estricto y se es bondadoso, se es perfeccionista y se es misericordioso. Es casi como que fueran polos contrapuestos, pero es el camino que nos enseña a vivir Jesús, y es la invitación que él nos hace en nuestra vida.
Creo que la invitación concreta en este caso es a siempre apostar por aquello que construye. Fíjense, la primera lectura nos dice: ustedes, cada uno de ustedes, van a ser santos porque yo soy santo. Es decir, nuestra santidad se construye en Dios. Es el camino hacia el cual Dios nos invita a caminar. No porque nosotros lo merezcamos o porque nosotros hemos vivido eso, o porque nosotros lo podemos alcanzar, sino porque Dios nos los da. La invitación es, caminen en mí para que ustedes puedan vivir esto, para que ustedes descubran este regalo. Es decir, se construye sobre lo bueno. La santidad se construye caminando con Dios, caminando con Jesús. Bueno, lo mismo sucede en todas las facetas de nuestra vida. Como alguna vez hemos hablado, no podemos construir sobre lo malo; no tenemos donde apoyarnos, las cosas se caen. Tenemos que construir sobre valores. Por ejemplo, un vínculo no se construye sobre la mentira. La pregunta es ¿cuándo se acaba?, solamente. Puedo construir sobre la verdad. Puedo construir cuando me animo a ser transparente, a abrir mi corazón, a decir algunas cosas que me cuestan más. En este caso, sucede sobre el amor. Por eso Jesús dice, aún en aquellos momentos más difíciles de la vida, donde vos te sientas dolido y herido, no cierres la puerta al amor.
Yo creo que todos nosotros hemos tenido alguna vez una experiencia donde nos hemos sentido lastimados por el otro, donde hemos sentido que queremos tratar al otro con indiferencia. Momentos en que hemos sentido odio hacia alguien. Nos es difícil reconciliar ese sentimiento o ese vínculo. Jesús lo que nos dice es: tengan paciencia, no cierren la puerta al camino del amor, porque es la única manera de transformar eso, es la única manera de cambiarlo. Tal vez nuestra herida sea grande, y no pueda sanar en unos días, en unos meses, o tarde unos años, pero Jesús nos dice, no cierres la posibilidad, seguí caminando en ese sendero; es el único camino que hace posible que las cosas se reconcilien, que las cosas cambien.  Si no nos seguimos separando, si no nos seguimos como divorciando de esos vínculos, porque se nos hacen muy difíciles de vivir.
Creo que todos tenemos la experiencia, tal vez de cuando éramos más chiquitos, con papá y mamá, o con un amigo; o siendo un poco más grandes, donde nos hemos equivocado, y hemos ido hasta con miedo a pedir perdón y el otro nos ha sorprendido porque no nos ha tratado tan estrictamente como esperábamos. Quizás que nos decía: bueno, tranquilo, contame qué paso… y eso nos hizo sentir distintos, no se nos bajó la persiana, sino que se nos dio una posibilidad, y se nos mostró que las cosas podían ser de otra manera. Bueno, a nosotros se nos invita a hacer lo mismo y a educar así; que creo que también es lo que se hace. Yo no creo que las mamás y los papás que están acá, si han tenido dos hijos que han estado muy peleados, les dicen: sí, no se hablen más, váyanse a vivir a dos casas diferentes y listo. Supongo que buscarán día y noche la manera de que se reconcilien. Les dirán: bueno, tratá de entenderlo, de comprenderlo; hablarán con uno y con otro. Buscarán la forma de que ese vínculo se sane, de esperar, de tener paciencia. Lo mismo en una amistad, los más jóvenes, cuando dos amigos o dos amigas se pelean. No sería un buen consejo decir: no lo veas más. Hay que tener paciencia y buscar la posibilidad de que ese vínculo se reconcilie. Tenemos que buscar la forma de sanar esto.
Es difícil, pero Jesús nos dice: no cerremos la puerta, busquemos el camino y las formas, porque así se construye. Así se construye una familia, así se construye una comunidad, así se construye un país, un mundo; derribando las fronteras que nos separan y de alguna manera construyendo aquello que nos puede unir. Esto es lo que hace Dios; dice: si ustedes quieren trabajar por el Reino, tienen que ir haciendo esto, buscando las maneras, teniendo paciencia, poniendo signos. Por eso Pablo le dice a la comunidad: ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios. El camino de Dios es siempre el de la unidad, es siempre el del perdón, es siempre el del amor, es siempre el intentar abrir la puerta, buscar la manera, aunque sea tirando abajo nuestro orgullo, nuestra soberbia, lo difícil que es, para encontrarnos con el otro.

Pidámosle entonces en este día a Jesús, aquél que se animó a derribar todos los muros, aquél que nos mostró y nos enseñó el camino del amor, que nos animemos a recorrerlo.

lunes, 17 de febrero de 2014

Homilía: “La justicia de Dios llega hasta la misericordia más profunda” – VI domingo durante el año


Hay una parábola que cuenta la siguiente historia: Había un pueblo que quedaba en la desembocadura de un río. Parece que un día, mientras unos niños jugaban allí, vieron llegar flotando unos cuerpos, y fueron rápidamente a alertar a los adultos, que se acercaron a rescatarlos. Una de esas personas estaba muerta, así que la llevaron y la enterraron; otra de las personas estaba muy malherida, la llevaron al hospital, la ayudaron, la curaron; y otra de las personas era un niño pequeño, que como estaba solo, le buscaron una buena familia que lo cuidara, que lo adoptara, que lo ayudara en su educación y en su vida.
Ahora, esto que había pasado por primera vez, sorprendiendo al pueblo, empezó a pasar nuevamente los días subsiguientes. Entonces el pueblo, que era muy comprometido, fue creciendo en cómo ayudar en estos casos. Se fueron creando ONGs que ayudaban a los niños que llegaban perdidos en el río; había gente que se dedicaba a rescatar, gente que andaba en botes mirando cuando los cuerpos llegaban para rescatarlos un poco antes; crearon hospitales para poder cuidarlos, trabajos para poder insertar a la gente que llegaba desde el río. Y así se fueron enorgulleciendo de ese camino, de esa vida en la cual podían ayudar a toda esta gente.
Sin embargo, el problema es que nunca se preguntaron de dónde venían los cuerpos. Nunca fueron capaces de subir por el lecho del río e ir a ver qué causaba que esos cuerpos llegaran hasta ahí. Esto es lo que nos sucede también a nosotros muchas veces en la vida. Nos hemos acostumbrado a tantas cosas malas que están enquistadas en nuestra sociedad, y hasta a veces nos ponemos contentos cuando ponemos paliativos, como si estuviéramos dando una aspirina para el cáncer, como si de esa manera intentáramos curarlo. Nos hemos acomodado muchas veces en esa posición.
Más allá de eso, sabemos que Jesús nos invita a algo más; nos invita a dar un paso más profundo en esto. Esto es tan así que en este evangelio, en el cual hay bastantes cosas diferentes, hay una frase muy fuerte que dice Jesús: si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y los fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Vamos a explicar un poco esta frase, porque nosotros nos hemos acostumbrado tanto a que Jesús le dé bastante fuerte a los escribas y a los fariseos, que a veces partimos de la base de que eran personas que se comportaban mal. Sin embargo, eran personas muy buenas, religiosas, que vivían su fe y su piedad de la manera que ellos creían que la tenían que vivir. Eran personas que cumplían con sus ritos religiosos, rezaban, iban a la sinagoga, eran personas que se preocupaban por vivir la ley cumpliendo cada uno de los mandamientos, daban su limosna. Es decir, eran buenas personas. No obstante, Jesús les dice a sus discípulos: si su justicia no es superior, no entrarán en el Reino de los Cielos. Entonces, ¿cuál es el problema acá? Porque cualquiera de los discípulos le hubiera dicho, ¿cómo hacemos?, ¿tenemos que ser todavía más exigentes? Y Jesús les diría: No, es que hay que vivirlo desde otro lugar. La invitación de Dios es a un “programa” totalmente distinto y diferente.
Nosotros, por el mundo en que vivimos, nos hemos acostumbrado a vivir la caridad como de manera privada. Y nos contentamos a veces con eso, considerando que dentro de todo entramos dentro de los parámetros aceptables: voy a misa, rezo, ayudo en lo que puedo, no soy una mala persona… Sin embargo, Jesús nos invita a dar un paso más, no nos dice que nos acomodemos en eso, el evangelio no es para acomodarse. ¿Cuál es la invitación de Jesús? Justamente a que ese paso más sea pensar en una justicia social, en cómo podemos trabajar para un mundo mejor. El problema que tienen en este caso los escribas y los fariseos, es que pusieron la Ley por encima de todo. Ellos pensaron que lo central era la justicia; entonces, aquello que era un medio para encontrarse con Dios, lo transformaron en un fin. Esto es tan así para el pueblo judío, que ustedes saben que los judíos decían que a la derecha de Dios estaba la Ley. Por eso, Esteban, el primer mártir, va a morir cuando diga que sentado a la derecha de Dios está Jesús. ¿Cómo está Jesús si ahí está la Ley? La Ley era divinizada, era el camino que ellos seguían.
Pero Jesús trae un orden nuevo, un orden en el cual dice que ese tipo de justicia no es la que quiere vivir, sino la justicia que se compromete por el otro. Por eso toma cada uno de estos mandamientos y los lleva hasta el extremo: Ustedes se contentan con no matar, les dice; sin embargo, cada vez que se irriten con uno de sus hermanos, cada vez que no se preocupen, cada vez que lo maldigan, se están alejando de Dios. Así hace con cada uno de los mandamientos, los lleva hasta el extremo, se preocupa por las cosas delicadas. Ese amor se preocupa por los detalles. A mí me parece admirable cuando veo cómo las madres son con sus bebés, y saben todo: si llora, llora por esto, o por lo otro (para mí llora, y llora siempre igual), se preocupan por cada cosita que está pasando. O por ejemplo, algunos que estén muy enamorados se preocupan por todo cuando tienen que salir: la chica por cada cosita que se va a poner, y se mira dieciocho veces en el espejo; el varón también, se preocupa por todo, por dónde vamos a comer, que el mantel, la vela, el lugar a donde vamos a ir… Me preocupo por los detalles. Es el amor que me hace preocupar por cada uno de los detalles.
En la fe, la invitación es esa, cómo el amor me hace ir mucho más profundo a si fui justo o no. Muchas veces la pregunta que nos hacemos frente a algo que hicimos es: ¿fui justo? Ahora, la justicia puede ser vacía a veces, porque la pregunta más profunda sería: ¿yo amé?, ¿me comprometí en el amor en esa circunstancia? El amor va mucho más profundo que lo que es la justicia, y la encausa, le busca un fin mucho más profundo. El fin de nosotros como cristianos es comprometernos en una justicia social que transforma las cosas. No podemos ser cristianos y quedar impasibles frente a muchas cosas que pasan en nuestra sociedad. Frente a las desigualdades y las injusticias que suceden. En todos lados, no sólo en las desigualdades sociales tan grandes, sino a veces en nuestros colegios, en los lugares en los que estamos, en nuestras casas. No podemos hacernos a un lado.
¿Cómo nos comprometemos en transformar las estructuras injustas? ¿Cómo luchamos por algo diferente? Vamos a poner un ejemplo si quieren: yo puedo comprometerme con alguien que viene a mi casa, me toca la puerta y me pide algo para comer, y está muy bueno; le doy algo para comer y me quedo tranquilo con eso; o puedo trabajar por un mundo más justo, y puedo dar un paso más. No me quedo solamente con cumplir con eso, y me saco el problema de encima, sino que el ser cristiano me plantea ¿cómo yo trabajo para que, desde el lugar en que me toca, esta injusticia social no esté más?, ¿cómo yo me comprometo para que esto se transforme? Yo no puedo apoyar una ideología, un sistema político, económico, social, cultural, religioso, que termina dejando a algunos de lado, e incluyendo a otros. Un sistema en el cual yo me acomodo en esa desigualdad, en el cual casi que pasamos impasibles frente a muchas cosas que ocurren. Por ejemplo, cuando leemos los diarios: “hay siete mil chicos que van a quedar afuera del sistema educativo en la capital.” Bueno, es así, pensamos, ¿qué le vamos a hacer? No, no, como cristianos se nos invita a algo más, ¿cómo nos animamos a transformar esto? Así podemos ir agarrando cada una de las cosas.
Jesús cuando va a lo profundo plantea ¿cómo yo me comprometo por algo distinto? Podríamos tomar distintos temas: la discriminación, el racismo. Si nos preguntan, seguramente la primera respuesta va a ser: yo no discrimino, yo no soy racista. A ver, ¿y si miramos nuestro lenguaje nomás?, ¿cómo muchas veces hablamos de los que son distintos de nosotros, de los que viven en barrios más pobres, de los que no queremos tanto?, ¿cómo hablamos? En la facultad, en el colegio, con el famoso “bullying”. ¿Cómo me comprometo yo para que eso sea distinto? ¿Solamente dejo de hacerlo? ¿O trabajo por un mundo distinto? ¿O me comprometo a transformar eso? En mi casa, con el que tratan mal; en mi familia, con el que dejan de lado. ¿Cómo me comprometo como cristiano para que esto se viva de una manera distinta? Podríamos pensar en todo lo que es la desigualdad, lo que se habla del género, el sexismo. Podríamos empezar por lo más básico, trabajando por la dignidad de la persona; no mirando páginas pornográficas y favoreciendo todo eso que toma a las personas como objetos. Me puedo fijar en mi lenguaje, tratar de hablar en un lenguaje mucho más igualitario, cómo me comprometo para que sea justo el mundo para el hombre y para la mujer. ¿Cómo hago para ensalzar la dignidad del otro y no pisarla día a día en lo que me toca, insultándolo, riéndome del otro… por lo que fuera, porque me gusta o por lo que no me gusta?
Creo que el evangelio va dando distintos pasos. El primer paso es: no hacer el mal, y eso es claramente lo primero en el camino. Pero muchas veces nos quedamos a mitad de camino, como que: yo no hago esto, pero dejo las estructuras injustas. No me comprometo desde el lugar en que me toque, (cada uno de nosotros tenemos una responsabilidad diferente), por ir a lo profundo, por cómo yo transformo las cosas. Eso es lo que hace Jesús. En Jesús, lo central no es la Ley, es el Reino. Por eso nosotros rezamos: venga tu Reino. El mundo no vive en el Reino de Dios; el Reino de Dios no aparece mágicamente, sino cuando yo me comprometo, cuando yo desde mi lugar vivo como Jesús me invita para transformar las cosas.
Tal vez si habláramos de justicia, si fuera por justicia, Jesús jamás se sube a la cruz, es injusto que Él muera por nosotros. Pero Jesús se sube a la cruz porque su justicia es mucho más profunda, porque no se queda en lo que es justo o no, lo que es cumplir la Ley o no, se queda en el amor. La justicia de Dios llega hasta la misericordia más profunda, que es capaz de dar la vida, cueste lo que cueste, aun cuando es injusto, aun cuando con todo lo que está pasando alrededor, uno se pregunta: ¿cómo puede estar pasando esto? Porque yo quiero dar la vida por amor en esto. ¿Por qué? Porque quiero transformar las cosas. Esa es la invitación que nos hace como cristianos, cómo cada uno desde su lugar, desde los más chicos a los más grandes, nos comprometemos por transformar algo distinto; cómo cuando rezamos el Padre Nuestro, no nos quedamos en un “venga tu Reino” que no sabemos qué es, una cosa etérea que anda por ahí, sino un: yo quiero traer tu Reino acá, yo quiero que se encarne acá, y por eso me quiero comprometer con esto.
Pidámosle entonces a Jesús, aquel que da la vida para que esa justicia de Dios se encarne verdaderamente, que también nosotros, por amor, sepamos dar la vida, sepamos comprometernos con los demás, hagamos presente el Reino de Dios.

Lecturas:
*Ec 15,16-21
*Sal 118,1-2.4-5.17-18.33-34
*Cor 2,6-10

*Mt 5,17-37

lunes, 10 de febrero de 2014

Homilía: “Ustedes son la sal de la tierra” – V domingo durante el año


Para los que somos fanáticos de la primera trilogía de Star Wars (La Guerra de las Galaxias), cuando iba a salir la pre-cuela - los primeros tres episodios - una de las cosas que queríamos saber era cómo Anakin Skywalker se iba a transformar en Darth Vader. Tal vez para los que no las vieron (yo creo que me sé todos los diálogos de memoria): cómo ese niño divino, Anakin, iba a terminar del lado del mal; cómo ese niño que ayudaba desde tan pequeño a hacer las cosas bien, iba a irse desviando hasta terminar siendo Darth Vader. Y aunque uno no hubieran visto la segunda parte de la serie, podíamos observar que no es que había huellas, sino marcas enormes de cómo se iba desviando. Uno trataba de mantener la esperanza de que hiciera algo distinto, que eligiera para el otro lado, pero siempre uno sabía que era como leer “Una Crónica de una Muerte Anunciada”, ya sabíamos que iba a terminar así.
Esto mismo que sucede con Anakin sucede a veces en nuestra vida. Sucede en algunas instituciones, sucede en algunos vínculos, en algunas opciones personales. Cuando llegamos al desenlace pensamos: bueno, esto iba a terminar así, no podía terminar de otra manera. Tal vez los más grandes podrían decir: yo te lo dije, esto iba a pasar, esto iba a suceder si uno no se transformaba, si uno no cambiaba. A veces algunas cosas pueden terminar o caducar, porque cumplieron su momento, cumplieron su tiempo, pero otras veces terminan porque no las alimentamos, porque no fuimos capaces de transformar las cosas en el momento adecuado, porque no fuimos capaces de cambiar, de leer los signos de los tiempos, y aportar de nosotros para que eso fuera diferente.
Esto se puede ver en muchas cosas. Tomemos los vínculos más comunes; en un matrimonio o en un noviazgo, la única posibilidad es que uno siempre enriquezca ese noviazgo o ese matrimonio. La única posibilidad es que siempre ambos estén dispuestos a nutrir, a decir, ¿cómo puedo alimentar esto? Porque no sólo es que uno se equivoque, o que uno cometa un error muy grave para que eso se termine; también tenemos un problema cuando lo dejamos de alimentar. Si lo dejo casi como en piloto automático llega un momento donde eso se va perdiendo.
Para hablar de un vínculo mucho más común; sucede también en una amistad. Acá hay muchos jóvenes que seguramente pensaran en sus amigos para siempre; pero uno que ahora ya está un poco más grande, mira para atrás y piensa en un montón de amistades que han pasado por la vida de uno. Y no sólo han terminado porque uno se equivocó, porque uno la embarró, sino porque uno las dejó de alimentar, se fueron separando porque uno no le dio más bolilla, y eso se fue perdiendo. Es decir, uno tiene que poner de uno continuamente para que las cosas crezcan, para que las cosas maduren, para que las cosas puedan llegar a buen término. No me puedo mantener en un piloto automático, porque eso va haciendo que las cosas se pierdan.
Esto es lo que le pide Jesús a sus discípulos en el evangelio que acabamos de escuchar. Les dice: “Ustedes son la sal de la tierra, y si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?” A ver, la sal tiene un sentido. Uno no come sal por comer sal; uno usa la sal para salar otra cosa, para que otra cosa tome un gusto distinto. Es decir, la sal tiene un sentido en la medida en que se utiliza para salar otro alimento. Podríamos decir entonces que la sal, que es nuestra vida, toma un sentido mucho más grande, en la medida que le da sabor a la vida de los demás, en la medida que le da gusto a la vida del otro, en la medida que mi vida sirve para que la vida del otro sea mejor.
De la misma manera pone la segunda metáfora: nadie prende una luz para ponerla debajo de la mesa, o en un cajón. La luz tiene un sentido que es iluminar. Bueno, la luz que hay en nosotros también tiene un sentido que es iluminar la vida de los otros. Porque si yo me la guardo se va apagando, si yo me la guardo se va perdiendo. Por eso nos invita Jesús a descubrir en qué somos luz y en qué somos sal.
Y como en todo ámbito de la vida, también en la fe necesitamos descubrir eso, porque si no se va perdiendo. Uno cuando mira la Iglesia, por poner un ejemplo, cómo en el último siglo la Iglesia perdió fieles, cómo la Iglesia se fue achicando, cómo mucha gente fue perdiendo la fe; y cómo muchas veces esto ha hecho que uno se ponga conservador. No conservador en el sentido político de qué posición tomo, sino en el sentido de resistir: tengo que resistir, tengo que aguantar hasta que esto pase. Eso nos sucede en muchas cosas en la vida, sin embargo, ¿cuanto tiempo puede uno resistir?, ¿cuánto tiempo uno puede decir “me la banco”? Sólo un período de tiempo, porque si yo me pongo en esa postura, es decir: tengo que aguantar, tengo que resistir; inexorablemente me voy perdiendo, inexorablemente llega un momento en el que me canso, pierdo las fuerzas, no tengo más ganas, me pregunto para qué sirve lo que estoy haciendo y ya no lo quiero hacer, y lo dejo de hacer. En el caso del don de la fe, lo voy perdiendo, se va apagando. Y es por eso que la única manera de que cualquier don, en especial el don de la fe, se arraigue y se desarrolle en cada uno de nosotros, es que se comunique, que se de.
A ver, si yo tengo un don y me lo guardo para mí, ¿de qué manera crece ese don? Si yo tengo un don y digo: bueno, es solamente para que lo viva yo, y no lo pongo en ejercicio, no lo pongo en funcionamiento, nunca va a crecer, siempre se va a quedar ahí. Por eso la invitación de Jesús es que en la fe hay como dos grandes etapas. La primera, en la que tienen que profundizar los más jóvenes, es cómo voy creciendo yo en la fe, cómo la voy asentando en mí mismo. Y la segunda etapa, que es totalmente determinante para que yo madure en mi fe, es que yo la comunique, que yo diga: este don lo tengo que llevar a los demás.
Durante mucho tiempo, por resistir frente a los embates del mundo, frente a un mundo que piensa distinto, frente a gente que se va, la Iglesia se metió para adentro. Esto fue haciendo que no nos enriquezcamos, que cada vez como Iglesia seamos más pobres, que perdamos un montón de los dones que Dios nos dio. Es por eso que este llamado de Jesús a sus discípulos es también un llamado para nosotros, de qué manera queremos ir a transmitir lo que tenemos. A veces es curioso porque se da en el momento que no se tenía que dar. Muchas veces me pasa que los que son más jóvenes quieren ir a misionar, y se enojan conmigo porque no los dejo, y yo digo: bueno, miren, ahora les toca alimentarse ustedes, crecer; no sé si me escuchan tanto, o no lo comparten, pero por lo menos acá no les queda otra. Y a veces cuando somos más grandes, ya no tenemos ganas de ir a hacer eso, y sin embargo es el paso que nos toca dar, cómo yo voy y comparto el don que tengo, cómo soy yo sano. La pregunta es si aquello que Dios me dio, lo quiero llevar y compartir.
Muchas veces hemos hablado de que nos cuesta mucho descubrir los dones que tenemos; hoy Jesús nos dice: ustedes, cada uno de ustedes, son sal de la tierra; ustedes, cada uno de ustedes, son luz del mundo. La pregunta es ¿qué quieren hacer con eso? ¿Lo quieren esconder? ¿Lo quieren guardar? ¿O lo quieren dar? Yo se los di para que lo den, ¿qué es lo que deciden ustedes? O tal vez como la canción: “Enciende una luz, déjala brillar”. ¿Nos animamos a encenderla? ¿Nos animamos a hacer que nuestra vida sea luz para los demás? Porque creo que muchas veces como que nos pica el bichito diciendo: yo quisiera hacer algo más. ¿Y por qué no lo hago? ¿Me animo a hacer algo más por el otro, por el que está ahí?
Vivimos en un mundo que se ha secularizado mucho, y esto ha hecho que se viva un individualismo muy grande: lo mío es mío, yo lo hago para mí. Y esto también se transmitió en la fe. Esto hizo no sólo que nos encerremos, sino que digamos: “yo vivo mi fe con Jesús”. Bueno, si yo vivo mi fe con Jesús, mi fe va a ser siempre infantil, no tiene otra posibilidad, se va a quedar en una piedad vacía, donde voy a perder tal vez lo más importante, que es cómo me doy al otro.
Si quieren un ejemplo de lo más simple: la primera lectura. Isaías dice: dale tu pan al hambriento, viste al desnudo. Si vos recibiste la fe de Dios, compartila. Una manera de compartirla es la caridad, es descubrir cómo amo al otro; y de ahí un montón de cosas en las que yo puedo ser testigo para los demás. No solamente hay que ir con una bandera hablando de Jesús, sino siendo hombres caritativos, llevando la esperanza a los demás, descubriendo muchas formas de ser signo de Dios para el otro. Yo puedo ser esa luz y esa sal que cambie la vida del otro.
Durante mucho tiempo hemos esperado -la Iglesia esperó- que Jesús cambie las cosas. Como que haya un milagro a partir del cual el mundo piense de una manera distinta. Bueno, Jesús nunca hizo eso; Jesús fue Él y transformó las cosas; Jesús fue y les dijo a sus discípulos: ustedes son luz y sal, vayan y transformen. Denle sabor a la vida de la gente, iluminen con su fe la vida de la gente. Hoy nos dice a nosotros lo mismo: vayan y salgan, hoy los envío como sal y como luz. Yo les doy la certeza de que esto lo tienen. Si nos preguntamos qué es lo que podemos hacer, bueno, a Pablo le pasó lo mismo. Pablo que fue tal vez el mayor misionero de la Iglesia dice: yo no tenía sabiduría, yo no tenía elocuencia, yo iba a hablar con ustedes y tenía miedo, no sabía qué iba a decir, pero hoy descubro que ahí se puso de manifiesto que el poder era de Dios. Si a veces no estamos seguros de nuestros talentos, de nuestros dones, de aquello en lo que somos sal y luz, confiemos en Dios, confiemos en aquel que nos dice: Vayan ustedes a anunciar.
Pidámosle entonces a Jesús, aquél que es la verdadera sal, aquél que es la verdadera luz del mundo, que nos ayude a cada uno a descubrir en dónde y en qué podemos ser sal y luz para los demás. Que nos ayude a ser enviados y llevar adelante esa misión que es anunciar la Buena Noticia.

Lecturas:
*Is 58,7-10
*Sal 111,4-5.6-7.8a.9
*Cor 2,1-5

*Mt 5,13-16