jueves, 3 de julio de 2014

Homilía: “¿Quién dicen ustedes que soy Yo?” – Santos Pedro y Pablo

Hace unos años salió en el cine una película sobre la vida de Ed Wood, que fue un director, actor, productor. Nació a principios del siglo pasado en Nueva York, después estuvo en la Segunda Guerra Mundial, y en la década del ’50 se dedicó a hacer películas, pero que no tuvieron mucha preponderancia. Si bien hoy es un director de culto para grupos más pequeños, en su momento se lo calificó como el peor director de la historia del cine así que es bastante curioso que se haya llevado su vida al cine.
En un momento él está en crisis, porque no era muy buen director de cine, le costaba mucho conseguir sponsors para sus películas, entonces hacía obras de teatro y juntaba plata para poder filmar, intentaba convencer a la gente, se la pasaba luchando por aquello que quería. Cuando está a punto de largarlo todo, muy bajoneado, se le aparece Orson Wells y le dice: “Vale la pena luchar por tus propios sueños, o te vas a pasar toda la vida realizando los de los demás.”
Creo que esa frase que a Ed lo vuelve a motivar, es algo que todos tendríamos que aprender en la vida: pelear por aquello que verdaderamente queremos. Me hizo acordar al deseo de las mujeres, cuando uno ve en las novelas o en las propagandas, “quiero que luches por mí”, “quiero que pelees por mí”. Y es el deseo que todos tenemos; que la otra persona se la juegue por mí en la vida, que la otra persona pelee por aquello que es valioso. Pero a veces peleamos por tonterías en la vida, gastamos un montón de energía y de tiempo, hasta nos ponemos agresivos con un montón de cosas que son triviales y que no valen la pena, y a la primera de cambio dejamos atrás nuestros sueños, nuestros deseos más profundos. “Uh, esto es difícil”, y lo largamos. Sin embargo descubrimos en los profundo de nuestro corazón este deseo. Aquello en lo que tendríamos que poner nuestra energía, canalizar bien nuestra agresividad, lo vamos dejando de lado.
A veces cuando escucho a la gente hablando del mundial me río, porque en vez de pensar “que la selección juegue mejor”, decimos: que corran más, que pongan más ganas, que pongan más garra; en vez de que jueguen al fútbol, que es lo que hacen. Les exigimos eso; pero entonces la pregunta es ¿por qué no nos lo exigimos a nosotros en la vida? Que en el fondo es lo que nos realiza.
A mí me pasa muchas veces que de pronto siento que desaproveché el día, que no hice casi nada, que estaba con fiaca, y cuando llego al final del día tengo como un gusto amargo en el corazón. No solamente porque no hice nada, no por un deber ser, sino porque siento que ese día no me dio nada en mi corazón, no me dejó nada. No es necesario que uno esté trabajando, pero a veces uno llega re cansado de un montón de cosas que hizo, y se siente como realizado, se va a dormir en paz, se va a dormir tranquilo porque siente que pudo hacer un montón de cosas, que pudo darse. Esto uno lo puede hacer hasta de vacaciones, no es que uno lo tiene que hacer en medio del trabajo y acumular cosas; sino sentir que aproveché lo que me iba apareciendo a lo largo del día. Más aún, si damos un paso más, sentir que luché por aquello que quería y que deseaba.
Hoy en la fiesta de los santos Pedro y Pablo; Pablo nos dice en la segunda lectura: “concluí la carrera, peleé el buen combate de la fe”. Y uno lo primero que pensaría es, ¿la fe es un combate, una pelea, una lucha? Es el buen combate dice Pablo, aquello que yo quería y que yo deseaba. Parece que le costó, lo siente así. El problema que tenemos nosotros es que en general pensamos en los santos de estampita, los santos del final de la vida, como si fueran superhéroes. Nos olvidamos de que tuvieron que hacer un recorrido largo durante su vida para llegar ahí, que les costó. Pablo lo dice claro, “peleé el buen combate”; tuvo que pelear durante su vida con un montón de cosas. “Conservé la fe”, uno siente como que llegó con la lengua afuera directamente, como diciendo: “por fin llegué a la meta porque me costó”. Todas las cosas importantes en la vida, en general cuestan. Podría hacer pasar a los padres de familia, a ver que me digan si es fácil llevar una familia adelante. Podrían pasar novios o matrimonios a contar si es fácil llevar un matrimonio, llevar un noviazgo en serio; si no hay que pelearlo, si no hay que lucharlo. Hasta una amistad, una amistad verdadera. No una amistad de que me queda cómodo o bien con el otro, sino una amistad donde hay momentos en la vida donde al otro lo quiero matar, donde me cuesta un montón. Ahí se pone verdaderamente en juego, ahí profundizo mi amistad. Así podríamos ver cada uno de los vínculos.
Ahora, como les decía antes, luchamos por tantas cosas triviales, y a veces nos quejamos cuando tenemos que luchar por cosas que verdaderamente valen la pena. Viene un joven por ejemplo, y me dice: “la estoy luchando con la facultad”. ¡Qué bueno! Qué bueno que la luches con la facultad y no con una pavada, qué bueno que tengas que poner energías en eso. “La estoy luchando por mi familia”; ¿no te gustaría luchar por tener una familia? Pensémoslo en abstracto, salgamos un poquito de lo arduo; porque en general miramos lo arduo, y no lo bueno que tiene eso. Gastemos la vida en las cosas importantes. Como hace poco les dije, la vida no se trata de “pasarla bien” (a ver, a mí también me gusta pasarla bien; no estoy loco); la vida se trata de amar, pelear por las cosas que quiero. Eso es lo que me realiza. Eso es lo que descubrió Pablo. “Peleé el buen combate”, es: pude amar a Jesús hasta el final de mi vida, pude mantener esa fe que quiero y que deseo a pesar de los contratiempos, a pesar de lo difícil. Esa misma invitación nos hace a nosotros. La misma invitación que nos podría hacer Pedro.
En la primera lectura Pedro está preso. Y podríamos imaginarnos qué es lo que está pensando: “¿cómo me metí en esto?”. Está preso, lo acaban de matar a Santiago, así que ya sabe lo que se le viene. Si lo mataron a Santiago, por efecto dominó, te toca a vos. Le están dando un escarmiento. Sin embargo, yo me imagino a Pedro mucho más contento que cuando traicionó a Jesús. Me imagino que el momento donde estuvo triste fue cuando no peleó por esa fe, cuando no peleó por Jesús, cuando no se la jugó. Se siente triste porque no pudo pelear por lo que quería. Sin embargo en esto que es mucho más arduo, mucho más difícil; cuando está en la cárcel, a punto de dar la vida, debe estar realizado. Tendría miedo, pero está feliz. “Hago lo que quiero.” “Ahora sí me la juego por esto.”
Entonces, podríamos decir que nuestra vida se va a determinar por aquello por lo que estamos dispuestos a pelear y a luchar. También se va a determinar cuando bajemos los brazos. Pero cuando tendemos a bajar los brazos tenemos una ventaja, porque Pablo dice, “el Señor estuvo a mi lado”. En los momentos de oscuridad, en los momentos difíciles, en los momentos que sentía que las cosas se acababan, Dios estuvo a mi lado. Eso uno recién lo mide cuando mira para atrás; en el momento es muy difícil darse cuenta. Esta es la invitación que se nos hace en la fe.
¿Queremos una fe que sea por etapas?: un rato cuando soy chico, un rato cuando soy joven y la estiro un poco más, un rato más adulto, y un rato cuando no me queda nada mejor en la vida, y bueno, mejor arreglar las cosas con Dios antes de tener que vernos cara a cara. O ¿quiero que sea todo un camino y un proceso? Pero para eso hay que pelearlo, para eso hay que lucharlo, para eso tengo que decir en el corazón: “yo estoy dispuesto a sacrificarme por esto”. No hay vuelta atrás. Si no, la pregunta es ¿en qué momento lo voy a dejar de hacer? Porque a veces pueden venir momentos difíciles en la vida. Para los que son más jóvenes, se va a acabar el momento, varias veces algunos de ustedes vienen a hablar y me dicen, “no siento tanto a Jesús”, “rezo y no pasa nada, no descubro nada”, “tengo aridez en el corazón”. La pregunta ahí es si quiero permanecer, si lo quiero volver a elegir, y si profundizo. Obvio, cuando sentimos estamos todos ahí. Cuando me cuesta más sentir presente a Jesús, ahí tengo que elegirlo, ahí me la tengo que jugar, ahí tengo que ver si yo quiero permanecer, si quiero que Jesús sea parte de mi vida. Puede ser porque pasa algo que no encuentro sentido, que no lo entiendo, porque alguien está sufriendo, porque yo estoy sufriendo, y me tengo que repreguntar sobre la imagen de Dios. Puede ser por mi propio pecado, que siento que soy limitado. Sin embargo, si tomamos las figuras de hoy, San Pedro y San Pablo no son un modelo en ese sentido; tenían pecados, y bastante grandes, y la Biblia no los esconde. San Pedro negó a Jesús, lo traicionó; digo: yo no lo conozco, no sé quién es. San Pablo mataba cristianos, así que no eran pinturitas en su vida. En la estampita quedan muy bien pero en su momento les costó. Ahora, ¿por qué son lo que son? Porque descubrieron a Jesús.
La pregunta del evangelio de hoy es, “¿Quién dicen ustedes que soy Yo?” Si se la hubieran hecho al final de su vida a Pablo y a Pedro, seguramente habían alcanzado una madurez en la fe, donde entendieron mucho más quién es Jesús. Porque pasaron por todos los momentos de la vida. Una de las cosas que aprendieron es que Jesús era totalmente misericordioso, que estaba siempre dispuesto a perdonar y a dar nuevas posibilidades. Por eso sobre ellos se funda la Iglesia, porque entendieron el corazón de Jesús. Esa es la pregunta para nosotros, quién es Jesús para nosotros. A veces me preguntan ¿cómo rezamos? Podríamos rezar así esta semana. Podríamos detenernos un rato y preguntarnos en el corazón, ¿quién es Jesús para nosotros?, ¿qué significa Jesús para mí?, animarnos en el corazón a responder esta pregunta, animarme en el corazón a ver si voy descubriendo esta faceta de Dios; este amor, esta misericordia, esta entrega, esta generosidad que tiene. ¿Para qué? Para poder llevarla a los demás. Una vez que Pedro y Pablo encuentran su propio límite y debilidad, se encuentran con los demás. Ya no los asusta el límite, la debilidad, el pecado del otro. Saben que Dios llega hasta lo más profundo.
Hoy la pregunta para nosotros es si como Pedro y Pablo, estamos dispuestos a descubrir nuestra vocación cristiana, y a llevarla a los demás. Pero para eso tenemos que pasar por este evangelio, siempre. Respondernos quién es Jesús para nosotros.
Animémonos esta semana a dejar resonar esta pregunta en nuestro corazón, y darle una respuesta a Jesús.

Lecturas:
*Hech 12,1-11
*Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9
*2Tim 4,6-8.17-18

*Mt 16,13-19

miércoles, 2 de julio de 2014

Homilía: “Yo soy el pan vivo” – Corpus Christi


Hay un cuento de José Irrarazabal, un chileno, que voy a abreviar un poco, y dice algo así:

“El frío de la noche calaba los huesos. Tras la bufanda de un soldado podía verse un vapor que era fruto de su aliento, como signo de vida. La guerra había terminado. El ejército invasor había dimitido; y por eso podían verse en las calles niños, a través de los escombros, buscando a sus padres; padres que deambulaban, como fantasmas, buscando a sus hijos. El ejército todavía estaba apagando algún resto de la milicia invasora, y por eso no era raro ver a un soldado vigilando de noche; frotando sus manos, caminando de lado a lado, para entrar en calor. De pronto divisó una luz a lo lejos, algo que le pareció extraño en medio de esas casas destruidas. Caminó para ver qué ocurría y encontró en medio de los escombros de las casas una panadería intacta, fruto de la esperanza que volvía, como signo de que la vida se abre camino aún en medio de la muerte. Tan maravillado quedó por esto, que al principio no se percató de que parado al lado de él había un niño, con una humilde camisa mirando fijo a los panes de la ventana. El soldado vio a un hombre corpulento tirando la masa para arriba, dejándola caer en la harina, amasando esos panes, cuando miró al niño. Le preguntó, “¿quieres comer uno de estos panes?”. El niño que hace varios días no comía, le respondió: “¿es posible esto?”. El soldado entró en la panadería, y el niño vio cómo intercambiaban unas palabras, cómo el soldado le daba unas monedas, y tomaba el pan más grande que había en la vidriera. Salió hasta donde estaba el niño y lo depositó en sus manos. Al niño se le dibujó una sonrisa, se calentaron sus manos, llevó el pan a su cara, inhaló, y sintió cómo el calor entraba hasta sus pulmones. Con inocencia, volvió a mirar al soldado, y le dijo, “Señor, ¿es usted Dios?”.

Creo que este cuento va a lo central de lo que es el pan de vida de Jesús para nosotros. Es alimentarnos para que también nosotros seamos ese pan de vida para los demás. Es casi como un cliché escuchar que tenemos que transmitir a Jesús, que tenemos que ser Jesús, que tenemos que descubrir a Jesús en los otros. Sin embargo, no creo que haya sido un cliché en la boca de Jesús; sino una esperanza, que en medio de los dolores, en medio del sufrimiento, en medio de las incomprensiones, Jesús siempre deposita y vuelve a tener en cada uno de nosotros; que como ese soldado, seamos un signo de Dios para los demás. Ahora, la pregunta es, ¿nos animamos a ser esto? Para eso tenemos que descubrir a Jesús en nuestro corazón. Tal vez una pista de esto lo dan las lecturas. En la primera lectura, Moisés está a las puertas de la tierra prometida, después de haber liberado al pueblo de Egipto; y, como ustedes saben, Moisés no va a entrar en la tierra prometida, para que quede claro que el que los sacó es Dios. En su testamento, le pide al pueblo que siempre tenga memoria: recuerden lo que Dios hizo por ustedes. Cuando estén en esa tierra que mana leche y miel, hagan memoria. Cuando vengan momentos difíciles, descubran que siempre Dios les devolvió la esperanza. Eso es lo primero que podríamos mirar en nuestro corazón. Nosotros tenemos memoria del paso de Dios por nuestra vida. Y podríamos pensar en los dos extremos; a veces estamos muy cómodos, estamos muy bien, y nos olvidamos de descubrir que ahí también Dios se hace presente; a veces cuando las cosas se vuelven difíciles y aparece claramente la pregunta: ¿dónde está Dios?
En la segunda lectura, San Pablo le dice a su comunidad de Corinto, si no se da cuenta de que ellos beben de un mismo cáliz, que reciben una misma carne, un mismo cuerpo que los llama a caminar unidos. ¿Sacan consecuencias de aquello que reciben? Esa es la pregunta de Pablo para su comunidad. Y en evangelio, le pide a todos aquellos que lo están escuchando, que se alimenten de Él. “Si se alimentan de Mí tendrán vida”. “¿Ustedes quieren alimentarse de Mí?” Podríamos empezar por acá tal vez. Porque la pregunta podría ser si nosotros queremos alimentarnos de Jesús. Obviamente que es mucho más fácil para nosotros que para los judíos, los judíos no entienden nada de lo que está pasando.  Nosotros tampoco entenderíamos nada tampoco, tenemos que caminar un poco más en el evangelio. Dos mil años después, “somos todos Gardel”. Imagínense que después se hace presente delante de ellos y les dice: “cómanme”. Si yo les dijera algo así, me puedo imaginar lo que pensarían de mí. Necesitan la Última Cena, necesitan la Pascua, para ir comprendiendo esto. Para de a poco ir valorando ese regalo de la Eucaristía, del Pan de Vida.
Ahora, sin embargo nosotros tenemos una ventaja, que es ya nos han enseñado desde chiquitos. Supongo que todos recuerdan su primera comunión, ese gran regalo que Dios nos ha hecho de recibir la comunión. Es decir, el saber que tenemos que comer a Jesús, ya no es una pregunta para nosotros. Eso lo entendemos. Pero podríamos dar un paso más. La pregunta para nosotros no sería si lo comemos o no; la pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿lo valoramos? Cada uno de nosotros podría preguntarse, ¿es importante para mí recibir a Jesús en la Eucaristía? Es lindísimo recibirlo. Ahora, la pregunta es, ¿me es algo rutinario?, ¿me es algo más en la semana?, ¿me es intrascendente?
Esto que voy a decir pensé mucho si decirlo o no, porque no quiero que suene a reto. Imagínense cuánta gente había acá a la noche el domingo pasado, ¿no? Jugaba Argentina. Yo hubiera hecho lo mismo, nada más que tengo el problema de que tengo que celebrar misa. Ahora, la pregunta es, el fin de semana pasado, ¿les fue importante ir a misa?, ¿buscaron otra misa? ¿O fue, “bueno, un domingo más, un domingo menos que reciba a Jesús, no cambia la ecuación.”? Por lo menos para ver dónde paramos, si nos es tan importante o no. Si quieren para poner otro ejemplo: en el verano, cuando nos vamos de vacaciones, ¿son vacaciones de Jesús también? Me voy de vacaciones y cuando vuelvo retomo la Eucaristía. Para ver qué valor ocupa Jesús en mi vida. ¿Descubro el valor que tiene este alimento? ¿Me es central? ¿Me es importante en la semana? Porque a veces nos pasa como desapercibido. Nos hemos acostumbrado tanto a esto, y que lindo poder tener la gracia de tener a Jesús semanalmente, o un poco más los que van un poco más a misa, que a veces nos pasa desapercibido. ¿Me es importante? ¿Vibro con esto? ¿Me llena el corazón? ¿De qué manera me dejo alimentar por Jesús?
Creo que en esta fiesta de Corpus Christi, lo importante es aprender a descubrir en primer lugar eso. Porque en realidad, si uno piensa, lo más loco de Jesús es la Eucaristía. Nosotros podríamos reunirnos acá a rezar un rato, a adorar la cruz, y a Jesús que murió en la cruz; pero Él se dio cuenta de que no bastaba con eso, que a veces nos faltan fuerzas, que a veces no podemos, que a veces no llegamos. Se dio cuenta de que no tenía que hacer algo desde afuera nomás, de que la transformación la tenía que hacer desde adentro. Por eso se queda en el Pan y se queda en el Vino, con su Cuerpo y con su Sangre, porque quiere que ese alimento nos transforme. A ver, la analogía es muy clara: comemos para tener vida, lo necesitamos para vivir. Nos alimentamos de Jesús porque lo necesitamos en nuestro espíritu, en nuestra vida. ¿Me doy cuenta de que Él va alimentando mi espíritu? ¿Me doy cuenta de que Él me llama a algo más? ¿Me doy cuenta de que Él me invita a algo más? Creo que frente a esta fiesta, la primera pregunta que me puedo hacer hoy es, sin juzgarme, ¿en qué lugar del camino estoy? ¿Cuán importante me es Jesús? ¿Qué lugar ocupa? Alguno de los chicos me decía: “un ratito en Facebook, algunos grupitos de Whatsapp, un retiro al año, alguna que otra cosa más”, u ¿ocupa un lugar importante?, o ¿me es imprescindible recibirlo? Espero ese momento para por lo menos mirar hacia dónde está mi horizonte, hacia dónde tengo que caminar, cuál es el próximo paso que yo puedo dar. Ahora, esa Eucaristía se hace alimento para ir transformando nuestras vidas. Creo que está en relación con esto, ¿cuánto incorporo yo a Jesús en mi vida? Con mis gestos, con mis palabras, ¿cuán trascendental me es? Porque a veces pareciese en nuestra vida que Jesús es como algo más. Tengo mi trabajo, mi estudio, mi familia, mis amigos… y también tengo a Jesús, que le dedico algo de tiempo, más o menos, según cómo lo estoy sintiendo, cómo está mi espíritu… Ahora, la pregunta es, ¿me dejo transformar por Jesús? Porque Jesús nos llama a ser cristianos con toda nuestra vida. ¿De qué manera Jesús impregna mi vida? ¿Esto se nota? ¿Esto se ve?
A veces yo escucho que nos quejamos mucho de los demás, que el mundo esto, que el mundo lo otro, y ¿nosotros?, ¿qué hacemos como cristianos? ¿Somos iguales al resto? Y no estoy hablando de ser mejor o peor, porque eso sería ser fariseo y no es lo de Jesús. La pregunta es, ¿yo puedo transmitir a Jesús con mi vida? Acá hay un montón de jóvenes, ¿la vida de ustedes es igual a la de los demás?, ¿o hay alguna diferencia cuando están con ellos? No hablemos de lo más difícil, cuando van a un boliche, o cosas así. Sino en otras cosas cotidianas, cuando hacen un deporte, en una reunión, ¿se nota que yo vivo a Jesús? Con mis gestos, con mis palabras. Los más adultos, en sus trabajos, ¿son iguales que los demás?, ¿se comportan igual? ¿Nos comportamos igual?, ¿hacemos lo mismo? O ¿se nota que yo soy cristiano y que quiero vivir otra cosa? Que quiero vivir en la generosidad, en la caridad, en el escuchar, en el perdonar, en todo lo que Jesús dice y que a veces nos pasa casi como desapercibido. Creo que es claro. “Amen al prójimo como a ustedes mismos”. ¿Amamos verdaderamente? Y no empecemos por el evangelio que hubo esta semana no, “amen a los enemigos”, porque estamos hundidos con ese tema. Pero ¿amamos verdaderamente? O ¿es todo lo mismo? Jesús nos ha dicho, “ustedes son luz del mundo”, yo los quiero iluminar, ¿de qué manera iluminamos? ¿Alguien podrá decir de nosotros, como dijo este niño en el cuento, “Señor, ¿es usted Dios?”? ¿Hemos sido signo para los demás? ¿Queremos serlo? ¿Nos animamos a dar ese paso con nuestra vida? ¿O pasamos desapercibidos frente al mundo?
Para eso nos da la Eucaristía Jesús; para que ese alimento haga de nosotros nuevos cristianos. Cristianos que se animan a veces hasta a ser contraculturales. Porque para Jesús las cosas no son relativas, es muy claro que está bien y qué está mal, y es muy importante que nosotros lo tengamos en claro. Ayer escuchaba con mucha alegría que el Papa decía: los mafiosos, los corruptos, están todos excomulgados. No es lo mismo. No puedo vivir a Jesús si vivo eso. Hay una incoherencia en mi corazón. Eso no es lo que quiere Jesús. Podemos entonces trasladarlo a nuestra vida, ¿cuál es mi incoherencia?, ¿qué es lo que no he encarnado en mi corazón?, y ¿qué le tengo que pedir a Jesús? Tengo que descubrir a un Jesús que hoy me vuelve a decir: ¿te cuesta esto?, bueno, ponete en camino, vení, alimentate, pedí que te transforme. Pero para eso tengo que verlo, si no lo veo nunca puedo dar el paso. Para eso tengo que descubrirlo.
Para terminar, Pablo le dice esto a su comunidad: ¿acaso ustedes no beben la Sangre de Jesús?, ¿no comen un mismo Pan? Porque se están peleando entre ellos. Jesús los une, hay algo enorme que los une, la Eucaristía, y se pelean por pavadas. ¿Dónde viven la comunión de la Eucaristía, si como comunidad no lo pueden vivir? Podríamos plantearnos qué nos preguntaría a nosotros Pablo hoy. ¿Acaso ustedes no viven la Sangre de Cristo, no comen su Cuerpo y viven esto? Pónganlo en manos de Jesús, pídanle que lo cambie y que lo transforme.
Pidámosle a este Jesús, aquel que hace nuevas todas las cosas, aquél que transforma nuestras vidas, que este alimento nos transforme, nos cambie, nos haga signo para los demás, nos haga luz del mundo para que Jesús pueda brillar a los ojos de todos.

Lecturas:
*Deut 8,2-3.14b-16ª
*Sal 147,12-13.14-15.19-20
*1Cor 10,16-17

*Jn 6,51-58

lunes, 16 de junio de 2014

Homilía: “Tanto amó Dios al mundo que envió a Jesús para salvarnos” – La Santísima Trinidad

Hay una historia que nos cuenta la vida de Guno, un hombre que nació ciego de nacimiento en la ciudad de Feis, en el país de Marruecos. Por su discapacidad, aprendió de pequeño a conocer la ciudad, a recorrer sus calles, a aprender donde estaban los pozos, los distintos ruidos, a tener una sensibilidad distinta para poder manejarse. Cuando era un hombre ya entrado en años, conocía con sumo detalle toda la ciudad. Era una persona buena, de mucha sabiduría, así que la gente de la ciudad lo quería mucho, lo amaba, se acercaba a él; pero le resultaba extraño que siempre andaba dando vueltas con un farol, cuando iba de noche por la ciudad. Y la gente se preguntaba, ¿para qué quiere un farol esta persona? Una noche, de luna cerrada, donde nada se veía, aparece Guno caminando por esas callecitas que tan bien conocía, dando vuelta. Se le acerca un hombre y le pregunta, por curiosidad, qué hacía con ese farol. ¿Por qué lo tenés si vos no lo necesitas? Y Guno le responde: “No, justamente. Yo no lo necesito. Yo conozco de memoria cada una de estas calles. Pero lo llevo conmigo para que aquellos que lo vean puedan encontrar el camino.”
Creo que esta historia que nos habla de un hombre que hace algo en favor de otros y no por necesidad propia, nos sintetiza lo que es la vida de Jesús. Él no necesita venir por Dios al mundo, no necesita venir para Él al mundo. Viene por nosotros. Viene para traernos esa luz que nos guía hacia el Padre. Para que en esos momentos en que caminamos a oscuras, aquellos momentos en que no encontramos los caminos, en que sentimos una avidez profunda en el corazón, en que sentimos que hemos perdido la fe; algo nos ilumine, algo nos vuelva a mostrar el camino. Pero no desde lejos, como si fuera un faro, sino desde al lado nuestro. Aquél que camina con nosotros; aquél que nos toma de la mano y nos dice cómo ir hacia Dios; aquél que nos vuelve a recordar cuál es la meta de nuestra vida, hacia dónde tenemos que ir. En ese mostrarnos el camino, también nos empieza a dar luz, para descubrir quién es Dios.
Hoy estamos celebrando el misterio de la Santísima Trinidad. Misterio que sólo conocemos y al que sólo hemos accedido gracias al testimonio de Jesús. Sin Jesús, nosotros no conoceríamos este Dios que es familia, este Dios que es trino, este Dios que nos acompaña, que nos quiere transmitir su amor. Y como los hombres, las mujeres, buscamos a Dios de distintas maneras; como a lo largo de la vida nos vamos haciendo distintas imágenes de Dios, no sólo a lo largo de la historia, sino nosotros mismos que vamos teniendo distintas comprensiones de este Dios; Jesús viene a mostrarnos realmente cómo es. Jesús viene a mostrarnos ese amor, esa bondad, ese cariño que nos tiene el Padre. Y para que cuando nos alejemos del camino, para que cuando no terminemos de entender bien quién es Dios, lo volvamos a mirar a Él.
En la primera lectura ya el pueblo sabe que Dios es compasivo. “Dios es bondadoso”, le dice Moisés. Sin embargo, ¿cuántas veces se van alejando de ese Dios? ¿Cuántas veces piensan que hay un Dios que los juzga, que los quiere castigar? Tiene que volver a recordarles, por medio de los profetas, que este Dios los sigue amando, que los quiere como un padre, como una madre. Se les acerca, los acompaña, pero no lo terminan de comprender. Por eso nos envía a Jesús, para que de primera mano podamos descubrir esto. Para que podamos abrir el corazón, y descubramos que hay un Dios que nos ama de una manera nueva.
Esto mismo nos dice Juan en el evangelio. Tanto amó Dios al mundo que envió a Jesús para salvarnos. Lo que mueve al Padre a enviar a Jesús es el amor. Lo que quiere que descubramos es justamente ese cariño y ese amor que nos tiene; y que a partir de ese cariño, nosotros nos podamos vincular, nosotros podamos crecer. Si miramos nuestra vida, lo que mueve nuestro corazón es cuando nos sentimos amados, lo que nos invita a algo más es cuando nos sentimos amados; nos sentimos casi como con más fuerza, con más fortaleza. A veces, cuando tendemos a decir “no, no tengo ganas”, y viene alguien que queremos mucho y nos pide algo, casi que saltamos de la silla. Entonces uno se pregunta, ¿qué pasó? Lo que pasó es que cuando nos sentimos amados, eso mueve nuestro corazón, eso nos da mucha más fuerza, eso nos impulsa a algo más. Esto es lo que nos quiere mostrar Jesús. Para sacar lo mejor de nosotros nos dice: Miren cuánto nos ama el Padre, lo que está dispuesto a hacer Dios. Descubran ese cariño y ese amor. Que ese amor los mueva, que ese amor les de fuerza cuando vienen los momentos difíciles, que ese amor siempre los acompañe. Esto es lo central que tenemos que descubrir de Él. A lo largo de la vida, pasaremos por distintos momentos en este vínculo que es la fe; como pasamos por distintos momentos en los diferentes vínculos. En un matrimonio, en una amistad, en una hermandad, en un ser padre e hijo, en una filiación, en una paternidad, en una maternidad; no siempre los momentos son iguales. Y con Jesús pasa lo mismo. Pero lo central es que lo podamos elegir. Lo que mantiene un vínculo es la elección, y la elección en el amor. El sentirnos amados y el poder amar. El elegir, el decir: “Esto lo quiero para toda la vida”.
Jesús nos muestra que Dios nos elige para siempre; que Dios día a día nos vuelve a elegir, y que nada podrá separarnos del amor de Él. Nos muestra que aun cuando de pronto sentimos que nos hemos alejado, seguramente es cuando más ese Jesús con esa luz viene y se para a nuestro lado y nos dice: “Vamos, vamos, animate.” Que cuando nosotros estamos mejor nos dice: bueno, los puedo dejar caminar solos. Como hace uno con un hijo, con un amigo. Lo deja solo, y cuando está más o menos se le acerca, lo guía. Esto es lo que hace Jesús con nosotros. Nos invita a tener los ojos fijos en Él; esos ojos que lo saben descubrir y que se dejan guiar por Él.
Hoy celebramos, como les decía antes, la Santísima Trinidad. Podríamos explicar un montón de cosas, dar tratados. Está bien, al que le interesa mucho, si quiere saberlo racionalmente lo puede hacer. Pero lo importante es si lo vivimos, lo central es que Dios toque nuestro corazón, que podamos sentir cuánto nos quiere y que lo podamos querer. En eso se resume todo; en que descubramos, como dice Juan, cuánto nos ama.
Abramos entonces el corazón al amor de Dios; dejémonos amar, inundar por ese amor de Él, y amémoslo también con toda nuestra vida.

Lecturas:
*Ex 34,4b-6.8-9
*Dn 3,52-56
*2Cor 13,11-13

*Jn 3,16-18

viernes, 13 de junio de 2014

Homilía: “¿Con qué gestos estamos dispuestos a encarnar el evangelio? – Ascensión del Señor


Hace unos días, para continuar con uno de mis hobbies, empecé a ver una serie nueva que se llama “Los cien” (“The Hundred”). Es una serie apocalíptica cuya historia cuenta que hay que deshabitar la Tierra porque hay una guerra nuclear, etc., etc. Estando en una plataforma espacial, quieren ver si se puede volver a la Tierra. Para eso mandan cien jóvenes, que de alguna manera se lo merecen porque son medio delincuentes, para ver si está habitable, si puede haber un nuevo comienzo.
Es lo típico de todo comienzo apocalíptico; unos pocos vuelven a recomenzar, vuelven a cambiar las cosas. Y después, cuando sigue la serie, aparecen los buenos y los malos. Todo vuelve a suceder. Pareciera como el arca de Noé; como esa tentación de Dios de que queden solamente unos pocos para que todo cambie, y no cambia nada; duran un minuto desde que bajan del arca más o menos. Empieza de nuevo a crecer el mal, el bien.
Esto que sucede en esta serie, en las películas, o en el relato del Arca de Noé, sucede también en nuestras vidas. La tentación siempre es ¿cómo podemos comenzar de nuevo? Pareciera que queremos hacer como en el colegio, cuando estábamos enojados y rompíamos toda la hoja y arrancábamos de nuevo. A veces tenemos la sensación de que lo más fácil es hacer eso: agarrarla, hacerla un bollito, y tirarla al tacho. Nos cuesta mucho descubrir cómo desde el lugar en el que estamos se pueden transformar las cosas. Esta tentación nos pasa en todo. Cuando nos está costando nuestra vida familiar, como no podemos tirarla al tacho, vemos cómo escaparnos un poco. Es más fácil recomenzar que lo que estoy viviendo ahora. Pero también puede pasar en algo que no sea tan central, como en el trabajo. Puede ser que me empiece a costar mi trabajo, que no me banque tanto a mis compañeros, a mi jefe, ni a mí mismo a veces adentro del trabajo, entonces la solución es cambiar de trabajo. Hasta que voy a otro trabajo, estoy chocho tres meses, y al cuarto mes ya sé lo que pasa: “Cholo, no me banco más este trabajo.” Lo mismo podría pasar en el colegio. Pienso, “tengo que terminar, para que cuando salga del colegio, ahí empiezo mi vida.” O lo mismo con la facultad, cuando se empieza a hacer más arduo, más difícil, agarro la facultad, la tiro al tacho. Y entonces es más fácil cambiarme de facultad, porque más allá de que tenga algunas razones, es más fácil si comienzo de nuevo, o si cambio de carrera. Parece que siempre el paradigma es que lo nuevo va a ser mejor. Como en la era del consumismo: cambiemos el celular; y de la misma forma cambiemos la carrera, cambiemos de vínculo y de lo que fuese.
¿Por qué voy a esto? Porque siempre lo más difícil es transformar las cosas. ¿Por qué? Porque lleva todo un camino, lleva un proceso, lleva paciencia. Creo que estamos en un mundo donde la paciencia es lo que más nos falta; vivimos en la época del fast food pero en la vida, (fast life si quieren). Cuesta descubrir cómo tener paciencia en los procesos de transformación, cuesta ver que las cosas llevan su tiempo, su trabajo. Cuesta ver que los procesos tienen momentos más difíciles y momentos más fáciles, momentos más tranquilos. Por eso tal vez tendríamos que pedirle a Jesús, en esta fiesta de la Ascensión, que nos dé esa capacidad.
Hoy estamos celebrando una fiesta que de alguna manera divide la historia. Hay un antes y un después. Hay un antes y un después en el modo de la presencia de Jesús en medio nuestro. Tal es así que en el Libro de los Hechos también se marca esta diferencia. Lucas se dirige a Teófilo y le dice: en mi primer libro (el evangelio según San Lucas), te conté todo esto; ahora te voy a contar la segunda parte. Comienza la “segunda temporada”, podríamos decir. Lucas nos habla de ese gozne que se da en ese momento, ese cambio. Y ¿qué es lo que va a cambiar? La presencia de Jesús. Jesús estuvo con ellos de una forma hasta hace un tiempo, caminó con ellos, vivió con ellos. Estaban felices, hasta que Jesús muere y se acaban sus esperanzas. Pero Jesús resucita y se les aparece a sus discípulos, lo que hemos escuchado durante este tiempo. Y no es la misma presencia de Jesús, porque antes lo tenían con ellos, y ahora a veces está y a veces no. No lo reconocen. Y cuando más o menos ya están diciendo: bueno, con este modo de presencia zafo, con esto tiro, Jesús les dice: ya me voy. Comienza algo nuevo; comienza algo distinto.
La ascensión a los cielos va a marcar un nuevo comienzo de la comunidad. Ahora es el tiempo de ustedes, ahora es el tiempo en el que ustedes tienen que ser testigos, les dice Jesús. Y cuando la pregunta de los discípulos sería ¿cómo lo hacemos?, Jesús les dice: “Yo les voy a enviar al Espíritu. ¿Por qué les voy a enviar al Espíritu? Porque sé que la tarea es ardua, que lo que se viene es complicado; que ese cambio, que es el tener que transformar la vida y las estructuras, es muy difícil. Es por eso que envía al Espíritu para que les muestre el camino, para que les enseñe, para que de alguna manera los vaya guiando en esa misión que ellos tienen.
Es paradójico que en este texto hay dos partidas: Jesús parte al cielo y los discípulos tienen que partir al mundo; “vayan”, les dice. Ahora salgan de acá, salgan de sus comunidades, salgan de sus estructuras, salgan de su modo de vivir la fe, salgan del modo de descubrirme presente y descúbranme de un modo nuevo. El mundo exterior no cambió, los que se transformaron son ellos, y su misión es ir transformado lo que les toca. Esto mismo se nos pide a nosotros. ¿De qué manera podemos salir?
Si hay algo que hemos escuchado muchas veces durante este último tiempo es que tenemos que cambiar, que tenemos que salir, que tenemos que vivir nuestra fe de una manera nueva y distinta. Pero se nos hace difícil porque las tentaciones son en primer lugar la comodidad, “bueno, quedémonos, más o menos zafamos, somos bastantes en misa”, “bueno con esto más o menos estamos bien”, “con esta forma de transmitir y vivir la fe estamos bien”, “con esta forma de hacer las cosas estamos bien”. El número 33 de la última exhortación que escribió el Papa, Evangeli Gaudium, dice que tenemos que “abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así»”, como si siempre se tuvieran que hacer igual. Porque no hay nada más lejano de la encarnación. La encarnación es cómo se vive hoy la fe, cómo Jesús se encarna hoy. Si yo me quedo en ese paradigma de que todo siempre se hizo así, es lo más cómodo, lo más fácil. Lo más difícil es cómo encarno la fe hoy, cómo la transmito.
Si quieren un paralelismo, tal vez para los muchos papás que están hoy acá, podría ser ¿cómo educo? Uno dice, “esto no me lo enseñaron”, “no me dijeron que mis hijos iban a ser de esta manera, que iban a traerme estos problemas, estas dificultades, estas alegrías, estos gozos”, “¿qué es lo que les tengo que decir?”. Si quieren ustedes jóvenes pueden decir lo mismo de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos, de sus novios, de sus novias. Pero eso no se enseña, eso se aprende en la praxis, en el vivirlo, en el compartirlo, y en el ver cómo en cada momento yo puedo descubrir nuevas formas que me ayuden a vivir el evangelio y a vivir ese vínculo. Lo que no cambia es el fondo, el sustrato, lo que hay debajo, que es el evangelio de Jesús y que se basa en ese amor y en esa caridad que se nos invita a tener. Todo lo demás es desechable, es descartable, es una estructura que se pone encima para ver cómo puedo transmitir a Jesús. No hay nada más ingenuo, más tonto, que creer que eso es lo central, y por eso ponerme rígido. Por eso cuando vienen gestos distintos, eso llama la atención.
Si hay algo que ha llamado la atención del mundo de Francisco son sus gestos. Eso es lo que se nos pide a nosotros, ¿qué gestos del evangelio estamos dispuestos a poner? ¿De qué manera estamos dispuestos a encarnarlo? Hemos creído, y tal vez respondido un tiempo, que la evangelización tenía que ser con valores y con antivalores. “Estos son los valores que hay que transmitir, estos son los antivalores”; casi como el bien contra el mal, más o menos como en las películas. Sin embargo, hemos descubierto que llegamos a un punto en el que todo hace crack, que se parte. Sobre todo porque como no hemos sabido cómo hablar de los valores, cómo transmitirlos, siempre transmitimos el “no”. No decimos: “sé veraz”, “sé transparente”, decimos “no mientas”; y así con cada uno de los ejemplos. Nos cuesta mucho mostrar el atractivo de los valores. Bueno, creo que hoy la cultura nos pide algo más profundo; Francisco, en esa exhortación nos pide algo más profundo que valores o antivalores, que es la cultura del encuentro. ¿Cómo salgo al encuentro del otro? Cómo en algo distinto y diferente, hoy me animo a ser testigo del evangelio. Eso no tiene recetas.
Ustedes saben que esta semana nos fuimos los sacerdotes a reflexionar con el obispo sobre la evangelización. Y lo más curioso es que después de estar tres días no tenemos ni idea de lo que vamos a hacer. ¿Por qué? Porque antes los sacerdotes hacían la “Planificación Pastoral”, es decir: esto hay que hacerlo así… a), b), c), d), este es el manual, esta es la forma. Pero frente a la cultura de hoy que no es tan homogénea sino totalmente heterogénea, híbrida, es mucho más difícil. Porque tengo que encontrarme con el otro, tengo que abajarme. Por eso la encarnación; Jesús se hizo como nosotros, se hizo hombre, y eso es lo que no terminamos de entender. Vengo del retiro de Post-confirmación, y les mostramos que Jesús era hombre, que comía, que iba al baño, que hacía lo mismo que nosotros, y fue un problema más o menos. ¿Por qué? Porque no lo tenemos a eso metido en la cabeza, tenemos la parte sobrenatural, la del cielo. Pero entender que Jesús fue un hombre como nosotros, que caminó, que vivió en una familia, que aprendió, que lloró, que se alegró, casi que no entra en nuestro manual. Por eso tenía que encontrarse con los demás; Jesús se abajaba y se encontraba, charlaba con cualquiera. Por eso eran escandalosos sus gestos, eran controversiales los gestos de Jesús. Así como lo mataron a Francisco después de que besó el muro en Belén, de alguna manera pasaba lo mismo con Jesús, lo criticaban. “¿Cómo va a poner este gesto?”
Creo que lo que más pudimos charlar entre los sacerdotes es que es una cultura que requiere que nos preguntemos ¿qué gestos voy a poner yo del evangelio?, ¿de qué manera lo voy a vivir?, ¿de qué manera quiero encarnar eso de Jesús?, y ¿de qué manera estoy dispuesto a dejar partir una manera anterior de cómo transmitíamos la fe y que se viva una manera nueva
Creo que en esto de que no sabemos está el camino; tal vez las cosas nos salen un poco mejor porque dejamos de querer controlarlas nosotros. Le podemos pedir al Espíritu, que va a venir en Pentecostés, el fin de semana que viene, que nos ayude a eso. “Mostranos vos el camino ahora.” No tanto esto que creo yo que se puede plasmar, casi como si fuera una maqueta que cae armada del cielo, sino un Espíritu que me guía por nuevos senderos y formas, de cómo transmitir la fe. En la familia, en los amigos, en los colegios, en los trabajos; en cada lugar. Y creo que el primer lugar en el que tengo que descubrir esto es en mi persona. ¿De qué manera quiero ser testimonio del evangelio? Y tomarme esto en serio. Porque a veces pareciera como que fuera un lifting nomás, algo de afuera; entonces, ¿cómo me lo quiero tomar en serio yo?, ¿de qué manera quiero encarnar esos valores, llevarlos a algo más profundo? Pero encarnar en mi la vida de Jesús es descubrir que vivo para él, que lo puedo transmitir, que lo puedo llevar al otro. Salir al encuentro, escucharlo, entenderlo, abajarme verdaderamente, amarlo, quererlo. A partir de esos gestos de amor concretos poder llevar a ese Reino que nos invita Jesús, a ese Reino que quiere que esté en medio nuestro. “Vayan”, les dice. Creo que tenemos una semana importante para rezar, una semana importante para Jesús que nos dice que va a estar en medio nuestro, por medio del Espíritu, en la medida que nos animemos. Tenemos una semana para pensar en la oración, de qué manera queremos ir nosotros, de qué manera queremos partir al encuentro del otro.
Pongámonos entonces en esta semana en oración, pidamos al Espíritu que recibimos en nuestra confirmación, o que están preparándose para recibir en las próximas confirmaciones, que viene a nosotros, que sopló para hacernos testigos; que nos ayude a descubrir los caminos, a mirar de qué manera podemos ir al encuentro de los demás, a transmitir a Jesús.

Lecturas:
*Hech 1,1-11
*Sal 46,2-3.6-7.8-9
*Ef 1,17-23

*Mt 28,16-20

lunes, 26 de mayo de 2014

Homilía: “No te inquietes” – V domingo de Pascua

Hoy vamos a cambiar un poco, para que no se aburran tanto. Para comenzar la homilía, los voy a invitar a que cierren un momento los ojos, y piensen cuál es la preocupación, la inquietud, la duda, aquello que hoy más le cuesta en el corazón. Les doy un momento, y anímense a pensar.
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Manteniendo los ojos cerrados, imagínense ahora que Jesús se les hace presente, va a ustedes, y les dice: “No se inquieten, no se preocupen, mantengan la calma, estén tranquilos, crean en Mí”. Y anímense a vivir esa paz que este Jesús, que este Dios, trae al corazón.
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Ya pueden abrir los ojos.

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Esto es lo que hace Jesús con sus discípulos en el evangelio que acabamos de escuchar. Los discípulos tienen miedo, están preocupados, no saben lo que está por pasar, tienen un montón de dudas. Las cosas cambiaron, no son como antes; y Jesús les dice: “No se inquieten, no se preocupen.” En palabras nuestras sería: “tranqui, quedate tranquilo”.
Podríamos pensar cuáles son las personas que a nosotros nos hacen sentir tranquilos, nos sacan de nuestras angustias, de nuestras preocupaciones. ¿Vieron cómo los chiquitos, cuando están preocupados, angustiados, van corriendo hasta mamá o papá y le piden “¡upa!¡upa!” y se suben? Ahí se empiezan a tranquilizar, porque se sienten seguros y se quedan tranquilos. Bueno, esa tranquilidad de niños nos invita a tener Jesús en Él. Pero para eso tengo que creer en Él, tengo que confiar en Él. “Crean en Mí”, les dice Jesús. Sin embargo, esto es difícil. A todos en las preocupaciones, en las dudas, nos cuesta confiar y creer. Tal es así que después de que les dice eso, Tomás empieza a decirle: “bueno, pero no sé ni adónde vas, ni cuál es el camino”; Felipe, “mostranos al Padre”; empiezan a aparecer todas las preocupaciones. Pero Jesús les sigue diciendo: tranquilos, pongan el corazón en Mí.
Creo que este evangelio es tal vez una muestra de lo que pasa con nuestra cultura, hoy vivimos siempre preocupados. Siempre estamos en medio de problemas, siempre hay dificultades. No sé si es más fácil o más difícil que en otras épocas, pero siempre estamos como intranquilos en el corazón; nos cuesta mucho descansar. Pero hay un Jesús que también nos quiere volver a decir a nosotros que descansemos en Él, que reposemos en Él. ¿Cómo? Creyendo, confiando, poniendo nuestro corazón en sus manos.
Vivimos épocas convulsionadas por un montón de cambios, por inseguridades sociales, económicas y políticas; pero sobre todo por inseguridades personales, porque somos inseguros de nosotros mismos. Entonces, como somos inseguros queremos tener todo controlado y nos cuesta confiar. Y entonces, todo parece enorme. Cualquier problemita, cualquier cosa que pase, es una carga y una angustia muy grande. Y Jesús vuelve a abrirnos los ojos, y a pedirnos que reposemos en Él. Vuelve a decirnos: tranquilos, no se inquieten. Y nos lo dice hasta el cansancio, porque quiere que descubramos que en Él se puede vivir algo distinto.
Ahora, para eso tengo que animarme a pararme en Él, tengo que pedirle: aumentá mi fe, ayudame a creer y a confiar. Esto que para nosotros es tan complejo y tan difícil, soltar las cosas y confiar en Jesús. Y a veces nos preguntamos, cómo lo va a hacer Jesús, de qué manera, de qué forma, no veo la salida, no encuentro la manera. Esto es lo mismo que le pasa a Tomás: “Señor, no sabemos ni adónde vas. Vos me decís que te vas a una casa que tiene habitaciones, bueno, ¿dónde queda esa casa? No sabemos el camino.” No es como ahora cuando nos vamos de vacaciones, que está todo explicado cómo llegar, o que el GPS ahora nos dice: “gire a la derecha, recalculando, gire a la izquierda…” Nosotros quisiéramos que la fe fuera así, porque pareciera más fácil. Pero en la fe no está todo calculado y controlado; la fe es descansar en Jesús, es confiar en Él. Por eso cuando Tomás quiere un mapa que le indique a dónde tiene que llegar, y por dónde tiene que caminar, y qué paso tiene que hacer, y que todo sea mucho más seguro y más fácil; Jesús le dice: Yo soy el camino. “Yo soy el camino, Yo soy la verdad, Yo soy la vida. Cree en Mí”. Esa es la invitación para nosotros.
Podríamos pensar si a nosotros nos cuesta encontrar el camino como a Tomás. Y Jesús lo encuentra por nosotros, Jesús nos dice: Yo soy el camino para vos, quedate tranquilo cuando no veas la salida, cuando no lo encuentres, cuando no lo veas claro, yo te voy a guiar, yo te voy a llevar, yo voy a caminar con vos. Como esa oración tan linda que seguramente todos conocen de las huellas en la arena, que una persona mira y ve esos dos pares de huellas porque Jesús lo acompaña, y ve que en los momentos difíciles hay sólo un par de huellas, y le reprocha a Jesús. Y Él le contesta: No, en esos momentos no me fui, te alcé, te llevé. Y Jesús nos dice eso. Si te animás a poner las manos en Mí, te voy a guiar. Y a veces nuestra fe va a flaquear un poco, y a veces sentimos que vamos para delante, a veces sentimos que vamos para atrás, a veces que hay algo que no sirve de nada, y ¿qué nos dice Jesús? Cuando no veas las cosas claras, confiá, creé. Nos vuelve a repetir las cosas.
Y uno pensará, ¿será como Cholo que está un poco con el disco rayado, que repite varias veces lo mismo? No, es que lo esencial siempre se repite varias veces, siempre se vuelve a eso. Y Jesús seguramente los cansó a los discípulos diciendo: miren, son pocas cosas, pero son básicas. El problema no es decirlas, en eso somos todos doctores; el problema es vivirlas. Me acuerdo que una vez Pablo VI dijo que “las palabras iluminan pero los ejemplos arrastran”. Y pienso en esta frase para este evangelio porque lo raro es que el evangelio tendría que ser al revés. ¿Por qué tendría que ser al revés? Porque el que está en problemas es Jesús. Jesús está en la Última Cena, está por dar la vida, tendrían que estar los discípulos diciéndole: “bueno, tranquilo Jesús, tenés que subir la a la cruz.” No sé, tratando de tranquilizarlo por todo lo que se le viene. Y en vez de eso, está Jesús con una calma que asombra, tranquilizando a sus discípulos, aún en este momento.
¿Por qué puede hacer esto Jesús? Porque Él sabe en quién descansa. El que a Jesús le dijo “no te inquietes” es el Padre; el que le dijo “podés descansar en Mí”, es Dios. Y como Jesús descubrió en su Padre el Camino, la Verdad y la Vida, da testimonio de eso. No se inquieta, y lo transmite. Por eso el ejemplo de Jesús arrastra, porque lo vive, porque lo que fue mamando y aprendiendo y creciendo, lo encarna. Cuando nosotros vemos los valores encarnados, eso es lo que nos mueve, lo que nos conmueve y nos llama también a nosotros a poder vivirlo. Bueno, Jesús nos dice que Él es ese camino, que Él nos va a guiar y nos va a acompañar, que nos va a ir dando señales; que Él es esa verdad, que cuando no tenemos respuestas, cuando no sabemos, volvamos a Él, animémonos a poner el corazón, a rezarle. Él es la vida; esa vida que a veces sentimos que anda tirando, esa vida nuestra que a veces no valoramos, que no queremos, esa vida en los demás que a veces nosotros o el mundo no quiere, tiene valor. ¿Por qué? Porque nos la dio Jesús. En Él todos tenemos vida, si nos animamos a mirarnos con sus ojos. Si nos valoramos con sus ojos, nos valoramos, nos queremos, nos amamos; con lo que nos gusta, y con lo que no nos gusta tanto. Esa es la invitación de Jesús para nosotros, a que nos animemos a vivir esa vida que nos da.
Muchas veces como cristianos, vivimos como en una eterna Cuaresma, todo es un problema, todo son dificultades; parece como que no encarnamos la Pascua. Bueno, estamos en tiempo pascual, tendríamos que vivir la alegría de lo que es la Pascua de Jesús. Animémonos a encarnarla. Y la alegría es descubrir estas cosas, estas imágenes que Jesús nos da; qué bueno que Jesús me diga “Yo soy el Camino”, puedo confiar en Él; qué bueno que me diga “Yo soy la Verdad”, voy a encontrar respuestas; qué bueno que me diga “Yo soy la Vida”, Él me trae vida. Vivamos la resurrección de Jesús, alegrémonos de eso, animémonos como Iglesia y como comunidad a vivir la Pascua, a vivir el paso, a no quedarnos como siempre quejándonos por los problemas, sino a descubrir que Jesús nos trae una esperanza diferente y distinta; a un Jesús que nos muestra el Camino, nos trae la Verdad y nos regala Vida.
Animémonos entonces durante estos días a poner el corazón en Jesús, a rezarle; a pedirle que nos tranquilice, que nos ayude a poner el corazón en la Fe, que nos aumente la Fe; a que nos muestre ese camino que necesitamos, esa verdad que hoy requerimos, esa vida que necesitamos también sacar de adentro.
Pidámosle a Jesús, que así como hizo con sus discípulos, nos muestre también el camino hacia esa casa del Padre.

Lecturas:
*Hech 6, 1-7
* Sal 32,1-2.4-5.18-19
*1Pedro 2,4-9

*Jn 2,4-9

Homilía: “Ellas me siguen, porque conocen mi voz” – IV domingo de Pascua


Hay un bestseller llevado a película, “El guerrero pacífico”, que trata de la vida de un joven, Dan Millman. Él era muy bueno en los deportes, a los dieciocho años gana un torneo de gimnasia  en Londres, y lo eligen para prepararse para los Juegos Olímpicos, representando a Estados Unidos. Pero cuando está en la cúspide de su vida, en el deporte es excelente, la vida le sale fácil, las chicas están detrás de él; tiene un accidente y se hacen trizas sus esperanzas de poder competir y de llevar adelante ese deseo. Y es en medio de ese enojo por lo que le pasó, que empieza una lucha para poder realizar este deseo que él tenía, poder participar de las Olimpiadas. Aparece entonces un personaje misterioso que se llama Sócrates y que le va enseñando y le va mostrando el camino. En un momento hay un diálogo entre ellos, en el que Sócrates, le dice: “todos te dicen lo que tenés que hacer, lo que debés hacer, lo que te conviene hacer, pero nadie quiere que encuentres tus propias respuestas.” Dan entonces le contesta, “dejame adivinar, ahora querés que siga lo que vos me decís.” Y él le dice: “No, quiero que te animes a dejar de hacer todo lo que te dicen los demás y que escuches a tu propio corazón”.
Esto que suena tan simple dicho, en el fondo es la búsqueda que cada uno de nosotros tiene en la vida, que es escuchar la propia voz que nos habla, que nos muestra el camino, que nos va diciendo hacia dónde ir. Sin embargo, esa voz interfiere en nuestro corazón con un montón de voces que a lo largo de la vida vamos escuchando, de los demás, de Dios, de un montón de caminos que se nos ofrecen y que se nos invitan. El problema no es que escuchemos un montón de voces, sino que en algún momento de la vida nos animemos a escucharnos a nosotros mismos, nos animemos a escuchar a esa voz que nos dice hacia dónde va nuestra vida, y que nos animemos a elegirla.
Esto es lo que le dice Jesús a esta gente que lo está escuchando. Les dice: vino un montón de gente que les habló, que les mostró caminos, pero que son asaltantes, roban, no buscan el bien de ustedes; pero yo vengo para mostrarles cuál es el camino que les da la verdadera vida. Y ¿cuál es la diferencia?, ¿cómo me doy cuenta cuál es la diferencia? “Ellas escuchan mi voz y la reconocen, y saben hacia dónde tienen que ir.”
Hasta ahí está todo bien, pero todos tenemos esa experiencia de lo que nos cuesta descubrir cuál es esa voz de Dios que nos habla al corazón. Y ahí está el gran regalo que Dios nos ha hecho en la libertad. Si Dios nos manejara tipo robots y nos dijera: tenés que ir hacia allá, tenés que seguir este camino, tenés que hacer esto, la pregunta sería ¿dónde está ese don y ese regalo que Dios nos ha hecho? Una de las preguntas que más me hacen, desde los más chiquitos hasta los más grandes, es cómo discerní mi vocación, cómo descubrí que esa era la voluntad de Dios. Y casi que esperan que les diga que Dios me golpeó en la cabeza y me dijo: “Cholo, tenés que hacer esto.” Hubiera sido muy bueno y más fácil. Pero no fue de esa manera, no fue de esa forma, sino que tuve que aprender a descubrir qué es lo que en mi corazón yo quiero elegir, yo quiero discernir. Para eso tengo que aprender a mirar los distintos signos, aprender a descubrir en esa alegría que nos dan las decisiones, en esa paz que nos trae el corazón. Uno de estos signos, es la libertad que Dios nos da. “Ellas me conocen”, “entran por mi puerta”, “pueden entrar y salir”, pueden vivir con libertad, venir y estar acá. Ese es el primer gran don. Tal vez podría preguntarme, ¿en cuáles de los espacios que habito soy libre? ¿En cuáles puedo ser yo mismo? ¿Me puedo mostrar como soy? Y eso es un signo de aprender a escuchar que esa voz resuena en mi corazón y que me da verdadera paz. Pero después tengo que elegir, tengo opciones y tengo que transitar por alguna puerta, tengo que usar mi libertad. Y ahí mismo Jesús nos dice, Yo soy la Puerta, vos tenés la opción de elegir este camino o no. Tenés la opción de entrar acá o no.
Cuando escuchaba este evangelio trataba de imaginarme qué tipo de puerta sería Jesús. Yo me acuerdo que cuando era chico iba a lo de mis primos en Colonia, y me resultaba raro porque la mayoría de las puertas estaban abiertas. Vos podías entrar y salir cuando querías de la casa. Me acuerdo que una vez fui a lo de mi primo, que habíamos quedado en vernos, toqué el timbre varias veces y como nadie me contestó me fui. Después mi primo me retó porque no fui a la casa. “Pero fui y toqué timbre”, le dije. “No, acá nadie toca el timbre”, me dice, “vos abrís la puerta y entrás.” ¿Qué diferente no? Acá cada vez no sólo son más grandes y más blindadas las puertas sino que a veces hay que pasar tres puertas para pasar una casa, o más barreras. Y, sin discutir si esto es necesario o no; podemos ver que eso a veces nos pasa también en la vida. Y eso es lo más complicado; para llegar al otro tengo que pasar un montón de puertas, de barreras, es muy difícil encontrarnos y poder habitar esos espacios que necesitamos para tener vida. A veces cuando uno habla con alguien siente como que está llamando a un call center, que lo dejan con la musiquita y nunca logra hablar con nadie, nunca llega a encontrarse con nadie.
Entonces, ¿cómo hago para encontrarme con el otro?, ¿con la verdad del otro? Para hablar aquellas cosas que verdaderamente nos dan vida. Porque si yo no hablo de mis cosas y de lo que me pasa, es muy difícil que encuentre qué es lo que quiero. Porque tengo que bajar niveles de profundidad. Si yo siempre nado en la superficie, si siempre escucho las voces más superficiales, nunca voy a escuchar esa voz que habla en lo profundo. Para eso tengo que entrenarme, tengo que practicarlo, tengo que animarme de alguna manera en la vida, para poder ir llegando. Y para eso tengo que ir rompiendo barreras y me tengo que arriesgar; tengo que elegir, y tengo que descubrir ese camino, y tengo que escuchar esa voz que nos habla. No solamente quedarme en lo rutinario de cada día, sino animarme a profundizar. Esta es la invitación de Jesús. ¿Cómo me puedo dar cuenta? Jesús nos dice, “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia.” Es decir, Jesús no viene para que zafemos, o para que andemos tirando, o para que (como hablamos hace poco), sobrevivamos. Viene para que descubramos que hay una vida más grande, y que hay una vida más plena, y que la puedo elegir. Pero para eso me tengo que animar a escucharme, tengo que animarme a hacer esa elección en el corazón, y tengo que animarme a profundizar, tengo que animarme a ir a lo central.
El salmista hoy cantaba, “el Señor es mi Pastor, y habitaremos en la misma casa, y estaremos en el mismo lugar, y compartiremos la vida”. Esa es la elección que yo tengo que hacer; tengo que descubrir en qué lugares me quiero parar. Ahora, para eso, yo me tengo que dar tiempo. A veces una de las críticas que más se les hace a los jóvenes es que pierden el tiempo. Según de dónde se lo mire, puede estar muy bien o muy mal esa crítica. Porque todos tendríamos que aprender a perder el tiempo. Perder el tiempo en estar con el otro, para compartir. Me tengo que dar tiempo para charlar, me tengo que dar tiempo para estar en silencio, me tengo que dar tiempo a veces hasta para aburrirme. Porque a partir de ahí empezamos a sacar lo profundo del corazón, a partir del compartir. Cuando no tenemos tiempo, es difícil que escuchemos; que yo me escuche y que escuche a los demás.
Este texto, el discurso del Buen Pastor, se divide en tres partes, y hoy se reza especialmente por las vocaciones consagradas, por los sacerdotes, por las vocaciones. Y pensaba, muchas veces escucho que me dicen “voy a la Iglesia y no encuentro a los curas.” Bueno, si no nos podemos encontrar hay un problema. No es que de pronto uno esté babeando; si no podemos hacer espacios de encuentro, para que en este caso yo me pueda encontrar con ustedes, hay algo que anda mal, hay algo que no estamos haciendo bien. Pero esto lo podemos trasladar a todas las situaciones; en las familias por ejemplo, ¿me animo a perder tiempo en mi familia? Desde los más chicos a los más grandes; a compartir, a sentarme en la mesa, a estar juntos, es la única manera de descubrir la vida. Pero para eso tengo que crear los espacios, y si no me animo a crear los espacios, no los voy a encontrar.
La invitación de Jesús entonces es a un paso más, a que nos animemos a encontrar los espacios, a darle a cada cosa su lugar, desde el llamado que nos toca. Yo les decía que hoy se reza especialmente por las vocaciones sacerdotales, religiosas, pero lo lindo también es rezar por todas las vocaciones, que todos descubramos cuál es nuestra vocación. Tenemos acá la imagen de San Isidro, que se trajo acá en 1770, y tiene una vida transitada. Lo lindo de la imagen no es solamente si me gusta o no, sino cuánta vida de la Catedral pasó por acá, cuántas comunidades, cuánta gente, rezando, juntándose en torno a esta figura. Somos parte de esta comunidad. Y la vida de San Isidro fue un signo. Nosotros ahora estamos acostumbrados pero no era lo más común que la Iglesia nombrara santos a un matrimonio. Es más, creo que es de lo más raro en la historia de la Iglesia; aunque tendría que ser lo más común porque es lo que más hay. Y en San Isidro la Iglesia nos deja la vida más normal de la gente al alcance de nuestra mano. Isidro se casó con María, trabajaba en un campo, tuvo un hijo, pero siempre le dedicó su tiempo a las cosas de Dios; descubrió que ahí tenía la vida. Cuentan sus crónicas que la mayor parte del día la dedicaba al trabajo, otra parte para rezar y, a pesar de ser una persona muy sencilla, parte del tiempo o de su economía para dedicarle a los pobres. El veía que ahí descubría la vida de Dios, y que eso era lo que llenaba su corazón; y eso fue lo que él transmitió, lo que él nos trajo a cada uno de nosotros. Y fíjense lo importante que habrá sido su vida que fue canonizado con Santa Teresa de Ávila, San Ignacio de Loyola, San Francisco Xavier, San Felipe Neri; es decir, todos santos “grosos”, si podemos usar esa palabra.
Creo que en este camino que venimos haciendo, donde queremos como comunidad que él también nos guíe –hemos salido a misionar y vamos a seguir haciéndolo- donde queremos celebrar la vida, queremos que él también nos muestre esos lugares donde hay vida, esos lugares donde tenemos que ir, estar, hacernos presentes, habitar, compartir, festejar y celebrar.
Pidámosle entonces a nuestro patrono, Isidro, aquél que descubrió en Jesús el sentido de su vida, que nos ayude a escuchar su voz, a discernirla en el corazón, a caminar detrás de Él, y a descubrir esa vida en abundancia que Él nos trae.

Lecturas:
*Hech 2,14a.36-41
* Sal 22,1-3a.3b-4.5
*1Pedro 2,20-25
*Jn 10,1-10


Homilía: “Quedate con nosotros” – III domingo de Pascua


Hay una excelente película que salió hace poco que se llama “Ladrona de Libros”. La película transcurre durante la Segunda Guerra Mundial, y comienza con un viaje en tren, donde una niña y un niño están yendo con su madre a ser dados en adopción. El padre los abandonó y no tienen cómo mantenerlos, entonces los van a dar a otra familia. Durante el viaje, el hermano muere de hambre, y la única que llega a esta casa es la hija, Liesel. Y en un momento de la película, en una voz en off, ella dice: “Había una vez un fantasma, de un niño… Al que le gustaba vivir en las sombras, para no asustar a la gente. Su trabajo era esperar a su hermana, que aún estaba viva. Ella no tenía miedo a la oscuridad… Porque sabía, que era dónde estaba su hermano. Adelante. Por la noche, cuando la oscuridad llegó a su habitación… Le contaría a su hermano sobre el día. Ella le recordaría, cómo el sol se sentía en su piel… Y cómo se sentía el aire para respirar… o cómo se sentiría la nieve en su lengua. Y eso le recordó… Que ella aún estaba viva”. Con esto ella nos muestra un momento muy duro en el que ella se quedó sin familia, murió su hermano; un momento en el que se siente sola y no encuentra nada que la mantenga y la haga caminar hacia delante, y más allá de eso hay algo que le trae esperanza al corazón, su hermano. Ella lo recuerda en muchos gestos, en muchas cosas de todos los días. Pero en vez de mirarlo hacia atrás, como muchas veces hacemos, quedándonos anclados en algo que nos pasó, ella mira hacia delante. Es más, lo dice en la frase: “adelante”. Ella sabe que se va a reencontrar con su hermano, y por eso habla de un montón de esos gestos y esos signos que a ella le traen vida.
En nuestra vida, en nuestro camino de Fe, a nosotros nos va sucediendo lo mismo. Tenemos que descubrir cuáles son justamente esos momentos, esas cosas, esos signos, esas personas, esas palabras, que traen vida a nuestro corazón. Es más, en la Pascua sucede lo mismo porque la resurrección no es algo que se impone, sino que es como un proceso, un camino que se va revelando. Como escuchamos estos últimos domingos, se va revelando en la vida de los discípulos, pero también se va revelando en nuestra propia vida. Es un camino, un proceso; algo se va revelando, y hay algo que queda velado. Hay momentos donde las cosas son más claras, y hay momentos donde uno no ve en claro qué es lo que pasa. Hay momentos donde siento presente a Dios en mi vida, y hay momentos donde me pregunto dónde está Dios. Eso es lo propio de todo camino de Fe, de ver que hay momentos fuertes en encuentro con el otro; y hay momentos donde no lo descubrimos a ese otro, donde la pregunta es ¿dónde está Jesús? Es más, cada uno de nosotros podría mirar en su pasado y darse cuenta que hay momentos de la vida donde hemos tenido una experiencia fuerte de Jesús, y hay momentos donde no, o por lo menos no nos dimos cuenta de esa experiencia con Jesús. Momentos, tal vez días, semanas, meses, años, donde nos hemos alejado porque no le hemos encontrado sentido a estar con Jesús, a caminar con Él, donde esa experiencia de que hay un Dios que está vivo y que trae vida no nos es patente, no la descubrimos.
Por eso, creo que este texto de los discípulos de Emaús, tan conocido por todos, representa la experiencia de toda persona: me ilusioné con Jesús, dejé todo y lo seguí. Pero después Jesús murió de alguna manera en mi vida, y yo me voy, vuelvo a lo anterior, dejo ese camino de Fe que tal vez durante mucho tiempo estuve transitando. Hasta que algo vuelve a tocar mi corazón en algún momento. Y en estas pocas frases, los discípulos revelan lo que nosotros tenemos en el corazón: “nosotros esperábamos”. Le cuentan su experiencia con Jesús. Todos tenemos una experiencia de Jesús, nos la narraron aunque sea cuando éramos chiquitos, para la primera comunión; o momentos fuertes después en confirmación, o cuando coordinamos algo, o cuando nos fuimos a misionar, o en Pascua Joven; y después, como que eso se apagó. Y yo esperaba que Jesús hiciera “tal cosa”, pasara por tal lugar en mi vida; yo había puesto ciertas expectativas en Él. Sin embargo, por diferentes razones esas expectativas se truncaron. Ese “nosotros esperábamos”, es poner en palabras lo que experimentamos. Porque cuando nos alejamos de Jesús es porque algo que esperábamos no se dio así. En la vida de estos discípulos es muy claro, Jesús murió. “Nosotros esperábamos que Él nos liberara de toda esclavitud.” Esa era su expectativa, lo que ellos esperaban de Jesús.
Entonces nosotros podríamos preguntarnos, ¿qué es lo que esperamos de Jesús?, ¿qué es lo que buscamos en Él? Supongo que si estamos acá, aunque a veces venimos con un poco de piloto automático, es porque tenemos expectativas o las hemos tenido a lo largo de la vida. “Yo esperaba que mis hijos vivieran la fe…” y de pronto no pasó. Y uno se pregunta, ¿qué pasó acá? O, “yo esperaba que Jesús transformara mi vida de esta forma, de esta manera…”, o “yo esperaba que los chicos que están en confirmación, o en post, o que fueron a un retiro, o este amigo, vivieran la fe de esta manera, de esta forma”, y no pasó. O quizás esperaba que Jesús estuviera en mi vida de tal o cual manera pero ahora siento que no me aporta nada, siento que eso que yo espero no se da. Es ahí donde entran las dudas. Es decir, me armé un esquema, me armé una forma de vivir la fe, y eso entra en crisis. Esta manera, como yo creía que era el camino con Jesús, no lo es más. La pregunta es, ¿qué hago ahí?, ¿qué hacemos ahí?
Hoy vamos a hacer algo un poco distinto. Les voy a pedir, a los que se animen, que compartan alguna desilusión que han tenido con el que tienen al lado. Anímense a compartir un ratito. Los discípulos iban charlando de su fe, pero a nosotros a veces nos cuesta, sobre todo cuando no nos conocemos tanto. Así que les voy a dar uno o dos minutos para que hablen un poco entre ustedes, para que compartan alguna desilusión que han tenido en su vida, o en su fe.
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Me alegro de que se hayan animado a compartir. Supongo que cuando les dije esto habrán pasado muchas cosas por su cabeza. Y más allá de los sentimientos, fíjense qué es lo primero que hace Jesús; Él les pregunta: ¿qué paso? Cuenten, narren, hablen. Sobre todo nosotros, los varones, lo primero que nos pasa cuando tenemos un problema es que nos encerramos, no queremos contar mucho, tenemos miedo de lo que el otro va a pensar, de lo que el otro va a decir, de cargarle un problema al otro. Empezamos a poner un montón de razones para no compartirle al otro las cosas. Pero lo primero que hace Jesús es decirles: compártanme lo que les está pasando en el corazón. A ver, ¿qué pasa? ¿No sabía Jesús lo que les pasaba en el corazón? Claramente lo sabía. Pero los que necesitan hablar de sus problemas, de sus desilusiones, son los discípulos. A nosotros como comunidad, como familia, como amigos, en el vínculo que cada uno tiene, nos dice lo mismo: compartan la vida, anímense a abrir el corazón, anímense a charlar. Y a partir de charlar, empiezan a aparecer horizontes diferentes. ¿Cómo y cuáles? No lo sé. Habrá que esperar, habrá que tener paciencia. Pero lo primero para poder fundar un vínculo es compartir. ¿Cómo recreamos el vínculo con Jesús cuando empieza a tambalear? Charlemos, dialoguemos, compartamos las cosas, lo que me gusta y lo que no me gusta, lo que me alegró el corazón y lo que me desilusionó, las expectativas que tenía.
Nosotros podemos desilusionarnos de muchas cosas en la vida; a veces de amigos, a veces del país, a veces del equipo de fútbol... De cosas más triviales a cosas más profundas. Pero lo que tenemos que buscar es cómo podemos trabajar por algo distinto. Jesús va trabajando en ellos una expectativa diferente.
Pero acá lo importante es que para que el plan de Jesús, el plan del Padre, se pueda vivir, los discípulos tienen que desilusionarse. Para nosotros es como un embole cuando nos desilusionamos. Pero tal vez podríamos pensar, “está buenísimo que me hayan desilusionado”. ¿Por qué? Porque a veces el desilusionarme tiene que ver con romper mis esquemas mentales, con cómo yo creo que son las cosas. Los discípulos tienen que romper con eso. Ahí es cuando Jesús les empieza a explicar: “Hombres duros de entendimiento”, les dice. Les está diciendo: ustedes no entienden nada, ¿no se dan cuenta de por qué tenía que pasar esto? Se los explicó un montón de veces Jesús, pero primero se iban a tener que desilusionar con el camino de Fe que ellos creían que tenía que ser. Y a nosotros nos va a pasar lo mismo. Desde el Papa Francisco para abajo, a todos los que tenemos fe, en algún momento nos va a pasar que nuestra fe no va a cuadrar. O nos vamos a poner así rígidos, y que no pase nada, y en algún momento va a saltar por el aire, o los esquemas Jesús los va a ir rompiendo. Porque siempre hace lo mismo. Y para eso en general se rompe con nuevas perspectivas, con nuestras ilusiones. Ahí es donde Jesús se hace presente.
Lo primero que tenemos que descubrir es que el camino está plagado de cosas que no entendemos, que no comprendemos, que nos desilusionan, pero que a veces también es difícil de transmitirle al otro. Vieron cuando uno quiere transmitir la fe y dice: ¿por qué no puedo? Con este amigo, con esta persona de mi familia… No pudo Jesús. La pregunta de los discípulos va a ser, ¿cómo no ardió nuestro corazón mientras Jesús nos hablaba por el camino? Y supongo, no sólo que era Jesús, sino que explicaba las cosas mucho mejor que nosotros, y tenía un montón de argumentos. Pero la cosa no pasa por la cabeza, pasa por el corazón. Y nosotros quizás nos preguntamos, ¿por qué el otro no entiende? No tiene que entender, Jesús tiene que tocar su corazón, y eso no lo podemos manejar nosotros. Tenemos que tener la paciencia de que en ese proceso estamos nosotros y están también los demás. Y a veces los demás estarán en la primera parte, donde caminan con Jesús, muy contentos; a veces estarán en la segunda parte, donde se alejan, donde no entienden, donde hay que tenerles paciencia, donde hay que explicarles las cosas; y a veces están en la tercera parte, cuando Jesús se nos hace patente, cuando hay algo que hace que toque nuestro corazón. En este caso es al partir el pan.
Ahora, para esto, primero Jesús tuvo que caminar con ellos. Fíjense, no es que Jesús se quedó, sino que ellos le dijeron: “Quedate con nosotros”. Es decir, si bien la pregunta va a ser ¿por qué no ardió nuestro corazón?, ¿por qué no nos dimos cuenta antes de que estaba Jesús con nosotros?, algo los tocó, algo empezó a dar fruto. Porque ellos le dijeron “quedate”, “compartí con nosotros”. Y en ese animarse a compartir un rato más con aquél que les había roto los esquemas, aquél que les había explicado diferente las cosas, ahí Jesús se hace presente; parte el pan, y en ese gesto ellos lo descubren.
Esto nos pasa a nosotros también en muchos momentos de la vida; hay gestos, hay signos, hay momentos dónde Jesús se hace patente, dónde Jesús toca nuestro corazón, dónde nos preguntamos, “¿cómo no lo vi antes?”; “¿Por qué no ardía mi corazón cuando pasó esto?” Y este es el proceso que el resucitado siempre va haciendo en nosotros. Cuando nos animamos a compartir, cuando nos animamos a mirar hacia un nuevo lugar. Fíjense lo que hicieron los discípulos; primero se iban, se volvían a Emaús que estaba a diez kilómetros; después, cuando se encontraron con Jesús, volvieron y lo compartieron. Es decir, el reencontrarse con Jesús les cambió las expectativas; Jesús está vivo y eso me cambia la vida. No cambió lo exterior, cambiaron ellos al encontrarse con el resucitado. Y esa es la invitación para nosotros, que la Pascua toque nuestros corazones, que no sea solamente qué explico, qué digo, qué hago; sino que me traiga una esperanza y una expectativa diferentes. Como hablábamos hace poco, ¡vivamos como resucitados! Tengamos algo para decirle al mundo. Los discípulos fueron y les anunciaron a los doce. Y en la primera lectura escuchamos ese gran discurso de Pedro, diciendo: ¡ya está vivo! ¡Vivamos de una manera nueva! Eso es lo que quiere Pedro que resuene en nuestros corazones hoy: ¡está vivo!; que eso toque nuestro corazón, hagamos experiencia del que está vivo, que nos alegre, que nos traiga esperanza, que borre nuestras oscuridades, que cambie nuestras expectativas, nuestros horizontes, que levantemos la cabeza, que miremos hacia delante. Esa es la Fe.
Esa es la Fe de la que habla Pablo también en la segunda lectura. “Ustedes han creído que Jesús resucitó”, el tema es si sacamos las consecuencias de que Jesús resucitó, si todavía no nos animamos a descubrirlo realmente, o si esa resurrección toca nuestras vidas. Y cuando toca nuestras vidas, es algo que queremos gritar, anunciar; es algo que queremos compartir con los demás.
Pidámosle como hicieron los discípulos a Jesús, que esta noche se quede con nosotros, que parta el pan en esta mesa como lo hace diariamente; y que al partir el pan, al verlo a Él ahí, al descubrirlo, nos animemos también nosotros a vivir como resucitados.

Lecturas:
*Hch 2,14.22-33
*Sal 15,1-2.5.7-8.9-10.11
*1Pedro 1,17-21
*Lc 24,13-35