miércoles, 15 de julio de 2015

Homilía: “No puedo ni atrasar el proceso de la semilla ni adelantarlo” - XI Domingo del Tiempo Ordinario


Hay una película, una comedia, que se llama Todopoderoso 2 en la que Evan Baxter es un congresista muy reconocido que tiene un lema que es “Cambiemos el mundo”. Un día recibe un regalo, una madera, y por este acontecimiento se da cuenta de que tiene que formar la nueva arca de Noé. Al principio no quiere saber nada pero, después, a partir de distintas cosas, se da cuenta que no puede esquivar su destino. Los animales empiezan a perseguirlo, le empieza a crecer la barba y así distintas cosas, y entonces se empieza a dedicar a eso. Pero la gente se empieza a reír de él por lo que está haciendo y lo echan de su trabajo, no puede ser más congresista y empieza a dejar de ver a su familia. Un día, su mujer está en un restaurante y se pone a hablar con el mesero, que en realidad es Dios, ella le cuenta lo que le está pasando y él le dice: “Lo que pasa es que la gente no comprende cómo Dios hace las cosas. En realidad, si uno le pide a Dios que su familia esté más unida, lo que va a hacer es darle oportunidades para que ellos trabajen por esa unión. Si uno le pide a Dios tener más paciencia, lo que va a hacer es darle oportunidades para crecer en su espíritu de paciencia. Si uno le pide a Dios amar más, le va a dar oportunidades para amar más, para que pueda dar el corazón”. A partir de ese momento, ella empieza a recapacitar.

Podríamos decir que la parábola de este evangelio tiene un poco de esto, Dios los invita a descubrir esa semilla que va a ir creciendo y es un crecimiento en el que nosotros tenemos que ir colaborando, tenemos que dar una oportunidad, crear un ambiente para que pueda crecer, pero no es que tenemos productos hechos. En general ese es el problema que se da en la sociedad, todo ya viene hecho, cuando uno tiene un hijo casi que como que ya es adulto y sabe todo, que cuando yo comienzo algo ya tengo que saber todo y no puede ser que tenga que aprender y así se da en un montón de situaciones de nuestra vida. En vez de darnos cuenta que hay tanto en nuestra vida como en la vida de los demás, es un proceso, en el que, a través de oportunidades, de ocasiones que Dios nos va poniendo vamos a ir creciendo, vamos a ir creciendo como persona, vamos a ir madurando, vamos a ir también creciendo en los valores. Lo que pasa es que, como les digo, esto va en contra de nuestra concepción, no sé cómo fue antes porque me toca vivir en este tiempo y en este mundo pero, lo que ocurre siempre en general es que hay muy poca tolerancia, muy poca paciencia a los procesos y a los caminos.

Ayer le preguntaba a los más chiquitos si tenían paciencia y me decían “no”, directamente, que en realidad está bien, los chicos tienen que ir creciendo en esta paciencia pero casi que era como que estaban diciendo “paciencia no puedo tener”. Les preguntaba también a los papás si tenían paciencia y me miraban con cara de “¿Qué me estás diciendo?”. Cuando uno tiene un hijo, ustedes tendrán mucha más experiencia que yo en el camino y en el proceso que todo tiene que tener y, a veces, nosotros lo vemos como un problema, un desafío. Lo que yo tengo que hacer crecer en la vida del otro, lo miro como un problema, por eso me pongo más intolerante, nos sentimos más exigidos muchas veces, tenemos poca paciencia y me golpeo la cabeza contra la pared. Me quejo porque no descubro que es un camino y un proceso del otro en el que yo tengo que estar, en el que las cosas no vienen dadas. Las cosas no están porque yo ya las haya dicho, es mucho más fácil entender algo, descubrir una verdad que vivirla, eso es claro en nuestra vida. Si a mí me dicen que tengo que aprender a perdonar, yo digo “obvio, eso es claro, tengo que aprender a perdonar” pero otra cosa es vivir el perdón, otra cosa es que yo tenga esa convicción en el corazón, que pase de la cabeza, de saber algo, a poder vivirlo, a poder interiorizarlo. Lo mismo pasa con todo, si a mí me dicen que tengo que ser más generoso, “si, si mama”, pero después lo tengo que vivir, tengo que aprender a compartir, tengo que aprender a ser austero.

En general, vemos que en el mundo de hoy nos quedamos con que “eso yo ya lo dije”, con el mundo de las ideas, “eso ya lo entendí”, pero ese es el primer paso, mucho más fácil que el otro. Tengo que tener una convicción profunda en el corazón, pero para lograr eso tengo que tener paciencia y para eso tengo que estar al lado del otro día a día formando el corazón. Dedicamos mucho tiempo a distintas cosas, más que nada a lo intelectual y nos olvidamos que lo central de las personas, a lo que más tenemos que dedicarnos es a formar el corazón y eso lleva todo un camino muy largo y un proceso. Es lo central para que podamos tener hombres y mujeres maduros, íntegros, que pueden vivir aquello que quieren porque hemos tenido la paciencia de lo que eso tarda en el corazón. Esa es la paciencia que tiene Dios, que dice que las cosas crecen, de día y de noche, mas allá de lo que yo hago, mas allá de lo que yo pueda dar, pero para eso hay que tener paciencia. No puedo ni atrasar el proceso de esa semilla ni adelantarlo. Nosotros muchas veces queremos eso, queremos que las cosas se den más rápido, y después nos quejamos de cuando se queman las etapas. En algunas cosas queremos productos hechos, en otras queremos que se retrasen y en otras nos quejamos porque estamos quemando etapas, que no esperamos. En realidad, tenemos que animarnos a darnos cuenta que eso es un camino, que es un proceso y que hay veces que tenemos que tener paciencia, entender que las cosas van a ir teniendo su proceso, van a ir teniendo su tiempo. Esta es la invitación de Dios, por más que nos preocupemos mucho, por más que a veces nos desinteresemos, eso va a ir siguiendo su camino. Nos pide a nosotros que colaboremos en esa formación del corazón, en eso que hace bien, sabiendo que lo central, lo esencial en la vida, es lo que más queremos. A veces nosotros nos obnubilamos por las cosas extraordinarias, por las cosas grandes, las cosas que brillan, pero lo central del evangelio es aquello que es pequeño, que lleva tiempo y a lo que se tiene que tener mucha paciencia. Por eso la segunda parábola habla de la semilla del grano de mostaza. Supongo que alguna vez la habrán visto, es pequeñísima, casi que ni se ve, como la cabeza de un alfiler pero, sin embargo, dice Jesús, va a llegar a ser un gran árbol donde ellos se van a cobijar. Pero eso es todo un camino y todo un proceso, con el tiempo va a ir dando fruto y va a ser grande y esa es también la invitación para nosotros.

En general, las cosas esenciales en nuestra vida son las cosas que no se ven, aquellas que uno dice “¿cómo pierdo el tiempo en esto?”, sin embargo, es lo central. Cuando me toco estar hace dos años en la Jornada Mundial de Jóvenes con el Papa, una misa que hizo a los sacerdotes y yo tuve la gracia de estar, y entre las tres cosas que nos dijo una fue “pierdan el tiempo con los jóvenes, eso es lo que yo les pido”. Creo que era clara la imagen, no es perder el tiempo sino dedicarlo, pero uno, como cura, muchas veces siente que es como “otra vez, otra vez, estoy perdiendo el tiempo en esto”. Muchas veces ustedes, los que son papás, dirán lo mismo, y no, estoy haciendo crecer la semilla, eso es lo esencial, ese es el lugar donde Dios me quiere, no donde yo creo que brillo más o damos fruto o se ve más o es mucho más fácil. En el fondo es lo que él hizo con los discípulos, si Jesús se hubiera quedado nada más en lo que le tenía que decir a los discípulos, eran un par de cosas nada más, no era mucho lo que tenía que decir. Sin embargo, caminó con ellos, los eligió, les dijo que los siga, ¿Por qué? Porque formar el corazón lleva tiempo. Vino a estar con ellos, ver en qué se equivocaron, qué hacían mal, en qué los tenía que felicitar, en qué agradecer, pero para eso tuvo que estar con el otro, en lo cotidiano de cada día. No basta con decir algo sino con lo vivirlo, ese es el camino que hizo Jesús y esa es también la invitación para cada uno de nosotros. Es un proceso, es un camino, la vida y fe de cada uno de nosotros y tenemos que apostar por eso y, en la medida en que nos animemos a vivir esos procesos, podemos crecer como personas adultas, tanto en la vida como en la fe, esa es la invitación.

A veces uno escucha “La iglesia está en crisis” pero creo que son procesos, son momentos y también son momentos de purificación en el corazón, de poder pasar y dar este paso. Seremos muchos o pocos pero somos cristianos que queremos vivir en la fe. Si uno mira la vida de Jesús pasó lo mismo, tenía un montón de gente que lo seguía pero cuando llega el momento duro de dar la vida quedaron muy poquitos y después se empezó a formar la Iglesia con lo poco que había quedado. En realidad, podría haber agarrado en el domingo de ramos y decir “en este momento que es cuando tengo más éxito les pido a todos estos que vayan a predicar”, pero no hizo eso, no se quedó con eso. En algún momento se van, eran muchos pero, ¿Cuánto tiene que vivir la gente su fe? Lo que vivió, que fue la Pascua, ese es el proceso de formar el corazón de sus discípulos, y empezó con ellos diciendo “estos que lo viven, que se animen a transmitirlo”. Estamos en un momento pascual, en un momento de ser cristianos en serio, de querer vivir en condiciones y no solo decir “somos cristianos, seguimos a Jesús” sino encarnar los valores en el corazón y, a partir de ahí, anunciarlo de una manera nueva.

Uno cuando escucha o le gustan ciertas cosas pareciera que, en vez de seguir nosotros al espíritu que es el que nos guía, queremos darle órdenes y tal vez el proceso de la Iglesia hoy es este y hay que dejar que Dios siga haciendo las cosas. Como dice la parábola, la mayor parte la hace Dios y si nosotros nos quejamos de que nuestros planes pastorales no funcionan es porque creemos que la mayor parte está en nosotros y no en Dios. Lo que tenemos que hacer es tener esa confianza, esa convicción de dejarlo todo en manos de Dios y de crecer nosotros y poder transmitir esa fe como Dios nos pide, no como nosotros queremos. Esta invitación para la Iglesia creo que es la invitación para cada uno de nosotros, lo que nos pide Pablo es que caminemos en nuestra fe, lo que nos pide Jesús es que nos animemos a tener esa paciencia, que las cosas van a ir creciendo. Viviendo con esa fe y esa esperanza que él nos pide. Pidámosle entonces a Jesús en este tiempo, animarnos a ser testigos de la fe, animarnos a descubrir que hay caminos, hay procesos. Animarnos también a formar el corazón del otro sabiendo que, si nos animamos a apostar por el corazón de nosotros, por el corazón de los demás, eso es lo que va a dar fruto, y fruto en abundancia.



Lecturas:

*Profeta Ezequiel 17,22-24

*Salmo 91

*Carta de san Pablo a los Corintios 5,6-10

*Marcos 4,26-34

viernes, 10 de julio de 2015

Homilía: “Lo que deseamos es compartir la vida y el estar con el otro” - Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo


En la película Atrápame Si Puedes, Frank Abagnale Jr., que es Leonardo DiCaprio el actor, vive una infancia feliz con sus papás hasta el momento en el que estos se van a separar. En ese momento él llega a la casa y le dicen que tiene que decidir con quién quiere vivir y que se quede tranquilo que todos lo van a entender. Sin embargo, para él que tiene 15 años es algo muy difícil, muy fuerte y sale corriendo y se escapa. Se va, empieza a vivir como puede pero se da cuenta que no le da la economía para vivir y descubre que es muy fácil falsificar cheques, falsificar cosas y empieza a vivir distintas cosas; es piloto, médico, abogado. Se da cuenta que es muy fácil derrotar el sistema, podríamos decir de alguna manera, pero al comenzar esta vida delictiva él empieza a ser perseguido y tiene que ir como mutando. Lo empieza a seguir sobre todo Carl Hanratty que es un detective, está basada en un hecho real. Una noche, después de que él se viene escapando, el 24 de diciembre, la noche buena, Frank llama a Carl al FBI y él le contesta. Es la noche, se ponen a hablar, le pregunta por su familia, le pide perdón por la última vez que se escapó y él no lo pudo agarrar. A Carl, imagínense, mucha gracia no le causa estar hablando con él. Le dice que se entregue, que esto va a terminar mal. Siguen hablando, siguen charlando hasta que se da cuenta y le dice: “¿por qué me estas llamando un 24 a la noche? tendrías que estar celebrando, pero lo que pasa es que estas solo. Tendrás mucha plata pero no tenés con quien vivir, con quien estar” y Frank se enoja y cuelga el teléfono. Se da cuenta que le muestra su realidad, estar en el mejor hotel, lo que fuera, pero que no lo puede compartir con nadie, que se ha quedado solo.

Tal vez este es el miedo más grande que muchos tenemos: estar solos, no tener con quien compartir y vivir la vida. Por eso todos buscamos vivir en comunión, poder hacer vínculos, encontrarnos con los demás. Sin embargo, también sabemos que no es fácil esto, que tal vez es uno de los deseos más profundos que tenemos pero que nos cuesta. Esto se nota desde chiquitos, jugar juntos, a los primos, a los hermanos, no siempre les es fácil, se viven peleando, casi que podemos contar las veces en el día que se pelean. Decirle a mi hermano que juegue conmigo, que comparta, pero a veces cuesta, no es tan simple. O también en el colegio, los chicos se pelean con los amigos y uno se da cuenta que el enojo más profundo en realidad es por no poder compartir, por no poder estar con el otro. Por eso uno lo tranquiliza, no le dice “no te juntes más”, le dice “bueno, ya va a pasar, tienen que juntarse, ustedes son amigos” o cuando uno siente que los otros no le hacen grupo o no lo dejan participar y a uno le duele en el corazón, ¿Por qué? Porque queremos, deseamos y necesitamos estar con otros. 

Pero esto no solamente se da en la niñez, se sigue dando a lo largo de la vida, por eso, cuando uno es adolescente, empiezan todos los pactos de sangre, no sé cómo los llaman, el “somos amigas/os para siempre” “somos hermanos de sangre” o tal cosa, que “siempre vamos a estar juntos”, “nada nos va a separar” o no sé qué frases, estoy un poco desactualizado en eso, tendría que haber preguntado. Pero, ¿por qué todo esto? Porque queremos que esto que sentimos en el corazón con mucha pasión lo podamos vivir día a día. Por eso esto, en general, empieza a entrar en crisis al final de la secundaria, en la facultad, cuando uno empieza a elegir y tener un montón de cosas, empiezan los reclamos: “nunca te juntas con nosotros” “siempre salís con los otros o con tus amigas, no me das bola” y un montón de reclamos que le hacemos al otro, ¿Por qué? Porque queremos estar, porque queremos compartir. Y así podríamos seguir yendo para adelante, también con los que somos más adultos, más grandes, lo que queremos es estar con los demás, compartir. Por eso también a los papas les cuesta un poco cuando los hijos no están tanto en la casa, que la usan de hotel, que nunca están, lo que deseamos es compartir la vida y el estar. Es uno de los deseos más profundos por más que tengan su dificultad como todos los deseos que queremos vivir. Cuando ese deseo se hace muy profundo, uno quiere sellar, uno quiere hacer alianza, por eso el vínculo más grande que se vive y que muchos acá han vivido es casarse, es ese deseo de querer compartir toda la vida con alguien. Eso que uno descubre en el corazón y lo quiere prolongar a lo largo del tiempo, o en el caso mío, ser sacerdote, hacer una alianza con Dios, desde lo religioso, desde lo sagrado, ese es el deseo profundo que hay en el corazón. Ahora, uno no hace alianza con cualquiera, uno hace alianza después de una historia vivida y de un tiempo recorrido. 

Eso es lo que escuchábamos en el libro de Éxodo que le dice a su pueblo Moisés: “ustedes van a vivir esto” y el pueblo dice “si, queremos poner en práctica todos los preceptos y normas que hemos escuchado, que Dios nos propone”, pero ¿Por qué lo hacen? Porque tienen una historia vivida con Dios. Dios no le propone esa alianza al pueblo al principio, lo hace con algunas personas en particular. Pero cuando el pueblo ya conoció a Dios, Dios los liberó, los sacó de la esclavitud, los llevó a una tierra prometida, o los está llevando. Ahora el pueblo que ya conoce a Dios dice “ahora sí quiero hacer alianza, ahora esta historia me llama a dar un salto”. Porque la alianza implica confianza, depositar confianza en el otro, tengo que creer, pero esa confianza se da cuando yo siento cierta seguridad, ya te conozco, sé quién sos y tengo esa conciencia o seguridad en el corazón de lo que estoy viviendo. Sin embargo, esto no termina ahí, tengo que continuar y los dos sabemos que al pueblo de Israel no le va a ser fácil esa alianza. Es muy fácil decir en palabras “voy a vivir todo lo que me estás pidiendo en el vínculo con Dios pero, sin embargo, muchas veces no supera el test de la experiencia, empieza la experiencia y nos cuesta. Cuántas veces nosotros tenemos el deseo de “quiero cambiar esto, quiero vivir esto” y a veces duramos 24hs con suerte, algunos serán un poco mejores que yo y duraran un poco más, porque nos cuesta. Pero no solo esto. Los deseos, querer estar unidos, querer vivir ese vínculo, no querer pelear, querer estar mejor en casa, tener mejor cara a veces nos cuesta un montón. Tenemos el deseo en el corazón, pero cuesta y es todo un camino y para eso tenemos que luchar. Lo primero lindo que podríamos decir es que queremos luchas por aquello que nos gusta, por aquello que queremos. A veces perdemos tanta energía en cosas tan triviales, en cosas que no valen la pena, por lo cual nos cansamos, nos peleamos, nos desgastamos y no ponemos la energía en las verdaderas cosas, en aquellas cosas que llenan el corazón. 

La única forma de poder crecer, de poder madurar en un vínculo es estando, por eso el reclamo siempre viene por ahí, “no estuviste, no estabas conmigo”. De alguna manera podríamos decir que la fiesta que estamos celebrando hoy va a esto, este es el núcleo. Escuchamos en el evangelio como Jesús celebra la cena con sus discípulos y en la última cena Jesús hace la primera misa, como nosotros sabemos, consagrando el pan y el vino. A mí siempre me quedó una pregunta en la cabeza que es ¿Por qué lo hizo al final? Yo estoy seguro que los discípulos no entendieron nada de lo que hizo Jesús, es más, la primera misa va a tardar bastante tiempo en celebrarse. No sabemos exactamente pero sabemos que tardó, ¿Por qué? Y porque no comprenden del todo, Jesús les está diciendo “esto es mi cuerpo, esta es mi sangre” y, haciendo un poquito de ciencia ficción siempre me preguntaba por qué no lo hizo un poco antes para poder explicarles “bueno, lo que quise hacer es esto, lo que busqué hacer es tal cosa”. Y creo que es porque esa fiesta, esa celebración es como una bisagra en la vida de Jesús, lleva al punto culmine todo lo que vivió con los discípulos y abre a una nueva realidad. Es decir, él va a celebrar la eucaristía con sus discípulos cuando ya tenga una historia de amor vivida, cuando ya, después de años, haya caminado con ellos. No empieza por ahí, empieza haciéndose conocido, empieza invitándolos a seguir, empieza mostrándoles quién es. Recién al final de su vida, en un signo, les muestra lo que quiere hacer, demuestra quién es y lo que espera de ellos y por eso celebra ahí la eucaristía. Y no solo muestra en ese desenlace lo que fue toda su vida con sus discípulos, sino que abre a una historia nueva que es la historia de la Iglesia y ese modo de presencia que los discípulos van a tener que aprender que Jesús tiene con ellos. Ese modo de presencia que nosotros celebramos hoy, vamos a hacer lo mismo: “esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”, vamos a descubrir a Jesús presente en medio nuestro y eso es lo que les quiso enseñar, que él estaba para ellos, que no siempre respondía lo que ellos esperaban pero que SIEMPRE estaba. Por eso los discípulos tuvieron que aprender con Jesús a lo largo del camino y le hacían preguntas y no respondía lo que esperaban y por eso nosotros, alimentándonos de la eucaristía, tenemos que seguir aprendiendo. 

En cuantas ocasiones no lo entendemos a Dios, le preguntamos por qué esto es así, porque tal cosa, tal otra, pero él sigue estando, él sigue acompañándonos, él sigue alimentándonos, y eso creo que es el regalo más grande que nos enseña para la vida. Lo central no es lo que hago, sino que estoy. El problema es que esto nos cuesta mucho porque, en general, nosotros tenemos como inconscientemente metido en nuestra cabeza que si somos cristianos nos va a ir mejor, o que vamos a tener más éxito y, la verdad, es que no sabemos qué es lo que va a pasar. Tendremos alegrías y gozos, como toda persona, y tendremos momentos duros o momentos difíciles. Dios no nos garantiza que las cosas nos van a salir todas bien, que las cosas van a salir siempre como queremos, la certeza que nos da es que va a estar con nosotros y que se va a alegrar con nosotros cuando vivamos el gozo. Nos garantiza que nos va a dar la mano y nos va a levantar cuando vengan momentos duros, cuando vengan momentos difíciles, cuando las cosas no las entendamos, cuando nos preguntemos un montón de cosas. 

Esto que a veces pensamos que alcanza es lo mismo que nos cuesta en la vida diaria. Lo que más nos cuesta es estar, porque siempre queremos hacer cosas. Por ejemplo, pensemos en una experiencia límite, cuando muere alguien: ¿qué es lo que nos cuesta? Estar con el otro, ir, acompañarlo y ¿Qué es lo que tengo que decir? ¿Qué es lo que tengo que hacer? Es bastante complicado, puedo hacer una lista de pavadas que se dicen en los responsos más o menos, no la voy a hacer para que no nos hundamos todos pero ¿Por qué? Porque nos cuesta estar, ¿Qué tengo que hacer en ese momento? Nada, estar con el otro, estar a su lado, un abrazo, acompañar, pero eso cuesta, es difícil porque uno lo que busca es que hacer para solucionarle la vida que en el fondo va en consonancia con todo lo que pasa en la vida de todos nosotros. Los que son papas, ¿le pueden solucionar la vida a los hijos? ¿Cuántas veces uno se desespera porque no puede hacer lo que quiere con el otro? Se enferma y tengo que acompañarlo, tengo que estar o se golpea la cabeza contra la pared, o se equivoca en esto o tiene que aprender esto. Somos más controladores hoy, queremos controlar todo pero el otro tiene que crecer y lo que tengo que hacer yo es acompañarlo, educar es acompañar al otro pero el camino lo recorre el otro. No es que tengo que hacer cosas sino que tengo que estar en tu vida y eso en todo momento, no solo en la niñez, sino en los distintos momentos de la vida. Lo más lindo, en general, es lo que más se nos reclama: “no estuviste” “pero hice esto y esto por vos” y el otro te va a decir “y a mí ¿qué me importa? yo te quería a vos en mi vida, yo quería que vos estés, eso es lo más lindo para mí”. Esto es lo que nos dice Jesús, “yo estoy con vos”, esa es la eucaristía, “te acompaño, estoy presente, te alimento, entiendo tu corazón, comprendo lo que te está pasando y lo voy a hacer todos los días, cuando vos quieras acercarte, me vas a encontrar”.

Creo que esa es la enseñanza que nos da esta fiesta, descubrir esa presencia. A veces nos pasa desapercibida. Yo tengo la experiencia de muchas veces en mi vida de haber mirado y descubrir personas que han estado a mi lado y que no me di cuenta en ese momento y que después agradecí, no solo todo lo que hicieron, sino lo que me acompañaron, estuvieron. Creo que una de esas presencias es siempre la de Jesús. Celebremos hoy con alegría esta presencia de Dios que se va a volver a hacer presente, que nos va a alimentar para que podamos sentir su presencia y sintiendo esa presencia de Jesús en el corazón animémonos también nosotros a acompañar la vida de los otros, a estar para los demás.

Lecturas:
*Éxodo 24,3-8
*Salmo 115
*Hebreos 9,11-15
*Marcos 14,12-16.22-26

miércoles, 8 de julio de 2015

Homilía: “Puedo hacer experiencia en vida de ese Dios si me abro a él, si entro en esta dinámica” – Santísima Trinidad


Hay una canción de Fito Páez que se llama Dar es Dar y la letra de la canción empieza algo así: “Dar es dar y no fijarme en ella y su manera de actuar, dar es dar y no decirle a nadie si quedarse o escapar. Cuando el mundo te pregunta del por qué, por qué, por qué, por qué, por qué das vueltas la rueda. Por qué no te detenés, yo te digo que dar es dar”. Creo que, en pocas palabras, refresca un poquito el sentido de lo que es DAR. Cuando yo doy algo en mi vida, cuando yo me doy al otro, ¿me estoy fijando en el otro? ¿Qué hace? ¿Qué no hace? Empiezo a medir, como a veces hacemos, hasta dónde me doy, hasta dónde no; depende qué respuesta tenga, voy calculando hasta dónde. Lo mismo cuando descubro algo, si le tengo que decir al otro, se lo tengo que preguntar o tengo que responderle un por qué. Creo que todos tenemos experiencia de habernos preguntado “¿Por qué esta persona me ayuda así? ¿Por qué esta persona me hace este regalo, se me da así?”. Es más, cuando uno tiene una experiencia de un amor muy desproporcionado, parece como que me agobia, es como si se nos viniese un tsunami encima. 

Todos queremos un amor entregado, alguien que nos ame y se nos entregue totalmente, sin embargo, a veces , se nos viene como una avalancha, nos cuesta una entrega muy desinteresada, también porque me involucra a mí. Por ejemplo, si el otro me da a mí un regalo muy bueno uno dice “Uy, la próxima le voy a tener que dar algo bueno”, en esa cosa muy simple, porque nos cuesta vivir lo gratuito. Nos cuesta hasta cuando el otro me ayudó, se me entregó, porque entramos como en una dinámica: Si el otro me dio, yo quiero dar. Esta es la experiencia profunda que vivimos en nuestra fe, esta es la experiencia de Dios. 

Hoy vivimos y celebramos el misterio de la Santísima Trinidad, misterios si los hay dentro de nuestra fe: la explicación cuasi-imposible de que hay un Dios y tres personas pero que nos revela un Dios que en su interior es familia y ¿Por qué lo conocemos así? Porque se dio, porque se entregó, porque se dio a conocer; sino no sabríamos cómo es Dios o no conoceríamos este Dios en el que creemos. Eso es porque Dios no decidió quedarse blindado, allá en la eternidad diciendo “estamos cómodos acá, nos quedamos acá”, sino que decidió venir.

Cuenta una historia que, en un momento, el Padre dice “para que nos conozcan, alguno tiene que ir a la tierra y me parece que yo estoy un poco viejo así que decidan entre ustedes” y el Espíritu Santo lo miró a al hijo y le dijo “te toca primero” y ahí vino Jesús, pero después tuvo que venir el Espíritu. Más allá de esta historia tan simple, nos muestra ese Dios que quiere venir ¿para qué? Para que lo conozcamos ¿Cómo conozco yo a alguien? Lo conozco si se me muestra, si se me abre y sino, puedo pensar algo o prejuzgar como muchas veces nos pasa. Tal vez conozco alguna cosita del otro porque vi algo o lo vi pasar o me dijeron algo, pero llego a conocerlo verdaderamente solo si el otro se me quiere revelar, si el otro se me quiere mostrar, si el otro sale de sí mismo y sale a mi encuentro y lo mismo yo. Si quiero que los demás me conozcan tengo que darme a conocer (***), tengo que abrirme, tengo que salirme de mí. Y esto que se dice tan fácil, todos tenemos la experiencia de lo difícil que es mostrarnos porque a veces tenemos miedo de lo que el otro va a decir, o de lo que el otro va a pensar o nos da vergüenza lo que puede pasar. Son esta vergüenza y este miedo que no tuvo Dios en Jesús primero, y en el Espíritu después, en venir a nosotros y revelarnos quién es Dios y qué quiere de nosotros. Más allá de poder explicarlo, como dice la canción “por qué, por qué, por qué”, no sé por qué Dios es tres en uno y no lo puedo explicar pero lo puedo conocer y lo puedo recibir y lo puedo acoger en mi corazón y puedo hacer experiencia en vida de ese Dios si me abro a él, si entro en esta dinámica (***). Eso es lo que va buscando Jesús. Jesús cuando viene a nosotros, se empieza a revelar, empieza a mostrar quién es, empieza a enseñar quién es el Padre, hacia quién caminamos y nos invita a vivirlo de corazón. 

Esa experiencia es la más profunda, la de descubrir un Dios que es padre y de hacer este camino de amor al que Jesús nos invitó y que Jesús nos mostró. La vida de Jesús se resume en eso, “¿cómo me puedo dar un poquito más?”. La celebración que vivimos hace poco, que es el centro, que es la Pascua, es la plenitud de ese darse. Creo que si hoy uno le preguntara a ese Jesús si se volvería a entregar diría que sí, porque eso es lo que lo hace feliz, porque eso es lo que desea su corazón. No es que no le cueste, le cuesta pero, sin embargo, el darse es para lo que vino y la Pascua es como una continuidad, “yo ya vine a ustedes, yo ya me di, yo ya salí de mi comodidad para involucrarme hasta el fin”. Es un Dios que continuamente nos va buscando, que continuamente busca mil caminos, que continuamente busca abrirnos el corazón, la cabeza, para que podamos entender un poco mejor, para que podamos amar un poquito más entregadamente y continuamente va haciendo esto y para eso nos invita a que nos animemos a entrar en esta dinámica.

Creo que la experiencia más profunda siempre es la experiencia más difícil de vivir, aprender a amar, aprender a entregarse, aprender a descubrir al otro, a conocerlo. Es todo un camino y muchas veces un camino que implica voluntad del corazón, implica tener que hacer un esfuerzo y por eso muchas veces nos cuesta. Sin embargo, Jesús sigue viniendo a nosotros. Es lo que vamos a celebrar hoy, que viene a nosotros, se hace presente en la eucaristía, lo escuchamos, el Espíritu enviado por el padre va a hacer que estas ofrendas se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesús, continuamente vive esta dinámica y nos invita a nosotros a lo mismo. Creo que si miramos para atrás retrospectivamente en nuestra vida y miramos cuales son los momentos más profundos que hemos tenido, son los momentos en los que nos hemos podido entregar, son los momentos en los que verdaderamente pudimos ser nosotros, casi que como que nos pudimos desnudar, pudimos mostrarnos como somos. Eso que es un momento de plenitud, de gracia, de don, de poder ser uno mismo, que es a lo que continuamente nos invita: “animate, arriesgate” y uno podría decir “me puedo lastimar”, pero si no me abro al otro, si no me muestro, seguramente no pueda vivir esa alegría. Jesús mismo se lastimó por arriesgarse, por darse, dio la vida, hasta eso llegó. Seguramente dijo: “Esto fue lo que más feliz me hizo, darme por ustedes”. Todos, desde lo más chicos hasta los más grandes, tuvimos la experiencia de darnos y ver que eso sea cansador, doloroso. Pero después, cuando uno mira para atrás, uno dice “que bueno que me animé a hacerlo, que bueno que di este paso, que lindo”. Lo que pasa es que en el momento uno dice “bueno, ¿me animaré? ¿Podré? ¿Valdrá la pena? ¿Lo hago?” pero, en general, en todo momento de entrega cuando uno mira para atrás ve los frutos, cuando uno mira para atrás ve el gozo y la alegría de aquello que vivió.

Por eso creo que si podemos pedirle a Jesús que nos regale algún don de esta Santísima Trinidad es ese continuo entregarse, darse, y eso es fruto del alma. Hay un Dios que se ama en sí mismo, en esas personas, hay otro que nos dio su amor y que lo vemos totalmente revelado en Jesús y otro que nos invita a vivir esa cadena, a vivir esa dinámica: “Ahora amen ustedes, ahora ustedes vayan y vivan esto”. Cuando logramos vivir esto, eso da frutos. Formar una familia, tener una propia familia es una experiencia de querer dar, a la mujer o al esposo, a los hijos, crear una nueva familia, es una entrega. A eso mismo nos invita Jesús, a vivir en nuestras comunidades. Si yo me doy al otro, a mí esa experiencia hace que quede bien en comunidad, en familia. La experiencia más simple es cuando misionamos: uno va a misionar y viene un montón de gente, ¿Por qué? Porque uno se dio, fue a la casa, lo visitó, hizo tal cosa… a eso mismo se nos invita a vivir como comunidad, que nos animemos a darnos un poquito más, a dar un paso, a formar una comunidad que sea familia. En la familia uno tiene que aprender eso, recíprocamente irse dando el uno al otro. Creo que esa es la comunidad que quiso formar Jesús y esa es la comunidad a la que nos invita también, con ayuda del Espíritu, a formar nosotros. 

Abramos entonces en esta noche nuestro corazón a este Jesús que se nos da y pidámosle también, cada uno de nosotros, poder hacer experiencia de esto y animarnos a vivir en esta dinámica que es la de entregarnos, darnos los unos a los otros.

Lecturas: 
* Dt 4,32-34.39-40
* Salmo 32
* Rm 8,14-17
* Mt 28,16-20

lunes, 29 de junio de 2015

Homilía: “El Espíritu es el que te envía” – Domingo de Pentecostés



En la segunda entrega de la serie de películas Piratas del Caribe, El Cofre de la Muerte, aparece un nuevo personaje que es el capitán Davy Jones. Este personaje tiene la particularidad de que físicamente no tiene corazón, se quitó el corazón. Esto es porque, desilusionado con el amor de su vida, Calipso, quien lo había traicionado, decide no sentir más. Frente a eso que le estaba pasando, frente a no poder estar con la persona que quería, que amaba, prefiere dejar de sentir. Por este motivo se arranca el corazón, lo mete en un cofre y lo tira al mar. Algo similar pasa en una canción de MANA, Amar es Compartir, que dice “Si tú te vas, arráncame el corazón”. Ese sentimiento de no querer estar solo, no querer estar sin aquello que me da vida, sin aquello que me enciende el corazón, sin aquello que para mí es un motor en el día a día, sin aquello que apaga y que me hacer perder el gusto a las cosas, me hacer perder la esperanza, me hacer perder el sentido de lo que yo quiero y busco.

Creo que este es el sentimiento que los discípulos tienen cuando Jesús se va. ¿Ahora qué? Yo dejé todo, me jugué la vida, dejé a mi familia, caminé contigo y vos le diste un sentido a mi vida. Con vos mi vida cobró un gusto, un sabor diferente, se iluminó de una forma insospechada y esto que descubrí y que me movilizaba hoy ya no lo tengo más. Jesús no está. Y eso me trae tristeza y casi, como dice la canción o como hizo este hombre en la película, este deseo de no sentir más. Hasta acá llegué. Sin Jesús, ¿Qué es lo que puedo hacer? Sin Jesús, ¿Hacia dónde voy? Sin Jesús, ¿Qué es lo que me moviliza? Y es ahí cuando ellos están apesadumbrados, casi distanciados, aunque estén cerca unos de otros, reunidos sin saber qué hacer, en ese cenáculo esperando, que las paredes empiezan a moverse, que los vidrios empiezan a vibrar, que escuchan un viento que sopla sobre esa casa. Cuando ellos dejaron de sentir, como muchas veces nos pasa, cuando ellos tienen una aridez muy grande en el corazón y se preguntan “¿Cómo lo vuelvo a encontrar a Jesús? ¿Dónde está?”, hay un Espíritu. Un Espíritu que, no solo mueve los cimientos de esa casa y casi que les hace pensar en qué es lo que está pasando, un terremoto, un temblor; sino que, mucho más profundo, mueve sus corazones, quema sus corazones y les vuelve a dar un sentido a sus vidas. 

Ese Espíritu Santo, que cuando se hace presente en ese primer pentecostés de Iglesia, les dice “Levántense, vuélvanse a mirar a los ojos. Mira a tu hermano y anímate a salir”. Ese Espíritu que es el que nos envía hacia afuera, ese Espíritu que nos saca de nosotros mismos y nos dice “Yo te hago testigo”. Y eso es lo que sintieron los Apóstoles. Nosotros tenemos como al gran olvidado en nuestra vida al Espíritu Santo, muy pocos de nosotros le rezamos. En general le rezamos a Jesús o le rezamos al Padre, muchas veces le rezamos a María, pero el Espíritu es el gran ausente en nosotros. Sin embargo, el Espíritu es el que nos trajo hasta acá, vivimos en el tiempo del Espíritu, en un Espíritu que les enseño al apóstoles a anunciar a Jesús. Este espíritu es tan importante que, como dijimos la semana pasada, Jesús le dice “Les conviene que yo me vaya para que venga ese Espíritu”. Es ese Espíritu que les enseña a los Apóstoles qué es lo que tienen que decir.

Tantas veces nos preguntamos ¿Cómo anuncio el Evangelio? No tenemos que ir muy lejos, por que ir lejos es lo más fácil. Si quieren les doy un ejemplo, por eso todos misionamos lejos, nos vamos a 500 kilómetros a misionar. Porque misionar acá, en nuestra casa, en nuestros barrios, en el conurbano bonaerense es difícil, cuesta. Y el Espíritu es el que te envía, te dice “Animate a los lugares más difíciles, a ir”. ¿Por qué? Porque Espíritu es el que te enseña a hablar. “¿Cómo oímos todos en nuestra lengua a estos hombres que son galileos?” El espíritu les dice qué es lo que tienen que decir, ¿Cuándo? Cuando confían, cuando dejaron de mirar hacia adentro, a sus miedos, a sus angustias, a lo que los diferenciaba, a lo que los distanciaba; cuando dejaron de preguntarse “¿Dónde está Jesús?” Y dejaron que el Espíritu actúe, y dejaron que el Espíritu obre. 

Todos tenemos la experiencia en algún momento de nuestra vida, tal vez hoy, de una aridez en el corazón, nos preguntamos dónde está Jesús. “Antes lo sentía tanto, antes lo descubría tanto, antes me era tan fácil”. La primera pregunta que nos podemos hacer es ¿Invocamos al Espíritu? Le pedimos a este gran artífice de la misión de la Iglesia que nos ayude a volver a sentir, que nos ayude a salir de nosotros, que nos ayude a descubrir a Jesús, que nos guíe: Con qué palabra, con qué gesto, con qué idioma podemos llegar al otro. Creo que en este momento de la Iglesia el Espíritu también quiere movernos a nosotros y nos quiere enseñar de qué manera tenemos que hablar, de qué manera tienen que ser nuestros signos. Creo que el Espíritu quiere venir hoy a romper nuestras corazas, a romper nuestros temores, a movilizarnos, a decirnos “vos también sos testigo”, a recordarnos quién nos envía y hacia quiénes nos envía, a decirnos que también nosotros hemos recibido el Espíritu Santo.

Hoy vuelve a haber Pentecostés, acá en medio de nosotros, eso es lo que estamos celebrando. Pablo nos dice que el Espíritu se manifiesta para el bien común, el Espíritu no es PARA MI, es para NOSOTROS. Es el que nos hace Iglesia, nos hace comunidad, es el que une los lazos, es el que reconcilia, nos dice “Vayan y perdonen” . El Espíritu Santo es capaz de unir aquello que nosotros no podemos, es capaz de llevarnos a aquellos lugares que están lejos o no nos animamos. Abramos entonces el corazón en esta noche con confianza en el Espíritu, pidámosle que este pentecostés haga vibrar los cimientos de nuestro corazón y que también a nosotros, a cada uno, nos envíe hacia donde Jesús nos lleve.

Lecturas:
*Hechos de los Apóstoles 2,1-11
*Salmo 103
*Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13
*Juan 20,19-23

viernes, 12 de junio de 2015

Homilía: “Comprométanse a llegar al corazón del otro con la certeza de que hay un espíritu que obró en la Iglesia” - Ascensión del Señor

Hay una película francesa que trata sobre la educación que se llama Entre Muros, en la que sucede casi todo dentro de un aula y el profesor, François, intenta dar lengua francesa a estudiantes extranjeros de bajos recursos. Es una escuela pública muy multirracial, de diferentes lugares. François descubre la dificultad de poder educar, poder transmitir, de motivar a los chicos para que ellos estudien, para poder llegar a ellos, para poder entender su lenguaje. Todo se va trabando, Tal vez, la misma experiencia que tenemos nosotros en muchas cosas. Pero hay uno de los alumnos, Souleymane, que era uno de los que le costaba y François lo logra incentivar aunque, en un momento, tiene un altercado muy fuerte con él y con una de las compañeras por lo cual el consejo escolar se reúne a ver qué es lo que va a hacer con este alumno. La imagen es muy fuerte porque, no solo es lo que a él le pasa, sino que el profesor se entera que en su casa él es el que educa a sus hermanos, el que la lucha un poco para que ellos puedan salir adelante. Va con la mamá frente a todo el consejo escolar, él quiere hablar y la mamá no lo deja y se pone a hablar ella pero el problema es que la mamá habla en su dialecto y los profesores hablan francés claramente. Entonces, a lo que es la dificultad de entenderse se le suma la incomunicación, “yo no entiendo qué es lo que está pasando”. Obviamente el hijo va a ser de traductor entre las partes en una situación no muy linda porque lo están por echar del colegio. Pero esa incomunicación entre la madre y el colegio dejaba plasmada la dificultad de lo que es hoy la educación. Lo que pasaba en el aula, esa incomunicación, aun casi hablando el mismo idioma, era lo que resultaba en dos personas que hablaban un idioma completamente diferente.

Esta dificultad la tenemos también hoy nosotros en nuestro país. Una de las cosas que más decimos es que la educación está en crisis, yo no creo que la educación en sí esté en crisis. Todos creemos que es importante educar, como valor, la educación es importante y eso no está en crisis. Lo que está en crisis es el cómo, la manera, la forma, cómo llegar a los otros, cómo incentivar, cómo cambiar, cómo descubrir esto. Yo me acuerdo que estando con Juan Llach hace diez años, en la parroquia anterior, que fue ministro de educación para los más chicos en la Argentina. Él nos ayudaba en los colegios que teníamos, a ver algunas problemáticas. Él decía esto: “Acá el primer problema es que tenemos edificios del Siglo XIX, profesores del Siglo XX y alumnos del Siglo XXI, esto así no tiene arreglo, esto tiene que cambiar”. Esto muestra una incoherencia muy grande, acá hay un desfasaje, ¿cómo nos encontramos en un desfasaje tan grande? Y si lo que tenemos que lograr es algo, es descubrir cómo se tiene que educar hoy en un colegio, cómo se tiene que personalizar, cómo ocuparse del otro. 

Esto creo que lo tenemos un poco más claro en las familias, no siempre se educa igual a los hijos, uno mantiene, transmite los mismos valores, uno educa con amor pero cada quien es cada cual, desde lo más simple. Yo, hace unos días en casa, que tenemos varios sobrinos, mis hermanos empezaron a preguntar de nuevo “¿y yo cómo era cuando era chiquito? ¿Yo dormía de noche?” y ya desde esa diferencia, más nosotros que somos once hermanos y que lo habrán padecido mis papás, quién dormía y quién no dormía de noche. Cada hijo tuvo su problema diferente, una cosa le costó a uno, otra cosa le costó a otro, lo que me sirvió con uno no me sirvió con otro, tengo que encontrar una manera distinta de llegar. Esa manera distinta de llegar uno la hace porque por amor uno se compromete con el otro y en esto siempre hay una doble responsabilidad. A los que nos toca educar, sean profesores, coordinadores o en el ámbito que me toque acompañar a otros o a veces acompañar a amigos; a mí me toca hacer algo pero al otro también. Yo puedo transmitir algo, educar en algo y el otro tendrá su tiempo, su camino que hacer en el corazón y en eso hay que tener paciencia. La educación no es clonada como muchas veces queremos hacer en los colegios o por fábrica, sino que es una artesanía, un arte, cómo llego al corazón del otro, de qué manera y de qué forma. Eso va mutando, es más, en la medida en que uno va creciendo, hay una parte que tiene que ir dejando lugar para que el otro crezca y llega un momento en el que te toca a vos, y ¿yo que hago? Te acompaño, estoy, no soy yo el que tengo que guiarte.

Esto que en la vida puede ser un poquito más claro, no sé si más fácil porque no es fácil educar, es lo que también pasa en la fe. La fe tiene un camino y tiene un proceso en el cual tenemos que tener paciencia, y si miramos la vida de Jesús algo así sucede. Hoy estamos celebrando la fiesta de la asención como dice la primer y tercer lectura, y en esa fiesta celebramos un cambio que hay en el vínculo con Jesús en los discípulos. Miremos la vida de Jesús: primero Jesús estuvo tres años, tomemos a los discípulos que eran los más cercanos. Los eligió, los llamó, caminaba con ellos, estaba con ellos, comían juntos, dormían, hacían la vida normal que hacemos cada uno de nosotros pero con Jesús ahí y Jesús les iba enseñando, los iba educando. Cada tanto escuchamos que los discípulos se equivocaban y Jesús les decía “no, esto tiene que ser de tal manera…”, les tenía paciencia, les iba mostrando lo que era la fe, quién era Dios. Hasta que, imprevistamente para los discípulos, Jesús vive su pascua que hemos celebrado hace poco y cambia la relación de Jesús con sus discípulos porque ya no está más de la misma manera. No solo sorpresivamente Jesús muere, sino que, aún más sorpresivamente, Jesús se aparece a los discípulos y en este tiempo hemos escuchado esas apariciones. 

Los discípulos se tienen que acostumbrar a un modo de presencia distintos de Jesús, ahora ya no está como antes, va y viene, se aparece, se desaparece, está un ratito. Creo que si le preguntáramos a los discípulos cómo sentían esto hubieran dicho “aunque sea esto zafa, lo tenemos un ratito a Jesús acá con nosotros de esta forma”. Pero cuando se están más o menos acomodando a esta forma y a esta presencia de Jesús, Jesús les dice “arrivederci, me voy para el cielo, hasta acá llegó mi tiempo y viene el tiempo del Espíritu y yo me tengo que ir”. Los discípulos, que se habían aferrado a ese tipo de presencia de Jesús, se van a tener que acostumbrar a otro tipo de presencia de Jesús, a otra forma en la que Jesús está con ellos. Pero ahí, sorpresivamente, hay un cambio en los discípulos: hasta ese momento los discípulos estaban con Jesús, cada tanto Jesús les mandaba alguna prueba de misión, volvían a educar un poquito, pero a partir de ahora ya no lo tienen más. Jesús les dice: “ahora les toca a ustedes hacer este paso”. Lo que uno esperaría de ese duelo, de que Jesús no está, es un cambio en el corazón de los discípulos, y salen ellos a predicar. La fuerza del Espíritu Santo, que muchos la han recibido o la van a recibir ahora, celebrada en pentecostés hace que los discípulos salgan. Hace que sean ahora los discípulos los que quieren educar en la fe, los que quieren transmitir la fe y van a buscar formas, caminos. Hemos escuchado en este tiempo que Pedro predicaba de una manera, Pablo de otra, Juan de otra… buscaban cómo llegar al corazón del otro. Se acostumbraron a eso y se dieron cuenta de que ahora la posta les tocaba a ellos.

Por eso estamos reunidos hoy todos acá. Hubo toda una generación de personas que conocieron a Jesús que lo transmitieron y así fue de generación en generación, y nosotros podríamos mirar quiénes nos transmitieron la fe a nosotros, y para que esto siga, tenemos que animarnos nosotros a transmitir esa fe. Pero no es solo tarea nuestra, es tarea nuestra y tarea de Dios, no nos corresponde todo a nosotros, pero tampoco le corresponde todo a Dios. Eso es a lo que uno tiene que acostumbrarse, a veces uno escucha, así como ese “la educación está en crisis”, también escuchamos el “Dios está en crisis”. Bueno, no creo que Dios esté en una crisis existencial ahí arriba en el cielo, no es ese el problema. Es más, si nosotros pensamos en algunas cosas para transmitir a Jesús y tenemos plan A, plan B, plan C… Dios debe tener todo el abecedario más o menos de cómo llegar al corazón. Seguramente esté recorriendo caminos que nosotros ni sospechamos hoy para lograr tocar el corazón del otro, con la certeza de que eso va a dar fruto, pero si nos comprometemos todos, si tenemos paciencia; si, cuando educamos, buscamos el camino de cómo llegar hoy. Nos dice “quedate tranquilo que soy yo el que toca el corazón de las personas, pero sí comprometete vos a ser testigo, a ser creativo en lo que a vos te toca hoy, en la forma en que te toca hoy”. 

En general, decimos que estamos en crisis porque tenemos que transmitir la fe y, más que la forma, lo que nos da es miedo, ¿Por qué? Porque era mucho más fácil hace un tiempo atrás cuando el mundo era cristiano y ahí ¿cuál era el desafío en un mundo cristiano donde casi todos creen? Dios es evidente, no hay mucho desafío, es mucho más fácil. El desafío está cuando yo tengo que educar o transmitir algo que el otro me lo va a cuestionar y me va a preguntar. Pongamos un ejemplo simple de esto: supongo que, papás, jóvenes y chicos, todos estamos de acuerdo en que la verdad es un valor y lo queremos educar, que nadie educa en la mentira acá, creo. Sin embargo, todos sabemos que no es tan fácil vivir en la verdad, es un proceso. Hay momentos en los que cuesta mucho ser veraces, ser transparentes, ir con la verdad al otro, pero tenemos la paciencia. Pero también hay momentos más normales, donde uno se pregunta, empieza a mirar cosas y uno tiene que tener la paciencia para que lo otro llegue. Bueno, en la fe pasa lo mismo, todos tenemos momentos, todos tenemos la experiencia de que no vivimos la fe siempre igual. A veces me tienen que empujar y otras veces yo tengo que acompañar y educar al otro y tendríamos que aprender que esto es lo normal de los caminos, como los otros vínculos pero acompañándonos los unos a los otros y siendo creativos. 

La Iglesia no puede transmitir como en el siglo I o V, pero tampoco como en el siglo XX, hoy tiene que transmitir a Jesús de la forma en que toca hoy y eso es a lo que nos invita, la ascensión nos compromete a todos y nos dice “yo hago mi parte, yo sigo estando con ustedes, ahora ustedes pongan la suya” ¿Cuál es la nuestra? Sean creativos, busquen los caminos, busquen las formas, comprométanse a llegar al corazón del otro con la certeza de que hay un espíritu que obró en la Iglesia. El día de pentecostés eran muy poquitos y el Espíritu sopló a los once, más Matías que lo habían elegido doce, más algunas mujeres, veinte, cincuenta, no sé cuántos serían, y sopló. Hoy somos muchos más y lo que nos dice es que salgamos, que nos animemos, que seamos testigos. No nos está diciendo que hagamos cosas extraordinarias, tal vez alguno esté destinado a hacer cosas extraordinarias el día de mañana y nos haga famosos a todos nosotros, pero miremos a San Isidro Labrador que lo celebramos hace dos días: San Isidro Labrador tuvo una vida simple, y no despectivamente, simple, ordinaria, y creo que es el mejor ejemplo para nosotros y el es nuestro patrono. San Isidro Labrador es santo porque vivió entregado a Jesús, su trabajo y su familia, eso fue lo que hizo, y eso lo hacemos todos acá. Tenemos familia, tenemos trabajo y es ahí el primer lugar donde se nos invita a vivir la santidad, a cómo yo puedo ser más generoso, puedo escuchar mejor, cómo puedo amar mejor, cómo me puedo comprometer más, entregar más, y tenemos la experiencia de lo que cuesta, en casa, en el trabajo. Después habrá momentos en la vida donde me toque algo más, pero ese es el primer lugar, ese es el primer sitio. Para los más jóvenes es el colegio, la facultad, el espacio en el que estoy, ahí se me pide poner el corazón, y para eso vamos a recibir el Espíritu.

Yo los invito en esta semana en la que nos estamos preparando, a mirar, tal vez, cuál es ese paso que podemos dar en el caminar hacia Jesús, tal vez rezarle al Espíritu que es al que menos le rezamos. Rezarle al Espíritu, hacerle alguna oración y pedirle, decirle “ayudame en esto”, pero como siempre digo, no un súper salto que después no hago y me frustro, sino un salto concreto ¿Qué me está costando hoy? ¿Qué es lo que me cuesta? Esta persona, esta actitud, este gesto en casa, en el colegio, en el trabajo, pensar eso. Pedirle al Espíritu Santo que te ayude en eso, a dar ese paso. Pidámosle a Jesús, a él que envió al Espíritu para que los discípulos sean testigos, que también en este nuevo pentecostés que en una semana vamos a vivir, nos envíe el Espíritu para que hoy en medio de nuestros hermanos podamos ser testigos.


Lecturas:
*Hechos de los Apóstoles 1,1-11
* Salmo 46
*Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,17-23
*Marcos 16,15-20

viernes, 5 de junio de 2015

Homilía: “Lo que hace salir lo mejor de nosotros es el amor” – Sexto domingo de Pascua

En el comienzo de la película “Diario de una Pasión”, esas películas que les gustan a las mujeres, aparece un hombre caminando por un hogar de ancianos, una persona mayor, terminando su vida acá en la tierra. Se escucha una voz en off que dice: 

“No soy una persona especial, soy una persona corriente con pensamientos corrientes; nadie me ha hecho un monumento en la vida y tampoco van a escribir sobre mi después que muera ni van a recordar mi nombre durante mucho tiempo. Pero, como muchos otros, podría decir que he tenido éxito en mi vida porque he podido amar a una persona con todo mi corazón y eso para mí es suficiente”. 

Podrimos decir que el sentido de la vida de cada uno de nosotros es ese: Cómo podemos crecer en el corazón, cómo podemos aprender a querernos y a amarnos, cómo podemos aprender a amar de una manera especial a alguien. Esto que parece tan sencillo de decir pero es tan difícil de vivir, todos tenemos la experiencia de lo difícil que es aprender a amar y, sin embargo, es como el termómetro de nuestra vida. Cuando nos sentimos queridos y amados estamos mucho más contentos, somos mucho más proactivos, encaramos muchas más cosas. En cambio, cuando no nos sentimos queridos y amados o no podemos amar, estamos de mal humor, no tenemos ganas de nada, no le encontramos sentido a las cosas, todo nos cuesta muchísimo más, porque EL AMOR ES LO QUE DE ALGUNA MANERA ME DEFINE, lo que hace que pueda ser aquello que yo quiero ser. Por eso, la invitación constante en nuestra vida es a crecer en este amor y la invitación de Jesús es a eso. 

El evangelio de hoy, continuando el que escuchamos la semana pasada, sigue repitiendo “permanezcan en mi amor”, casi que como que lo quiere grabar en nuestro corazón por cansancio; lo central es hacer experiencia del amor de Jesús. Pero, como les digo, es difícil amar, es difícil porque siempre implica que yo dé una paso más en el corazón. El problema del amor es que se rompen los marcos, ¿cuál es el marco del amor? ¿Qué es lo que uno tiene que hacer por amor? El corazón siempre invita a algo más, a un paso más; por eso es más fácil, muchas veces, buscar otro camino. Para poner un ejemplo, la segunda lectura que escuchamos está en la misma línea, dice: “Dios es amor y aquel que ama ha conocido a Dios y aquel que no ama no ha conocido a Dios”. No sabe quién es Dios, no es que no ha podido aprender, no ha hecho experiencia en su corazón de quién es Dios. Sin embargo, esto es difícil de explicar, porque explicar lo que es el amor es complejo, es más fácil poner otras imágenes de Dios. Pongamos un ejemplo de una imagen que por mucho tiempo se transmitió: Un Dios que es juez, era más fácil amar de un Dios que es juez; pero ¿Por qué? Porque eso tiene marcos, tiene marcos legales, “si haces eso más o menos está bien”, “si haces esto, está mal, estás condenado”, “si haces esto seguro Dios te va a castigar”. Me da más seguridad, es más fácil. 

Explicar un Dios que es amor, un dios que me invita a vivir una aventura desde el corazón es mucho más complejo, porque me lleva mucho más tiempo, porque me compromete muchísimo más, porque me invita a dar pasos cada día más grandes en mi corazón, porque nunca se termina, porque siempre tengo que caminar y tengo que crecer. Sin embargo, esa es la experiencia de Jesús, lo que cambió Jesús es que, cuando él se hace presente, lo que muestra es un Dios que ama de una manera diferente. La gente que se encuentra con Jesús se siente amado de una manera especial, sobre todo aquellos que no se sentían queridos y amados; y al encontrarse con Jesús, encuentran a alguien que de pronto les dice “yo te entiendo, no te juzgo, te acompaño, me encuentro con vos y te invito a hacer esta historia”. Esa persona, a partir de ese encuentro con Jesús, siente que alguien la valora, que su vida es importante, que hay alguien que se preocupa por él o por ella y que por eso lo invita a algo más. Todos tenemos, como dije antes, la experiencia de que lo que hace salir lo mejor de nosotros es el amor, no que nos tengan cortitos. Cuando nos sentimos queridos, en general, nos sentimos mucho más comprometidos. 

Yo me acuerdo, una pavada no, un día estábamos en lo de mi hermana y era el cumpleaños de uno de mis sobrinos y vino un chico re contento al cumpleaños y le trae un regalo re bueno a mi sobrino. La primera respuesta de mi hermano fue decir “uh, que buen regalo, cuando sea su cumpleaños voy a tener que comprar algo caro”. Pero más allá de esto que es muy simple, es “Bueno, ¿por qué el otro me entrega esto?” “¿Por qué el otro da esto?” Y era una pavada, era un regalo, algo material. Mucho más es cuando el otro me da su vida, “¿Por qué tenés ese gesto conmigo? ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué te la jugaste en esto? ¿Porque me acompañaste en esto?” y eso me compromete mucho más, porque es mucho más profundo, porque da un paso mucho más grande. Esa es la experiencia de Jesús, aquello que sella es cuando yo me siento querido y amado, no cuando tengo que vivir esto o no, eso me hace nadar en la superficie, o quedarme en algo que se puede esfumar muy rápido, pero cuando yo profundizo en el corazón, eso hace como una raíz mucho más fuerte. 

Hay una historia que cuenta que un labrador le estaba enseñando la profesión a su hijo y él estaba plantando y el hijo le preguntó: “¿Cómo hago para plantar esta semilla?”, y el padre le contestó “cava bien, cuanto más profundo sea, más posibilidades tiene la planta de crecer”. En nuestra vida pasa lo mismo, cuanto más profundo hacemos experiencia de amor, más profundos son nuestro vínculos, más estables son nuestro vínculos, vamos caminando y creciendo, o eso deberíamos. Como alguna vez les he dicho, a veces crecemos en un montón de cosas, o se nos invita a eso en el mundo, a crecer estudiando, y uno no termina más, hay que tener formación permanente y un montón de cosas. Nuestra imagen, que cómo me cuido, que tengo que estar bien, flaco, que no sé cuánto, me aparecen las canas, el pelo se me sigue cayendo y así en un montón de cosas; que tener más, que no, porque la imagen… Sin embargo, muchas veces nos olvidamos, que lo central es crecer en el amor y educarnos para crecer en el amor. 

A veces pareciera que el amor se da por arte de magia, cuando es lo central en la vida y eso es lo que me va a marcar a mí y lo que va a marcar al otro, eso es lo que va a transformar nuestras vidas, esta es la experiencia de Jesús. Por eso dice “yo los llamo de otra manera, ya no los llamo más servidores, los llamo amigos ¿Por qué? Porque yo les di a conocer todo, este soy yo, este es Dios”. Uno cuando ama verdaderamente, a los amigos, a los que quiere, a la familia, les abre el corazón, les abre su vida. Cuando uno se siente amado y puede amar, y ¿Qué hace? Y confía, no tiene que estar calculando, a ver, hasta dónde digo, hasta dónde hago, a ver si digo esto y piensan tal cosa, a ver si hago esto y que va a pensar el otro. Que muchas veces lo hacemos en los lugares donde no nos sentimos queridos y amados, o que tengo que mantener mi imagen y no puedo ser yo mismo. También dejo de controlar porque el amor me llama a confiar en el otro, a soltarlo, y no tengo que andar diciéndole qué hacer o tengo que ir controlando que haga tal cosa o tal otra. Sé que puedo confiar y el otro puede confiar en mí, me cambia la mirada, aprendo a mirar de otra manera, una mirada mucho más amorosa, mucho más misericordiosa, que entiende mucho más. 

Uno cuanto más ama aprende, o debería aprender, a perdonar mucho más, a intentar comprender al otro, a escucharlo, a preguntarle primero antes de juzgarlo. Me cambia también la manera en que yo escucho, la profundidad, las ganas que tengo de escuchar al otro, el amor va transformando mi corazón, cuando me animo a ir creciendo. A veces nos olvidamos que este es un camino de toda la vida y yo no puedo tener cuarenta años y seguir amando como cuando era niño o adolescente o joven, se supone que debería haber crecido. Entonces debería ser una persona que, creciendo en el amor, aprendí a tener más paciencia con el otro, a escucharlo mejor, aprendí a ser más generoso, más entregado, a tener un corazón mucho más misericordioso que sabe perdonar y entender al otro, esto es lo que hizo Jesús. 

Jesús fue creciendo en ese amor y creció en un amor tan grande que lo central es que dio la vida, y por eso dice “a mí nadie me la quita, yo la doy voluntariamente, porque quiero, ¿Por qué? Porque amo, y creo que todos tenemos la experiencia de que hay cosas por las que estamos dispuestos a dar la vida, pero es cuando aprendemos a amar. A la persona que amamos, estos dispuestos a darlo todo por esa persona, pero para eso tengo que profundizar en ese amor, esa es la experiencia de Jesús. Esa es la experiencia en las primeras comunidades y esa es la invitación a nosotros en este mundo. Cuando aprendemos a amar, nos miramos de una manera distinta y aprendemos a mirar al otro de una manera distinta, como que nos saca de nosotros mismos. ¿Vieron cuando los chicos están enamorados y uno le pregunta “¿Dónde estás hoy?” porque esta con la cabeza en otro lado? y uno sabe dónde tiene la cabeza, o en quién tiene puesta la cabeza, ¿Por qué? Y, porque el amor me lleva a pensar en el otro, quieren estar con el otro, esa es la experiencia de la vid y los sarmientos. ¿Se puede estar en Jesús? Yo soy la rama, el tronco, ustedes son los sarmientos, la rama, ¿cómo puede estar uno en el otro? Y cuando uno ama siente que esta con el otro, esa es la experiencia profunda. 

Yo me acuerdo una vez, charlando con alguien que había fallecido su marido, me decía “yo siento que se fue la mitad de mi vida” y era esa la experiencia, estar presente en el otro de una manera especial, después de todos esos años, el partió y ella quería partir para allá, quería tener esa experiencia. O la experiencia, si quieren, de santa teresa de Jesús ahora que se cumplen 500 años; ella, después de rezar, dice que escucha en su corazón una pregunta de Jesús que le dice “¿quién eres?” y ella contesta “soy Teresa de Jesús”. No dice “soy Teresa de Cepeda y Ahumada” que es su nombre, no, dice Teresa de Jesús, “yo vivo en él, vivo sin vivir en mi” dice teresa, y uno no entiende esas palabras, ¿cómo alguien puede decir “vivo sin vivir en mi”? Y después dice que escucha que Jesús le dice: “Yo soy Jesús de Teresa, yo soy para vos”. Bueno, esa es la experiencia de Jesús, Jesús es para nosotros y nos invita a ser para él y de esa manera también poder ser para los demás. Cuando uno ama eso sale con naturalidad, cuando uno tiene un corazón que es un poquito más mezquino, como todos tenemos experiencia, eso cuesta más. 

Esto es lo que vive Pedro en la primera lectura, Pedro se tiene que abrir a una nueva realidad. Llega a la casa de alguien extranjero, que se supone que no vive la fe y dice “¿quién soy yo para quitar lo que el espíritu está mostrando? Todas las naciones tienen que recibir esto”. Hoy lo podríamos decir de otra manera, ¿Quién soy yo para decir que el espíritu no se tiene que hacer presente en esta realidad, en esto nuevo? Bueno, si el espíritu me va guiando por ahí, esa es la experiencia de permanecer en el amor, cuando yo permanezco en el amor, crezco, y voy cambiando. Y sin tener una visión inocente, el amor cuesta, amar cuesta, sino pregúntenselo a Jesús en la cruz si amar no cuesta, amar es dar la vida, pero es el amor lo que te hace feliz. Pregúntenle a Jesús si eso lo cambiaría por algo. Esa es la experiencia que nos invita a hacer nosotros, aprender a amar, a ir creciendo en eso, a permanecer en Jesús para ir teniendo cada vez un corazón más grande y entregarlo. 

Animémonos entonces en este tiempo de pascua a permanecer en ese amor de resucitado pidiéndole que transforme nuestras vidas, nuestros corazones, y nos dé cada día un corazón más entregado. 


Lecturas 
*Hechos de los Apóstoles 10,25-26.34-35.44-48 
*Salmo 97 
*Primera carta del apóstol san Juan 4,7-10 
*Juan 15,9-17

viernes, 8 de mayo de 2015

Homilía: “descubrir la necesidad que tenemos en Jesús” – Quinto domingo de Pascua


Hay una canción de Mercedes Sosa que dice “cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo” y sigue dando ejemplos de cómo las cosas cambian continuamente y en el estribillo repite “cambia, todo cambia”. Creo que resume bien la experiencia de lo cotidiano en este mundo que es un cambio constante, no solo por el devenir de las cosas. Todos tuvimos que abrir los placares y buscar ropa abrigada este fin de semana con el frio, porque van cambiando las estaciones, aunque menos que antes, uno ve como las cosas van cambiando, pero también cambian con la experiencia. Hoy las cosas son muy distintas de lo que antes se vivía. Hace poco estaba reunido con unos amigos cenando y hablábamos de estas cosas y uno que trabaja en recursos humanos contaba que antes, hace un tiempo, unos años, le empezaron a llegar currículums de personas que habían pasado en muy poco tiempo por varios trabajos y él decía, para él, esas personas no tenían estabilidad laboral y descartaba los CVs. Pero decía que ahora son todos iguales, son todos así y, aparte, los mira con detenimiento porque esa es la experiencia de los jóvenes, hoy el trabajo que tienen es temporal, “hoy tengo este trabajo pero después va a cambiar”. Si uno piensa en nuestros padres o en nuestros abuelos, en general cuando comenzaban en un trabajo iba a ser el trabajo donde se iban a quedar durante toda su vida. Eso fue cambiando, fue mutando, el lugar que ocupaba en la vida y también ese “necesito y quiero quedarme acá”.

Podríamos poner también otro ejemplo de otra cosa diferente que se vive hoy, tal vez, no sé bien hace cuántos años, pero muchas veces un gran porcentaje se casaban con su primer novio o novia. Hoy en día, mejor no pregunto, pero no creo que sea la experiencia más prioritaria porque a veces “salen” o no sé; esa experiencia es distinta, es diferente. También, para elegir una profesión, una carrera: hace años, no tantos, uno cuando estaba terminando el colegio ya sabía qué iba a estudiar, después eso fue cambiando y uno cuando terminaba no tenía idea qué estudiar. Hoy no sé hasta cuantos años llega eso más o menos, algunos pasan por dos o tres carreras hasta que dice “esta es la mía”. ¿Es mejor? ¿Es peor? No, no es mejor ni peor, es diferente, cambia el modo de vivirlo. Pero, ¿lo central qué es? Lo central es que yo encuentre mi vocación, “esto es lo que quiero”, más allá del camino que tomen, lo central es que encuentro con quién quiero compartir la vida, más allá de si es el primer novio o no. Yo quiero compartir mi vida con esta persona, lo central es que lo profundo no cambie, lo superficial, siguiendo la canción, puede cambiar mucho pero debería no cambiar lo profundo, eso es lo que deberíamos sostener en la vida.

Tal vez, poniendo un ejemplo, hace poco me toco darle la unción a una señora muy mayor, tenía más de cien años, y me decía “padre, pídale a Dios que me deje partir de este mundo, para que se dé una idea, yo anduve en carreta”. Así que imagínense lo que era para ella vivir hoy en este mundo totalmente diferente, vivió en un mundo que era otra cosa. No hablamos de los cambios tecnológicos, que son continuos, más allá de eso que sería más superficial, también hay un montón de cosas que cambian y que por eso nos cuesta vivirlas. Por eso también con las generaciones de hoy uno se siente tan diferente, uno a veces escucha a los jóvenes, que son muy jóvenes todavía, y dice “bueno esto ya fue” como si hubieran pasado un montón de años. O que pasó un montón de tiempo y, sin embargo, es muy poquito el tiempo y la experiencia de hoy en el mundo es de cambios muy constantes en todo, a veces pareciera que hasta en los mismos valores y en lo que uno ve.

Por eso el mensaje de Jesús hoy en el evangelio suena casi como contracultural: “permanezcan”, y lo repite, casi que pareciera que no conoce un sinónimo porque dice “permanezcan en mí, permanezcan, permanezcan, permanezcan…”, continuamente está diciendo esto. Pero, ¿a qué se refiere Jesús? Jesús se refiere lo profundo, a encontrarle el sentido a la vida, cuáles son los valores importantes en los que yo quiero vivir. En qué es lo que yo quiero, cómo ser feliz podríamos preguntarnos en última instancia, esa es la pregunta, y cómo caminar en eso, en aquello que nos da vida. Y después de que en el fin de semana pasado Jesús nos dijo que él es el buen pastor y que él conocía a sus ovejas y las ovejas lo conocían a él, lo que nos dice es que, para que ese conocimiento crezca, la única forma es permaneciendo. Yo nunca termino de conocer al otro si no me animo a permanecer en él, a permanecer en ese vínculo, a ir pasando distintos momento, distintas etapas donde yo me voy a ir revelando y el otro también se va revelando; pasando tiempo juntos donde conocemos la vida y el corazón del otro. Esta es la invitación de Jesús: “Permanezcan en mí, yo soy la vid, ustedes los sarmientos”. Sin embargo, si uno escarba un poquito, yo creo que este texto va más allá de una elección, de elegir o no permanecer en Jesús. Es claro que uno elige si permanecer o no, esa elección es nuestra, pero la imagen es mucho más profunda porque el sarmiento no puede elegir o no estar en la planta. El sarmiento es parte de la planta y si deja de ser parte de una plata, porque por ejemplo alguien lo cortó como dice el evangelio, o se fue perdiendo o pudriendo, pero necesariamente se mantiene unida a la planta.

Lo que nos dice Jesús es que, para dar fruto, para dar vida, necesariamente tenemos que permanecer unidos a él. Que va a brotar de una elección propia, seguro, porque no estamos obligados con Jesús, pero él lo que dice es que tenemos que descubrir esa necesidad, “yo te necesito”. Así como necesitamos muchas cosas en la vida, descubrir la necesidad que tenemos en Jesús. Para poder crecer, para poder madurar, para poder ir abriendo el corazón. No es que vamos a ser mejores o peores por estar con Jesús o no, es más profundo: nuestra vida cobra una dimensión, una existencia diferente en Jesús. Pongamos como ejemplo estas lecturas que tenemos hoy. En el primer caso, en la segunda lectura, Juan dice: “No amen de palabra y con la lengua, sino de obras, de verdad, con el corazón, poniendo la vida” y todos tenemos la experiencia de lo difícil que es ese salto. El salto de lo que yo digo a lo que yo vivo es un salto casi que de los más difíciles en la vida, por eso está el dicho “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” porque nos cuesta mucho encarnarnos en la vida. Todos tenemos la experiencia de prometer un montón de cosas y ver después que no lo podemos hacer, de decirle un montón de cosas al otro, que le decimos sinceramente, pero que después, en la práctica, es muy difícil o muy distinto de lo que cada uno de nosotros vivimos.

Anoche tuve un casamiento, y todos sabemos cuál lectura eligieron porque casi siempre eligen la misma lectura, en esa lectura de Corintios que habla del amor, que el amor es paciente y es servicial, es muy linda. Pero si uno la mira con detenimiento, no solo lo que dice sino también la invitación a vivir, es muy exigente. No solo que el amor sea paciente, servicial, que yo me anime a vivir eso, que según cada uno y su personalidad lo podrá vivir mejor o peor; sino que, como yo siempre les digo, que se fijen bien lo que eligieron, que no sé qué tan bien leyeron: “El amor lo soporta todo, el amor lo perdona todo”. Ahora, si yo les pregunto ¿están dispuestos a soportar todo por amor o a perdonar todo por amor? Y estoy seguro que dirían “no mira, esto es imposible, yo tengo mi limite, hasta acá llego yo, hasta acá llega la entrega, el amor que yo puedo dar”. Hay momentos en los que se hace muy arduo, se hace muy difícil, donde uno descubre que se siente muy defraudado, muy desilusionado. O por el contrario, herimos a los otros, y es ahí donde, tal vez, si yo permanezco en Jesús, el amor de Jesús me invita a dar un paso más, me ayuda a, a veces, poder soportar cosas por amor, a poder vivir lo arduo de lo que es el amor, a expandir el límite que yo tengo, a que dé un paso más en mi vida.

En esta primera lectura tenemos el ejemplo de la vida de Pablo quien, como saben, se convierte. Nosotros tenemos la experiencia de Pablo vivida 2000 años después, que Pablo es un crack, Pablo es el misionero más grande que la Iglesia dio. Sin embargo, en un primer momento es difícil que Pablo llegue a eso porque él, como ustedes saben, perseguía a los cristianos, los mataba y, al primero que le dicen, que es a Ananías, “andá a bautizarlo”, le contesta “no señor, ¿adónde me estas mandando? ¿Sabés de quién estás hablando?” Ananías va con un miedo bárbaro a bautizarlo a Pablo, y después Pablo está en una comunidad de Antioquía donde le cuesta. Acá nos dice que lo llevan a Jerusalén y la comunidad en un primer momento no lo quiere recibir a Pablo. Uno diría “¿y el Espíritu caritativo?”, pero ¿nosotros recibiríamos a alguien que nos persiguió o que mato a un hermano nuestro? Creo que por mucho menos nos iríamos de acá si alguien así entra. Y Pablo no lo esconde y muestra el camino que la comunidad tiene que hacer y ¿Cómo es posible que la comunidad haga este camino? Y porque permanecen en Jesús. El permanecer en Jesús invita a un acto de misericordia que seguro va mucho más allá de lo que ellos pensaron, de lo que ellos imaginaron. Con paciencia, teniendo que esperar, con un Bernabé que lo defiende, que les dice “no, yo lo conozco, fue haciendo este camino” y esa es la invitación para nosotros, a que permaneciendo en Jesús él nos vaya dando un plus a nuestra vida.

Si yo me animo a abrirle el corazón a Jesús, él me enseña a mirar las cosas de una manera distinta, me enseña a VALORAR las cosas de una manera distinta, me enseña a ir a lo central y a ir creciendo en esos valores. ¿Cómo se puede tener cada día un corazón más bueno? Eso es lo que busca Jesús, una mayor profundidad en el amor, y esa es la segunda parte de esta imagen de la vid. La vid permanece junta y es esa vida, esa savia la que le da fuerza para que dé fruto, y lo mismo hace con nosotros. Hay momentos en los que necesitamos esa fuerza de Jesús y, permaneciendo en él, en la oración, en la eucaristía alimentándonos de él, él nos va a dar esa fuerza para lo que muchas veces nuestra vida no puede, encuentra su límite. Por eso nos invita, nos dice “anímense”. Ahora, si uno mira la planta, la planta no da frutos todo el año, todo el tiempo, tiene sus momentos para dar frutos. Hay veces que uno la mira y la planta está un poquito más seca, sin fruto, que no es el momento, es más arduo si uno lo mirara ese tiempo, pero necesita todo ese tiempo para después dar fruto. También en nuestras vidas, todos encontramos momentos diferentes, pongamos un ejemplo en el vínculo con Dios: Hay momentos más fuertes, hay momentos de aridez, de preguntas, de dudas pero eso es lo que nos lleva a un momento después donde nuestra vida da fruto pero para eso tengo que permanecer. La tentación más grande es abortar, decir “hasta acá llegue, dejo de vivir esto”, porque cuesta, prefiero cambiar, prefiero hacer otra cosa. “Bueno viví esto con Jesús, Jesús era para este momentos de mi vida” “Viví este valor, este valor era para este momento de mi vida” pero lo que va a dar fruto va a ser el que yo me anime y a veces nos va a costar vivir el amor. Sino pregúntenle a Jesús si le costó vivir el amor, ¿me va a costar vivir la verdad? Y sí, y va a ser arduo y me voy a preguntar cosas pero voy a poder ver la gratificación y el don que me da eso. Me va a costar vivir este vínculo hoy pero si tengo paciencia, si se esperar, voy a tener la certeza de que va a dar fruto, si me animo a permanecer. La permanencia es lo que hace que las cosas lleguen a florecer. Esa es la invitación de Jesús para nosotros.

Animémonos entonces, como estas comunidades, a permanecer en Jesús, animémonos a descubrir esas invitaciones que le hace a nuestra vida cuando le abrimos el corazón, cuando salimos de nuestra manera de pensar y dejamos que Jesús actúe. Animémonos como él a dar frutos de amor, frutos de esperanza, de esa paciencia que siempre llega a florecer.

Lecturas:
*Hechos de los apóstoles 9,26-31
*Salmo 21
*Hechos de los apóstoles 9,26-31
*Juan 15,1-8