En la película 300 se muestra un momento histórico en el cual el rey de Esparta, Leonidas, junto con trecientos espartanos van al paso de Termópilas, un lugar por donde el emperador Jerjes con su ejército persa tenía que pasar. Y lo hacían, más allá de que históricamente fueron un poco más de trecientas personas las que iban a defender ese lugar, porque sabían que era un lugar clave aunque no tuviesen chances de ganar. Cuando el ejército pasara por ahí iba a terminar quebrando la resistencia espartana. Sin embargo ellos se animan y van hasta ese lugar para detener el mayor tiempo posible a este rey y a su pueblo. Y durante siete días los van detener ahí. Durante siete días los persas no van a poder pasar, no van a poder quebrar las fuerzas. Y cuando uno esta mirando la película parece como que los espartanos dijeran “bueno, que se vengan todos, no hay problema, vayan trayendo más”. Y uno tras otros van cayendo hasta que por una traición ellos pierden ese lugar estratégico. Y uno se pregunta ¿qué sentido tiene esto? ¿qué sentido tiene ir a dar la vida? ¿qué sentido tiene ir a ese lugar? Uno podría pensar: una posibilidad es una inconciencia total, no me doy cuenta de los que estoy haciendo y voy hasta ese lugar y hago lo que venga, y si me toca morir, muero. O podríamos preguntarnos si no hay algo más profundo que los moviliza a eso, a ese pensamiento “que se vengan todos”. A ese pararse contra la realidad porque tengo un deseo profundo que quiero vivir y cumplir. Leónidas en un momento va a decir: “llegará una nueva época, llegará una época de libertad donde el mundo sabrá que hubo trecientos espartanos que dieron su vida hasta el último aliento para que esto puedo vivirse”. Es decir, encontraron algo por qué luchar. Encontraron algo porque vivir. Encontraron algo porque dar la vida cueste lo que cueste. Y auque no nos demos cuenta, nos pasa a nosotros muchas veces en la vida. Es curioso como a veces uno no esta pasando un momento difícil, las cosas no están muy complicadas, sin embargo no encontramos algo que nos mueva. Estamos como ensimismados, no encontramos los caminos, nos preguntamos: ¿para qué vale la pena todo esto? Y sin embargo las cosas a nuestro alrededor si las vemos objetivamente funcionan, yo tengo que ser un agradecido de lo que tengo. Pero no encuentro como un motor, algo que me mueva, algo que diga esto si vale la pena.
Pero hay otros momentos donde sentimos, vemos que todo se nos cae encima, y sin embargo no estamos tan preocupados. Y uno diría “que inconciente”, o podemos decir “yo encontré algo por qué luchar”. Encontré algo por qué vivir. Y entonces todo lo que esta pasando a mi alrededor no me importa tanto, porque estoy seguro de lo que quiero, estoy seguro de lo que busco y estoy seguro de por qué lucho o por quienes lucho. Y esto que creo que nos pasa de diferentes maneras y en distintos tiempos en la vida, es lo que le pasa a Isaías en la primera lectura. Isaías dice “bueno me asustaron, me persiguieron, me abofetearon...”, no importa, sigan viniendo. No hay problema. Dios esta conmigo, ¿quién podrá contra mi? ¿quién va a ser mi adversario? Uno puede decir, Isaías esta medio loco o, tal vez, Isaías encontró un sentido. Le encontró un sentido a los momentos difíciles. Le encontró un sentido a la vida en ese Dios. Y en ese Dios que él descubrió, el se anima a luchar. Él se anima a seguir caminando porque eso es lo que mueve su corazón. Eso es lo que lo lleva a luchar aún cuando parece que los caminos se cerraron, cuando parece que ya no hay posibilidades. Ahora, para llegar a ese momento justamente todos tenemos que animarnos a caminar. Tenemos que animarnos a hacer procesos en el corazón. A encontrar justamente qué es lo que me da un sentido, qué es lo que me da vida. Y no solo a encontrar eso sino animarnos a profundizar y crecer en ese sentido. Porque uno podría decir: me enamoré. Ahora si encontré un sentido, estoy enamorado y entonces veo que empiezo a luchar mucho más por todo. Le encuentro un sentido a mi facultad, estudio más, tengo más alegría, estoy mejor en casa, estoy mejor con mis amigos. Bueno, pero si fuera solamente porque me enamoré, eso va a durar dos, tres meses y va a tener que profundizarse para que cobre un verdadero sentido. Es más, si yo le preguntase a cualquiera de ustedes que se puso de novio o que esta saliendo, porque ahora ya no se cuantos meses salen antes de ponerse de novios, ¿se van a casar? O son muy inconcientes y me dirían que si o me responderían ¿qué me estas preguntando? Porque obviamente tengo que profundizar en ese amor. Porque tengo que darle un sentido. Y después de caminar un tiempo, uno puede mirar y decir, si esto maduró, esto creció. A esto le encontré un sentido , otra profundidad, y ahora si quiero animarme a dar este salto, a luchar y a entregar mi vida por ejemplo en el matrimonio. Sin embargo no se acaba ahí, y muchos de ustedes lo saben mejor que yo. Hay que seguir profundizando, hay que seguir haciendo crecer ese amor. En la etapa cuando aparecen los hijos, cuando los hijos se van de casa, cuando uno no encuentra muchas veces el por qué. Y si no hago crecer y madurar eso llega un momento donde voy a bajar los brazos. Yo tengo que darme tiempo en el corazón para que aún los deseos más profundos sigan creciendo, sigan teniendo ese manantial donde puedo beber para seguir caminando. Y el mejor ejemplo de esto creo, es el evangelio de hoy y lo que le sucede a los discípulos.
Los discípulos un día dejan todo y empiezan a caminar con Jesús. Y en este momento del evangelio estamos a la mitad del camino de Jesús con sus discípulos, es decir, si en el evangelio de Marcos el camino de Jesús son 3 años, estamos a un año y medio mas o menos, del camino de Jesús con sus discípulos. Donde Jesús les dice “¿quién dice la gente que soy Yo?” ellos le empiezan a decir, “bueno, algunos dicen que sos Juan el Bautista” , aquel que iba a anunciar que iba a venir el Mesías, “otros dicen que sos Elías”, aquél que fue arrebatado del cielo y esperaban que volviera, aquel que cambió todo o luchó contra el poder político de su época, y “otros dicen que eres un profeta” alguien que viene a anunciar, que viene a hablar en nombre de Dios. Y hasta ahí llega la fe de los que escucharon a Jesús. Sin embargo Jesús les dice, ahora les toca a ustedes, ¿ustedes quien dice que soy Yo? Es ahí donde Pedro, generalmente el portavoz del grupo, le contesta: “Tu eres el Mesías”. Aquellos que estaban más cerca de Jesús son los que pudieron descubrir verdaderamente quién era Jesús. Ahora, esto que parece tan claro en un primer momento “tu eres el Mesías”, primero Jesús casi que lo corta ahí, “no se lo digan a nadie”. Cuando uno esperaría que Jesús diga “vayan, cuéntenlo, anúncienlo que la gente sepa”, Jesús dice” frénense ahí”. Ahora, por qué Jesús les dice que todavía no es el momento Y lo dice por lo que va a pasar después. Por primera vez Jesús va a decir qué es lo que va a hacer el Mesías. El Mesías va a padecer y va a dar la vida, va a morir. Y Pedro, siguiendo como portavoz va a decir “No. Tu no vas a dar la vida por nosotros” y es ahí donde Jesús le va a decir, el reto más grande de todo el Evangelio, “ve detrás de mi Satanás”. Porque Pedro lo está tentando a Jesús para que deje su misión, para que deje aquello por lo que tiene sentido su vida.
Jesús también va a ir caminando hacia un lugar que parece que no tiene salida, porque va a caminar hacia la muerte, el descubrió que eso es lo que le llena el corazón y se anima a ir caminando, aún cuando se le vengan todos el va a seguir yendo, aún cuando todos lo dejen va a seguir firme porque ya encontró qué es lo que quiere, ya encontró aquello que busca. Pero no lo va a hacer solo, lo va a hacer sostenido por Dios porque eso es lo que le da sentido a su corazón.
En cambio los discípulos todavía no terminaron de encontrar qué es lo que quieren. Saben más o menos quién es Jesús, pero tienen que seguir profundizando en Él. Tienen que seguir haciendo crecer esa fe, para que esa fe sea madura, para que esa fe cobre sentido. Van a tener que vivir su Pascua o mejor dicho la Pascua de Jesús. Después de que Jesús de la vida, ahí si los discípulos van a terminar de entender quien es Jesús y van a seguirlo de una manera nueva. Antes lo seguían porque creían saber quién era Jesús y se animaban a caminar detrás de Él. Sin embargo tuvieron que purificar esa imagen, tuvieron que purificar ese deseo para ahí si ir a predicarlo y a anunciarlo.
Y creo que es lo que Jesús nos va pidiendo a nosotros en cada momento de la vida. Tal vez siguiendo la pregunta del Evangelio. Hoy Jesús nos pregunta a nosotros, ¿quién dicen ustedes que soy Yo? Y podríamos preguntarnos en el corazón, quién es Jesús para nosotros ¿por qué caminamos con Él? ¿por qué estamos con Él? ¿qué sentido le da a mi vida? Ahora, eso tiene que crecer, tiene que profundizarse, tiene que ir cobrando un nuevo horizonte, que es lo que Jesús dice al final: “el que quiera venir detrás de mi, que cargue con su cruz, que renuncie a si mismo y que me siga”. Este es el camino que tenemos que hacer en el corazón. Porque generalmente seguimos a Jesús porque nos llena el corazón, porque nos hace felices, porque en este momento me hace bien, porque lo siento, por lo que fuera. Pero eso no va a ser siempre así, va a haber momentos donde nos va a costar seguir a Jesús. Va a haber momentos donde vamos a tener que profundizar y luchar, pero para eso tengo que descubrir verdaderamente quien es Él para mi. Los momentos más difíciles de los discípulos seguramente fueron después de que Jesús murió y resucitó, cuando Jesús ya no estaba con ellos. Sin embargo ahí no tuvieron tantos problemas, siguieron anunciando porque ya habían descubierto quien era Jesús para ellos. Y por eso se animaban a seguir luchando, seguir predicando, seguir anunciando, porque eso era lo que querían. Porque eso había ya llenado su corazón.
Y si esa era su cruz, que los persigan, que los maldigan, que los azoten, bienvenida sea. Eso es lo que nos pide a nosotros, que nos animemos a profundizar en Él. Que renunciemos a todo lo que nos da seguridades y que lo sigamos porque el cambió nuestro corazón, porque el tocó nuestro corazón. Y cuando llegue el momento, que ojalá tarde, en el cual tengamos que decidir esto es lo que a mi me cuesta, esto es lo que no entiendo, esto es lo que me da bronca, esto es lo que no comprendo, yo quiera seguir caminando detrás de Él, yo quiera seguir yendo con Él. Casi como dijo Pedro hace poquito “Señor ¿a quién iremos?” Eso es lo que tiene que nacer en nosotros. Aprender a descubrir que es Él quien le da sentido a nuestras vidas. Pero para eso tenemos que tocar lo profundo del corazón. Hoy Jesús nos quiere preguntar a nosotros quien soy yo para todos ustedes. Y quiere que esa pregunta vaya cobrando sentido en nuestro corazón, quiere que vaya profundizando, resonando en nuestras vidas.
Animémonos entonces, a dejar resonar en estos días esta pregunta en nuestro corazón. Animémonos a seguirlo con un corazón renovado. Animémonos a buscar a Aquél que le puede dar un verdadero sentido a nuestras vidas.
(Domingo XXIV durante el año, lecturas: Is 50,5-9; Sl 114; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35)
miércoles, 23 de septiembre de 2009
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Homilía: "¡Efata! ¡Ábrete!"
Este año salió una película que tuvo una traducción un poco trágica: “Simplemente no te quiere”. Es una comedia romántica muy linda, en la cual en una escena Gigi entra a un bar esperando encontrar a un hombre con el que había salido hacía una semana. Se sienta en la barra para tomar algo cuando se acerca Alex, el que regenteaba el lugar, y le pregunta si quiere tomar algo. “No, no, estoy esperando a alguien”, le responde Gigi.
-“Ah, ¿estas esperando a tu novio?”
- “No, no estoy esperando a Connor, un chico con el que salí la semana pasada.”
-“No pero Connor hoy no va a venir, hoy es jueves. Los jueves no viene.”
En ese momento y frente a quedar en evidencia Gigi intenta inventar una excusa de porque esta ahí, y Alex se da cuenta y le dice: “Mira, Connor no va a venir hoy”. Ella se da cuenta que esta en un aprieto, que no hay excusa que valga para explicar porque esta allí, y después del papelón se levanta para irse. Sin embargo cuando se está yendo Alex le dice: “quedate, te invito a tomar algo.”
Aparece luego una escena al final cuando el bar esta cerrando en el que justamente este chico Alex le dice, “mira, me caes bien, me caes simpática, así que te voy a decir algo, Connor no te va a llamar nunca.”
-“No, ¿pero por qué no me va a llamar?”, le responde Gigi.
- “Yo soy hombre, he hecho esto muchas veces y no te va a llamar.”
- “Pero puede ser que haya perdido mi número, que esté muy ocupado, que se murió su abuela, que fue de viaje...”
-“O puede ser que no te quiere llamar”, le dice. Y ella empieza a contar una historia en la que una amiga, Tery, tenía una amiga a la que un chico no la llamó durante mucho tiempo hasta que terminaron casándose.
- Alex le contesta: “Bueno mirá, más allá de tu amiga, esa no es la regla, esa fue la excepción. La regla es que si un chico te quiere llamar, te va a llamar. Y si no te quiere llamar, no te va a llamar. Bueno Connor no te va a llamar, vos sos la regla así que olvidate.”
-Y Gigi dice “Me dejaste pensando”.
Y esta escena esta en consonancia con como empieza la película, donde un chico empuja a una chica que esta jugando en una plaza siendo ambos muy chiquitos y cuando ella le pregunta por qué me empujaste, el chico le contesta: “porque tenes cara de popo”. Y la mamá, cuando la chiquita va llorando le dice: “no te preocupes, te dijo eso porque le gustas”.
Y empieza así empiezan a pasar un montón de frases hechas que las chicas se dicen entre si, que ustedes conocerán mejor que yo. No te llama: “porque le gustas mucho”, “porque es una relación seria”, “porque sos muy linda” o por lo que fuera. Y aparece una pregunta que queda picando que es “¿por qué no podemos decirnos nosotras, las mujeres, la verdad y buscamos siempre algo más?”.
Pero creo que se podría profundizar esa pregunta y más que decirse la verdad unos a otros, podríamos decir: ¿porque no podemos aprender a comunicarnos? ¿por qué no podemos aprender a decir lo que nos esta pasando? Tanto los varones como las mujeres en cualquier vínculo o relación, ¿por qué es tan difícil abrir el corazón al otro? ¿por qué es tan difícil mostrar lo que estoy pensando y lo que estoy sintiendo? Aún cuando en la cultura de hoy parece como contradictorio o paradójico.
Vivimos en una cultura, en una era llamada de la globalización, más allá de que unos últimos estudios dicen que el 40% de la población mundial todavía no hizo una llamada por teléfono. Sacando ese 40%, un poco bastante de gente, pensemos en el resto. Ya que vivimos en ella, ya que somos parte de la cultura de la globalización, donde parece que estamos re-comunicados. Tenemos un montón de canales de comunicación, de los cuales aún cuando no encontramos nada, por ejemplo, podemos hacer zapping en la tele durante un rato largo, haber si por arte de magia aparece algo de golpe, ya que cuantas veces no encontramos nada. O porque tenemos un montón de cosas para ver o para comunicarnos en internet. Podemos mandarnos mails, podemos encontrar al otro muy rápido con los celulares, podemos usar las redes sociales, tipo Facebook, y no se cuantas cosas más hay.
Bueno, ¿eso nos hace estar comunicados con el otro? Podemos decir que quizás tenemos mucha más información del otro, pero de todo eso que manejamos en el día, ¿nos queda algo? ¿hay algo verdadero de todo eso que hablamos, algo que nos da verdadera vida y que recordamos al final del día? Para poner un ejemplo nomás, ahora podemos encontrarnos todos muy fácil, todos en general tenemos celular entonces si queremos encontrar a alguien y el otro quiere que lo encuentren, podemos llegar a encontrarlo. Lo llamamos al teléfono y es simple. Sin embargo eso que hace fácil ubicar a un hijo o a alguien cercano, ¿hace que sepamos comunicarnos con el otro? ¿o hace que sepamos a veces dónde esta solamente? ¿hace que sepamos lo que le esta pasando, lo que esta viviendo, lo que le esta sucediendo? Porque velocidad, que es lo que nos da la nueva cultura, cantidad, no hace a la calidad. Son cosas distintas. Pero lo que a nosotros nos ayuda a crecer es cuando hay una verdadera calidad en la comunicación. Cuando más allá de la cantidad, de la velocidad, eso lo podemos transformar en algo que nos haga bien, en algo que nos ayude a comunicarnos de verdad. Y creo que esto nos cuesta a todos. Y es por eso que día a día tenemos que trabajar para aprender a abrir el corazón, aprender a escuchar, aprender a crecer en el diálogo con el otro.
Pensaba esto entorno a este Evangelio en el cual a simple vista Jesús hace un milagro más. Jesús va, agarra una persona que estaba enferma, que era sordomuda, y la cura. Lo hace escuchar y lo hace poder hablar. Y hasta ahí no tiene nada nuevo, es lo que hace Jesús en muchos de los pasajes del Evangelio. Sin embargo si nos ponemos a mirar con un poquito más de detalle hay algunas cosa de este relato que llaman la atención. En primer lugar dónde hace el milagro Jesús. Todos los lugares que nombra por donde Jesús esta atravesando son pueblos paganos, pueblos que no conocen a este Dios, pueblos que no han oído hablar de Jesús. Y es ahí donde Jesús justamente hace un milagro que es que puedan oír y que puedan hablar. ¿O no será que Marcos nos quiere enseñar algo nuevo? Que Jesús en ese signo nos esta mostrando lo que quiere hacer con su pueblo, o con todos los pueblos, que es abrir el oído para que puedan escuchar. Para que puedan escuchar a este Dios del cual todavía no se les ha hablado. Para que puedan entenderlo, para que puedan comprenderlo. Abrir los labios para que puedan responder si quieren seguirlo o no, si aceptan ese mensaje, si lo quieren anunciar. Y nos muestra con este pueblo lo que quiere hacer con su pueblo. Lo que quiere hacer con todos los pueblos. Que aprendamos a escuchar a un Dios nuevo. Que aprendamos a escuchar a un Dios que nos trae un mensaje nuevo, que quiere hablarnos al corazón y que quiere que nos animemos a responderle si queremos estar con Él o no. Esto es para todos. Como en la primera lectura de Isaías, el pueblo va a escuchar de este Dios, va a volver a escuchar de este Dios de una manera nueva, y va a tener que aprender a hablar de una manera nueva. Nosotros también tenemos que aprender a escuchar de este Dios de una manera nueva, ya que quiere tocar nuestros corazones para que escuchemos verdaderas palabras de vida, para que no escuchemos solo algo que nos informa, que se nos dice, sino alguien que toca nuestro corazón. Para que podamos responderle si queremos caminar o no con Él.
En segundo lugar, es muy llamativo cómo hace el milagro Jesús porque casi que pensamos demasiadas cosas dice Marcos. Le mete los dedos en la oreja, pone saliva en su boca, casi que uno diría: no nos cuentes más como lo esta haciendo. Entonces podríamos pensar: ¿por qué cuenta tanto?
En realidad cuando Jesús hace milagros lo puede hacer mucho más simple. Alguna vez dijo “vuelve a tu casa ya está curado”, ni siquiera tiene que estar en el lugar. Entonces ¿que nos quiere decir con esto? Y creo que lo que nos quiere decir es que Jesús se compromete, que Dios se compromete, y que se compromete realmente con nosotros. De tal manera que no tiene problema en tocarnos, en hacer lo posible, en este caso, para que podamos escuchar y podamos hablar. Y que se va a esforzar con toda su vida para lograrlo. Para que podamos escuchar, hablar, ver a un Dios distinto que se acerca a nosotros. Y que lo muestra desde que se encarnó. No es un Dios que esta impasible más allá de todos. Es un Dios que se compromete, que nos ama tanto, que nos quiere tanto, que se encarna, que se hace hombre, que esta con nosotros, que predica, que busca la manera de abrirnos...
Una de las pocas palabras que nos quedan en arameo: “Efata”, Ábrete. Eso es lo que quiere hacer con nosotros. Abrir. No solo el oído, la boca sino también los ojos, el corazón... Para que podamos descubrir a alguien nuevo. Y por eso se compromete hasta el final, aún cuando le cueste dar la vida. El problema es que pareciera que a Dios nada le cuesta. Siempre hablamos del amor gratuito, siempre hablamos del perdón gratuito. Que es verdad en parte. El amor de Dios es gratuito, el perdón de Dios es gratuito. Ahora, eso no significa que no le cueste. ¿Cuánto nos cuesta a nosotros amar, crecer en el amor? ¿Cuánto nos cuesta hacer un camino en el corazón para aprender a perdonar, para aceptar el perdón, para decirle al otro que me equivoqué? Bueno, a Dios también le cuesta. ¡Vaya si le cuesta! Le va a costar la vida, va a morir en la cruz. No es gratuito todo. Va a tener que comprometerse hasta el final si quiere algo distinto. Es más, en la cruz todos recordarán que Jesús reza “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Porque muchas veces las cosas cuestan, las cosas verdaderas.
En este caso cuesta aprender a dialogar, cuesta aprender a tener encuentros verdaderos con el otro, cuesta aprender a abrir el corazón. Y por eso viene Jesús, a intentar abrir cueste lo que cueste. Aún cuando haya que meter los dedos, poner saliva, hacer lo que haya que hacer, Jesús se va a comprometer para que lo podamos escuchar, para que lo podamos ver, para que podamos hablar de Él. La pregunta es si nosotros nos queremos comprometer con el otro para poder escucharlo, para poder entenderlo, para poder comprenderlo, para poder hablarle al corazón, para poder mirarlo de una manera nueva. Cuesta mucho, pero es la única manera de descubrir lo que da vida. Es la única manera de descubrir lo que toca el corazón. Es la única manera de poder alegrarse y gozar de lo que encontré en la vida. Esto es lo que lo mueve a Jesús. Por eso nos invita a nosotros a hacer lo mismo.
Pidámosle entonces hoy a Jesús que sea el que transforme las cosas, el que abra aquello que necesitamos. Tal vez los oídos para escuchar mejor, tal vez la boca para aprender a contar lo que me pasa, lo que me sucede, a comunicarme con los otros, tal vez los ojos para aprender a mirar desde una mirada nueva, tal vez el corazón para tener una nueva esperanza cuando baje los brazos, cuando no encuentro los caminos, tal vez la búsqueda para encontrar qué es lo que quiero, cuáles son mis deseos. Pidámosle a Aquel que pueda abrir todas las cosas, que nos ayude para que nosotros podamos encontrar aquello que necesitamos, aquello que queremos, aquello que nos da vida.
(Domingo XXIII durante el año, lecturas: Is 35,4-7; Sl 145,7-10; Sant 2,1-7; Mc 7,31-37)
-“Ah, ¿estas esperando a tu novio?”
- “No, no estoy esperando a Connor, un chico con el que salí la semana pasada.”
-“No pero Connor hoy no va a venir, hoy es jueves. Los jueves no viene.”
En ese momento y frente a quedar en evidencia Gigi intenta inventar una excusa de porque esta ahí, y Alex se da cuenta y le dice: “Mira, Connor no va a venir hoy”. Ella se da cuenta que esta en un aprieto, que no hay excusa que valga para explicar porque esta allí, y después del papelón se levanta para irse. Sin embargo cuando se está yendo Alex le dice: “quedate, te invito a tomar algo.”
Aparece luego una escena al final cuando el bar esta cerrando en el que justamente este chico Alex le dice, “mira, me caes bien, me caes simpática, así que te voy a decir algo, Connor no te va a llamar nunca.”
-“No, ¿pero por qué no me va a llamar?”, le responde Gigi.
- “Yo soy hombre, he hecho esto muchas veces y no te va a llamar.”
- “Pero puede ser que haya perdido mi número, que esté muy ocupado, que se murió su abuela, que fue de viaje...”
-“O puede ser que no te quiere llamar”, le dice. Y ella empieza a contar una historia en la que una amiga, Tery, tenía una amiga a la que un chico no la llamó durante mucho tiempo hasta que terminaron casándose.
- Alex le contesta: “Bueno mirá, más allá de tu amiga, esa no es la regla, esa fue la excepción. La regla es que si un chico te quiere llamar, te va a llamar. Y si no te quiere llamar, no te va a llamar. Bueno Connor no te va a llamar, vos sos la regla así que olvidate.”
-Y Gigi dice “Me dejaste pensando”.
Y esta escena esta en consonancia con como empieza la película, donde un chico empuja a una chica que esta jugando en una plaza siendo ambos muy chiquitos y cuando ella le pregunta por qué me empujaste, el chico le contesta: “porque tenes cara de popo”. Y la mamá, cuando la chiquita va llorando le dice: “no te preocupes, te dijo eso porque le gustas”.
Y empieza así empiezan a pasar un montón de frases hechas que las chicas se dicen entre si, que ustedes conocerán mejor que yo. No te llama: “porque le gustas mucho”, “porque es una relación seria”, “porque sos muy linda” o por lo que fuera. Y aparece una pregunta que queda picando que es “¿por qué no podemos decirnos nosotras, las mujeres, la verdad y buscamos siempre algo más?”.
Pero creo que se podría profundizar esa pregunta y más que decirse la verdad unos a otros, podríamos decir: ¿porque no podemos aprender a comunicarnos? ¿por qué no podemos aprender a decir lo que nos esta pasando? Tanto los varones como las mujeres en cualquier vínculo o relación, ¿por qué es tan difícil abrir el corazón al otro? ¿por qué es tan difícil mostrar lo que estoy pensando y lo que estoy sintiendo? Aún cuando en la cultura de hoy parece como contradictorio o paradójico.
Vivimos en una cultura, en una era llamada de la globalización, más allá de que unos últimos estudios dicen que el 40% de la población mundial todavía no hizo una llamada por teléfono. Sacando ese 40%, un poco bastante de gente, pensemos en el resto. Ya que vivimos en ella, ya que somos parte de la cultura de la globalización, donde parece que estamos re-comunicados. Tenemos un montón de canales de comunicación, de los cuales aún cuando no encontramos nada, por ejemplo, podemos hacer zapping en la tele durante un rato largo, haber si por arte de magia aparece algo de golpe, ya que cuantas veces no encontramos nada. O porque tenemos un montón de cosas para ver o para comunicarnos en internet. Podemos mandarnos mails, podemos encontrar al otro muy rápido con los celulares, podemos usar las redes sociales, tipo Facebook, y no se cuantas cosas más hay.
Bueno, ¿eso nos hace estar comunicados con el otro? Podemos decir que quizás tenemos mucha más información del otro, pero de todo eso que manejamos en el día, ¿nos queda algo? ¿hay algo verdadero de todo eso que hablamos, algo que nos da verdadera vida y que recordamos al final del día? Para poner un ejemplo nomás, ahora podemos encontrarnos todos muy fácil, todos en general tenemos celular entonces si queremos encontrar a alguien y el otro quiere que lo encuentren, podemos llegar a encontrarlo. Lo llamamos al teléfono y es simple. Sin embargo eso que hace fácil ubicar a un hijo o a alguien cercano, ¿hace que sepamos comunicarnos con el otro? ¿o hace que sepamos a veces dónde esta solamente? ¿hace que sepamos lo que le esta pasando, lo que esta viviendo, lo que le esta sucediendo? Porque velocidad, que es lo que nos da la nueva cultura, cantidad, no hace a la calidad. Son cosas distintas. Pero lo que a nosotros nos ayuda a crecer es cuando hay una verdadera calidad en la comunicación. Cuando más allá de la cantidad, de la velocidad, eso lo podemos transformar en algo que nos haga bien, en algo que nos ayude a comunicarnos de verdad. Y creo que esto nos cuesta a todos. Y es por eso que día a día tenemos que trabajar para aprender a abrir el corazón, aprender a escuchar, aprender a crecer en el diálogo con el otro.
Pensaba esto entorno a este Evangelio en el cual a simple vista Jesús hace un milagro más. Jesús va, agarra una persona que estaba enferma, que era sordomuda, y la cura. Lo hace escuchar y lo hace poder hablar. Y hasta ahí no tiene nada nuevo, es lo que hace Jesús en muchos de los pasajes del Evangelio. Sin embargo si nos ponemos a mirar con un poquito más de detalle hay algunas cosa de este relato que llaman la atención. En primer lugar dónde hace el milagro Jesús. Todos los lugares que nombra por donde Jesús esta atravesando son pueblos paganos, pueblos que no conocen a este Dios, pueblos que no han oído hablar de Jesús. Y es ahí donde Jesús justamente hace un milagro que es que puedan oír y que puedan hablar. ¿O no será que Marcos nos quiere enseñar algo nuevo? Que Jesús en ese signo nos esta mostrando lo que quiere hacer con su pueblo, o con todos los pueblos, que es abrir el oído para que puedan escuchar. Para que puedan escuchar a este Dios del cual todavía no se les ha hablado. Para que puedan entenderlo, para que puedan comprenderlo. Abrir los labios para que puedan responder si quieren seguirlo o no, si aceptan ese mensaje, si lo quieren anunciar. Y nos muestra con este pueblo lo que quiere hacer con su pueblo. Lo que quiere hacer con todos los pueblos. Que aprendamos a escuchar a un Dios nuevo. Que aprendamos a escuchar a un Dios que nos trae un mensaje nuevo, que quiere hablarnos al corazón y que quiere que nos animemos a responderle si queremos estar con Él o no. Esto es para todos. Como en la primera lectura de Isaías, el pueblo va a escuchar de este Dios, va a volver a escuchar de este Dios de una manera nueva, y va a tener que aprender a hablar de una manera nueva. Nosotros también tenemos que aprender a escuchar de este Dios de una manera nueva, ya que quiere tocar nuestros corazones para que escuchemos verdaderas palabras de vida, para que no escuchemos solo algo que nos informa, que se nos dice, sino alguien que toca nuestro corazón. Para que podamos responderle si queremos caminar o no con Él.
En segundo lugar, es muy llamativo cómo hace el milagro Jesús porque casi que pensamos demasiadas cosas dice Marcos. Le mete los dedos en la oreja, pone saliva en su boca, casi que uno diría: no nos cuentes más como lo esta haciendo. Entonces podríamos pensar: ¿por qué cuenta tanto?
En realidad cuando Jesús hace milagros lo puede hacer mucho más simple. Alguna vez dijo “vuelve a tu casa ya está curado”, ni siquiera tiene que estar en el lugar. Entonces ¿que nos quiere decir con esto? Y creo que lo que nos quiere decir es que Jesús se compromete, que Dios se compromete, y que se compromete realmente con nosotros. De tal manera que no tiene problema en tocarnos, en hacer lo posible, en este caso, para que podamos escuchar y podamos hablar. Y que se va a esforzar con toda su vida para lograrlo. Para que podamos escuchar, hablar, ver a un Dios distinto que se acerca a nosotros. Y que lo muestra desde que se encarnó. No es un Dios que esta impasible más allá de todos. Es un Dios que se compromete, que nos ama tanto, que nos quiere tanto, que se encarna, que se hace hombre, que esta con nosotros, que predica, que busca la manera de abrirnos...
Una de las pocas palabras que nos quedan en arameo: “Efata”, Ábrete. Eso es lo que quiere hacer con nosotros. Abrir. No solo el oído, la boca sino también los ojos, el corazón... Para que podamos descubrir a alguien nuevo. Y por eso se compromete hasta el final, aún cuando le cueste dar la vida. El problema es que pareciera que a Dios nada le cuesta. Siempre hablamos del amor gratuito, siempre hablamos del perdón gratuito. Que es verdad en parte. El amor de Dios es gratuito, el perdón de Dios es gratuito. Ahora, eso no significa que no le cueste. ¿Cuánto nos cuesta a nosotros amar, crecer en el amor? ¿Cuánto nos cuesta hacer un camino en el corazón para aprender a perdonar, para aceptar el perdón, para decirle al otro que me equivoqué? Bueno, a Dios también le cuesta. ¡Vaya si le cuesta! Le va a costar la vida, va a morir en la cruz. No es gratuito todo. Va a tener que comprometerse hasta el final si quiere algo distinto. Es más, en la cruz todos recordarán que Jesús reza “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Porque muchas veces las cosas cuestan, las cosas verdaderas.
En este caso cuesta aprender a dialogar, cuesta aprender a tener encuentros verdaderos con el otro, cuesta aprender a abrir el corazón. Y por eso viene Jesús, a intentar abrir cueste lo que cueste. Aún cuando haya que meter los dedos, poner saliva, hacer lo que haya que hacer, Jesús se va a comprometer para que lo podamos escuchar, para que lo podamos ver, para que podamos hablar de Él. La pregunta es si nosotros nos queremos comprometer con el otro para poder escucharlo, para poder entenderlo, para poder comprenderlo, para poder hablarle al corazón, para poder mirarlo de una manera nueva. Cuesta mucho, pero es la única manera de descubrir lo que da vida. Es la única manera de descubrir lo que toca el corazón. Es la única manera de poder alegrarse y gozar de lo que encontré en la vida. Esto es lo que lo mueve a Jesús. Por eso nos invita a nosotros a hacer lo mismo.
Pidámosle entonces hoy a Jesús que sea el que transforme las cosas, el que abra aquello que necesitamos. Tal vez los oídos para escuchar mejor, tal vez la boca para aprender a contar lo que me pasa, lo que me sucede, a comunicarme con los otros, tal vez los ojos para aprender a mirar desde una mirada nueva, tal vez el corazón para tener una nueva esperanza cuando baje los brazos, cuando no encuentro los caminos, tal vez la búsqueda para encontrar qué es lo que quiero, cuáles son mis deseos. Pidámosle a Aquel que pueda abrir todas las cosas, que nos ayude para que nosotros podamos encontrar aquello que necesitamos, aquello que queremos, aquello que nos da vida.
(Domingo XXIII durante el año, lecturas: Is 35,4-7; Sl 145,7-10; Sant 2,1-7; Mc 7,31-37)
Nota: "La transmisión de la de"
Una de las preguntas más importantes que nos hacemos los cristianos es como transmitir la fe a los demás. Como acercarles a Jesús a los que están alejados o como ayudar a crecer y profundizar a todos aquellos que tienen fe. Sin embargo es una pregunta que muchas veces no encuentra respuesta. O equivocamos los caminos o sentimos que los demás no nos entienden... Otras veces confundimos transmisión de la fe con formación, equivocando los momentos del proceso que una persona tiene que hacer en el camino de encuentro con Jesús.
Es por eso que quería mostrarles un texto que leímos en la última olimpiada diocesana realizada hace unos días donde participaron 37 parroquias y movimientos y más de 2000 chicos:
“Y entonces un jugador se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿que tengo que hacer para vivir una gran olimpiada?”
Jesús le preguntó a su vez: ¿Qué está escrito en el reglamento? ¿Qué lees en él?
Él le respondió: “El espíritu de las Olimpiadas se basa en el encuentro de los participantes para el crecimiento en la amistad en Cristo, lo que implica una actitud de compañerismo y de sana competencia”.
Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y pasarás un día fantástico.
Pero el jugador para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: ¿Y quién es mi compañero?
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un jugador bajaba del campo contrario al suyo con motivo de una taque rival y cayó debido a un calambre, que le provocó mucho dolor, dejándolo lesionado. Casualmente bajaba por el mismo lugar el árbitro: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí uno de su mismo equipo: lo vio y siguió su camino. Pero un rival que atacaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y lo elongó; después lo puso sobre su propio hombro, lo condujo a la enfermería y se encargo de cuidarlo. Al rato, sacó dos pesos y se los dio al enfermero diciéndole: “Comprale una coca, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”.
“¿Cuál de los tres te parece que se portó como compañero del hombre acalambrado?”
“El que tuvo compasión de él”, le respondió el jugador. Jesús le dijo: “Vé y procede tú de la misma manera”.
Seguramente en cuanto comenzaron a leerlo se dieron cuenta de que se trataba de una adaptación del texto del Buen samaritano ( Lucas 10,25-37), que Pablo un joven del equipo de pastoral juventud realizó. Más allá del texto y del intento de acercamiento a algo que estábamos por vivir lo importante es que muestra un camino distinto, una Iglesia distinta.
Muchas veces como Iglesia queremos acercarnos a los jóvenes desde propuestas tan lejanas a su realidad que muy pocos terminan interesándose en ellas. En este caso, desde que comenzamos a vivir las olimpíadas hace 6 años, la invitación era abajarse a la realidad de los chicos para ahí encontrar a Dios y no pretender que ellos “suban” para encontrarse con Él. Y el resultado de esta “kenosis” fue ver la alegría de chicos de tan diversas realidades (de edad y sociales) compartiendo y divirtiéndose de la mano de la Iglesia.
Frente a lo vivido, me pregunto de que sirven preparar sólo charlas, encuentros de formación (a los que en general asisten los más comprometidos), discutir por que no viene más gente, si como Iglesia no tomamos el primer gesto evangelizador de Cristo: "Abajarse". Abajarse a la vida de los jóvenes de hoy para que una vez que nos hayamos encarnado en su realidad podamos descubrir al Jesús que hoy nos quiere hablar desde ese lugar.
El camino de Jesús fue muy claro: ir al encuentro de las personas desde lo que la persona hoy vive. La transformación o conversión era posterior a ese encuentro. La gran pregunta entonces hoy para nosotros es cuál es la realidad a la que me tengo que acercar. De qué manera puedo y tengo que hacerlo.
La olimpiada es un intento que gracias a Dios año tras año sigue creciendo. Este texto es un intento de acercarle a los jóvenes un Jesús cercano.
Muchos otros intentos venimos realizando desde nuestra comunidad para que los más lejanos se sientan llamados y invitados a un encuentro con Jesús.
Los invitamos entonces, a que ustedes también se animen a descubrir y recorrer nuevos caminos.
Es por eso que quería mostrarles un texto que leímos en la última olimpiada diocesana realizada hace unos días donde participaron 37 parroquias y movimientos y más de 2000 chicos:
“Y entonces un jugador se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿que tengo que hacer para vivir una gran olimpiada?”
Jesús le preguntó a su vez: ¿Qué está escrito en el reglamento? ¿Qué lees en él?
Él le respondió: “El espíritu de las Olimpiadas se basa en el encuentro de los participantes para el crecimiento en la amistad en Cristo, lo que implica una actitud de compañerismo y de sana competencia”.
Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y pasarás un día fantástico.
Pero el jugador para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: ¿Y quién es mi compañero?
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un jugador bajaba del campo contrario al suyo con motivo de una taque rival y cayó debido a un calambre, que le provocó mucho dolor, dejándolo lesionado. Casualmente bajaba por el mismo lugar el árbitro: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí uno de su mismo equipo: lo vio y siguió su camino. Pero un rival que atacaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y lo elongó; después lo puso sobre su propio hombro, lo condujo a la enfermería y se encargo de cuidarlo. Al rato, sacó dos pesos y se los dio al enfermero diciéndole: “Comprale una coca, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”.
“¿Cuál de los tres te parece que se portó como compañero del hombre acalambrado?”
“El que tuvo compasión de él”, le respondió el jugador. Jesús le dijo: “Vé y procede tú de la misma manera”.
Seguramente en cuanto comenzaron a leerlo se dieron cuenta de que se trataba de una adaptación del texto del Buen samaritano ( Lucas 10,25-37), que Pablo un joven del equipo de pastoral juventud realizó. Más allá del texto y del intento de acercamiento a algo que estábamos por vivir lo importante es que muestra un camino distinto, una Iglesia distinta.
Muchas veces como Iglesia queremos acercarnos a los jóvenes desde propuestas tan lejanas a su realidad que muy pocos terminan interesándose en ellas. En este caso, desde que comenzamos a vivir las olimpíadas hace 6 años, la invitación era abajarse a la realidad de los chicos para ahí encontrar a Dios y no pretender que ellos “suban” para encontrarse con Él. Y el resultado de esta “kenosis” fue ver la alegría de chicos de tan diversas realidades (de edad y sociales) compartiendo y divirtiéndose de la mano de la Iglesia.
Frente a lo vivido, me pregunto de que sirven preparar sólo charlas, encuentros de formación (a los que en general asisten los más comprometidos), discutir por que no viene más gente, si como Iglesia no tomamos el primer gesto evangelizador de Cristo: "Abajarse". Abajarse a la vida de los jóvenes de hoy para que una vez que nos hayamos encarnado en su realidad podamos descubrir al Jesús que hoy nos quiere hablar desde ese lugar.
El camino de Jesús fue muy claro: ir al encuentro de las personas desde lo que la persona hoy vive. La transformación o conversión era posterior a ese encuentro. La gran pregunta entonces hoy para nosotros es cuál es la realidad a la que me tengo que acercar. De qué manera puedo y tengo que hacerlo.
La olimpiada es un intento que gracias a Dios año tras año sigue creciendo. Este texto es un intento de acercarle a los jóvenes un Jesús cercano.
Muchos otros intentos venimos realizando desde nuestra comunidad para que los más lejanos se sientan llamados y invitados a un encuentro con Jesús.
Los invitamos entonces, a que ustedes también se animen a descubrir y recorrer nuevos caminos.
lunes, 31 de agosto de 2009
Homilía: "Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna"
En la película Corazón valiente, William Wallace, después de varias vicisitudes, empieza a reunir gente y tratar de liberar al pueblo escocés, que estaba, después de la muerte del último rey de Escocia, bajo el imperio británico de Eduardo I, más conocido como longshanks. Como saben el pueblo era maltratado, oprimido pero de a poco comienza a generarse una gesta para liberarse. Empiezan a querer tomar en sus propias manos aquello que le correspondía. Sin embargo, después de que vencen al ejército del norte, llega esta famosa batalla en Falkirk, donde Wallace intenta unir a todos, en especial a los nobles, para poder lograr aquella libertad, aquella independencia que ellos querían. Comienza la batalla, y en medio de esa feroz batalla, los nobles junto con la gente que había llevado, empiezan a irse y los a dejan solos. Y cuando ya la derrota es inminente, frente al ejército que se iba despedazando, William Wallace va hacia donde estaba el rey Nunca va a llegar, ya que antes empieza a pelear con una persona. Y cuando lo esta por matar ve que es Robert Bruce, aquel a quien él le había pedido que una a los nobles, aquel en donde él había depositado la esperanza para que puedan pelear unidos contra Inglaterra. Y lo que uno esperaría, que es ver la bronca en el rostro de Wallace después de lo que pasó, pasa a ser una decepción y una tristeza muy grande por lo que siente en el corazón. Uno ve en ese rostro, en esos ojos, la tristeza de quien se siente decepcionado, de quien no entiende lo que esta pasando. De quien no entiende lo que el otro ha hecho, lo que el otro eligió, por qué el otro no vive, no vibra con lo que uno esta viviendo en ese momento en el corazón. Es más, no lo mata lo deja con vida.
Y podríamos pensar en nuestras vidas, cuántas veces frente a elecciones que hemos hecho, frente a momentos difíciles o encrucijadas de la vida, nos hemos sentido también tristes porque no hemos encontrado respuestas en los demás. No la bronca y el enojo de lo que el otro hizo, sino la tristeza de que muchas veces hay cosas que no podemos compartir, cosas que el otro no entiende, cosas que el otro no comprende. Como si el otro no pudiera mirar y ver dentro de nuestro corazón. Y es mucho más profundo que la bronca, porque cuando a uno le agarra bronca, de última se rompe la mano contra la pared, aunque sea una fiaca. Sin embargo la tristeza deja como un gusto feo en el corazón. Deja una desazón muy profunda. Porque uno no encontró la respuesta de aquello que esperaba. En el fondo porque uno se siente desilusionado, se siente como impotente, no tengo ni como pelearme frente a esto. Y eso parte de algo muy bueno en general, que es que yo ya elegí. Más allá de que después me venga la tristeza de lo que el otro hace o elige, parto de la noción de que yo ya se que es lo que quiero, que ya encontré en mi corazón qué es lo que buscaba. Lamentablemente, a veces del otro lado no encuentro respuesta, pero si yo se cuál es mi camino, y se que es lo que quiero vivir, se lo que quiero elegir. Y esto continuamente se nos pide en la vida, que nos animemos a elegir y a tomar opciones que broten de lo profundo del corazón. Opciones que broten de lo que he vivido, y que me proyecten hacia adelante.
Esto es lo que sucede en la primera lectura que acabamos de escuchar. El pueblo conoció a este Dios, llega a la tierra prometida y Josué le dice al pueblo: “ahora tienen que elegir, ¿quieren servir al Señor, o no? No hay nadie que va a elegir por ustedes, son ustedes los que tienen que decidir en el corazón si quieren servir a este Dios. “Nosotros lo vamos a hacer, ahora les toca a ustedes”. Y el pueblo, que conoció y descubrió a lo largo del desierto a este Dios que lo liberó de la esclavitud, a este Dios que lo protegió, a este Dios los trajo a esta tierra, va a elegir. Es curioso porque el camino en el desierto es un problema para Israel. Pero ahora escuchamos después del camino que el pueblo dice este Dios que nos liberó, este Dios que nos protegió, este Dios que nos trajo hasta acá, es nuestro Dios. Sin embargo durante todo el desierto tuvieron que pelearse contra ese Dios, tuvieron que encontrar los caminos, tuvieron que ir hacia adelante, volver a intentarlo, Dios los tuvo que ir corrigiendo, Moisés les tuvo que ir mostrando el camino, pero a la larga, ven el camino recorrido y se alegran por esa opción y la vuelven a tomar.
Podríamos decir que de la misma manera que Josué les dice ahora ustedes tienen elegir, Jesús les dice a sus discípulos, “¿ustedes también quieren irse?”. Y llega el momento de la elección. Después de todo ese camino los discípulos tienen que elegir si se quieren quedar con Jesús o no, si quieren seguirlo. Y seguirlo con todo lo que eso implica, Y implica lo que venimos hablando las últimas semanas: no entienden nada, no saben donde están parados. Han ido conociendo a este Dios, han ido haciendo camino, pero no saben ni hacia dónde van a ir. Y Pedro le contesta, “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” No le contesta qué haremos. Podrían haber hecho muchas cosas los discípulos. Podrían haber vuelto a pescar, podrían haber vuelto con sus familias que habían dejado atrás, podrían haber hecho un montón de cosas. Pero lo que cambió el corazón de los discípulos es una persona. ¡¡Es Jesús!! Y aunque no entienden qué es lo que Jesús esta haciendo en ese momento, encuentran que esa persona es la que cambió su corazón. Y por eso le dicen, mira no tenemos otro a quién ir. Han descubierto alguien que los amó, que los quiso de una manera especial, y por eso ellos se arriesgan a seguir a esa persona que les cambió el corazón.
Esto es lo que se nos pregunta y se nos va a preguntar a nosotros muchas veces a lo largo de la vid: ¿ustedes también quieren irise? Porque muchas veces a lo largo de la vida el lenguaje va a ser duro. Que duro este lenguaje, dicen los discípulos. Qué difícil que es seguir a Dios de esta manera.
En los evangelios siempre la dificultad se va a dar cuando sucedan dos cosas, en general. Una cuando Jesús hable de la cruz. Cuando Jesús diga, “Yo tengo que morir, dar la vida”, como leímos hace poco en Marcos. “No”, van a decir. “Vos no vas a hacer eso”, le va a decir Pedro. Cuando Jesús este por dar la vida, Pedro va a hacer lo mismo, “no yo no lo conozco”. La otra cuando Jesús habla de la Eucaristía como escuchamos acá, la otra entrega que Jesús hace. También acá: “este lenguaje es muy duro”. Cuando vienen los momentos donde uno tiene que entregarse más, cuando vienen los momentos donde uno tiene que darse más desde lo profundo del corazón, ahí viene las preguntas: ¿Qué es lo que queremos hacer? ¿Qué es lo que queremos dar? ¿De qué manera queremos seguir a Jesús? Mientras comieron panes, peces, mientras fue una fiesta para ellos, todos estaban contentos con seguir a Jesús. Mientras vivimos esa alegría en el corazón que Jesús nos transforma, nos va cambiando, nos trae consuelo, nos trae paz, es más fácil seguir a Jesús y ojala sea la mayor parte, el 90% de la vida nuestra. La de ustedes los más chicos y jóvenes. Peor no siempre va a ser así. Y muchas veces vamos a encontrar que el lenguaje de Jesús es duro para nosotros. O porque no lo entendemos, o porque no comprendemos por qué actúa de esa manera. Porque sentimos que no nos escuchó, porque sentimos que no hizo lo que queríamos, porque sentimos que en este momento de la vida es difícil. “No, ahora tengo un montón de cosas”. “Bueno, cuando yo crezca, cuando este más tranquilo, cuando las cosas cambien, ahí estaré”. Ese es el momento cuando Jesús nos pregunta ¿A dónde queremos ir? ¿Qué es lo que queremos hacer?”. Ahora, para poder responder en ese momento, para no alejarnos a la primera de cambio, tenemos que caminar con Jesús, y tenemos que ir abriendo el corazón antes. Eso es lo que hicieron los discípulos, fueron caminando con Jesús. Fueron descubriendo quién era Jesús. Para que cuando llegara el momento de crisis, cuando llegara el momento en donde no era tan fácil, lo reconocieran y supieran qué era lo que querían elegir en el corazón. Perdón, a quien querían elegir. Por eso se quedaron, porque sabían quien era Jesús. O más o menos sabían quien era Jesús, pero sabían que lo querían elegir.
Bueno, esa es la pregunta que se nos va a hacer a nosotros. En los momentos difíciles, en los momentos de crisis, animarnos a elegir a ese Dios que nos ama, animarnos a elegir a ese Dios que nos invita a vivir de una manera diferente. Vivir en el servicio, en la comprensión, en el amor como dice Pablo en la segunda lectura. Este es el camino de descubrir a quién quiero seguir. Y de qué manera quiero seguirlo.
Abramos entonces en este tiempo el corazón a Jesús, dejémonos inundar en el corazón por ese Dios que nos ama, por ese Dios que nos quiere, por ese Dios que nos habla, que nos alimenta, que nos acompaña; para que también nosotros, cuando llegue el momento, como Pedro, podramos decirle: “¿Señor a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna”.
(Domingo XXI durante el año, lecturas: Jos 24, 1-2a.15-17.18b; Sl 33; Ef 5,21-32; Jn 6, 64b.69b)
Y podríamos pensar en nuestras vidas, cuántas veces frente a elecciones que hemos hecho, frente a momentos difíciles o encrucijadas de la vida, nos hemos sentido también tristes porque no hemos encontrado respuestas en los demás. No la bronca y el enojo de lo que el otro hizo, sino la tristeza de que muchas veces hay cosas que no podemos compartir, cosas que el otro no entiende, cosas que el otro no comprende. Como si el otro no pudiera mirar y ver dentro de nuestro corazón. Y es mucho más profundo que la bronca, porque cuando a uno le agarra bronca, de última se rompe la mano contra la pared, aunque sea una fiaca. Sin embargo la tristeza deja como un gusto feo en el corazón. Deja una desazón muy profunda. Porque uno no encontró la respuesta de aquello que esperaba. En el fondo porque uno se siente desilusionado, se siente como impotente, no tengo ni como pelearme frente a esto. Y eso parte de algo muy bueno en general, que es que yo ya elegí. Más allá de que después me venga la tristeza de lo que el otro hace o elige, parto de la noción de que yo ya se que es lo que quiero, que ya encontré en mi corazón qué es lo que buscaba. Lamentablemente, a veces del otro lado no encuentro respuesta, pero si yo se cuál es mi camino, y se que es lo que quiero vivir, se lo que quiero elegir. Y esto continuamente se nos pide en la vida, que nos animemos a elegir y a tomar opciones que broten de lo profundo del corazón. Opciones que broten de lo que he vivido, y que me proyecten hacia adelante.
Esto es lo que sucede en la primera lectura que acabamos de escuchar. El pueblo conoció a este Dios, llega a la tierra prometida y Josué le dice al pueblo: “ahora tienen que elegir, ¿quieren servir al Señor, o no? No hay nadie que va a elegir por ustedes, son ustedes los que tienen que decidir en el corazón si quieren servir a este Dios. “Nosotros lo vamos a hacer, ahora les toca a ustedes”. Y el pueblo, que conoció y descubrió a lo largo del desierto a este Dios que lo liberó de la esclavitud, a este Dios que lo protegió, a este Dios los trajo a esta tierra, va a elegir. Es curioso porque el camino en el desierto es un problema para Israel. Pero ahora escuchamos después del camino que el pueblo dice este Dios que nos liberó, este Dios que nos protegió, este Dios que nos trajo hasta acá, es nuestro Dios. Sin embargo durante todo el desierto tuvieron que pelearse contra ese Dios, tuvieron que encontrar los caminos, tuvieron que ir hacia adelante, volver a intentarlo, Dios los tuvo que ir corrigiendo, Moisés les tuvo que ir mostrando el camino, pero a la larga, ven el camino recorrido y se alegran por esa opción y la vuelven a tomar.
Podríamos decir que de la misma manera que Josué les dice ahora ustedes tienen elegir, Jesús les dice a sus discípulos, “¿ustedes también quieren irse?”. Y llega el momento de la elección. Después de todo ese camino los discípulos tienen que elegir si se quieren quedar con Jesús o no, si quieren seguirlo. Y seguirlo con todo lo que eso implica, Y implica lo que venimos hablando las últimas semanas: no entienden nada, no saben donde están parados. Han ido conociendo a este Dios, han ido haciendo camino, pero no saben ni hacia dónde van a ir. Y Pedro le contesta, “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” No le contesta qué haremos. Podrían haber hecho muchas cosas los discípulos. Podrían haber vuelto a pescar, podrían haber vuelto con sus familias que habían dejado atrás, podrían haber hecho un montón de cosas. Pero lo que cambió el corazón de los discípulos es una persona. ¡¡Es Jesús!! Y aunque no entienden qué es lo que Jesús esta haciendo en ese momento, encuentran que esa persona es la que cambió su corazón. Y por eso le dicen, mira no tenemos otro a quién ir. Han descubierto alguien que los amó, que los quiso de una manera especial, y por eso ellos se arriesgan a seguir a esa persona que les cambió el corazón.
Esto es lo que se nos pregunta y se nos va a preguntar a nosotros muchas veces a lo largo de la vid: ¿ustedes también quieren irise? Porque muchas veces a lo largo de la vida el lenguaje va a ser duro. Que duro este lenguaje, dicen los discípulos. Qué difícil que es seguir a Dios de esta manera.
En los evangelios siempre la dificultad se va a dar cuando sucedan dos cosas, en general. Una cuando Jesús hable de la cruz. Cuando Jesús diga, “Yo tengo que morir, dar la vida”, como leímos hace poco en Marcos. “No”, van a decir. “Vos no vas a hacer eso”, le va a decir Pedro. Cuando Jesús este por dar la vida, Pedro va a hacer lo mismo, “no yo no lo conozco”. La otra cuando Jesús habla de la Eucaristía como escuchamos acá, la otra entrega que Jesús hace. También acá: “este lenguaje es muy duro”. Cuando vienen los momentos donde uno tiene que entregarse más, cuando vienen los momentos donde uno tiene que darse más desde lo profundo del corazón, ahí viene las preguntas: ¿Qué es lo que queremos hacer? ¿Qué es lo que queremos dar? ¿De qué manera queremos seguir a Jesús? Mientras comieron panes, peces, mientras fue una fiesta para ellos, todos estaban contentos con seguir a Jesús. Mientras vivimos esa alegría en el corazón que Jesús nos transforma, nos va cambiando, nos trae consuelo, nos trae paz, es más fácil seguir a Jesús y ojala sea la mayor parte, el 90% de la vida nuestra. La de ustedes los más chicos y jóvenes. Peor no siempre va a ser así. Y muchas veces vamos a encontrar que el lenguaje de Jesús es duro para nosotros. O porque no lo entendemos, o porque no comprendemos por qué actúa de esa manera. Porque sentimos que no nos escuchó, porque sentimos que no hizo lo que queríamos, porque sentimos que en este momento de la vida es difícil. “No, ahora tengo un montón de cosas”. “Bueno, cuando yo crezca, cuando este más tranquilo, cuando las cosas cambien, ahí estaré”. Ese es el momento cuando Jesús nos pregunta ¿A dónde queremos ir? ¿Qué es lo que queremos hacer?”. Ahora, para poder responder en ese momento, para no alejarnos a la primera de cambio, tenemos que caminar con Jesús, y tenemos que ir abriendo el corazón antes. Eso es lo que hicieron los discípulos, fueron caminando con Jesús. Fueron descubriendo quién era Jesús. Para que cuando llegara el momento de crisis, cuando llegara el momento en donde no era tan fácil, lo reconocieran y supieran qué era lo que querían elegir en el corazón. Perdón, a quien querían elegir. Por eso se quedaron, porque sabían quien era Jesús. O más o menos sabían quien era Jesús, pero sabían que lo querían elegir.
Bueno, esa es la pregunta que se nos va a hacer a nosotros. En los momentos difíciles, en los momentos de crisis, animarnos a elegir a ese Dios que nos ama, animarnos a elegir a ese Dios que nos invita a vivir de una manera diferente. Vivir en el servicio, en la comprensión, en el amor como dice Pablo en la segunda lectura. Este es el camino de descubrir a quién quiero seguir. Y de qué manera quiero seguirlo.
Abramos entonces en este tiempo el corazón a Jesús, dejémonos inundar en el corazón por ese Dios que nos ama, por ese Dios que nos quiere, por ese Dios que nos habla, que nos alimenta, que nos acompaña; para que también nosotros, cuando llegue el momento, como Pedro, podramos decirle: “¿Señor a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna”.
(Domingo XXI durante el año, lecturas: Jos 24, 1-2a.15-17.18b; Sl 33; Ef 5,21-32; Jn 6, 64b.69b)
viernes, 28 de agosto de 2009
Homilía: "Traten de saber cuál es la voluntad de Dios"
Mel Gibson hace de Nick Marshall, que es un creativo de publicidad, en una comedia que se llama “Lo que ellas quieren”. En un momento se hace un hueco en la empresa, y él espera que lo asciendan a ese lugar. Sin embargo no lo nombran a él sino que traen a una mujer Darcy McGuire, protagonizada por Helen Hunt. Nick se enoja, patalea, habla con el dueño, no hay nada que lo haga entrar en razones y se va a su casa enojado. En la casa empieza a tomar algo de vino, escuchando a Alanis Morissette y comienza a probar todas esas cosas que utilizan las mujeres para depilarse, maquillarse y demás; y en un momento al utilizar queda electrocutado. Así permanece dormido hasta al otro día, y al despertar en su casa con su hija adolescente, el estaba divorciado, empieza a descubrir que puede escuchar lo que las mujeres piensan. Serio problema ¿no? Y empieza a saber qué es lo que ellas piensan, qué es lo que ellas quieren y a partir de ahí empieza a crecer. No sólo en la relación con las mujeres, obviamente, como toda comedia, sino que también comienza a crecer en su trabajo porque se da cuenta lo que ellas piensan, lo que ellas quieren, también lo que van descubriendo y necesitando.
Y pensaba como también nosotros muchas veces quisiéramos también meternos en la cabeza del otro u otra. En primer lugar cuando no lo podemos entender, cuando no lo podemos comprender, cuando no entendemos hacia donde va, qué es lo que elige, qué es lo que quiere, qué es lo que busca. Y quisiéramos saber en general con muy buenas intenciones, cómo lo puedo ayudar, cómo puedo estar cerca de la otra persona, cómo puedo hacer para que la otra persona no sufra tanto o para compartir lo que esta viviendo, y que yo no entiendo. Sin embargo, obviamente, esto no es una película y no podemos entrar en la cabeza del otro. Y la primera pregunta que podríamos hacernos es, ¿eso es necesario? ¿Es necesario entrar en la cabeza del otro para poder saber qué es lo que el otro quiere? En ellas o en ellos sean quienes sean, ¿necesito tener ese don? O es que en primer lugar tendríamos que crecer en el diálogo. Y que ese diálogo nos lleve a tener una confianza para que nos animemos a abrir el corazón y compartir lo que nos esta pasando. Si es que tenemos algo para compartir, si es q hemos descubierto que es lo que queremos. O tal vez lo que tenemos que hacer, lo que nos toque, es acompañar al otro en el camino, en el proceso que esta haciendo, en lo que esta viviendo, en lo que le esta pasando. Aún en aquellas cosas que quisiéramos evitarle al otro. Esos momentos duros, difíciles, pero que obviamente no podemos evitar.
Y en segundo lugar nos podríamos preguntar si nosotros o el otro sabe qué es lo que quiere. Porque es muy difícil poder compartir con el otro, o que el otro se me abra a mi, si no sabemos que es lo que queremos. Lo cual nos pasa muchas veces, en distintos momentos de la vida. No es privativo de el que esta eligiendo una carrera, sino que en distintos momentos, es como que nuestra vida, cíclicamente, va entrando en un preguntarse qué es lo que quiero, qué es lo que busco. Y creo que es en ese momento cuando en especial quisiéramos saber qué es lo que Dios quiere de nosotros.
Pablo le dice a su comunidad: “traten de saber cuál es la voluntad de Dios”. Y a veces nos pareciera que es muy difícil saber que es lo que Dios quiere para mi. Casi como si Dios jugase por nosotros. Yo quiero ser médico... No, no, vos tenés que ser deportista, o vos tenés que ser cura. Como si Dios buscara algo distinto de lo que uno quiere. Como si Dios casi peleara con nosotros mandándonos a hacer aquello que no nos gusta. En una carrera o en algo más simple. Además pareciera que la voluntad de Dios o tiene que caer como un ladrillo que me pegue en la cabeza y me despierte de golpe o me tiene que caer la ficha para poder descubrirla. Cuando en realidad lo primero que tengo que preguntarme es si yo quiero descubrir en mi corazón qué es lo que quiero. Porque en primer lugar Dios quiere que miremos nosotros que es lo que queremos. Y esto no porque dejemos a Dios afuera, sino porque Dios actúa en lo profundo de nuestro interior, en lo profundo de nuestros corazones. Y es Él el que nos va ayudando a descubrir, si nos animamos a mirar en el corazón, qué es lo que necesitamos, qué es lo que queremos, qué es lo que buscamos, hacia dónde tenemos que caminar. Sin embargo esto nos cuesta, y nos cuesta a todos, en diferentes momentos, de distintas maneras. Nos cuesta a todos ir arrimando hacia donde queremos ir. Nos cuesta ir mirando en la vida qué es lo que necesitamos y queremos. Sin embargo el único camino es el animarse a mirar en el corazón. Desde lo más importante hasta lo más pequeño. “No sean irresponsables”, les dice Pablo, porque todos nos damos cuenta cuando hacemos las cosas bien o mal. Puede ser que alguna pegue en el palo, y nos preguntamos esto estará bien o estará mal. Pero en general es que no nos queremos es cuchar nuestro corazón. Ahora, si queremos ir creciendo, si queremos que nos traten como personas maduras, tenemos que animarnos de a poquito a ir haciéndonos cargo de aquello que vivimos y de aquello que vamos eligiendo, que es a lo que Dios nos invita. Y para eso hay que profundizar. Para eso hay que crecer. No es lo mismo una persona de 10, de 20, de 30 o de 40 aunque a veces lo intentemos hacer igual. Para eso tenemos que irnos animando a recorrer y vivir la edad que tenemos. Como alguna vez les dije, por más cirugía estética que uno se haga, por más de que uno se saque los anteojos como me los saque yo ahora operándome o lo que fuera, uno tiene la edad que tiene. Y tiene que ir haciéndose cargo de la edad que tiene, ir eligiendo desde la edad que tiene, sólo así podemos ir madurando. No es como tanguito, que podemos andar toda la vida con una guitarra dando vueltas, aunque sea muy lindo en algún momento de la vida. Tenemos que ir creciendo según lo que nos va tocando en cada momento. Y esto tenemos que lograrlo en nuestra vida de todos los días y también en nuestra relación con Jesús.
Fíjense, esto es lo que pasa en este discurso que esta terminando Jesús del pan de vida. Ustedes se acuerdan que comenzó con al multiplicación de los panes y los peces. Y luego Jesús en su predicación empieza a criticar a la multitud cuando les dice “ustedes vinieron solamente porque comieron pan hasta saciarse”. Pero busquen algo más. El domingo pasado decíamos: animémonos a descubrir cuáles son esos verdaderos deseos que tenemos en el corazón. Esto es lo que les pide Jesús. Él les dice: “Yo soy el verdadero pan de vida”, anímense a alimentarse de aquello que les da verdadera vida. Anímense a buscar aquello que verdaderamente les puede llenar el corazón.
Es curioso, hoy me detuve a contar cuantas veces aparece la palabra vida en este texto cortito que acabamos de leer, y, o Juan sabía muy poco griego y repetía las palabras, o nos quiere remarcar algo porque dice 8 veces vida. Podríamos contar desde que comenzó este discurso hasta ahora cuantas veces aparece la palabra vida, que seguro son muchas más. Bueno, cuando Pablo dice: "busquen saber cuál es la voluntad de Dios”, la voluntad de Dios es que tengamos vida. Eso es lo que busca, eso es lo que quiere, y eso es lo que tenemos que mirar en el corazón. Y en la medida que nuestra vida va creciendo, se va desarrollando, la vamos pudiendo vivir alegremente, vamos siendo felices, eso es lo que Dios quiere para nosotros. No hay tanto misterio. Dios quiere personas que sean felices, que disfruten de la vida, que la vivan. Pero para eso hay que crecer, para eso hay que profundizar. Una de las frases que a veces uno escucha más es “yo lo que quiero ahora es mejorar mi calidad de vida”. La pregunta es, qué es mejorar la calidad de vida. Es solamente tener un mejor departamento, una mejor casa, un mejor auto, poder comprarme más cosas, poder viajar más... Que es buenísimo, es muy lindo para todos, pero eso es lo que sacia el corazón. Eso es por lo que tengo que pelear y desgastarme. No hay nada más. O hay cosas mucho más profundas para mejorar la calidad de vida. Aún a veces sin tener las otras, porque por alguna razón no podemos acceder.
Esto es lo que les esta pidiendo Jesús, no se queden solamente con el pan, anímense a profundizar, anímense a buscar, en este caso, ese verdadero pan de vida que es Jesús. Esos verdaderos panes de vida que tenemos en nuestra vida. Sus maridos, esposas, hijos, nuestros amigos, la gente que nos acompaña, aquello que le da un verdadero sentido al corazón, aquello que nos da verdaderas ganas de vivir. Esto es lo que les dice Jesús. Sin embargo les cuesta, no lo entienden, porque no ven más allá de la fachada. Se quieren quedar con aquello que primero les dio, los panes y los peces. Y a nosotros nos cuesta porque hay cosas como que tiran, desde el consumismo, hasta un montón de cosas superficiales que nos tiran hacia abajo. Pero vamos descubriendo que no terminan de saciarnos. Y ahí tenemos que animarnos a dar un paso, a trascender eso. Pero eso hay que lucharlo, hay que pelearlo. Todos tenemos esa tentación muchas veces en el corazón de quedarnos en lo superficial.
Hoy Jesús les dice que tienen que comer su carne y beber su sangre. Y no sólo los judíos, sino todo el que estuviera ahí en frente de Él escuchándolo no entiende nada. En primer lugar la antropofagia esta mal vista y con razón. ¿Cómo vamos a comer tu carne? Le dicen los judíos. En segundo lugar, beber la sangre. Como ustedes saben hasta el día de hoy los judíos desangran los animales para poder comerlos, porque para ellos la vida estaba en la sangre. Si uno desangraba a un animal o a una persona, esta se moría. Entonces la vida corría por ahí, la sangre era sagrada y no se podía tocar. Y es por eso que no entienden lo que Jesús les esta diciendo. Pero Jesús va más allá de comer y beber ese cuerpo y esa sangre, que es lo que nosotros hacemos en cada misa. Es animarse a descubrir que hay un Dios que nos quiere transmitir vida, que como les dije antes, no quiere que vayamos tirando, sino que quiere que podamos disfrutar de aquello que nos da. Y por eso nos invita a alimentarnos. Y alimentarnos es animarnos a descubrir que necesitamos algo más que lo que somos nosotros. Desde el mismo alimento, no nos bastamos a nosotros mismos, no nos generamos nuestro propio alimento, tenemos que comer algo que esta afuera. Ahora, también tenemos que alimentarnos de cosas de afuera que nos dan mucha vida. Y que nos ayudan a ser felices. Eso es lo que nos dice Jesús. Aliméntense de todo aquello que llene el corazón. Es curioso porque Jesús nos invita a alimentarnos de dos cosas. Una la tenemos a veces más en cuenta que la otra pero las dos son necesarias en el camino de la fe. La primera es lo que va a hacerse presente en esta mesa, el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre. Y nos invita a descubrir qué lugar le damos en nuestra vida a esta eucaristía. Pero la segunda es la comunidad. Pablo va a repetir innumerables veces que la comunidad es Cuerpo de Cristo, que nosotros somos Cuerpo de Cristo. Y no se puede elegir una. “Bueno, a mi me gusta la comunidad, me olvido de la Eucaristía”. “Bueno a mi me gusta la eucaristía, no se quien esta sentado al lado mío”, aunque a veces puede pasar obviamente en una Iglesia tan grande. A lo que voy es, no me preocupo por el otro. Los dos caminos son sin salida, los dos me dejan caminando en una pata. Y es por eso que nos invita a descubrir cómo irnos alimentarnos de aquello que nos da verdadera vida. Descubrir como la eucaristía nos alimenta, descubrir como la comunidad nos alimenta. En la fe tengo que crecer con los demás. Por eso Pablo le habla a una comunidad, por eso Jesús le habla a una comunidad. Esto es lo que nos invita a vivir, esto es lo que nos invita a descubrir en este tiempo.
Miremos entonces adentro de nuestro corazón cuáles son nuestros verdaderos deseos, qué es lo que estamos necesitando, cuál es el alimento más necesario hoy para nosotros, aquel que buscamos, aquel que hoy no estamos encontrando o aquel en el cual hoy Jesús nos invita a poner más la mirada. Y pidámosle hoy a Jesús que nos ayude a descubrirlo, que nos ayude a crecer en ese camino, que nos ayude a poder disfrutar y gozar de aquello que nos da verdadera vida.
(Domingo XX durante el año, lecturas: Prov 9,1-6; Sl 33,2-3. 10-15; Ef 5,15-20; Jn 6,51-59)
Y pensaba como también nosotros muchas veces quisiéramos también meternos en la cabeza del otro u otra. En primer lugar cuando no lo podemos entender, cuando no lo podemos comprender, cuando no entendemos hacia donde va, qué es lo que elige, qué es lo que quiere, qué es lo que busca. Y quisiéramos saber en general con muy buenas intenciones, cómo lo puedo ayudar, cómo puedo estar cerca de la otra persona, cómo puedo hacer para que la otra persona no sufra tanto o para compartir lo que esta viviendo, y que yo no entiendo. Sin embargo, obviamente, esto no es una película y no podemos entrar en la cabeza del otro. Y la primera pregunta que podríamos hacernos es, ¿eso es necesario? ¿Es necesario entrar en la cabeza del otro para poder saber qué es lo que el otro quiere? En ellas o en ellos sean quienes sean, ¿necesito tener ese don? O es que en primer lugar tendríamos que crecer en el diálogo. Y que ese diálogo nos lleve a tener una confianza para que nos animemos a abrir el corazón y compartir lo que nos esta pasando. Si es que tenemos algo para compartir, si es q hemos descubierto que es lo que queremos. O tal vez lo que tenemos que hacer, lo que nos toque, es acompañar al otro en el camino, en el proceso que esta haciendo, en lo que esta viviendo, en lo que le esta pasando. Aún en aquellas cosas que quisiéramos evitarle al otro. Esos momentos duros, difíciles, pero que obviamente no podemos evitar.
Y en segundo lugar nos podríamos preguntar si nosotros o el otro sabe qué es lo que quiere. Porque es muy difícil poder compartir con el otro, o que el otro se me abra a mi, si no sabemos que es lo que queremos. Lo cual nos pasa muchas veces, en distintos momentos de la vida. No es privativo de el que esta eligiendo una carrera, sino que en distintos momentos, es como que nuestra vida, cíclicamente, va entrando en un preguntarse qué es lo que quiero, qué es lo que busco. Y creo que es en ese momento cuando en especial quisiéramos saber qué es lo que Dios quiere de nosotros.
Pablo le dice a su comunidad: “traten de saber cuál es la voluntad de Dios”. Y a veces nos pareciera que es muy difícil saber que es lo que Dios quiere para mi. Casi como si Dios jugase por nosotros. Yo quiero ser médico... No, no, vos tenés que ser deportista, o vos tenés que ser cura. Como si Dios buscara algo distinto de lo que uno quiere. Como si Dios casi peleara con nosotros mandándonos a hacer aquello que no nos gusta. En una carrera o en algo más simple. Además pareciera que la voluntad de Dios o tiene que caer como un ladrillo que me pegue en la cabeza y me despierte de golpe o me tiene que caer la ficha para poder descubrirla. Cuando en realidad lo primero que tengo que preguntarme es si yo quiero descubrir en mi corazón qué es lo que quiero. Porque en primer lugar Dios quiere que miremos nosotros que es lo que queremos. Y esto no porque dejemos a Dios afuera, sino porque Dios actúa en lo profundo de nuestro interior, en lo profundo de nuestros corazones. Y es Él el que nos va ayudando a descubrir, si nos animamos a mirar en el corazón, qué es lo que necesitamos, qué es lo que queremos, qué es lo que buscamos, hacia dónde tenemos que caminar. Sin embargo esto nos cuesta, y nos cuesta a todos, en diferentes momentos, de distintas maneras. Nos cuesta a todos ir arrimando hacia donde queremos ir. Nos cuesta ir mirando en la vida qué es lo que necesitamos y queremos. Sin embargo el único camino es el animarse a mirar en el corazón. Desde lo más importante hasta lo más pequeño. “No sean irresponsables”, les dice Pablo, porque todos nos damos cuenta cuando hacemos las cosas bien o mal. Puede ser que alguna pegue en el palo, y nos preguntamos esto estará bien o estará mal. Pero en general es que no nos queremos es cuchar nuestro corazón. Ahora, si queremos ir creciendo, si queremos que nos traten como personas maduras, tenemos que animarnos de a poquito a ir haciéndonos cargo de aquello que vivimos y de aquello que vamos eligiendo, que es a lo que Dios nos invita. Y para eso hay que profundizar. Para eso hay que crecer. No es lo mismo una persona de 10, de 20, de 30 o de 40 aunque a veces lo intentemos hacer igual. Para eso tenemos que irnos animando a recorrer y vivir la edad que tenemos. Como alguna vez les dije, por más cirugía estética que uno se haga, por más de que uno se saque los anteojos como me los saque yo ahora operándome o lo que fuera, uno tiene la edad que tiene. Y tiene que ir haciéndose cargo de la edad que tiene, ir eligiendo desde la edad que tiene, sólo así podemos ir madurando. No es como tanguito, que podemos andar toda la vida con una guitarra dando vueltas, aunque sea muy lindo en algún momento de la vida. Tenemos que ir creciendo según lo que nos va tocando en cada momento. Y esto tenemos que lograrlo en nuestra vida de todos los días y también en nuestra relación con Jesús.
Fíjense, esto es lo que pasa en este discurso que esta terminando Jesús del pan de vida. Ustedes se acuerdan que comenzó con al multiplicación de los panes y los peces. Y luego Jesús en su predicación empieza a criticar a la multitud cuando les dice “ustedes vinieron solamente porque comieron pan hasta saciarse”. Pero busquen algo más. El domingo pasado decíamos: animémonos a descubrir cuáles son esos verdaderos deseos que tenemos en el corazón. Esto es lo que les pide Jesús. Él les dice: “Yo soy el verdadero pan de vida”, anímense a alimentarse de aquello que les da verdadera vida. Anímense a buscar aquello que verdaderamente les puede llenar el corazón.
Es curioso, hoy me detuve a contar cuantas veces aparece la palabra vida en este texto cortito que acabamos de leer, y, o Juan sabía muy poco griego y repetía las palabras, o nos quiere remarcar algo porque dice 8 veces vida. Podríamos contar desde que comenzó este discurso hasta ahora cuantas veces aparece la palabra vida, que seguro son muchas más. Bueno, cuando Pablo dice: "busquen saber cuál es la voluntad de Dios”, la voluntad de Dios es que tengamos vida. Eso es lo que busca, eso es lo que quiere, y eso es lo que tenemos que mirar en el corazón. Y en la medida que nuestra vida va creciendo, se va desarrollando, la vamos pudiendo vivir alegremente, vamos siendo felices, eso es lo que Dios quiere para nosotros. No hay tanto misterio. Dios quiere personas que sean felices, que disfruten de la vida, que la vivan. Pero para eso hay que crecer, para eso hay que profundizar. Una de las frases que a veces uno escucha más es “yo lo que quiero ahora es mejorar mi calidad de vida”. La pregunta es, qué es mejorar la calidad de vida. Es solamente tener un mejor departamento, una mejor casa, un mejor auto, poder comprarme más cosas, poder viajar más... Que es buenísimo, es muy lindo para todos, pero eso es lo que sacia el corazón. Eso es por lo que tengo que pelear y desgastarme. No hay nada más. O hay cosas mucho más profundas para mejorar la calidad de vida. Aún a veces sin tener las otras, porque por alguna razón no podemos acceder.
Esto es lo que les esta pidiendo Jesús, no se queden solamente con el pan, anímense a profundizar, anímense a buscar, en este caso, ese verdadero pan de vida que es Jesús. Esos verdaderos panes de vida que tenemos en nuestra vida. Sus maridos, esposas, hijos, nuestros amigos, la gente que nos acompaña, aquello que le da un verdadero sentido al corazón, aquello que nos da verdaderas ganas de vivir. Esto es lo que les dice Jesús. Sin embargo les cuesta, no lo entienden, porque no ven más allá de la fachada. Se quieren quedar con aquello que primero les dio, los panes y los peces. Y a nosotros nos cuesta porque hay cosas como que tiran, desde el consumismo, hasta un montón de cosas superficiales que nos tiran hacia abajo. Pero vamos descubriendo que no terminan de saciarnos. Y ahí tenemos que animarnos a dar un paso, a trascender eso. Pero eso hay que lucharlo, hay que pelearlo. Todos tenemos esa tentación muchas veces en el corazón de quedarnos en lo superficial.
Hoy Jesús les dice que tienen que comer su carne y beber su sangre. Y no sólo los judíos, sino todo el que estuviera ahí en frente de Él escuchándolo no entiende nada. En primer lugar la antropofagia esta mal vista y con razón. ¿Cómo vamos a comer tu carne? Le dicen los judíos. En segundo lugar, beber la sangre. Como ustedes saben hasta el día de hoy los judíos desangran los animales para poder comerlos, porque para ellos la vida estaba en la sangre. Si uno desangraba a un animal o a una persona, esta se moría. Entonces la vida corría por ahí, la sangre era sagrada y no se podía tocar. Y es por eso que no entienden lo que Jesús les esta diciendo. Pero Jesús va más allá de comer y beber ese cuerpo y esa sangre, que es lo que nosotros hacemos en cada misa. Es animarse a descubrir que hay un Dios que nos quiere transmitir vida, que como les dije antes, no quiere que vayamos tirando, sino que quiere que podamos disfrutar de aquello que nos da. Y por eso nos invita a alimentarnos. Y alimentarnos es animarnos a descubrir que necesitamos algo más que lo que somos nosotros. Desde el mismo alimento, no nos bastamos a nosotros mismos, no nos generamos nuestro propio alimento, tenemos que comer algo que esta afuera. Ahora, también tenemos que alimentarnos de cosas de afuera que nos dan mucha vida. Y que nos ayudan a ser felices. Eso es lo que nos dice Jesús. Aliméntense de todo aquello que llene el corazón. Es curioso porque Jesús nos invita a alimentarnos de dos cosas. Una la tenemos a veces más en cuenta que la otra pero las dos son necesarias en el camino de la fe. La primera es lo que va a hacerse presente en esta mesa, el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre. Y nos invita a descubrir qué lugar le damos en nuestra vida a esta eucaristía. Pero la segunda es la comunidad. Pablo va a repetir innumerables veces que la comunidad es Cuerpo de Cristo, que nosotros somos Cuerpo de Cristo. Y no se puede elegir una. “Bueno, a mi me gusta la comunidad, me olvido de la Eucaristía”. “Bueno a mi me gusta la eucaristía, no se quien esta sentado al lado mío”, aunque a veces puede pasar obviamente en una Iglesia tan grande. A lo que voy es, no me preocupo por el otro. Los dos caminos son sin salida, los dos me dejan caminando en una pata. Y es por eso que nos invita a descubrir cómo irnos alimentarnos de aquello que nos da verdadera vida. Descubrir como la eucaristía nos alimenta, descubrir como la comunidad nos alimenta. En la fe tengo que crecer con los demás. Por eso Pablo le habla a una comunidad, por eso Jesús le habla a una comunidad. Esto es lo que nos invita a vivir, esto es lo que nos invita a descubrir en este tiempo.
Miremos entonces adentro de nuestro corazón cuáles son nuestros verdaderos deseos, qué es lo que estamos necesitando, cuál es el alimento más necesario hoy para nosotros, aquel que buscamos, aquel que hoy no estamos encontrando o aquel en el cual hoy Jesús nos invita a poner más la mirada. Y pidámosle hoy a Jesús que nos ayude a descubrirlo, que nos ayude a crecer en ese camino, que nos ayude a poder disfrutar y gozar de aquello que nos da verdadera vida.
(Domingo XX durante el año, lecturas: Prov 9,1-6; Sl 33,2-3. 10-15; Ef 5,15-20; Jn 6,51-59)
miércoles, 12 de agosto de 2009
Homilía: "Creer en el pan de vida"
Hay una canción, de Baglietto que dice así:
“La vida es una moneda,
quien la rebusca la tiene,
ojo que hablo de monedas
y no de gruesos billetes.
Mi vida es una hoja en blanco,
un piano desafinado,
diez dedos largos y flacos,
y un manojo de palabras.
Solo se trata de vivir,
esa es la historia,
con la sonrisa en el ojal,
con la idiotez
y la cordura
de todos los días,
a lo mejor resulta bien.”
Y pensaba como todos justamente lo que tratamos es de vivir, de ir creciendo, de ir madurando, de irnos desarrollando a lo largo de la vida. Y para eso tenemos justamente que ir descubriendo que la vida se nos va abriendo paso a partir de lo que vamos eligiendo y decidiendo en el corazón. Es verdad que no todo es tan puro, tan limpio, tan simple. Tenemos un montón de condicionamientos: nacemos en una determinada familia, con ciertas condiciones, en una determinada sociedad...; pero somos nosotros en la medida que vamos creciendo los que, como muchas veces decimos, nos tenemos que ir haciendo cargo de nuestra propia vida, es decir, ir eligiendo. Tenemos que animarnos a escribir nuestra propia historia. Y de esa manera somos nosotros los que tenemos que ir escribiendo en esa hoja en blanco. Esa historia no esta escrita, sino que tenemos que ir desde el corazón discerniendo de qué manera queremos caminar. Por que justamente Dios nos regala la libertad para eso. Dios nos hace libres para que podamos elegir y caminar, para que podamos ir buscando de qué manera queremos crecer y cuales son aquellas cosas que nos van moviendo desde el corazón en la vida, aquello que todos queremos, aquello que todos buscamos.
La mayoría de las decisiones que tomamos son porque descubrimos que nos dan vida, porque descubrimos que nos hacen crecer o por lo menos eso es lo que creemos. Es más, cuando por alguna razón alguno de nosotros va perdiendo esas ganas de vivir, o no le encuentra sentido a la vida, es lo que sorprende. Cuando alguien le dice a uno “yo no tengo más ganas de vivir” es como que impacta en nosotros, porque lo más natural es el deseo de vida, es esas ganas de seguir adelante, de lucharla, de pelearla.
Y pensaba en un escritor muy conocido, Dostoievsky, supongo que varios de ustedes lo conocen, que en un momento de su vida lo atrapan, lo iban a fusilar, lo tienen con los ojos vendados frente al frontón de fusilamiento, y le perdonan la vida. Le dicen, “hoy no vas a morir”. Y tiempo después él escribe diciendo que si le daban a elegir, estar atado sobre una montaña, encima de una roca, en la que solo puede apoyar sus dos pies y no tiene más espacio que para eso, en tinieblas, con el rugido del mar alrededor, rodeado de precipicios, con el viento soplando, en una soledad infinita, durante mil años, él elegirá siempre eso antes que morir. Y más allá de esa situación extrema en la que nos habla de que sigue eligiendo la vida; creo que todos en diferentes momentos nos vamos aferrando a aquello que nos da vida. Nos vamos aferrando a aquello que necesitamos para existir y subsistir. Desde aquello más necesario, si es que no lo tenemos, a cosas más profundas si es que esas cosas básicas las tenemos. O podríamos preguntarnos: si tenemos las cosas básicas, ¿nos animarnos a descubrir elegir cuáles son esas cosas más profundas que nos ayudan a crecer?
A veces cuando vemos muchas cosas que suceden, gente que no tiene para comer, personas que empiezan a buscar subsistir robando, o haciendo lo que fuera. Personas que hacen lo posible por llevar esas cosas básicas a su casa, a su familia, es muy fácil juzgar desde nuestro lugar. Pero cuando uno no tiene lo básico, uno empieza a buscarlo, y hace lo que puede. Y pensaba en esto desde un ejemplo muy concreto. En estos días ha vuelto tanto a resurgir todo lo que tiene que ver con aquellos que sobrevivieron en los Andes, después de más de treinta años, con este último libro que sacaron “La sociedad de la nieve”. Y como todos se preguntan como pudieron vivir, sobrevivir; qué cosas hicieron. Sin embargo a veces se los ha cuestionado por algunas decisiones drásticas que tomaron sobre todo al principio. Bueno, cuando uno esta en situaciones extremas busca aquello que le garantice la vida, aquello que lo haga subsistir, sobrevivir en aquella situación. Después, a la larga, lo importante será que uno pueda sacar provecho. Ver que enseñanza me dejó, que aprendí, y que pueda valorar aquello central en mi vida.
Pero muchas veces cuando las cosas de todos los días las tenemos, cuando no nos falta nada, nos vamos perdiendo; peleamos o discutimos por cosas que son mínimas, cosas que no tienen sentido, y desgastamos nuestras fuerzas en eso.
Como decíamos el domingo pasado, Jesús nos dice, miren: “Yo soy el pan de vida”. Jesús les invita a que profundicen, que no se queden con aquello primero que vieron en Jesús. Jesús multiplicó los panes, les dio de comer, sació lo primero que necesitaban, y ahora les pide que den un paso más. Y hoy nos dice sigan profundizando en eso que descubrieron, anímense a descubrir quién soy. A Jesús lo siguen por lo que les da, por lo panes, por los peces, porque cubrió sus necesidades básicas en un determinado momento. Pero ¿hay que seguir a Jesús porque cubre nuestras necesidades básicas? Esta para eso nada más. O queremos seguir a Jesús por aquello que significa para nosotros. ¿Queremos seguir a Jesús por lo que Jesús nos da? o ¿queremos seguir a Jesús por Jesús mismo, por quién es Jesús? Y eso es lo que quiere que vayamos aprendiendo a lo largo de toda la vida.
Podríamos pensar en cualquier vínculo, desde cuando uno se pone de novio. Uno empieza a salir, después de un tiempo, no se cuanto tiempo ustedes dicen que tiene que pasar ahora, se ponen de novios, y uno descubre que esta enamorado. Ahora eso va a pasar. En un momento me enamoré del otro u otra, pero tengo que aprender a elegir al otro, y eso es el amor. Cuando pasa esa primera etapa, importante pero no única, y después de que lo voy conociendo más al otro, con las cosas buenas, con las cosas malas, con lo que me gusta, con lo que no me gusta, y aprendo a decir que esa es la persona que yo quiero, esta es la persona que yo elijo.
Lo mismo en el matrimonio, cuando mucho más hay que profundizar esto. Lo mismo en cualquier vínculo. No me puedo quedar con lo primero. O solamente con lo que el otro me da. Sino justamente con lo que el otro significa para mi. Y esto es lo que nos pide Jesús. Aprendan a trascender, pasen aquello primero que descubrieron, descubran en lo profundo que es lo que realmente les da vida.
Es verdad que muchas veces tendemos a querer bajar los brazos, por ejemplo, es lo que le pasa a Elías en la primera lectura. Fue, dejó todo, lo sigue a Dios, predica, anuncia y lo quieren matar. Se va, se enoja y dice, yo no quiero vivir más. Sin embargo descubre cómo que hay alguien que le habla al corazón y le dice: intentalo de nuevo, seguí, comé, alimentate, todavía no terminó tu camino. Bueno, a nosotros también la vida muchas veces nos golpea. Las cosas no son como queremos, deseamos. Descubrimos que no pudimos hacer lo que esperábamos. A duras penas llegamos mas o menos, siendo más grandes o más chicos, a, no se, un 10, 20, 30% de lo que queríamos pero, ¿vamos entonces a bajar los brazos? O vamos a animarnos a descubrir de qué manera podemos seguir caminando hoy. Mirar qué es lo que verdaderamente nos da vida hoy. Eso es lo que les pide Jesús. Eso es lo que nos pide hoy Jesús a nosotros. ¿Cuál es aquel pan de vida que llena nuestros corazones? Y nos pide una sola cosa para eso: “crean”. Crean en aquel que puede dar vida.
Jesús nos promete una vida para siempre y nos pide poner nuestra fe en eso. Y la fe es, traduciendo el hebreo, cuando uno siente que está apoyado firmemente, que sabe donde tiene sus pies, que siente que hay una roca firme. Es decir, animarse a decentarse, es animarse a confiar en los demás. Lo que muchas veces hacemos en nuestra vida, animarnos a hacerlo también con Dios. Dejar de controlar las cosas, decir Dios confío en Vos, confío en que querés la vida para mi. Confío que me vas a ir mostrando el camino, para que descubra aún en los momentos difíciles qué es lo que me da vida. Para que descubra cómo puedo ir creciendo, cómo puedo ir caminando.
Pidámosle entonces hoy a Jesús que podamos descubrir aquello que nos da verdadera vida. Que podamos poner nuestra fe y nuestra confianza en los demás y en este Dios que nos ayuda a seguir adelante como a Elías. Y pidámosle a Jesús, que acompañó a los discípulos, a los apóstoles, que les enseño a escuchar, a profundizar; que nos ayude también a nosotros a mirar en el corazón, a profundizar en nuestro corazón, y a descubrir aquello que nos da verdadera vida
(Domingo XIX durante el año, lecturas: 1Re 19,1-8; Sl 33,2-9; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51)
“La vida es una moneda,
quien la rebusca la tiene,
ojo que hablo de monedas
y no de gruesos billetes.
Mi vida es una hoja en blanco,
un piano desafinado,
diez dedos largos y flacos,
y un manojo de palabras.
Solo se trata de vivir,
esa es la historia,
con la sonrisa en el ojal,
con la idiotez
y la cordura
de todos los días,
a lo mejor resulta bien.”
Y pensaba como todos justamente lo que tratamos es de vivir, de ir creciendo, de ir madurando, de irnos desarrollando a lo largo de la vida. Y para eso tenemos justamente que ir descubriendo que la vida se nos va abriendo paso a partir de lo que vamos eligiendo y decidiendo en el corazón. Es verdad que no todo es tan puro, tan limpio, tan simple. Tenemos un montón de condicionamientos: nacemos en una determinada familia, con ciertas condiciones, en una determinada sociedad...; pero somos nosotros en la medida que vamos creciendo los que, como muchas veces decimos, nos tenemos que ir haciendo cargo de nuestra propia vida, es decir, ir eligiendo. Tenemos que animarnos a escribir nuestra propia historia. Y de esa manera somos nosotros los que tenemos que ir escribiendo en esa hoja en blanco. Esa historia no esta escrita, sino que tenemos que ir desde el corazón discerniendo de qué manera queremos caminar. Por que justamente Dios nos regala la libertad para eso. Dios nos hace libres para que podamos elegir y caminar, para que podamos ir buscando de qué manera queremos crecer y cuales son aquellas cosas que nos van moviendo desde el corazón en la vida, aquello que todos queremos, aquello que todos buscamos.
La mayoría de las decisiones que tomamos son porque descubrimos que nos dan vida, porque descubrimos que nos hacen crecer o por lo menos eso es lo que creemos. Es más, cuando por alguna razón alguno de nosotros va perdiendo esas ganas de vivir, o no le encuentra sentido a la vida, es lo que sorprende. Cuando alguien le dice a uno “yo no tengo más ganas de vivir” es como que impacta en nosotros, porque lo más natural es el deseo de vida, es esas ganas de seguir adelante, de lucharla, de pelearla.
Y pensaba en un escritor muy conocido, Dostoievsky, supongo que varios de ustedes lo conocen, que en un momento de su vida lo atrapan, lo iban a fusilar, lo tienen con los ojos vendados frente al frontón de fusilamiento, y le perdonan la vida. Le dicen, “hoy no vas a morir”. Y tiempo después él escribe diciendo que si le daban a elegir, estar atado sobre una montaña, encima de una roca, en la que solo puede apoyar sus dos pies y no tiene más espacio que para eso, en tinieblas, con el rugido del mar alrededor, rodeado de precipicios, con el viento soplando, en una soledad infinita, durante mil años, él elegirá siempre eso antes que morir. Y más allá de esa situación extrema en la que nos habla de que sigue eligiendo la vida; creo que todos en diferentes momentos nos vamos aferrando a aquello que nos da vida. Nos vamos aferrando a aquello que necesitamos para existir y subsistir. Desde aquello más necesario, si es que no lo tenemos, a cosas más profundas si es que esas cosas básicas las tenemos. O podríamos preguntarnos: si tenemos las cosas básicas, ¿nos animarnos a descubrir elegir cuáles son esas cosas más profundas que nos ayudan a crecer?
A veces cuando vemos muchas cosas que suceden, gente que no tiene para comer, personas que empiezan a buscar subsistir robando, o haciendo lo que fuera. Personas que hacen lo posible por llevar esas cosas básicas a su casa, a su familia, es muy fácil juzgar desde nuestro lugar. Pero cuando uno no tiene lo básico, uno empieza a buscarlo, y hace lo que puede. Y pensaba en esto desde un ejemplo muy concreto. En estos días ha vuelto tanto a resurgir todo lo que tiene que ver con aquellos que sobrevivieron en los Andes, después de más de treinta años, con este último libro que sacaron “La sociedad de la nieve”. Y como todos se preguntan como pudieron vivir, sobrevivir; qué cosas hicieron. Sin embargo a veces se los ha cuestionado por algunas decisiones drásticas que tomaron sobre todo al principio. Bueno, cuando uno esta en situaciones extremas busca aquello que le garantice la vida, aquello que lo haga subsistir, sobrevivir en aquella situación. Después, a la larga, lo importante será que uno pueda sacar provecho. Ver que enseñanza me dejó, que aprendí, y que pueda valorar aquello central en mi vida.
Pero muchas veces cuando las cosas de todos los días las tenemos, cuando no nos falta nada, nos vamos perdiendo; peleamos o discutimos por cosas que son mínimas, cosas que no tienen sentido, y desgastamos nuestras fuerzas en eso.
Como decíamos el domingo pasado, Jesús nos dice, miren: “Yo soy el pan de vida”. Jesús les invita a que profundicen, que no se queden con aquello primero que vieron en Jesús. Jesús multiplicó los panes, les dio de comer, sació lo primero que necesitaban, y ahora les pide que den un paso más. Y hoy nos dice sigan profundizando en eso que descubrieron, anímense a descubrir quién soy. A Jesús lo siguen por lo que les da, por lo panes, por los peces, porque cubrió sus necesidades básicas en un determinado momento. Pero ¿hay que seguir a Jesús porque cubre nuestras necesidades básicas? Esta para eso nada más. O queremos seguir a Jesús por aquello que significa para nosotros. ¿Queremos seguir a Jesús por lo que Jesús nos da? o ¿queremos seguir a Jesús por Jesús mismo, por quién es Jesús? Y eso es lo que quiere que vayamos aprendiendo a lo largo de toda la vida.
Podríamos pensar en cualquier vínculo, desde cuando uno se pone de novio. Uno empieza a salir, después de un tiempo, no se cuanto tiempo ustedes dicen que tiene que pasar ahora, se ponen de novios, y uno descubre que esta enamorado. Ahora eso va a pasar. En un momento me enamoré del otro u otra, pero tengo que aprender a elegir al otro, y eso es el amor. Cuando pasa esa primera etapa, importante pero no única, y después de que lo voy conociendo más al otro, con las cosas buenas, con las cosas malas, con lo que me gusta, con lo que no me gusta, y aprendo a decir que esa es la persona que yo quiero, esta es la persona que yo elijo.
Lo mismo en el matrimonio, cuando mucho más hay que profundizar esto. Lo mismo en cualquier vínculo. No me puedo quedar con lo primero. O solamente con lo que el otro me da. Sino justamente con lo que el otro significa para mi. Y esto es lo que nos pide Jesús. Aprendan a trascender, pasen aquello primero que descubrieron, descubran en lo profundo que es lo que realmente les da vida.
Es verdad que muchas veces tendemos a querer bajar los brazos, por ejemplo, es lo que le pasa a Elías en la primera lectura. Fue, dejó todo, lo sigue a Dios, predica, anuncia y lo quieren matar. Se va, se enoja y dice, yo no quiero vivir más. Sin embargo descubre cómo que hay alguien que le habla al corazón y le dice: intentalo de nuevo, seguí, comé, alimentate, todavía no terminó tu camino. Bueno, a nosotros también la vida muchas veces nos golpea. Las cosas no son como queremos, deseamos. Descubrimos que no pudimos hacer lo que esperábamos. A duras penas llegamos mas o menos, siendo más grandes o más chicos, a, no se, un 10, 20, 30% de lo que queríamos pero, ¿vamos entonces a bajar los brazos? O vamos a animarnos a descubrir de qué manera podemos seguir caminando hoy. Mirar qué es lo que verdaderamente nos da vida hoy. Eso es lo que les pide Jesús. Eso es lo que nos pide hoy Jesús a nosotros. ¿Cuál es aquel pan de vida que llena nuestros corazones? Y nos pide una sola cosa para eso: “crean”. Crean en aquel que puede dar vida.
Jesús nos promete una vida para siempre y nos pide poner nuestra fe en eso. Y la fe es, traduciendo el hebreo, cuando uno siente que está apoyado firmemente, que sabe donde tiene sus pies, que siente que hay una roca firme. Es decir, animarse a decentarse, es animarse a confiar en los demás. Lo que muchas veces hacemos en nuestra vida, animarnos a hacerlo también con Dios. Dejar de controlar las cosas, decir Dios confío en Vos, confío en que querés la vida para mi. Confío que me vas a ir mostrando el camino, para que descubra aún en los momentos difíciles qué es lo que me da vida. Para que descubra cómo puedo ir creciendo, cómo puedo ir caminando.
Pidámosle entonces hoy a Jesús que podamos descubrir aquello que nos da verdadera vida. Que podamos poner nuestra fe y nuestra confianza en los demás y en este Dios que nos ayuda a seguir adelante como a Elías. Y pidámosle a Jesús, que acompañó a los discípulos, a los apóstoles, que les enseño a escuchar, a profundizar; que nos ayude también a nosotros a mirar en el corazón, a profundizar en nuestro corazón, y a descubrir aquello que nos da verdadera vida
(Domingo XIX durante el año, lecturas: 1Re 19,1-8; Sl 33,2-9; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51)
martes, 11 de agosto de 2009
Homilía: "Yo soy el Pan de vida"
Alex Hitcher es el protagonista de la película “Hitch”. Su trabajo es ayudar a los hombres a enamorar a las mujeres. Un día llega se acerca a él Albert, un tímido contador, para que le ayude a acercarse a Alegra Cole, la multimillonaria dueña de la empresa en que trabaja. Todo va muy bien hasta que Hitch, su apodo en la película, conoce a Sara Melas y también él empieza a experimentar lo que es irse enamorando. Y como siempre, todo se empieza a complicar para ambos hombres. Es en ese momento cuando Albert se acerca al departamento de Hitch con una gran pizza en su mano. Hitch le pregunta: “que haces con eso”. Y Albert le contesta: “si me muero de colesterol seguramente no me duela tanto el corazón... quiero que lo arregles”. “Ya no tengo nada más”, dice Hitch.
Albert le súplica “No esperaba sentirme así, me estoy volviendo loco”. “Ya la olvidarás date tiempo”, Hitch.
Albert continua: “Ahí está,... no quiero olvidarla,.. prefiero sentirme así”. Y Hitch le dice: “No es así, no digas eso, puedes cambiar y adaptarte, puedes llegar a conseguir no sentirte así nunca más.”.
Y Ahí Albert comprende “No lo entiendes verdad. Digo, lo vendes muy bien, pero no crees en tu propio producto”. “El amor es mi vida”, exclama Hitch. Pero Albert Le contesta: “No, el amor es tu trabajo”.
Hitch se enoja y le dice: “¡Oye! Si quieres saltar de un avión sin paracaídas hazlo pero perdoname si no te sigo”.
A lo que Albert contesta: “Para vos no tiene nada que ver con el amor. Y pensar que hasta ahora creí que yo era el cobarde”.
Así vemos como algo que parecía lo más importante en la vida de Hitch, aquello que sabía descubrir y enseñar a los demás, se va desvaneciendo, perdiendo. El hablaba del amor, daba consejos acerca del amor, pero no podía vivirlo. Una cosa es lo que decía, y otra muy distinta cuando le tocó vivirlo.
Y cuantas veces nos pasa esto a nosotros. Creemos que sabemos lo que queremos, lo que deseamos, lo que es importante en nuestra vida y de pronto se va desvaneciendo. O por problemas, o porque perdemos el rumbo, nos vamos descentrando de lo verdaderamente importante. Nuestros deseos, nuestros ideales, nuestros valores. También nuestros vínculos que tanto trabajo nos costo hacer crecer, muchas veces vamos hipotecando o abandonando.
Miremos la primera lectura: El pueblo de Israel clamaba a Dios pidiendo la libertad, pero cuando le toca vivirla, con todo lo que implica, pide volver atrás. Pensemos este simple esquema: “Esclavitud vs Libertad”, y la respuesta desde acá parece muy obvia: quiero la libertad. Sin embargo cuando me encuentro en ella, veo que no es tan simple vivirla. Que aquello de lo que hablaba, aquello que pedía y deseaba, muchas veces se vuelve muy difícil trabajoso, y tendemos a querer bajar los brazos Cuantas veces aquellos por lo que nos desvivíamos lo dejamos de lado. Aquello que queríamos con todo el corazón, empezamos a rechazarlo. Como si hubiésemos perdido la brújula del hacia donde íbamos Ya no nos parece importante. Dejamos todo por un deseo, y a la primera de cambio tendemos a querer volver atrás.
O en el evangelio: La Multitud sigue a Jesús porque les dio de comer pero ahora les pide algo más. Jesús les esta pidiendo un salto en la fe. Lo fueron a buscar porque les dio de comer. Pero les pide que trasciendan esto. Es como si les preguntará: ¿Por que están aquí? ¿Por lo que yo les doy, o por lo que yo significo para ustedes?. O más claro, que buscamos en Jesús. Los dones que el nos da, o el Gran Don que Él es para nosotros.
Y nos advierte con una palabra: “Trabajen”, podríamos decir también luchen. Quieren tener cosas importantes, quieren lograr cosas importantes: trabajen.
Y este es uno de nuestros graves problemas. Queremos que las cosas se den casi por arte de magia. Que todo sea simple y fácil Que no aparezcan complicaciones, ni problemas. Pero la vida no es así. Es más, la mayoría de los que estamos acá tenemos experiencia de esto. Sabemos que muchas veces tuvimos que pelear las cosas. Aún aquellas que más felicidad nos dieron.
Sin embargo, luchamos por muchísimas cosas, nos peleamos por muchísimas cosas, y ¿cuántas de ellas son importantes?.
Parece que trabajamos más por las cosas nimias, superfluas, que por aquellas que nos dan verdadera vida. Y lo más triste es que en general nos damos cuanta cuando ya no se puede volver atrás. Cuando ya dí vuelta la página y me dedique a otra cosa.
Hoy Jesús nos quiere pedir que nos animemos a luchar por aquello que verdaderamente nos da vida. Nos dice: “Yo soy el Pan de Vida”.
Pongámonos a pensar, cuales son los verdaderos panes de vida, hoy para nosotros. Miremos nuestro corazón: ¿Cuál es la razón de mi vida? ¿Qué es lo que me llena, me hace feliz? ¿Que es lo que me alegra? Animémonos a divisarlo y guardarlo en el corazón. Animémonos a decirnos que queremos luchar por eso. Por esos verdaderos panes de vida que todos tenemos, que todos necesitamos.
Para terminar al comienzo de la película se dice esta frase: “La vida no se mide por la cantidad de veces que respiras sino por los momentos que te dejan sin aliento”. Y también preguntémonos ¿Que cosas nos dejan, o nos han dejado sin aliento”.
(Domingo XVIII durante el año, lecturas: Ex 16,2-4. 12-15; Sl 77; Ef 4,17. 20-24; Jn 6,24-35)
Albert le súplica “No esperaba sentirme así, me estoy volviendo loco”. “Ya la olvidarás date tiempo”, Hitch.
Albert continua: “Ahí está,... no quiero olvidarla,.. prefiero sentirme así”. Y Hitch le dice: “No es así, no digas eso, puedes cambiar y adaptarte, puedes llegar a conseguir no sentirte así nunca más.”.
Y Ahí Albert comprende “No lo entiendes verdad. Digo, lo vendes muy bien, pero no crees en tu propio producto”. “El amor es mi vida”, exclama Hitch. Pero Albert Le contesta: “No, el amor es tu trabajo”.
Hitch se enoja y le dice: “¡Oye! Si quieres saltar de un avión sin paracaídas hazlo pero perdoname si no te sigo”.
A lo que Albert contesta: “Para vos no tiene nada que ver con el amor. Y pensar que hasta ahora creí que yo era el cobarde”.
Así vemos como algo que parecía lo más importante en la vida de Hitch, aquello que sabía descubrir y enseñar a los demás, se va desvaneciendo, perdiendo. El hablaba del amor, daba consejos acerca del amor, pero no podía vivirlo. Una cosa es lo que decía, y otra muy distinta cuando le tocó vivirlo.
Y cuantas veces nos pasa esto a nosotros. Creemos que sabemos lo que queremos, lo que deseamos, lo que es importante en nuestra vida y de pronto se va desvaneciendo. O por problemas, o porque perdemos el rumbo, nos vamos descentrando de lo verdaderamente importante. Nuestros deseos, nuestros ideales, nuestros valores. También nuestros vínculos que tanto trabajo nos costo hacer crecer, muchas veces vamos hipotecando o abandonando.
Miremos la primera lectura: El pueblo de Israel clamaba a Dios pidiendo la libertad, pero cuando le toca vivirla, con todo lo que implica, pide volver atrás. Pensemos este simple esquema: “Esclavitud vs Libertad”, y la respuesta desde acá parece muy obvia: quiero la libertad. Sin embargo cuando me encuentro en ella, veo que no es tan simple vivirla. Que aquello de lo que hablaba, aquello que pedía y deseaba, muchas veces se vuelve muy difícil trabajoso, y tendemos a querer bajar los brazos Cuantas veces aquellos por lo que nos desvivíamos lo dejamos de lado. Aquello que queríamos con todo el corazón, empezamos a rechazarlo. Como si hubiésemos perdido la brújula del hacia donde íbamos Ya no nos parece importante. Dejamos todo por un deseo, y a la primera de cambio tendemos a querer volver atrás.
O en el evangelio: La Multitud sigue a Jesús porque les dio de comer pero ahora les pide algo más. Jesús les esta pidiendo un salto en la fe. Lo fueron a buscar porque les dio de comer. Pero les pide que trasciendan esto. Es como si les preguntará: ¿Por que están aquí? ¿Por lo que yo les doy, o por lo que yo significo para ustedes?. O más claro, que buscamos en Jesús. Los dones que el nos da, o el Gran Don que Él es para nosotros.
Y nos advierte con una palabra: “Trabajen”, podríamos decir también luchen. Quieren tener cosas importantes, quieren lograr cosas importantes: trabajen.
Y este es uno de nuestros graves problemas. Queremos que las cosas se den casi por arte de magia. Que todo sea simple y fácil Que no aparezcan complicaciones, ni problemas. Pero la vida no es así. Es más, la mayoría de los que estamos acá tenemos experiencia de esto. Sabemos que muchas veces tuvimos que pelear las cosas. Aún aquellas que más felicidad nos dieron.
Sin embargo, luchamos por muchísimas cosas, nos peleamos por muchísimas cosas, y ¿cuántas de ellas son importantes?.
Parece que trabajamos más por las cosas nimias, superfluas, que por aquellas que nos dan verdadera vida. Y lo más triste es que en general nos damos cuanta cuando ya no se puede volver atrás. Cuando ya dí vuelta la página y me dedique a otra cosa.
Hoy Jesús nos quiere pedir que nos animemos a luchar por aquello que verdaderamente nos da vida. Nos dice: “Yo soy el Pan de Vida”.
Pongámonos a pensar, cuales son los verdaderos panes de vida, hoy para nosotros. Miremos nuestro corazón: ¿Cuál es la razón de mi vida? ¿Qué es lo que me llena, me hace feliz? ¿Que es lo que me alegra? Animémonos a divisarlo y guardarlo en el corazón. Animémonos a decirnos que queremos luchar por eso. Por esos verdaderos panes de vida que todos tenemos, que todos necesitamos.
Para terminar al comienzo de la película se dice esta frase: “La vida no se mide por la cantidad de veces que respiras sino por los momentos que te dejan sin aliento”. Y también preguntémonos ¿Que cosas nos dejan, o nos han dejado sin aliento”.
(Domingo XVIII durante el año, lecturas: Ex 16,2-4. 12-15; Sl 77; Ef 4,17. 20-24; Jn 6,24-35)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)