Hace aproximadamente un mes escuchamos en boca de un hombre rico esta pregunta a Jesús. Tal vez la pregunta más central de toda nuestra vida cristiana, ya que nos remite al horizonte último, aquello que da sentido a nuestra vida.
Seguramente hoy no lo diríamos de la misma manera, pero todos los cristianos buscamos lo mismo: estar con Jesús. No solamente hoy o mañana sino todo nuestra vida acá en la tierra y, como dicen siempre los chicos, en el cielo.
Ahora, esta pregunta no la hace solamente este hombre en los evangelios, sino que aparece en otros textos como el del Buen Samaritano (Lc 10,25-37). Sin embargo la respuesta de Jesús siempre es la misma aunque formulada de diversas maneras: “Amar a Dios, amar al prójimo y seguirlo”. Y esta respuesta se puede resumir en dos palabras: “Amar y seguir”. Dos palabras que se retroalimentan. Siguiendo a Jesús voy a aprender a amar y amando voy creciendo en el seguimiento de Jesús.
Juan Pablo II decía: “La aventura de la santidad comienza con un «sí» a Dios” Un sí a Dios que se concretiza en el seguimiento de Jesús. Él es el camino, la verdad y la vida (Jn14,6). ¿Para llegar adónde? A la casa del Padre, donde hay muchas habitaciones, o sea un lugar para cada uno de nosotros.¿Cómo llegamos? Por medio de Jesús. Como dice el texto de Juan el es el único camino por eso tengo que aprender a seguirlo y aprender a amar a Dios y a mis hermanos.
¿Qué esto nos resulta difícil? Obviamente. A todos nos resulta difícil aprender a amar. Es muy claro en los evangelios, con el hombre rico, con los apóstoles, con cada uno de los hombres y mujeres que quieren vivir el evangelio. Aprender a amar implica aprender a abrir el corazón y eso siempre nos cuesta. Pero creo que lo primero que tenemos que entender es que estamos hablando de la pregunta más central de nuestras vidas o dicho de otra manera del premio mayor, del regalo más grande. Y que esperamos: ¿Qué sea fácil? ¿Qué no nos cueste? Es como que Jesús nos dijera: “querés esto. Bueno, ahora agarrate”. Pero no porque sea algo inaccesible, sino porque implica un esfuerzo desde el corazón. Y cuando uno mira el corazón encuentra los propios límites, las fragilidades, el propio pecado. Sin embargo este camino no esta hecho para hombres y mujeres perfectas. La santidad es compatible con la fragilidad natural, con las miserias de la vida. Lo importante es que una vez verificada y aceptada esa fragilidad, aprendamos a desprendernos de nosotros mismos para contemplar con humildad la misericordia de Dios que nos invita a retomar el camino. Por lo tanto, la santidad no es perfección, sino entrega. Entrega del corazón a Dios, entrega del corazón a mis hermanos. Y cuando no pueda entregarme tendré que aprender a reconstruir el vínculo, volver a cimentar sobree bases sólidas, volver a abrirme.
En realidad el único santo es Jesús, él es el que pudo llevar adelante la voluntad del Padre. Es el único justo. Y la santidad es un regalo que Jesús nos hace no porque lo merezcamos, sino porque nos ama y nos quiere hacer este gran don, regalo de la salvación. Pero Dios nunca invade nuestra libertad. Somos nosotros los que tenemos que elegir si aceptamos o no este regalo. San Agustín dice “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Esto no significa que nosotros ganamos la santidad, el que salva es Jesús; pero sí que exige nuestro compromiso y elección.
Caminar hacia la santidad, hacia ese regalo de Jesús, significa ir por las grandes ligas, por el premio más grande, por el regalo más hermoso. Esto da muchas esperanzas y llena el corazón, pero implica de nosotros un desafío muy grande: “Aprender a Amar y seguir a Jesús”.
martes, 17 de noviembre de 2009
Homilía: "Entregarse por amor"
Hay una película italiana muy linda que se llama: “Un casamiento inolvidable”, en la que Tomás y Estefanía van con su autito a una pequeña capilla llamada San Michelle, o San Miguel en castellano. La misma queda en un pueblito italiano donde van para arreglar todo lo que tiene que ver con su casamiento. Llegan ahí y hablan con el sacerdote. El cura les pregunta porque se quieren casar por Iglesia; le dicen por tradición, más que nada por sus padres. El sacerdote los invita a que entonces le digan algo más profundo, especial, aunque sea más allá de la fe, una imagen de lo que significa el matrimonio para ellos. Y ellos utilizan esa imagen tan linda de la que una vez hablamos, de dos que están patinando sobre el hielo y esa fragilidad y ese cuidado que uno tiene que tener sobre el otro mientras lo hacen. Y la imagen se corta en la película con el día del casamiento. Llega el momento del consentimiento matrimonial, el sacerdote les pide que ellos dos empiecen a repetir con él lo que les está diciendo: “Yo Estefanía..., yo Tomás..., prometo serte fiel, tanto en la prosperidad como en la adversidad....”, y sorpresivamente continua “o, más bien, prometo casarme y casi siempre serte fiel, aunque haga alguna picardía” los novios se empiezan a frenar y no repiten lo que el cura está diciendo. Y el sacerdote los pide que continúen: “¡Vamos repitan!, aunque a veces te deje sola, aunque a veces no te escuche”; hasta que el padre del novio, salta de la silla y le grita: “qué estás diciendo”. El sacerdote se sonríe y le contesta: “por fin alguien que me detiene”, y continúa “ellos me dijeron que querían que sea un casamiento especial y yo lo estoy haciendo especial. Y estoy diciendo mucho de lo que pasa, mucho de lo que vemos. Las encuestas nos muestran que ellos tienen el 20% de probabilidades de separarse, tienen el 25% de probabilidades de engañarse el uno al otro.., este es el mundo que los espera, esto es lo que hoy muchas veces se nos invita” Y continua reflexionando sobre esto. Y empieza a mostrar y a pedirles que le cuenten por qué se quieren casar. Hasta que en un momento importante de la película les dice a los demás que no le alcanza con lo que ellos están prometiendo, que necesita que otros se comprometan. Que necesita que otros de los que estén ahí, como que se casen con ellos. Que digan que los van a acompañar hasta el final. Pero nadie se compromete. Nadie termina de poner las manos en el fuego, todos tienen alguna excusa que poner: que los que se casan son ellos, que no puedo yo soy abogado y me dedico a los divorcios, y muchas otras. Entonces el sacerdote cuando están por terminar les pide a todos que se retiren, que ya que no se comprometen los dejen solos en este momento. Porque si ellos lo van a tener que vivir así, con un mundo que muchas veces te deja solos, que esto lo vivan en intimidad y se lo prometan el uno al otro. ¿Y qué es lo que se tienen que prometer? Es el querer entregarse el uno al otro, el querer darle la vida y el corazón, con lo que uno es, con lo que uno tiene. Y no sólo el querer entregarme al otro, sino también poner la confianza en el otro. El saber que quiero confiar en alguien y el saber que hay alguien que quiere confiar en mi. En esto tan lindo y tan fascinante que es como empieza todo vínculo, toda relación, pero que al mismo tiempo tanto se dificulta a lo largo del camino. Todos celebramos, somos felices el día que se casan, o yo el día que me ordené, pero sin embargo, los que tiene muchos más años de vida que yo saben lo que es pelearla y lucharla día a día. Tener que volver a entregarse, tener que volver a profundizar en el corazón. Ese día es como que uno abre una puerta, pero el aprender a entregarse es un camino que lleva toda la vida. Es un camino que tiene que pasar a veces por muchas dificultades. En este mundo post-moderno por muchas crisis. O se podría decir, por muchos momentos de profundización en el vínculo. No alcanza con el vínculo que uno tiene cuando se acaba de casar. No alcanza con el vínculo que uno tiene cuando tiene 5 años de casado. No alcanza con el vínculo que uno tiene cuando tiene 10. Continuamente lo tengo que ir alimentando. Continuamente lo tengo que ir recreando. Continuamente tengo que irle dando fuerza. ¿Para qué? Para que cobre un nuevo sentido. Porque esa primera atracción, ese primer deseo tiene que ser purificado. Todos tenemos la experiencia de que aún aquellas cosas que tanto nos gustan hay momentos en los que no tenemos ganas, hay momentos en los que nos cuestan, hay momentos que se nos hacen cuesta arriba. Ese es el momento donde uno tiene que tener paciencia en el corazón. Sin embargo este deseo de unión a pesar de las dificultades, creo que es el deseo más profundo que cada hombre o mujer tiene.
La Biblia casi empieza con eso, Dios le creo al hombre alguien semejante, la mujer, no importa quien sea primero, para que justamente tenga con quien acompañarse. Para que ese deseo pueda vivirlo uno en el corazón. Y tal vez, utilizando lo que se dice en la película, si yo también me pusiera a hablar en cualquier charla prematrimonial o el día del casamiento, y les dijera: “cásense por ahora, según como venga el viento, total el día de mañana se pueden separar o divorciar”. ¿A quién le gustaría? ¿Quién diría, eso es lo que yo quiero? ¿Uno quiere eso del otro?, que se case a media máquina, que sea por un tiempo. ¿O uno espera que el otro sea sincero en el corazón, y se entregue con toda la vida? Después vendrán los momentos de la vida donde habrá que pelearla, pero en el momento de la entrega es el momento donde uno quiere tener ese deseo profundo en el corazón. Es lo que uno desea tener, y es lo que uno espera del otro. Es lo que uno quiere y le pide al otro. Esto es lo que critica Jesús en el evangelio.
Cuando a Jesús se le acercan con esta pregunta sobre el matrimonio, el les contesta: “¿Qué es lo que dijo Moisés?” Y en esa actitud machista que había en esa época, le contestan que el hombre tiene que redactar un acta de divorcio. Y Él les dice que eso fue por la dureza de ustedes, por la dureza del corazón que está buscando una ley cómoda, una ley para poder deshacer a su antojo aquello que ustedes quieren, aquello que ustedes buscan, una ley totalmente injusta desde el vamos. Primero como les decía totalmente machista, el que podía hacerlo era el hombre, no la mujer que no tenía ningún tipo de derecho. Segundo tratando al otro como un objeto; esto es mío y yo hago lo que quiero. En el momento que yo quiero me lo saco de encima, y en el momento que yo quiero lo tengo.
Ahora, ¿eso es lo que sacia al corazón? Y no solo del que esta padeciendo esa situación, sino tal vez del que tiene el privilegio de poder elegir. ¿Eso es lo que uno busca? ¿Eso es lo que uno desea? ¿o uno esta buscando algo mucho más profundo? Este es el salto que les pide Jesús. No se rijan por una ley. Ríjanse por un regalo y por un don que es el amor. Esto es lo que hizo Dios, los creó para que se amen. Los creó para que hagan alianza. Esto es lo que hizo Dios con nosotros. Nos creó para amarnos, nos creó para hacer alianza con nosotros. Porque eso es lo que buscamos, porque eso es lo que queremos en lo profundo del corazón. ¿Es fácil? No. ¿Se complica? Si muchas veces. Pero eso es lo que intentamos día a día. Y muchas veces esa entrega no bastará. Muchas veces tal vez los caminos se tengan que separar. Pero que sea desde esa entrega profunda del corazón. Que sea desde que lo hacemos porque no quedaba otra, porque la luchamos con todas nuestras fuerzas hasta que nos dimos cuanta que no pudimos.
Jesús también se quiso entregar y en algún momento se quedó solo. Tal vez entregándose uno también se quede solo en algún momento. Tal vez vea que aquí llegue, pero que sea desde esa vocación y desde ese don que Dios nos ha hecho, que Dios nos ha dado. Porque eso es lo único que puede plenificar al corazón. Porque eso es lo único que nos puede traer gozo. Porque eso es lo que deseamos. Podríamos decir que vivimos en un mundo que muchas veces tiende más a dividir, como hablamos en el último tiempo, que a juntar. Pero lo que trae gozo es cuando estamos juntos, cuando caminamos unidos, cuando descubrimos que hay alguien que entiende mi corazón y que me acompaña. Y aún cuando llegan los momentos difíciles, cuando no encuentro los caminos, cuando no termino de comprender lo que me pasa, puedo vivirlo con otro, tengo alguien a mi lado con quien compartir eso. Aunque sea alguien con quien quejarme. Aunque sea con quien discutir. Creo que ninguno de nosotros fue hecho para estar solo sino para poder caminar con otros. Y eso es lo más profundo que nos dio Dios, eso es lo que nos invita a hacer en todas las realidades. Como familia, como matrimonio, como Iglesia, como comunidad. Y eso va a ser posible en la medida que nos entreguemos. ¿Qué es lo que va a pasar después? Ninguno de nosotros lo sabe. Pero lo único que puede traer gozo es esa entrega profunda. La única manera que uno sea feliz, es entregándose y caminando juntos, queriendo hacer alianza. Y queriendo pelear por esa alianza que Dios nos invita a hacer. Pidámosle hoy a Jesús que nosotros descubramos toda esa entrega que el hizo por nosotros. Que nosotros descubramos a todos los que a lo largo de nuestra vida también se van entregando por nosotros. Nos van amando, nos van queriendo. Y que guardando esto en el corazón también nosotros deseemos lo mismo, también nosotros queramos entregarnos al otro, también nosotros queramos pelear con esto, también nosotros queramos llevar una esperanza distinta. San Agustín decía que había dos grandes males en el mundo, y los dos tenían que ver con la esperanza. El hombre que perdió la esperanza y el hombre que tiene una esperanza vana. Bueno, Jesús nos invita a una esperanza profunda, una esperanza del que descubre en el corazón que hay una alegría para caminar juntos, una esperanza del que descubre que todavía hay una oportunidad nueva, una esperanza del que descubre que hay alguien que se quiere entregar por mí. Una esperanza que descubre que vale la pena entregarse por el otro.
(Domingo XXVII durante el año, lecturas: Gn 2,18-24; Sal 127,1-6; Hb 2,9-11; Mc 10,2-16)
La Biblia casi empieza con eso, Dios le creo al hombre alguien semejante, la mujer, no importa quien sea primero, para que justamente tenga con quien acompañarse. Para que ese deseo pueda vivirlo uno en el corazón. Y tal vez, utilizando lo que se dice en la película, si yo también me pusiera a hablar en cualquier charla prematrimonial o el día del casamiento, y les dijera: “cásense por ahora, según como venga el viento, total el día de mañana se pueden separar o divorciar”. ¿A quién le gustaría? ¿Quién diría, eso es lo que yo quiero? ¿Uno quiere eso del otro?, que se case a media máquina, que sea por un tiempo. ¿O uno espera que el otro sea sincero en el corazón, y se entregue con toda la vida? Después vendrán los momentos de la vida donde habrá que pelearla, pero en el momento de la entrega es el momento donde uno quiere tener ese deseo profundo en el corazón. Es lo que uno desea tener, y es lo que uno espera del otro. Es lo que uno quiere y le pide al otro. Esto es lo que critica Jesús en el evangelio.
Cuando a Jesús se le acercan con esta pregunta sobre el matrimonio, el les contesta: “¿Qué es lo que dijo Moisés?” Y en esa actitud machista que había en esa época, le contestan que el hombre tiene que redactar un acta de divorcio. Y Él les dice que eso fue por la dureza de ustedes, por la dureza del corazón que está buscando una ley cómoda, una ley para poder deshacer a su antojo aquello que ustedes quieren, aquello que ustedes buscan, una ley totalmente injusta desde el vamos. Primero como les decía totalmente machista, el que podía hacerlo era el hombre, no la mujer que no tenía ningún tipo de derecho. Segundo tratando al otro como un objeto; esto es mío y yo hago lo que quiero. En el momento que yo quiero me lo saco de encima, y en el momento que yo quiero lo tengo.
Ahora, ¿eso es lo que sacia al corazón? Y no solo del que esta padeciendo esa situación, sino tal vez del que tiene el privilegio de poder elegir. ¿Eso es lo que uno busca? ¿Eso es lo que uno desea? ¿o uno esta buscando algo mucho más profundo? Este es el salto que les pide Jesús. No se rijan por una ley. Ríjanse por un regalo y por un don que es el amor. Esto es lo que hizo Dios, los creó para que se amen. Los creó para que hagan alianza. Esto es lo que hizo Dios con nosotros. Nos creó para amarnos, nos creó para hacer alianza con nosotros. Porque eso es lo que buscamos, porque eso es lo que queremos en lo profundo del corazón. ¿Es fácil? No. ¿Se complica? Si muchas veces. Pero eso es lo que intentamos día a día. Y muchas veces esa entrega no bastará. Muchas veces tal vez los caminos se tengan que separar. Pero que sea desde esa entrega profunda del corazón. Que sea desde que lo hacemos porque no quedaba otra, porque la luchamos con todas nuestras fuerzas hasta que nos dimos cuanta que no pudimos.
Jesús también se quiso entregar y en algún momento se quedó solo. Tal vez entregándose uno también se quede solo en algún momento. Tal vez vea que aquí llegue, pero que sea desde esa vocación y desde ese don que Dios nos ha hecho, que Dios nos ha dado. Porque eso es lo único que puede plenificar al corazón. Porque eso es lo único que nos puede traer gozo. Porque eso es lo que deseamos. Podríamos decir que vivimos en un mundo que muchas veces tiende más a dividir, como hablamos en el último tiempo, que a juntar. Pero lo que trae gozo es cuando estamos juntos, cuando caminamos unidos, cuando descubrimos que hay alguien que entiende mi corazón y que me acompaña. Y aún cuando llegan los momentos difíciles, cuando no encuentro los caminos, cuando no termino de comprender lo que me pasa, puedo vivirlo con otro, tengo alguien a mi lado con quien compartir eso. Aunque sea alguien con quien quejarme. Aunque sea con quien discutir. Creo que ninguno de nosotros fue hecho para estar solo sino para poder caminar con otros. Y eso es lo más profundo que nos dio Dios, eso es lo que nos invita a hacer en todas las realidades. Como familia, como matrimonio, como Iglesia, como comunidad. Y eso va a ser posible en la medida que nos entreguemos. ¿Qué es lo que va a pasar después? Ninguno de nosotros lo sabe. Pero lo único que puede traer gozo es esa entrega profunda. La única manera que uno sea feliz, es entregándose y caminando juntos, queriendo hacer alianza. Y queriendo pelear por esa alianza que Dios nos invita a hacer. Pidámosle hoy a Jesús que nosotros descubramos toda esa entrega que el hizo por nosotros. Que nosotros descubramos a todos los que a lo largo de nuestra vida también se van entregando por nosotros. Nos van amando, nos van queriendo. Y que guardando esto en el corazón también nosotros deseemos lo mismo, también nosotros queramos entregarnos al otro, también nosotros queramos pelear con esto, también nosotros queramos llevar una esperanza distinta. San Agustín decía que había dos grandes males en el mundo, y los dos tenían que ver con la esperanza. El hombre que perdió la esperanza y el hombre que tiene una esperanza vana. Bueno, Jesús nos invita a una esperanza profunda, una esperanza del que descubre en el corazón que hay una alegría para caminar juntos, una esperanza del que descubre que todavía hay una oportunidad nueva, una esperanza del que descubre que hay alguien que se quiere entregar por mí. Una esperanza que descubre que vale la pena entregarse por el otro.
(Domingo XXVII durante el año, lecturas: Gn 2,18-24; Sal 127,1-6; Hb 2,9-11; Mc 10,2-16)
sábado, 3 de octubre de 2009
Homilía: "Aprender a estar juntos"
Hace unos años se llevo al cine, la obra maestra de Tolkien, “El Señor de los anillos”. En la primera de ellas, estando en Rivendel, sucede el Concilio de Elrond, donde se empieza de definir el destino de la Tierra Media. Allí se forma la comunidad del anillo que decide ir a destruir el anillo a las tierras de Mordor. Y comienzan a caminar juntos unidos por un mismo deseo. Sin embargo rápidamente las cosas se van a complicar. No van a poder pasar las montañas por el paso de Caradhras, van a perder a Gandalf en las minas de Moria, hasta que luego de pasar por otros lugares van a llegar a los prados de Parth Galen, a los pies del Amon Hen. Allí Boromir, va a discutir con Frodo y intentar adueñarse del anillo que él llevaba Frodo, con el deseo de poder utilizar su poder. Y esto sucede porque no va poder entender ni trascender todo lo que el anillo significa. No ve todo el mal que causó y que puede causar. Sólo aquello que le puede ayudar en lo inmediato, y por eso quiere quedárselo. Y esto va a traer otro problema que es que la comunidad del anillo se va a separar. A partir de este momento van a tener que seguir caminos separados. Ya no hay un objetivo, un deseo en común en todos, y esto desemboca en la separación del grupo. Frente a las dificultades que van viviendo aquello que los unía ya parece lejano y pesan mucho más las diferencias que tienen cada uno.
Lo cual ocurre también muchas veces en nuestras vidas. Desde chicos nos gusta, en general, estar en grupos, encontrar gente con quien compartir lo que uno cree, piensa, desea, vive. Parece que vamos a compartir toda la vida con ellos, sin embargo la vida de a poco nos va separando. Muchas veces porque son personas que fueron muy importantes para un momento de nuestra vida, por ejemplo amigos de la infancia. Pero con los que no teníamos un horizonte lejano, algo que pesará para que siempre estuviésemos juntos, y con el correr del tiempo, casi sin darnos cuenta nos fuimos distanciando.
Y hay otros con los que si tenemos o teníamos un objetivo, deseo, meta en común. Pensábamos y queríamos compartir toda la vida. Nos sentíamos muy unidos y pensábamos que nada podía separarnos. Pero el correr del tiempo nos fue mostrando que nada es tan simple ni fácil. Que aquellas cosas que nos unían muchas veces se van como desvaneciendo, que empiezan a pesar más las diferencias que tenemos con el otro que las cosas que nos unen. Y ese es el tal vez más clave y definitorio en el crecimiento de nuestros vínculos: de que manera vivimos las diferencias que tenemos. Como enfrentamos esos momentos duros donde creemos que ya nada nos une. O que pesa más lo que nos distingue que lo que nos une. Sólo hay que mirar en nuestra propia vida y a nuestro alrededor para ver cuanto cuesta. Cuantos matrimonios se separan, no importa si son muchos o pocos los años que estuvieron juntos. Cuantos padres y hijos se pelean, o hermanos entre ellos. Cuantas amistades se rompen o distancian. Ni hablemos en lugares donde el vínculo no es tan fuerte como el trabajo, club, equipo...
La vida nos va mostrando que hay etapas, momento, donde las relaciones se vuelven difíciles, donde nos cuesta ver las cosas positivas. Donde sentimos que el otro es muy distinto que nosotros, que no nos entiende. Donde perdemos de vista todas aquellas cosas que nos unen. Que nos llevaron a querer compartir la vida, a plantearnos horizontes en común.
Y también en la fe. Cuanto les cuesta a las comunidades religiosas mantenerse unidas, a nosotros los sacerdotes compartir la vida, trabajar juntos, no terminar peleados uno en una punta de la diócesis y otro en la otra. A nuestras comunidades, grupos de catequesis, jóvenes. Pareciera que es más fuerte o son más las cosas que nos diferencian que las que nos unen. Tenemos un gran tesoro, alguien que nos llamo a todos a vivir la fe, alguien que dio la vida por todos nosotros y sin embargo pareciera que no bastara. Tenemos un gran don que es Jesús, tenemos alguien que nos unió a todos pero seguimos peleándonos mirando las diferencias.
Para nuestro alivio esto pasaba desde la época de Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros”. No entiendo, es contradictoria la frase. ¿Alguien hacia algo en nombre de Jesús y no es de los nuestros? Fíjense como empieza uno a mirar más lo que nos distingue que lo que nos une. Parece que fuera Boca – River, no es de los nuestros. Yo pensé que no había equipos en la fe. Que todos éramos de Jesús. Pero desde siempre nos cuesta mirar lo importante. Es decir, somos de Jesús, todos, el nos llama, el nos une, el nos sana. Los demás no competimos. Y si fuera una competencia entramos lejos. Es a él al que tenemos que mirar. Es por él que tenemos que hacer las cosas. Para que les quede claro Jesús les cambia la manera de pensar: “el que no está contra nosotros, está con nosotros”. Sin embargo siempre nos cuesta vivir esto. Empezando por la cantidad de confesiones cristianas que hay. Permanezcan unidos nos dice Jesús, y nosotros empezamos a pelearnos por un montón de cosas, a no saber dialogar, compartir, intentar comprender al otro. Y así nos vamos separando. Las diferencias empiezan a ser más fuertes que quien nos une. Empezamos a pensar que el otro no esta con nosotros. Cuando lo importante es que este con Jesús, y si esta con Él esta con nosotros. Nos guste o no, piense como nosotros o no. Él es el centro, por el pasan todas las cosas, en él se define de que lado estamos.
Cuanto distinto sería si en esos momentos difíciles de la fe, de la vida, nos animamos a detenernos un momento, a volver a pensar las cosas, a mirar en el corazón que es lo que nos junto. Es verdad que muchas veces las cosas no se podrán arreglar, que hay vínculos que se van a terminar rompiendo. Pero también cuantos se pueden sanar, curar, arreglar si nos animamos a dialogar, a darnos tiempo, a tenernos paciencia, a intentar comprender al otro. A intentar descubrir que es lo que el otro me da o me dio. A no ser tan tajante: ¿estás conmigo o no?.
Y si aprendemos a mirar las cosas de otra manera todo va a ir cobrando un sentido diferente. En Jesús todo va cobrando un sentido diferente. Doy un vaso de agua, solo eso, y resuena en el cielo, escandalizo a alguien y también resuena. Pero resuena lo que hago o no hago en Jesús. En aquel que me une. Y resonará aquello que hago o no en mi familia, en mis amigos, en mis trabajos. No ya si pensamos igual o no, sino si trabajamos en común, si intentamos crecer juntos.
Eso es lo que nos intenta mostrar Marcos en el evangelio, todo tiene su sentido en Jesús. Es en él en quien tenemos que mirar las cosas.
Para terminar quiero referirme un poco al final del evangelio que creo que es también una manera de aprender a mirar, en este caso a leer el evangelio. Porque si miramos literalmente, como dicen los chicos estamos en el horno. Empezando por mi, yo sería un monstruo. Sin brazos, piernas ... Ahora eso es lo que nos quiere decir Jesús. Porque o todos son muy buenos acá, y nadie peca, o tachamos este pedazo del evangelio, o aprendemos a mirar de otra manera, aprendemos a trascender las palabras. A pensar, que es lo que nos quiere decir Jesús acá. No es que Jesús quiere que nos cortemos la mano, los pies, o nos arranquemos el ojo. Quiere que aprendamos a mirar que de nuestra vida tenemos que cambiar, que opción tenemos que hacer para seguirlo. Pero esta manera de leer no se aplica solamente para este texto. Sino para toda la Biblia Seamos justos. O leamos todo literal, aunque no se los recomiendo. O aprensamos a leer en cada pasaje que es lo que nos quiere decir. No tiremos a los demás un pasaje por la cabeza, o siendo más claros, no pongamos pesadas cargas sobre el otro diciendo la Biblia dice, sino intentemos descubrir que es lo que Jesús nos quiere transmitir ahí.
Y esto podemos aplicarlo a la vida también. No nos quedemos solamente con lo que el otro dijo, hizo sino aprendamos a descubrir que es lo que me esta mostrando con eso. Que es lo que le esta pasando. Que es lo que me esta queriendo transmitir. O en nuestra vida: porque estoy actuando así, hablando así, pensando así. De donde proviene eso. Que es lo que tengo que descubrir de mi mismo.
Una vez escuche que Jesús murió en la cruz, así como lo vemos, con los brazos abiertos para abrazarnos a todos. Traduciendo, para unirnos a todos. Contemplemos entonces a aquel que murió y resucitó para unirnos, y descubramos aquellas cosas que nos une con los demás.
(Domingo XXVI durante el año, lecturas: Núm 11,16-17.24-29; Sl 18; Sant 5,1-6; Mc 9,38-43.45.47-48)
Lo cual ocurre también muchas veces en nuestras vidas. Desde chicos nos gusta, en general, estar en grupos, encontrar gente con quien compartir lo que uno cree, piensa, desea, vive. Parece que vamos a compartir toda la vida con ellos, sin embargo la vida de a poco nos va separando. Muchas veces porque son personas que fueron muy importantes para un momento de nuestra vida, por ejemplo amigos de la infancia. Pero con los que no teníamos un horizonte lejano, algo que pesará para que siempre estuviésemos juntos, y con el correr del tiempo, casi sin darnos cuenta nos fuimos distanciando.
Y hay otros con los que si tenemos o teníamos un objetivo, deseo, meta en común. Pensábamos y queríamos compartir toda la vida. Nos sentíamos muy unidos y pensábamos que nada podía separarnos. Pero el correr del tiempo nos fue mostrando que nada es tan simple ni fácil. Que aquellas cosas que nos unían muchas veces se van como desvaneciendo, que empiezan a pesar más las diferencias que tenemos con el otro que las cosas que nos unen. Y ese es el tal vez más clave y definitorio en el crecimiento de nuestros vínculos: de que manera vivimos las diferencias que tenemos. Como enfrentamos esos momentos duros donde creemos que ya nada nos une. O que pesa más lo que nos distingue que lo que nos une. Sólo hay que mirar en nuestra propia vida y a nuestro alrededor para ver cuanto cuesta. Cuantos matrimonios se separan, no importa si son muchos o pocos los años que estuvieron juntos. Cuantos padres y hijos se pelean, o hermanos entre ellos. Cuantas amistades se rompen o distancian. Ni hablemos en lugares donde el vínculo no es tan fuerte como el trabajo, club, equipo...
La vida nos va mostrando que hay etapas, momento, donde las relaciones se vuelven difíciles, donde nos cuesta ver las cosas positivas. Donde sentimos que el otro es muy distinto que nosotros, que no nos entiende. Donde perdemos de vista todas aquellas cosas que nos unen. Que nos llevaron a querer compartir la vida, a plantearnos horizontes en común.
Y también en la fe. Cuanto les cuesta a las comunidades religiosas mantenerse unidas, a nosotros los sacerdotes compartir la vida, trabajar juntos, no terminar peleados uno en una punta de la diócesis y otro en la otra. A nuestras comunidades, grupos de catequesis, jóvenes. Pareciera que es más fuerte o son más las cosas que nos diferencian que las que nos unen. Tenemos un gran tesoro, alguien que nos llamo a todos a vivir la fe, alguien que dio la vida por todos nosotros y sin embargo pareciera que no bastara. Tenemos un gran don que es Jesús, tenemos alguien que nos unió a todos pero seguimos peleándonos mirando las diferencias.
Para nuestro alivio esto pasaba desde la época de Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros”. No entiendo, es contradictoria la frase. ¿Alguien hacia algo en nombre de Jesús y no es de los nuestros? Fíjense como empieza uno a mirar más lo que nos distingue que lo que nos une. Parece que fuera Boca – River, no es de los nuestros. Yo pensé que no había equipos en la fe. Que todos éramos de Jesús. Pero desde siempre nos cuesta mirar lo importante. Es decir, somos de Jesús, todos, el nos llama, el nos une, el nos sana. Los demás no competimos. Y si fuera una competencia entramos lejos. Es a él al que tenemos que mirar. Es por él que tenemos que hacer las cosas. Para que les quede claro Jesús les cambia la manera de pensar: “el que no está contra nosotros, está con nosotros”. Sin embargo siempre nos cuesta vivir esto. Empezando por la cantidad de confesiones cristianas que hay. Permanezcan unidos nos dice Jesús, y nosotros empezamos a pelearnos por un montón de cosas, a no saber dialogar, compartir, intentar comprender al otro. Y así nos vamos separando. Las diferencias empiezan a ser más fuertes que quien nos une. Empezamos a pensar que el otro no esta con nosotros. Cuando lo importante es que este con Jesús, y si esta con Él esta con nosotros. Nos guste o no, piense como nosotros o no. Él es el centro, por el pasan todas las cosas, en él se define de que lado estamos.
Cuanto distinto sería si en esos momentos difíciles de la fe, de la vida, nos animamos a detenernos un momento, a volver a pensar las cosas, a mirar en el corazón que es lo que nos junto. Es verdad que muchas veces las cosas no se podrán arreglar, que hay vínculos que se van a terminar rompiendo. Pero también cuantos se pueden sanar, curar, arreglar si nos animamos a dialogar, a darnos tiempo, a tenernos paciencia, a intentar comprender al otro. A intentar descubrir que es lo que el otro me da o me dio. A no ser tan tajante: ¿estás conmigo o no?.
Y si aprendemos a mirar las cosas de otra manera todo va a ir cobrando un sentido diferente. En Jesús todo va cobrando un sentido diferente. Doy un vaso de agua, solo eso, y resuena en el cielo, escandalizo a alguien y también resuena. Pero resuena lo que hago o no hago en Jesús. En aquel que me une. Y resonará aquello que hago o no en mi familia, en mis amigos, en mis trabajos. No ya si pensamos igual o no, sino si trabajamos en común, si intentamos crecer juntos.
Eso es lo que nos intenta mostrar Marcos en el evangelio, todo tiene su sentido en Jesús. Es en él en quien tenemos que mirar las cosas.
Para terminar quiero referirme un poco al final del evangelio que creo que es también una manera de aprender a mirar, en este caso a leer el evangelio. Porque si miramos literalmente, como dicen los chicos estamos en el horno. Empezando por mi, yo sería un monstruo. Sin brazos, piernas ... Ahora eso es lo que nos quiere decir Jesús. Porque o todos son muy buenos acá, y nadie peca, o tachamos este pedazo del evangelio, o aprendemos a mirar de otra manera, aprendemos a trascender las palabras. A pensar, que es lo que nos quiere decir Jesús acá. No es que Jesús quiere que nos cortemos la mano, los pies, o nos arranquemos el ojo. Quiere que aprendamos a mirar que de nuestra vida tenemos que cambiar, que opción tenemos que hacer para seguirlo. Pero esta manera de leer no se aplica solamente para este texto. Sino para toda la Biblia Seamos justos. O leamos todo literal, aunque no se los recomiendo. O aprensamos a leer en cada pasaje que es lo que nos quiere decir. No tiremos a los demás un pasaje por la cabeza, o siendo más claros, no pongamos pesadas cargas sobre el otro diciendo la Biblia dice, sino intentemos descubrir que es lo que Jesús nos quiere transmitir ahí.
Y esto podemos aplicarlo a la vida también. No nos quedemos solamente con lo que el otro dijo, hizo sino aprendamos a descubrir que es lo que me esta mostrando con eso. Que es lo que le esta pasando. Que es lo que me esta queriendo transmitir. O en nuestra vida: porque estoy actuando así, hablando así, pensando así. De donde proviene eso. Que es lo que tengo que descubrir de mi mismo.
Una vez escuche que Jesús murió en la cruz, así como lo vemos, con los brazos abiertos para abrazarnos a todos. Traduciendo, para unirnos a todos. Contemplemos entonces a aquel que murió y resucitó para unirnos, y descubramos aquellas cosas que nos une con los demás.
(Domingo XXVI durante el año, lecturas: Núm 11,16-17.24-29; Sl 18; Sant 5,1-6; Mc 9,38-43.45.47-48)
Homilía: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos.»
En la película Corazón de Caballero, William comienza a ganar torneos compitiendo contra otros caballeros y así empieza a ganarse el corazón de Joselyn, que era la princesa del lugar. Eso lo va logrando a través de muchas cartas que le envía, que le escribían sus amigos. Así con esas poesías comienza a ganarse su corazón. Pero llega un momento en el que se encuentran, en una escena medio grotesca, en la que él entra con un caballo en un templo, y se ponen a charlar los dos. Ella le pide que le diga algo lindo, él esta en el horno porque no era lo que mejor le salía, no era lo que sabía hacer, y ella le pide que ya que no le puede decir nada lindo, que quiere saber que va a hacer por ella. William le responde: “yo voy a ganar el torneo por vos”. Y Jocelyn que ya estaba cansada de que todos los que se le acercaran dijeran que iban a ganar el torneo por ella, se enoja, no le importa, no quiere que gane el torneo por ella. “Si, lo voy a ganar, voy a vencer a todos” le responde William. “No, no quiero eso” le contesta Jocelyn. “Bueno, ¿qué es lo que querés?” le pregunta él a ella. Y Jocelyn le Contesta: “si me amas, si verdaderamente me querés, quiero que pierdas”. William le dice que esta loca pero Jocelyn le vuelve a insistir que si verdaderamente la quiere, que haga lo que le pide.
Y más allá de lo que pasa en la película, donde después de darle una lección, cuando esta compitiendo le va a pedir que ahora cambie y gane, lo que resuena es que están en otra sintonía. Que si bien de alguna manera ellos están enamorados y se quieren el uno al otro todavía no han podido encontrarse, todavía no han descubierto verdaderamente quién es el otro. Y él en especial no sabe exactamente qué es lo que ella necesita. Y le da aquello que cree que quizás es lo más importante, aquello que lo hace grande, y no verdaderamente lo que ella busca, que es el corazón de él, que es su propia vida, que es que de alguna manera él se entregue a ella.
Y esto nos sucede de diferentes formas y maneras también a lo largo de nuestra vida. Cuantas veces queremos entregarle algo al otro en los diferentes vínculos que tenemos pero no terminamos de encontrar qué es lo que le queremos dar al otro. O no terminamos de encontrar qué es lo que el otro nos quiere dar. O lo que el otro nos esta dando en ese momento no es lo que nosotros precisamos y necesitamos. Cuantas veces pasa por ejemplo en la relación entre padres e hijos, en la que uno siente que esta haciendo todo por el otro, que esta trabajando un montón, que le esta dando un montón de cosas y de pronto el hijo no siente que eso sea lo que quiere del padre o de la madre. Y uno comienza a frustrarse. O el mismo hijo, que siente que le va bien en el colegio, que siente que hace tal cosa, tal otra, y que ni la mamá o el papá terminan nunca de estar conformes con lo que hace. Más allá de que pase justo de esta manera, cuantas veces en esto o en otras cosas de la misma índole, sentimos como que estamos en otra sintonía, que queremos agradar, o entregarnos, o complacer al otro, pero que no encontramos cómo.
O también en otras facetas de nuestras vidas: en los noviazgos, en el matrimonio; donde muchas veces sentimos que las cosas se van apagando, donde nunca termino de entender y de comprender al otro, donde muchas veces sentimos, como en este caso, que quedamos en otra sintonía. Y también, cuantas veces quedamos como en otra sintonía en nuestra vida de fe. Cuantas veces no comprendemos lo que Dios nos esta pidiendo. O no sentimos que no escuchamos o descubrimos presente a Dios en aquello que hoy nos esta pasando. O no percibimos que Dios nos responda. Cuantas veces sentimos una aridez muy profunda en el corazón, o cuantas veces sentimos que lo que Dios me esta pidiendo no es verdaderamente lo que yo quiero, lo que yo deseo. Puede ser la manera de vivir, la manera que tengo de hacer las cosas, la manera de actuar. Y el problema es que eso hace que de a poquito nos vayamos separando del otro. De a poquito vaya como creándose un margen, una distancia, entre nosotros. Y creo que ese es el momento en el que necesitamos sobre todo animarnos a confrontar con el otro. Animarnos a sentarnos y discutir, dialogar, charlar, poner lo que pensamos en común; y descubrir qué es lo que le esta pasando en el corazón al otro y qué me esta pasando a mi. Porque sino puede suceder lo que acabamos de escuchar en el evangelio.
El domingo pasado escuchábamos que Jesús anunciaba su pasión y su resurrección. Él nos decía que era el Mesías, que iba a morir y resucitar y los discípulos le contestaban que eso no iba a pasar. Bueno, como escuchamos el domingo pasado Pedro se comió el reto más grande de todo el Nuevo Testamento. Y entonces cuando Jesús lo vuelve a repetir, lo vuelve a decir: “yo soy el Mesías, que voy a morir, que voy a sufrir, que voy a resucitar”, ahora no le dicen nada. Directamente callan, hacen silencio. Hay algo que los separa de Jesús. Entre lo que Jesús esta deseando, y lo que ellos están esperando de Jesús, hay una distancia tan grande que ya no se animan ni siquiera a confrontar. ¡Callan!. Y no es un silencio respetuoso de lo que el otro esta diciendo, o un silencio que brota de la aridez que hoy tengo en el corazón de que no se que decir o no se que hacer; sino un silencio de que estamos en dos polos totalmente opuestos. Y es por eso que hablan entre ellos sobre otras cosas y aún cuando Jesús les pregunta qué es lo que estaban hablando, se quedan callados. No quieren ni dialogar con Jesús porque se dan cuenta que se han alejado de Él, que no están viviendo lo que Jesús les esta pidiendo. Y es ahí en ese momento, que Jesús los confronta. Jesús sabe que de alguna manera tiene que hacerlos volver, que de alguna manera los tiene que hacer acercar a Él. No los puede dejar seguir distanciándose y por eso les sigue enseñando. No deja que se sigan alejando, sino que les enseña que es lo que tienen que vivir y de que manera.
A ver, seguramente los discípulos no entendieron nada de lo que les estaba diciendo Jesús en ese momento. No comprendían lo que sucedía pero Jesús necesitaba volver a ponerlos en camino, volver a estar en contacto, intentar dialogar para encontrarse con ellos. Y ahí les dice: “el que quiera ser el más grande, que se haga servidor de todos”. Y ni ellos, ni nosotros, terminamos de comprender estas palabras que continúan “que los primeros sean los últimos”. Porque vivimos en un mundo donde se nos pide otra cosa en general. En la mayoría de las cosas se nos pide que seamos primeros, en la mayoría de las cosas se nos pide que luchemos siempre por más, por más y por más. Y el problema no es, podríamos decir, buscar una realización personal. Todos tenemos que encontrar aquello que nos realice. El problema es a costa de que yo hago eso. A costa de que los discípulos están diciendo quien es el más grande.
Porque sino terminamos en la Iglesia también como pasa en el mundo, haciendo una escala. Y bueno, hay ricos, entonces tiene que haber pobres; hay grandes, entonces tiene que haber chicos, hay gente que vive en abundancia, hay gente que tiene que pasar hambre. Hay gente que es muy linda, entonces hay gente que es muy fea. Hay gente exitosa, entonces hay gente que fracasa. Y siempre pareciera que tiene que haber una escala, quién esta arriba, y quién esta abajo. Quien es mejor. Y Jesús quiere romper con esto, Jesús quiere romper con nuestra manera tradicional de pensar las cosas, con lo que tal vez nuestro cuerpo, o nuestra vida, o nuestra mente nos lleva casi por inercia. Con la manera con que el mundo nos invita a vivir. Por lo menos, Jesús les dice: ustedes vivan de otra manera, relaciónense de otra manera. Y la manera de vivir, de seguir a Jesús es ponerse a servir. ¿Quieren ser el más grande? Sirvan más que cualquier otro. Pónganse al servicio de los demás, piensen en el otro.
Entonces nosotros podríamos pensar que Jesús nos esta pidiendo que nos olvidemos de nosotros. Eso quiere Jesús, ¿qué nos olvidemos de nosotros mismos? Creo que todos tenemos experiencia que cuando pensamos en el otro, cuando nos entregamos al otro, muchas veces eso nos realiza. Y también cuando el otro piensa en mi, cuando el otro se entrega a mi eso también a mi me realiza y así dándonos nos ayudamos a realizar a los demás.
Cuantos de acá han ido a misionar, han ayudado en alguna actividad solidaria, han ayudado a gente que lo ha necesitado, se han acercado a alguien que necesitaba de ustedes y no solo han sentido que han ayudado, sino que eso ha llenado sus corazones. Cuantas veces el otro cuando yo lo necesitaba se ha acercado a servirme, a ayudarme, a estar presente en mi vida y eso me ayudó, me hizo crecer, pero no solo a mi, sino también al otro. Es como que descubrimos, en ese entretejido que ayudándonos nos vamos realizando todos. Pero eso sucede cuando aprendemos a abrir el corazón, cuando aprendemos a pensar en los demás, cuando nos ponemos al servicio.
Y el mejor ejemplo de esto es Jesús. Porque por un lado podríamos pensar que por ponerse a servir no terminó muy bien ya que murió en la cruz, casi solo, abandonado, casi vacío. Pero ¿eso vació su corazón? El tener que entregarse de esa manera hasta el final, que vemos que lo fue dejando solo, ¿lo alejo o lo acercó a los demás? Porque Jesús murió porque ese era su deseo, porque esa era su manera de entregarse al otro. Y por eso logró el gran premio para todos, que es la resurrección. Por eso nos dio vida a todos. Porque se quiso hacer el último, porque se puso al servicio, porque descubrió que su vida podía ser para los demás. Y eso no lo dejaba vacío sino que a lo realizaba.
En la medida que también nosotros nos animamos a realizarnos juntos a crecer como familia, como matrimonio, como amigos, como comunidad, a fortalecer nuestros vínculos sirviéndonos, ayudándonos, eso nos ayuda a realizarnos, eso nos ayuda a crecer, eso nos ayuda mirar de otra manera. Pero para eso tenemos que animarnos a dialogar. Tenemos que animarnos a tener la misma sintonía, tenemos que animarnos a crecer juntos.
Miremos a Jesús, a aquel que se puso al servicio de los demás, a aquel que entregó la vida por el otro, que también nosotros encontremos en ello la realización, que también nosotros encontremos en eso la felicidad, en descubrir por quién o por quiénes quiero entregarme. En descubrir de qué manera y de qué forma quiero ir dando mi corazón, para que de esa manera podamos crecer todos juntos, para que de esa manera podamos encontrarnos con Jesús.
(Domingo XXV durante el año, lecturas: Sab 2, 12. 17-20; Sal 53, Sant 3, 16-4, 3 Mc 9, 30-37)
Y más allá de lo que pasa en la película, donde después de darle una lección, cuando esta compitiendo le va a pedir que ahora cambie y gane, lo que resuena es que están en otra sintonía. Que si bien de alguna manera ellos están enamorados y se quieren el uno al otro todavía no han podido encontrarse, todavía no han descubierto verdaderamente quién es el otro. Y él en especial no sabe exactamente qué es lo que ella necesita. Y le da aquello que cree que quizás es lo más importante, aquello que lo hace grande, y no verdaderamente lo que ella busca, que es el corazón de él, que es su propia vida, que es que de alguna manera él se entregue a ella.
Y esto nos sucede de diferentes formas y maneras también a lo largo de nuestra vida. Cuantas veces queremos entregarle algo al otro en los diferentes vínculos que tenemos pero no terminamos de encontrar qué es lo que le queremos dar al otro. O no terminamos de encontrar qué es lo que el otro nos quiere dar. O lo que el otro nos esta dando en ese momento no es lo que nosotros precisamos y necesitamos. Cuantas veces pasa por ejemplo en la relación entre padres e hijos, en la que uno siente que esta haciendo todo por el otro, que esta trabajando un montón, que le esta dando un montón de cosas y de pronto el hijo no siente que eso sea lo que quiere del padre o de la madre. Y uno comienza a frustrarse. O el mismo hijo, que siente que le va bien en el colegio, que siente que hace tal cosa, tal otra, y que ni la mamá o el papá terminan nunca de estar conformes con lo que hace. Más allá de que pase justo de esta manera, cuantas veces en esto o en otras cosas de la misma índole, sentimos como que estamos en otra sintonía, que queremos agradar, o entregarnos, o complacer al otro, pero que no encontramos cómo.
O también en otras facetas de nuestras vidas: en los noviazgos, en el matrimonio; donde muchas veces sentimos que las cosas se van apagando, donde nunca termino de entender y de comprender al otro, donde muchas veces sentimos, como en este caso, que quedamos en otra sintonía. Y también, cuantas veces quedamos como en otra sintonía en nuestra vida de fe. Cuantas veces no comprendemos lo que Dios nos esta pidiendo. O no sentimos que no escuchamos o descubrimos presente a Dios en aquello que hoy nos esta pasando. O no percibimos que Dios nos responda. Cuantas veces sentimos una aridez muy profunda en el corazón, o cuantas veces sentimos que lo que Dios me esta pidiendo no es verdaderamente lo que yo quiero, lo que yo deseo. Puede ser la manera de vivir, la manera que tengo de hacer las cosas, la manera de actuar. Y el problema es que eso hace que de a poquito nos vayamos separando del otro. De a poquito vaya como creándose un margen, una distancia, entre nosotros. Y creo que ese es el momento en el que necesitamos sobre todo animarnos a confrontar con el otro. Animarnos a sentarnos y discutir, dialogar, charlar, poner lo que pensamos en común; y descubrir qué es lo que le esta pasando en el corazón al otro y qué me esta pasando a mi. Porque sino puede suceder lo que acabamos de escuchar en el evangelio.
El domingo pasado escuchábamos que Jesús anunciaba su pasión y su resurrección. Él nos decía que era el Mesías, que iba a morir y resucitar y los discípulos le contestaban que eso no iba a pasar. Bueno, como escuchamos el domingo pasado Pedro se comió el reto más grande de todo el Nuevo Testamento. Y entonces cuando Jesús lo vuelve a repetir, lo vuelve a decir: “yo soy el Mesías, que voy a morir, que voy a sufrir, que voy a resucitar”, ahora no le dicen nada. Directamente callan, hacen silencio. Hay algo que los separa de Jesús. Entre lo que Jesús esta deseando, y lo que ellos están esperando de Jesús, hay una distancia tan grande que ya no se animan ni siquiera a confrontar. ¡Callan!. Y no es un silencio respetuoso de lo que el otro esta diciendo, o un silencio que brota de la aridez que hoy tengo en el corazón de que no se que decir o no se que hacer; sino un silencio de que estamos en dos polos totalmente opuestos. Y es por eso que hablan entre ellos sobre otras cosas y aún cuando Jesús les pregunta qué es lo que estaban hablando, se quedan callados. No quieren ni dialogar con Jesús porque se dan cuenta que se han alejado de Él, que no están viviendo lo que Jesús les esta pidiendo. Y es ahí en ese momento, que Jesús los confronta. Jesús sabe que de alguna manera tiene que hacerlos volver, que de alguna manera los tiene que hacer acercar a Él. No los puede dejar seguir distanciándose y por eso les sigue enseñando. No deja que se sigan alejando, sino que les enseña que es lo que tienen que vivir y de que manera.
A ver, seguramente los discípulos no entendieron nada de lo que les estaba diciendo Jesús en ese momento. No comprendían lo que sucedía pero Jesús necesitaba volver a ponerlos en camino, volver a estar en contacto, intentar dialogar para encontrarse con ellos. Y ahí les dice: “el que quiera ser el más grande, que se haga servidor de todos”. Y ni ellos, ni nosotros, terminamos de comprender estas palabras que continúan “que los primeros sean los últimos”. Porque vivimos en un mundo donde se nos pide otra cosa en general. En la mayoría de las cosas se nos pide que seamos primeros, en la mayoría de las cosas se nos pide que luchemos siempre por más, por más y por más. Y el problema no es, podríamos decir, buscar una realización personal. Todos tenemos que encontrar aquello que nos realice. El problema es a costa de que yo hago eso. A costa de que los discípulos están diciendo quien es el más grande.
Porque sino terminamos en la Iglesia también como pasa en el mundo, haciendo una escala. Y bueno, hay ricos, entonces tiene que haber pobres; hay grandes, entonces tiene que haber chicos, hay gente que vive en abundancia, hay gente que tiene que pasar hambre. Hay gente que es muy linda, entonces hay gente que es muy fea. Hay gente exitosa, entonces hay gente que fracasa. Y siempre pareciera que tiene que haber una escala, quién esta arriba, y quién esta abajo. Quien es mejor. Y Jesús quiere romper con esto, Jesús quiere romper con nuestra manera tradicional de pensar las cosas, con lo que tal vez nuestro cuerpo, o nuestra vida, o nuestra mente nos lleva casi por inercia. Con la manera con que el mundo nos invita a vivir. Por lo menos, Jesús les dice: ustedes vivan de otra manera, relaciónense de otra manera. Y la manera de vivir, de seguir a Jesús es ponerse a servir. ¿Quieren ser el más grande? Sirvan más que cualquier otro. Pónganse al servicio de los demás, piensen en el otro.
Entonces nosotros podríamos pensar que Jesús nos esta pidiendo que nos olvidemos de nosotros. Eso quiere Jesús, ¿qué nos olvidemos de nosotros mismos? Creo que todos tenemos experiencia que cuando pensamos en el otro, cuando nos entregamos al otro, muchas veces eso nos realiza. Y también cuando el otro piensa en mi, cuando el otro se entrega a mi eso también a mi me realiza y así dándonos nos ayudamos a realizar a los demás.
Cuantos de acá han ido a misionar, han ayudado en alguna actividad solidaria, han ayudado a gente que lo ha necesitado, se han acercado a alguien que necesitaba de ustedes y no solo han sentido que han ayudado, sino que eso ha llenado sus corazones. Cuantas veces el otro cuando yo lo necesitaba se ha acercado a servirme, a ayudarme, a estar presente en mi vida y eso me ayudó, me hizo crecer, pero no solo a mi, sino también al otro. Es como que descubrimos, en ese entretejido que ayudándonos nos vamos realizando todos. Pero eso sucede cuando aprendemos a abrir el corazón, cuando aprendemos a pensar en los demás, cuando nos ponemos al servicio.
Y el mejor ejemplo de esto es Jesús. Porque por un lado podríamos pensar que por ponerse a servir no terminó muy bien ya que murió en la cruz, casi solo, abandonado, casi vacío. Pero ¿eso vació su corazón? El tener que entregarse de esa manera hasta el final, que vemos que lo fue dejando solo, ¿lo alejo o lo acercó a los demás? Porque Jesús murió porque ese era su deseo, porque esa era su manera de entregarse al otro. Y por eso logró el gran premio para todos, que es la resurrección. Por eso nos dio vida a todos. Porque se quiso hacer el último, porque se puso al servicio, porque descubrió que su vida podía ser para los demás. Y eso no lo dejaba vacío sino que a lo realizaba.
En la medida que también nosotros nos animamos a realizarnos juntos a crecer como familia, como matrimonio, como amigos, como comunidad, a fortalecer nuestros vínculos sirviéndonos, ayudándonos, eso nos ayuda a realizarnos, eso nos ayuda a crecer, eso nos ayuda mirar de otra manera. Pero para eso tenemos que animarnos a dialogar. Tenemos que animarnos a tener la misma sintonía, tenemos que animarnos a crecer juntos.
Miremos a Jesús, a aquel que se puso al servicio de los demás, a aquel que entregó la vida por el otro, que también nosotros encontremos en ello la realización, que también nosotros encontremos en eso la felicidad, en descubrir por quién o por quiénes quiero entregarme. En descubrir de qué manera y de qué forma quiero ir dando mi corazón, para que de esa manera podamos crecer todos juntos, para que de esa manera podamos encontrarnos con Jesús.
(Domingo XXV durante el año, lecturas: Sab 2, 12. 17-20; Sal 53, Sant 3, 16-4, 3 Mc 9, 30-37)
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Homilía: "Y ustedes ¿Quién dicen que soy?"
En la película 300 se muestra un momento histórico en el cual el rey de Esparta, Leonidas, junto con trecientos espartanos van al paso de Termópilas, un lugar por donde el emperador Jerjes con su ejército persa tenía que pasar. Y lo hacían, más allá de que históricamente fueron un poco más de trecientas personas las que iban a defender ese lugar, porque sabían que era un lugar clave aunque no tuviesen chances de ganar. Cuando el ejército pasara por ahí iba a terminar quebrando la resistencia espartana. Sin embargo ellos se animan y van hasta ese lugar para detener el mayor tiempo posible a este rey y a su pueblo. Y durante siete días los van detener ahí. Durante siete días los persas no van a poder pasar, no van a poder quebrar las fuerzas. Y cuando uno esta mirando la película parece como que los espartanos dijeran “bueno, que se vengan todos, no hay problema, vayan trayendo más”. Y uno tras otros van cayendo hasta que por una traición ellos pierden ese lugar estratégico. Y uno se pregunta ¿qué sentido tiene esto? ¿qué sentido tiene ir a dar la vida? ¿qué sentido tiene ir a ese lugar? Uno podría pensar: una posibilidad es una inconciencia total, no me doy cuenta de los que estoy haciendo y voy hasta ese lugar y hago lo que venga, y si me toca morir, muero. O podríamos preguntarnos si no hay algo más profundo que los moviliza a eso, a ese pensamiento “que se vengan todos”. A ese pararse contra la realidad porque tengo un deseo profundo que quiero vivir y cumplir. Leónidas en un momento va a decir: “llegará una nueva época, llegará una época de libertad donde el mundo sabrá que hubo trecientos espartanos que dieron su vida hasta el último aliento para que esto puedo vivirse”. Es decir, encontraron algo por qué luchar. Encontraron algo porque vivir. Encontraron algo porque dar la vida cueste lo que cueste. Y auque no nos demos cuenta, nos pasa a nosotros muchas veces en la vida. Es curioso como a veces uno no esta pasando un momento difícil, las cosas no están muy complicadas, sin embargo no encontramos algo que nos mueva. Estamos como ensimismados, no encontramos los caminos, nos preguntamos: ¿para qué vale la pena todo esto? Y sin embargo las cosas a nuestro alrededor si las vemos objetivamente funcionan, yo tengo que ser un agradecido de lo que tengo. Pero no encuentro como un motor, algo que me mueva, algo que diga esto si vale la pena.
Pero hay otros momentos donde sentimos, vemos que todo se nos cae encima, y sin embargo no estamos tan preocupados. Y uno diría “que inconciente”, o podemos decir “yo encontré algo por qué luchar”. Encontré algo por qué vivir. Y entonces todo lo que esta pasando a mi alrededor no me importa tanto, porque estoy seguro de lo que quiero, estoy seguro de lo que busco y estoy seguro de por qué lucho o por quienes lucho. Y esto que creo que nos pasa de diferentes maneras y en distintos tiempos en la vida, es lo que le pasa a Isaías en la primera lectura. Isaías dice “bueno me asustaron, me persiguieron, me abofetearon...”, no importa, sigan viniendo. No hay problema. Dios esta conmigo, ¿quién podrá contra mi? ¿quién va a ser mi adversario? Uno puede decir, Isaías esta medio loco o, tal vez, Isaías encontró un sentido. Le encontró un sentido a los momentos difíciles. Le encontró un sentido a la vida en ese Dios. Y en ese Dios que él descubrió, el se anima a luchar. Él se anima a seguir caminando porque eso es lo que mueve su corazón. Eso es lo que lo lleva a luchar aún cuando parece que los caminos se cerraron, cuando parece que ya no hay posibilidades. Ahora, para llegar a ese momento justamente todos tenemos que animarnos a caminar. Tenemos que animarnos a hacer procesos en el corazón. A encontrar justamente qué es lo que me da un sentido, qué es lo que me da vida. Y no solo a encontrar eso sino animarnos a profundizar y crecer en ese sentido. Porque uno podría decir: me enamoré. Ahora si encontré un sentido, estoy enamorado y entonces veo que empiezo a luchar mucho más por todo. Le encuentro un sentido a mi facultad, estudio más, tengo más alegría, estoy mejor en casa, estoy mejor con mis amigos. Bueno, pero si fuera solamente porque me enamoré, eso va a durar dos, tres meses y va a tener que profundizarse para que cobre un verdadero sentido. Es más, si yo le preguntase a cualquiera de ustedes que se puso de novio o que esta saliendo, porque ahora ya no se cuantos meses salen antes de ponerse de novios, ¿se van a casar? O son muy inconcientes y me dirían que si o me responderían ¿qué me estas preguntando? Porque obviamente tengo que profundizar en ese amor. Porque tengo que darle un sentido. Y después de caminar un tiempo, uno puede mirar y decir, si esto maduró, esto creció. A esto le encontré un sentido , otra profundidad, y ahora si quiero animarme a dar este salto, a luchar y a entregar mi vida por ejemplo en el matrimonio. Sin embargo no se acaba ahí, y muchos de ustedes lo saben mejor que yo. Hay que seguir profundizando, hay que seguir haciendo crecer ese amor. En la etapa cuando aparecen los hijos, cuando los hijos se van de casa, cuando uno no encuentra muchas veces el por qué. Y si no hago crecer y madurar eso llega un momento donde voy a bajar los brazos. Yo tengo que darme tiempo en el corazón para que aún los deseos más profundos sigan creciendo, sigan teniendo ese manantial donde puedo beber para seguir caminando. Y el mejor ejemplo de esto creo, es el evangelio de hoy y lo que le sucede a los discípulos.
Los discípulos un día dejan todo y empiezan a caminar con Jesús. Y en este momento del evangelio estamos a la mitad del camino de Jesús con sus discípulos, es decir, si en el evangelio de Marcos el camino de Jesús son 3 años, estamos a un año y medio mas o menos, del camino de Jesús con sus discípulos. Donde Jesús les dice “¿quién dice la gente que soy Yo?” ellos le empiezan a decir, “bueno, algunos dicen que sos Juan el Bautista” , aquel que iba a anunciar que iba a venir el Mesías, “otros dicen que sos Elías”, aquél que fue arrebatado del cielo y esperaban que volviera, aquel que cambió todo o luchó contra el poder político de su época, y “otros dicen que eres un profeta” alguien que viene a anunciar, que viene a hablar en nombre de Dios. Y hasta ahí llega la fe de los que escucharon a Jesús. Sin embargo Jesús les dice, ahora les toca a ustedes, ¿ustedes quien dice que soy Yo? Es ahí donde Pedro, generalmente el portavoz del grupo, le contesta: “Tu eres el Mesías”. Aquellos que estaban más cerca de Jesús son los que pudieron descubrir verdaderamente quién era Jesús. Ahora, esto que parece tan claro en un primer momento “tu eres el Mesías”, primero Jesús casi que lo corta ahí, “no se lo digan a nadie”. Cuando uno esperaría que Jesús diga “vayan, cuéntenlo, anúncienlo que la gente sepa”, Jesús dice” frénense ahí”. Ahora, por qué Jesús les dice que todavía no es el momento Y lo dice por lo que va a pasar después. Por primera vez Jesús va a decir qué es lo que va a hacer el Mesías. El Mesías va a padecer y va a dar la vida, va a morir. Y Pedro, siguiendo como portavoz va a decir “No. Tu no vas a dar la vida por nosotros” y es ahí donde Jesús le va a decir, el reto más grande de todo el Evangelio, “ve detrás de mi Satanás”. Porque Pedro lo está tentando a Jesús para que deje su misión, para que deje aquello por lo que tiene sentido su vida.
Jesús también va a ir caminando hacia un lugar que parece que no tiene salida, porque va a caminar hacia la muerte, el descubrió que eso es lo que le llena el corazón y se anima a ir caminando, aún cuando se le vengan todos el va a seguir yendo, aún cuando todos lo dejen va a seguir firme porque ya encontró qué es lo que quiere, ya encontró aquello que busca. Pero no lo va a hacer solo, lo va a hacer sostenido por Dios porque eso es lo que le da sentido a su corazón.
En cambio los discípulos todavía no terminaron de encontrar qué es lo que quieren. Saben más o menos quién es Jesús, pero tienen que seguir profundizando en Él. Tienen que seguir haciendo crecer esa fe, para que esa fe sea madura, para que esa fe cobre sentido. Van a tener que vivir su Pascua o mejor dicho la Pascua de Jesús. Después de que Jesús de la vida, ahí si los discípulos van a terminar de entender quien es Jesús y van a seguirlo de una manera nueva. Antes lo seguían porque creían saber quién era Jesús y se animaban a caminar detrás de Él. Sin embargo tuvieron que purificar esa imagen, tuvieron que purificar ese deseo para ahí si ir a predicarlo y a anunciarlo.
Y creo que es lo que Jesús nos va pidiendo a nosotros en cada momento de la vida. Tal vez siguiendo la pregunta del Evangelio. Hoy Jesús nos pregunta a nosotros, ¿quién dicen ustedes que soy Yo? Y podríamos preguntarnos en el corazón, quién es Jesús para nosotros ¿por qué caminamos con Él? ¿por qué estamos con Él? ¿qué sentido le da a mi vida? Ahora, eso tiene que crecer, tiene que profundizarse, tiene que ir cobrando un nuevo horizonte, que es lo que Jesús dice al final: “el que quiera venir detrás de mi, que cargue con su cruz, que renuncie a si mismo y que me siga”. Este es el camino que tenemos que hacer en el corazón. Porque generalmente seguimos a Jesús porque nos llena el corazón, porque nos hace felices, porque en este momento me hace bien, porque lo siento, por lo que fuera. Pero eso no va a ser siempre así, va a haber momentos donde nos va a costar seguir a Jesús. Va a haber momentos donde vamos a tener que profundizar y luchar, pero para eso tengo que descubrir verdaderamente quien es Él para mi. Los momentos más difíciles de los discípulos seguramente fueron después de que Jesús murió y resucitó, cuando Jesús ya no estaba con ellos. Sin embargo ahí no tuvieron tantos problemas, siguieron anunciando porque ya habían descubierto quien era Jesús para ellos. Y por eso se animaban a seguir luchando, seguir predicando, seguir anunciando, porque eso era lo que querían. Porque eso había ya llenado su corazón.
Y si esa era su cruz, que los persigan, que los maldigan, que los azoten, bienvenida sea. Eso es lo que nos pide a nosotros, que nos animemos a profundizar en Él. Que renunciemos a todo lo que nos da seguridades y que lo sigamos porque el cambió nuestro corazón, porque el tocó nuestro corazón. Y cuando llegue el momento, que ojalá tarde, en el cual tengamos que decidir esto es lo que a mi me cuesta, esto es lo que no entiendo, esto es lo que me da bronca, esto es lo que no comprendo, yo quiera seguir caminando detrás de Él, yo quiera seguir yendo con Él. Casi como dijo Pedro hace poquito “Señor ¿a quién iremos?” Eso es lo que tiene que nacer en nosotros. Aprender a descubrir que es Él quien le da sentido a nuestras vidas. Pero para eso tenemos que tocar lo profundo del corazón. Hoy Jesús nos quiere preguntar a nosotros quien soy yo para todos ustedes. Y quiere que esa pregunta vaya cobrando sentido en nuestro corazón, quiere que vaya profundizando, resonando en nuestras vidas.
Animémonos entonces, a dejar resonar en estos días esta pregunta en nuestro corazón. Animémonos a seguirlo con un corazón renovado. Animémonos a buscar a Aquél que le puede dar un verdadero sentido a nuestras vidas.
(Domingo XXIV durante el año, lecturas: Is 50,5-9; Sl 114; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35)
Pero hay otros momentos donde sentimos, vemos que todo se nos cae encima, y sin embargo no estamos tan preocupados. Y uno diría “que inconciente”, o podemos decir “yo encontré algo por qué luchar”. Encontré algo por qué vivir. Y entonces todo lo que esta pasando a mi alrededor no me importa tanto, porque estoy seguro de lo que quiero, estoy seguro de lo que busco y estoy seguro de por qué lucho o por quienes lucho. Y esto que creo que nos pasa de diferentes maneras y en distintos tiempos en la vida, es lo que le pasa a Isaías en la primera lectura. Isaías dice “bueno me asustaron, me persiguieron, me abofetearon...”, no importa, sigan viniendo. No hay problema. Dios esta conmigo, ¿quién podrá contra mi? ¿quién va a ser mi adversario? Uno puede decir, Isaías esta medio loco o, tal vez, Isaías encontró un sentido. Le encontró un sentido a los momentos difíciles. Le encontró un sentido a la vida en ese Dios. Y en ese Dios que él descubrió, el se anima a luchar. Él se anima a seguir caminando porque eso es lo que mueve su corazón. Eso es lo que lo lleva a luchar aún cuando parece que los caminos se cerraron, cuando parece que ya no hay posibilidades. Ahora, para llegar a ese momento justamente todos tenemos que animarnos a caminar. Tenemos que animarnos a hacer procesos en el corazón. A encontrar justamente qué es lo que me da un sentido, qué es lo que me da vida. Y no solo a encontrar eso sino animarnos a profundizar y crecer en ese sentido. Porque uno podría decir: me enamoré. Ahora si encontré un sentido, estoy enamorado y entonces veo que empiezo a luchar mucho más por todo. Le encuentro un sentido a mi facultad, estudio más, tengo más alegría, estoy mejor en casa, estoy mejor con mis amigos. Bueno, pero si fuera solamente porque me enamoré, eso va a durar dos, tres meses y va a tener que profundizarse para que cobre un verdadero sentido. Es más, si yo le preguntase a cualquiera de ustedes que se puso de novio o que esta saliendo, porque ahora ya no se cuantos meses salen antes de ponerse de novios, ¿se van a casar? O son muy inconcientes y me dirían que si o me responderían ¿qué me estas preguntando? Porque obviamente tengo que profundizar en ese amor. Porque tengo que darle un sentido. Y después de caminar un tiempo, uno puede mirar y decir, si esto maduró, esto creció. A esto le encontré un sentido , otra profundidad, y ahora si quiero animarme a dar este salto, a luchar y a entregar mi vida por ejemplo en el matrimonio. Sin embargo no se acaba ahí, y muchos de ustedes lo saben mejor que yo. Hay que seguir profundizando, hay que seguir haciendo crecer ese amor. En la etapa cuando aparecen los hijos, cuando los hijos se van de casa, cuando uno no encuentra muchas veces el por qué. Y si no hago crecer y madurar eso llega un momento donde voy a bajar los brazos. Yo tengo que darme tiempo en el corazón para que aún los deseos más profundos sigan creciendo, sigan teniendo ese manantial donde puedo beber para seguir caminando. Y el mejor ejemplo de esto creo, es el evangelio de hoy y lo que le sucede a los discípulos.
Los discípulos un día dejan todo y empiezan a caminar con Jesús. Y en este momento del evangelio estamos a la mitad del camino de Jesús con sus discípulos, es decir, si en el evangelio de Marcos el camino de Jesús son 3 años, estamos a un año y medio mas o menos, del camino de Jesús con sus discípulos. Donde Jesús les dice “¿quién dice la gente que soy Yo?” ellos le empiezan a decir, “bueno, algunos dicen que sos Juan el Bautista” , aquel que iba a anunciar que iba a venir el Mesías, “otros dicen que sos Elías”, aquél que fue arrebatado del cielo y esperaban que volviera, aquel que cambió todo o luchó contra el poder político de su época, y “otros dicen que eres un profeta” alguien que viene a anunciar, que viene a hablar en nombre de Dios. Y hasta ahí llega la fe de los que escucharon a Jesús. Sin embargo Jesús les dice, ahora les toca a ustedes, ¿ustedes quien dice que soy Yo? Es ahí donde Pedro, generalmente el portavoz del grupo, le contesta: “Tu eres el Mesías”. Aquellos que estaban más cerca de Jesús son los que pudieron descubrir verdaderamente quién era Jesús. Ahora, esto que parece tan claro en un primer momento “tu eres el Mesías”, primero Jesús casi que lo corta ahí, “no se lo digan a nadie”. Cuando uno esperaría que Jesús diga “vayan, cuéntenlo, anúncienlo que la gente sepa”, Jesús dice” frénense ahí”. Ahora, por qué Jesús les dice que todavía no es el momento Y lo dice por lo que va a pasar después. Por primera vez Jesús va a decir qué es lo que va a hacer el Mesías. El Mesías va a padecer y va a dar la vida, va a morir. Y Pedro, siguiendo como portavoz va a decir “No. Tu no vas a dar la vida por nosotros” y es ahí donde Jesús le va a decir, el reto más grande de todo el Evangelio, “ve detrás de mi Satanás”. Porque Pedro lo está tentando a Jesús para que deje su misión, para que deje aquello por lo que tiene sentido su vida.
Jesús también va a ir caminando hacia un lugar que parece que no tiene salida, porque va a caminar hacia la muerte, el descubrió que eso es lo que le llena el corazón y se anima a ir caminando, aún cuando se le vengan todos el va a seguir yendo, aún cuando todos lo dejen va a seguir firme porque ya encontró qué es lo que quiere, ya encontró aquello que busca. Pero no lo va a hacer solo, lo va a hacer sostenido por Dios porque eso es lo que le da sentido a su corazón.
En cambio los discípulos todavía no terminaron de encontrar qué es lo que quieren. Saben más o menos quién es Jesús, pero tienen que seguir profundizando en Él. Tienen que seguir haciendo crecer esa fe, para que esa fe sea madura, para que esa fe cobre sentido. Van a tener que vivir su Pascua o mejor dicho la Pascua de Jesús. Después de que Jesús de la vida, ahí si los discípulos van a terminar de entender quien es Jesús y van a seguirlo de una manera nueva. Antes lo seguían porque creían saber quién era Jesús y se animaban a caminar detrás de Él. Sin embargo tuvieron que purificar esa imagen, tuvieron que purificar ese deseo para ahí si ir a predicarlo y a anunciarlo.
Y creo que es lo que Jesús nos va pidiendo a nosotros en cada momento de la vida. Tal vez siguiendo la pregunta del Evangelio. Hoy Jesús nos pregunta a nosotros, ¿quién dicen ustedes que soy Yo? Y podríamos preguntarnos en el corazón, quién es Jesús para nosotros ¿por qué caminamos con Él? ¿por qué estamos con Él? ¿qué sentido le da a mi vida? Ahora, eso tiene que crecer, tiene que profundizarse, tiene que ir cobrando un nuevo horizonte, que es lo que Jesús dice al final: “el que quiera venir detrás de mi, que cargue con su cruz, que renuncie a si mismo y que me siga”. Este es el camino que tenemos que hacer en el corazón. Porque generalmente seguimos a Jesús porque nos llena el corazón, porque nos hace felices, porque en este momento me hace bien, porque lo siento, por lo que fuera. Pero eso no va a ser siempre así, va a haber momentos donde nos va a costar seguir a Jesús. Va a haber momentos donde vamos a tener que profundizar y luchar, pero para eso tengo que descubrir verdaderamente quien es Él para mi. Los momentos más difíciles de los discípulos seguramente fueron después de que Jesús murió y resucitó, cuando Jesús ya no estaba con ellos. Sin embargo ahí no tuvieron tantos problemas, siguieron anunciando porque ya habían descubierto quien era Jesús para ellos. Y por eso se animaban a seguir luchando, seguir predicando, seguir anunciando, porque eso era lo que querían. Porque eso había ya llenado su corazón.
Y si esa era su cruz, que los persigan, que los maldigan, que los azoten, bienvenida sea. Eso es lo que nos pide a nosotros, que nos animemos a profundizar en Él. Que renunciemos a todo lo que nos da seguridades y que lo sigamos porque el cambió nuestro corazón, porque el tocó nuestro corazón. Y cuando llegue el momento, que ojalá tarde, en el cual tengamos que decidir esto es lo que a mi me cuesta, esto es lo que no entiendo, esto es lo que me da bronca, esto es lo que no comprendo, yo quiera seguir caminando detrás de Él, yo quiera seguir yendo con Él. Casi como dijo Pedro hace poquito “Señor ¿a quién iremos?” Eso es lo que tiene que nacer en nosotros. Aprender a descubrir que es Él quien le da sentido a nuestras vidas. Pero para eso tenemos que tocar lo profundo del corazón. Hoy Jesús nos quiere preguntar a nosotros quien soy yo para todos ustedes. Y quiere que esa pregunta vaya cobrando sentido en nuestro corazón, quiere que vaya profundizando, resonando en nuestras vidas.
Animémonos entonces, a dejar resonar en estos días esta pregunta en nuestro corazón. Animémonos a seguirlo con un corazón renovado. Animémonos a buscar a Aquél que le puede dar un verdadero sentido a nuestras vidas.
(Domingo XXIV durante el año, lecturas: Is 50,5-9; Sl 114; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35)
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Homilía: "Y ustedes ¿Quién dicen que soy?"
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Homilía: "¡Efata! ¡Ábrete!"
Este año salió una película que tuvo una traducción un poco trágica: “Simplemente no te quiere”. Es una comedia romántica muy linda, en la cual en una escena Gigi entra a un bar esperando encontrar a un hombre con el que había salido hacía una semana. Se sienta en la barra para tomar algo cuando se acerca Alex, el que regenteaba el lugar, y le pregunta si quiere tomar algo. “No, no, estoy esperando a alguien”, le responde Gigi.
-“Ah, ¿estas esperando a tu novio?”
- “No, no estoy esperando a Connor, un chico con el que salí la semana pasada.”
-“No pero Connor hoy no va a venir, hoy es jueves. Los jueves no viene.”
En ese momento y frente a quedar en evidencia Gigi intenta inventar una excusa de porque esta ahí, y Alex se da cuenta y le dice: “Mira, Connor no va a venir hoy”. Ella se da cuenta que esta en un aprieto, que no hay excusa que valga para explicar porque esta allí, y después del papelón se levanta para irse. Sin embargo cuando se está yendo Alex le dice: “quedate, te invito a tomar algo.”
Aparece luego una escena al final cuando el bar esta cerrando en el que justamente este chico Alex le dice, “mira, me caes bien, me caes simpática, así que te voy a decir algo, Connor no te va a llamar nunca.”
-“No, ¿pero por qué no me va a llamar?”, le responde Gigi.
- “Yo soy hombre, he hecho esto muchas veces y no te va a llamar.”
- “Pero puede ser que haya perdido mi número, que esté muy ocupado, que se murió su abuela, que fue de viaje...”
-“O puede ser que no te quiere llamar”, le dice. Y ella empieza a contar una historia en la que una amiga, Tery, tenía una amiga a la que un chico no la llamó durante mucho tiempo hasta que terminaron casándose.
- Alex le contesta: “Bueno mirá, más allá de tu amiga, esa no es la regla, esa fue la excepción. La regla es que si un chico te quiere llamar, te va a llamar. Y si no te quiere llamar, no te va a llamar. Bueno Connor no te va a llamar, vos sos la regla así que olvidate.”
-Y Gigi dice “Me dejaste pensando”.
Y esta escena esta en consonancia con como empieza la película, donde un chico empuja a una chica que esta jugando en una plaza siendo ambos muy chiquitos y cuando ella le pregunta por qué me empujaste, el chico le contesta: “porque tenes cara de popo”. Y la mamá, cuando la chiquita va llorando le dice: “no te preocupes, te dijo eso porque le gustas”.
Y empieza así empiezan a pasar un montón de frases hechas que las chicas se dicen entre si, que ustedes conocerán mejor que yo. No te llama: “porque le gustas mucho”, “porque es una relación seria”, “porque sos muy linda” o por lo que fuera. Y aparece una pregunta que queda picando que es “¿por qué no podemos decirnos nosotras, las mujeres, la verdad y buscamos siempre algo más?”.
Pero creo que se podría profundizar esa pregunta y más que decirse la verdad unos a otros, podríamos decir: ¿porque no podemos aprender a comunicarnos? ¿por qué no podemos aprender a decir lo que nos esta pasando? Tanto los varones como las mujeres en cualquier vínculo o relación, ¿por qué es tan difícil abrir el corazón al otro? ¿por qué es tan difícil mostrar lo que estoy pensando y lo que estoy sintiendo? Aún cuando en la cultura de hoy parece como contradictorio o paradójico.
Vivimos en una cultura, en una era llamada de la globalización, más allá de que unos últimos estudios dicen que el 40% de la población mundial todavía no hizo una llamada por teléfono. Sacando ese 40%, un poco bastante de gente, pensemos en el resto. Ya que vivimos en ella, ya que somos parte de la cultura de la globalización, donde parece que estamos re-comunicados. Tenemos un montón de canales de comunicación, de los cuales aún cuando no encontramos nada, por ejemplo, podemos hacer zapping en la tele durante un rato largo, haber si por arte de magia aparece algo de golpe, ya que cuantas veces no encontramos nada. O porque tenemos un montón de cosas para ver o para comunicarnos en internet. Podemos mandarnos mails, podemos encontrar al otro muy rápido con los celulares, podemos usar las redes sociales, tipo Facebook, y no se cuantas cosas más hay.
Bueno, ¿eso nos hace estar comunicados con el otro? Podemos decir que quizás tenemos mucha más información del otro, pero de todo eso que manejamos en el día, ¿nos queda algo? ¿hay algo verdadero de todo eso que hablamos, algo que nos da verdadera vida y que recordamos al final del día? Para poner un ejemplo nomás, ahora podemos encontrarnos todos muy fácil, todos en general tenemos celular entonces si queremos encontrar a alguien y el otro quiere que lo encuentren, podemos llegar a encontrarlo. Lo llamamos al teléfono y es simple. Sin embargo eso que hace fácil ubicar a un hijo o a alguien cercano, ¿hace que sepamos comunicarnos con el otro? ¿o hace que sepamos a veces dónde esta solamente? ¿hace que sepamos lo que le esta pasando, lo que esta viviendo, lo que le esta sucediendo? Porque velocidad, que es lo que nos da la nueva cultura, cantidad, no hace a la calidad. Son cosas distintas. Pero lo que a nosotros nos ayuda a crecer es cuando hay una verdadera calidad en la comunicación. Cuando más allá de la cantidad, de la velocidad, eso lo podemos transformar en algo que nos haga bien, en algo que nos ayude a comunicarnos de verdad. Y creo que esto nos cuesta a todos. Y es por eso que día a día tenemos que trabajar para aprender a abrir el corazón, aprender a escuchar, aprender a crecer en el diálogo con el otro.
Pensaba esto entorno a este Evangelio en el cual a simple vista Jesús hace un milagro más. Jesús va, agarra una persona que estaba enferma, que era sordomuda, y la cura. Lo hace escuchar y lo hace poder hablar. Y hasta ahí no tiene nada nuevo, es lo que hace Jesús en muchos de los pasajes del Evangelio. Sin embargo si nos ponemos a mirar con un poquito más de detalle hay algunas cosa de este relato que llaman la atención. En primer lugar dónde hace el milagro Jesús. Todos los lugares que nombra por donde Jesús esta atravesando son pueblos paganos, pueblos que no conocen a este Dios, pueblos que no han oído hablar de Jesús. Y es ahí donde Jesús justamente hace un milagro que es que puedan oír y que puedan hablar. ¿O no será que Marcos nos quiere enseñar algo nuevo? Que Jesús en ese signo nos esta mostrando lo que quiere hacer con su pueblo, o con todos los pueblos, que es abrir el oído para que puedan escuchar. Para que puedan escuchar a este Dios del cual todavía no se les ha hablado. Para que puedan entenderlo, para que puedan comprenderlo. Abrir los labios para que puedan responder si quieren seguirlo o no, si aceptan ese mensaje, si lo quieren anunciar. Y nos muestra con este pueblo lo que quiere hacer con su pueblo. Lo que quiere hacer con todos los pueblos. Que aprendamos a escuchar a un Dios nuevo. Que aprendamos a escuchar a un Dios que nos trae un mensaje nuevo, que quiere hablarnos al corazón y que quiere que nos animemos a responderle si queremos estar con Él o no. Esto es para todos. Como en la primera lectura de Isaías, el pueblo va a escuchar de este Dios, va a volver a escuchar de este Dios de una manera nueva, y va a tener que aprender a hablar de una manera nueva. Nosotros también tenemos que aprender a escuchar de este Dios de una manera nueva, ya que quiere tocar nuestros corazones para que escuchemos verdaderas palabras de vida, para que no escuchemos solo algo que nos informa, que se nos dice, sino alguien que toca nuestro corazón. Para que podamos responderle si queremos caminar o no con Él.
En segundo lugar, es muy llamativo cómo hace el milagro Jesús porque casi que pensamos demasiadas cosas dice Marcos. Le mete los dedos en la oreja, pone saliva en su boca, casi que uno diría: no nos cuentes más como lo esta haciendo. Entonces podríamos pensar: ¿por qué cuenta tanto?
En realidad cuando Jesús hace milagros lo puede hacer mucho más simple. Alguna vez dijo “vuelve a tu casa ya está curado”, ni siquiera tiene que estar en el lugar. Entonces ¿que nos quiere decir con esto? Y creo que lo que nos quiere decir es que Jesús se compromete, que Dios se compromete, y que se compromete realmente con nosotros. De tal manera que no tiene problema en tocarnos, en hacer lo posible, en este caso, para que podamos escuchar y podamos hablar. Y que se va a esforzar con toda su vida para lograrlo. Para que podamos escuchar, hablar, ver a un Dios distinto que se acerca a nosotros. Y que lo muestra desde que se encarnó. No es un Dios que esta impasible más allá de todos. Es un Dios que se compromete, que nos ama tanto, que nos quiere tanto, que se encarna, que se hace hombre, que esta con nosotros, que predica, que busca la manera de abrirnos...
Una de las pocas palabras que nos quedan en arameo: “Efata”, Ábrete. Eso es lo que quiere hacer con nosotros. Abrir. No solo el oído, la boca sino también los ojos, el corazón... Para que podamos descubrir a alguien nuevo. Y por eso se compromete hasta el final, aún cuando le cueste dar la vida. El problema es que pareciera que a Dios nada le cuesta. Siempre hablamos del amor gratuito, siempre hablamos del perdón gratuito. Que es verdad en parte. El amor de Dios es gratuito, el perdón de Dios es gratuito. Ahora, eso no significa que no le cueste. ¿Cuánto nos cuesta a nosotros amar, crecer en el amor? ¿Cuánto nos cuesta hacer un camino en el corazón para aprender a perdonar, para aceptar el perdón, para decirle al otro que me equivoqué? Bueno, a Dios también le cuesta. ¡Vaya si le cuesta! Le va a costar la vida, va a morir en la cruz. No es gratuito todo. Va a tener que comprometerse hasta el final si quiere algo distinto. Es más, en la cruz todos recordarán que Jesús reza “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Porque muchas veces las cosas cuestan, las cosas verdaderas.
En este caso cuesta aprender a dialogar, cuesta aprender a tener encuentros verdaderos con el otro, cuesta aprender a abrir el corazón. Y por eso viene Jesús, a intentar abrir cueste lo que cueste. Aún cuando haya que meter los dedos, poner saliva, hacer lo que haya que hacer, Jesús se va a comprometer para que lo podamos escuchar, para que lo podamos ver, para que podamos hablar de Él. La pregunta es si nosotros nos queremos comprometer con el otro para poder escucharlo, para poder entenderlo, para poder comprenderlo, para poder hablarle al corazón, para poder mirarlo de una manera nueva. Cuesta mucho, pero es la única manera de descubrir lo que da vida. Es la única manera de descubrir lo que toca el corazón. Es la única manera de poder alegrarse y gozar de lo que encontré en la vida. Esto es lo que lo mueve a Jesús. Por eso nos invita a nosotros a hacer lo mismo.
Pidámosle entonces hoy a Jesús que sea el que transforme las cosas, el que abra aquello que necesitamos. Tal vez los oídos para escuchar mejor, tal vez la boca para aprender a contar lo que me pasa, lo que me sucede, a comunicarme con los otros, tal vez los ojos para aprender a mirar desde una mirada nueva, tal vez el corazón para tener una nueva esperanza cuando baje los brazos, cuando no encuentro los caminos, tal vez la búsqueda para encontrar qué es lo que quiero, cuáles son mis deseos. Pidámosle a Aquel que pueda abrir todas las cosas, que nos ayude para que nosotros podamos encontrar aquello que necesitamos, aquello que queremos, aquello que nos da vida.
(Domingo XXIII durante el año, lecturas: Is 35,4-7; Sl 145,7-10; Sant 2,1-7; Mc 7,31-37)
-“Ah, ¿estas esperando a tu novio?”
- “No, no estoy esperando a Connor, un chico con el que salí la semana pasada.”
-“No pero Connor hoy no va a venir, hoy es jueves. Los jueves no viene.”
En ese momento y frente a quedar en evidencia Gigi intenta inventar una excusa de porque esta ahí, y Alex se da cuenta y le dice: “Mira, Connor no va a venir hoy”. Ella se da cuenta que esta en un aprieto, que no hay excusa que valga para explicar porque esta allí, y después del papelón se levanta para irse. Sin embargo cuando se está yendo Alex le dice: “quedate, te invito a tomar algo.”
Aparece luego una escena al final cuando el bar esta cerrando en el que justamente este chico Alex le dice, “mira, me caes bien, me caes simpática, así que te voy a decir algo, Connor no te va a llamar nunca.”
-“No, ¿pero por qué no me va a llamar?”, le responde Gigi.
- “Yo soy hombre, he hecho esto muchas veces y no te va a llamar.”
- “Pero puede ser que haya perdido mi número, que esté muy ocupado, que se murió su abuela, que fue de viaje...”
-“O puede ser que no te quiere llamar”, le dice. Y ella empieza a contar una historia en la que una amiga, Tery, tenía una amiga a la que un chico no la llamó durante mucho tiempo hasta que terminaron casándose.
- Alex le contesta: “Bueno mirá, más allá de tu amiga, esa no es la regla, esa fue la excepción. La regla es que si un chico te quiere llamar, te va a llamar. Y si no te quiere llamar, no te va a llamar. Bueno Connor no te va a llamar, vos sos la regla así que olvidate.”
-Y Gigi dice “Me dejaste pensando”.
Y esta escena esta en consonancia con como empieza la película, donde un chico empuja a una chica que esta jugando en una plaza siendo ambos muy chiquitos y cuando ella le pregunta por qué me empujaste, el chico le contesta: “porque tenes cara de popo”. Y la mamá, cuando la chiquita va llorando le dice: “no te preocupes, te dijo eso porque le gustas”.
Y empieza así empiezan a pasar un montón de frases hechas que las chicas se dicen entre si, que ustedes conocerán mejor que yo. No te llama: “porque le gustas mucho”, “porque es una relación seria”, “porque sos muy linda” o por lo que fuera. Y aparece una pregunta que queda picando que es “¿por qué no podemos decirnos nosotras, las mujeres, la verdad y buscamos siempre algo más?”.
Pero creo que se podría profundizar esa pregunta y más que decirse la verdad unos a otros, podríamos decir: ¿porque no podemos aprender a comunicarnos? ¿por qué no podemos aprender a decir lo que nos esta pasando? Tanto los varones como las mujeres en cualquier vínculo o relación, ¿por qué es tan difícil abrir el corazón al otro? ¿por qué es tan difícil mostrar lo que estoy pensando y lo que estoy sintiendo? Aún cuando en la cultura de hoy parece como contradictorio o paradójico.
Vivimos en una cultura, en una era llamada de la globalización, más allá de que unos últimos estudios dicen que el 40% de la población mundial todavía no hizo una llamada por teléfono. Sacando ese 40%, un poco bastante de gente, pensemos en el resto. Ya que vivimos en ella, ya que somos parte de la cultura de la globalización, donde parece que estamos re-comunicados. Tenemos un montón de canales de comunicación, de los cuales aún cuando no encontramos nada, por ejemplo, podemos hacer zapping en la tele durante un rato largo, haber si por arte de magia aparece algo de golpe, ya que cuantas veces no encontramos nada. O porque tenemos un montón de cosas para ver o para comunicarnos en internet. Podemos mandarnos mails, podemos encontrar al otro muy rápido con los celulares, podemos usar las redes sociales, tipo Facebook, y no se cuantas cosas más hay.
Bueno, ¿eso nos hace estar comunicados con el otro? Podemos decir que quizás tenemos mucha más información del otro, pero de todo eso que manejamos en el día, ¿nos queda algo? ¿hay algo verdadero de todo eso que hablamos, algo que nos da verdadera vida y que recordamos al final del día? Para poner un ejemplo nomás, ahora podemos encontrarnos todos muy fácil, todos en general tenemos celular entonces si queremos encontrar a alguien y el otro quiere que lo encuentren, podemos llegar a encontrarlo. Lo llamamos al teléfono y es simple. Sin embargo eso que hace fácil ubicar a un hijo o a alguien cercano, ¿hace que sepamos comunicarnos con el otro? ¿o hace que sepamos a veces dónde esta solamente? ¿hace que sepamos lo que le esta pasando, lo que esta viviendo, lo que le esta sucediendo? Porque velocidad, que es lo que nos da la nueva cultura, cantidad, no hace a la calidad. Son cosas distintas. Pero lo que a nosotros nos ayuda a crecer es cuando hay una verdadera calidad en la comunicación. Cuando más allá de la cantidad, de la velocidad, eso lo podemos transformar en algo que nos haga bien, en algo que nos ayude a comunicarnos de verdad. Y creo que esto nos cuesta a todos. Y es por eso que día a día tenemos que trabajar para aprender a abrir el corazón, aprender a escuchar, aprender a crecer en el diálogo con el otro.
Pensaba esto entorno a este Evangelio en el cual a simple vista Jesús hace un milagro más. Jesús va, agarra una persona que estaba enferma, que era sordomuda, y la cura. Lo hace escuchar y lo hace poder hablar. Y hasta ahí no tiene nada nuevo, es lo que hace Jesús en muchos de los pasajes del Evangelio. Sin embargo si nos ponemos a mirar con un poquito más de detalle hay algunas cosa de este relato que llaman la atención. En primer lugar dónde hace el milagro Jesús. Todos los lugares que nombra por donde Jesús esta atravesando son pueblos paganos, pueblos que no conocen a este Dios, pueblos que no han oído hablar de Jesús. Y es ahí donde Jesús justamente hace un milagro que es que puedan oír y que puedan hablar. ¿O no será que Marcos nos quiere enseñar algo nuevo? Que Jesús en ese signo nos esta mostrando lo que quiere hacer con su pueblo, o con todos los pueblos, que es abrir el oído para que puedan escuchar. Para que puedan escuchar a este Dios del cual todavía no se les ha hablado. Para que puedan entenderlo, para que puedan comprenderlo. Abrir los labios para que puedan responder si quieren seguirlo o no, si aceptan ese mensaje, si lo quieren anunciar. Y nos muestra con este pueblo lo que quiere hacer con su pueblo. Lo que quiere hacer con todos los pueblos. Que aprendamos a escuchar a un Dios nuevo. Que aprendamos a escuchar a un Dios que nos trae un mensaje nuevo, que quiere hablarnos al corazón y que quiere que nos animemos a responderle si queremos estar con Él o no. Esto es para todos. Como en la primera lectura de Isaías, el pueblo va a escuchar de este Dios, va a volver a escuchar de este Dios de una manera nueva, y va a tener que aprender a hablar de una manera nueva. Nosotros también tenemos que aprender a escuchar de este Dios de una manera nueva, ya que quiere tocar nuestros corazones para que escuchemos verdaderas palabras de vida, para que no escuchemos solo algo que nos informa, que se nos dice, sino alguien que toca nuestro corazón. Para que podamos responderle si queremos caminar o no con Él.
En segundo lugar, es muy llamativo cómo hace el milagro Jesús porque casi que pensamos demasiadas cosas dice Marcos. Le mete los dedos en la oreja, pone saliva en su boca, casi que uno diría: no nos cuentes más como lo esta haciendo. Entonces podríamos pensar: ¿por qué cuenta tanto?
En realidad cuando Jesús hace milagros lo puede hacer mucho más simple. Alguna vez dijo “vuelve a tu casa ya está curado”, ni siquiera tiene que estar en el lugar. Entonces ¿que nos quiere decir con esto? Y creo que lo que nos quiere decir es que Jesús se compromete, que Dios se compromete, y que se compromete realmente con nosotros. De tal manera que no tiene problema en tocarnos, en hacer lo posible, en este caso, para que podamos escuchar y podamos hablar. Y que se va a esforzar con toda su vida para lograrlo. Para que podamos escuchar, hablar, ver a un Dios distinto que se acerca a nosotros. Y que lo muestra desde que se encarnó. No es un Dios que esta impasible más allá de todos. Es un Dios que se compromete, que nos ama tanto, que nos quiere tanto, que se encarna, que se hace hombre, que esta con nosotros, que predica, que busca la manera de abrirnos...
Una de las pocas palabras que nos quedan en arameo: “Efata”, Ábrete. Eso es lo que quiere hacer con nosotros. Abrir. No solo el oído, la boca sino también los ojos, el corazón... Para que podamos descubrir a alguien nuevo. Y por eso se compromete hasta el final, aún cuando le cueste dar la vida. El problema es que pareciera que a Dios nada le cuesta. Siempre hablamos del amor gratuito, siempre hablamos del perdón gratuito. Que es verdad en parte. El amor de Dios es gratuito, el perdón de Dios es gratuito. Ahora, eso no significa que no le cueste. ¿Cuánto nos cuesta a nosotros amar, crecer en el amor? ¿Cuánto nos cuesta hacer un camino en el corazón para aprender a perdonar, para aceptar el perdón, para decirle al otro que me equivoqué? Bueno, a Dios también le cuesta. ¡Vaya si le cuesta! Le va a costar la vida, va a morir en la cruz. No es gratuito todo. Va a tener que comprometerse hasta el final si quiere algo distinto. Es más, en la cruz todos recordarán que Jesús reza “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Porque muchas veces las cosas cuestan, las cosas verdaderas.
En este caso cuesta aprender a dialogar, cuesta aprender a tener encuentros verdaderos con el otro, cuesta aprender a abrir el corazón. Y por eso viene Jesús, a intentar abrir cueste lo que cueste. Aún cuando haya que meter los dedos, poner saliva, hacer lo que haya que hacer, Jesús se va a comprometer para que lo podamos escuchar, para que lo podamos ver, para que podamos hablar de Él. La pregunta es si nosotros nos queremos comprometer con el otro para poder escucharlo, para poder entenderlo, para poder comprenderlo, para poder hablarle al corazón, para poder mirarlo de una manera nueva. Cuesta mucho, pero es la única manera de descubrir lo que da vida. Es la única manera de descubrir lo que toca el corazón. Es la única manera de poder alegrarse y gozar de lo que encontré en la vida. Esto es lo que lo mueve a Jesús. Por eso nos invita a nosotros a hacer lo mismo.
Pidámosle entonces hoy a Jesús que sea el que transforme las cosas, el que abra aquello que necesitamos. Tal vez los oídos para escuchar mejor, tal vez la boca para aprender a contar lo que me pasa, lo que me sucede, a comunicarme con los otros, tal vez los ojos para aprender a mirar desde una mirada nueva, tal vez el corazón para tener una nueva esperanza cuando baje los brazos, cuando no encuentro los caminos, tal vez la búsqueda para encontrar qué es lo que quiero, cuáles son mis deseos. Pidámosle a Aquel que pueda abrir todas las cosas, que nos ayude para que nosotros podamos encontrar aquello que necesitamos, aquello que queremos, aquello que nos da vida.
(Domingo XXIII durante el año, lecturas: Is 35,4-7; Sl 145,7-10; Sant 2,1-7; Mc 7,31-37)
Nota: "La transmisión de la de"
Una de las preguntas más importantes que nos hacemos los cristianos es como transmitir la fe a los demás. Como acercarles a Jesús a los que están alejados o como ayudar a crecer y profundizar a todos aquellos que tienen fe. Sin embargo es una pregunta que muchas veces no encuentra respuesta. O equivocamos los caminos o sentimos que los demás no nos entienden... Otras veces confundimos transmisión de la fe con formación, equivocando los momentos del proceso que una persona tiene que hacer en el camino de encuentro con Jesús.
Es por eso que quería mostrarles un texto que leímos en la última olimpiada diocesana realizada hace unos días donde participaron 37 parroquias y movimientos y más de 2000 chicos:
“Y entonces un jugador se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿que tengo que hacer para vivir una gran olimpiada?”
Jesús le preguntó a su vez: ¿Qué está escrito en el reglamento? ¿Qué lees en él?
Él le respondió: “El espíritu de las Olimpiadas se basa en el encuentro de los participantes para el crecimiento en la amistad en Cristo, lo que implica una actitud de compañerismo y de sana competencia”.
Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y pasarás un día fantástico.
Pero el jugador para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: ¿Y quién es mi compañero?
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un jugador bajaba del campo contrario al suyo con motivo de una taque rival y cayó debido a un calambre, que le provocó mucho dolor, dejándolo lesionado. Casualmente bajaba por el mismo lugar el árbitro: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí uno de su mismo equipo: lo vio y siguió su camino. Pero un rival que atacaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y lo elongó; después lo puso sobre su propio hombro, lo condujo a la enfermería y se encargo de cuidarlo. Al rato, sacó dos pesos y se los dio al enfermero diciéndole: “Comprale una coca, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”.
“¿Cuál de los tres te parece que se portó como compañero del hombre acalambrado?”
“El que tuvo compasión de él”, le respondió el jugador. Jesús le dijo: “Vé y procede tú de la misma manera”.
Seguramente en cuanto comenzaron a leerlo se dieron cuenta de que se trataba de una adaptación del texto del Buen samaritano ( Lucas 10,25-37), que Pablo un joven del equipo de pastoral juventud realizó. Más allá del texto y del intento de acercamiento a algo que estábamos por vivir lo importante es que muestra un camino distinto, una Iglesia distinta.
Muchas veces como Iglesia queremos acercarnos a los jóvenes desde propuestas tan lejanas a su realidad que muy pocos terminan interesándose en ellas. En este caso, desde que comenzamos a vivir las olimpíadas hace 6 años, la invitación era abajarse a la realidad de los chicos para ahí encontrar a Dios y no pretender que ellos “suban” para encontrarse con Él. Y el resultado de esta “kenosis” fue ver la alegría de chicos de tan diversas realidades (de edad y sociales) compartiendo y divirtiéndose de la mano de la Iglesia.
Frente a lo vivido, me pregunto de que sirven preparar sólo charlas, encuentros de formación (a los que en general asisten los más comprometidos), discutir por que no viene más gente, si como Iglesia no tomamos el primer gesto evangelizador de Cristo: "Abajarse". Abajarse a la vida de los jóvenes de hoy para que una vez que nos hayamos encarnado en su realidad podamos descubrir al Jesús que hoy nos quiere hablar desde ese lugar.
El camino de Jesús fue muy claro: ir al encuentro de las personas desde lo que la persona hoy vive. La transformación o conversión era posterior a ese encuentro. La gran pregunta entonces hoy para nosotros es cuál es la realidad a la que me tengo que acercar. De qué manera puedo y tengo que hacerlo.
La olimpiada es un intento que gracias a Dios año tras año sigue creciendo. Este texto es un intento de acercarle a los jóvenes un Jesús cercano.
Muchos otros intentos venimos realizando desde nuestra comunidad para que los más lejanos se sientan llamados y invitados a un encuentro con Jesús.
Los invitamos entonces, a que ustedes también se animen a descubrir y recorrer nuevos caminos.
Es por eso que quería mostrarles un texto que leímos en la última olimpiada diocesana realizada hace unos días donde participaron 37 parroquias y movimientos y más de 2000 chicos:
“Y entonces un jugador se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿que tengo que hacer para vivir una gran olimpiada?”
Jesús le preguntó a su vez: ¿Qué está escrito en el reglamento? ¿Qué lees en él?
Él le respondió: “El espíritu de las Olimpiadas se basa en el encuentro de los participantes para el crecimiento en la amistad en Cristo, lo que implica una actitud de compañerismo y de sana competencia”.
Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y pasarás un día fantástico.
Pero el jugador para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: ¿Y quién es mi compañero?
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un jugador bajaba del campo contrario al suyo con motivo de una taque rival y cayó debido a un calambre, que le provocó mucho dolor, dejándolo lesionado. Casualmente bajaba por el mismo lugar el árbitro: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí uno de su mismo equipo: lo vio y siguió su camino. Pero un rival que atacaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y lo elongó; después lo puso sobre su propio hombro, lo condujo a la enfermería y se encargo de cuidarlo. Al rato, sacó dos pesos y se los dio al enfermero diciéndole: “Comprale una coca, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”.
“¿Cuál de los tres te parece que se portó como compañero del hombre acalambrado?”
“El que tuvo compasión de él”, le respondió el jugador. Jesús le dijo: “Vé y procede tú de la misma manera”.
Seguramente en cuanto comenzaron a leerlo se dieron cuenta de que se trataba de una adaptación del texto del Buen samaritano ( Lucas 10,25-37), que Pablo un joven del equipo de pastoral juventud realizó. Más allá del texto y del intento de acercamiento a algo que estábamos por vivir lo importante es que muestra un camino distinto, una Iglesia distinta.
Muchas veces como Iglesia queremos acercarnos a los jóvenes desde propuestas tan lejanas a su realidad que muy pocos terminan interesándose en ellas. En este caso, desde que comenzamos a vivir las olimpíadas hace 6 años, la invitación era abajarse a la realidad de los chicos para ahí encontrar a Dios y no pretender que ellos “suban” para encontrarse con Él. Y el resultado de esta “kenosis” fue ver la alegría de chicos de tan diversas realidades (de edad y sociales) compartiendo y divirtiéndose de la mano de la Iglesia.
Frente a lo vivido, me pregunto de que sirven preparar sólo charlas, encuentros de formación (a los que en general asisten los más comprometidos), discutir por que no viene más gente, si como Iglesia no tomamos el primer gesto evangelizador de Cristo: "Abajarse". Abajarse a la vida de los jóvenes de hoy para que una vez que nos hayamos encarnado en su realidad podamos descubrir al Jesús que hoy nos quiere hablar desde ese lugar.
El camino de Jesús fue muy claro: ir al encuentro de las personas desde lo que la persona hoy vive. La transformación o conversión era posterior a ese encuentro. La gran pregunta entonces hoy para nosotros es cuál es la realidad a la que me tengo que acercar. De qué manera puedo y tengo que hacerlo.
La olimpiada es un intento que gracias a Dios año tras año sigue creciendo. Este texto es un intento de acercarle a los jóvenes un Jesús cercano.
Muchos otros intentos venimos realizando desde nuestra comunidad para que los más lejanos se sientan llamados y invitados a un encuentro con Jesús.
Los invitamos entonces, a que ustedes también se animen a descubrir y recorrer nuevos caminos.
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