sábado, 21 de agosto de 2010

Homilía: Que nuestra esperanza sea una tentación para los demás (Domingo XX del Tiempo Ordinario)

Este año se llevó al cine un libro, “The Road”/“La Carretera” (que salvo que les guste mucho el cine no se las recomiendo), en la que un padre junto a su hijo del cual nunca sabemos el nombre, después de un cataclismo donde muere la mayoría de la humanidad, tienen que empezar a bajar una carretera, ir hacia el sur por el frío ya que no van a seguir resistiendo tanto tiempo casi sin comida, pasando todas esas calamidades que hay. Es por eso que empiezan ese camino en busca de zonas más cálidas, más benignas, con todos los peligros que ese camino tiene. Y nos muestra como una pérdida de la confianza en este padre que, después de ver todo lo que ha visto, cómo la humanidad ha cambiado y todo lo que queda de ella, lo único que busca es poder llevar a su hijo a un lugar un poco más seguro y un poco mejor. El problema es que ya no confía en nadie y ya no espera absolutamente nada. Pero, a pesar de todo ese clima en el cual la película se va desarrollando, queda como un atisbo de esperanza en el hijo, en ese niño que muestra una calidez, una espontaneidad, una manera de vivir que intenta romper con ese circulo vicioso. Y mientras el padre, como nos pasa a notros a veces, siente que todo es pesimismo, muchas veces por el miedo o por inseguridad, ve en el hijo, aún asumiendo riesgos a alguien que quiere vivir algo distinto.

Muchas veces en la inocencia de los niños o en personas más grandes que a veces uno dice: “Que inocente, ¿cómo puede pensar esto? ¿Cómo le puede parecer esto?”, uno muchas veces ve algo distinto, o deslumbra algo distinto. A veces a nosotros los más grandes nos pasa que cuando muchas cosas no han sido como uno esperaba, uno va perdiendo la confianza, como hablábamos la semana pasada, pero la pérdida de la confianza nos lleva casi inexorablemente a la pérdida de la esperanza. ¿Qué es lo que voy a esperar si ya no confío? ¿De quién voy a esperar si yo no confío? Y es por eso que muchas veces nos vamos cerrando en un círculo más pesimista. A veces puede ser por una acumulación de cosas, a veces puede ser por un hecho puntual en nuestra vida, y no tiene que ser grande, ya que a veces algo escala tan hondo en lo profundo de nuestro corazón que nos cuesta confiar. Aún más de lo que nos cuesta confiar, nos cuesta esperar. Pareciera que nada puede ser distinto.

Casi como en la película pareciera haber sucedido un gran Apocalipsis, algo que ya nada va a cambiar. El problema es que el Apocalipsis, justamente este libro que nos narra la Primera Lectura, Juan nos dice que viene en medio de todo lo que pasa, en medio de las calamidades, en medio de las desgracias a traernos esperanza. Tenemos un problema, que es que nunca se nos ha explicado del todo bien este libro y por acumulación de datos de las sectas o los nuevos movimientos religiosos, vemos esto como casi una palabra mala o una desgracia. En realidad, Juan escribe para darle esperanza a la gente. El Apocalipsis es el gran libro de la esperanza de todo el nuevo testamento, donde en medio de las dificultades, donde la gente esta muriendo por ser cristiana, y Juan les dice: “Sigan esperando. La esperanza de ustedes no es vana. Sigan caminando. Jesús les trae algo distinto”. Y eso es lo que escuchamos en este texto, pero el problema es que son imágenes que muchas veces nos cuesta descubrir y profundizar, en el cual María da a luz a este niño. Y cuando parece que todo se va a acabar porque, como dice la imagen, “este gran dragón va a acabar con este niño”, el niño triunfa.

Y esa es la esperanza que Juan les trae. Cuando quisieron terminar con todo, él trajo algo nuevo. “Por eso esperen con la cabeza levantada”, pero no solamente les dice ‘una esperanza para el más allá’ (como diciendo que el día que se acabe todo y que lleguemos al cielo todo va a ser distinto, aunque esperamos que muchas cosas sean distintas allá en el cielo), sino que esa esperanza los tiene que traer a vivir a de una manera diferente aún hoy en medio de las dificultades. “Ustedes tienen que vivir algo distinto”.

Y por eso, al principio se pasa mucho tiempo escribiendo cartas a muchas comunidades, las cuales les pide que vuelvan a vivir con fuerza y esa esperanza que alguien les trajo, que es Jesús. Esa confianza que se había perdido, esa esperanza que el pueblo ya no tenía. Ese cambio se tiene que dar cuando uno descubre a Jesús en la vida, que se da de alguna manera en esta comunidad de Corinto, en la Segunda Lectura, cuando Pablo les anuncia algo distinto que es que Jesús dio la vida por ellos. Sin embargo, con el correr del tiempo, el pueblo va perdiendo esa fuerza, va perdiendo esas ganas, no entiende qué significa tanto esto de que Jesús haya dado la vida, casi como que se acostumbró, como muchas veces nos pasa a nosotros y todo nos cuesta un poco más. Entender a Jesús, seguirlo, rezar, muchas veces no sentimos que eso dé los frutos que uno espera. Y es ahí donde Pablo les recuerda: “Jesús dio la vida por ustedes y resucitó, y eso les trae algo distinto a ustedes hoy. No vuelvan a vivir como antes, si no que miren hacia delante de una manera distinta porque todo esta puesto bajo los pies de Jesús hoy”. Eso nos dice este himno. Eso es lo que nos dice Pablo a nosotros: “Jesús resucitó, y eso los invita a ustedes a esperar y a vivir de una manera diferente”.

Esto es lo que descubrió María. Tuvo una invitación, y como esperaba, le abrió el corazón a Jesús. Cuando hemos dejado de esperar las cosas nos pasan de largo, no nos damos cuenta porque no esperamos que algo pueda ser diferente. ¿Qué es lo que puede haber de diferente en esto? ¿Qué es lo que puede haber de diferente que merece que yo lo vuelva a intentar? ¿Qué es lo que puede pasar si yo vuelvo a confiar? Y preferimos quedarnos donde estamos… sin embargo para esperar, para poder tener esa gracia, uno tiene que animarse a optar, a elegir, y esto es lo que hizo María: “Feliz de ti por haber creído” le dice Isabel. María creyó y por eso esperó. Esperó con confianza esta promesa que Dios le había hecho, y durante 9 meses siguió caminando con confianza esperando algo distinto. ¡Y vaya que tuvo motivos seguramente María para abortar esa esperanza! Poría haber dicho que no entendía, que no comprendía, o pudo haber dicho “murió, se acabo todo”, pero siempre siguió esperando, siempre siguió confiando. Cuando los discípulos no entendían nada porque Jesús había muerto, María estaba con ellos, seguramente dándoles confianza, diciendo que esperen, creyendo. Cuando Jesús resucita sigue con ellos, cuando Jesús ascendió a los cielos siguió con ellos, siempre esperó. Aún en los momentos difíciles.

Y esa es la invitación que hoy nos hace a nosotros. Que creamos y por eso esperemos, y eso es lo que vive hoy María en esta fiesta que celebramos: la gloria de estar con Jesús. Pero ¿por qué? Porque en eso creyó. En el fondo podríamos decir que vive hoy en el cielo lo que vivió acá, creyó en Jesús, optó por Jesús, esperó en Jesús. Y ahora vive esa gloria y ese fruto de lo que le ha dado.

Eso es lo que se nos invita hoy a vivir a nosotros: creer en Jesús, optar en Él, esperar con Jesús, haciendo lo que hizo María: compartiéndolo. En un clima difícil, María fue a compartir con Isabel aquello que tenía, le llevó a Jesús. Muchas veces nos preguntamos qué le podemos llevar a los demás, o cómo podemos cambiar las cosas, o cuál es la mirada que debemos tener en un mundo tan difícil, tal vez lo central que hoy Jesús nos invita a transmitir es la esperanza.

Muchas veces tenemos la sensación de que lo que falta es mas fe. A mi no me parece, porque a lo largo de la historia la gente tuvo fe, el pueblo de Israel creyó en algo, y nuestros hermanos en la fe nos mostraron el camino; los paganos creían en algo, creían en los dioses. Aún hoy, el mundo oriental que no conoce a Jesús o que no cree en Él, cree y por eso sigue otra religión como el budismo, hinduismo. Cuando el cristianismo entró en crisis, la gente puso su confianza más en el hombre, creyó en el racionalismo, es decir, el hombre tiende a poner la fe. Pero tal vez algo distinto que les mostraron es que podían vivir y esperar de una manera diferente. Creo que los primeros cristianos transmitieron esa esperanza de una manera distinta. Y vivir y transmitir esa esperanza de una manera distinta, los hizo creer en algo distinto y los hizo invitar a seguir a Jesús.

Y esa es la invitación que nos hace hoy a nosotros. Casi podríamos decir que nuestra esperanza sea como una tentación para los demás, un impulso, que puedan ver algo diferente en nosotros, que esa fe nos lleve a esperar de una manera nueva.

Esto es lo que vivió María, esto es lo que le invitó Jesús, y esto es lo que nos invita hoy Jesús a nosotros, a que nos animemos a esperar en Él. Pidámosle entonces a María, aquella que creyó en Dios y esperó con un corazón abierto, que también nosotros a ejemplo de ella podamos poner nuestro corazón en Jesús, esperarlo y transmitirlo a los demás.

sábado, 14 de agosto de 2010

Homilía: "Cree y confía”, pero ¿en qué? “En qué no, en quién. En Mi”. (Domingo XIX del Tiempo Ordinario)

La comedia de suspenso“El caso Thomas Crown”, comienza cuando el actor Pierce Brosman (quien hace de Thomas Crown) se roba un cuadro de Monet del Museo Metropolitano, y a continuación una detective de seguros, la actriz Renee Russo, quien hace de Catherine Banning viene para intentar resolver quién es el que se lo robó y ayuda a la policía. La historia toma otros carriles, y en ese intentar descubrir quién es el que se lo robó (en este caso el mismo Thomas Crown, un multimillonario) empiezan ambos a enamorarse. Tienen una historia de idas y venidas de amor en ese camino, pero que nace polémicamente con muchos problemas, y es por eso que les cuesta entregarse, darse, y confiar en el otro. Hasta que llega un momento en la película en que ella ya entra en crisis en este camino, y le dice que no puede confiar en él. Entonces Thomas le dice: “Yo voy a confiar en vos. Mañana 3:30 de la tarde voy a ir al museo y voy a devolver el cuadro, lo voy a poner en el mismo lugar en el que estaba. Queda en tus manos entregarme o no”… Si la vieron, ya saben como sigue, y si no alquílenla.


Pensaba cómo muchas veces nos cuesta en la vida, mas allá de la película, ganarnos la confianza del otro. Aquello que sería lo más natural, que es la confianza que uno deposita en sus padres desde que es pequeño, es como que en la sociedad y el mundo en el que vivimos está en tela de juicio. Y creo que esta así porque está puesto en duda uno de los valores más importantes que como mundo/sociedad tenemos: el valor de la verdad. Animarse a ser veraz, porque desde la verdad es de donde surgen un montón de consecuencias: las palabras que uno da, la transparencia, el poder creer en el otro. Pero todo esto entra en tela de juicio cuando no terminamos de creer que el otro es veraz con nosotros, y cuando esto sucede, la confianza también tambalea.

Tal vez como un ejemplo de esto, lo mas natural seria preguntar “¿en quienes no confías?”, pero parece que hoy tendríamos que preguntar al revés “¿en quienes confías?”, porque sería mucho más fácil. Es mucho más simple decir “no confío en nadie”, que decir “en estos sí confío”, y no solamente los que están lejos, muchas veces nos pasa en los que están a nuestro lado. Es mucho más difícil crecer y madurar si no partimos de esa confianza, de esa fe básica del otro.


Tal vez otro claro ejemplo de la actualidad son las Instituciones que están en tela de juicio, por ejemplo, la política. Deberíamos poder creer en los proyectos y lo que los políticos dicen (no tengo nada en contra de la política) pero muchas veces nos cuesta. Casi no tenemos ganas de escuchar discursos, de leer, se hacen encuestas en la calle y la gente dice “¿qué se va a votar?”, ni siquiera eso saben. Y mucha veces me pasa que me dicen (sé que existen excepciones) que los jóvenes de hoy no están comprometidos con la política, y hay que empezar a decir que eso es una consecuencia de una causa que es ¿qué hemos hecho con esto? Y que uno dice: “yo no me quiero comprometer con algo que está viciado, que lo veo mal”. Es verdad que se podría mirar de otro lado y ver cómo transformalo, pero ese es el punto de partida: cómo podemos cambiar esto para que sea atrayente para todos, para que todos digamos que queremos luchar por esto y hacer algo diferente.


Pero no solo pasa en esa institución, pasa en muchas más, incluida nuestra Iglesia. Por no haber aprendido a ser veraces, hemos perdido esa confianza básica que uno tiene que tener. También nos pasa en el vínculo, en la relación con los demás. La confianza que muchas veces nos ayuda a construir caminos, que nos ayuda a crecer en el vinculo con los demás, en una amistad, en un noviazgo, en una pareja, en una relación padre-hijo, muchas veces entra en tela de juicio, y nos cuesta mucho confiar en el otro. Y por eso lo que buscamos es cómo lo podemos controlar, de qué manera: con un marido, con una mujer, con un novio/a: “a dónde vas, cuándo, cómo, dónde salís”. Y no siempre es por un tema de seguridad, si no que, muchas veces, es porque nos cuesta ir largando las riendas y confiar en el otro. Obviamente que esto siempre tiene un doble juego, y la confianza uno la tiene que aprender a cuidar, y no ganársela. La confianza tendría que ser algo de lo que partimos en un vínculo, y en todo caso podemos perderla y tener que aprender a recobrarla, pero no decir: “yo me tengo que ganar algo”, porque es ahí donde hemos cambiado los caminos, y hemos dado vuelta aquello que tendría que ser el punto de partida de un vínculo y una relación. Porque la confianza es lo que nos ayuda a creer en el otro, y también en los demás. Y tal vez porque nos cuesta creer en los demás, como sociedad y también como Iglesia. Antes, creer “era básico”, nosotros creíamos en lo que nos decían, creíamos en Dios, creíamos en Jesús. Sin embargo, hoy eso está en tela de juicio, y la fe, “el creer en Dios, es una gran pregunta: “por qué creo, en qué creo, de qué manera creo”. A veces pareciera que hay que dar razones para creer. Lo que pasa es que es muy difícil si uno tiene que tomar eso como punto de partida, pero es lógico en un camino. En un camino donde frente a vaivenes que tiene la vida, frente a cosas que nos pasan, frente a preguntas que nacen en nuestro corazón, empezamos a cuestionarnos si esto es lo que queremos en un vínculo y en nuestro vínculo con Jesús. Como muchas veces les digo a los jóvenes: la duda es parte del camino de la fe, pero parte de un camino para poder crecer.


Y por eso siempre se nos invita a animarnos a confiar. Esta invitación se le hace a Abraham. Él, nuestro padre en la fe, es al que se le dice primero de una manera especial “Cree y confía”, pero ¿en qué? “En qué no, en quién. En Mi”. Y uno podría haber hecho un montón de preguntas: cómo se cuándo, de qué manera va a pasar esto que me dijiste, que deje todo que vaya a otra tierra, que me vas a dar una familia que ya no esperaba. Y Dios le dice: “Tenés que creer en esta promesa, tenés que creer en mí“. Y Abraham vio cumplido su deseo porque creyó, porque se animó a caminar detrás de ese deseo, ¡y miren que tardó! Tuvo que caminar, tuvo que dar vueltas, pero se animó a continuar ese camino a pesar de que a veces no entendía ni comprendía. Aprendió a esperar lo que no ve, lo que todavía no llegó, porque cuando lo tenemos no tenemos que esperar nada más porque ya llegó. Justamente la esperanza es creer en algo que en el futuro se me promete, creer que eso va a suceder, y que por eso lo espero con esa esperanza que Dios me regala, que Dios me trae.


Lo mismo hicieron los discípulos, se los invitó a seguir a Jesús, y ellos creyeron en Él. Sin embargo esa fe entró en duda muchas veces. Llegó un momento en el que no entendían a Jesús, donde no veían, no comprendían, y Jesús en ese momento los invitó a dar un salto. Hay momentos en la vida en todos lo vínculos (incluido el de Jesús) en el que tenemos que dar saltos, y en ese momento, en esos cruces de caminos, en esas encrucijadas, es donde se va jugar nuestra fe, si creemos o si confiamos, si nos animamos a dar el salto, si nos animamos a cruzar ese camino, a elegir qué es lo que yo quiero.


Esa es la fe que nos invita a tener Jesús. Animarnos a decir: “Hoy no veo claro, pero camino por acá, detrás de esto que se nos prometió, detrás de esta esperanza, detrás de este regalo que Dios nos trae.” Ese es el regalo que Dios nos hace y que nos invita a cuidar: “No temas pequeño rebaño” les dice Jesús, “¿por qué? porque se les ha dado algo grande, un Reino”. Ese es el regalo, ese es el tesoro, eso es lo que día a día se nos va dando, eso es lo que día a día tenemos que aprender a descubrir. Una de las cosas que les costó al principio a los discípulos fue descubrir que Jesús no lo invitaba solamente a algo futuro, sino a algo que en ese momento se iba a hacer presente. Y también nosotros tenemos que aprender a descubrir la manera en la que Dios se nos hace presente en cada momento, pero no basta solamente con eso, sino con poner la mirada en el futuro y caminar, aún sin entender, sin comprender, pero detrás de una promesa, sabiendo que hay alguien que la cumplió y que nos invita a creer que la volverá a cumplir. Por eso nos invita a estar vigilantes, a caminar con esperanza, a ir preparando en esta vida nuestro corazón y ponerlo al servicio del Reino.


Y es ahí donde pone esta Parábola. Dice que un amo, había ido a un casamiento, a una fiesta. Sus esclavos (sus siervos) estaban esperando en la casa. ¿Y qué es lo que tienen que hacer como buenos esclavos? Esperar. Porque no saben en qué momento de la fiesta el amo va a volver. Y esperaban con las túnicas ceñidas, con las lámparas encendidas hasta que el amo llegara para abrirle la puerta y para volverle a preguntarle: “¿Qué es lo que quiere que haga por ti?”. Los esclavos ya no elijen, tienen que cumplir. Ya no esperan nada, tienen que hacer lo que se les dice. Y Jesús nos dice a nosotros en esta parábola, que tambien nosotros tenemos que esperar y prepararnos. Pero la cambia, porque al final dice que cuando llegue el amo, se va a poner a servirnos a nosotros. Él es el que va a tender la mesa, Él es el que los va a atender a ustedes y se va a poner al servicio.

Jesús siempre es el que se pone como servidor de todos. Lo hizo en su vida, y lo va a volver a hacer, pero nos invita a nosotros, mientras tanto, en el camino a ponernos al servicio de los demás, porque ahí está el tesoro, el descubrir de qué manera yo puedo servir al otro, de qué manera yo encuentro en la vida de los otros un tesoro para mí, de qué manera yo puedo con ese tesoro irme enriqueciendo día a día. Y donde esté ese tesoro es donde yo voy a ir poniendo mi corazón. Por eso Jesús puso el corazón en las personas, porque ahí estaba el tesoro. A nosotros pareciera que a veces se nos desvía, pero tenemos que aprender a mirar como Jesús, que nuestro verdadero tesoro está en los demás, y descubrir de qué manera podemos aprender a servirlos, de qué manera podemos crecer en la confianza en ellos, de qué manera podemos creer en ellos.


Hoy Jesús, como Abraham, nos invita a tener fe, a creer en lo que Dios nos promete. Creer en eso significa ponernos en camino, ir detrás de eso sabiendo que tenemos un inmenso tesoro en quien buscar que es Jesús, un inmenso tesoro en quién bucear, que es Él, poniendo la esperanza en que tiene un regalo mucho más grande para nosotros.


Pidámosle en este día que poniendo nuestra fe en Él, nos animemos a creer justamente en lo que Él nos regala. A poner la esperanza en Él y en los demás, y a que creciendo en esa confianza los unos con los otros como comunidad, podamos caminar detrás de aquel tesoro que Él nos regala.

lunes, 2 de agosto de 2010

Homilía: "Lo que a mi se me dio, ténganlo, es de ustedes" (Domingo XVIII del Tiempo Ordinario)

En la película “Corazón Valiente” (que supongo que la mayoría vio), después de que William Wallace con su ejército vence al ejército del Norte y toman York, vuelven a Escocia y se reúnen con los nobles. En esa reunión lo nombran a él “caballero”. En cuanto terminan de nombrarlo y festejan la victoria, aparece uno de los nobles que le dice: “William, tú eres un clan que siempre fue apoyado por esa casa, esa nobleza, entonces te decimos que nos apoyes a nosotros como legítimos herederos al reino.” A partir de ahí empiezan a pelearse entre todos, algunos recriminaban a otros por no haber ido a pelear, y ahí es cuando Wallace se enoja, da media vuelta y se va. Cuando se está yendo, los demás frenan porque se dan cuenta de que se iba y le preguntan por qué lo hace. “Porque ustedes no entienden. En vez de unirse, de luchar por algo juntos, de tener un mismo ideal y un objetivo, siempre se están peleando por migajas, por cosas pequeñas, descuidando cosas mucho más importantes. Ustedes sigan peleándose por eso, que nosotros vamos a ir por cosas más importantes”. Wallace se va de ahí, y también sale Robert Bruce (uno de los nobles más importantes), y le dice: “Vos tenés que entender que estos nobles tienen mucho para perder, tienen muchas cosas”. William Wallace le contesta: “Y el campesino, el obrero, cualquiera que vaya a pelear, ¿acaso no tiene nada para perder? Hay cosas mucho más importantes que esos bienes que ellos creen que tienen para sí, y no para dar y compartir con lo demás”. La conversación sigue, y Wallace lo invita Robert Bruce para que se anime a unir a todos los nobles.


Pensaba, entonces, cómo la tirantez de este dialogo, entre uno que invita al otro a que lo que tiene sea para todos, y otro que dice que los nobles tienen muchas cosas y se arriesgan mucho si van a la guerra, es una tensión que tenemos nosotros en el corazón, no solamente con las cosas, si no también con las actitudes y los deseos. ¿Cuantas veces tenemos deseos de entregarnos, de darnos? Decimos: “Yo quisiera hacer esto. Quiero vivir esto de una manera diferente”, y al poco tiempo, descubrimos que nos cuesta, que en vez de abrirnos nos cerramos; que en vez de darnos a los otros, nos mantenemos egoístas; que en vez de entregarnos, nos aferramos a las cosas; que en vez de tener un corazón mas generoso, tenemos un corazón egoísta que no se anima a entregarse. Vivimos siempre en esa tensión, entre los deseos de un corazón que pueda entregarse más y vivir más plenamente, una realidad de un corazón que pueda llegar a vivir de esa manera. Continuamente estamos en este camino y en esta lucha. Y creo que una cosa central para intentar vivir esto, es justamente, pensar de qué manera yo me aferro a las cosas, a lo que tengo, tanto bienes materiales como mis dones, o los dones que tienen las personas cercanas a mí. Porque muchas veces, yo miro todo lo que tengo como si fuera solamente mío, y cuando yo miro algo de esa manera, me lo termino creyendo, y no quiero que los otros, de ninguna manera, la compartan, la tengan, la vean (casi como en la película “El señor de los Anillos”, la actitud del personaje de Smigol para con el anillo. “Mi tesoro, mi tesoro”, repite y no deja que nadie lo pueda ver, ni siquiera compartir, es sólo para él).

Y es por eso que se nos invita cada vez a descubrir, a alegrarnos por lo que se nos da, pero también a entrar en esa dinámica de aprender a compartir y dar todo aquello que, como don, Dios nos ha regalado. Porque sino, nos puede suceder como en el Evangelio que acabamos de escuchar, donde creemos que todo es nuestro. Comienza con un pedido bastante simple que le hacen a Jesús: “Dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”, algo que podría ocurrir hoy en día (y que a veces ocurre). Jesús, que podría responderle de muchas maneras, le dice: “¿Quién me constituyó juez y árbitro de esto?”. Y creo que esto es lo primero central e importante: no siempre Dios o Jesús se meten en todo lo que hacemos y en todas las decisiones que tenemos que tomar. Diferente es que nos da criterios para tomar esas decisiones, que nos da valores. No nos dice: “Tenés que hacer esto porque…”, Jesús nos dice: “Esto es algo que ustedes tienen que resolver. No soy yo en esto, el juez o el árbitro”. Pero sin embargo, advierte el peligro de las riquezas o el peligro de la abundancia. ¡Ojo! Evangelio no está en contra de estas cosas. Las riquezas son un gran don, y al mismo tiempo un gran desafío. Podemos encontrar otro texto donde también, como acá, los hombres quieren que “se acumule” o “se hagan graneros”; como en el Antiguo Testamento, José (hijo de Jacob) está haciendo graneros, pero no para él, sino para el pueblo. Venían tiempos de hambre y pensó en cómo podía hacer para que todos vivan mejor. Entonces la riqueza siempre es un don, un regalo que Dios nos ha dado, pero también es una oportunidad para descubrir algo que se me dio. Porque también existe la tentación, como en el caso de este hombre, “tuve tanto que, ¿qué hago con esto?”, y en vez de descubrir que puedo tener un corazón mas generoso, construyo mas para mí, para mis bienes, mis graneros, mi vida. Todo es mío, y cuando yo veo que todo es mío, pierdo la alteridad, el descubrir que lo que Dios me ha dado es una oportunidad para que yo lo disfrute junto con los demás. Sino, es como que cada día, me voy aislando más del otro, y voy perdiendo el verdadero valor de las cosas; porque las cosas ( y todos tenemos experiencia) nunca terminan de llenarnos el corazón.

Esto es lo que dice Coelet en la Primera Lectura: “Vanidad, todo es vanidad”. Coelet no tiene problema: tiene una buena vida, tiene cosas, pero descubre que eso no le sirve de nada. ¿Por qué? En la época en que se escribe esa lectura, no había una visión del mas allá, ni una vida después de la muerte. “¿Para qué quiero esto, si un día se va acabar, si un día se va a terminar? ¿Qué sentido tienen mis luchas y mis penas?” Bueno, nosotros creemos que hay un mas allá, y que hay un Dios que nos invita a ir día a día creciendo en riqueza para eso. Pero tenemos que aprender a descubrir qué es ser rico a los ojos de Dios. Es una gran tentación en el día de hoy poseer las cosas, apropiarnos de ellas y perder esta dinámica a la que nos invita Jesús, la dinámica del día a día: “Yo recibo también para dar”. Creo que todos tenemos experiencia de haber recibido en la vida, de haber recibido de Jesús, de nuestras familias y de los demás, y está en nosotros si continuamos con este camino, con esta dinámica. Y eso es porque Jesús nos va mostrando el camino. Cuando a Jesús se le pregunta si es juez o árbitro, Él dice: “No, yo vengo a mostrarles qué es lo que tienen que hacer, y cómo tienen que vivir, para que ustedes también den testimonio de eso”. La vida de Jesús fue una vida que se dio continuamente, y por eso nos invita a nosotros, de alguna manera, a entrar en esa dinámica, porque sino el camino no termina nunca.

Vayamos a los bienes, no más, algo más simple. Creo que este evangelio es uno de los más actuales, porque el mundo de hoy cada vez nos invita a tener, tener, tener y tener más, ¿y dónde termina? ¿Dónde termino ese camino? ¿Qué es lo que yo tengo que asegurar? Porque si miramos al mundo de hoy, agarramos la revista Forbes y vemos que Tiger Woods gana 90 millones al año y no se cuanto más, surge la pregunta: ¿dónde está el límite? ¿A quién le tengo que asegurar el futuro? Porque acá es: “aseguro mi vida”, pero parece que hoy decidimos asegurar nuestra vida, la de nuestros hijos, la de nuestros nietos, nuestros bisnietos… parecería que tengo que asegurar a toda la generación. Pero después termina siendo como lo que vemos hoy, es injusto como las cosas se reparten. Pero parte de que yo creo que “todo lo mío es mío, porque yo me lo gané”. El gran cuestionamiento de Jesús es ese: ¿yo me lo gane o alguien me lo dio? ¿Por qué yo nací acá? ¿Por qué yo tuve el don, el regalo de nacer en una familia que estaba bien, que me dio una vocación? ¿Por qué? ¿Por qué no nací en el medio de África, en el medio de Asia? ¿Por qué tuve un montón de posibilidades? ¿No será que con eso Jesús me quiso decir algo? ¿No será que es para que yo aprenda que puedo vivir y ayudar a que los demás vivan de una manera diferente? Pero para eso tengo que salir de esa dinámica de “el poseer”, de pensar que “esto es mío. Mi plata, mis cosas, mis dones”, y pueda poner eso en la dinámica del Reino: lo que a mi se me dio, es para los demás.

El más rico hizo eso, Jesús: “Lo que a mí se me dio, ténganlo, es de ustedes. Hasta la última gota.” Ahora nos invita a nosotros, a que descubramos qué es lo que debemos hacer con todas las riquezas que Dios nos dio, con todos los dones, con todos los talentos.

Pidámosle a Jesús, aquel que vino para mostrarnos lo que significaba darse, lo que significaba entregarse, lo que significaba compartir la vida con los demás, que nosotros, viendo su ejemplo, viendo todo lo que Él y otros nos han dado a lo largo de la vida, podamos hacer lo mismo.



viernes, 30 de julio de 2010

Por el camino de la reconciliación


“Camino”, es una palabra familiar que utilizamos de muchas maneras, pero que siempre indica un origen y un destino. Entre ambos extremos un sendero que debemos recorrer. Podríamos decir que toda nuestra vida es un continuo caminar, pero al mismo tiempo vamos recorriendo pequeños caminos en ella. Ahora en todo camino descubrimos partes más fáciles de recorrer y otras más complicadas y difíciles.

Así, en el “caminar” de nuestra vida Jesús nos invita como cristianos a crecer continuamente en el amor y en los valores del evangelio. Sin embargo descubrimos nuestra dificultad para vivir esto. Todos queremos y necesitamos amar de verdad pero muchas veces nos cuesta, no sabemos o no lo hacemos. Algunas veces con nuestras palabras, gestos, y actitudes generamos peleas, divisiones, lastimamos al otro, quedando nuestro corazón lleno de tristeza y amargura. Otras veces nos sentimos lastimados, heridos, olvidados o dejados de lado, lo que también afecta nuestro corazón dejándonos sentimientos de bronca y amargura.

En todo camino, los vínculos se ven muchas veces afectados, no siempre amamos o somos amados como debiéramos. ¿Quién no se encontró alguna vez necesitado de perdón? ¿A quién no le ha costado alguna vez perdonar? Sin embargo, hay veces que luchamos toda la vida contra algún conflicto respecto del perdón o llevamos con nosotros mismos la carga más pesada que impide perdonar: el rencor, la venganza, el odio.

Es por eso que uno de los temas centrales en el mensaje evangélico es la reconciliación. Continuamente habla Jesús de la misericordia del Padre y nos llama a imitarla. Es, además, una de las cuestiones centrales en la vida de una persona, ya que todos estamos necesitados de ser perdonados y perdonar y mientras no lo hacemos caminamos por nuestra vida con una mochila.
Es por eso, que la reconciliación siempre tiende a curar heridas causadas en nuestra historia personal o comunitaria. Las heridas pueden ser de muchos tipos:

• Si se trata de nuestra relación con Dios, hablamos de reconciliarnos con Dios.
• Si se trata de nuestra identidad e historia personal, necesitamos reconciliarnos con nosotros mismos
• Si está en juego nuestra relación con el prójimo, tanto se trate de personas individuales como de grupos (familia, comunidad, sociedad), hablamos de reconciliación con los demás.

Ahora, para que este proceso de la reconciliación se pueda llevar adelante necesitamos reconocer nuestro error, o nuestro pecado, arrepentirnos de nuestro accionar, y querer cambiar nuestra forma de actuar. Y esto también implica todo un camino:

En primer lugar descubrir que hemos obrado mal, y que ese obrar causo una herida en alguien (en los demás, en Dios o en mí mismo).

Segundo estar dispuestos a pedir perdón arrepintiéndonos de lo que hicimos y queriendo cambiar de actitud.

En tercer lugar que quién fue lastimado acepte ese perdón, y desee continuar caminando con nosotros.

Como vemos es todo un proceso que se debe dar para que nos podamos reconciliar y caminar con el corazón renovado. Un proceso que todos en la vida necesitamos hacer. Saber que podemos equivocarnos y que el otro/a también se va a equivocar y que por eso tenemos que ayudarnos a pedir perdón y perdonarnos.

Ahora, como nos dice San Pablo, con Dios tenemos una ventaja: “Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios”. (2Cor 5, 20). Dios siempre quiere reconciliarnos, siempre está dispuesto a hacer este proceso.

Abramos entonces nuestro corazón a Dios y a nuestros hermanos y animémonos siempre a recorrer el camino de la reconciliación.

Para los que quieran les dejo dos textos para profundizar en este camino: Lc 15; Jn 8.

martes, 27 de julio de 2010

Homilía: "Enséñanos a rezar" (Domingo XVII del Tiempo Ordinario)

En el 2004, ganó el Oscar a la mejor película, la película de Clint Eastwood, “Million Dollar Baby”. Una película muy buena, bastante dura, en la que Clint Eastwood, quien también actúa además de dirigir, hace de Frankie, un encargado de un gimnasio que entrena boxeadores. Él está entrenando a Willy, que está haciendo una muy buena carrera y está cerca de pelear por el título mundial. En ese momento, aparece en el gimnasio Maggie (Hillary Swank, ganó el Oscar también por esa actuación), una camarera que tenía 30 años, que le pide que le enseñe a boxear porque quiere ser boxeadora. Frankie, una persona osca, dura, que entrenaba boxeadores, le dice que no. A partir de ese momento Maggie empieza a aparecer todos los días, pidiéndole que la deje boxear, y él sigue diciéndole que no. Hasta que en un momento Dupris, que era uno de sus ayudantes, la deja entrenar en el gimnasio donde él estaba. Frankie se entera de esto y se enoja un poco con su amigo. Dupris intercede y le pide que la entrene a lo que Frankie sigue diciendo no, y se justifica diciendo que es grande, que aparte es mujer, y que no piensa traer mujeres para que boxeen. La cosa sigue avanzando hasta que de pronto Willy (que era entrenado por Frankie), 2 peleas antes de ir por el título mundial, lo deja y se va con otro entrenador. Y ahí, él recapacita un poquito frente a esta insistencia de Maggie, y finalmente decide entrenarla pero hasta la primera pelea, y luego le buscará otro entrenador. Durante la primera pelea, mientras Maggie boxea, él se da cuenta que de hay algo raro: su entrenador había arreglado para que la otra le gane. Ahí se enoja, echa a ese entrenador, y se ponen a entrenarla a Maggie para que gane esa pelea. De a poquito, frente a esa insistencia de ella, él decide acompañarla. Después le dice que sólo lo hará por un tiempo, y así va creciendo esta relación y este vínculo entre ellos dos. Vínculo que creció gracias al deseo que Maggie tenía. Pero no sólo fue el deseo, sino que luchó incansablemente para conseguir eso que buscaba en el corazón y deseaba.

Nosotros también hacemos cosas como estas cuando tenemos muchas ganas de algo, sea o no importante, incansablemente luchamos hacia eso. Los más chicos son especialistas, que a veces taladran a los grandes y uno dice: “Bueno, ya está”, no tiene más ganas de seguir luchado por eso. Los jóvenes también, no veo a ningún joven que cuando quiere ir a bailar y le dicen que no, diga “si, papá o mamá, te entiendo, tenés razón. Está todo bien, hoy no me toca”. Lo más común es empezar a insistir, a buscar la manera, “es la mejor fiesta del año, no puedo no ir” y todas esas cosas que dicen ustedes, ¡porque yo ya las pasé! Así podríamos buscar distintos ejemplos, frente a diferentes cosas en las que incansablemente pedimos algo. Ahora, la primera pregunta que podríamos hacernos es: ¿cuán central es esto que perseverantemente pedimos hoy? ¿Por qué peleamos mucho por esto? ¿Qué es esencial hoy? ¿Es central esto por lo que lucho en mi vida, esto por lo que me peleo a veces con amigos, familia, novio/a, u otras personas? ¿Es algo que realmente deseo, o es secundario? Porque justamente, por lo que uno tiene que luchar incansablemente es por aquello que uno descubre que es lo que realmente quiere, y por eso va a pelear hasta que eso, de alguna manera, se pueda dar. En este caso, lo que hacía Maggie, siguiendo aquel deseo que tenía de ser boxeadora. Lo mismo pasa con nosotros. La idea es que corramos por aquellos deseos profundos, y no que los dejemos a la primera de cambio, cuando nos frustramos, cuando fracasamos, sino que nos animemos a levantarnos y a seguir caminando detrás de ellos. Ir incansablemente, insistentemente detrás de esto que queremos.

Esto es lo que hace Abraham. Se pone delante de Dios en la Primera Lectura, y quiere interceder en Sodoma, y entonces empieza a hablarle a Dios: “¿Cómo vas a destruir esto?”. Sodoma y Gomorra, eran unas de las peores ciudades, y él quiere interceder: “ya hay 50, 45, 40”, uno no sabe dónde va a terminar la oración, pero se quedan 10. Él insistió en aquello que quería, en aquello que deseaba. Lamentablemente, para Abraham no va a ver ni 10 justos en esa ciudad, pero lo central es que él pidió con insistencia aquello que él quería, buscando que esa ciudad no sea destruida.

Jesús, en el Evangelio, nos pone como ejemplo otra persona que es insistente, pero que tiene algo que pasa casi desapercibido. Es este hombre que va a medianoche a pedirle algo a un amigo. Y la medianoche de ese momento no es la de hoy en que los chicos se juntan a veces para empezar a salir, sino que era el momento en donde todos ya estaban durmiendo. Sin embargo, ésta persona le dio un lugar, lo recibió, él se lo da por supuesto. Podríamos pensar nosotros qué haríamos si estamos durmiendo y nos cae un amigo así. No sólo lo recibió en su casa, si no que al no tener nada, se preocupó por él. No le dijo: “es tarde, ándate a dormir. Mañana vemos”, sino que fue hasta lo de otro amigo para poder recibirlo bien y hacerle un lugar. ¿Fue un poco incómodo? Seguro que fue incomodo. Levantarse a la noche, cambiar sus planes, ir a lo de su amigo o vecino que no lo atiende, golpearle la puerta ocho veces para que le de los tres panes, pero lo hizo. ¿Por qué lo hizo? Porque lo quería, porque lo deseaba, y por eso buscó aquello que descubría en el corazón, que era ser hospitalario con el otro.

Y esto es lo que, de a poquito, Jesús nos va pidiendo a nosotros, que aprendamos a descubrir cuáles son las verdaderas cosas que nos ayudan a crecer, y por las que tenemos que insistir. En este caso, escuchamos hoy que los discípulos le preguntan por la oración: “¿Cómo podemos crecer en la oración? Enséñanos a rezar”, le dicen a Jesús. Esta pregunta que podríamos hacer tan nuestra hoy. Muchas veces no encontramos cómo rezar o cómo relacionarnos con Dios. Y también lo primero central en esto es que los discípulos encontraron en Jesús una persona de oración. El Evangelio continuamente dice: “Jesús se retiró a orar”, “Jesús pasó toda la noche en oración”. También encontramos algunas oraciones que sabemos que Jesús hizo, por ejemplo en Getsemaní nos dice que Jesús ora al Padre, nos dice lo que Jesús dice rezando al Padre; en la Cruz, cuando Jesús está por morir, tenemos las frases que Él dice, ante ese momento tan crucial en la vida. Esto seguramente fue un ejemplo para ellos, y por eso le piden: “Enséñanos a rezar”. Algo que hace varios años atrás, casi se dio por supuesto en la época de la cristiandad, la gente sabía rezar: “si querés rezar, tenés que hacer esto, esto y esto”, y la gente lo hacía. Sin embargo, hoy encontramos que esto entró en crisis. ¿Cuántas veces nos encontramos con que no sabemos rezar, que la oración es un misterio para nosotros? Y esto que podría parecer malo, en primer lugar es bueno, ¿por qué? Porque no se puede esquematizar una relación, un vínculo. Para nosotros es más fácil, nos da una seguridad: “esto es así, se reza y se hace así”. Para los chicos es más fácil: “rezo a la noche, rezo el Ángel de la Guarda, el Padrenuestro, el Avemaría”, pero luego descubrimos que eso está en crisis en nosotros. ¿Por qué? Porque tenemos que profundizar, no nos alcanza con esa manera, como no nos alcanza hablar cuando éramos chicos. Si yo sigo manteniendo el mismo vínculo con mi padre que con un amigo que tenía cuando tenía 8 años, mi papá va a estar conmigo porque es mi papá, pero en lo demás no… es decir, tenés que crecer, tenés que madurar.

Lo mismo pasa en nuestra relación con Jesús. Si es un vínculo, tenemos que alimentarlo, y tenemos que hacerlo crecer. Y que la oración entre en signo de pregunta es parte de ese camino, es parte de descubrir que es algo que yo tengo que alimentar, y que es algo en lo que yo tengo que insistir, no hay una forma, no hay una manera. Sí, nos pueden mostrar los caminos, pero tenemos que aprender a descubrir que hay un lugar en el que tenemos que aprender a encontrarnos con Jesús. Lo difícil de esto es que el lugar del encuentro con Jesús en la oración, es en el corazón, y muchas veces nos cuesta poner el corazón en Dios. Hemos aprendido durante tanto tiempo, que la oración casi pasaba sólo por la cabeza, y era algo mental: “repito esto, hago esto, digo tal cosa”, y hoy, que tenemos ese deseo tan profundo de encontrarnos corazón a corazón con el otro, en este caso con Jesús, muchas veces no le encontramos la vuelta. Y casi como que queremos despertarnos y decir: “yo quiero encontrarme con Jesús”, pero nos cuesta.

El camino es el que nos dice Jesús: insistir, animarnos a ponernos en oración. Muchas veces nos preguntamos ¿cómo puedo aprender a rezar? Rezando, no hay muchas vueltas. Tomarse un momento, el que sea y como sea, para encontrarme con Jesús, para aprender a dialogar con Él, para aprender a encontrarlo en mi corazón, para dejar que mi corazón se despierte. Tal vez el problema en ese encuentro con Dios es que durante mucho tiempo nuestro corazón estuvo dormido, iba casi con piloto automático, y tenemos que aprender a encontrarnos en el corazón con él. Aprender a descubrir cuánto lo queremos, cuánto lo amamos, cuánto queremos compartir la vida, y abrirle el corazón.

Ese es el camino: bucear en lo profundo de nuestras vidas. Cada uno encontrará la forma, la manera, compartiremos experiencias. A los jóvenes les gustará rezar de una manera, a los más grandes de otra, a algunos les gustará hacer adoración, a algunos rezar el rosario, otros abrir el corazón, cantarle solo o con otros, o hacer un desierto. Lo central es que nos encontremos con Él, con aquel que justamente, nos da Vida. Y en esta insistencia lo importante es que confiemos en Él.

Y eso es lo segundo que nos dice: “Pidan y se les dará, busquen y encontraran, llamen y se les abrirá”. Confiar. Y a veces cuando no vemos, o no encontramos lo que buscamos, se trata de volver a confiar y decir: “yo confío en este Dios. En aquel que me dio la vida, en aquel que encontré a lo largo de mi vida, y en aquel con el que quiero ir profundizando día a día”.

Esta es la experiencia que podemos compartir, que tenemos un Dios que nos busca y nos invita a buscarlo. Abrámosle, entonces hoy nosotros el corazón a Jesús como sus discípulos, digámosle que no sabemos, que necesitamos que nos enseñe a rezar, que nos enseñe a orar, que nos muestre los caminos para encontrarnos con Él. Para que así, buscándolo, por medio del corazón descubramos toda la vida que Jesús tiene para darnos.

Homilía: "El lugar de ella es aquí" (Domingo XVI del Tiempo Ordinario)

Hace 2 años ganó el Oscar a la mejor película extranjera, la película japonesa “Departures” (como toda película japonesa es un poco lenta), en la que Daigo Kobayashi (o algo así) que trabaja en una orquesta en Tokio, de pronto pierde su trabajo, por lo que se vuelve a su pueblo natal junto con su mujer. Aparece, entonces, una escena en la que tiene que empezar todo de nuevo, en la que él está en el auto en pleno invierno, nevando. Está con su nuevo jefe, y piensa unas frases sueltas que dicen más o menos así: “Los inviernos no se sentían tanto cuando yo era niño. Hace 2 meses que he vuelto de Tokio a Yamagata y he llevado siempre una vida mediocre”. En ese detenerse y mirar un poco hacia atrás y lo que él está viviendo, se siente como desilusionado, siente que su vida no es lo que él piensa ni lo que él quiere. Es por eso que ahora, en este nuevo lugar, va a tener que aprender a descubrir cuál es el sentido profundo de su vida. En este trabajo, con este hombre que le va a dar nuevas enseñanzas, va a poder descubrir si él se puede abrir a algo nuevo, distinto de lo que él esperaba para su vida (ya no como concertista, pero sí pudiendo bucear de a poquito en lo profundo de sus deseos y de su corazón).

Nosotros también hacemos esto a lo largo de nuestras vidas cuando nos animamos, o estamos forzados por distintas situaciones, a
mirar un poquito qué es lo que estamos haciendo, descubrir si estamos contentos con aquello que vivimos, si es lo que buscamos, lo que deseamos, y pensar cómo podemos ir reencausando nuestra vida. Pero para eso tenemos que aprender a escucharnos, aprender a escuchar qué es lo que nuestro corazón o nuestra propia vida nos pide y nos dice. Aprender a escuchar a los demás, qué es también lo que tiene para aportarme y decirme. Para poder, a partir, de ahí ir haciendo las opciones que yo quiero para mi vida, las opciones más vitales, aquello que me va a definir.

Para eso tengo que tener siempre esa actitud de escucha que descubrimos hoy en el Evangelio con María. Con esta María, que como sabemos era hermana de Lázaro y de Marta, que se sienta a los pies de Jesús para escucharlo. Y acá aparece la primera novedad, algo nuevo en la vida de María y de todas las mujeres en el camino de la fe. Lo más llamativo de este Evangelio es que una mujer se ponga, justamente, a escuchar a Jesús. Se acuerdan que hace poco hablábamos sobre los maestros de esa época que enseñaban a pocos discípulos, y que una cosa llamativa de Jesús como maestro es que elige 12 apóstoles, pero que no sólo enseña a esos 12, sino que enseña a mucha gente, y eso ya es novedoso. En general, como el saber implicaba toda la vida, se lo reservaba para unos pocos. Pero acá, Jesús, o María depende de donde lo miremos, da un paso más, que es enseñarle a aquellos que no tenían acceso en esa época a los maestros, o que vivían la religión de otra manera. Ustedes saben, en la época de Jesús, las mujeres podían vivir su fe parcialmente, no estaban incorporadas plenamente. Esto se veía en el templo, si miramos un templo de época judío tenía varias divisiones, a la primera parte sólo entraban los extranjeros, a la segunda parte sólo podían entrar las mujeres, y la tercera parte era exclusiva para los hombres. Es decir, había una parte en donde ellas ya no podían participar. Además de eso, no podían tener maestros, no podían profundizar en la fe. Es por eso que este gesto en María es llamativo.
Ella se anima a sentarse a los pies de Jesús, y es desde ahí que viene esta recriminación de Marta. Nosotros muchas veces, tendemos a contraponer en este Evangelio que acá esta la acción y la contemplación: Marta está actuando, y María contemplando sentada a los pies de Jesús. Jesús dice: “Primero hay que contemplar”. En realidad lo que está diciendo Jesús es que el lugar, en este caso, de la mujer es otro: está trayendo algo nuevo. Parafraseando podríamos decir que Marta está diciendo: “decile a María que vaya a su lugar (a la cocina dirían los hombres hoy), que me ayude a preparar todo”, y Jesús le dice: “El lugar de ella es aquí”. Eso es totalmente novedoso. Jesús empieza a integrar a todos, en este caso a todas, en una manera de vivir la fe totalmente nueva, casi escandalosa por la época en que se vive. Le están enseñando a Marta, que en ese momento su lugar es otro, que aprenda a descubrir en Jesús un nuevo sitio para todos.

Tal vez, para descubrir que no hay una contraposición entre la a
cción y contemplación podríamos mirar los últimos dos Evangelios casi como un díptico. El domingo pasado veíamos el Evangelio del Buen Samaritano, donde Jesús ponía como ejemplo a alguien que entraba en acción, que ayudaba, y después decía: “Obra tú de la misma manera”. Hoy pone como ejemplo a alguien que se sienta como discípula a escucharlo, y le dice a Marta: “Tú también has lo mismo”. Ambas son necesarias en el camino de la fe, pero siempre parte de un “ser discípulo” o “ser discípula”. Nos invita a descubrir que tenemos que escuchar a Dios, que tenemos que aprender a profundizar en Él para poder crecer, abrir el corazón de una manera nueva.

Es una invitación para todos nosotros. Muchas veces hoy nos llama mucho más la intención el actuar, el ayudar, el ponernos en camino, que es una invitación muy grande que Jesús nos hace y que brota desde lo profundo del Evangelio, pero al mismo tiempo tenemos que aprender a escuchar en su palabra, aprender a descubrir qué es a lo que nos está invitando, y qué es lo que nos está diciendo. Pero para eso tenemos que detenernos, tener esa actitud de escucha del que siempre está abierto. Tenemos que animarnos a darle un lugar. Más allá de lo que le diga después a Marta, ella es la que acogió a Jesús en la casa, fue hospitalaria con Él, se detuvo a atenderlo. Como en la Primera Lectura, donde Abraham se detiene, y le dice a unos forasteros que pasan por ahí, que tienen un lugar en esa casa, y después de recibirlos, ellos le dicen que va a tener un regalo: un hijo. Le dicen que Dios lo va a recompensar por su actitud y su servicio.
De la misma manera, nosotros tenemos que aprender a hacerle un lugar a los demás, hacerle un lugar en nuestras vidas a Jesús, para poder dejar que Él de a poquito, vaya transformando nuestro corazón.

Tal vez también nosotros hoy como Iglesia, podríamos preguntarnos de qué manera vamos integrando a todos. En primer lugar, partiendo de este Evangelio, a la mujer. De qué manera las hemos integrado en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia. En segundo lugar, a aquello que viven de una manera diferente a nosotros. Podríamos pensar
como Iglesia, tal vez, a quiénes hoy estamos excluyendo, y a quienes hoy Jesús nos invita a hacerlos participar de este lugar. Nos ayuda a descubrir siempre cuál es nuestro sitio, que es el de la escucha. Y como es el de la escucha, es el de la apertura a Dios y a los demás.

Como les dije hace un tiempo, en el mundo judío se tendía a dividir y a cerrar: nosotros estamos adentro, ustedes están afuera. Si hay algo que nos enseña Jesús, es que todos están adentro y tienen un lugar, y que esa es la manera de anunciarlo a Él. Pablo nos dice hoy: “Nosotros lo anunciamos a Cristo”. Si nosotros lo anunciamos, tenemos que aprender a abrir el corazón, y aprender a llevarlo a los demás. Para eso tenemos que aprender a escuchar, y descubrir en qué sitios, en qué lugar, en qué realidades, no se está haciendo tan presente.

Pongámonos entonces, como María, como discípulos y discípulas a los pies de Él, para dejarnos enseñar por Él, para que su palabra penetre en el corazón. Para que penetrándola nos animemos también a anunciarla y a llevarla a los demás.

martes, 13 de julio de 2010

Homilía: "Ve, obra tú de la misma manera" (Domingo XV del Tiempo Ordinario)

Este año salió una serie llamada “Flash Forward”, y en uno de sus capítulos hacen como un retroceso en el tiempo, 2 años atrás, en la cual McBenford le da la bienvenida a los nuevos agentes del FBI, aquellos que habían sido elegidos. Les dice el siguiente discurso: “Hoy es el primer día de sus carreras. Hoy, además de una placa y de un arma, van a empezar a escribir una historia sobre sus carreras. Cada agente especial tiene una historia. Algunas son graciosas, algunas son trágicas, otras aburridas. Pero sin embargo, hoy no es el día más importante de sus carreras. Eso vendrá más adelante. No lo verán venir. Se les acercará despacio, y seguramente será un momento anónimo, una encrucijada en la que van a tener que hacer algo. Tendrán que hacer algún tipo de sacrificio personal por alguien más, y seguramente esa persona no conozca sus nombres, no conozca sus caras, ni siquiera sepa qué es lo que hicieron. Pero ustedes sí lo sabrán. No es para ser tomados en cuenta que están acá, sino para hacer las cosas bien cuando sea necesario, es decir, siempre. ¡Bienvenidos al FBI!”. Uno ve la cara de alegría de todos esos hombres y mujeres que han cumplido un largo camino en sus deseos y en su historia, que comenzaron sus carreras, pero tienen que empezar su trabajo. Y como Marc les dice, “los días más importantes están por venir”, y son como encrucijadas. Como cuando uno tiene que tomar decisiones importantes; en este caso, para poder ayudar a otras personas.

Lo mismo sucede en nuestras vidas. Muchas veces los momentos centrales de nuestras vidas son encrucijadas, momentos donde tenemos que tomar decisiones y no es tan simple. En estas situaciones tenemos que aprender a jugarnos, a descubrir qué es lo queremos, y tomar una decisión según lo que creemos, esperamos y deseamos. Es más, sacando algunas palabras, Jesús nos podría haber dicho lo mismo a casa uno de nosotros: “¡bienvenidos al cristianismo!”, como diciéndonos que acá comienza una historia, un camino, donde habrá muchos momentos con encrucijadas. Es en esos tiempos donde se va a ver qué es lo que decidimos, y si podemos ser tomados en cuenta para hacer las cosas bien cuando llegue el momento, para vivir según lo que creemos y según lo que Él nos enseñó. Ese es, en el fondo, el deseo que todos tenemos, lo que queremos y esperamos. Pero también es siempre un interrogante pensar cómo lo vamos a vivir.

Para poner un ejemplo, tenemos la Primera Lectura, el pueblo de Israel puede caminar durante 40 años por el desierto, y Moisés les dice: “Ahora van a entrar en la Tierra Prometida, y Dios les va a dar un montón de dones, les va a regalar un montón de cosas, y ustedes lo que tiene que hacer es vivir como Él los invitó. Esto no es algo lejano, no es algo que está en el Cielo, imposible de alcanzar, algo en el medio del mar que uno no puede llegar. Esto es algo que está al alcance de ustedes, en sus palabras y en su corazón, que se hará según lo que se animen a decir, cómo se animen a vivir, y cómo se comprometan con eso”. Sin embargo después, la historia hay que escribirla, y en los momentos de encrucijadas será verá de qué manera pueden vivir eso.

En el Evangelio sucede algo similar también. Se acerca este doctor de la ley, y le pregunta a Jesús: “¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida Eterna?”. Tal vez, esta sea la pregunta central en nuestra vida de cristianos que en algún momento, explícita o implícitamente, nos hacemos. ¿Qué tengo que hacer para hacer lo que Dios me pide? ¿Para estar con Jesús, con Dios el día de mañana? Si bien esperamos que sea bastante más adelante, creo que es el deseo que todos tenemos. Jesús no le responde al doctor algo muy distinto a lo que dice la Primera Lectura: “¿Qué está escrito en la ley?”. A él, que era un doctor de la ley, que conocía eso y lo estudiaba, le pregunta qué es lo que sabe según la ley. Como alguna vez hemos dicho la ley en esos tiempos era larguísima, había más de 600 prescripciones, y este hombre la resume en 2 renglones: “Hay que amar a Dios para toda la vida, y al prójimo como a nosotros mismos”. “Muy bien, has respondido exactamente. Ve y obra”, le dice Jesús. Sabemos que eso no es fácil, entonces el doctor de la ley se animó a preguntarle algo más: “¿Quién es mi prójimo? ¿Quién es aquella persona a la que tengo que amar?”. Casi como midiendo, ¿hasta dónde, hasta quién, de qué manera, cuándo? Y es acá donde aparece esta parábola, tal vez una de las más lindas de todo el Evangelio, que todos conocemos, donde hay un hombre que es asaltado y abandonado medio muerto. Nos muestra que cuando llegó el momento, la encrucijada, en el que había que hacer las cosas bien, hubo hombres que pasaron de largo (un sacerdote, un levita, los hombres religiosos de la época), que no se preocuparon, no hicieron lo que tenían que hacer. Sorprendentemente, el que obra según lo que espera Dios, fue del que menos se esperaba este gesto, un samaritano, que como sabemos estaban peleados y en guerra con los judíos. Sin embargo, cuando llegó ese momento, se preocupó por su hermano, por el otro. Lo curó, lo puso en su montura, lo llevo a un albergue, pagó por él, y no se desentendió, sino que dijo: “Lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. Muestra esa preocupación hasta el extremo por el que ni siquiera conoce, y del que, según el texto, no supo nada, ni lo vio, ni supo su nombre, absolutamente nada. Al terminar esto, Jesús le pregunta al doctor: “¿Quién te parece que se comportó como prójimo de este hombre herido?”. “El que lo ayudó”, responde el hombre. Caía de madura esta respuesta, y Jesús lo invita a vivir de la misma manera.

Acá encontramos, tal vez, el primer cambio que hace Jesús. Frente a la pregunta de este hombre “¿Quién es mi prójimo?”, Jesús le dice que no es así como se deben ver las cosas, sino que hay que preguntarse ¿quién se comportó como prójimo del otro? Es decir, de quién somos nosotros prójimos, porque cuando nos ponemos nosotros como centro siempre vamos midiendo: ¿hasta dónde, hasta dónde tengo que amar, de qué manera, cuándo es necesario, cuándo el otro se lo merece, ¿lo tengo que hacer o no lo tengo que hacer?, ¿me tengo que jugar o no?, ¿le doy otra oportunidad ono? Sin embargo, nos dice Jesús que no es esa la medida, no es esa la manera. La encrucijada será en el momento en el que yo tenga la oportunidad de hacer las cosas bien por alguien, y lo haga. Y no sólo en situaciones donde nos cuesta, donde muchas veces sentimos que pasamos de largo frente a la gente necesitada, frente a la gente que nos para o situaciones donde nos da miedo, si no en el día a día. ¿Cuántas veces sentimos que en lo cotidiano pasamos de largo? Que no resolvemos como hubiéramos querido, y después nos quedamos pensando “¿por qué conteste así?” o “¿por qué traté así a esta persona, por qué no ayudé, por qué no tomé yo la iniciativa?” ¿En cuántas cosas diarias nos pasa que no terminamos de amar como Jesús nos invita y no ponemos toda nuestra vida? Pero para eso tenemos que animarnos a descentrarnos, porque excusas vamos a encontrar siempre: “no puedo, estoy cansado, no tengo ganas, tengo ganas de hacer otra cosa”… sin embargo, Jesús nos invita a dar un paso más, y animarnos a jugarnos, saliendo de nosotros mismos, descentrándonos un poco, para así sí aprender a amar a Dios, y aprender a amar al otro.

Cuando termina esta parábola, Jesús le dice al doctor: “Vete y obra tú de la misma manera”, lo invita a dar este salto. Y, si bien no está en los evangelios, hay una historia que cuenta un poquito qué es lo que pasó con este hombre (un mito o una leyenda). Parece que después de escuchar a Jesús, quedó conmovido con todo lo que Él le había enseñado, y con ganas de llevarlo a la práctica (¡como muchas veces nos pasa a nosotros!). Entonces dicen, que se fue, y justo cuando bajaba por un camino, encontró un hombre tirado al borde del camino (también le pareció que estaba medio muerto), entonces pensó que aquella era su oportunidad, que él también podía ayudar a hacer lo mismo que Jesús le enseñó. Entonces fue y se acercó. Dio vuelta al hombre, pero para su sorpresa ese hombre saltó y lo amenazó con un cuchillo. Saltaron dos hombres de unas rocas que había más atrás, lo amenazaron, lo palparon, le pegaron un poco, pero no encontraron nada de valor. Entonces planearon llevárselo “secuestrado” a un aguantadero (¡no había mensajes de textos, ni llamados como se hace hoy para pedir rescate por él!) Pero así la cosa se dilató. Tardaban, no pagaban nada por él. Entonces lo golpeaban un poco y lo iban dejando cada vez peor. Estuvo como un mes así, se dieron cuenta que no podían sacarle nada, entonces lo soltaron en ese estado medio muerto. Dice esta historia que el hombre salió con una bronca bárbara y decía: “¡Las cosas en que me meto por escuchar a Jesús! Yo quiero hacer las cosas que Él me dice, y mirá lo que me pasa. Lo voy a encontrar y le voy a decir que esto que Él está explicando, no va”. Él sabía que Jesús iba para Jericó y por eso se dirigió hacia allí a buscarlo. Llegó y preguntó si no había pasado Jesús por ahí, a lo que la gente le respondía: “¡Ah sí! Un profeta, el nazareno, sí, estuvo acá. Estuvo hablando del amor, haciendo un montón de gestos, de signos, de milagros”. “Del amor habla Jesús, ¡claro! Yo le voy a dar de esas cosas, yo no creo más en esto”, pensaba el doctor. Y se fue a otro pueblo. Así, lo fue siguiendo de pueblo en pueblo, intentando encontrarse con Jesús. Hasta que en un lugar le dijeron que había estado allí un par de días atrás, pero subió a Jerusalén para vivir la Pascua. El doctor se fue hacía allí (ya con mucha bronca acumulada). Se iba acercando a Jerusalén, y le indicaron por dónde Jesús iba a celebrar la Pascua. Llegó a ese cenáculo, y le dicen: “sí, estuvo por acá, pero parece que hubo un problema y se lo llevaron preso”. “Se lo merecía, voy a ver por qué lo metieron preso, qué es lo que paso, pero se lo merecía”, pensaba el doctor. Llegó a la cárcel, donde estaba Poncio Pilatos, y preguntó nuevamente por Jesús. Le contestaron que lo habían metido preso pero que ya lo habían enjuiciado, y se decidió que lo iban a matar. El doctor seguía pensado que no se había portado tan bien, pero que en realidad no era para tanto, no era necesario que lo mataran. Le dicen que a Jesús lo iban a llevar al Gólgota porque iba a ser crucificado, y este hombre fue caminando hasta donde estaba Jesús. Cuando llegó, lo encontró crucificado y no entendió qué sucedía. Se dio cuenta que él quiso vivir el amor y así terminó, y que a Jesús le pasó lo mismo, entonces se acercó a la cruz, y le dice: “Jesús, ¿de qué sirve esto? Vos nos enseñas a vivir el amor, a que tenemos que ser buenos, a que tenemos que hacer las cosas bien, y a mi mirá todo lo que me hicieron, por hacer lo vos dijiste en esa parábola del buen samaritano. Me golpearon, me hicieron de todo, me dejaron medio muerto, y a vos directamente te están matando por hablar del amor. ¿Para qué vale esto?”. Y dicen que Jesús, mirándolo con amor a los ojos, le dijo: “El amor que no se juega, no es verdadero amor”.

Creo que lo que nos pasa muchas veces en la vida es que no terminamos de jugarnos por las cosas que creemos, por las cosas que amamos, por las cosas que Jesús nos invita a vivir. Estamos siempre mirando “hasta donde”. Hasta dónde vamos, hasta dónde damos, qué es lo que tenemos que hacer o no. Y Jesús nos dice que tenemos que animarnos a darnos y a jugarnos. Eso lo llevó a la cruz a Jesús, pero también lo hizo feliz. Y nosotros sentimos, o por lo menos a mí me pasa muchas veces, que cuando no puedo darme o jugarme verdaderamente, me queda un feo gusto en el corazón, no soy verdaderamente feliz porque siento que algo me falta. Como cuando uno tiene un día para descansar, pero no hace nada, y al final del día se pregunta qué hizo hoy, en qué ayudó, en qué se jugó. En la vida tenemos mucho de esos momentos en los que hay que decidir qué es lo que tenemos que hacer. Con Jesús tenemos una ventaja que es que siempre nos invita a empezar de nuevo, siempre nos vuelve a dar una oportunidad. Esa oportunidad es en el amor, para amar más y mejor. Más en calidad, no solo en cantidad, más en profundidad, con un corazón que ame cada día más, en cada circunstancia de la vida…

Eso es lo que hizo Jesús, eso es lo que invitó a hacer a los demás, eso es lo que nos invita hoy a nosotros en donde nos toca. Abrir cada día el corazón y jugarnos. ¿Podremos ser lastimados? Seremos lastimados alguna vez. ¿Podremos ser defraudados? Podremos ser defraudados alguna vez, pero seguramente también seremos felices, cuando podamos tener esa actitud del buen samaritano, que “lo vio y se conmovió”.

Saben, esta palabra “se conmovió” aparece dos veces en el Evangelio: el Buen Samaritano frente al que está herido; el Padre Misericordioso frente al hijo pródigo que vuelve. Algo se le mueve en las entrañas, se conmueve. Por eso, el Padre Misericordioso (Dios) y el Buen Samaritano (Jesús) lo aman y ponen todo.

Hoy nos invita a nosotros a conmovernos, a entregarnos por amor, a hacer lo mismo. Escuchemos, entonces, a Jesús que hoy nos envía y nos dice: “Ve, obra tú de la misma manera”, y animémonos a vivir esto.