martes, 11 de octubre de 2011

Homilía: "El Rey nos invita a una Fiesta" - domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

En la última película de Woody Allen, “Medianoche en París”, Gil es un guionista de mucho éxito en Hollywood que decide acompañar a sus futuros suegros, que tienen que hacer un viaje de negocios justamente en París, junto con su futura mujer, Inez. Cuando llegan a esa ciudad, empiezan a despertar en él sus sueños, sus deseos más profundos. Ese amor que tiene por esa ciudad, desde la primera vez que la visitó, y este deseo profundo de establecerse, de vivir ahí; ese sueño también tan profundo que tiene de cambiar de profesión, o de buscar una profesión parecida: dejar de ser guionista para ser escritor, novelista, y escribir todo aquello que él quería y deseaba. Y empieza a revelarle, o volver a contarle, estos sueños a Inez diciéndole que esa ciudad era fantástica, increíble, que no había otra ciudad como esa, preguntándole si se imaginaba viviendo ahí, teniendo una vida ahí… Sin embargo, ella le dice que él vive en una fantasía, que esa no era su vida ya que ya tenía su vida armada en otro lugar. Y él lucha en su interior contra por un lado este deseo y, por el otro lado, el decir “ahí estoy bien, estoy acomodado, me va bien”. Sin embargo, esto es una tensión profunda que tiene en el corazón: vivir con esa nostalgia de cosas del pasado, con ese deseo profundo de lo que podría ser el futuro, pero con este “acomodarme en un presente que me viene bien, pero que no responde del todo a aquello que busca mi corazón”.
Esto que le sucede a Gil en la película creo que es algo que, en distintos momentos de nuestra vida, nos sucede a nosotros. Muchas veces vamos descubriendo deseos, cosas profundas que necesitamos, pasos que deberíamos dar en la vida para jugarnos, pero todavía no nos animamos a hacer ese salto. Porque, justamente, implica un salto; implica dejar la comodidad de lo que conozco, de aquello en lo que me va bien – o no tanto, o mal, pero que “ya estoy acá”. Por eso, muchas veces no me animo a ir hacia adelante y decir “este es el paso que yo necesito en mi vida, este es el deseo que quiero empezar a vivir, que no sé de qué manera se va a concretar, pero que responde a esos sentimientos profundos que tengo”; y, muchas veces, en vez de vivir ese llamado interior, me quedo quieto, estático, viviendo una vida, que puede ser relativamente cómoda, pero que no me da la plenitud que deseo. Eso me deja un dejo de insatisfacción en el corazón, siento que a mi vida le falta algo, que mi vida no es lo que esperaba ni lo que quería.
Este llamado, a veces a gritos, que nuestro corazón va haciendo en nuestra vida, es el mismo llamado de fe que Dios pone en nuestro corazón. Ese Dios que, de a poco, va moviendo nuestro corazón para que nos animemos a vivirlo, para que nos animemos a seguirlo, para que escuchemos ese llamado a estar con Él. Y esos llamados a estar con Él quedan muy reflejados tanto en la primera lectura como en el Evangelio. En la primera lectura, vemos a un Dios que habla por medio del profeta Isaías diciendo que algo va a cambiar, que algo distinto va a venir, y que lo hace por medio de un banquete. La primera lectura nos habla de un banquete en el que Dios quiere compartir con su pueblo; el Evangelio nos habla de una fiesta, de una mesa, que está preparada para que todos participen de la boda. Esta es una imagen muy profunda también para nosotros porque también nosotros, mucho de lo que compartimos, lo hacemos a partir de la mesa, a partir de estar juntos. Como alguna vez hablamos, cada vez que nos queremos reunir, decimos “vamos a tomar un café, vamos a cenar, a comer un asado, a tomar el té” y la excusa es la comida; por más de que uno pueda decir “uh, ¡qué bien comí anoche!” o “¡qué pesado me cayó!”, lo central no es eso, sino que lo central es que pude compartir la vida y que, a veces, cuando falta alguien (un amigo, un familiar, un ser querido), uno pregunta “¿sabés qué pasó con tal, que no vino, que no está?” o “¿por qué no habrá podido venir?” porque uno quiere compartir la vida. Pero, para eso, tenemos que hacer opciones. ¿Dónde quiero estar? y ¿de qué manera quiero estar? Esta es la invitación que nos hace Dios.
En la primera lectura, invita a un pueblo a que se siente a almorzar, a comer, a participar de ese banquete con Él. El pueblo está viviendo un tiempo difícil, un tiempo duro. Las cosas no se dan como ellos esperaban; sin embargo, Dios les dice que si ellos comen con Él, Él va a cambiarlo todo, Él va a enjuagar sus lágrimas, Él les va a traer algo nuevo. Y, más allá de la forma en que sea este cambio, también pensemos en cuántas veces nosotros cuando podemos compartir nuestros dolores, nuestras penas, lo que nos cuesta, con otros, sentimos un alivio; cuando podemos abrir el corazón a aquellos que queremos, a aquellos que nos aman, a aquellos que nos escuchan, sentimos que el peso es distinto. Ya empezando desde ahí y no solamente porque el otro me puede dar otra mirada, me puede ayudar a objetivar las cosas, o a ver cómo lo puedo encarar de otra manera, sino porque el caminar juntos nos hace ver la vida distinta. Esto es a lo que los invita Dios: “vengan y participen de esta mesa”.
En el Evangelio, Jesús les dice esta parábola en la cual vuelve a hablar de un Dios que es rey. Venimos escuchando parábolas en las que Dios habla por medio de distintos personajes: como propietario de una hacienda que llamaba a distintos jornaleros, como dueño de un campo que enviaba a sus hijos y, ahora, como un rey que quiere hacer una fiesta. A este rey le dicen que todos los que habían sido invitados no querían ir a la fiesta; sin embargo, cuando ya está todo listo, preparado para comer, para festejar esa boda, el rey dice “vuelvan a invitarlos” y ellos vuelven a decir que no, que no quieren ir. Y es ahí cuando – frente a ese nuevo rechazo– el Padre, el rey, cambia la mirada y dice “vayan al borde de los caminos e inviten a otros”. En el momento en que Mateo escribe esta parábola, está habiendo un cambio en los cristianos. Hasta ese momento, el cristianismo predicó al pueblo de Israel – a un pueblo de Israel que muchas veces no escuchó a los profetas porque no quería cambiar, porque eso lo comprometía de una manera distinta, porque lo llamaba a vivir de un modo diferente. Pero con Jesús, este pueblo vuelve a estar invitado y con los primeros cristianos, de nuevo. “A pesar de que ustedes –que nosotros, dicen, porque ellos eran judíos– entregamos a Jesús, vengan y sean parte de nuestra Iglesia”, les dicen, y ellos vuelven a decir que no. Los fariseos, los sumos sacerdotes, los que están escuchando, son los que le dicen que no a Jesús. ¿Por qué? ¿Por qué no eran religiosos? No. Porque no querían cambiar porque, si bien su deseo era encontrarse con Dios, este Dios les dice que tienen que vivir de otra manera y ellos no quieren; ellos prefieren quedarse como están antes que jugarse por algo nuevo. Ellos prefieren quedarse con su imagen antes que abrirse a esta nueva imagen de Dios.
Es por eso que ahí comienza una nueva misión de la Iglesia: ir a anunciar a todos. “Vayan a los cruces de los caminos”, es decir, “váyanse de la ciudad”, les dice el rey, “vayan afuera y anuncien”. Es la primera evangelización a los paganos, a los que no conocen a este Dios. “Ahora llámenlos a ellos, y llamen a todos: a los buenos, a los malos… que vengan todos” y la parábola dice que la sala se llenó de invitados. En primera lugar, esto nos habla de la universalidad del llamado: Dios nos llama a todos, con lo difícil que es esto porque, cuando uno escucha “sí Dios invita a todos, Dios quiere salvar a todos” uno piensa que esto es también lo que queremos en nuestro corazón pero, cuando lo empezamos a concretizar, cuesta un poco más. Intentemos mirar nuestra vida, ¿nos gusta compartir la mesa con todos?, ¿o a veces preferimos que no inviten a alguien, o preguntamos por qué invitaron a tal, o por qué tal está en la mesa? Podemos pensar en cualquier persona, porque la parábola dice “invitó a todos, buenos y malos”, los que nos gustan y los que no nos gustan, tal vez personas cercanas a nosotros, tal vez personas públicas que no nos gustan… a todos esos, podemos ponerles nombre y apellido… a todos esos invita Jesús. Y, para estar con Él, tenemos que querer estar con ellos y eso muchas veces implica un cambio en nuestro corazón. Tengo que compartir la mesa con todos, ¿quiero vivir esto o no? Porque esto es lo que les pasa a los fariseos; tal vez ellos se sentían atraídos por Jesús, pero no querían compartir la mesa con todos. “Yo a esa fiesta, si van estos, no voy”, y por eso se quedan afuera. La pregunta para nosotros es ¿queremos ir a esa fiesta si están todos, los que nos gustan más y los que no nos gustan tanto? Esa es la invitación que nos hace Jesús: hay algo que tiene que cambiar en nuestro corazón. Estar con Jesús implica mirar con una mirada distinta y de un modo diferente.Por último, debemos pensar en cómo nos preparamos. La parábola dice que, cuando el rey fue a saludar (a uno por uno, porque todos eran invitados), encontró a uno que no tenía el traje de fiesta. Esto es claro: generalmente, cuando vamos a una fiesta –por más de que los jóvenes hayan cambiado las tradiciones y ahora no vayan de traje, o lo que fuera– nos preparamos. De alguna manera nos preparamos. Uno no va a una fiesta del mismo modo en que va a la cancha de fútbol, o no debería por lo menos. Creo que la imagen es clara: ¿de qué manera viniste acá? La invitación de Jesús para nosotros también es clara: ¿de qué manera venís a mi encuentro? Porque, muchas veces, este llamado a todos, este Dios misericordioso para todos, casi parece que implica que nosotros no tenemos que hacer nada. Y no implica eso, sino que implica que Dios tiene un corazón grande y tenemos que ver de qué manera nosotros abrimos el nuestro, de qué manera yo estoy dispuesto a cambiar y a comprometerme con Jesús, de qué manera yo quiero vivir esto… ¿me la quiero jugar en cada cosa de la vida? Esto es lo que les dice Jesús a ellos.
Tal es así que Pablo, en la segunda lectura, dice “yo puedo vivir en la abundancia, en la pobreza, me puede ir bien, me puede ir mal… ya no me importa, vivo mi deseo, vivo lo que quiero, vivo con Jesús. Esto es lo que llena nuestro corazón”. Esta es la invitación que se nos hace – que nos animemos a dar ese salto, que nos sintamos invitados por Jesús, que nos sintamos llamados pero que demos un paso más: que seamos elegidos, que seamos elegidos porque vivimos como Dios nos invita, porque le abrimos el corazón a Jesús de una manera especial.
Pidámosle entonces en este día a este Jesús que nos llama, que nos invita, que hace fiesta para nosotros, que cambiando, que viviendo ese deseo profundo que tenemos en el corazón, también nosotros nos sintamos elegidos.

LECTURAS:
* Is. 25,6-10a
* Sal. 23(22), 1-3a.3b-4.5.6
* Fil. 4,12-14.19-20
* Mt. 22,1-14

lunes, 3 de octubre de 2011

Homilía: "¿De qué manera trabajamos y cuidamos esta viña? " - domingo XXVII del Tiempo Ordinario

En la película “Agua para Elefantes”, que se sitúa en la Gran Depresión de Estados Unidos, Jacob estudiaba para ser veterinario; sin embargo, mientras está dando su último examen para recibirse, lo llaman y le avisan que fallecieron sus padres. Él se encuentra solo; de pronto se da cuenta de que sus padres no tenían nada de todo lo que él creía que tenían. No puede terminar su carrera y se va. No sabe qué hacer hasta que, de casualidad, se sube a un tren que resulta ser de uno de los circos más famosos de la época, y comienza a trabajar ahí. Los del circo se terminan dando cuenta de que Jacob es veterinario y August, el dueño del circo, lo invita a que le dé una mano. Lo lleva a ver el caballo, que era la atracción principal, a cargo de Marlena (la mujer de August), de quien Jacob de a poquito se estaba enamorando. Al revisar el caballo, Jacob se da cuenta de que este está muy grave, que ya no hay nada que hacer y le dice a August que le quedan uno o dos días para que fallezca, que ya estaba con mucho dolor y que lo mejor que se podía hacer por el caballo era ponerlo a dormir, en palabras más claras, matarlo. El dueño del circo se va con Jacob caminando y le da una lección, le dice: “mirá, muy lindo todo lo que me decís pero acá el que decido soy yo. El circo es mío y el show debe seguir; así que prepará el caballo, más allá de tu corazón noble, de lo que vos creés que hay que hacer. A veces hay que pagar con sudor, lágrimas, trabajo… andá, prepará el caballo que es la atracción, que va a ser bueno, hasta que le de la vida.” Sin embargo, Jacob va a donde está el caballo con esta chica, empieza a ver que el caballo está con mucho sufrimiento y dice “no, a este caballo hay que matarlo, no puede seguir más”; Marlena le dice “si lo matás, va a ser lo último que hagas acá” y Jacob le responde “pero yo soy el veterinario, yo decido”. Así que va, toma una pistola y termina matando al caballo. Entonces, Marlena le dice “muy lindo, muy noble lo tuyo, aunque haya sido lo último que hagas acá”.


Pensaba que en la vida se juegan esas decisiones que uno muchas veces tiene que tomar. Quizá lo más cómodo para él era decir “ya está, a mí me dijeron esto; yo soy un empleado, este es mi trabajo, esta decisión le corresponde a otro… yo sigo la corriente, sigo por donde las cosas van, más allá de lo que creo y pienso, que es que a este caballo hay que matarlo, por él, para hacerle un favor. No hago lugar a lo que mi corazón me dice que está bien, a lo que yo creo y pienso.” Sin embargo, no hace eso y se la juega sabiendo las consecuencias que eso puede tener en su vida, pero con una convicción: “esto es lo que yo creo, y esto es por lo que yo me quiero jugar. Esto es lo que está bien, esto es lo que tengo que hacer.” Porque todo en la vida tiene consecuencias, jugarse tiene consecuencias y no jugarse también tiene consecuencias. Tomar decisiones, o no tomarlas, tiene consecuencias. La única pregunta es ¿dentro de cuál voy a morir? o ¿dentro de cuál yo voy a aceptar esas consecuencias? con lo que yo creo y estoy convencido o si con lo que la corriente me va llevando, más allá de que me equivoque o no. Y esto en la vida sucede muchas veces. Sucede en cualquier vínculo, en las amistades. Tomar decisiones o no, decidir qué es lo que creo o no, va a tener consecuencias – a veces con mis amigos, a veces en mí mismo, a veces en nuestra amistad. No es que no pasa nada. Tiene consecuencias en mí mismo porque muchas veces hago cosas en las que no creo, en las que no confío, de las que no estoy convencido; o tiene consecuencias porque, al decidir ciertas cosas que yo empiezo a creer, el otro no piensa de la misma manera, sentimos que nos alejamos… pero cualquiera de las dos va a tener una consecuencia. La única pregunta es cuál elijo yo. También en una pareja, en un noviazgo, en un matrimonio, en una familia, en una comunidad, en la Iglesia. Las decisiones que vayamos tomando a lo largo del camino son las que harán que veamos cuáles son los frutos que eso dará y cuáles son las consecuencias que eso traerá, y siempre desde nuestra libertad y desde nuestra opción. Sin embargo, muchas veces creemos que es mejor dejar las cosas correr, dejarlas fluir, pero eso no termina de hacer que nosotros podamos crecer y madurar. No es que crece el que menos se equivoca, sino que eso es una consecuencia de ir tomando opciones a lo largo de la vida y de hacerme cargo de las opciones que yo voy tomando.

Un ejemplo de esto es este Evangelio que nosotros escuchamos hoy, en el que Jesús nos habla de un propietario que tiene una viña. Por tercer domingo consecutivo escuchamos que hay una viña de por medio; es tan central este lugar, la viña –en toda la Biblia, no solo en el Nuevo Testamento– que es el lugar donde en general tanto los profetas, los escritores del Antiguo Testamento, como Jesús, utilizan como ejemplo. Los viñedos eran tan importantes en la antigüedad porque eran aquello que podía dar fruto, eran algo tan central, todo el mundo conocía lo que se hacía ahí: el trabajo que llevaba, lo que había que cuidarlo, la cantidad de gente que estaba involucrada en esto… por eso lo toman continuamente como ejemplo. Y Jesús dice que había un hombre que plantó una viña, la trabajó, hizo un lagar, hizo una torre, es decir, se ocupó de que la viña estuviera lista y, a partir de ahí, la alquiló a unas personas que lo que tenían que hacer era asegurarse de que diera frutos. Suponemos que la viña dio frutos, aunque no lo diga, porque este hombre que se va, y que les da libertad para trabajar, empieza a mandar gente para que busque aquello que la viña dio. Y estos hombres, desde su libertad, eligen no darlo; maltratan y matan a los primeros que envía este hombre, vuelven a hacer lo mismo con la segunda tanda de gente que va a buscar aquello que al dueño le correspondía y esta persona, desde su bondad, dice “enviaré a mi hijo, por lo menos a él lo van a respetar”. Sin embargo, dice que a su hijo también lo mataron pensando que, de esa manera, ellos se iban a quedar con la viña, que ellos se podían hacer cargo de ese lugar aunque no fuera de ellos, aunque las reglas no las pusieran ellos. Ellos hacen su opción, ellos hacen su elección. Y creo que esta parábola nos muestra en primer lugar dos cosas: primero, que la viña es de otro, que no es de ellos, que hay un dueño que es quien elige y que, de alguna manera, pone las reglas. Sin embargo, el hecho de que haya un dueño no significa que esos hombres no tengan libertad. El dueño se va y les dice “ahora la tienen que trabajar ustedes”, ni siquiera controla, no está viendo lo que pasa, solo manda gente a buscar lo que a él le corresponde. Y esto en la vida nos sucede a menudo: hay gente que tiene la responsabilidad en distintas cosas y que, de alguna manera, pone las reglas y establece cómo se vive. En una casa, por ejemplo, nos guste o no, nuestros padres son los que ponen las reglas; acá, en la Catedral, el párroco es quien pone las reglas, o el Obispo en el Obispado, en una sociedad, en un trabajo… Yo puedo elegir si quiero estar acá o no, si quiero trabajar o no, pero no pongo las reglas. Sin embargo, eso no quita mi libertad.

Yo elijo y, según la manera de proceder mía y según la manera en que yo actúo, eso va a tener sus consecuencias. No es que no trae consecuencias. A veces dejamos que la cosa corra hasta que vemos cuáles son las consecuencias; y a veces son tan claras que, cuando uno hace una pregunta, la respuesta sale directa porque cuando Jesús les dice “¿qué hará este dueño, o qué debería hacer, con aquellos que hicieron esto?”, ellos responden “tiene que matar a esos miserables y dársela a otro” y Él les dice “bueno, les va a pasar a ustedes”. Es clarísimo, es duro pero clarísimo. Porque a veces cuando uno está de afuera las sabe todas. Cuando tenemos que aconsejar a los demás, sabemos qué es lo que el otro tiene que hacer; pero a veces no nos damos cuenta, estamos como embarrados hasta acá arriba y, cuando está todo involucrado (lo afectivo y la persona), tanto no nos damos cuenta, tanto no percibimos. Pero seguramente, si pudiésemos mirar las cosas desde arriba, nos pasaría como a estos hombres que responden “a ese hay que sacarle la viña, ellos no se pueden hacer más cargo”. Tal es así que la respuesta sobre la consecuencia que eso va a traer sobre ellos –es claro que Jesús les habla a los religiosos de la época–, el hecho de que la viña les será quitada, la dan ellos mismos. El juicio lo hacen ellos mismos. Y, sobre muchas de las cosas que nosotros hacemos, si mirásemos objetivamente, también podríamos dar los juicios. Es por eso que tenemos que animarnos a elegir y comprometernos con aquello que creemos, y a hacernos cargo de lo que eso traiga.


Jesús les está diciendo “esta viña es de mi Padre, y ustedes no hicieron lo que mi Padre les dijo que hicieran, ustedes no vivieron como mi Padre les pidió que vivieran; estos no son los valores que Él quiere para los que trabajan en esta viña”, por eso esa viña le fue quitada a ese pueblo y se le dio a la Iglesia. La gran pregunta es ¿QUÉ ES LO QUE JESÚS NOS DIRÍA A NOSOTROS?, ¿de qué manera trabajamos y cuidamos esta viña? Porque la gran tentación es creernos, como el pueblo de Israel, que nos podemos apropiar de esto y que podemos hacer lo que queramos; pero no es nuestra y Jesús nos va a preguntar lo mismo a nosotros (esperemos que no utilice esta parábola, esperemos que use algo más lindo). Pero es por eso que uno tiene que animarse a descubrir y elegir de qué manera vive porque eso siempre trae consecuencias.


Eso es lo que les pide Pablo a los cristianos de Filipos en la segunda lectura, “que los pensamientos de ustedes sean los justos, los buenos, los nobles, lo que ustedes aprendieron de Jesús, de lo que yo les pude dar testimonio”, porque, cuando uno da testimonio, eso se refleja en los demás, desde las cosas pequeñas. Y eso tiene muy largo alcance, o efecto.
¿Se acuerdan de que hace un tiempo, cuando volví del viaje que hice, les decía que una de las cosas más mágicas del viaje es cuando uno pasa por Asís? Hace unos días, unos amigos tuvieron la gracia de viajar y les dije que no podían dejar de pasar por ahí y, cuando volvieron, mi amigo me dijo “pasé por Asís, pero tengo algo que reprocharte: me hubieras dicho que me quedara más días porque estuve un día, como vos me dijiste, y la verdad que me encantó. Y no por conocerlo, Asís es muy chiquito, lo conocés en dos horas, sino por lo que una persona santa, como San Francisco, transformó ahí”. Pasó hace 800 años eso, o sí, no sé; sin embargo, eso tiene efectos, repercute en los otros… las buenas obras, y las cosas no tan buenas, desde lo pequeño, todo repercute en los otros. El viernes a la noche tuvimos una cena, en la que muchos ayudaron; y algunos de los jóvenes de acá mandaban mails agradeciendo. Algunos de ellos decían “no saben el ejemplo que fue, para muchos de los que estaban contratados, el testimonio de ver que tantos jóvenes ayudaban, ver que tantos jóvenes estaban de buena humor haciendo un servicio, algo pequeño, pero algo grande”. Y, en cada cosa que hacemos, se juega eso. Es una elección; es preguntarnos en qué queremos que nuestra vida de frutos para los demás, qué queremos dejar para los demás, qué queremos transformar con nuestra propia vida. Llegarán momentos que serán más difíciles, por eso Pablo nos dice “no se angustien, ahí recurran a la oración, recen, pongan su vida en Dios”. Pero, para poner nuestra vida en Dios en ese momento, tenemos que ponerla desde antes, tenemos que ir transformando nuestro corazón a imagen de Él.


Pidámosle a Jesús que también nosotros podamos elegir estar en su viña, podamos vivir y trabajar con Él y podamos dar testimonio de esos valores que Él nos invita a vivir.



LECTURAS:
* Is. 5, 1-7
* Sal. 79, 9. 12-16. 19-20
* Flp. 4, 6-9
* Mt. 21, 33-46

lunes, 26 de septiembre de 2011

Homilía: "Tengan los mismos sentimientos de Cristo" - domingo XXVI del Tiempo Ordinario

La última película de “X-Men”, “First class” o “Primera clase”, muestra los orígenes de esta comunidad de hombres que tenían estos dones particulares, mutantes como los llaman en la película. Nos muestra a los actores principales – quien hace de profesor, Charles, y quien viene a ser Magneto, Eric – que se conocen y comienzan a caminar juntos; y se dan cuenta de que hay muchas personas como ellos que también tienen ciertos dones particulares y que por eso se sienten muchas veces discriminados, alejados, no comprendidos, que tienen miedo e inseguridad. Entonces, empiezan a buscarlos, empiezan a reunirlos, empiezan a caminar juntos como comunidad, con las diferencias que en toda comunidad, en toda familia, en toda sociedad uno puede tener. Pero, no sólo tienen algunos problemas intrínsecos de cómo ir manejando la cosa, sino que también empiezan a tener problemas con el resto de los seres humanos que muchas veces los ven como una amenaza, como algo peligroso, como algo difícil. Y acá aparecen dos opciones: la de Charles, de buscar cómo encontrar caminos de comunión, y la de Eric que, habiendo acumulado bronca durante su vida, busca más que nada la venganza, cómo devolver aquello que el otro le hace; esto se torna en una relación muy tirante y Eric busca la manera de vengarse, cómo utilizar su poder o aquello que tiene, y le dice a Charles “ellos harían eso con nosotros, eso es lo que ellos harían si estuvieran en otra postura”. Y, sin embargo, Charles le dice “pero a nosotros se nos pide algo distinto, tenemos que intentar ser mejores que ellos”; y no dice ser mejores por creérsela más, sino por descubrir que, si tienen un don o si tienen un talento, es para usarlo de una manera positiva, para usarlo de una manera nueva, para usarlo de una manera que los ayude a ellos mismos y a los demás. En definitiva, Charles le dice que hay que cortar con ese círculo en el cual parece que muchas veces la violencia, o el egoísmo, o la venganza, o lo que fuese, nos va separando de los otros; hay algo, o alguien, que en algún momento tiene que buscar algo distinto.

Y este pedido de Charles a su amigo, muy simple en la película, es el pedido de Pablo a su comunidad. Pablo les pide que ellos, que han conocido a Jesús, que han tenido un don, que se les ha regalado algo nuevo, vivan de una manera distinta. “Ustedes muestren que se puede vivir de otra forma, por eso tengan un mismo corazón, tengan un mismo sentimiento, sean conocidos por lo que transmiten, por lo que muestran; y hagan las cosas, no por un propio interés (como muchas veces nos sale a nosotros buscando qué es lo mejor para nosotros), sino por el de los demás. Y, cuando descubran que pueden vivir esto, no se crean superiores al resto; al contrario, vivan con humildad, vívanlo de otra manera, consideren a los otros como superiores a ustedes mismos.” La comunidad de Pablo seguramente está orgullosa de lo que está viviendo; es más, Pablo está orgulloso de esta comunidad de los filipenses. Pero les pide que, si ellos quieren estar orgullosos, lo primero que tienen que vivir es esa humildad que les mostró Jesús. Ese es el primero de los sentimientos que les pide que tengan como lo tuvo su Maestro; “tengan los mismos sentimientos de Jesús”, les dice Pablo. Y podríamos pensar nosotros también, como Pablo le pide a esta comunidad, cuáles son esos verdaderos sentimientos que Jesús nos invita a tener. Uno piensa en Jesús, y piensa que los sentimientos que intentó transmitir, vivir, y que nos invita a vivir a nosotros, son el del amor, el de la paz, el de la generosidad, el de la ternura, el de la compasión, el de la misericordia, el del perdón: todos sentimientos que a todos nos gustaría tener y que vamos descubriendo que, en mayor o menor medida, los podemos ir viviendo. Pero Pablo también nos pide a nosotros que busquemos ese camino, “si quieren luchar por algo, si quieren seguir a Jesús, si quieren ser su comunidad, intenten vivir esto”. Esto es lo que hizo Jesús, y no significa que sea fácil. A continuación, justo pone este himno: “el que era de condición divina, el que estaba con Dios, se abajó, se anonadó, vino” y no sólo vino, sino que padeció, murió, fue sepultado… pero porque ese era el sentimiento que llenaba su corazón, ese era su horizonte, ahí quería dar la vida, hacia ahí quería caminar. Y nos invita a nosotros a tener también esos sentimientos e intentar vivirlos. Tal vez cada uno de nosotros podría pensar: ¿cuál es el sentimiento de Jesús que más me atrae?, ¿qué es lo que más me atrajo de Jesús?, ¿por qué lo sigo? Cada uno puede intentar ver de qué manera puede crecer en esto, de qué manera puede dar un paso en este sentimiento de Jesús.

Uno de estos sentimientos que se nos invita a tener es justamente el de la justicia. Es por eso que Ezequiel, en la primera lectura, se le queja al pueblo; les dice “ustedes caminaron en la justicia, ¿por qué hacen algo distinto ahora?, ¿por qué cambiaron?, ¿por qué tomaron el mal ejemplo de los demás?, ¿por qué no siguen en ese camino?, ¿no ven que así se alejan de Dios?”. Y se ve que el pueblo se quejaba, decían “no, ¿por qué estamos alejados de Dios? Si Él nos eligió, si estuvimos con Él…”, a lo que Ezequiel les responde “porque van para el otro lado ahora, y así van a ser tratados. En cambio, hay otros que estuvieron mucho tiempo alejados de Dios; sin embargo, en un momento dijeron ‘ahora no quiero más esto, ahora quiero cambiar, ahora quiero vivir de una manera nueva’, y ellos van a ser juzgados de modo distinto que ustedes. ¿Por qué? Por lo que hacen, por lo que viven, por lo que eligen más allá de que les haya costado.” Este es el sentimiento de Jesús de siempre darnos otra oportunidad, de siempre estar esperando, de siempre estar buscando, de siempre estar buscando las maneras y las formas para que nos podamos acercar a Él. Y, en el fondo, lo que decide es lo que hacemos, es lo que vivimos. Los sentimientos son lo que tenemos en el corazón, y son lo que expresamos a los demás. Sentimiento no es lo que solamente decimos con palabras, no es lo que hablamos, no es lo que pensamos, es lo que verdaderamente pasa en nuestra vida; y uno se da cuenta cuando el otro siente con uno verdaderamente de corazón. Por eso muchas veces nos quejamos con el otro porque no nos escucha, porque no nos presta atención, porque no siente lo mismo que uno, porque se está riendo cuando uno está mal; porque uno siente que, en el corazón del otro, no está pasando lo mismo que en el nuestro.

Eso es lo que nos pide Jesús; y eso es lo que pide Jesús en el Evangelio, en esta parábola que es bastante simple. Ayer les preguntaba a los chicos, en misa con niños, quién cumplió la voluntad del padre; “el primero”, me dijeron todos. Era fácil para los chicos descubrir quién cumplió la voluntad; ahora no sé si es fácil vivirlo, nos cuesta a todos. La parábola es bastante sencilla. Un padre tenía dos hijos, a uno le dice “ve a trabajar a mi viña”; el hijo le dice que no pero después se arrepiente, no sabemos por qué, y va. Al otro hijo también le dice que vaya a trabajar a su viña; este le dice que va a ir y no va. La parábola excluye los dos extremos, que a veces nos gustarían a nosotros: el que dice que sí y va –algo que nos encantaría hacer a todos pero no es tan fácil decir siempre que sí e ir– o el otro extremo, el que dice que no y no va nunca, pero tampoco en general hay gente que siempre dice que no y no lo hace. Y quedan estas personas que viven esta función distinta de uno decir que va y de otro decir que no va, en un vínculo que es el del padre con el hijo. Fíjense, el vínculo es ese vínculo profundo; no está hablando ya de un jornalero, o de un dueño, es padre con hijo. Y pensaba cómo a veces hay personas en nuestras familias, en la Iglesia hay sacerdotes, religiosos, religiosas que, cuando se les pide algo, lo primero que dicen es “no” – no importa si tienen ganas o no, lo primero que dicen es “no”; pero no siempre se quedan en ese “no”, después uno sabe que lo tiene que trabajar un poquito, “bueno, dejá que yo lo ablando”, y que después recapacitan, no sabemos bien por qué, y hacen las cosas, y empiezan a vivirlas y a intentar cumplirlas. Y hay otros que a veces siempre lo primero que hacen es decir “sí, sí, sí”, pero después no pueden vivir eso porque no les da la vida, porque no les da el tiempo o porque no pensaron bien a qué estaban diciendo que sí; y cuesta.

Y esto pasa también en nuestro vínculo con Dios. Sin embargo, dice que lo central va a ser no lo que decimos sino lo que vivimos, sino lo que terminamos haciendo. Porque, en el fondo, el único que puede decir siempre que sí, y hacerlo, es Jesús; el único que siempre vive en esa coherencia de vida es Él, y nosotros nos vamos moviendo en estos ámbitos intentando a veces decir que sí y hacerlo, a veces decimos que no y lo buscamos, a veces no podemos. Pero nos va invitando continuamente a vivir esto, a tener sus sentimientos, a buscar su camino. Sin embargo, creo que la parábola nos invita a algo más porque creo que lo primero que pasa cuando la escuchamos es que nos choca; es muy dura la parábola, es muy duro Jesús, casi podemos decir que está enojado en este texto cuando les habla a los demás porque les dice “ustedes, que querían esto, ya no están más ahí; y las prostitutas, los publicanos –las dos clases sociales más despreciadas de todo el pueblo de Israel– tienen un lugar”. A todos aquellos que se creyeron con un lugar, a todos aquellos que le tenían que mostrar el camino a los demás, les está diciendo “ustedes están juzgados por lo que hacen”. Les está explicando la parábola; Jesús no explica las parábolas en general. Y acá lo está diciendo en concreto, “cada vez están más lejos ustedes, ¿por qué? Porque no hacen lo que tienen que hacer. ¿Y qué era lo que tenían que hacer? Guiar a los sencillos. ¿Para qué ustedes eran las autoridades religiosas? Para guiar a los otros a Dios, y no lo hicieron. Al contrario, se compararon con ellos, se creyeron mejores…” Y esos no son los sentimientos de Jesús, y por eso se alejaron, “y los que ustedes despreciaron, los que ustedes pensaron que no tenían un lugar, ellos sí escuchan ahora, ellos escuchan a Juan, ellos me escuchan a mí, ellos ahora intentan vivirlo”. En la primera lectura, estas personas serían los que estaban haciendo el mal y empiezan a hacer el bien; en el Evangelio, los que decían que no iban a trabajar, y empezaron a ir, y empezaron a vivirlo de a poco, como podían.

Y esa es la invitación para nosotros: tener los sentimientos de Jesús es hacerle un lugar a todos, es ayudar a aquel que es más sencillo, es buscar siempre el camino para que el otro se acerque a Dios. Esa es la invitación de Pablo hoy para nosotros como comunidad: tener un mismo pensamiento, un mismo corazón, un mismo sentimiento; bucear en lo profundo del corazón de Dios para intentar vivirlo, pero no para guardarlo sino para mostrarlo. Pablo dice “eso tiene que brillar ante los demás”.

Pidámosle a Jesús que, mirándolo a Él, aprendiendo de Él, podamos vivir sus sentimientos y que también, como nos pide Pablo, nos animemos a ser luz para los demás.

LECTURAS:

* Ez. 18, 24-28

* Sal. 24, 4-9

* Fil. 2, 1-11

* Mt. 21, 28-32

lunes, 19 de septiembre de 2011

Homilía: "Los últimos serán los primeros" - domingo XXV del Tiempo Ordinario

En la película “Más allá de la vida”, Cécile de France es una escritora y periodista que tiene una experiencia traumática, se encuentra al borde de la muerte en Asia cuando sucede el Tsunami. Tras esa experiencia, en la cual casi muere y es rescatada, ella comienza a mirar la vida desde otra perspectiva, desde otro lugar. Y esto la hace replantearse un montón de cosas de lo que está viviendo, de lo que le está pasando, y empieza a poner la mirada, como muchas veces pasa cuando uno tiene una experiencia límite o profunda en la vida, en las cosas centrales y esenciales. Es por eso que, después de un tiempo de reflexionar, decide escribir un libro sobre el más allá, sobre lo que sucede al momento de la muerte y posteriormente, y empieza a entrevistarse con gente que ha tenido esta experiencia y decide llevar un bosquejo de lo que está haciendo al lugar donde ella siempre escribía, a su editor, a la editorial (también ahí estaba su novio). Sin embargo, se ríen un poco de ella, la cargan por lo que está haciendo, por lo que está preparando, y le piden que se tome un tiempo: “Bueno, has tenido una experiencia traumática, tomate un tiempo de descanso, volvé después”, le dicen y ella no entiende y dice “No, ¿por qué? He escrito sobre tantas cosas triviales, que no son profundas ni llenan el corazón, ni valen tanto la pena y este es un tema importante para todos nosotros, un lugar por el que todos tenemos que pasar, algo que todos –o muchos– esperamos en el corazón”. Sin embargo, no la escuchan, empieza a perder prestigio, hasta Didier, su novio, la empieza a dejar de lado. Y ese vivir de una manera diferente, nueva para ella, la lleva a casi tener que distanciarse de su vida no solo anterior, sino de aquellos que la rodeaban; y siente una incomprensión por parte de los demás frente a esta nueva experiencia que ella tiene. Mientras vivía como ellos, no había ningún problema; cuando muestra un modo distinto, una forma de vida distinta, los demás la empiezan a dejar de lado.

Y esta experiencia que ella tiene es una experiencia que también tenemos nosotros a veces en la vida; a veces, vivimos cosas muy profundas, muy significativas pero que, cuando las queremos llevar a los demás, no sentimos un correlato del otro lado y sentimos que el otro está a una distancia muy grande de lo que a nosotros nos está pasando. Sentimos que el otro no puede entrar en nuestro mundo, no comprende lo que nos pasa, lo que estamos sintiendo en lo profundo del corazón. Pero esto también nos pasa a nosotros; ¿cuántas veces tampoco comprendemos lo que le pasa al otro, no podemos entrar en el mundo del otro? A veces, por circunstancias difíciles, a veces por circunstancias gozosas, a veces porque viven distinto… y nos cuesta compartir y vivir con el otro; casi como si estuviéramos en mundos diferentes, aun estando muy cerca, porque lo que pasa por el corazón es diferente y es distinto. Muchísimas veces tenemos esa incapacidad de poder aceptar o adaptarnos a lo que al otro le está pasando, a lo que está viviendo y, así, nos vamos quedando en nuestra forma de vivir, de interpretar las cosas, en nuestro propio mundo y eso nos va cerrando a los demás.

Esta experiencia que, sin irnos muy lejos, tenemos en la vida es la experiencia que seguramente tuvo Jesús en ese camino de tener que explicar a sus discípulos a qué los estaba invitando porque Jesús los invitaba a vivir de una manera más radical, y eso todos los entendemos. Cuando les dice “tenés que entregarte más”, “tenés que amar más”, “tenés que ser más generoso”, “tenés que ser más solidario”, uno piensa que es verdad, que tenemos que ser así, sin embargo nos encontramos con la experiencia de nuestra vida que continuamente no nos deja llegar a aquel ideal que tenemos, que buscamos, que deseamos. Pero en eso no encontramos una dificultad muy grande, sí en vivirla pero no en decir “sí, este es el camino”; sin embargo, hay otras veces en que no entendemos qué es aquello a lo que Jesús nos está invitando. Nos abre una experiencia, de algo tan nuevo, que casi pareciera que nos deja afuera porque nos hace mirar e interpretar las cosas desde un lugar diferente y distinto. Y creo que uno de esos lugares donde nos hace interpretar las cosas de un modo distinto es este evangelio porque, ya cuando empieza diciendo “muchos de los últimos serán los primeros”, uno dice “¿dónde?, ¿cuándo?, ¿de qué forma y manera?” porque no es nuestra experiencia. Si a nosotros nos dicen “vas a ser último” no nos gusta; tal vez los chiquitos dicen “sí, para bañarme” pero, para todo lo demás, uno quiere ser primero. La vida nos invita a ser primeros, el mundo nos exige ser primeros.

Entonces la pregunta es ¿dónde tenemos que ser últimos?, o ¿dónde se vive este ser último? Y es entonces cuando Jesús les presenta a sus discípulos esta parábola en la cual el señor invita a muchos a que vayan a trabajar a su viña prometiéndoles un denario, aquello que se pagaba por un jornal de trabajo, por un día. Y, continuamente, a lo largo del día, va a decirles a otros que vayan hasta la última hora a trabajar a su viña prometiéndoles que les va a pagar lo que fuera justo. Para sorpresa de todos, cuando llega el momento, llama a su mayordomo y le dice “ahora, ve y págales empezando por los últimos” y este, arrancando por los últimos, empieza a pagarles a todos lo mismo. Como es de esperar, y como seguramente muchos de nosotros haríamos, se quejan por lo que reciben: “¿cómo es posible que yo, que trabajé todo el día, reciba lo mismo que el que trabajó mucho menos tiempo que yo?”. Sin embargo, cuando alguno quiere plantear esto desde la justicia, “¿por qué eres injusto conmigo?”, el señor le dice “yo no he sido injusto contigo, ¿no habíamos arreglado en un jornal?, ¿no te había dicho que te iba a pagar un denario?, ¿cuál es el problema?”. Pero creo que esto va mucho más allá de lo que creemos o entendemos por JUSTICIA porque termina diciéndole “¿por qué te molesta que yo sea bueno?, ¿por qué tomas a mal que yo sea bueno?”.

Creo que esto nos abre a una interpretación más profunda y totalmente diferente de lo que solemos tomar como justicia. El problema es que, en general, esta es nuestra manera de relacionarnos con los demás; nosotros nos relacionamos por lo que es premio o castigo, o por lo que me merezco, por lo que es mérito, por lo que es proporcional a lo que yo hago. Creo que, a pesar de que no nos gusta del todo, continuamente lo estamos haciendo y en todos los espacios; muchas veces nos pasa en la familia, nos pasa con nuestros amigos o amigas, ni qué hablar en el trabajo. En muchos ámbitos, y en muchos vínculos, de nuestra vida, nos relacionamos así. ¿Cuántas veces dejamos de hablarle o le decimos cosas al otro, o lo tratamos de tal manera por lo que sentimos que hizo o no hizo con nosotros?, ¿cuántas veces también damos hasta cierto punto porque decimos “ahora le toca al otro darme a mí”? Así nos vamos relacionando de esta manera según cuánto nos merecemos y cuánto el otro se merece, y nos cuesta mucho salir de ese plano. Sin embargo, queremos algo distinto; no nos basta la vida y no nos gusta cuando sentimos que estamos dando mezquinamente, o cuando sentimos que nos relacionamos solamente de esa manera. Por eso creo que todos buscamos experiencias y relaciones gratuitas y, cuando podemos vivir algo desde lo profundo del corazón y gratuitamente, somos mucho más felices; cuando sentimos que podemos darnos y que el otro se da a nosotros gratuitamente nos llena mucho más el corazón; cuando podemos entregarnos, cuando encontramos esos momentos en que podemos abrir el corazón de una manera diferente… El problema es que nos cuesta mucho, en general, entrar en ese modo de vida y de relación.

Pero Jesús nos muestra un mundo diferente. En primer lugar, mostrando su praxis: es Él el que va a buscar. Dice el evangelio que, continuamente, fue el dueño el que fue a buscar. Buscó al principio, buscó en el medio, buscó al final; y cuando pasa y sucede esto, dice “¿por qué te molesta que yo sea bueno?”. ¿No será que esa bondad nos abre a un modo distinto de relación con Jesús? Porque, en realidad, a todos los invitó Jesús; y todos recibieron algo de Jesús, todos recibieron un don y un regalo de Él. Es claro que esto no está hablando de una justicia retributiva, no lo escribió ningún economista, esto no cierra. Esto es un modo diferente de relacionarse en el Reino de Dios. Jesús les está diciendo “ustedes se relacionan de esta manera, por lo que creen que es justo e injusto, por lo que te tengo que dar o no; yo me relaciono de otra manera, en mi Reino es diferente. Yo te doy de lo que es mío, y lo que es mío es para todos, y es para todos de la misma forma e igual; y, si quieren compartir la alegría, acá no compitan, acá no se comparen, acá no busquen lo que creen ustedes que es justo según su manera de pensar, de vivir y de sentir. Acá queremos compartir la vida de una manera diferente; por eso vivan la alegría de que todos reciben lo mismo, el que es primero y el que es último”.

Acá esta parábola creo que tiene algo curioso porque le faltaría una segunda parte, que la escribo yo, no la escribió Mateo, me toca a mí. ¿Qué hubiera pasado con este hombre que seguramente se fue enojado? Porque, después de que Jesús le dijo esto, seguramente dijo “yo de acá me voy”; pero Jesús continuamente sale a buscarnos y se lo encontró un día y él volvió a la viña, pasó a ser el último y recibió lo mismo. Ahí seguramente empezará a entender, si es que se animó a volver a Jesús, lo que significa que los últimos serán los primeros, que todos reciben lo mismo, el que llegó en un momento, el que llegó en el otro, que todos gozan de lo mismo, de ese Jesús. Para decirlo más claro, el ejemplo más claro de esto es el buen ladrón: fue el último, y después fue el primero. Estaba en la cruz, le pidió perdón a Jesús y Él le dijo “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. ¿Dónde cierra eso? En Jesús, quien nos invita a compartir y a alegrarnos ya que todos tenemos la misma posibilidad; lleguemos cuando lleguemos, todos podemos vivir la alegría de estar con Él.

Esta también es la experiencia de Pablo. Pablo en un momento conoció a Jesús y, cuando conoció a Jesús, dijo “Para mí la vida es Cristo. Ahora vivo para Él y me alegro de que otros estén acá; si fuera por mí, me iría con Jesús ya, para mí la muerte es una ganancia. Sin embargo, quiero que muchos de ustedes puedan vivir esto, por esto es mejor que todavía esté acá para que otros que llegan últimos compartan la misma alegría”. Él ya tiene el corazón lleno de Jesús. Y cuando uno llena el corazón de Jesús, empieza a vivir de una manera distinta, de una manera nueva. Creo que todos tenemos la experiencia de eso. Cuando pudimos tener una experiencia profunda de Jesús, en cualquier momento y circunstancia de nuestra vida, sentimos algo distinto.

Pidámosle entonces, en este día, a Jesús que nos dejemos buscar por Él, que nos dejemos encontrar por Él, que nos sintamos llamados. Y que, cuando nos sintamos llamados y estemos en su viña, podamos decir, como Pablo, “para mí la vida es Cristo”.

LECTURAS:

* Is. 55, 6-9

* Sal. 144, 2-3. 8-9. 17-18

* Flp. 1, 20b-26

* Mt. 19, 30-20, 16


lunes, 12 de septiembre de 2011

Homilía: "Hasta 70 veces 7" - domingo XXIV del Tiempo Ordinario

Hay una leyenda árabe que cuenta que dos grandes amigos iban caminando por el desierto. Como siempre pasa, se divertían contando anécdotas, cosas de la vida, cosas que habían pasado, charlando de muchos temas. El camino por el desierto se hace largo, y pasaron a temas que a veces son un poco más discutibles, conflictivos, sobre los cuales no pensaban igual y, de pronto, la conversación subió un poco de tono, uno de ellos se sintió ofendido y le pegó una cachetada a su amigo. Entonces, este amigo dolido con lo que el otro había hecho con él, se agachó y, con el dedo, escribió en la arena “hoy mi mejor amigo me ha pegado una cachetada” frente a la sorpresa del otro, que ahí se dio cuenta de lo que había hecho. Siguieron caminando, como si nada, hasta que llegaron a un oasis, comenzaron a refrescarse, nadar un poco, con la alegría de poder tener algo de agua en medio del desierto y el amigo que había sido agredido comenzó a ahogarse y empezó a pedir auxilio. Entonces, su amigo fue rápidamente hasta él, lo socorrió y lo salvó. Este amigo, agradecido, tomó un cuchillo y comenzó a escribir en la piedra: “hoy, mi mejor amigo me ha salvado la vida”. Escribió hasta que quedó marcado y, después de un rato, su amigo sorprendido le preguntó: “¿por qué cuando yo te ofendí, te agredí, escribiste con el dedo en la arena y ahora que te ayudé escribiste esto mucho más fuerte acá en la piedra?”. Y su amigo le dijo: “es que, cuando un amigo comete una ofensa contra uno, uno tiene que escribirlo en la arena del corazón de donde el viento del perdón y del olvido harán que se vaya borrando; en cambio, cuando un gran amigo tiene un gesto importante, profundo con uno, uno lo tiene que grabar a fuego en el corazón para recordarlo toda la vida”.
A pesar de la simpleza de esta enseñanza, creo que va a lo central de lo que edifica y construye los vínculos, que es aprender a guardar en el tesoro de lo que es la amistad, los gestos, los signos, en ese cofre que es el corazón; y aprender a, más allá del dolor, dejar que ello haga su proceso y vaya pasando. Sin embargo esto de que, seguramente si lo charlásemos todos coincidiríamos en que es mucho más grande un gesto bueno que un gesto malo, no siempre es así. Muchas veces, los grandes signos que nuestros amigos, nuestros familiares, la gente cercana a nosotros, tienen con nosotros quedan escritos como en arena y las grandes o pequeñas cosas que los demás nos hacen las guardamos como a fuego en el corazón y nos cuesta mucho sacarlas, nos cuesta mucho olvidarlas. Parece que en esta balanza, en donde tendría que pesar más lo bueno, muchas veces pesa más lo malo y el problema es que, desde ahí, no se puede construir. Si nosotros tenemos un corazón donde nos cuesta perdonar, donde nos cuesta reconciliarnos y caminar de nuevo con el otro, vamos perdiendo esa facilidad de hacer los vínculos.
Esto generalmente pasa mucho, y uno lo ve a veces cuando toca verlo de afuera; porque, cuando estamos adentro, estamos todos bailando y es difícil ser objetivos. Pero, cuando nos toca ver de afuera, uno dice “¿por esta pavada estos se pelearon? Tantos años de amistad, tantos años de hermandad, tantas cosas que vivieron juntos, ¿y por esto se separan, por esto no se hablan más, por esto no se quieren ver?”. Casi como nos pasa a veces con los pequeños, que uno dice “si es tu amigo, andá, reconciliate”, casi tendríamos que escucharlo también nosotros cuando somos grandes, tendríamos que aprender a descubrir todos los signos que el otro pone. Y, si empezamos a mirar, en general en los grandes vínculos que tenemos en la vida, hemos guardado o juntado en nuestro corazón un montón de signos de cariño, de amistad, un montón de cosas por las que tendríamos que estar agradecidos, que tendrían que ser un gran tesoro con el que pagar esas pequeñas deudas, esas pequeñas ofensas que tienen con nosotros.
Sin embargo, esto nos cuesta a todos; nos cuesta tanto que, en general, no nace con naturalidad el perdón en nosotros. Y esto que nos cuesta a nosotros, les cuesta a los discípulos. No sé si recuerdan, pero el domingo pasado, que este evangelio viene en continuado, escuchamos que Jesús nos invitaba a la corrección fraterna y nos indicaba el camino que uno tiene que hacer en la corrección fraterna: primero en privado, después con dos o más y después con la comunidad. Frente a esto, Pedro dice “está bien que nos tengamos que corregir, pero ahora me toca a mí, ¿hasta dónde yo lo tengo que perdonar al otro?” y Pedro, bastante osado, tira un número bastante importante: “¿hasta siete veces lo tengo que perdonar?”. Como ustedes saben que los números, como siempre hablamos, en la vida tienen un simbolismo y el número 7 es un número de plenitud, un número grande, importante. Pedro no anda con pequeñeces. Sin embargo, Jesús le dice “¿hasta siete veces?”, casi como diciendo “me dices”, “hasta setenta veces siete” te digo yo. En el fondo, lo que le está diciendo es “tenés que perdonar siempre”. Porque nosotros siempre estamos como midiendo: ¿hasta dónde yo me entrego, hasta dónde yo me doy, hasta dónde lo quiero a este, hasta dónde lo amo, hasta dónde lo perdono? Siempre es como que estamos viendo cómo estiramos la cosa; y Jesús nos dice “mirá, esto no sirve; esto no es así”. Lo que tenemos que hacer es romper los límites, decir “tengo que amar siempre, tengo que perdonar siempre, tengo que ser generoso siempre”.
El que puede vivir esto así es Jesús y obviamente que a nosotros nos cuesta, pero la invitación es esa, el ideal es ese, y hacia donde nos pide que caminemos es hacia allí por esa necesidad profunda que tenemos todos en el corazón. Y creo que este texto es como el corazón del Evangelio. Muchas veces yo me he preguntado: ¿dónde se juega mi ser cristiano?, ¿dónde yo puedo mostrar que soy cristiano?, ¿cómo puedo dar testimonio a los demás?, ¿cómo puedo ir a decir y mostrar que yo quiero a Jesús, que estoy cerca? Y creo que, después de estos pocos años que me ha tocado caminar en la fe, el ser cristiano se juega en el perdón. Eso es lo que nos va a preguntar Jesús: ¿cuántas veces perdonaste?, ¿cuántas veces abriste el corazón? Y, ¿por qué se juega acá? creo que es porque es lo que más nos cuesta. En general no es lo que nace con naturalidad en nosotros. Cuando verdaderamente nos sentimos dolidos, no cuando decimos “bueno, no importa” porque ahí no me tengo que jugar nada, sino cuando alguien verdaderamente me hace algo a mí que me duele, lo que nace con naturalidad es pensar en cómo no le hablo más, cómo lo dejo de lado, cómo se la hago sentir un poco, cómo le paso factura… cuando no hablamos de cómo llevar a cabo alguna venganza. Y no nace este decir “¿cómo lo puedo perdonar?”; y, como esto no es lo que nace, es lo que nos cuesta a todos. Y acá es donde Jesús nos dice “acá les pido que crezcan como cristianos, esto es lo que los tiene que diferenciar del resto, aquí es donde se juega la comunidad”. Yo creo que la comunidad cristiana se juega en la capacidad del perdón y la reconciliación y el gesto más profundo que siempre se puede poner es el de perdonar. Sin embargo, nos cuesta a todos; le costó a la Iglesia durante siglos. Gracias a Dios, Juan Pablo II tuvo ese gran gesto de decir “pidamos perdón por los errores cometidos, seamos un signo para los demás, nosotros demos testimonio de esto como Iglesia, demos testimonio como comunidad, demos testimonio como cristianos”. Esa capacidad de perdonar es donde se muestra cómo vamos creciendo en este amor a Jesús.
Y en el fondo es esto que Jesús nos dice en la parábola. Les dice que había un rey que tenía un hombre que le debía una deuda incalculable, impagable, no había manera de pagar esa deuda. Sin embargo, este hombre le pidió a su señor “ten compasión de mí” y parece que, solo diciendo eso, ese rey se compadeció. Parece casi irónico el texto. Se compadeció, y le dijo “bueno, andate y no me tenés que pagar nada”; sin embargo, por el contrario, este hombre tenía un hombre que le debía una deuda insignificante, pequeña, muy chica, pero no actuó de la misma manera. Se enojó, lo ofendió, lo hizo poner preso; y, cuando el rey se enteró, le dijo “no aprendiste nada, ¿no viste lo que yo hice con vos?, ¿no pudiste repetir la historia?, ¿no pudiste entrar en esta dinámica de aprender a perdonar como a vos te perdonaron?”. Lo que está haciendo acá Jesús es mostrando lo que hizo Dios con nosotros. El que nos perdonó a todos una deuda impagable es Jesús, el que dio la vida para perdonarnos y que tengamos una vida nueva y una herencia enorme como es la salvación, como es el cielo, fue Jesús. Y fue tan grande el precio que tuvo que pagar por eso que le pide al Padre que nos perdone: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Y Dios, frente a ese rezo profundo en la cruz de Jesús, nos perdona. Y ahora nos pide a nosotros que, en esos gestos muchas veces insignificantes de los demás, hagamos lo mismo.
El problema es que para eso primero tenemos que hacer experiencia en el corazón de lo que significa ser perdonados, y esto nos cuesta a todos. Hemos relativizado tanto las cosas que muchas veces pareciera que no sabemos qué es lo que está mal y qué es lo que está bien, pareciera que todo es igual y, si no aprendo a distinguir qué es lo que está mal y qué es lo que está bien, no aprendo a tener un corazón agradecido por todo lo bueno que el otro hace en mí y no aprendo a pedir perdón ni a perdonar cuando algo malo pasó. Y obviamente que estamos hablando de cuando nos sentimos heridos, de cuando nos sentimos lastimados. Para ir terminando, el primer ejemplo que me viene a la mente tal vez es el de la PACIENCIA: algunos tendrán más paciencia, otros tendremos menos, pero la paciencia no se juega en lo cotidiano de cada día sino que se juega en el momento en donde se me acabó la paciencia. Tal vez, los padres podrán explicarlo mejor que nosotros. Y, cuando llega ese momento, decimos “¿haré crecer esta paciencia?, ¿tendré esa capacidad para poder tener más paciencia?”. Y con esto pasa lo mismo, el perdón se juega en el momento en que yo me sentí dolido, en que yo me sentí lastimado, no en otro momento, no en el momento en que no me pasó nada, sino en ese momento en que se me pide tener grandeza de corazón. Esto es lo que tuvo Jesús con nosotros y por eso nos dice “perdonen de corazón”; esto es lo que le dice Pablo a su comunidad: “si vivimos, vivimos en el Señor”.
Vivir en el Señor es aprender a amar y el signo más profundo del amor es aprender a perdonar porque eso es lo que sana, eso es lo que sanó nuestro vínculo con Dios y con nuestros hermanos, eso es lo que recrea constantemente nuestro vínculo con los demás. Pidámosle entonces en este día a Jesús, a aquel que nos perdonó de corazón, a aquel que nos pide que perdonemos y que nos enseña a hacerlo, que transforme nuestros corazones y que nos haga siempre cristianos capaces de tener un corazón basado en el perdón y en la reconciliación.


LECTURAS:

Eclo 27, 30 - 28, 7

Sal 102, 1-4. 9-12

Rom 14, 7-9

Mt 18, 21-35


lunes, 5 de septiembre de 2011

Homilía: "Si tu hermano peca contra tí" - domingo XXIII del Tiempo Ordinario

En la película “UN SUEÑO POSIBLE”, de la que alguna vez hemos hablado, la familia Touhy, Leigh Anne más en concreto, decide llevarse a su casa a un chico enorme, Big Mike, que se está mojando a la noche porque no tiene donde ir a dormir. Y esto que comienza como una noche para que este chico tenga una cama, un lugar cálido para dormir, empieza a crecer en un vínculo cuando descubren que no tiene a donde ir, que no tiene un lugar donde estar. Pero, como todo pasa, después de un tiempo, esta madre quiere averiguar un poco más de este chico; sin embargo, él casi no le dice nada. Y es por eso que, hablando con John, su marido, está preocupada y quiere saber qué es lo que pasó, sobre todo cómo un chico puede llegar hasta esta situación. Pero su marido, dando en la tecla, le dice “Mira, justamente el don que tiene Mike es el de saber olvidar; no tiene rencor con nadie”. Entonces le pide a esta madre que lo deje tranquilo y, podríamos decir, que esa parte la cumple pero no se queda tranquila con la situación porque quiere ver cómo cambiarlo, cómo corregirlo, no puede ser que un chico quede así desolado, que nadie se ocupe… hasta que averigua dónde vive la madre y decide ir a verla para hablar con ella. Estaban pensando en adoptarlo pero, aparte, quería decirle algunas cosas de lo que había sido y de cómo una madre puede despreocuparse de su hijo. Sin embargo, esto que empieza como un deseo de corrección y de ir a decirle algunas cosas, termina en una desolación y una gran pregunta para la madre porque se encuentra con una mujer que está perdida, adicta, que no sabe qué hacer con su vida, podríamos decir con una pobre mujer. Entonces, lo que empezaba como un deseo de corregir cosas, termina con una compasión muy grande y dándose cuenta de que esta mujer no está en condiciones de soportar ni de aguantar lo que ella le pudiera decir. Es por que, a partir de ahí, descubre que la que tiene que descubrir qué camino tiene que tomar es ella.
Y esta gran pregunta que queda en esta mujer, “si la corrijo, si no la corrijo, si le digo algo o no le digo algo”, es también una pregunta que muchas veces nosotros nos hacemos en la vida. ¿Hasta dónde me tengo que comprometer con el otro?, ¿hasta dónde le tengo que marcar los errores, o corregir, al otro?, o ¿cuándo, de qué manera?, ¿de qué forma lo tenemos que hacer? Porque, por un lado, muchas veces nuestras ansias de perfección o de creer que todo se tiene que hacer bien o de que hacemos mejor las cosas que el otro, muchas veces nos llevan a querer decirle todo al otro y querer corregirlo en todas las cosas. Pero otras veces nuestro decir “no es mi tema, yo no tengo por qué preocuparme, es asunto del otro” también nos lleva a dejarlo de lado, a decir “bueno, que haga el otro su camino, que se preocupe” o lo que fuera. Entonces, la gran pregunta en el corazón es ¿qué es lo que tengo que corregir?, ¿cuándo tengo que corregir?, ¿de qué manera tengo que corregir?
Y podríamos decir que el primer dato de qué es lo que tengo que corregir nos lo da este Evangelio porque dice “si tu hermano peca contra ti”. Podríamos decir, sino, en la primera lectura, porque acá podríamos decir está diciendo “cuando mi hermano se equivocó conmigo”. En la primera lectura dice “si tu hermano está en un mal camino, si se ha desviado del camino, tenés que ir y corregirlo” entonces tenemos que ver que, en primer lugar, la corrección Jesús, o Dios en el Antiguo Testamento, nos la manda para cada situación. La primera pregunta es: ¿cuán responsables nos sentimos del otro?, ¿de qué manera nos sentimos vinculados con los demás? Porque, frente a ese “yo no tengo que preocuparme por el otro”, Jesús nos manda justamente que nos preocupemos por los demás. Nos manda que, ahí, tenemos que dar un salto de caridad; y, tan grande es este salto de caridad, que en la primera lectura Ezequiel nos dice “vos sos responsable de la suerte de tu hermano”. Esto es tan intrínseco en el Antiguo Testamento que lo fuerte es el Pueblo que Dios eligió, no cada persona individual, sino que lo importante es que, como pueblo, vayan creciendo. Pero esta experiencia que hacen estos hombres en el Antiguo Testamento en su encuentro con Dios es la que repite Jesús; Jesús llama a una comunidad y le pide a una comunidad que sea mensajera de su Buena Noticia. Es por eso que el camino para crecer en la fe, el camino para crecer en la vida, es crecer como comunidad, que es este deseo tan grande que todos nosotros tenemos. En lo profundo de nuestro corazón, está el poder crecer en el vínculo con el otro. Desde chiquitos, buscamos una pertenencia a un grupo, a una familia; no nos gusta quedarnos solos, y este deseo que tenemos en el corazón desde chicos se repite a lo largo de nuestra vida. Muchas veces tenemos esta tentación de creer que solos, separados, o aislados, estamos mejor; sin embargo, tenemos la experiencia de que, cuando estamos en esa situación, hay algo que nos falta, no nos termina gustando, no nos sacia el corazón. Y tampoco nos gusta cuando vemos a alguien que queremos que está aislado, que no tiene con quién encontrarse, que no tiene con quién vincularse. Y es por eso que, para comenzar a ver hasta dónde llega mi compromiso con los demás, Jesús nos dice “tu compromiso siempre es con el hermano”.
Y, cuando nos dice que tenemos que corregir, nos dice que es cuando el otro cometió un error, es decir, cuando el otro se equivocó, cuando el otro hizo las cosas mal. Porque acá tenemos un problema muchas veces que es que, cuando tenemos que corregir a los demás, muchas veces corregimos sobre lo que no nos gusta, sobre lo que me parece que no está bien, sobre lo que creo, pero no sobre lo que sabemos que está mal. Y la corrección es clara cuando el otro hizo algo que lo desvió de su camino o me hizo un mal, o cuando descubrimos que eso no le va a hacer bien, pero no cuando no me gusta, o no cuando es opinable. Primero, porque se hace muy difícil: si yo voy a corregir al otro en lo que es distinto de mí, o no me gusta, o me parece opinable, me va a llevar toda la vida porque todos somos diferentes. Pero segundo, si queremos crecer en comunidad, tenemos que aprender a descubrir que somos distintos y que, en esa diferencia, también está la riqueza; que en ese muchas veces hasta disentir, en ese muchas veces no compartir lo que el otro cree o piensa, es en donde nos podemos enriquecer. Pero que la corrección tiene que ser clara en eso en que el otro se equivocó.
En segundo lugar, como decíamos antes, tenemos que aprender que todos somos responsables de los demás. Y creo que en esto es muy clara la segunda lectura. Cuando a Pablo le preguntan qué es lo que hay que cumplir, cuál es la ley que hay que vivir, aquel que se pasó la vida cumpliendo la ley, y viviendo la ley, como judío dice “la ley que hay que cumplir es el amor; el amor es la plenitud de la ley porque el amor nunca hace mal al otro, porque el amor nunca puede dañar al hermano. Y, por eso, todo aquello que ustedes han escuchado que hay que hacer se resumen en esto: amen”. Y, si tenemos que englobar de dónde nace la corrección, o cuándo sé que estoy corrigiendo bien, es justamente cuando lo hago por amor. La regla de esto es amarnos los unos a los otros como nos dice Jesús y, a partir de ese amor, a partir de comprometerme con el otro, es que tengo que corregirlo; a partir de ahí, tengo que dar este paso. Y, si todavía no lo quiero (porque muchas veces nos pasa), si todavía no lo amo, seguramente tenga que dar un paso antes: quererlo, amarlo, para poder corregirlo. Tengo que tener un compromiso o un vínculo fuerte para poder ayudar al otro, para poder mostrarle el camino.
Por último, y en tercer lugar, Jesús nos dice que, cuando queremos corregir, tenemos que hacerlo en privado. Y tal vez esto es lo que más nos cuesta; creo que muchas veces el último que se entera de que hay algo que nos molesta del otro es justamente aquel que hizo algo contra nosotros. Muchas veces terminamos hablando con los demás, divulgando muchas cosas que no nos hacen bien a nosotros y que terminan dañando ese vínculo; por eso la manera de sanar siempre los vínculos es animarnos a enfrentar la situación, animarnos a estar cara a cara con el otro. Y es en ese cara a cara que podremos sanar el vínculo; es en ese cara a cara, de corazón a corazón, donde en general las cosas empiezan de nuevo, donde el camino se hace nuevo para Jesús, se hace nuevo para nosotros. El corregirse es justamente una expresión del amor y es lo que nos puede ayudar a caminar. Varias veces hemos hablado de cómo todos nos equivocamos, y todos tenemos esa necesidad de corrección y también de corregirnos, y es parte del comprometerse y responsabilizarse los unos a los otros; pero para eso tenemos que crecer en el amor, para eso tenemos que poner un piso antes, tenemos que solidificar algo antes porque de ese querer y amar nace lo mejor del corazón y nos compromete a nosotros y lo compromete al otro.
Una gran pregunta que siempre me hice es, cuando Jesús le pregunta a Pedro si lo ama, después de que Pedro lo negó, es ¿qué es lo que habrá sentido Pedro? Porque seguramente estuviera esperando que Jesús lo rete, que lo recrimine, que le diga un montón de cosas; sin embargo, en lo único que lo cuestionó fue en el amor. A veces hasta nos es más fácil que el otro nos diga un montón de cosas porque sentimos que nos lo merecemos; en este caso, era muy claro. Y creo que Pedro pudo vislumbrar lo que Jesús estaba haciendo porque se sintió querido y amado. En ese corregir de Jesús, más allá de lo que decía, estaba ese vínculo fuerte que Jesús había hecho con Pedro: lo había amado, y por eso varias veces le pudo mostrar el camino. Había dado la vida por él. Y creo que es en ese ir dando nosotros la vida, en nuestras familias, en nuestras comunidades, donde nos toca, que podremos ir también mostrando el camino a aquel que lo necesite. Ahora para eso también nosotros siempre tenemos que estar abiertos, porque esto es recíproco: yo lo ayudo al otro, y el otro me ayuda a mí.
Pidámosle a Jesús –a aquel que nos mostró el camino, a aquel que nos enseña a vivir en esta plenitud de la ley, que es el amor– como comunidad, como familia, que nos enseñe a solidificarnos cada día más en el amor, a crecer en esa caridad. Pidámosle que nos ayude a crecer como comunidad y que, creciendo en esa comunidad, podamos crecer en la corrección como expresión del amor.




LECTURAS:

Ez. 33, 7-9

Sal. 94, 1-2.6-9

Rom. 13, 8-10

Mt. 18,15-20


miércoles, 31 de agosto de 2011

Homilía "Tú Me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir" Domingo XXII del Tiempo Ordinario

“La fuerza en la disciplina, la fuerza en la comunidad, la fuerza en la acción, la fuerza en el orgullo” es la frase más repetida por el profesor Rainer Wenger en la película alemana “La Ola” (2008), en donde a él le toca, en la semana de los talleres, el taller de autocracias, de los distintos totalitarismos que ha habido a lo largo de la historia y él se queja porque no quiere dar este taller a los alumnos. Sin embargo, le dicen que ya está así, y que le toca eso; entonces, empieza a pensar en cómo poder hacer llegar esto de una manera más viva a sus alumnos. Bueno, comienza a hablar con ellos. En la primera clase no le va muy bien; los alumnos le dicen que hoy eso no se puede dar, que esos totalitarismos, como el del Tercer Reich, no pueden volver a pasar, y él empieza a seducir a los alumnos invitándolos a animarse a seguir, por dos o tres días, un proyecto. Los alumnos aceptan y comienza con una férrea disciplina a invitarlos. Así logra que se sienten y hagan silencio rápidamente, que mantengan derechas las espaldas, que no se saquen las zapatillas ni los zapatos (como hacen los alumnos en clase), y todas esas cosas que suceden hoy. La cuestión es que esto que comienza como un entretenimiento empieza a subir y los alumnos se empiezan a “copar”, podríamos decir, seducir por esta nueva propuesta cada vez más metidos, más involucrados… Hasta que todo llega como a un punto más de conflicto en un partido de waterpolo, en donde el profesor se da cuenta de lo que está pasando. Sin embargo, esto continúa, ¿no?

Bueno, como siempre, si quieren ver cómo continúa, alquilen “La Ola”.

Pensaba en cómo esto muestra el espíritu humano que lo que busca es qué es lo que quiere seguir. Pero, para eso, se tiene que sentir seducido por algo; para eso, se tiene que sentir atraído por algo. Y esto nos sucede en todos los momentos de la vida. Por poner un ejemplo muy simple: cuando uno es chiquito, un varón en general, y tiene que elegir un equipo de fútbol, a veces para desagrado de nuestros padres (¿no? Mi papá es de River), uno se siente seducido por algún amigo, primo, por algo, y cambia de equipo muchas veces. Y esto que es tan simple empieza a sucedernos con muchas cosas de la vida: con qué amigos nos juntamos, con qué personas estamos más, qué es lo que empezamos a decir, a hacer, nuestra manera de obrar. Pero para eso tenemos que descubrir que hay algo que nos atrae, hay algo que nos llama.

Más aun en nuestra juventud, cuando uno empieza a buscar qué es lo que quiere, qué es lo que desea, a qué está llamado… Y para eso uno se tiene que sentir seducido, tiene que encontrar distintas propuestas y, en base a esas propuestas que uno va encontrando, uno va viviendo. Por eso nacen las ideologías, o han nacido a lo largo de la historia, algunas mejores, otras no tan buenas, pero, más allá de catalogarlas moralmente, lo que han buscado es llamar a las distintas personas a seguir una forma de vida, un estilo de vida. También nos podemos sentir seducidos por las cosas. ¿Cuántas veces nuestra búsqueda o hacia lo que tira más nuestro corazón es hacia las cosas materiales? Y siempre necesitamos tener el iPhone 4, el iPad 2, o la última computadora o, cuando uno es más grande, el último auto; siempre estamos como en una carrera y no terminamos de conformarnos con lo que tenemos –sea bueno, malo, nos guste o no– y nuestra seducción pasa muchas veces más por el tener.

Y también nos sentimos seducidos por el otro: en la amistad, en el noviazgo, en el matrimonio. Uno se siente atraído, seducido, y por eso va haciendo opciones en el corazón. Y también uno se siente atraído y seducido por Jesús. Todos los que estamos acá es porque, en algún momento de nuestra vida, Jesús nos ha llamado, ha tocado nuestro corazón, nos ha seducido, y por eso lo hemos seguido. Y esta es la atracción que tiene Jeremías que nos dice, en la primera lectura, “Tú me has seducido, y yo me dejé seducir”. Porque este juego se tiene que dar siempre. Dios va a tocar el corazón del hombre, busca seducirlo, pero yo se lo tengo que abrir, yo tengo que hacer una opción por Él. Y esa opción por Él implica hacer un camino, en donde habrá cosas que me gusten y donde habrá otras cosas que no me gusten tanto. Esto es lo que le pasa a Jeremías. Jeremías está predicando a Dios y no le va bien, bah, le va bastante mal, porque no lo aceptan, no lo quieren escuchar; no es un profeta que tiene mucho éxito. Y por eso dice “¿por qué te tengo que hablar, por qué tengo que predicar de vos? Sin embargo, no puedo hacer otra cosa. Calaste tan hondo en mi corazón, entraste tan profundo que no me queda otra cosa que anunciarte, no me queda otra cosa que hablar de Vos”.

Sin embargo, esto no es tan fácil. Y por eso pasa lo que sucede en la segunda lectura, que escribe Pablo, donde le pide a su comunidad que no se deje seducir por los modelos de este mundo; por eso tal vez esta frase que tenemos acá, a primera vista, un poco nos choca. Porque Pablo dice “Bueno, ustedes conocieron a Jesús”; Pablo cuando habla no dice que está mal el mundo sino que habla de los criterios del mundo que nos alejan de Jesús, de los criterios del mundo que no son evangélicos. “Ustedes han descubierto, han conocido, algo nuevo; vivan de esa manera”. Ahora esto que le pasa a la comunidad nos pasa a nosotros. ¿Cuántas veces decimos “yo quiero vivir de esta manera, yo quiero portarme así; yo, en este lugar (en mi casa, en el colegio, en la facultad, con mis amigos) quiero ser de esta forma” y muchas veces no podemos? Muchas veces sentimos que nuestra propia vida nos tira para otro lado. Esto es lo que le pasa a la comunidad. Por eso Pablo les dice “vivan de acuerdo a la manera que conocieron, no se alejen de Jesús”.

Ahora esto, que es simple de decir, es difícil de vivir. Es lo que les pasa también a los discípulos. Pedro se sintió seducido por Jesús, totalmente atraído; por eso dejó todo. Lo sigue, camina con Él, está dispuesto a dar la vida –dice– por Él. Y el domingo pasado escuchamos que, cuando Jesús pregunta quién es, hasta Pedro sabe quién es Jesús: “Tú eres el Mesías”. Sin embargo, cuando Jesús explica qué significa ser el Mesías, ya Pedro no se siente tan seducido por eso. Al contrario, le dice que no, lo reprende, “Tú no puedes ser ni vivir de esta manera, no puedes hacer esto, esto no va a pasar” y se come el reto más grande de todo el Nuevo Testamento: “Ve detrás de mí, Satanás”, que es como decir “te estás comportando como el diablo, sos una tentación para mí”. Imagínense las preguntas que le habrá traído esto a Pedro en el corazón; a un Pedro que se había sentido tan seducido y atraído por Jesús que había dejado todo, y que en un momento alguien le dice “mirá, así no, de esta forma no”. Es decir, aun los discípulos, aun Pedro, el primer Papa, tienen que seguir haciendo un camino en el corazón. No basta con esa primera seducción o enamoramiento que siempre tenemos. Tenemos que profundizar y, a partir de esa profundización, podremos optar y elegir. Seguramente, esto trajo un montón de cuestionamientos en Pedro y tuvo que volver a elegir a Jesús; y tuvo que descubrir si a este Jesús lo quería. Porque al Jesús que anunciaba, que le gustaba su palabra, que iba a traer un nuevo Reino, que lo seguían multitudes, ese le gustaba a Pedro. Pero el Jesús que decía “Yo tengo que entregarme, tengo que dar la vida, que sufrir, que morir en la cruz”, ese no le gusta tanto a Pedro. Sin embargo, no puede elegir a uno o a otro, tiene que integrarlo. Y tiene que ver si está dispuesto a seguir y a dar la vida por ese Jesús.

Y este es el camino de todos nosotros, el camino del cristiano, el camino de la vida: ir descubriendo de qué cosas nos vamos seduciendo, ir descubriendo cuáles nuestros deseos profundos. Y tal vez podríamos preguntarnos todos “qué es lo que le presentamos a los demás” en el mundo, en la fe. Porque, cuando uno presenta una buena propuesta, en general alguien se siente atraído. Hoy salió una nota en uno de los diarios importantes de la Argentina que habla de la generación “ni-ni” –ni estudia, ni trabaja– no sé si hay alguno acá, yo no tengo ningún problema igual con esa generación. Y les pedía que hablen y uno podría poner una postura de decir o está bien o está mal; pero la pregunta es ¿qué hemos presentado para que se llegue a esto?, ¿por qué esto es más atractivo que otra cosa?, ¿por qué uno no quiere elegir un deseo más profundo? Porque el “ni-ni” no es un deseo, digamos, es una posición en la que me encuentro. Entonces, ¿hemos presentado algo que sea más atrayente que eso?

Y lo mismo nosotros podríamos decir como Iglesia, como cristianos, ¿cuál es nuestra propuesta para el mundo? Y, tal vez, no siguiendo los criterios que no nos parecen evangélicos del mundo, no ese modelo, sino el modelo de Jesús. Porque Jesús fue atractivo, parece, con algunas cosas más, otras no tanto; pero eso llamaba la atención. Tal vez nos podríamos preguntar nosotros. En estos días, ustedes saben que estuve participando con 180 jóvenes, varios de los cuales están acá, de la Jornada Mundial de la Juventud, y una de las cosas que les decía a los jóvenes era cómo, cuando uno tiene el corazón abierto, se siente seducido por ciertas cosas que nunca haría. La mayoría de ellos subieron la Escalera Santa (que son 30 escalones) rezando, de rodillas; acá les digo “tienen que subir la escalera” y no quieren subir ni un piso, y ahí los subieron rezando, de rodillas. En Fátima hicieron lo mismo: un camino enorme, terminaron con doscientas frutillas en las rodillas. Entonces, ¿qué es lo que pasa? Y es que uno se siente seducido cuando ve algo que le toca el corazón. Eso es lo que hizo Jesús con nosotros, y por eso estamos acá. Pero no termina con la primera seducción, tenemos que animarnos a profundizar en Él. Y eso implica integrarlo todo. Esto que le pasó a Pedro nos pasa a nosotros. Creo que una de las veces que más entra en crisis nuestra fe es cuando, por primera vez, sufrimos verdaderamente. Sufrimos nosotros, o sufre alguien cercano a nosotros, y no entendemos, no comprendemos, y tenemos que volver a hacer el mismo paso que Pedro, volver a decidr si esto que tengo que integrar, lo que me gusta y lo que no me gusta tanto, lo quiero. Ese es el camino de la vida, sino no toleramos nada. Una amistad, un noviazgo, un matrimonio, ¿cómo voy integrando las distintas facetas de la vida? Jesús nos invita a eso, cuando nos dice “piérdanse” es “déjense seducir y, seducidos, síganme”.

Animémonos entonces a escuchar a este Jesús que nos habla al corazón, que nos invita a perder la vida para ganarla y, siguiéndolo, animémonos también a transmitir ese amor, esa esperanza, esa fe en Jesús también a los demás.