jueves, 5 de julio de 2012

Homilía: “No temas, basta que creas” – XIII domingo durante el año



Hace poco salió una película que se llama Prometeo, creo que todavía esta en cartel, que comienza cuando Charlie y Elizabeth encuentran una cueva de una civilización antigua, con imágenes. Hay una imagen que tiene unos hombres dibujados, con un mapa estelar. Y descubren que tiene muchas coincidencias con otras culturas, también antiguas. Es por eso que van en una nave espacial, con una tripulación, a encontrar de alguna manera este mapa estelar. Cuando están por llegar reúnen a toda la tripulación que habían llevado, con científicos de distintos lugares y especialidades, y les cuentan que han venido hasta acá porque han encontrado este mapa en imágenes de muchas civilizaciones antiguas, cómo es que distintas culturas tienen mismos signos. Entonces una de las personas que los escuchaba dice, "¿entonces estamos aquí porque encontraron un mapa?" A lo que Elizabeth responde: "No, estamos acá por una invitación que nos hicieron." "¿Una invitación de que quien?" "De nuestros padres, de quienes nos crearon." Entonces él le pregunta: "¿Cómo es posible esto?" A lo que ella contesta, “esto es lo que yo creo”. Es decir, ella ha puesto la fe en aquello que fue descubriendo, en aquello que vio como testimonio en unas cuevas diferentes.
Ahora, ahí plantea la fe como si fuera únicamente un estado: creo o no creo. Y creo que esto también nos sucede a nosotros, también muchas veces nos planteamos la fe como un estado. ¿Creo o no creo? Antes creía mas, ahora creo menos… Sin embargo la experiencia nos muestra que la fe no es un estado, sino que en primer lugar es un vínculo. Es un vínculo que hacemos con alguien o con algo, si es que es una cosa en la creemos. En segundo lugar es todo un camino, un proceso que tenemos que hacer. Porque no se trata de si creo o no creo en algo, sino el proceso que mi corazón tiene que ir haciendo a lo largo de la vida. Porque si fuera solamente por lo evidente, a veces pareciera que cuando somos más grande creemos menos que cuando éramos chicos. Alguna vez me han dicho, "cuando tomé la primera comunión tenía más fe que ahora." Pregunto, ¿y por qué creías más? "Porque no me cuestionaba nada." Bueno eso es normal, cuando uno termina la primera comunión, todo es más evidente, uno no se cuestiona tanto, sino que apela a la confianza. Cuando uno crece se va haciendo cada vez más preguntas, le van surgiendo dudas, empieza a ver cómo son las cosas. Y esto es sano. ¿Y por qué es sano? Porque uno tiene que ir creciendo. Porque el proceso de la fe implica ir dando saltos, no es un estado que tiene que quedar inalterable desde que somos chiquitos. Podríamos decir que es lamentable si yo, a mi edad, tengo la misma fe que cuando tomé la primera comunión. Si quiero poner mi esperanza, mi confianza, mi fe en Jesús, tiene que ir madurando y creciendo. Lo cual no significa, que no tenga momentos duros, difíciles, de preguntas, de noche oscura, como dicen muchos santos. Y creo que este evangelio es un ejemplo de las diferentes etapas que uno puede ir viviendo en la fe.
Hay cuatro etapas que se diferencian más claramente. En primer lugar, todas estas personas que caminan alrededor de Jesús. Van caminando, pero con diferentes intenciones, de diferentes maneras. De hecho, hay un momento en que Jesús dice, "¿quién me tocó?" Y los discípulos le dicen, “Maestro, estás rodeado de gente, y preguntás quién te toco.” No tiene mucho sentido esto. Pero Jesús descubre, en ese tocar, que hay alguien que está por una razón diferente. Y acá notamos dos cosas diferentes. Por un lado, mucha gente que camina con Jesús, pero camina tal vez porque le dijeron algo, tal vez porque Jesús estaba de moda, porque la gente lo escuchaba, y se acercaba para ver qué pasaba, pero no para mucho más que eso. Casi como Zaqueo en el evangelio, quiere ver pasar a Jesús, quiere ver qué pasa, quiere ver "quién es ese". Pero sin comprometerse mucho.
Sin embargo, hay un paso más, un diferente estadio en la fe, que es el de esta mujer. Ella lo toca con la confianza de que con sólo tocar su manto quedará sanada. Y en ese tocar pone su confianza en lo que Dios, en Jesús, le puede dar. Esto que también nosotros hacemos muchas veces. Le pedimos cosas a Jesús, rezamos y esperamos que nos dé diferente dones. Sin embargo, si mi fe se queda solamente ahí, tiene un problema porque no siempre Dios responde a lo que yo le pido, de la manera que espero. Me acuerdo, hace varios años, que le pregunté a una persona cercana si iba a venir de nuevo este año a caminar a Luján conmigo. Y me contestó que no porque el año pasado había caminado a Lujan, había hecho una promesa y Dios no se la había cumplido. Es decir, ¿qué es lo que estoy esperando de Dios? Los dones, lo que él me da. Mi fe está por los dones que él me pueda dar a mí.
Pero Dios nos pide un paso más en la fe, que no sea solamente por los dones que Él me puede dar. A lo que me invita es a un encuentro más profundo, cuando dice a la mujer: “Tu fe te ha salvado”, (o sanado, es la misma palabra, proviene de la misma raíz en griego). Y en esa salvación, Jesús la invita a un vínculo personal, que también es un paso más en la fe. Ir a Jesús por el encuentro personal con Él, ya no buscando los dones que Dios me puede dar, sino el gran don que Dios es para nosotros; lo busco a Jesús. A veces me dará cosas, a veces no; a veces entenderé, a veces no; a veces tendré consolación en el corazón, a veces tendré desolación. Pero el estar con Jesús me cambia la vida, y por eso quiero estar con Él; puedo hacer un salto en la fe. Y ya no depende de que las cosas vengan viento en popa, de que todo salga como yo quiera, sino que depende de que yo quiera estar con Jesús, de que necesito estar con Jesús. Y ese sería como un tercer estadio en la fe, ya lo que buscamos es el encuentro personal, que brota necesariamente del corazón, es esa persona con la que necesitamos estar.
Por último, Jesús nos invita a un estadio más, que es lo que pasa en esta historia con Jairo. Jairo va a buscar a Jesús, por lo mismo que esta mujer. Va y le dice, "mi niña está enferma, ve, imponle las manos, tócala que sé que la podes sanar". Sin embargo, en este camino que Jesús va haciendo con ellos, en el que se detiene y tarda, le dicen: "No lo molestes más, porque tu hija murió". Y Jesús le dice, “No temas, basta que creas.” Lo invita a dar un salto en la fe. Y ¿qué es eso de que “no teman”? Es que se anime a crecer y a descubrir quién es Jesús, que es el paso último. Ahí donde todo parece que se acaba, ahí en ese lugar de muerte, donde parece que todo terminó, Jesús también da vida. La pascua de Jesús, creer en esa pascua de Jesús, es vivir el último estadio de la fe. Ahora, la Pascua no es solamente creer en que el día de mañana voy a resucitar, sino que también es creer que podemos vivir como resucitados acá, es creer que Jesús puede cambiar las cosas acá, que las puede transformar. Es pensar que donde hay dolor Él puede traer consuelo; que donde parece que todo es oscuro, pesimista, que hay desesperanza, puedo ser optimista, puedo tener esperanza, puedo confiar en Jesús. Es pensar que donde me defraudaron, hay alguien que me dice: "volvé a intentar, volvé a confiar, cambiá las cosas". La esperanza cristiana invita a un salto más, y eso es poner la fe en Jesús acá. Y eso es vivir como resucitados, descubrir que ya no quedo apegado a los resultados parciales de acá, sino que voy creyendo en este Jesús que nos invita siempre a algo nuevo. Es la fe de cuando Jesús resucita. Si ustedes recuerdan, en cada una de las apariciones, Jesús va a decir lo mismo que le dijo a Jairo: no teman. Esa fe que Jesús le pide a Jairo, es la que le va a pedir siempre a los discípulos como resucitado: basta que crean. Es el salto que también nos va pidiendo hoy a nosotros.
Creo que el trabajo que podríamos hacer todos esta semana, es mirar dónde está mi fe. En qué parte de este camino, de este proceso, me encuentro hoy. Pero para esto tiene que haber una condición, porque lo primero que hacemos siempre nosotros cuando nos miramos es juzgarnos, y esto no hay que hacerlo. En ningún momento Jesús reprocha ninguna de la fe que esas personas tienen, ese es el momento del proceso en el que están. Tal vez, lo que podemos hacer es mirar en qué momento de mi fe estoy, y cuál es la invitación que Jesús me hace. Puedo darle gracias por esa fe que tengo y puedo lanzarme a buscar aquello que hoy me invita a conquistar, aquél paso que me invita a dar, aquél paso que es un don, porque la fe lo es.
Pidámosle entonces hoy a esta mujer, pidámosle también a Jairo, aquellos que se animaron a poner su fe en Jesús, que también nosotros, como ellos, escuchemos esa voz de Jesús que nos dice: "no temas, basta que creas."

Lecturas:
*Sab 1, 13-15; 2,  23-24
*Sal 29, 2-6. 11-13
*2 Cor 8, 7-15
*Mc 5, 21-43

lunes, 2 de julio de 2012

Homilía: “Desde el seno de tu madre yo te elegí” – Nacimiento de San Juan Bautista


Bueno, como ustedes saben, uno de mis hobbies y mis pasiones es ir al cine. Esto es algo que tengo como innato, desde chiquito, casi como Juan Bautista, desde el seno de su madre. Y me acuerdo de cuando era chiquito, que cuando veía una serie o una película sobre superhéroes o leía algún comic, una de las cosas que más me gustaba era la historia que había atrás de esa persona. No sólo los acontecimientos que iban pasando sino, por ejemplo en Superman, cómo nació, cómo llegó a la tierra, cómo fue su familia; me surgían dudas, me quería preguntar sobre cada uno de esos temas. Y así con cada personaje. Al leer la historia uno conocía un poco más sobre la historia de esa persona, sabía quien era, cómo había nacido y cómo había crecido. Esto que a muchos nos gusta hoy al leer una biografía de una persona importante: ¿Cómo llegó hasta acá? Porque esto de alguna manera se tiene que haber forjado; de alguna manera tiene que haber ido creciendo en su vida y en su corazón, para llegar a ser lo que hoy es.

             Esta curiosidad que nos nace a nosotros, les nació seguramente también a las primeras comunidades cristianas. Hablo de curiosidad, porque en realidad cuando ellos conocieron a Jesús o Juan el Bautista, los conocieron ya adultos. El testimonio que tenemos de Jesús, es a partir de que Jesús comienza a predicar, da la vida, muere y resucita para darnos vida. Al conocer a Jesús, quisieron saber de los orígenes, quisieron saber cómo había nacido, cómo se había criado, cómo él había crecido, quién era su madre, quiénes eran sus parientes.

Esto mismo sucede con Juan el Bautista. Fue una persona que cautivó tanto en su momento, que llamó tanto la atención en el mundo judío, que quisieron retrotraerse a sus orígenes. ¿De dónde viene esta persona? ¿De donde nació? Y es por eso que hoy estamos celebrando el nacimiento de San Juan Bautista. Es tan central en la historia de la salvación, que es uno de los únicos dos santos que celebramos su nacimiento. El otro santo es María, el otro con el quizás podríamos compararlo es justamente la madre de Jesús. Y fue tan central su lugar que hoy estamos celebrando esta fiesta. Esto nos muestra desde sus orígenes, este cuidado especial que Dios tuvo por la persona de Juan. Cuando nos quiere mostrar quién es, nos muestra que ya fue elegido desde el seno de su madre. Como cantaba el salmo recién: “…desde el seno de tu madre yo te conocí, yo te elegí, desde ahí te fui gestando…”. Creo que si uno mira el nacimiento y la infancia de todos los personajes centrales del Antiguo y del Nuevo Testamento, ve en primer lugar, que hay una elección especial. En este caso nos narra dos hechos milagrosos y sorpresivos. Primero, sus papas; Zacarías e Isabel eran personas mayores, no podían tener hijos; sin embargo, Isabel también concibe y puede dar a luz. En segundo lugar, su nombre. En la tradición judía, el nombre que se les ponía a los chicos era el nombre del abuelo. En este caso, como Zacarías era ya una persona mayor, lo que correspondía era ponerle su nombre, Zacarías. Sin embargo, él dice: “No, se llamara Juan”.  En nuestra tradición, en la que el nombre se elige y no hay ningún problema, esto no llama tanto la atención. En este caso, tener un nombre distinto, muestra que ya hay una elección: Dios cambia hasta el nombre de la persona. Podemos verlo con cualquier persona importante: Saulo pasó a ser Pablo, Simón pasó a ser Pedro. Cuando Jesús los elige, cuando Dios los elige, los cambia de manera tan radical que les cambia hasta el nombre. En ese caso pasa lo mismo con Juan.

                Sin embargo, esta alegría que estamos celebrando por este nacimiento tan especial, es por lo que él vivió, por lo que él hizo. El libro de Isaías nos dice que la elección será para que esa persona sea testigo de las naciones, de alguna manera, testigo de la luz. Y Juan, si hay algo que hizo durante su vida fue ser testigo de Jesús, abrir caminos.

                Cuando uno lee el Nuevo Testamento, la persona de Juan fue cobrando cada vez tal magnitud, que cada vez tuvieron que explicar más quien era Juan entorno a Jesús. Si ustedes leen el primer evangelio que se escribió, que es el evangelio de Marcos, dice que Juan bautizó a Jesús. Sin embargo, cuando vamos avanzando, tienen que empezar a explicar. En primer lugar porque es medio raro que Juan bautice a Jesús. Y Juan tiene que empezar  a explicar: “Yo no soy la Luz, yo no soy el Mesías, yo no soy aquel que ustedes esperan, yo vengo solamente a preparar el camino.” Y nos muestra en Juan, esta tensión que a veces en la vida es muy difícil descubrir en cada uno de nosotros: no importa qué es lo que hago; porque por lo que hace, Juan ya es elegido por el pueblo (“¿Vos sos el que esperábamos?”); sino saber quien uno es. Yo no me defino por mis acciones, sino por quien soy. Como Juan está convencido de quién es, no necesita que lo reconozcan por sus acciones. Y cuando lo reconocen, tiene la capacidad de decir, “Yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”. Juan está asentado sobre quién es, y a partir de ahí surgen sus acciones. Por eso mismo es que puede hacer o no, decir que sí o que no. Porque tiene confianza en uno mismo. Esto que muchas veces a nosotros nos cuesta; porque en el fondo, si hacemos bien o mal las cosas, si nos dicen que hacemos bien las cosas o no, si nos reconocen o no, es lo que nos da autoestima, nos ayuda a crecer. Porque lo que más nos cuesta es profundizar de tal manera que podamos descubrir quiénes somos. Gracias a Dios, o por obra de Dios, esto Juan lo tiene resuelto. Y por eso se anima a anunciar con total convicción quién es Jesús, aún hasta dar la vida; se anima a ser testigo. Y creo que de la misma manera, Jesús hoy nos invita a nosotros. Nosotros no somos precursores, pero sí somos testigos, igual que Juan; y de la misma manera se nos invita a que nos animemos a dar testimonio de nuestro ser cristiano. Pero para eso tenemos que descubrir en lo profundo de nuestro corazón, como Juan, qué significa ser cristiano, y a partir de ahí, animarnos a anunciarlo.

                Dicen que cuando nació Juan, se preguntaron: ¿Qué llegará a ser de este niño? Si es totalmente histórica o no esta pregunta, no lo sé, pero lo que sí podemos decir es que eso se dio por lo que Juan hizo después. Seguramente al ver todo lo que vivió e hizo Juan, pensaron que ya de niño se habrían dado cuenta que esta persona iba a ser así. Y creo que eso sí está a nuestro alcance. Preguntémonos nosotros cuál es esa elección que tenemos desde el nacimiento, es según cómo vivimos, según cómo anunciamos, según cómo vamos encarnando esos valores del evangelio en nuestro corazón. En el fondo, según quienes somos.

                Animémonos entonces como Juan a ser testigos de Jesús. Animémonos también como Juan a abrir caminos en la vida de los demás, para que también, de alguna manera aquél que es la Luz, que es Jesús, pueda entrar, pueda afianzarse, pueda crecer en el corazón de los demás.



Lecturas:

*Is 49, 1-6

*Sal 138, 1-15

*Hch 13, 22-26

*Lc 1, 57-66. 80.

martes, 26 de junio de 2012


Homilía: "Todo tiene su tiempo, todo tiene su momento" - XI domingo durante el año

En el comienzo de la película August Rush, aparece una voz en off, en la que el protagonista habla de que "...puedes oír la música, esta en todas partes, en el viento, en el aire, en la luz, esta rodeándonos; todo lo que tienes que hacer es abrirte, todo lo que tienes que hacer es escuchar." Y comienza con una imagen de él en medio de un maizal, de una plantación, en la que va escuchando esa brisa que pasa entre las plantas. Y de a poquito, en esa concentración que él tiene, parece que la brisa va como creciendo, creciendo, creciendo, hasta que pareciera que hubiera un tornado más o menos, como si fuera un twister que va arrasando con todo. Y la idea no es la imagen visual, sino lo que él está sintiendo al escuchar con atención esa suave brisa, al poner todos sus sentidos en juego en ese momento.
Esta sensación que uno tiene cuando descubre gente que en ciertas cosas tiene esa capacidad de concentración, de percibir cosas que uno no puede, o que le cuestan mucho. Me acuerdo, de cuando navegaba, y alguna vez no venía viento por ningún lado, que alguno que sabía más decía: "Mirá, por ahí viene una brisa". Y uno miraba y se preguntaba, "¿por dónde viene una brisa?". Y el otro decía, " sí, mirá... si mirás el agua..." y era verdad, pero uno no tenía esa capacidad de poder percibirla, esa capacidad de ver lo que ocurría. Así podemos poner un montón de ejemplos.
Cuando vemos que el otro tiene una sensibilidad distinta, que es capaz de estar en los detalles, en aquellas cosas que a veces nos cuestan. Que más cuestan cuando uno está apurado, cuando no tiene la capacidad de poder mirar con mayor atención, de poner en juego todos los sentidos. Por eso, muchas veces nos pasa que pasan cosas alrededor nuestro, y cuando vamos a mucha velocidad, o estamos muy cerrados en nosotros mismos, y no estamos percibiendo lo que sucede, no nos damos cuenta. Y no sólo no nos damos cuenta porque el otro no nos dijo, o no tuvimos la capacidad de percibirlo, sino también cuando el otro muchas veces nos ha repetido las cosas. "¡Otra vez más me preguntas!", nos dice quizás el otro, porque ya nos dijo muchas veces y nosotros no le prestamos atención, no lo escuchamos, no estuvimos atentos a lo que el otro nos quería decir, o a lo que el otro le pasaba. Porque para eso hay que tener como una capacidad especial de poder mirar a nuestro alrededor, casi como una mirada contemplativa. No pasando así nomás, sino pudiendo contemplar qué es lo que pasa, y ahí es cuando sí tenemos la capacidad de ver las cosas pequeñas, de disfrutar las cosas cotidianas, de las cosas que pasan todos los días.
Hoy vivimos en un mundo en donde muchas veces pareciera que todo tiene que ser grande, que todo tiene que explotar. Lo que pasa es que uno dice, "Bueno, ¿cuán grande tiene que ser lo próximo, si todo el tiempo lo que estoy esperando es que pasen cosas extraordinarias, que pasen cosas grandes?", o "¿tenés alguna novedad, algo nuevo para contarme?, pareciera que lo de todos los días no basta. Siempre pareciera que tiene que pasar algo totalmente imprevisto, que salga de los parámetros normales, como para que uno se conmueva, como para que uno se sorprenda. ¿Por qué? Porque hemos perdido la capacidad de sorprendernos frente a las cosas pequeñas, frente a las cosas de todos los días, pero que por ser pequeñas, no pierden esa gran profundidad que tienen. Casi esa misma gran profundidad, que tiene esa pequeña semilla del grano de mostaza, que seguramente ustedes muchas veces habrán visto, les habrán mostrado en catequesis. Si yo tuviera ahora acá en mi mano una de esas semillas, no se ve; es como la cabecita de un alfiler; muy, muy pequeña. Y sin embargo, la ponen como ejemplo del Reino de los Cielos. Curioso porque Jesús, generalmente nos sorprende - por no decir siempre - y dice, "Bueno, ¿con qué parábola les puedo comparar el Reino de los Cielos?". Y uno esperase que dijera algo grande, algo majestuoso, y toma la semilla más chiquita de todas, la que es imperceptible, que si se cae uno no tiene forma de encontrarla. Y Él compara el Reino de los Cielos con eso que es tan chiquito, tal vez porque su intención era esa, tal vez la intención era que uno tiene que aprender a percibir, en algo más pequeño y diferente, pero que si uno lo deja, eso crece de una manera extraordinaria, aún después siendo pequeña - "es el más grande de los arbustos, donde los pájaros pueden venir a cobijarse"-; si uno le da el tiempo, si uno deja que madure. Y para eso pone este primer ejemplo, compara el Reino de los Cielos con un hombre que fue y que plantó la semilla. Casi lo que idealizaría cualquier hombre de campo, ojalá pudiera plantar e irse, porque no tiene que hacer nada más. Jesús dice, "vuelvan el día de la cosecha. Por más que duerman, eso va a crecer. Tengan esa certeza de que si las cosas están puestas en Dios, van a crecer". Eso de a poquito va a ir haciendo su proceso, lo que pasa es que uno muchas veces no lo ve, no ve la semilla del grano de mostaza, no ve la raíz que va creciendo. Recién cuando empieza a ver un tallo, dice, "¿cómo o cuánto tengo que esperar? ¿Hasta donde?"
Y creo que esto es un ejemplo en la vida, y en la fe. Todo tiene su tiempo, todo tiene su momento. A veces pareciese que uno, a los 15 o 16 años, tiene que haber tenido todas las experiencias de la vida. Primero, es imposible porque hay algunas experiencias que son parte del camino que uno va haciendo a ciertas edades. Segundo, cada cosa tiene su lugar, cada cosa tiene su momento, y le tengo que aprender a dar el tiempo, tengo que tener paciencia. Tal vez, la virtud que hoy como sociedad, más nos cuesta. Al vivir en este tiempo del fast food, del fast "todo" más o menos, no tenemos paciencia para nada. No sólo la intolerancia que tenemos en cualquier lugar, no hablemos si vamos a algún banco o negocio, y nos enojamos, e independientemente de que tengamos razón o no, no tenemos nada de paciencia con nadie; sino paciencia en todo lo que hacemos. En nuestros propios tiempos personales, en los de los demás, en los vínculos. Si cada uno tiene su proceso, la paciencia hay que multiplicarla, por lo menos por tres, en los vínculos: paciencia conmigo, paciencia con el otro, y paciencia con el vínculo que tenemos que ir haciendo, así que si no queremos tener paciencia en un vínculo, mejor ni empezar, dedicarse a otra cosa. Porque esos son los tiempos que lleva cualquier relación, que lleva también el camino de la fe, y ahí también tengo que tener paciencia, por como las cosas se van dando, por el camino que tengo que ir haciendo. Porque muchas veces hay cosas que no entiendo, porque muchas veces las cosas quedan ocultas. Como nos dice Jesús, tenemos que esperar, tenemos que esperar que pasen, no siempre las vemos.
Un gran ejemplo de esto es Jesús. Jesús no vio los frutos de lo que predicó. Jesús muere y las cosas que Él predicó, que Él dijo, que Él pidió, no dieron fruto todavía. Sin embargo, por algo dijo esta parábola, porque creo que el primero que la puso en práctica es Él. Él sabía que lo que Él hacía era como dejar esa semilla, ese grano de mostaza, en muchos hombres y mujeres, y que en algún momento iban a dar fruto. Y que tal vez, y así fue, esos frutos Él no los viera, no fueran para el momento en el que Él estuviese. Sin embargo, no por eso dejó de anunciar, no por eso dejó de predicar, no por eso dejó de dar testimonio de lo que estaba convencido y creía. Él siguió viviendo en eso ¡Y vaya si después dio fruto! Creo que muchos de los que estamos acá podemos halar de lo que significan los frutos de la fe en nuestra vida, pero para eso hay que darle tiempo a las cosas. Ese mismo tiempo y esa misma paciencia que hoy nos pide a cada uno de nosotros, que nos animemos a tener en la vida.
Si hay algo que no son estas imágenes del Reino de las que nos habla Jesús, es exitistas. Y creo que en la fe, tenemos que aprender a mirar de otra manera, aprender a descubrir en lo escondido, aprender a descubrir en lo pequeño. Ahí se hace presente Dios, ahí Dios está con nosotros. Lo que pasa es que nos exige un modo de mirar, un modo de contemplar, un modo de escuchar, en el que uno aprenda a descubrir en los detalles. "Tuve hambre, y me diste de comer. Estuve sólo y me vestiste. Necesité alguien que me acompañe, y caminaste a mi lado." Y en muchas cosas más, que también los otros van haciendo con cada uno de nosotros.
Pidámosle esta noche a Jesús, que tengamos la capacidad de mirar con los ojos de la fe; de aprender a descubrir esos signos pequeños del Reino que están en medio de nosotros, pero que tenemos que aprender a percibirlos. Que nos animemos a que esos signos den fruto en nosotros, para que también nosotros los podamos llevar a los demás.

Lecturas:
*Ez 17:22-24
*Sl 92:2-3, 13-14, 15-16
*2 Cor 5:6-10
*Mc 4:26-34

lunes, 11 de junio de 2012


Homilía: “La alianza que Jesús hace con nosotros rompe todos los parámetros conocidos” – Corpus Christi

En la última versión de la película de Robin Hood, el Rey Ricardo muere en una de las cruzadas, y es proclamado rey su hermano, Juan. Asume la corona, y quiere empezar a recaudar impuestos de las distintas ciudades, estados, que hay en la zona. Entonces le encomienda la tarea a uno de sus súbditos, Sir Godfrey, sin embargo él no sabe que esta Sir Godfrey es francés, y tiene otro interés, que es que se peleen, que se dividan. Entonces para que Francia tenga la posibilidad de poder invadir Inglaterra, empieza a hacer que se enemisten unos con otros, que se dividan para que sea mucho más simple la invasión. En el fondo, busca que rompan esa alianza que ellos tienen, que rompan esa unidad que ellos viven. Esto que también, de alguna manera nos sucede a nosotros en la vida.
Creo que si miramos nuestra propia vida, los momentos en los que nos sentimos más débiles, más vulnerables, más frágiles, son los momentos en los que perdemos a veces nuestra propia unidad, que nos sentimos como disociados; que nuestra vida tira para un lado, el corazón para el otro, la mente para otro lado, el espíritu para otro lugar, y no encontramos paz en el corazón. Sentimos que tenemos que ir para muchos lugares, y no encontramos qué camino queremos seguir. Pero esto mismo sucede en los distintos ámbitos de nuestra vida, en la medida en que no podemos vivir la unidad, que no sentimos que podemos entrar en comunión con los otros. Todos nosotros, buscamos en lo profundo de nuestros corazones, poder entrar en vínculo profundo con los demás. El poder entrar en relación con los demás. Y casi que nuestro estado de ánimo depende de eso: cuánto más podemos estar cerca de los otros, ya estamos mucho más contentos y mejor; cuando no podemos, nos cuesta todo mucho más. Y ese querer entrar en vínculo con los demás, tiene como su máxima expresión, en el momento en el que queremos hacer alianza con los otros, en el momento en que queremos que eso se testimonie. Un ejemplo muy claro de esto es, muchos de ustedes que están casados. Llega un momento en el vínculo en el que uno dice, bueno, quiero dar un paso más, quiero entregar mi vida. Y para eso quiero hacer una alianza, algo que me comprometa, algo que diga: yo quiero dar este paso. En mi vida, sería el momento en que yo dije: yo me quiero ordenar, yo quiero consagrar mi vida a Dios, yo quiero ser sacerdote. Pero no sólo en estos dos tipos y modelos de vida, sino en muchos vínculos. A veces, en las películas, dicen por ejemplo: somos hermanos de sangre, y hacen como que se cortan y hacen un contacto de sangre, quieren que la amistad llegue más allá, quieren mostrarlo con algo más, dar un paso más, y así en distintos vínculos. Hasta también alianzas más triviales, como puede ser una alianza económica, política, logística para una guerra; por conveniencia o por lo que fuese, buscamos aliarnos, buscamos ir juntos, crecer juntos. Y esto nace de lo profundo del corazón, el espíritu humano no fue hecho para estar solo, sino para poder entrar en alianza con los demás.
            Todos tenemos experiencia de lo lindo que es hacer una alianza, y todos tenemos experiencia de lo frágiles que a veces son nuestras alianzas. Y esta alianza que nosotros hacemos en nuestras relaciones humanas, es también la alianza que Dios quiere hacer con nosotros. En la primera lectura, escuchamos que Moisés le dice al pueblo, que Dios quiere hacer una alianza con ellos. Pero esa alianza tiene una particularidad, que en general se da también en nuestra vida, Moisés invita al pueblo a hacer alianza, después de que hizo experiencia de Dios. El pueblo empezó a conocer a Dios, Dios lo liberó de Egipto, y una vez que está en camino a la tierra prometida, le dice, vos hiciste ya experiencia de Dios, sabes lo que es capaz ya Dios de hacer por vos, ahora Dios te invita a hacer alianza, a ir caminando juntos. Es decir, la alianza parte de una experiencia, yo tengo un camino recorrido. A uno no se le ocurriría hacer alianza con alguien que no conoce, que no sabe cómo es, que no le gusta. Sino con alguien que uno siente que comparte el mismo corazón y los mismos valores, o el mismo estilo de vida.
            Y esto que se da en la primera lectura, se da también en el evangelio. Escuchamos este relato tan conocido de la última cena, donde Jesús consagra ese pan, consagra ese vino, celebrando esa primera eucaristía, y termina diciendo, esta es la sangre de mi alianza, este es el pacto que yo hago con ustedes. Ahora, esta alianza tampoco la hace al principio, no es que cuando llama a Pedro, a Santiago, a Juan, les dice: vengan, yo quiero hacer una alianza con ustedes. Primero los invita a estar con Él, a que lo conozcan, a que sepan cuál es el camino que Él quiere recorrer, y después les dice, ahora sí quiero hacer una alianza con ustedes. Ahora que me conocen, que saben quien soy, los invito a hacer una alianza. Es decir, parte de esa experiencia profunda, que tienen de Dios.
Ahora, esta alianza que Jesús hace con nosotros, rompe todos los parámetros conocidos, explota todas las formas de alianzas que nosotros sabemos y conocemos. Porque en general una alianza es bastante pareja, uno dice bueno: yo pongo esto, vos ponés esto. Jesús en la alianza lo que dice es: Yo quiero hacer una alianza con vos, pero Yo soy el que da la vida, Yo soy el que entrego mi vida. Esa alianza con Jesús, no es un pacto, sino que se sella con la sangre de Jesús, con ese Jesús que da la vida, y dice: Yo voy a ser siempre fiel a esta alianza. Generalmente, en una alianza uno tiene miedo de lo que va a hacer el otro, porque una alianza se basa en la confianza, uno tiene que confiar en el otro, cuando uno se casa, cuando hace un vínculo, uno dice bueno: yo tengo que creer en vos, yo tengo que confiar, si no confío, nunca voy a animarme a hacer ese salto. En esta alianza, Dios nos dice a cada uno de nosotros, que confía en nosotros, que cree en nosotros, que confía y nos valora por lo que somos, y que por eso se anima a dar este paso, y que a partir de ahí, nos animemos a vivir.
Ahora, en esa alianza que Jesús sella de una vez y para siempre con nosotros, nos pide a nosotros que nos animemos a dar ese paso. La pregunta es, si yo confío de esa manera en Dios, para animarme a caminar con Él. Ahora, esa alianza también es después de haber hecho experiencia de Dios. Creo que todos nosotros, si miramos nuestra vida, tenemos momentos donde nos hemos encontrado con Dios y hemos hecho experiencia de Él. Bueno, esos son pequeños signos, de una alianza que Dios nos invita a hacer, que Dios nos invita a promulgar, a prometer, y a recordar día a día. Ahora, esa alianza, implica dos cosas, como les decía primero, la confianza, el animarme a confiar en Dios. Él confía en mí, ahora me pide que yo confíe en Él. En segundo lugar el compromiso, la fidelidad, el querer caminar juntos. En esto tenemos un grave problema nosotros porque sabemos que Dios es fiel, pero nosotros tenemos nuestros momentos, momentos en que somos más fieles, momentos donde a veces nos cuesta un poquito más, momentos donde nos caemos, momentos donde nos alejamos de esa alianza. Sin embargo, creo que como Jesús, sabía esto y tenía en cuenta esto, renueva esta alianza día a día. Fijense, Jesús sella la alianza en una eucaristía, y nosotros estamos celebrando una eucaristía acá. La celebramos todos los días, y cada vez que la celebramos, Jesús nos vuelve a decir: Yo hago alianza con vos, y nos vuelve a preguntar al corazón: ¿querés hacerla? Y tal vez nos surjan dudas o preguntas, porque decimos la última vez no pude, me costo… Pero Jesús nos dice, no te estoy preguntando eso. Yo te estoy preguntando de nuevo si hoy te querés comprometer, Yo te estoy preguntando de nuevo, si hoy querés confiar, no mires para atrás, mirá para adelante. Cada vez que nosotros nos animamos a venir acá, a presentarnos frente a este altar, frente a esta mesa de Jesús, Jesús quiere volvernos a invitar a hacer alianza con Él, Jesús quiere volvernos a invitar a ponernos en camino. Cuando Él dice: “Esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre”, nos quiere volver a alimentar, para que podamos caminar con Él. Eso hacemos cuando lo recibimos, muchas veces sentiremos que no tenemos fuerza, que somos frágiles, que no podemos. Jesús me dice: no te preocupes, Yo puedo por los dos, yo mantengo esta alianza, yo te alimento para que puedas vivirla, para que puedas caminar conmigo.
Pidámosle entonces a Jesús, aquel que selló esta alianza con su vida, aquél que la renueva en cada eucaristía, que también nosotros, alimentados por Él, renovados por Él, podamos caminar y vivir siempre en esta nueva alianza que hace con nosotros.

Lecturas:
*Éx 24, 3-8
*Sal 115, 12-13. 15-18
*Heb 9, 11-15
*Mc. 14, 12-16. 22-26

Homilía: “Ustedes hicieron experiencia de Dios, nunca se olviden” - Santísima Trinidad

En la película Los Descendientes, que estuvo nominada para los últimos Oscars, George Clooney hace de Matt King, un empresario muy importante y tradicional de la zona de Hawai, que tiene todo un cimbronazo familiar, cuando su mujer, Elizabeth, tiene un accidente navegando y queda en coma. Y eso lo hace a él tener que volver a su familia. Él se dedicaba más a lo que era el trabajo, las finanzas, la economía de su familia, y frente a este drama que tiene su familia, tiene que volver a reunir a sus hijas, Alexandra y Scottie, juntarse con ellas, empezar a ver como caminar juntos en ese momento difícil. Y cuando las vuelve a reunir, siente esta dificultad de esa intimidad y esa cercanía que ha perdido con sus hijas. No sólo esa cercanía que ya había perdido con su mujer, que ahora está pasando por este drama profundo, sino también esa cercanía que ve que no tiene con sus hijas. Y entonces intenta volver a acercarse, recrearla, saber algo de ellas, pero encuentra también esa cerrazón del corazón, y tiene que empezar a hacer un camino para volver a entrar en esa intimidad de la familia, esta intimidad que todos deseamos, que todos buscamos en la vida.
Creo que si hay algo que todos soñamos, que todos tenemos como deseo en el corazón, es el poder compartir la vida con otros. Ninguno de nosotros fue hecho para estar solo. Ninguno de nosotros quiere estar solo. Podemos tener algunos momentos en la vida en que deseamos estar solos, que no nos molesten, pero no más que eso. Es más, creo que si nos dicen de irnos de retiro espiritual, una semana de silencio, decimos: “No, esto no es para mí”. Queremos charlar con alguien, poder compartir un rato. Porque el deseo profundo del corazón es estar con otros. Es más, creo que si cada uno de nosotros hiciera un repaso de su propia vida, y mirara a ver cuales son los momentos más plenos, más alegres que hemos tenido, es cuando hemos podido vivir una intimidad profunda. Cuando sentimos que hemos podido abrir nuestro corazón, y que el otro nos pudo abrir el corazón a nosotros, cuando sentimos que verdaderamente nos hemos encontrado. Y por eso corremos, andamos, buscamos, toda la vida, el poder volver a esos lugares íntimos de encuentro con los demás.
Creo que si miramos los momentos donde no estamos bien, que estamos enojados, de mal humor, que nos sentimos a veces angustiados, deprimidos, en general, casi todos tienen que ver con cuando estamos con problemas con los vínculos. Cuando vemos que no nos podemos abrir a los demás, cuando vemos que nos cuesta relacionarnos, cuando algunos vínculos que queremos vivir no están como queremos. Entonces vemos que eso nos pone de mal humor, nos molesta, y queremos sacarnos ese mal humor y no podemos. Porque el problema no es el mal humor, sino aquello que lo genera, esa causa. Y es por eso que también Jesús, en el camino de la fe, nos invita a lo mismo. Si algo hizo Jesús en el camino de la fe, fue mostrarles a esos discípulos esa intimidad de Dios. Él vino a nosotros para decirnos: miren, ese Dios que tanto buscan, que tanto desean, que tanto intentan encontrar es así, y hacer experiencia de Él, significa hacer experiencia de mí, encontrarse conmigo. Y a partir de ahí empieza a hacer un camino con los discípulos. Y después de que los discípulos tienen esa experiencia tan concreta de Jesús, la cual hasta a veces envidiamos, haber podido estar con Él, les dice, ahora hagan que todos los demás puedan sentir y hacer esta experiencia. Y por eso dice: vayan. Y ¿qué es lo que tienen que hacer?
En primer lugar, bautizar. Algo tan simple, supongo que todos los que estamos acá hemos recibido el bautismo. “Bauticen, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.” Ahora, la gran pregunta es, ¿qué significa estar bautizado? Y creo que estar bautizado significa sumergirse en una experiencia profunda de Dios. ¿Por qué nos bautizan con agua? Porque quieren mostrar ese sentido pleno del querer sumergirse en esa intimidad de Dios. En el bautismo, Dios nos dice a nosotros: “Yo quiero compartir mi vida con vos, Yo quiero que me sientas cerca, Yo quiero que te puedas encontrar conmigo”. Y nos pregunta a nosotros, si nosotros queremos compartir su vida. El problema que tenemos nosotros, es que casi ninguno de nosotros contestó que sí en el bautismo, nuestros papás contestaron. Pero a lo largo de la vida nos dicen, bueno ahora les toca a ustedes: “¿Quieren compartir la vida conmigo? ¿Quieren sumergirse en esa intimidad? ¿Quieren hacer de nuevo experiencia de aquello que quiero hacer con ustedes?” Y ese es el camino de la vida. Porque en el fondo es lo que deseamos. ¿Cuántas veces nos pasa que cuando estamos muy áridos en el corazón, o que decimos que no sentimos nada en la oración, decimos ¿qué es lo que pasa acá? Y, lo que pasa es que no me puedo encontrar en la intimidad con Dios, y quiero volver a ese momento. A esa Pascua Joven donde me encontré – los más chicos – a ese retiro en el que tuve esa experiencia fuerte, a ese momento en ese sacramento, a ese encuentro de oración, o lo que sea, donde yo sentí una fuerte presencia de Dios. El problema es que Dios no se encuentra para atrás, se encuentra para adelante. Y lo que tengo que intentar volver a hacer es, volver a poner mi corazón en Él, volver a abrirlo para poder encontrarme verdaderamente con Él, para sentir que le puedo hablar y que lo escucho en mi propia vida. Esta es la experiencia que Jesús hizo de su padre, y la experiencia que les invita a hacer a sus discípulos. Y esto es lo que dicen también las lecturas, Moisés hizo experiencia de Dios. Les transmite, Dios es como ese fuego que abraza, que da calor, que está ahí, que ustedes vieron obrar. Ustedes hicieron experiencia de Dios, nunca se olviden.
Pablo, les dice lo mismo, ustedes en Jesús han sido salvados, en Jesús y por Jesús, pueden llamar a Dios Abbá, padre, papá, es decir, pueden vivir esa intimidad, esa cercanía con Dios. Jesús los ha hecho hijos, vivan esa intimidad en el espíritu. Esto les dice Jesús a sus discípulos: vayan, bauticen y enseñen, y esa es la segunda tarea para todos nosotros. Es decir, como el paso del que hablábamos el fin de semana pasado, que tenemos que hacer en el espíritu, en un momento nos toca aprender, y en otro momento nos toca enseñar. Y lo primero que tenemos que enseñar es a vivir una experiencia. Creo que todos nos hemos sentido atraídos por Dios, no porque nos dieron una enciclopedia o un libro, sino porque alguien nos compartió una experiencia. Entonces en primer lugar nos toca a nosotros compartir nuestra experiencia, en segundo lugar nos toca formarnos, nos toca aprender, porque sólo aprendiendo puedo enseñar. Porque sólo teniendo algo en el corazón, se lo puedo dar a los demás.
            Hoy estamos celebrando esta fiesta, este misterio, que es la Santísima Trinidad, que como muchas veces dijimos, es muy difícil de explicar. Tal vez porque no hay que explicar, tal vez hay que vivir, tal vez hay que hacer experiencia de Dios en el corazón, y creo que todos tenemos hecho ese camino.
            Pidámosle entonces hoy a Jesús, que podamos descubrir todos esos momentos profundos de experiencia que tuvimos de él, que podamos mirar hacia delante, que podamos pedirle a ese Espíritu que nos ayude a volver a encontrarnos en la intimidad con este Dios, y que como les pidió a sus discípulos, también nosotros nos animemos, a poder llevar esa experiencia a los demás.

Lecturas:
*Deut 4, 32-34. 39-40
*Sal 32, 4-6. 9 18-20. 22
*Rom 8, 14-17
*Mt 28, 16-20

lunes, 14 de mayo de 2012


Homilía: ¿Estamos dispuestos a dar la vida por amor? - VI domingo de Pascua

            En la película Hace mucho que te quiero, Juliette sale de la cárcel, después de quince años de estar allí; y Léa que era su hermana, decide, después de que los servicios sociales le piden, recibirla en su casa. Pero su situación ha cambiado, cuando Juliette se fue ella era una chica pequeña, y ahora ya es una mujer; está casada con Luc, tiene dos nenas, y tiene una situación totalmente diferente. Sin embargo, decide recibir a su hermana en su casa, y reanudar este vínculo que tenía con ella, con todas las tensiones que eso lleva. Con todas las tensiones que tenemos cuando vivimos bajo un mismo techo, más cuando las situaciones cambian y hasta de forma inesperada. Y van a tener que mirar de qué manera quieren fortalecer y hacer crecer ese vínculo, que no basta solamente con el nombre, sino por el hecho de ser hermanas y tener que seguir creciendo en eso. Y van a tener que ir mirando, junto con su marido, qué pasos pueden ir dando para poder aprender a convivir y a crecer en ese amor.
Esta experiencia que también, de otra manera, todos nosotros tenemos. Todos nosotros vivimos en una familia, y creo que no tenemos que ir mucho más lejos de nuestra familia para ver cómo muchas veces, el vivir el amor no nos es fácil, nos cuesta. Pasamos como distintos momentos, a veces matizados o condicionados por la edad que tenemos, cuando hay ciertas cosas que nos empiezan a costar más, a veces por circunstancias que empiezan a suceder. Pero todos tenemos experiencia de lo lindo que es amarnos en familia, pero la dificultad que muchas veces esto tiene. Y cómo muchas veces ponemos el acento en las cosas que son difíciles, en las cosas que nos separan, en las cosas que no nos gustan del otro, y se nos va haciendo más cuesta arriba. Es por eso que el crecer en el amor, nos implica todo un trabajo, todo un ejercicio.
            Monseñor Romero, que fue obispo del Salvador, después asesinado, en una de sus últimas homilías decía que el amor no era comodidad o pasividad, sino que el amor implicaba aprender a ver qué tengo que entregar en cada momento, implicaba también luchar, implicaba pelear por aquello que quiero y que deseo. Y creo que si verdaderamente nos hemos animado a ir dando pasos en el amor, sabemos que esto es una gran verdad. Para aprender a amar de verdad, yo tengo que ir entregando cosas; para aprender a amar de verdad muchas veces tengo que pelear y luchar por ese amor que deseo en el corazón.
            Y esa es la única forma de poder permanecer en el amor, como escuchamos que Jesús nos decía el domingo pasado, y que continúa en el evangelio que escuchamos hoy: “Permanezcan en mi amor”, y lo repite continuamente. Se ve que tiene experiencia de la dificultad que en cada familia, en cada comunidad y en cada lugar hay de permanecer en ese amor. Y como hablábamos la semana pasada, cómo las cosas van cambiando, y cómo por eso tenemos que luchar, aún por aquello que muchas veces nos distancia y nos diferencia. Un ejemplo de esto es la primera lectura: el pueblo judeo-cristiano que está naciendo a ese cristianismo, a esa nueva Iglesia, tiene que decidir qué hace, si se queda encerrado en lo que conoce, en lo que es seguro, o si se abre a algo nuevo. Y Pedro, frente a Cornelio, este centurión pagano, tiene que decidir: ¿lo bautizo? ¿No lo bautizo? ¿Pasa a ser parte de la Iglesia? Es decir, ¿abro mi corazón a algo nuevo? Bueno, por suerte tuvo una ayudita, en el evangelio dice que el Espíritu Santo siguió presente y Pedro dice: si acá bajó el Espíritu, ¿quién soy yo para ponerme en contra?, y si el Espíritu no hace acepción de personas ¿por qué lo voy a hacer yo? Y a partir de ahí comienza esa apertura a los paganos, comienza a abrir el corazón. Y esta experiencia la tenemos todos, aprender a amar implica un ejercicio, no es solamente un sentimiento -como se escucha en muchas canciones o en muchos lugares- sino el tener que ir haciendo un camino. El tener que descubrir y pasar nuevas fronteras, tener que eliminar las cosas que nos separan, y tener que muchas veces luchar y pelear, como decía antes, por aquello que quiero. Y es por eso que tenemos que aprender a mirar de qué manera ir creciendo en ese amor. Y es por eso que Jesús lo que les pide es, crezcan en ese amor, y aprendan a amar como Yo los he amado. Y esa es la invitación para cada uno de nosotros: aprender a amar como Jesús amó. Ahora, ¡vaya tarea que nos dio Jesús! A veces se pone un poco exigente con nosotros, porque aprender a amar como Jesús amó, implica aprender a amar hasta dar la vida. Ahora, tal vez para ver eso, tenemos que preguntarnos ¿estamos nosotros dispuestos a dar la vida? Creo que una manera de descubrir cuánto amamos al otro es decir ¿por quién yo daría la vida? Para mirar las personar que nos rodean. ¿Yo daría la vida por esta persona? ¿Estoy dispuesto? Y si descubro que no, es que todavía me falta entregar muchas cosas y que todavía tengo muchos pasos para dar en ese amor, todavía tengo muchas cosas en que crecer para amar verdaderamente, como Jesús me invita. Eso es lo que nos muestra Jesús, el amor verdadero implica entregar muchas cosas, y aún muchas veces, mi vida. Y si queremos dar un paso más, podemos mirar al Padre. Porque Jesús tiene que dar la vida, pero el Padre tiene que dar un paso más, que es entregar a aquello que más quiere, tiene que entregar a su hijo. Yo creo que si les preguntase a los papás o a las mamás que están acá si están dispuestos a dar la vida por sus hijos, seguramente la mayoría diría que sí. Ahora, ¿estarían dispuestos a entregar la vida de aquello que más quieren? ¿De aquello que más quieren cuidar y proteger? Y eso nos muestra hasta donde puede llegar esa profundidad del amor, y cómo continuamente tenemos que ir haciendo ese ejercicio en el corazón.
Juan nos dice en la segunda lectura, Dios es amor, y el signo de que vivimos en eso es si amamos. No dice si hacemos un montón de cosas, sino que lo importante si hacemos un montón de cosas que nacen de ese amor. El signo de que lo conocemos verdaderamente a Dios y de que caminamos en Él, es cuánto crecemos en ese amor; en el fondo, cuánto estamos dispuestos a amar. Hoy Jesús nos invita a despojarnos de nuestros egoísmos, de las cosas que nos separan, de nuestras pobrezas, los límites que tenemos y animarnos a dar un pasito más, a descubrir qué es lo que hoy puedo entregar, qué es lo que hoy puedo dar, por qué puedo luchar y pelear. Sin pensar grandes cosas, tal vez en mi casa, en algún vínculo que me cuesta, en algo que no estoy pudiendo vivir, de qué manera puedo dar un paso para crecer en ese amor.
            Pidámosle a Jesús, aquél que amó hasta dar la vida, que también nosotros, transformados por Él, nos animemos a hacer lo mismo.

Lecturas:
*Hech 10, 25-26. 34-36. 43-48.
*Sal 97, 1-4
*1Jn 4, 7-10
*Jn 15, 9-17

viernes, 11 de mayo de 2012


Homilía: “Permanezcan en Mí” - V domingo de Pascua

            Hace pocos días, para variar fui al cine, y fui a ver una película muy linda, La Fuente de las Mujeres, del mismo director de El Concierto y Ser digno de ser, una película francesa. Trata de un pequeño pueblito, entre el norte de África y medio Oriente, donde las mujeres tienen que subir todos los días un pequeño monte, para ir a una fuente a buscar agua para poder vivir; aquello tan necesario que nosotros tenemos gracias a Dios, y casi no nos damos cuenta. Las mujeres empiezan a enojarse frente a esto; sobre todo Leila, una de las mujeres que está ahí, por ese tener que subir todo el tiempo, con las complicaciones que les trae: hay algunas mujeres que empiezan a perder hijos por ese esfuerzo que hacen. Por eso es que deciden romper con esa tradición, a través de una huelga de amor. Es decir, hacen una huelga de amor frente a sus maridos para que ellos recapaciten y puedan cambiar eso, y comienza lo que es una gran tensión. Ellas que luchan por este derecho; y esta cultura, que es tal vez un poco más antigua que las costumbres más occidentales, que dice que esta es una tradición de mucho tiempo, que no se puede cambiar.
Sin ir tan lejos, nosotros también tenemos en nuestra cultura y en nuestra vida, algunas cosas que en muchos casos permanecen y otros quieren cambiar. Creo que no hay que ir muy lejos, hay que mirar una familia, donde vemos que si hay diferentes generaciones: abuelos, padres, hijos; se vive y se piensa distinto, no sólo cómo se encara la vida, sino de qué manera queremos vivir. Por poner un ejemplo, hace cincuenta años, una persona, cuando estaba empezando su juventud, cuando salía del colegio, ya sabía lo que iba a estudiar. Era muy común que empezara la carrera y la terminara, y era casi un sacrilegio si uno cambiaba de carrera: ¿qué es lo que está pasando? Como también era muy común que si uno empezaba con un trabajo, toda la vida hiciera ese trabajo. Y cuando esto empezó a cambiar generó una crisis muy importante: ¿qué es lo que está sucediendo? Por otra parte, también era muy común que uno se casara con la primera mujer u hombre que conoció, con quien tuvo un noviazgo. Creo que si miramos la vida hoy, que uno sepa qué carrera estudiar, y que aparte sea la única que estudia cuando termina el colegio es más complicado; que se case con la primera mujer u hombre que conoció o estuvo de novio, es verdaderamente más difícil; y que termine su carrera profesional con la carrera que empezó, creo que directamente no hay chances.
            El paradigma va cambiando, porque cambia la vida de las personas, cambia la manera de presentarse. Hace poco leí un estudio de un psicólogo, que hablaba de esto mismo cuando decía: hace cincuenta años, el paradigma era el conocimiento, uno tenía que saber más, entonces estudiaba, al terminar una carrera pensaba que tenía que hacer un posgrado, y buscaba a través del conocimiento crecer en la vida. La segunda dimensión era el esfuerzo, valía la pena sacrificarse por un montón de cosas, y esperar un poco para tener el placer y el gozo de otras cosas, para poder gozarlas en el futuro, siempre y cuando eso me ayudara a crecer. Y por último, se pensaba mucho en el futuro: aunque en el presente no tuviera lo que quiero, más adelante lo voy a adquirir.
            Sin embargo, hoy eso se vive desde otro lugar, no siempre desde el conocimiento sino desde la creatividad: no es tan importante cuánto sepa, sino cuán creativo soy, de qué manera puedo encarar lo que viene, y las distintas alternativas que la vida me presenta. En segundo lugar, no el esfuerzo sino el placer, el gozo de lo que estoy haciendo hoy, vivir más el presente, que es la tercera dimensión. No es tan importante el futuro, sino que hoy yo esté bien, que hoy sea feliz.
            ¿Cuál paradigma es mejor? Podemos discutirlo toda la noche. No se cual es mejor. Es diferente, porque somos diferentes. Ambos tienen cosas muy buenas, ambos tienen cosas que les faltan. Lo central, en cada uno de esos paradigmas, es que en primer lugar encontremos aquello que nos da vida. En segundo lugar, es que nos animemos a permanecer, a morar allí, en ese lugar. Y esta es la invitación que nos hace hoy Jesús en el evangelio, nos dice, permanezcan en Mí, como yo permanezco en ustedes.
            Cuando comienza el evangelio de Juan, y el primero de los discípulos se acerca a Jesús, Jesús les pregunta: ¿qué buscan? Y dice el evangelio que los discípulos le preguntaron, ¿dónde habitas?, ¿dónde moras? Que también se podría traducir como, ¿dónde permaneces? Es decir, ¿dónde estás todo el tiempo? Jesús responde: “Vengan y lo verán”. Y estamos casi al final ya del evangelio de Juan, ya cercano a su pasión, y los discípulos han permanecido, han visto dónde permaneció Jesús, han visto qué es lo que hace Jesús. Y ahora Jesús les redobla la apuesta, diciéndoles: ya saben donde permanezco Yo, ya saben con quienes permanezco Yo. Ahora les toca a ustedes. ¿Ustedes descubrieron algo aquí por lo cual quieren permanecer? ¿Por lo cual quieren estar? Porque en eso está la felicidad. No es si cambio o no. El cambio tiene que ser el fin de una búsqueda, voy buscando hasta que encuentro aquello que me da vida, y cuando encuentro aquello que me da vida, aquello que llena mi corazón, tengo que animarme a detenerme, tengo que animarme a morar, a habitar ese espacio y ese lugar, porque eso es lo que puede llenar mi corazón. Pero para eso tengo que tener un corazón abierto, que aprende a descubrir: esto es lo que quiero, esto es lo que busco, y me animo a quedarme en ese sitio y en ese lugar. Esa es la invitación que Jesús hace a sus discípulos, no sólo para la fe, sino también para la vida. Porque sólo permaneciendo se puede dar fruto, sólo estando en un lugar es que uno puede cosechar aquello que va sembrando. Creo que todos tenemos experiencia de que cuando vamos cambiando un montón de cosas, y un montón de lugares, no terminamos de ver qué es lo que pasa. Pero cuando permanecemos en un lugar, ahí empezamos a ver qué es lo que ocurre. ¿Que a veces tenemos dificultades? A todos nos pasa. Fíjense sino en la primer lectura: Pablo se convirtió en Damasco, fue a la comunidad, y en la comunidad no saben si aceptarlo o no. No era tan claro para ellos. Muchas veces hay que discernir cosas: de qué manera permanecer, cómo, quiénes están ya preparados para entrar en la comunidad, acogerlos, acompañarlos; pero esa es la búsqueda, ese es el sentido. Dejando permanecer a Pablo, vaya si pudo crecer en la fe, vaya si pudo hacer camino.
            Y esta es la invitación para cada uno de nosotros. En primer lugar, a que nos animemos, con un corazón entregado, a buscar aquellas cosas que nos dan vida, a buscar aquello que le da sentido a nuestra existencia. Y que una vez que descubrimos ahí ese manantial, ese oasis, en medio del desierto, en medio de nuestra vida, que muchas veces parece casi imposible, animarnos a frenar, a detenernos, a descubrir cómo eso es lo que le da sentido a nuestras vidas cuando permanecemos ahí. Y cómo de a poco eso va dando frutos. A veces habrá que podar, a veces habrá que esperar el momento de la cosecha, a veces va a haber que esperar que ese fruto madure, crezca. Pero sólo permaneciendo, lo podremos descubrir.
Pidámosle a Pablo, aquél que se animó a buscar en su vida hasta que encontró a Jesús, que también nosotros nos animemos a lo mismo. A aquél que encontrándolo se animó a permanecer, que también nosotros nos animemos a permanecer, en aquel que nos da vida verdadera, y que permaneciendo ahí, nos animemos también a buscar a los demás, para que encuentren también aquél lugar donde puedan permanecer.

LECTURAS:
* Hech 9,26-31
* Sal 21, 26b-28.30-32
* 1 Juan 3,18-24
* Jn 15,1-8