martes, 6 de noviembre de 2012

Homilía: “Jesús nos llama a dar un salto de fe” – XXVIII domingo durante el año


En la película Avatar, Jake Sculley, llega a este planeta, Pandora, y después de tomar el cuerpo de un avatar, comienza a tener toda una experiencia nueva en el mundo de los naví. Y ahí empieza a tener como toda una experiencia nueva, su mundo empieza a cambiar, desde aquel hombre paralítico, apesadumbrado, que no tenía muchas ilusiones de vivir, pasa a descubrir todo un mundo nuevo. Algo totalmente diferente a lo que él conocía. Y con mucho entusiasmo quiere aprender, descubrir, gozar, de todo lo que va viendo día a día. Tal es así, que en algún momento él dice, para esto he nacido, esto es lo que a mí me gusta, lo que yo he buscado, podríamos decir, toda la vida. Y llega un momento en la película, se acuerdan que él a la noche cuando se dormía volvía como a su mundo real, en el que dice: “ya no sé distinguir. El otro mundo, el más fantástico, parece mi mundo real, y este parece mi fantasía”. Ha puesto tanto el corazón en aquello nuevo que está viviendo, que siente algo nuevo. Porque ahí siente que todo le desborda, que en esto nuevo que ha empezado, descubre algo que le llena totalmente el corazón. Tal vez en palabras de esta parábola, descubrimos que en este algo nuevo que casi comienza por casualidad él descubre como ese ciento por uno. Al haberse metido en eso, al haberse comprometido y vivido de corazón, descubre que hay un montón de cosas que lo desbordan y que le llenan el alma y la vida.
Esto que también descubrimos nosotros a lo largo de la vida cuando nos animamos a hacer pasos -obviamente mucho más reales que el de la película que es ficticio- y nos lanzamos hacia delante. Seguramente podríamos mirar momentos en nuestra vida donde a veces, casi sin esperarlo, buscando una meta, un objetivo, algo que teníamos ganas, hemos descubierto el ciento por uno. Por ejemplo, en algunas cosas que tienen que ver con nuestra vida de fe; cuando vamos a misionar, uno va queriendo dar algo, y todos los que hemos misionado descubrimos que recibimos más de lo que dimos. Pero no solamente cuando uno va a misionar, cuando uno hace un retiro, y dice: uh, me tengo que perder un fin de semana, tengo tantas cosas que hacer, ¿valdrá la pena? Y después cuando uno vuelve dice, qué bueno que me tomé este fin de semana, qué bueno que pude darme este momento; y descubre que las cosas desbordan. O cuando uno coordina un grupo de catequesis, o de confirmación, y a veces ya está harto, y todas las semanas uno tiene que preparar la ficha y reunirse y hasta hay momentos en los que se hace difícil. Y cuando llega la confirmación dice, qué bueno que preparé este momento, que di este paso, que me animé a hacer esto. Porque uno siente que lo que dio es muy poco en comparación con lo que recibió.
Eso mismo sucede también en la vida, cuando nos animamos a caminar detrás de nuestros deseos y también a dar esos saltos. Cuando nos animamos a dar pasos. Muchas veces cuando nos comprometemos con los demás, cuando hacemos algún trabajo social, hasta en cosas más cotidianas, cuando estudiamos para un examen y nos va muy bien y uno se pone contento, y ese premio a uno le llena el corazón. Y así podríamos mostrar un montón de cosas en la vida, desde las más cotidianas, también a las más profundas. De las más cotidianas como decir, doy una mano en casa y pongo la mesa y hago algo sencillo, y vemos que eso muchas veces me alegra, me llena el corazón si lo hago con ganas. Y las cosas más profundas, como cuando me animo a dar un salto en una amistad, o en un noviazgo para que uno se case, en aquellos vínculos profundos que tenemos. Ahora, porque llega un momento en la vida donde el corazón me pide algo más, y la única manera de que yo me realice y de que yo pueda ser feliz, es que me anime a escuchar eso que mi corazón clama, casi grita.
Esto es lo que sucede en el evangelio que acabamos de escuchar. Se acerca este hombre, que poseía muchos bienes, y le pregunta a Jesús, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Tal  vez la pregunta más profunda que todos podríamos hacer. ¿Qué tengo que hacer para ir al cielo? Para decirlo más claro. Jesús le responde, ¿qué dice la ley? Tú la conoces. Y Jesús le dice, los mandamientos. Pero como verán, no dice todos los mandamientos, les dice los mandamientos que tienen que ver con la relación con el prójimo. No aparecen los mandamientos que tienen que ver con la relación con Dios. Y este hombre le dice, “todo esto lo he cumplido desde mi juventud”, es decir, esto lo he vivido. Sin embargo está esperando algo más. Casi como que pregunta, ¿para esto vine hasta acá? Decime algo más. Su corazón pide algo más. Su búsqueda desde el corazón clama y grita por algo. Y es ahí cuando Marcos, que en general no da muchos detalles en su evangelio, pone un detalle muy clave porque dice: “Jesús lo miró con amor”. Y seguramente Jesús le dio una mirada de aquél que sabe que lo está por pedir es algo difícil. Porque el otro lo está buscando, pero es ahí donde le está costando. Y es ahí donde Jesús le dice, bueno, te falta hacer una sola cosa: ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y ahí sí, sígueme. Es decir, Jesús lo invita a dar el salto, el paso, que a él le está costando, que es lo que a él le imposibilita que lo pueda seguir, que uno lo pueda encontrar como uno de sus discípulos, apóstoles, de los que están viviendo con una mayor cercanía con Jesús. Le dice, quitate esto de encima y seguime. El evangelio nos dice que este hombre no se animó. Así como detalla la mirada de Jesús, nos dice que este hombre se fue triste. Y acá quiero hacer como un paréntesis y una salvedad, nosotros no sabemos lo que pasó con este hombre, como nos pasa muchas veces en el evangelio. Porque a veces uno es como muy duro cuando escucha las conductas, positivas o negativas, en el evangelio. Voy a poner algunas positivas: el hijo menor, en la parábola del padre misericordioso, que vuelve a la casa, que el padre hace fiesta. ¿Qué pasó después de esa fiesta? No sabemos. Tal vez el hijo le pidió otra parte de la herencia, tal vez… no sé, se fue; tal vez le fue bárbaro, tal vez se convirtió. O por poner otro ejemplo, la mujer adúltera, que Jesús la perdonó, no sabemos si después se convirtió, cambió de vida. No tenemos ni idea de qué es lo que pasó, qué vivió. Jesús pone un ejemplo que tiene que ver con algo particular, con un momento de su vida. Lo mismo pasa en este ejemplo, como en otros, cuando vemos que ese hombre o esa mujer no se anima a dar un paso, que Jesús lo invita y no sabemos cómo sigue su camino de fe. Lo que sí sabemos es que en ese momento él no pudo.
Esto fue tan llamativo que los discípulos se preguntan, ¿quién se va a poder salvar? Y yo creo que por esto hay dos razones. Porque este hombre vivía un montón de cosas que no son tan fáciles de vivir, amar al prójimo, honrar al padre y a la madre, estar atento en todos esos mandamientos. Pero segundo, como ustedes saben, en el antiguo testamento, también en el nuevo testamento, en la época de Jesús, los hombres ricos eran los que eran bendecidos por Dios. Entonces si este hombre no se va a salvar, ¿qué es lo que ocurre? ¿Quién va a poder? Y es acá donde Jesús da la clave de esta salvación. Para los hombres es imposible, pero para Dios, todo es posible, porque justamente, más allá de este paso que este hombre podría haber dado o no, el signo y la salvación es Jesús. El que nos salva siempre es Jesús, y aquél a quien tenemos que abrazar siempre en nuestra vida en nuestro corazón, es a Él. El problema es el camino que vamos realizando, y en ese camino nos animamos a dar un salto y a crecer. En general podríamos decir que nuestra vida se desarrolla en descubrir cuáles son los deseos que tenemos, y animarnos a recorrerlos, y cuando los recorremos, caminar detrás de esas promesas, pero para eso tengo que hacer un salto.
Hoy estamos comenzando el año de la fe, el obispo celebró la misa hace un ratito acá, y hemos elegido esta frase que dice: “la fe es la certeza de lo que no se ve”. Es decir, camino, doy un salto, me animo a ir hacia ahí, pero no porque soy masoquista o no sé qué hacer, sino porque la promesa es mucho más grande, porque si me animo a llegar ahí, descubro algo que llena mi corazón de una manera mucho más plena. Pedro le dice, “Maestro, Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo”. Yo no me imagino a Pedro en algún momento de su vida reprochándose ese haber dejado todo, o en el final de su vida diciendo, “uh, ¿para qué tomé este camino?”, sino feliz por el camino que recorrió. San Pablo lo dice claramente, terminé la carrera, recorrí la fe, me animé a hacer esto que llena mi corazón. Y lo mismo en nuestra vida cuando nos animamos a escucharnos. Lo que pasa es que primero tenemos un problema, muchas veces no nos animamos a profundizar, pero la vida nos exige y nos pide algo más.
La segunda lectura dice que la Palabra es como una espada afilada que puede penetrar en todo. Y la Palabra de Dios es así. Nuestra vida es así. En algún momento de la vida, algo grita, algo clama, y nos dice, no me sirve estar así cómodo, tengo que ir por algo más. Esto que le pasa a este hombre. Vive un montón de cosas, es una persona muy buena. Pero él problema es que él quiere algo más, él necesita dar ese paso. Y si miramos, nuestro corazón también en algún momento de la vida va a decir lo mismo, y nos va a llamar a dar un paso. Y la única manera de salir de la comodidad, a veces podríamos decir hasta de la mediocridad, es dar ese paso. Si no me voy a quedar. Y en algún momento me voy a poner de mal humor. En algún momento todo me va a molestar, en algún momento todo va a ser como un corsé.
Voy a poner un ejemplo, que puede ser cuestionable, que es que por diversas razones, a todos nos cuesta el poder partir de la casa de nuestros padres. Hoy, por diferentes razones, el partir cuesta mucho, a veces porque uno está cómodo, a veces porque uno busca un montón de seguridades, pero eso es un problema. ¿Por qué es un problema? Porque no deja que ninguno de los miembros de esa familia, pueda crecer. Si yo me quedo por siempre en mi casa, si no me animo a partir, voy a poner a una edad, 25 años por ejemplo, no puedo crecer, no puedo dar un salto. Es muy cómodo estar en casa, pero ¿puedo madurar si hago eso? ¿Puedo crecer? ¿Puedo tomar la vida en mis manos? Cuesta, la vida cuesta. Es exigente. Pero no sólo esa persona, ese hijo, no puede crecer, los padres tampoco pueden crecer. Los papás también necesitan que los hijos partan y relacionarse desde otro lugar. Ahora, si nos acomodamos en eso, ninguno madura. Y uno tiene que dar un salto. Obviamente que las circunstancias tienen que ver, obviamente podemos correr la edad, corranlá para donde quieran, pero en algún momento esto tiene que suceder, y el péndulo se fue para el otro lado, eso es claro.
Esto sucede en muchas cosas de nuestra vida, sucede con el estudio cuando no nos comprometemos, sucede con el colegio, cuando no me animo a vivirlo de verdad, sucede con nuestros trabajos, sucede con nuestra vida de fe, cuando no me animo a exigirme y a comprometerme. Y cuando no lo hago, en algún momento algo hace ruido, y siento como un corsé, y siento que mi vida no es plena, me aprieta, necesito algo más. Obviamente que el camino es exigente, siempre es exigente, pero la promesa es grande. La herencia en Dios, aún acá en nuestra vida es gigante, es el ciento por uno. Pero para eso tengo que hacer un salto, para eso tengo que caminar hacia delante. Eso es a lo que nos invita Jesús, eso es a lo que nos invita la vida.
 En el fondo creo que es lo que dice la primera lectura, que es lo que Salomón le pide a Dios. Porque Salomón le pide a Dios algo muy profundo, le pide sabiduría y prudencia. Yo creo que nunca en mi vida le pedí a Dios sabiduría y prudencia, tal vez alguno de ustedes lo hizo. Creo que en general le pido cosas mucho menores, a veces necesarias, pero menores. Pero no me animo a pedirle a Dios, muchas veces, cosas que son mucho más profundas, cosas que son muchos más necesarias. Profundizar en aquello que puede llenar totalmente mi vida y mi corazón. Me quedo ahí. Bueno, Salomón se animó a hacer ese salto. A nosotros también nos invita a hacer ese salto. Ese salto en la fe del que confía y del que profundiza, del que le pide a Dios cosas grandes.
Animémonos entonces a escuchar a ese Jesús que nos llama al corazón. Animémonos a escuchar a ese corazón que grita, que busca algo más. Animémonos a caminar detrás de esa promesa que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Lecturas:
* Sab 7, 7-11.
* Sal 89, 12-17
*Heb 4, 12-13
*Mc 10, 17-30

viernes, 2 de noviembre de 2012


Homilía: “Jesús siempre lo que nos presenta son las máximas y los ideales, tenemos que caminar detrás de ellos.” – XXVII domingo durante el año

Hace unos años salió una película que se llama The Last Night, que trata de la vida de un matrimonio joven, un hombre y una mujer, los dos muy exitosos en su carrera, que comienzan a tener como una mini crisis, un pequeño problema. Dentro de los muchos diálogos y de las cosas que suceden, algunas cosas más leves, otras más complicadas, se da como una conversación rutinaria, que cualquiera de nosotros podría tener, donde se empieza a discutir por cosas menores, y en esa discusión, ella, Johanna, le dice a Michael, su marido, que el problema es que se casaron demasiado jóvenes, demasiado pronto. ¿Nunca has considerado esto? Y Michael le contesta que no, no lo ha considerado porque no tuvo la necesidad de hacerlo, “aparte no me parece que nos hayamos casado demasiado pronto porque estuvimos cuatro años de novios”. Y ella le contesta: sí, bueno pero estuvimos peleados un tiempo dentro de esos cuatro años, y además no lo digo por la cantidad de tiempo sino por la época en que estuvimos de novios, que fue en la facultad. - ¿No crees que antes nos amábamos más?. Y él le dice, “No, creo que ahora nos amamos más”. Ella se enoja porque piensa que él la está cargando, pero él le dice que no, que eso es lo que él siente, que no necesariamente coindicen, pero eso es lo que él cree y siente. Ella no puede creer que él sienta eso, y él contesta: “No puedo creer que por una noche hace dos semanas en la que no nos llevamos bien, vos pienses que ahora todo anda mal”. Y esto va tomando impacto en lo cotidiano, cada vez empiezan a discutir más, a levantar la voz.
Esto que también nos puede pasar a nosotros. No significa que han pasado cosas graves a veces para que discutamos o nos peleemos. No pensemos solamente en un vínculo matrimonial, sino en una amistad, o en la relación con un papá o con una mamá, con un hermano. ¿Cuantas veces cuando nos damos cuenta no sabemos cuándo empezamos, ni por qué, pero lo que vamos viendo es que eso fue escalando? Tal vez porque no estoy en un buen día, tal vez porque el otro no está en un buen día, por una cosa menor, o porque no supe disculparme, tal vez porque yo no supe escuchar o darme cuenta de lo que le estaba pasando al otro, muchas veces empiezan las cosas a ponerse más difíciles. A veces porque no hablé cuando tenía que hablar, porque no dije lo que tenía que decir en el momento adecuado. Todas estas cosas nos muestran la dificultad y la fragilidad de los vínculos, y por eso el cuidado que tenemos que tener por ellos. Todos tenemos en el corazón una necesidad de estar con los otros, no nos gustaría estar solos. Más allá de que en algunos momentos queremos estar más tranquilos, necesitamos de los demás, porque este es un deseo que está impreso en el corazón del hombre, y por eso el autor del Génesis lo narra desde el principio de la creación: Dios creó al hombre y a la mujer para que no estuvieran solos. Le creó compañía adecuada para que se sintiera acompañado, y todos descubrimos esa necesidad intrínseca que tenemos de los demás. Pero al mismo tiempo descubrimos la dificultad que esto acarrea, y por eso los tenemos que trabajar, tenemos que tener cuidado para poder llevarlo adelante.
En este caso, en el evangelio, se le presenta a Jesús una de las dificultades que surgían en esa época con el vínculo matrimonial, vínculo que hoy también está en crisis, en el cual se le pregunta si es lícito al hombre redactar un acta de divorcio. Para ponernos en época, acá se dan dos cosas; como ustedes saben los derechos más importantes los tenían los varones, no las mujeres. Sin embargo, esta acta que se redactaba, también era un derecho para la mujer, porque la mujer sin esta acta, no podía buscar otro marido. La mujer tenía la necesidad de que un marido la acogiera, le diera un hogar, la sustentara, sobre todo para los más pobres. Y es por eso que esta acta le permitía poder buscar otro hombre. Pero más allá de que pudiera defender este derecho, había una desigualdad que se medía de distinta manera según la escuela que se siguiera. Como pasa hoy, algunos son más estrictos, otros son más laxos, en esa época había una escuela que se llamaba Shammai, que era muy estricta y sólo por adulterio se podía redactar un acta de divorcio. Había otra escuela que era mucho más laxa, y se podía redactar un acta de divorcio por prácticamente cualquier cosa – dependía de la postura que cada uno tomara. Obviamente que una cosa eran los papeles, y mucho más difícil era todo en la praxis. Pero lo que sucedía era que tenían distintas posturas, y por eso se le acercan a Jesús para preguntarle si es lícito, para ver por qué corriente termina inclinándose. Sin embargo, como pasa muchas veces con Jesús, Él eleva la pregunta a otro nivel, y no responde a lo que está pasando. Dice que eso lo hizo Moisés, por la dureza de sus corazones, y que Dios creó al hombre y a la mujer para que se busquen, para que se casen y estén juntos, y terminen juntos. Jesús plantea ese deseo profundo que cada uno de nosotros tiene en el corazón, que es la búsqueda del otro, y cómo tenemos que caminar, cuidar, y trabajar por eso. Todo parte de ese deseo, y como decíamos ante con los vínculos, no basta con ello, sino con cuidarlos.
Una de las cosas que yo pregunto a los novios que vienen a casarse, es por qué se quieren casar, qué es lo que los motiva a esto, y cómo quieren caminar y trabajar con esto para toda la vida. Y a veces esto de “para toda la vida” da vértigo, bueno, tengo que hacer una promesa que va a durar para todo el tiempo. Y entonces ahí cambio la pregunta y les digo, ¿ustedes se casarían con el otro si fuera sólo por un año, o por cinco, o por diez? No, no, ni loco me casaría de esa forma. Bueno, eso es lo que está buscando Jesús, que ustedes tengan ese deseo en el corazón. Ahora, no alcanza sólo con los deseos, el mundo está lleno de buenas intenciones, el tema es cómo yo lo trabajo, como yo lo vivo día a día, y cómo recíprocamente nos vamos acompañando y trabajando por esto. Las cosas no se dan así nomás, y todos tenemos la experiencia de lo trabajoso que es luchar por los vínculos y llevarlos adelante.
Saliendo de esto, tal vez para muchos que son más jóvenes, uno cree que las amistades son eternas, y muchas veces esas amistades se pierden en el tiempo, se acaban, si yo no las trabajo, si yo no las cuido, si yo no las alimento día a día. Lo mismo pasa con eso, y Jesús nos invita a mirar en el corazón, y a descubrir cómo tenemos que caminar en esto. Ahora, todos entendemos la dificultad que hay acá. Todos tenemos experiencias muy cercanas de la crisis que tiene también hoy el matrimonio, cómo muchas veces los jóvenes, y los no tan jóvenes, deciden a veces directamente irse a vivir juntos y formar una pareja, cómo muchos matrimonios se van separando porque no pueden vivir esto, cómo este camino se dificulta a lo largo del tiempo. Pero lo primero que tenemos que descubrir es cómo Jesús siempre lo que nos presenta son las máximas y los ideales, que no tenemos que perderlos, tenemos que caminar detrás de ellos.
Pero también tenemos que entender las dificultades que muchas veces, para nosotros o para otros, esto tiene. Y para eso voy a poner también otros ejemplos del evangelio: cuando una vez a Jesús, con dureza en el corazón se le pregunta: ¿cuántas veces tengo que perdonar? Jesús dice que hay que perdonar setenta veces siete, es decir siempre. Ahora, ¿podemos vivir esta máxima a la que Jesús nos invita, podemos perdonar siempre? Cuando a Jesús se le pregunta quién es el prójimo, Jesús narra el buen samaritano, como ustedes conocen. Dice que hubo un hombre que lo encontró, lo cargó, lo llevó a una posada, pagó por él. ¿Hacemos eso nosotros por lo que nos necesitan, por los que vemos en la calle? ¿Los levantamos, los llevamos a algún lado, nos preocupamos por ellos, lo que gasten demás? Creo que si todos miramos, tenemos como un debe acá también, lo que pasa es que no nos ponemos tan duros con nosotros en esto.
Cuando preguntamos ¿hasta dónde hay que amar? Jesús dice que hay que amar a los enemigos, y esta máxima también es difícil y muchas veces nos cuesta. Creo que por eso también hay que descubrir como este ideal también muchas veces a nosotros o a nuestros hermanos nos cuesta. Y por eso tenemos que tener un corazón misericordioso, como lo tuvo Jesús. Ustedes recordarán que hay un texto donde a Jesús se le acerca una mujer en adulterio, es más, la quieren apedrear, y Jesús la perdona. Y esa tensión para nosotros es difícil de vivir, la tensión de que tenemos que dar testimonio, y la mejor manera de transmitir ese amor es en la pareja, en la familia, en el matrimonio; la otra es ser misericordioso con el otro, con aquel que no lo pudo vivir bien, con aquel que tiene que comenzar una nueva familia. Aprender a perdonar, a entenderlo, a acompañarlo, a eso nos invita Jesús. Y ese es un corazón que se va pareciendo más al de Jesús. Como pasó en muchos otros.
Tal vez, para ir terminando, cuando uno piensa en San Francisco de Asís, que acogió la pobreza, no piensa en que era muy duro con el que no la vivía. O cuando pensamos en la Madre Teresa, que cuidaba a todos los que se estaban muriendo, no piensa en una Madre Teresa que pensaba mal de toda la gente que no lo hacía. O en algo cotidiano nuestro, cuando alguien ve cómo a alguien le cuesta tener amigos, por ejemplo, no dice, uh, que malo esto, sino: ojalá pudiera vivir esto, ¿cómo lo podría ayudar a esto? Bueno, de la misma manera creo que se nos invita a esto: en primer lugar a dar testimonio de lo que nos toca, en segundo lugar tener una mirada misericordiosa, compasiva, de aquellos a los que les cuesta. Y ambos animarnos a acompañarnos y a estar cerca. Creo que todos queremos caminar por la unión, es más, una de las cosas que más salió en la encuesta que hicimos el fin de semana pasado es la unión. Cómo trabajar por la unión en la comunidad como cristianos.
Pidámosle a Jesús, a aquel que nos hace familia, a aquel que nos enseña a amar, a aquel que nos enseña a ser compasivos y misericordiosos, que con un corazón entregado nos animemos a vivir esto como testimonio del amor que Él nos da.

Lecturas:
*Gen 2, 18-24
*Sal 127, 1-6
*Heb 2, 9-11
*Mc 10, 2-16

lunes, 1 de octubre de 2012

Homilía: “El que quiera ser el más grande, que se haga como el más pequeño” – XXV domingo durante el año



Hace varios años salió la película La Misión, que seguramente todos han visto, que muestra la vida en las misiones jesuitas. Se nos muestra la historia a través de dos personajes: el padre Gabriel, un padre Jesuita que hace varios años que estaba misionando ahí; y Rodrigo Mendoza, que era un hombre que vendía como esclavos a estos indígenas, y que después de la muerte de su hermano, al comienzo de la película, se convierte y pasa a ser parte de la orden jesuita, como un hermano más. Y la película nos va mostrando cómo es la vida en esas misiones jesuíticas, hasta que llega el momento del conflicto que hay históricamente entre España y Portugal, y Portugal se quiere quedar con todas esas zonas.
Se termina fallando a favor de la corona portuguesa, y ahí viene la gran pregunta: ¿qué hacemos con los jesuitas? Se invita a los jesuitas a abandonar ese lugar, los portugueses van a invadir todo, pero ellos dicen: No, no vamos a dejarlo. Tienen la convicción en el corazón de que lo que les está pidiendo Jesús es que se mantengan en ese sitio, ellos ya son parte de ese sitio. Esa primera decisión podría ser lo que Jesús siempre nos pide; no abandonar el barco sino hacernos cargo de aquello por lo que optamos. Pero aún en esa elección, hay otra opción que tienen que hacer, que es cómo se quedan allí.
Ustedes recordarán como estos dos personajes reaccionan de una manera distinta a esta venida que van a hacer los portugueses. El Padre Gabriel hace una reacción más pacífica y espiritual, al optar por acompañarlos. Rodrigo Mendoza en cambio, que en otros momentos de su vida había tomado las armas, vuelve a elegir la violencia; responder a la violencia con violencia. Gabriel le dice que recuerde su vida anterior y que eso no es a lo que invita Jesús, pero él quiere optar por eso. Y más allá de la opción que cada uno de nosotros podríamos hacer, porque aparte se mezclan muchos sentimientos si uno hubiese estado en ese momento, creo que es clave la opción que en ese momento tomaría Jesús.
Olvidándonos de la película, ninguno de nosotros pensaría que Jesús tomaría las armas. Entonces, objetivamente es fácil elegir, objetivamente es fácil ver cuál es el camino que tomaría Jesús ahí. Sin embargo, no es tan fácil cuando los sentimientos se nos mezclan a nosotros, cuando a lo largo de la vida tenemos que hacer opciones. Nos es más fácil a la distancia. Uno ve, en la historia de la Iglesia por ejemplo, la Inquisición, y dice no, este no es el camino de Jesús. Uno mira la guerra santa y, además de que guerra y santa son palabras contradictorias, Jesús nunca elegiría ese camino.
Pero podríamos dar un paso más, porque objetivamente es muy fácil elegir y juzgar al otro (cosa que no estamos invitados a hacer tampoco por el evangelio) y pensar en nuestra vida. ¿Cuál es la opción que haría Jesús en ciertos momentos? Porque a nosotros nos salen también a veces muchas reacciones que no son evangélicas, y que queremos justificar. Por ejemplo, una muy característica que nos pasa a todos es cuando a nosotros nos hacen un mal. ¿Nos sale fácilmente perdonar al otro? ¿Nos sale fácilmente poner la otra mejilla? ¿O hablamos mal del otro, nos queremos vengar, tratamos de transmitir todo nuestro odio de alguna manera, esa bronca que tenemos en el corazón? Si uno mira desde afuera, claramente desde la perspectiva del otro es muy fácil decir: eso no es a lo que nos invita Jesús, pero desde dentro cuesta más. Cuando nos toca a nosotros protagonizar esa primera persona que es la que tiene que optar por Jesús en el evangelio, es difícil. Es tan difícil como cada opción que tenemos que hacer en la vida. Porque el evangelio invita a una actitud casi contraria a la que naturalmente nos saldría. Y por eso se nos complica a lo largo del camino. Esto es lo que está pasando en el evangelio.
Como hablamos estos últimos domingos, estamos en el centro de este evangelio, donde Jesús ya ha tomado una opción. Viene caminando, y ha descubierto hacia donde tiene que ir su misión; ha descubierto que tiene que dar la vida, que tiene que terminar así esta misión a la cual el Padre Dios lo ha invitado, y les dice a los discípulos que tiene que vivir su pasión, su cruz, y su muerte. Sin embargo, escuchamos el domingo pasado que Pedro no quiere saber nada con esto, que lo reta, le dice que no, y se come el reto más grande del Nuevo Testamento. Este domingo, la Iglesia saltea algunas partes del evangelio de Marcos, y llega a este segundo anuncio de la Pasión, donde Jesús les vuelve a decir lo que tienen que hacer. Pero, después de cómo lo había retado a Pedro, nadie se anima a decir nada. No comprendían qué era lo que tenían que hacer pero se quedan callados. Y no sólo se quedan callados, sino que empiezan a discutir casi lo contrario a lo que Jesús está viviendo.
Jesús está diciendo que tiene que entregarse por los demás, que tiene que dar la vida, y la discusión de los discípulos es ¿quién es el más grande? ¿Quién es el más importante de nosotros? ¿Quién puede estar en el primer lugar? Y esto nos muestra el sentimiento profundo de incomprensión de Jesús que los acompaña. Creo que más allá de todo el dolor y el sufrimiento de lo difícil que fue para Él dar su vida, como nos costaría a todos, entregarse y pasar por la Pasión y la cruz; este es uno de los momentos complicados para Jesús, también. Porque se siente incomprendido aún por los más cercanos. Él está viviendo algo, ha descubierto cuál es su deseo, qué es lo que tiene que hacer, y nadie lo entiende. Se encuentra solo frente a su decisión. Se encuentra aislado, aunque esté rodeado, porque no lo acompañan en aquello que tiene que vivir.
¿Cuántas veces nos sentimos incomprendidos por los que tenemos a nuestro lado? ¿Cuántas veces tomamos opciones, y aquellos que pensamos que nos iban a entender no nos acompañan? Como pasa muchas veces, nos dan todas sus soluciones que nosotros nunca pedimos, pero todos tenemos que decir, porque por lo menos acá en la Argentina, todos queremos opinar. Y esa incomprensión nos hace a veces preguntarnos, ¿qué es lo que hago? ¿Me pongo firme en esto? ¿Estoy dispuesto a dar este paso? ¿Estoy dispuesto a vivir esto? Porque esto es lo que pasa en la primera lectura. La primera lectura del libro de la Sabiduría dice que hay un hombre justo, y que todos lo que son “malos”, lo van a probar. Quieren ver hasta dónde le da la paciencia, para seguir siendo justo, para seguir viviendo ese valor. ¿Hasta dónde va a llegar esta persona? Eso mismo lo podríamos aplicar a Jesús. Jesús se va sintiendo solo, incomprendido. ¿Seguirá entonces con este camino? ¿Dará la vida?
Esa pregunta es también para nosotros. ¿Hasta dónde seguimos con nuestros valores, con lo que creemos, con lo que sabemos que es justo? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a seguir aquello a lo que nos invita Jesús? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a seguir con en el evangelio? ¿En qué momento sentimos que esto se va a quebrar, que no queremos seguir haciendo eso? Porque en la idealización decimos, “yo esto nunca lo voy a hacer; yo en esto nunca voy a caer”. Pero después somos los primeros en hacerlo. O decimos, “este valor lo voy a vivir siempre”; “yo estoy dispuesto a dar la vida por Jesús”, casi como dijo Pedro. Sin embargo en el camino no es tan fácil, no es tan fácil seguir con esa opción del corazón. No es tan fácil seguir siendo sincero, perdonando, siendo generoso, optando por la verdad, por la transparencia, por todos esos valores que nos invita el evangelio, no es tan fácil seguir dando la vida, día a día.
Y en este tener que volver a levantarnos, pedir perdón, volver a intentar seguirlo a Jesús, tenemos por lo menos algo a favor que es que Jesús nos tiene paciencia. Porque este evangelio no termina con Jesús diciendo, “ya está. Vayansé, hasta acá llegaron”, sino que los deja seguir caminando con Él. Están casi como en caminos opuestos, pero Jesús sigue apostando por ellos, les sigue enseñando y diciendo lo que tienen que hacer. ¿Ustedes quieren ser el primero? – me parece bárbaro, les dice Jesús. Háganse servidor de todos, háganse el último. En el Reino el primero es el que se pone a servir. Y esa invitación también es para cada uno de nosotros. Ponernos cada uno al servicio de los demás, descubrir que ese es el evangelio, animarnos a abrirnos al otro. El evangelio es continuamente ir dando pasos en la entrega, abriendo el corazón al otro, en lo que nos cuesta entregar. Y darnos cuenta de lo que tenemos que dar y que tenemos que recibir del otro. Recibimos de Jesús, y también se nos invita a recibir de los demás.
Por eso el evangelio termina diciendo, el que quiera ser el primero, el que quiera ser el más grande, que se haga como este niño, como el más pequeño. El niño es el que está necesitado de los demás, el que necesita que el otro lo ayude. Bueno, en primer lugar nosotros somos necesitados de Jesús. Somos necesitados de la vida que Él nos da, de la paciencia que Él nos tiene, del perdón que está dispuesto a darnos, de la oportunidad que continuamente va renovando a cada uno de nosotros para que caminemos con Él. Pero nos invita a que nosotros hagamos lo mismo. El evangelio es recíproco, yo recibo para dar. El don no se puede guardar. Si yo guardo el don que Dios me da, deja de ser un don, porque me lo apropio, porque lo hago mío y no se lo doy al otro. En cambio, si lo doy al otro, se multiplica, se renueva. Eso es lo que hace Jesús, me invita a recibir con un corazón necesitado aquello que me da para que yo lo comparta con los demás.  Y cuando no encuentro el camino me invita a tener paciencia, a volver a leer el evangelio, a escucharlo en el corazón para ver por donde tengo que seguir, y a renovarme en aquel valor evangélico que se me invita a vivir.
Pidámosle entonces en este día a Jesús, que seamos capaces de escuchar en nuestro corazón esa voz que nos llama, que nos habla, que nos invita a seguirlo. Que nos animemos a escuchar cuál es la opción del evangelio. No aquella que a veces me sale naturalmente, sino a la que me invita Jesús. Y en aquellas cosas que descubramos que no están tan acordes con el evangelio, en aquellas cosas que descubramos que tenemos que cambiar, que tenemos que crecer, que tenemos que convertir, nos animemos con un corazón sencillo, humilde, a elegir el camino de Jesús, a cambiar eso, para poder día a día, ir viviendo el evangelio al que Él nos invita.
               
Lecturas:
*Sab 2, 12. 17-20
*Sal 53, 3-8
*Sant 3, 16- 4,3
*Mc 9, 30-37

viernes, 21 de septiembre de 2012

Homilía: “¿Quiero seguir a Jesús o no?” – XXIV domingo durante el año



Supongo que los que estamos acá, los últimos años nos hicimos seguidores, y fervientes (bueno, quizás no a todos les gusta), de lo que fue la saga de las películas de Harry Potter. Mientras se iban recorriendo las películas, uno iba viendo el camino que Harry iba haciendo, pero sabía que en algún momento tenía que llegarse al momento de la trama, más allá de lo que sucedía en cada una de las películas, en que se fuera revelando lo que estaba pasando. En el fondo, lo que tenía que revelarse era qué era lo que Harry tenía que hacer en ese encuentro, en ese dualismo entre Harry por un lado, y Voldemort por el otro, cómo se va a dar ese enfrentamiento, y cómo se revela esto a lo largo de estos 7 libros o películas. Y en un momento, de a poco esto se le empieza a revelar, y uno empieza a percibir como que la clave de esto la tiene Dumbledore, que es él el que de alguna manera le puede ir mostrando el camino, le puede ir diciendo, esto es lo que tenés que hacer, por acá tenés que ir, esto es lo que te toca hacer en este momento. Y los que fueron llegando hasta el final, no voy a relatar el final de la película, ven como él lo ayuda: ahora te toca esto; vos tenés que decidir, pero es el momento en que esto es lo que tenés que hacer, esto es lo que tenés que dar, y esto lo que tenés que entregar.
Ahora, esto no sólo sucede en esta serie de películas de aventuras, sino en muchas películas y libros, y hasta en nuestra propia vida. Y a medida que vamos recorriendo el camino, llega un momento que es como el corazón de ese camino, en el cual, en general yo tengo que tomar una opción. Frente a ese momento que se me presenta, yo tengo que elegir. ¿Sigo o me quedo acá? ¿Profundizo y entrego aquello que se me invita a entregar, o me quedo en este momento?
Esto que sucede en muchos momentos de nuestra vida, sucede también en el evangelio que acabamos de escuchar. Este evangelio es el corazón del evangelio de Marcos. Si ustedes recuerdan, este evangelio comienza diciendo esto: “Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, el Mesías, el hijo de Dios.” Cuando Marcos comienza el evangelio ya nos revela quién es Jesús: es el Mesías y es el hijo de Dios. Y acá, a mitad de camino por primera vez, el evangelio va a decir que Jesús es el Mesías, en esta respuesta que Pedro le da. Y llega un momento clave en el evangelio: ya no es el seguimiento de sus discípulos, sino el seguimiento que Jesús les propone. ¿A qué voy con esto? Todos conocemos este texto. Jesús les pregunta, hace como un sondeo de opinión, ¿quién dice la gente que soy Yo? Y después de que le revelan un poco qué es lo que habían escuchado, Jesús les dice: ahora ustedes, ¿quién dicen que soy Yo? Comprométanse ustedes. Y ahí Pedro contesta bien: Tú eres el Mesías; ha descubierto quién es Jesús.
Sin embargo, el problema viene cuando Jesús revela lo que significa ser Mesías: el Mesías tiene que padecer, tiene que dar la vida, tiene que entregarse. Eso ya a Pedro no le gusta, ese tipo de mesianismo no le gusta. Y es por eso que le dice, no, hasta acá no, este tipo de mesianismo no me gusta. Y ahí se come el reto más grande de todo el testamento: “Ve detrás de mí, Satanás. Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.” Invita a seguir de una manera nueva.
Ahora, si miramos nuestra vida, de alguna forma sucede algo similar en nuestra fe. Desde un primer momento, muchas personas nos enseñan quién es Jesús de distintas maneras. También vamos escuchando, por ejemplo cuando empezamos la facultad, o en el trabajo, que, no todos están a favor de Jesús. Algunos lo seguirán, otros no; y uno escucha un montón de cosas de Jesús. Sin embargo, desde un primer momento tenemos que hacer una opción: ¿quiero seguir a Jesús o no? Esa opción que hicieron los discípulos, y una opción de seguimiento significa que hay algo que me invita, que hay algo que me atrae de Jesús, por eso voy. Me siento consolado, me gusta lo que veo. Descubro los dones que me da, y voy caminando con Él. Y Jesús cada vez se me va revelando más, cada vez va dando un paso más, y va purificando esa imagen.
Podemos ver como a lo largo de la historia, tanto la sociedad como la Iglesia del momento fueron eligiendo distintas imágenes de Jesús. En un primer momento, la primera imagen que se hizo de Dios fueron los pantocrátores, en las épocas de los imperios – tal vez han visto alguna vez uno. ¿Por qué era esa imagen? Porque era como el imperio, bueno Dios es todopoderoso, el imperio también. ¿Revela algo de Dios? Sí, pero se tiene que abrir a algo más. En un segundo momento, la imagen de Dios que más se vio fue la de La Piedad, y mostraba ese Dios que también nos entendía y acompañaba en el sufrimiento y en el dolor. Que revela algo de Dios, pero también se tiene que abrir a algo más. En otro momento la imagen de Dios era la de un Dios que es juez, que viene muchas veces a condenar, a decirnos si esto está bien o mal. Esto también revela algo de Dios, pero se quedaba en eso porque la sociedad era así, era más sufrida, se juzgaba y se decía mucho más lo que se tenía que hacer; esa imagen también se tiene que abrir a algo más. En un último momento, la imagen de Jesús, fue la de un Jesús más liberador, hasta socialista o comunista lo han llamado. Que revela también un Jesús que quiere salir a liberar, que quiere salir a dar ese paso, pero que también se tiene que abrir a algo nuevo, no es eso, no queda encasillado ahí Jesús, esa imagen siempre tiene que purificarse. ¿Y por qué tiene que purificarse? Porque la imagen verdadera, no es la que yo me hago de Jesús; es la que Jesús me revela.
En algún momento de mi camino, Jesús me va a decir cómo es, y ahí es donde yo tengo que abrir el corazón para ver si acepto esa imagen de Jesús o no. En este caso es esta imagen del Mesías. El Mesías, le dice, tiene que sufrir, tiene que entregar la vida. Y Pedro no acepta esto, dice este tipo de imagen de Jesús, yo no lo quiero. Ahora, para seguir caminando con Jesús, tiene que ver si acepta esa imagen o no. Porque Jesús no lo echa, no le dice: no mirá, así no me podés seguir. Lo que le dice es, seguime, pero vení detrás.
Podríamos decir que en este evangelio hay un cambio fundamental. Hasta este momento, los discípulos siguieron a Jesús porque había algo que les gustaba. Ahora Jesús es el que les dice: ahora síganme desde quién soy Yo; ahora Yo les digo quien soy, y ustedes tienen que ver si esto lo aceptan o no. No se pueden quedar con la imagen de ustedes, sino descubrir verdaderamente quién soy. Y esto implicaba en ese caso, cargar con la cruz, e ir detrás de Él. Descubrir quién es Jesús es descubrir que muchas veces hay momentos de dolores, de sufrimiento, de cruz, y que eso se tiene que integrar en la imagen que tenemos de Él. No puedo caminar detrás de Jesús sino integro eso, sino descubro que Jesús también me invita a vivir eso como parte de la fe. Y esto también será un momento en el que yo tendré que dar un paso en la fe. ¿Acepto ese llamado de Jesús? No solamente desde el sufrimiento y el dolor, sino desde distintos momentos, desde distintos lugares.
Podríamos poner como ejemplo la segunda lectura, la Carta de Santiago. Santiago les dice, la fe se acompaña con obras. No basta con decir solamente: Creo en Dios, o en Jesús; ahora tienen que decir, bueno, también obro de esta manera, vivo como Jesús, descubro a qué me invita a Jesús, y confío en Él. Podríamos ver nosotros, en qué sentido tenemos que abrirnos a algo nuevo. El domingo pasado escuchábamos cómo el evangelio decía: ábrete. Bueno, acá los que tienen que abrir el corazón son los discípulos, ahora los que tenemos que abrir el corazón somos nosotros.
Podríamos tomar algunas invitaciones que Jesús nos hace a través del evangelio. Primera invitación, por ejemplo, a perdonar, ¿aprendo a perdonar? ¿Vivo el perdón como Jesús me invita? ¿Descubro ese llamado que me hace o me quedo en lo que se llama antes para mí perdonar? Jesús nos dice: ahora te toca crecer en esto.
En otro lugar del evangelio, Jesús dice que hay que amar a todos, a los que nos gustan y a los que no nos gustan, ¿nos animamos a dar ese paso? Ahora, ese paso, con nombre y apellido, no decir: sí, yo quiero a todos. Porque hay personas que nos cuesta querer, desde cercanas a nosotros, en nuestra familia, en nuestros trabajos, a personas, políticos. Pongámosle nombre y apellido a eso. ¿Qué nos cuesta amar, y querer y valorar? Y Jesús me dice: eso querelo y valoralo. Si querés crecer en la fe, tenés que dar ese paso, tenés que soltar algo que no te gusta, y animarte a vivirlo. Creo que cada uno de nosotros podemos preguntarnos, ¿qué me cuesta? ¿En qué me cuesta ser generoso? ¿En mi tiempo, en mis cosas, en lo que el otro me pide, en que lo acompañe? Bueno, soltá eso me dice Jesús, cargar la cruz es cargar eso, Pedro tiene que descubrir cuál es la cruz que le cuesta. Y la cruz que le cuesta a Pedro, es creer que Jesús tiene que morir, es que Jesús tiene que entregar la vida, y que después él se va a tener que entregar. La pregunta es ¿cuál es la cruz que nos cuesta a nosotros? ¿Qué es lo que no queremos entregar? Porque hay dos opciones, Pedro puede decir hasta acá llegué en mi fe, y se queda en ese primer estadio de la fe, o dice, mirá Jesús, ahora me entrego y te sigo de otra manera, y da un salto en su fe.
Lo mismo nos puede pasar a nosotros, bueno hasta acá llegó mi fe, no quiero dar nada más, o me animo a dar un salto, me animo a crecer y a vivir el evangelio de verdad, con todo lo que invita y con todo lo que cuesta. Porque vivir el evangelio es ir entregando algo constantemente. En el fondo, es ir entregando la vida, el gran don de Dios. Es lo que dice la primera lectura. Es el segundo o tercer cántico del siervo. Dios me invitó a ir por ahí, tuve que ir por ahí, tuve que poner mi espalda, me pegaron, me abofetearon, pero yo confiaba en Dios. ¿Le gustaba a ese siervo lo que le pasaba? No, pero se sentía sostenido por Dios. Bueno, en nuestra vida pasa lo mismo, es soltar algo. Porque la verdadera esperanza cristiana, es la que se sostiene en Jesús, es la que se sostiene en Dios. Como hemos hablado muchas veces, a nosotros nos cuesta porque nos gusta controlar las cosas, nos gusta controlar hasta donde entregamos. Pero Jesús nos invita a algo más.
Para poner un ejemplo y decirlo claro, muchas veces en nuestra sociedad nos cuesta decir por dónde vamos. Jesús nos dice, entregá eso, tené esperanza. Ahora, no en los hombres, sino en mí. Porque cuando las cosas vienen bien o las controlamos, es muy fácil creer. Ahí creemos todos porque la cosa sale como yo quiero. Ahora, cuando la cosa no es como yo quiero, ya no puedo controlar nada, y ahí paso al otro estadio que es, confío en Dios. Dios me dice, ahora confiá en mí, aunque te cueste, aunque te duela, aunque sufras, entregá lo que te cuesta, ese es el paso del evangelio. Ese es el final del evangelio de hoy, el que quiera salvar su vida la perderá. ¿Qué es salvarla? Controlarla, aferrarla, no querer dársela a Jesús, decir hasta acá llegué. Ahora, el que pierda su vida por mí, el que la entregue, el que la dé, la va a salvar. Eso es lo que nos invita a hacer.
Pidámosle entonces en este día a Jesús, aquel que hoy nos dice si nos animamos a cargar con la cruz y seguirlo, si nos animamos a cambiar aquello que nos cuesta, que queremos seguirlo, que queremos confiar en Él, que queremos animarnos a entregar aquello que nos cuesta. Pidámosle que nos ayude a cambiar, aquello que hoy no nos animamos a cambiar, que nos ayude a dar el paso que no podemos dar. Pidámosle a Dios, aquel que nos sostiene en ese camino, que nos ayude a entregar, a caminar detrás de Jesús con un corazón entregado.

Lecturas:
*Is 50, 5-9
*Sal 144, 1-9
*Sant 2, 14-18
*Mc 8, 27-35

Homilía: “Efatá - Ábrete” – XXIII domingo durante el año



Hace un tiempo salió una propaganda que intentaba mostrar cómo todos estamos conectados. Ésta mostraba una persona que estaba frenada en un semáforo, y había una voz en off que decía, que te conectas con el semáforo, que te conecta con la persona de al lado que también espera el semáforo, que te conecta con el de al lado, y así empezaba a hablar de todas las conexiones que podía haber. Muchas veces con distintas imágenes, con las distintas cosas que están alrededor nuestro; a veces con distintas personas que iban pasando por diferentes escenas. Y la propaganda terminaba diciendo: “te conectás con todos, y todos se conectan con vos. Conectados podemos más”.
Podríamos decir que tal vez muestra lo que es hoy nuestra civilización ¿no? Por lo menos cómo se la llama: la era de las comunicaciones, la era de la globalización, donde pareciera que todos estuviésemos conectados unos con otros. Cuando yo era chico, hace poquito, obviamente, había un teléfono en la casa, por lo menos que yo recuerde. Ahora creo que hay más teléfonos en la casa que las personas que viven ahí. No sólo porque los celulares van pasando de generación en generación, sino porque si las contamos creo que hasta tenemos más líneas en nuestras casas, que lo que había antes. Pero no sólo desde este lugar, sino desde muchos lugares. En realidad si miramos con atención, como otras veces hemos hablado, esto habla de cierta parte del mundo. Les contaba que hace un tiempo hice un curso sobre la comunicación y la globalización, y ahí decían que todavía el 43% de la población mundial no hizo una llamada de teléfono; entonces cuando hablamos de estar conectados o de hablar por teléfono estamos hablando de un porcentaje de la población. Pero bueno, ya que el 40% de la población mundial es poco, vamos a hablar del otro 60% que nos toca que es el que nos corresponde un poquito más a nosotros.
Pareciera que estamos mucho más conectados, no sólo vía teléfono móvil, sino también vía internet y un montón de cosas, que nos ayudan a estar mucho más en contacto con el otro. ¿Tenemos más rapidez a la hora de hablar con los otros? Sí. ¿Tenemos más posibilidad de encontrarnos tal vez con otros que están más lejos? También. Ahora, la gran pregunta es, ¿estamos más comunicados que antes? ¿Todas estas posibilidades nos han ayudado a tener una mayor comunicación, o una comunicación más profunda? Porque la rapidez o la cantidad, no hace a la calidad, y nosotros hemos descubierto a lo largo de la vida, cómo lo que a nosotros nos ayuda es cuando tenemos una comunicación que tiene mucha calidad, cuando podemos encontrarnos verdaderamente con el otro. Cuando podemos profundizar con los demás. No es solamente el saber lo que el otro hace.
Hace un tiempo, mirando la película de Facebook (para que no se queden sin película este fin de semana), en un momento decían: esto va a hacer que todos lleven la cámara de fotos a una fiesta, y después les muestren lo que hacen, como que todos saben de todo y se comunican. Pero en el fondo es una comunicación hasta descriptiva, uno ve fotos del otro; pero ¿sabemos lo que pasa por el corazón de los demás? Porque no es solamente ver una foto o ver al otro, sino el poder comunicarme verdaderamente. Y creo que varios tenemos experiencia de cómo nos cuesta comunicar las cosas desde lo profundo de nuestro corazón, hablar verdaderamente con el otro. Y no sólo porque a uno a veces le cuesta contar y expresar; también porque nos cuesta mucho ponernos a escuchar al otro. Estamos con mil cosas en la cabeza, o nos llaman por teléfono, interrumpimos, y no damos un espacio a que haya una comunicación profunda desde nuestras propias vidas.
Sin embargo, como les decía antes, es lo que buscamos, todos necesitamos una comunicación de calidad. Y todos buscamos el poder encontrarnos verdaderamente con el otro, y encontrar un espacio para hablar. Obviamente, no somos Gran Hermano, donde todos se tienen que enterar lo que pasa con cada uno de nosotros, pero sí estaría bueno que demos un espacio para que, con aquellos que son más íntimos a nosotros, podamos abrir el corazón, y el otro también encuentre ese lugar y ese espacio.
Este lugar y este espacio que de alguna manera se crea cuando Jesús pasa por este lugar y hace este milagro tan llamativo, como nos muestra el evangelio. Lo primero que llama la atención es el lugar donde hace este milagro. En el evangelio de Marcos es bastante paradigmático, porque lo hace en territorio pagano. Jesús, lo dijo claramente en el evangelio, fue a predicarle al pueblo de Israel, para que después ese pueblo sea luz para los demás. Sin embargo, acá va y hace un milagro en otro territorio, que llama la atención, porque nosotros hemos visto a Jesús curar hasta sin ir a la casa del otro. Pero esto parece hasta irónico, porque Jesús le toca la boca, le pone saliva, pareciera que es trabajoso este milagro que tiene que hacer y creo que es porque muestra una intención, y algo que hay ahí mucho más profundo. Y eso más profundo creo que está grabado en esta palabra, que es una de las pocas palabras en arameo que nos queda en el evangelio: efatá, que ¿qué significa? Ábrete. Hay algo nuevo en Jesús que se tiene que abrir, y eso nuevo siempre es difícil. Abrirle el corazón a algo nuevo nos cuesta a todos. Cuesta mucho, y creo que cuanto más grandes somos aún nos cuesta más. Y Jesús está mostrando, todo eso que cuesta, en este caso, toda esa Palabra de Dios que tiene que abrirse en un territorio desconocido, en un lugar donde no la conocían, esa Palabra se tiene que hacer lugar. Y por eso lo trabajoso del milagro, muestra lo trabajoso de que esos oídos se abran a la Palabra de Dios, que esa voz empiece a anunciar aquellas palabras de vida que Dios le pide.
Ahora, si lo central de ese evangelio es abrirse a la novedad, abrirse a algo nuevo, que es ese mensaje de Dios, eso se puede aplicar a cada uno de nosotros. ¿De qué manera Jesús quiere abrir nuestros oídos para que escuchemos de una manera nueva? ¿De qué manera quiere abrir Dios nuestros labios, para que hablemos de esa manera?
Todos tenemos la necesidad de comunicarnos, pero no solamente de hablar y contar lo que hacemos, sino de contar lo que nos pasa. Y es mucho más profundo hablar de nuestro propio ser que de lo que hacemos, y cuando no podemos hablar de nuestro propio ser, a la larga eso nos termina pasando factura. Porque hay algo que no nos cierra, porque no tenemos donde desagotar ese manantial de vida que está en nuestro corazón, y hasta nos ponemos de mal humor, y hay cosas que nos molestan, nos angustiamos, ¿y por qué? Porque no podemos hablar con palabras de vida, con aquello que todos necesitamos y que también Jesús nos trae.
También es importante escuchar. El poder escuchar verdaderamente al otro. Cuando andamos a las corridas y no encontramos al otro, de pronto estamos cansados y nos ponemos de mal humor, lo primero que nos podríamos preguntar también es, ¿me estoy deteniendo un momento?  A poder escuchar, a ver lo que pasa, a ver lo que sucede. Y también el abrirme a lo nuevo. El poder escuchar aquello que por ahí no estoy escuchando. Esas palabras de abrirse, claro que Jesús no se lo dijo sólo a ese sordomudo, sino a todos los discípulos que estaban con Él: ustedes también se tienen que abrir a esta Palabra de Dios, para que la Palabra de Dios, siempre diga algo nuevo.
Eso pasa también en nuestra Iglesia. Es curioso porque nosotros tenemos un mensaje que es sumamente atrayente, se supone, o eso es lo que creemos. Sin embargo también vemos la dificultad de que eso llegue. Entonces no solamente nos tenemos que preguntar cómo el otro tiene que escuchar, sino también cómo yo tengo que hablar. Y en este caso también cómo nosotros como Iglesia tenemos que escuchar.
Muchos habrán escuchado por televisión, que el Cardenal Bergoglio hizo un llamado bastante fuerte a nosotros, los sacerdotes. En este caso, yo zafé, era de Capital, por las dudas, diciéndoles: “vienen chicos de madres solteras y ustedes no los bautizan, no están escuchando a su pueblo, ustedes son los hipócritas del evangelio.” Y no por atacar a ellos, nos podemos preguntar nosotros. ¿Qué es lo que nosotros no estamos escuchando? ¿Qué es lo que Jesús nos pide que abramos, y no abrimos? Porque a ver, yo puedo sostener un montón de excusas para decir: no puedo bautizar. Y también nosotros podemos sostener un montón de excusas para decir: no, esto Jesús no lo quiere. Ahora, ¿no lo quiere Jesús, o no lo quiero yo? Porque la praxis de Jesús muestra cómo hay un montón de cosas que se tienen que abrir, y cómo siempre tengo que tener esa capacidad del corazón, de aprender a escuchar al que grita, al que clama.
Hoy Jesús nos pide a nosotros que escuchemos de una manera nueva, que hablemos de una manera nueva. Esto dicen las dos lecturas. En la primera lectura el pueblo está perdido, tiene miedo, e Isaías les dice: “No temas, ahí está tu Dios”, quedate tranquilo, miralo, escuchalo, fijate cómo no te abandonó, cómo está a tu lado aun cuando parece que no está. Aprendé a escucharlo.
En la segunda lectura, Santiago le pide a la comunidad que no haga acepción de personas. Si acá entra una persona rica, y entra una persona pobre, ¿a quién le hacen lugar ustedes? El evangelio hace primer lugar al pobre, a aquél que necesita más, no porque uno sea mejor que el otro, sino porque hay alguien que está más necesitado, a los ojos de Dios y de Jesús. Y eso también nos llama a abrirnos a algo nuevo, a una manera nueva de ver, a una manera nueva de pensar, que no es la del mundo. Porque no son esas reglas, son otras reglas a las que nos invita Jesús. Y eso nos cuesta muchas veces, nos cuesta como Iglesia, y nos cuesta también muchas veces como comunidad de cristianos acá en la Catedral.
Creo que hoy Jesús nos hace un llamado de atención, un llamado de atención a que abramos nuestros corazones, para mirar de una manera nueva, para escuchar de una manera nueva, y para que mirando y escuchando de una manera nueva podamos anunciar a Jesús de una manera nueva, para que ese anuncio llegue a los demás.
Pidámosle a Jesús, aquél que abrió los oídos y los labios de este sordomudo, que también abra nuestros oídos y nuestros labios, para que podamos escucharlo, y para que podamos anunciarlo.

Lecturas:
*Is 35, 4-7
*Sal 145, 7-10
*Sant 2, 1-5
*Mc 7, 31-37

viernes, 14 de septiembre de 2012

Homilía: “¿Por qué no miran lo interior?” – XXII domingo durante el año



La película Historias Cruzadas (The Help), muestra la realidad del estado de Mississippi, EE.UU. en los años '60; y esa relación que está un poco tirante entre las familias blancas, dueñas de las casas, y las empleadas domésticas de raza negra. En ese momento llega una mujer de esa ciudad, Skeeter Phelan, que viene recibida para trabajar como periodista, pero al principio consigue pocas cosas para poder hacer en el diario del lugar. Cuando se va adentrando, empieza a ver un montón de las injusticias que ocurren en ese estado que tal vez antes no las veía: y era el trato que estas personas tenían con aquellas personas que trabajaban en sus casas.
Justo en ese momento, Aibileen Clark, una de las protagonistas pierde uno de sus hijos, y la pregunta de Skeeter es: ¿qué se siente que un hijo muera cuando no estás con él, cuando justamente estás cuidando a los hijos de otra persona? Y ahí ella empieza a contar su historia. Skeeter se empieza a enojar con todo lo que ve, con toda esa fachada superficial de la injusticia, de cómo se tratan, y cómo eso sigue como un status quo que nadie puede cambiar nada. Le cuesta entrar en el corazón de las personas, le cuesta entrar a ver qué piensan; desde las personas que creen que eso está bien; desde las personas que creen que eso es injusto y está mal (y aún les pesa en el corazón el trato que tienen con las personas que trabajan en sus casas, por quedar bien con los demás), y más aún entrar en lo que siente cada una de estas personas que tienen que trabajar en las casas de otros. Por poner un ejemplo, ponían un baño afuera para que no usaran el de adentro,  tenían que separar sus cubiertos para que no los contagien, y así un montón de cosas. Uno cuando lo ve hoy a la distancia dice, ¿cómo puede ser esto? Sin embargo, son cosas que se han vivido, que han existido, y que durante mucho tiempo han perdurado. 
Creo que en vez de juzgar lo que se hacía en ese momento, podemos mirar nuestra propia vida, y tal vez sí, descubrir un montón de situaciones injustas que muchas veces se dan. Un montón de cosas que pasan a nuestro alrededor, y son como un status quo. Podríamos pensar en los colegios: cuando nos reímos o tratamos mal a alguien, y es como que eso está bien. Se tiene que vivir así, y parece que no se pudiera decir nada, que no se puede intervenir y decir: eso está mal. Casi como que queda de lado el poder pensar desde uno mismo. Lo mismo en la facultad, en un grupo, en un trabajo, en una familia,  cuantas veces si nos ponemos a mirar verdaderamente en el corazón, descubrimos que hay un montón de situaciones injustas, pero que están así; y que nos cuesta mucho llegar a lo profundo de ellas, y a lo que realmente pasa, y al corazón de cada una de esas personas. Y cuando sucede esto, uno termina viviendo como en una estructura que va mucho más allá de las personas, no importa quién lo está viviendo, porque lo importante deja de ser la persona, y pasa a ser la tradición, la cultura, o lo que se vive.
En este caso, en el evangelio acabamos de escuchar las tradiciones que viven los judíos, (tradiciones que vienen de sus antepasados) y que Marcos, como le escribe a una comunidad pagana, las tiene que explicar: los judíos siempre se lavan antes de comer, hacen las abluciones, limpian las cosas… y parece que lo central es eso. Y la pregunta a Jesús es, ¿por qué tus discípulos no se lavan las manos antes de comer?, y no por una cuestión de educación, sino porque esto se tiene que hacer. Jesús viene hablando hace rato de que lo central es transformar el corazón, empezar desde lo profundo de nuestras vidas, y ellos en vez de eso, se quedan mirando aquello pequeño que es: si se lavan o no las manos, si siguen esta tradición o no.
Más allá de que esta tradición esté bien o mal, nos olvidamos de lo central y de lo esencial, que es lo que pasa en el corazón de las personas. Si hay algo que Jesús viene a transformar es lo profundo de nuestras vidas, a que nos encontremos con nuestros deseos, con nuestra libertad, qué es lo que queremos, y a que nos encontremos con el otro y que a partir de ahí se empieza a construir.
La semana pasada yo les decía que desde lo negativo no se puede construir, para eso necesitamos de lo positivo de las personas. Pero para encontrar lo bueno de las personas, tengo que conocer el corazón, tengo que conocer al otro, y para eso tengo que romper con muchos de mis prejuicios, con mis criterios y mi modo de pensar. Muchas veces empezamos con nuestros prejuicios: vemos a alguien y ya lo tenemos catalogado, qué nos parece, a veces por su pinta, a veces por cómo habla, a veces por la estructura en la que lo conocimos, o a veces porque me "cayó así" pero no llegamos al corazón de esa persona. Y si no llego al corazón de esa persona, nunca voy a poder entablar un vínculo de verdad como a los que me invita Jesús. Para poder crecer en un vínculo cristiano tengo que llegar a la profundidad del otro. Tengo que amarlo desde lo que el otro es
Jesús invita a los fariseos, a los escribas, a sus discípulos, a que miren en el interior de su corazón y a que descubran que todo proviene de ahí, lo bueno y lo malo. Cuando nos ponemos a mirar la superficie, muchas veces nos cuesta encontrar lo bueno y lo malo. Los fariseos pensaban que todo estaba bien, que cumplían. Entonces como cumplían con lo que tenían que hacer, parecía que todo cerraba. Hoy, nos hemos muchas veces como enojado con este cumplir, y no queremos vivir desde el cumplir. Pero también desde un relativismo pareciera que todo está bien, y entonces muchas veces nos cuesta descubrir lo que está mal porque no sabemos mirar en la profundidad; miramos en la superficie. A mí me cuesta descubrir mi pecado, lo profundo de mi corazón, porque tal vez tengo que mirar de una manera nueva. Lo que está pidiendo Jesús a los hombres y mujeres que lo escuchan es: si quieren verdaderamente llegar a Dios, miren los corazones de una manera totalmente renovada.
Lo que nos dice a nosotros es lo mismo, aprendan a mirar el corazón, aprendan a mirar sus corazones. Y desde ahí podemos descubrir, cuáles son nuestras intenciones, por qué hicimos las cosas, de qué manera nos tratamos, y tratamos a los demás. La transformación siempre viene de lo profundo, cuando queremos transformar la superficie, es como si sólo le pusiéramos una capa de pintura. Después aparecen “humedades” y sigue todo igual; pasó muy poco tiempo, y nada cambió. Las cosas cambian cuando las cambiamos desde la raíz, cuando vamos a los cimientos. El problema es que cuando vamos a los cimientos, tenemos que dejar que algunas cosas se caigan, que algunas cosas se derrumben. Eso es lo que tienen que hacer esos hombres que están esperando a Jesús. Un montón de sus tradiciones se tienen que caer, pero no se animan. Cuando Jesús pasa por nuestra vida, hay un montón de cosas que se tienen que caer o que tienen que cambiar. Cuando Jesús pasa por nuestras familias, hay un montón de cosas que también tienen que caer. Cuando Jesús pasa por nuestra Iglesia hay un montón de cosas que tienen que caer.
Si miramos también hoy nuestras comunidades y nuestra Iglesia, hay un montón de cosas y tradiciones que hoy Jesús nos diría lo mismo: ¿por qué no miran lo interior? Lo que transforma, lo que hoy le puede dar vida a cada hombre y a cada mujer.
Creo que Jesús hoy nos llama a hacer un verdadero examen de conciencia, a que nos animemos a mirar nuestra vida, cómo somos, actuamos y caminamos. A que no nos quedemos en las estructuras, pensando que todo está bien, porque eso no nos lleva a nada, sino que busquemos en lo interior para encontrar aquellas cosas desde las que podemos construir y las cosas que no están bien y que tenemos que cambiar.
Pidámosle a Jesús, aquel que verdaderamente transforma el corazón de los hombre y mujeres, que seamos valientes en esto, en animarnos a mirar nuestro corazón, en animarnos a ponerle nombre a las cosas; para que desde allí, transformados por Él podamos crecer y transformar todo aquello a lo que Él nos invita.

Lecturas:
*Dt 4, 1-2.6-8
*Sal 14, 2-5
*Sant 1, 17-27
*Mc 7, 1-8.14-15.21-23

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Homilía: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes Palabras de Vida Eterna – XXI domingo durante el año



La película El Jardinero Fiel comienza con la muerte de una activista británica, Tessa Quayle, que estaba en Kenya, mirando algunos abusos que la industria farmacéutica hacía en ese país. Justin, su marido, está yendo a ver todo lo que es el funeral, y a recoger sus cosas, cuando, para cubrir un poco lo que pasaba, empiezan a haber algunas blasfemias sobre lo que la mujer vivía y hacía. Justin, un poco por curiosidad, un poco por no estar de acuerdo con lo que le decían, se pone a investigar. Así es que descubre que las cosas no eran tal como se le presentaban. Entonces empieza a adentrarse en lo que hacía su mujer, hasta descubrir que hay algo mucho más grande en eso, y ahí comienza una gran pregunta en él: ¿qué es lo que tengo que hacer? ¿Me comprometo con esto y sigo avanzando en investigar y ver qué es lo que pasa? o ¿me acomodo, [como lo invitaba la empresa a hacer], en una vida diferente? Se encuentra frente a un cruce de caminos. ¿Qué es lo que la vida me está pidiendo? Lo que comenzó por saber un poco más de mi mujer, termina siendo algo mucho más grande, mucho más groso, mucho más duro de lo que pensaba, y la pregunta es: ¿Qué es lo que tengo que hacer ahora?
Esta misma pregunta que también nosotros nos hacemos, de otras formas y maneras, en otras circunstancias de nuestra vida. Creo que en casi todas las cosas que muchos de nosotros hemos emprendido, hay momentos que son encrucijadas, en las que nos preguntamos: ¿tengo que seguir con esto? ¿Esto vale la pena? ¿Tengo que luchar por esto? Podríamos preguntarnos o ver eso en nuestros vínculos, en un noviazgo, un matrimonio, en una vocación que uno elige, en una amistad. Cuando las cosas se complican, cuando no son tanto como uno esperaba, uno dice bueno: ¿me animo a esto? ¿Sigo apostando o busco otra cosa? También en una vocación, en una facultad, desde cosas pequeñas, como cuando a uno no le gusta una materia - no nos van a gustar más de la mitad de las materias más o menos - parte de lo que a uno le puede pasar; o cuando uno empieza a descubrir que hay algo que me hace ruido, y no sé si es tanto lo mío, y ahí me pregunto ¿sigo apostando por esto o me desvío hacia otro lugar? Y así en muchas cosas que emprendemos. Hay momentos que podríamos llamar de encrucijada, o de crisis y discernimiento, donde yo tengo que volver a elegir, tengo que poner la circunstancia delante de mí y animarme a ver qué camino elijo.
Ahora, para eso tengo que aprender a mirar de una manera especial. Porque cuando llega un momento de crisis o de encrucijada, muchas veces miramos solamente lo negativo, o miramos lo que no nos gusta; y de lo negativo, lo que no nos gusta, nunca se puede construir, no hay manera, eso derrumba siempre todo. Entonces tengo que mirar, ¿qué es lo que me llevó a esto? ¿Qué es lo que me dio vida? ¿Qué es lo que me hizo elegir y recorrer este camino? Porque sólo desde lo que me da vida puedo construir, podré sanar lo que haya que sanar, reparar lo que haya que reparar, crecer en lo que tenga que crecer, pero sólo desde lo positivo y desde lo que me hace bien.
Esto mismo es lo que le dice Josué al pueblo frente a la entrada a la tierra prometida. Ustedes saben que el pueblo estaba esclavo en Egipto, y por medio de Moisés el pueblo es liberado; pero todos los que salieron de Egipto murieron en el camino. Nadie de los que salió de Egipto va a llegar a la tierra prometida, por eso son cuarenta años, lo que vive una generación. Ni siquiera Moisés llega. Es decir, los que van a tomar posesión de esa tierra, son los que nacieron en la libertad, los que ya conocen esa libertad. Y cuando entran en la tierra, Josué les dice: - ustedes han hecho experiencia de Dios, ahora tienen que elegir. ¿Quieren elegir este Dios o se quieren ir detrás de otros dioses? Yo ya elegí, yo elijo a este Dios, pero ahora les toca a ustedes.- Y el pueblo elige a este Dios. Sin embargo, sabemos que esta elección, en ese momento y frente a las maravillas que Dios obró parece muy simple, pero después no es tan fácil para el pueblo. A lo largo de su vida y esa tierra tendrán sus vaivenes en su relación con esa alianza que han hecho.
Esto mismo, de una manera diferente pero similar, se da con Jesús. Estamos terminando hoy de escuchar todo este discurso del pan de vida, donde la gente pasó de estar fascinada con Jesús, a preguntarse un montón de cosas y hasta a cuestionarlo a Jesús, y sus mismos discípulos le dicen: este lenguaje es muy duro. Jesús, por primera vez en el evangelio, siente que sus palabras no tienen acogida, no tienen recepción. Hasta este momento, podríamos decir que se dividen en dos grupos: los que lo escuchan a Jesús, y los que no lo escuchan a Jesús, los fariseos y otros más.
 Sin embargo, por primera vez se da una cosa muy particular, que es que el reproche, o el no escucharlo, viene de sus propios seguidores, diciéndole: esto es muy duro para nosotros, esto no se si lo podemos querer y aceptar. Pero Jesús no se echa para atrás, les dice: todo lo que les he dicho es Espíritu y Vida, mis palabras tienen peso. Si no quieren creer en esto, ¿cómo van a hacer con cosas más grandes, que vendrán todavía? Y ahí escuchamos que algunos se van, y otros se quedan. Sus mismos discípulos, frente a ese lenguaje duro, deciden abandonarlo. Dicen: esto no es lo que yo quiero seguir en la fe. Y esa crisis, como tenemos en la vida, nos sucede también en la fe, hay momentos donde empezamos a preguntarnos si queremos seguir a Jesús, pero varía las formas, a veces puede ser por el lenguaje, que nos puede parecer duro, aunque creo que eso no se da tanto en la actualidad.
Hay un libro que se llama, Diario de un Cura Rural, de Bernanos, donde él dice que la Palabra de Dios es como fuego candente, pero que uno la toma con pinzas porque tiene miedo de quemarse las manos. En realidad es una gran crítica a que nosotros la Palabra de Dios la tomamos con cuidado, porque si la tomamos y aceptamos verdaderamente en el corazón, nos entra en conflicto con un montón de cosas nuestras, y nos invita a un crecimiento en un montón de cosas que nos cuestan. Entonces cuando leemos, por ejemplo: los pobres, pensamos en los pobres de Espíritu, para ver si “zafamos” por lo menos por ahí. Pero cuando empezamos a escuchar y leer verdaderamente, nos damos cuenta de que nos invita a crecer en una pobreza, en una sinceridad, en una austeridad, en un escuchar al otro, en un amarlo verdaderamente, en un perdonar. Y eso nos cuesta, entonces lo tomamos hasta cierto punto, o no lo escuchamos tanto, porque cuando lo escuchamos verdaderamente también nos es duro, y nos invita a un replanteo y a una conversión del corazón.
No solamente con el lenguaje a veces es duro seguir a Jesús. A veces hay cosas que no entendemos. Nos suceden cosas duras en la vida, pasan cosas que no deseáramos, pasan cosas que no queremos, y muchas veces nos preguntamos y entramos en conflicto con Dios. Bueno, ¿este es el Dios al que yo quiero seguir? ¿De esta forma y de esta manera? O por último, nos podemos preguntar si tiene lugar en nuestra vida, porque no entramos en conflicto con Él pero quizás nos estamos dejando estar. Quizás en otro momento tenía que ver, pero ahora tenemos demasiadas cosas en nuestra vida. Pensamos que en realidad, este Dios, no nos da tanta vida. ¿Tanto para esto? Las otras cosas pareciera que nos dan más vida, sea lo que fuera: facultad, un trabajo, una familia, lo que fuera. Y Jesús va quedando de costado, como que lo vamos dejando atrás. Y es en ese momento, donde Jesús tal vez nos pregunta como a los discípulos: ¿ustedes también quieren irse? Cuando todo el mundo por diversas razones empieza a dejar la fe, a abandonar su religiosidad y a alejarse de Jesús, esa pregunta Jesús la hace a gritos en nuestro corazón.
Frente a esa pregunta, Pedro le dice, “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes Palabras de Vida Eterna. Nosotros hemos creído en Ti”. Yo creo que para Pedro, el lenguaje era tan duro como para los demás, pero Pedro lo que supo mirar no era lo que le estaba costando, sino lo que Jesús le había dado. En vez de mirar ese lenguaje duro, o las cosas que no entendía de Jesús, dijo: a mí el que me dio vida fue Jesús, a mí el que me cambió la vida fue Jesús; y hasta que no encuentre algo que me de tanta vida como Jesús, sigo con Él, sigo caminando y apostando por esa fe, por aquel que llena mi corazón, por aquel que como dice Pedro, me puede dar aquello que me da verdadera vida eterna.
Hoy Jesús nos vuelve a decir a nosotros que Él es el Pan de Vida, que Él es el que nos alimenta, y Él es el que nos da vida. Pero eso tenemos que renovarlo y reafirmarlo en cada circunstancia y momento de nuestra vida. Como hizo el pueblo, y como hizo Josué, habrá muchos momentos en que tendremos que animarnos a contestar desde el corazón, si queremos seguir a Dios o no, si queremos caminar detrás de Él, o si queremos seguir otro camino, si queremos apartarnos, o si queremos seguir creciendo y progresando en la vida de fe.
Animémonos entonces a descubrir a este Jesús que nos habla al corazón, a descubrir a este Jesús que en cada Eucaristía y en nuestros hermanos también nos alimenta, y animémonos a responder a esa pregunta que nos hace: si queremos estar con Él, si queremos caminar detrás de aquél que nos da Vida Eterna.

                Lecturas:
                *Jos 24, 1-2.15-18
                *Sal 33, 2-3.16-23
                *Ef 5, 21-32
                *Jn 6, 60-69