martes, 16 de julio de 2013

Homilía: “Ve y procede tú de la misma manera” – XV domingo durante el año


En la película “7 almas”, Tim Thomas es un empresario que por algunas circunstancias de la vida decide ayudar, con algo que a él le cueste mucho, a 7 personas que lo necesiten. Y empieza a caminar, en el transcurso de la película, buscando esas siete personas que de alguna manera “se merezcan”, podríamos decir, esa ayuda que él les quiere dar. Hay un momento donde él hace como un monólogo, donde dice que en este momento hay 6.470.818.671 habitantes en el mundo. “Algunos huyen a sus hogares, otros vuelven a sus casas; algunos son hombres malos en guerra contra el bien, otros son hombres buenos luchando contra el mal; 6 mil millones de personas en el mundo, 6 mil millones de almas, y hay veces que sólo necesitas una.”
Creo que esa experiencia de él, que está buscando esa persona, que la necesita para algo, es la experiencia cotidiana, que en diferentes maneras y con otra profundidad, también nosotros percibimos en la vida. Esa persona que en algunos momentos nos comprenda cuando nos sentimos incomprendidos; esa persona que nos escuche cuando sentimos que nadie nos escucha; esa persona que camine con nosotros cuando nos sentimos solos; ese abrazo que nos traiga paz y consuelo al corazón cuando necesitamos alguien que nos dé afecto, que esté a nuestro lado; esa palabra de consuelo que me cambia el día, que cambia mi humor, que me hace sentirme de una manera diferente. Esto y muchas cosas descubrimos que necesitamos, a lo largo del día, de las semanas, del año.
Creo que ninguna persona madura, o que no sea altamente narcisista, va a decir que no necesita de los demás. Toda persona cuerda se da cuenta de que necesita del otro. Continuamente necesito del otro. El problema no es que yo necesito del otro. El problema es que el otro se dé cuenta de esa necesidad que yo tengo en el corazón, explícita o no explícita; que el otro descubra esa necesidad. Porque - por lo menos me pasa a mí -, vamos como midiendo: “yo me doy hasta acá”; “yo me entrego hasta acá”; “yo ayudo hasta acá”; “yo busco al que necesita hasta este punto”. Esto creo que es la pregunta que hace el doctor de la Ley en este evangelio tan conocido: “¿Quién es mi prójimo?” La pregunta está escatimando. Si está preguntando quién es mi prójimo, entonces no son todos. De alguna manera está pidiendo, “decime hasta dónde”.
Y es acá donde Jesús va a hacer un cambio, donde le va a terminar preguntando ¿quién se comportó como el prójimo del otro? Es tan radical el cambio que hace Jesús, que lo que dice es que yo tengo necesidad del otro. Pero no solamente que tengo necesidad para que me escuche, para que me acompañe, yo tengo necesidad de servir al otro, yo tengo necesidad de que el otro transforme mi vida.
En general nos pasa que nos sentimos que somos personas buenas, que hacemos las cosas bien, y que a veces damos como un plus: “bueno, doy algo más”; “ayudo en esto”; “soy generoso en esto”. Y ahí me siento mucho mejor; como que esos son momentos extraordinarios donde doy un plus más de mí. Y Jesús dice: “no, a ver, esperá. En realidad vos sos el que tenés necesidad del otro. Cuando das ese plus, cuando te preocupas de aquél que está, en este caso, al borde del camino, es porque vos lo necesitas. Vos necesitas del que está enfermo, vos necesitas del que tiene hambre, vos necesitas de aquél que está solo.” Por eso termina diciendo: obra así y vas a alcanzar lo que querés, aquello que te va a llenar el corazón, aquello que te va a llevar a la Vida Eterna. Ese es el camino.
El problema es que nosotros creemos que damos algo al otro cuando en realidad debiéramos descubrir que estamos recibiendo mucho más. Porque eso me agranda el corazón, porque eso me hace una persona nueva, porque eso me hace un corazón mucho más cercano al de Jesús. El problema es que esto cuesta, y nos cuesta a todos. Por eso Jesús tiene que poner este ejemplo, que empieza casi curiosamente, porque ¿qué necesidad tiene un doctor de la Ley de acercarse a Jesús y decirle, “¿qué tengo que hacer para heredar la Vida Eterna, para ir al cielo, para salvarme?”? Y Jesús le contesta: “¿qué está escrito en la Ley?” El hombre ya sabe lo que tiene que hacer. No es ese el problema. “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.
Esto se aplica también para nosotros. En general sabemos lo que tenemos que hacer; o lo que quisiéramos hacer; o aquello que nos hace mejores personas, que nos hace personas más nobles, más buenas; eso lo sabemos. Nuestro corazón casi lo grita. El problema es que a veces, nuestra cabeza, nuestra humanidad, pone límites, pone como cerrazones: “Bueno, pero… ¿tan así es?”; “¿quién es este prójimo?”; “¿cuántas veces tengo que perdonar?”; “¿hasta cuándo lo tengo que ayudar?”. Es acá donde Jesús pone esta parábola maravillosa, en la que hay un hombre que fue asaltado, que estaba medio muerto, y que pasó un sacerdote, pasó un levita (sería como un sacerdote de segunda orden), y siguieron de largo; y pasó un samaritano y lo ayudó.
Ahora, en general nosotros nos quedamos con la ayuda nada más. Pero si Jesús hubiera querido decir eso en esta parábola hubiera empezado por el final. Hubiera dicho: “había un hombre que lo asaltaron, pasó un samaritano y lo ayudo”. ¿Por qué dice los dos primeros? Es más, creo que no tendría ni que haber dicho que era un samaritano, porque también decir esto tiene un significado. Podría haber dicho, “un hombre bueno que se preocupó”. Pero no dice eso, y ¿por qué no dice eso? Porque en realidad, esta parábola no sólo muestra cómo me tengo que comportar con mi prójimo. Es una parábola que critica la religiosidad de la época. Va al corazón de lo que la religión está viviendo; y les está mostrando que una religión que no se preocupa por el hermano no tiene sentido, es una religión vacía. No se encuentra con nadie, les está diciendo.
La voy a traducir como si Jesús estuviese hoy, para que la entendamos un poquito mejor. Hoy seguramente Jesús hubiera dicho que a un hombre lo asaltaron, lo dejaron tirado en el camino, y por el costado pasó un obispo. Pasó un obispo, lo miró, y siguió de largo. Después, pasó un sacerdote, lo vio, y siguió de largo. Y la pregunta es ¿quién es el buen samaritano? Bueno, en ese entonces, el problema con los samaritanos no es solamente que estaban peleados con los judíos. Están peleados por un tema religioso. Para los judíos, los samaritanos son aquellos que viven mal su fe, son aquellos que los judíos desprecian de la fe, como diciendo: éstos nos pueden participar. Y es difícil, tendríamos que pensar nosotros, quiénes despreciamos en la fe. Y ese ejemplo usaría Jesús. Pasó un homosexual, alguien que se separó y se volvió a casar; piensen ustedes quienes piensan que están afuera de la religión, y Jesús va a elegir ese. Y fue y se preocupó. Lo llevó a su montura, lo curó, lo puso en un albergue, y pagó de más.
La crítica de Jesús no es sólo al que no se preocupa por el hermano, es al judío que no encuentra a Dios. En el fondo, al judío sacerdote, levita; al obispo, al sacerdote cristiano; cualquiera que se encuentra con un Dios que crea él, que tiene una piedad vacía. ¿De qué me sirven un montón de cosas si no me llevan a transformar mis vínculos con los demás? Eso es lo que está diciendo Jesús: podés rezar, podés adorar, rezar el rosario, ir todos los días a misa, pero si eso no te transforma, ¿con quién te estás encontrando? Esa es la pregunta. Recién vamos a descubrir si te encontraste con Dios, cuando te preocupes por tu hermano, y eso a veces va a hacer ruido.
Ustedes saben que el Papa hace poco hizo su primer viaje. Éste fue muy significativo porque fue a Lampedusa, que es una isla en el sur de Italia donde están los que llegan de África. La mayoría de los que quieren salir de África se mueren antes de salir, muchos se mueren en el barco o las lanchas, o lo que consiguen, y algunos llegan hasta esa isla, y quedan ahí. Tal vez eran los que estaban al borde del camino hoy ¿no? Fue muy significativo, es claro el ejemplo que puso él. Por eso le está saltando a la yugular toda la derecha italiana ahora. Berlusconi y compañía. “¿Cómo vas donde están los inmigrantes? Ellos no pueden entrar acá.”
Yo creo que eso lo hubiera hecho Jesús, hubiera ido ahí, a los que nosotros dejamos en el camino, los que nos parece que como sociedad no entran. Bueno, como cristianos tienen que entrar, no sé cómo, dice Jesús, pero si no entran no nos estamos preocupando por ellos, no estamos escuchando a Jesús. En el fondo, decía él, vivimos en la época de la globalización, la globalización de la indiferencia, somos indiferentes ante el hermano. Jesús dice: el que no se preocupa por el hermano, todavía no escuchó a Dios. Está escuchando algo; pero a Dios no lo escuchó verdaderamente en el corazón. Porque eso es lo que transforma, y eso es lo que nos invita a nosotros, a que nuestra piedad no sea una piedad vacía.
Tal vez podríamos pensar, hoy estamos participando, estamos escuchando la Palabra de Dios, nos estamos alimentando, nos vamos a alimentar de Jesús en esta mesa; del pan, del vino, en su Cuerpo y en su Sangre. Bueno, ¿cómo va a transformar esto en esta semana mi corazón? ¿Quién está a ese borde del camino y yo me voy a preocupar? Porque si no es lo mismo que les está diciendo acá: ¿con quién se encuentran? Esto tiene que de alguna manera cotejarnos, tiene que calar hondo en nuestro corazón. Para que nosotros digamos, bueno, yo escuché esta parábola y quiero que me transforme. A ver, Jesús los está provocando acá. Les está dando un cachetazo y diciendo: “reaccionen, fíjense lo que pasa”. A nosotros nos dice lo mismo: andá, fíjate en tu familia, en tu trabajo, quién queda de lado. En la calle, en donde fuera, ¿por quién te podés preocupar hoy? Esa es la pregunta de Jesús.
Creo que hoy podemos ponerle nombre a esta parábola y pensar nosotros por quién nos tenemos que preocupar. ¿Quién es nuestro prójimo?; ¿de quién nos estamos comportando como prójimos?; ¿de qué manera estamos amando y entregándonos por los demás?

Hoy creo que Jesús también nos dice a nosotros: “Ve y procede tú de la misma manera.”       

Lecturas:
*Deut 30,10-14
* Sal 68,14.17.30-31.33-34.36ab.37
*Col 1,15-20
*Lc 10,25-37 

Homilía: “Yo los envío como ovejas en medio de lobos” – XIV domingo durante el año


Una de las experiencias más lindas que he tenido, es la de poder tomarme unos días para misionar; en general con jóvenes, a veces con algunos adultos. Obviamente que eso es la invitación que tenemos que tratar de vivir día a día. La misión es lo que hacemos en cada uno de los lugares. Pero a veces como experiencia fundante de lo que significa ir a llevar el evangelio para muchos jóvenes, es una experiencia muy gratificante y muy linda. Y me acuerdo, hace más o menos quince años, cuando era seminarista; estábamos llegando a un lugar a misionar, y uno de los chicos, Hernán, dice: “Comienza la mejor semana del año”. A él le encantaba misionar, hacía varios años que lo hacía, y estaba muy contento de que comience esa semana donde iba a compartir a Jesús.
A la noche, cuando hacíamos la oración para terminar el día, el que quería pasaba y daba algún testimonio de algo de lo que iba viviendo en la misión. La cuestión es que pasa una de las chicas, y dice: “Bueno, yo la verdad que venía con muchas expectativas; lo escuché además a Hernán cuando llegamos que dijo: “comienza la mejor semana del año”, pero después de estos días me pregunto ¿cómo será su año?” Porque parece que no le estaba gustando mucho la misión. Esa fue en los primeros días; luego fue cambiando un poco la imagen que tenía, y siguió misionando muchos años, pero ¿qué es lo que se encontró al principio de la misión? Se encontró con las dificultades. Uno va a misionar, duerme en el piso, come según como cocine cada uno de los chicos que le toca cada día, hace calor, a algunos la convivencia a algunos les cuesta un poco más. Entonces, en un primer lugar se encontró con aquello que le costaba de su propia vida. Sin embargo, al continuar profundizando, se encontró con lo central de esa experiencia, que es animarse a compartir algo profundo que uno tiene, que es el don de la Fe. Ese regalo que Dios nos ha dado. Poder compartir a ese Dios que tenemos en el corazón.
Si uno mira con detenimiento esta invitación que Jesús hace en el evangelio, también hay un montón de cosas que hasta son complejas, uno no las entiende de entrada. Dice: “Yo los envío como ovejas en medio de lobos.” Y ¿quién quiere ser una oveja en medio de lobos? Esto es una gran dificultad. Los envía y les dice: no lleven nada, nada. Ni bastón, ni calzado, nada. Que les den lo que les den en el camino. La primera imagen es idílica, qué lindo todo lo que les van a dar. Pero, ¿y si no te dan nada por el camino? ¿Si no te alojan en una casa? ¿Si no te dan de comer? Hay un montón de dificultades.
Sin embargo, gracias a Dios, en este evangelio lo que es más profundo es la alegría de poder anunciar a Jesús. Tal vez ese primer enamoramiento de sentir: yo necesito, no sólo quiero, sino que descubro esa necesidad en el corazón de compartir con los otros esta buena noticia que he experimentado; de llevarle a los demás, aquello que a mí me ha transformado y cambiado la vida. Porque si uno mira con atención la vida de cada uno de nosotros, las cosas buenas que nos pasan, cuando tenemos una noticia importante, la queremos comunicar a los demás, se la queremos decir. A veces nos cuesta guardárnosla. Me pasa que viene alguna pareja que ha decidido casarse, y me dice, “Mirá, Mariano, queremos contarte que nos vamos a casar, todavía no se lo contamos a nadie así que te pedimos que no lo cuentes”. Yo les digo, “quédense tranquilos que yo trabajo de eso”; y me dicen, “queremos esperar un tiempo”. Y en general lo que pasa es que duran dos días y ya después la buena noticia la terminan contando, no aguantan. Las buenas noticias casi nos salen por los poros, queremos decírselas a los demás, queremos contagiar, porque eso nos alegra; es como expansiva la buena noticia que tenemos.
En este caso, debería suceder en la vida de cada uno de nosotros lo mismo con la Fe. Esa fe que tenemos, esa buena noticia de lo que se nos ha anunciado debería como salírsenos por los poros, porque queremos contarla a los demás. Ahora, esto tiene la misma dificultad que tenía en su época. A veces es difícil transmitir la buena noticia. A veces es complejo, a veces no nos escuchan, a veces no nos prestan atención, pueden pensar “tal cosa” de nosotros. Podemos ponerle nombre a las dificultades que también nosotros tenemos en anunciar. Somos enviados, como dice el evangelio, “como ovejas en medio de lobos”; pero somos enviados. La invitación siempre de Jesús es a compartirla. Por eso en primer lugar nos invita a no tener miedo, a animarnos a vencer esos miedos. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia no es nuestra. No es a nosotros a quien nos juzgan. La Buena Noticia es de Jesús, es a Jesús al que llevamos, en todo caso están juzgando a Jesús. Por eso Jesús les dice, no se preocupen, sacudan el polvo de sus pies, ellos se harán cargo de no recibirme. Pero no es que no los recibieron a ustedes, no me recibieron a Mí, no me abrieron el corazón a Mí.
En segundo lugar, y todavía mucho más alentador en ese sentido, es que somos cosechadores, no somos sembradores, a veces creemos que tenemos que hacer que el otro crea. No somos nosotros los que tenemos que hacer que el otro crea. Jesús nos dice: ustedes van a cosechar lo que yo puse en el corazón del otro. Y lo que falta es gente que se anime a cosechar eso, que se anime a acercarle la buena noticia al otro. Obviamente que nos vamos a encontrar con la libertad del otro, que puede creer en Jesús o no, pero lo que nos toca a nosotros no es hacer surgir la fe del otro, sino que pueda escuchar su propio corazón, y por eso somos instrumentos, por eso se nos envía a que nos animemos a, de alguna manera, hacerle escuchar a ese Jesús que ya le ha hablado a su propia vida.
En tercer lugar nos dice que no tengamos vergüenza. Si para nosotros la Fe es algo importante, si para nosotros es una Buena Noticia, no tenemos que tener vergüenza de aquello en lo que creemos. Por eso tenemos que tener ese convencimiento del que tiene un tesoro, tener ese convencimiento de que lo que yo tengo es importante para el otro. Creo que una de las consecuencias de esta vergüenza, muchas veces ha sido la privatización de la Fe, en el sentido individualista. “Es mi vínculo y mi relación con Jesús”.  Pero para que maduremos en nuestro camino de Fe, necesariamente tenemos que vivirla en comunidad. La Fe siempre se vive en comunidad, la Fe se tiene que compartir, y la Fe se tiene que anunciar. Si no me quedo en el primer estamento: recibí una fe, pero me quedo en mi infancia espiritual, nunca crezco. Yo crezco en edad, pero mi fe queda pequeña. ¿Por qué? Porque no la comparto en comunidad, porque no me convierto en misionero. Por eso Jesús los envía.
El compartir la Fe, el llevarla a otros, los va a hacer madurar y crecer. Les va a hacer dar un paso, dar un salto. Por eso también los envió de dos en dos. “Yo los envío de dos en dos.” Uno podría decir, sí, históricamente, para que un testimonio fuera válido, tenía que haber dos. No sé desde cuando a Jesús le importaron mucho las reglas de la época, anunciándoles a mujeres, haciendo un montón de cosas, resucitando y la primera que lo ve es una mujer. Rompe reglas y tradiciones bastante a menudo. Yo creo que lo que quiere es que vayan de dos en dos para que primero vivan el evangelio con el que tienen al lado, que aprendan a compartir y a vivir a Jesús con aquél que tienen más cerca. Y eso cuesta muchas veces. A veces nos es más fácil con el de más lejos que con el más cercano. Porque el roce de todos los días, la cotidianeidad, el conocernos más, a veces nos hace más difícil ese compartir a Jesús, ese volver a tener esos signos evangélicos que Jesús nos invita. Ahí hay que volver a dar pasos. Jesús les dice “Yo los envío de dos en dos”, y esto a veces va a ser difícil. Le va a costar hasta a Pablo, eh.  A Pablo le tuvieron que cambiar el compañero de camino varias veces a lo largo de su vida. Parece que dentro de los muchísimos dones que tenía era un poco cabeza dura, y algunas cosas en el vínculo le costaban. Pero se animó a seguir profundizando y anunciando, y llegó a descubrir qué era lo importante en cada momento. Pablo dice, la circuncisión ya no sir   ve para nada, no se peleen por eso. Esto es una tradición antigua; ¿qué es lo que hoy es central en Jesús? Esa es la invitación en cada momento. Eso nos toca a todos nosotros. ¿Qué es central en Jesús hoy?
Si escuchamos a Francisco, una de las cosas que dice es esto: salgamos, quiero una Iglesia que salga, quiero una Iglesia que anuncie, quiero una Iglesia que si es necesario se accidente, y no se enferme privatizándose. Quiero una Iglesia que se anime a ir al encuentro del otro. Esta es la invitación de Jesús. ¿Por qué? Porque eso es lo que cambia las vidas. Esta es la primera lectura. Si Dios entra a ese pueblo, a Jerusalén, eso les trae una paz distinta. Si nosotros nos animamos a dejar entrar a Jesús en nuestras vidas, en nuestra familia, si lo llevamos a los demás, eso trae una paz, una alegría, que se vive de una manera mucho más profunda y diferente. Cuando uno deja entrar a Jesús en su vida, tiene que tener la certeza de que algo va a transformarse, de que algo va a cambiar. Pero para eso nos invita a cosechar, para eso nos hace discípulos y nos envía a los demás.
Pidámosle hoy en este día a Jesús, que escuchemos ese llamado al corazón que nos hace, que le pidamos que día a día haga crecer nuestra fe, y nos invite a compartirla.

Lecturas:
*Is 66,10-14c
*Sal 65
*Gál 6,14-18

*Lc 10, 1-12.17-20

Homilía: “Te seguiré adonde vayas” – XIII durante el año


Hay una película animada de Disney que se llama “La familia del futuro”, en la que Louis es un niño que vive en un orfanato y se dedica a hacer un montón de inventos. Lo último que crea es un escáner de memoria, para poder mirar hacia atrás y recordar a su madre, que por diversas razones lo dejó en el orfanato. Cuando empieza a mostrar su invento, aparece un hombre malvado, como en todas las películas de Disney, que se llama El Rey del Sombrero, y le roba la máquina. A partir de ahí empieza toda esa lucha de él de poder viajar hacia el pasado y poder recordar aquello que su corazón necesita. Al final de la película aparece una canción y una frase de Walt Disney, que dice “En este lugar pasamos mucho tiempo mirando hacia atrás, camina hacia el futuro abriendo nuevos caminos y creando nuevas cosas. Sé curioso porque nuestra curiosidad siempre nos conduce por nuevos caminos.” Creo que la idea es: dejemos cosas que ya pasaron y animémonos a mirar a ver cuáles son las nuevas que tenemos que mirar. Cuáles son las nuevas puertas, en nuestra vida, en nuestra sociedad, en lo que fuera, que tenemos que abrir.
Esta frase tiene un problema porque para nosotros “sé curioso”, es casi: “hacé cualquier cosa”, que no creo que esté en el origen de lo que W. Disney piensa, sino en qué nuevas cosas buenas, que nos hagan bien a todos, uno puede animarse a vivir, a hacer, a ir transcurriendo durante el camino de nuestra vida. Ahora, creo que en la vida esto se da continuamente. Si la vida es un ir creciendo, un ir madurando, la vida es un ir abriendo puertas. La pregunta es cuál puerta me toca abrir hoy, cuál puerta me invita mi propio corazón, mi propia vida a que me anime a recorrer hoy. Y esa invitación la vamos a tener siempre, en todo camino.
Frente a esto tenemos muchas veces dos problemas. El primero es animarnos. Hay momentos en los que no queremos. Nos hemos como acomodado, o tenemos miedos: ¿qué va a pasar si miro esto en mi vida?, ¿qué va a pasar si recorro este camino? No nos animamos a seguir aquellos deseos que la vida nos va presentando. Hay otras veces en que abrimos algunas puertas, pero llegamos hasta un momento del recorrido y -como nos invita mucho la sociedad del bienestar hoy- nos acomodamos ahí. “Con esto ya está bien”, pensamos, y hasta ahí llegamos. Pero creo que en la medida en que nosotros no abrimos puertas en el corazón, nos vamos estancando. Y eso nos va dejando como un sabor amargo en nuestro corazón. Porque no nos animamos a crecer, porque no nos animamos a dar un paso más. Y esta es la invitación continua que nuestra vida, que Jesús nos va haciendo.
Cuando uno se acerca a Jesús, escucha una invitación en el corazón. Desde los más chicos a los más grandes que estamos acá, en algún momento Jesús tocó nuestro corazón y nos invitó a seguirlo. Y por eso nos juntamos hoy como comunidad a celebrar esta Eucaristía. Pero eso no significa que ahí terminó. Nosotros no podemos decir que no hemos abierto la puerta a nuestra Fe, la hemos abierto. La pregunta es, ¿en qué momento del camino de mi Fe estoy? Y ¿cuál es la invitación que en este momento me va haciendo Jesús? Porque en general nos pasa como en la vida. Llega un momento donde nos vamos acomodando, perdemos nuestra curiosidad, perdemos nuestras ganas de descubrir cuál es el paso que me toca hacer ahora; cuál es la invitación que Jesús hace en este momento para cada uno de nosotros. Porque cuando uno escucha el evangelio que nos toca escuchar hoy, lo primero que salta es la dureza de las exigencias de Jesús. Llega un momento donde el evangelio venía muy lindo, Jesús venía diciendo cosas muy lindas, pero ahora dice cosas fuertes. No sólo reta a aquellos que quieren practicar la violencia sino que cuándo algunos le dicen: “Te seguiré adonde vayas”, la respuesta de Jesús no es: “qué lindo”; sino: ¿estás seguro de lo que vas hacer?, ¿estás seguro de que vos querés seguirme adonde Yo vaya? Y llega así a las exigencias más fuertes de este camino de Jesús. “Permíteme primero ir a enterrar a mi padre.” “Deja que los muertos entierren a sus muertos.” Y a uno le hace ruido, ¿Por qué Jesús dice esto? ¿Estaba medio raro ese día? ¿Qué es lo que le pasa a Jesús? O el otro que le dice “Déjame despedirme” “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.” Entonces, la primera cuestión que nos salta es esto, la dureza de Jesús.
Ahora, tal vez la pregunta es ¿a quién le está hablando Jesús? ¿En qué parte del camino está esta persona? Y ¿cuál es la invitación que entonces, en ese camino Él tiene que seguir? Creo que si hiciésemos una encuesta sobre qué requisitos hay para seguir a Jesús, cada uno de nosotros diría cosas distintas, según el momento del camino en el que está. “Entusiasmo”, dirá uno; “tener ganas”; “Dios siempre te recibe”; otros ya más comprometidos dirán “compromiso”, “responsabilidad”. Cada uno, según el momento en el que esté va a decir cosas diferentes. Ahora, la pregunta es, según el momento en el que yo estoy, ¿tengo que abrir una nueva puerta? Porque en general miramos desde nuestro prisma, como nos pasa a todos, y vemos, en esta época se pide esto, en esta época se pide esto otro.
Si esta encuesta yo la hubiera hecho hace cincuenta años o antes, seguramente lo que faltaría en ese seguimiento de Jesús es descubrir la gratuidad del llamado de Dios. Como era una sociedad que era muy sacrificada y seguir a Jesús era un gran sacrificio, se olvidaba de esa gratuidad del amor, y seguramente eso hubiera faltado. El descubrir que Dios te ama, el amarlo. Tal vez estaba implícito en lo que decían pero faltaba mucho el descubrir que la Fe es un don gratuito.
Seguramente si hacemos una encuesta hoy, lo que más va a faltar es el sacrificio. ¿Cuál es el sacrificio que hoy Jesús me pide para seguirlo? Siguiendo el evangelio, como terminaba el domingo pasado: “El que quiera seguirme que cargue con su cruz y que renuncie a sí mismo.” ¿Cuál es la renuncia que hoy Jesús nos está pidiendo? Porque si miramos con atención tal vez nuestra sociedad se parece más a la de la segunda lectura de Pablo. Cristo nos liberó para ser libres entonces hagamos lo que queramos. Vayamos de joda, no importa nada, y vale todo en Dios. Ahora, ¿ese es Dios? ¿Jesús es así? ¿Es el que dice “vale todo, hagan lo que quieran”? Yo no lo encuentro nunca eso en el evangelio. No es una libertad para hacer cualquier cosa, o una libertad para el mal. La libertad es para el bien. Pablo les dice: a ver, no son libres para irse de libertinaje, no son libres para sus deseos carnales, o para hacer las cosas mal, son libres para servir en el amor. Esa es la libertad de Jesús. Es una libertad en la que ustedes tienen que animarse a elegir bien. ¿Por qué? Porque les pasaba lo mismo que a nosotros en esa comunidad. Jesús nos liberó, hagamos cualquier cosa. No, no es eso. Entonces, no sé, vivimos nuestra sexualidad desordenadamente, vale todo. Somos mentirosos, somos poco transparentes y vale, somos corruptos y lo arreglamos. Somos infieles y también. No, a ver, eso no es parte del mensaje de Jesús. Obviamente que uno se puede acercar con el corazón arrepentido a pedirle perdón a Jesús pero no estamos hablando de eso. Estamos hablando de que eso en Jesús no entra, no es parte de la invitación de Jesús. Hay una parte que no miramos. Agarramos en vez de la libertad ese libertinaje.
Jesús dice, quiero hombres libres, quiero mujeres libres, pero quiero que sean responsables. Y fíjense tal vez qué es lo que les está costando hoy en el corazón para seguirme. Esa es la renuncia, esa es la exigencia del evangelio. Tal vez por eso cuesta tanto en nuestra vida hacer un camino de Fe y lo vivimos casi como por etapas. Nos cuesta descubrir a qué tengo que renunciar en este momento, cuál es la invitación de Jesús para seguirlo en este momento. Y tal vez tendré que renunciar a mi tiempo, tendré que dejar otras cosas para encontrarme con Jesús. La pregunta es cuánto Jesús tocó mi corazón para que yo lo siga. Y según cuánto Jesús tocó mi corazón y el camino que pude hacer, es hasta qué etapa del camino voy a llegar con Jesús, y en cuál me voy a quedar. Ahora, la invitación de Jesús es para cada momento, lo que pasa es que hay cosas que en algún momento tienen que quedar afuera. Jesús les dice, síganme, pero la violencia no entra conmigo. El deseo de venganza, el deseo de ser violento, esto no entra en el evangelio. A veces nos pasa a todos que queremos seguirlo a Jesús con eso. La misma Iglesia ha sido violenta y lo ha querido explicar, cuando no tiene explicación. Eso no entra. En algún momento hay que dejarlo atrás, y si querés seguirme dejá de querer pensar de esta manera, renunciá a esto.
Otro lo seguirá pero dirá, bueno, dejame estas comodidades, estas seguridades, esto que está bien, que sea hasta acá, una fe que me quede cómoda. Y Jesús va a decir: No, si querés seguirme, empezá a hacer algo que te cueste. Ahora llegó el momento del esfuerzo. El momento de hacer una opción más profunda y más grande. Y de esa manera tendré que dejar esas seguridades. Habrá momentos donde me quedaré anclado en el pasado, por cosas que me pasaron, por cosas de mi vida, por lo que fuera; y Jesús nos dice, ahora mirá para adelante, abrí esa nueva puerta de la Fe y dejá el pasado atrás. Animate a caminar. Creo que en cada momento Jesús nos pide distintas cosas. Lo importante es tener la certeza de que siempre nos toma de la mano y nos acompaña. Jesús no lanza Don Quijotes que se van solos y dice, hacé lo que puedas. Jesús les dice, síganme. El que abre el camino es Jesús, el que abre la puerta es Jesús, el que siempre camina con nosotros es Jesús. Y esa certeza la tenemos que tener en el corazón. Y cuando nuestra pregunta,  nuestra duda es ¿podré con esto? Jesús nos dice, quedate tranquilo que Yo sí puedo. Animate a seguirme, seguí ese camino que te voy mostrando. -Pero me cuesta-. Yo te voy a ayudar. -Pero esto es difícil-. Yo te lo voy a hacer más fácil, vos animate a dar este paso. Animate a descubrir que tu corazón tiene las fuerzas para hacerlo. Creo que esa es la invitación que nos hace en cada momento.
Tal vez, el mayor problema de hoy es que nos falta más mirar hacia el futuro. Como a veces en nuestra fe estamos bien, y es muy lindo estar muy bien, nos olvidamos de mirar cómo quiero caminar hacia delante, cómo quiero que esa fe no sea una fe de un solo momento, sino una fe que perdura, que permanece, una fe que camina siempre con Jesús. Una fe que se anima a decirle, como dice en el cartel: “Te seguiré adonde vayas”.
Para terminar, me mostraban que en la hojita del domingo dice: “Sobran voluntarios, faltan decididos”. No sé lo que dice porque no lo leí, pero puede ser que tenga mucho que ver con esto. Voluntario de hacer algo en algún momento es una cosa, pero decidirme y elegir mi Fe, para vivirla en cada momento, nos cuesta. Esa es la opción que en algún momento todos vamos a tener que hacer. Pero creo que si miramos hacia delante y miramos a Jesús, vamos a tener las fuerzas, las ganas, la decisión para poder elegirla y vivirla.
Escuchemos entonces hoy también nosotros en nuestro corazón a este Dios que nos invita a seguirlo y animémonos a caminar con Él.

Lecturas:
*1Ry 19,16b.19-21
* Sal 15,1-2a.5.7-8.9-10.11
*Gál 5,1.13-18

*Lc 9,51-62

Homilía: “¿Quién dicen que soy?” – XII domingo durante el año


Vamos a hacer una pequeña variación hoy. Supongo que me escuchan bastante seguido a mí hablar de Jesús y de lo que yo creo, pienso o me enseñaron sobre Jesús. Hoy Jesús le pregunta a la gente: ¿qué es lo que ustedes han escuchado que dicen de Mí? Y luego les pregunta a sus discípulos: ustedes que me conocen, que han caminado conmigo, ¿quién dicen ustedes que soy Yo?

Bueno, hoy yo les voy a preguntar a ustedes lo mismo: ¿quién dicen ustedes que es Jesús?

Respuestas:
*      “Para mí, Jesús es el hijo de Dios. En mi experiencia es un compañero de vida que siempre está, un amigo fiel.” – joven
*      “Jesús es el hijo de María y José” – niña
*      “Jesús es el Mesías que vino a salvarnos” – niño
*      “Jesús es mi aliento todos los días” – joven
*      “Jesús es un amigo que trae un mensaje de paz” – adulto
*      “Primero agradecerte, porque me encanta esto de que podamos compartir. Y segundo, para mí, Jesús es el camino. Sé que es el Mesías, el Hijo de Dios, pero sé que es el Camino” – adulto 

Creo que lo importante cuando Jesús les pregunta a ellos “¿quién dicen ustedes que soy Yo?”, es que se animen a compartir el Jesús que tienen en el corazón, que se animen a compartir unos con otros a ese Jesús. Y creo que un test que nos podríamos hacer todos para ver cómo estamos en la Fe es preguntarnos cuánto compartimos a Jesús con los demás, cuánto nos animamos a poner en nuestra vida a Jesús. Porque a veces es como que lo relativizamos. “Bueno, Jesús está bien… pero hay que respetar todo también...” Y sí, yo también intento respetar todo, pero asimismo trato de compartir lo que es importante para mí; y las cosas importantes intento llevarlas a mi familia, a mi casa, a mi facultad… adonde fuera que cada momento de la vida me fue tocando. En algunos momentos me salió, en otros momentos no pude. En algunos momentos creo que lo hice con gestos, en otros lo hice con palabras. Pero creo que lo lindo de la invitación de Jesús es a que aquello que es importante para cada uno de nosotros, nos animemos a compartirlo con los demás.
A veces vivimos como una religión estanca, donde parece que esta parte de mi vida fuera para un momento determinado solamente. Es para cuando voy a misa, o a confirmación, o a catequesis, o cuando rezo a la noche, o en tal momento, o cuando voy a adoración…; pero Jesús quiere, de alguna manera, configurar toda nuestra vida en ese seguimiento. Pero para eso tengo que animarme a abrirle el corazón de una manera especial. Creo que en el fondo es ir sacando las consecuencias de lo que implica mi elección de seguir a Jesús y de ser cristiano.
Toda la vida vamos haciendo elecciones. A veces no nos damos cuenta pero desde chiquito uno dice: me gusta tal cosa, quiero hacer danza, me gusta jugar al futbol… Bueno, una cosa es decir “quiero”, otra cosa es comprometerse y hacerlo. Y uno lo tiene que ir educando al otro: bueno, si querés venir, tenés que venir siempre, tenés que entrenar, tenés que ir en invierno y en verano, tenés que levantarte temprano… Uno va educando en ese camino: qué significa esto y cómo lo voy viviendo, cómo lo voy asumiendo. Pero no sólo en eso sino en todo lo que elegimos. Cuando uno elige una carrera no sabe todo lo que asume, después tiene que ir eligiéndolo. Más allá de que hoy para los jóvenes es difícil elegir una carrera, una vez que uno la elige tiene que comprometerse. Y va a haber materias que le gusten y materias que no; materias donde el profesor es bueno y materias donde decimos todo lo contrario; cosas que me gustan y cosas que no; y asumirlo significará descubrir todo lo que significa y asumirlo en la vida.
Hay saltos que sólo los comprendo en el momento en que voy caminando. Tal vez algunos más profundos, cuando uno elige el estado de vida por ejemplo. Cuando uno se casa, uno se puede preparar lo mejor posible para casarse; pero entender lo que eso significa es el camino del matrimonio, es el camino de la pareja. En cada momento pueden ir dialogando, charlando, pueden ir descubriendo, asumiendo cosas; cosas que me gustan, cosas que me cuestan. En mi vida como sacerdote lo mismo. Hace poco cuando estábamos en Córdoba hablando de cómo formar a los seminaristas, una de las cosas que hablábamos era justamente de este salto del seminario a la parroquia, cómo hacerlo. Y más allá de las soluciones que intentábamos entre todos discernir, decíamos que hay un salto que lo tiene que hacer la persona, que es hacerse cargo de esto que eligió, vivirlo, poder llevarlo adelante. En cada momento de la vida eso nos pasa.
Esto que intenté explicar brevemente sucede también en nuestra Fe. Tenemos que ir dando pasos, y esto implica ir configurando toda mi vida con Jesús; e implica también ir compartiendo con los demás quién es Jesús. Y en el camino, en distintos momentos y etapas, los discípulos tuvieron que ir configurando y descubriendo quién era Jesús para ellos. Y hay cosas que me van a cerrar más fácil, y otras que me van a costar. Tal vez me cuesta entender algunas cosas que Jesús me pide; tal vez me cuesta compartirlo con los demás, tal vez me cuesta hablar de Dios, no sé qué es lo que me cuesta. A los discípulos les cuesta entender este momento de Jesús porque vieron que cuando les pregunta quién es,  Pedro le responde: Tú eres el Mesías. Sin embargo, cuando Jesús explica qué es el Mesías no les fue tan simple entender qué significaba. Les costó mucho. Para que se den una idea, en este momento del evangelio de Lucas, Jesús está como en su apogeo, podríamos decir que está de moda; la gente lo sigue, está contentísima. Jesús hace milagros, toca el corazón de las personas, y en este momento es que  dice: a mí me toca dar la vida. Y los discípulos dicen: no, pará un tiempo aunque sea, estamos bien así. Estaban en esa etapa de la Fe que les gustaba, que les cerraba más fácil, y tienen que aprender a integrar la otra parte que les cuesta mucho más.
Por eso Jesús les dice esta frase que hace ruido en el corazón: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.” Y creo que frente a esto tenemos como dos opciones. Una opción es decir: “bueno, esta frase nunca la escuché, no tengo que renunciar a nada…” Pero bueno, ahí estamos cerrando los oídos a lo que Jesús nos dice. La otra opción, un poco más sincera, es decir: “me hace ruido, me cuesta escuchar esto.” A ver, ¿ser cristiano implica a veces renunciar a cosas?, ¿ser cristiano implica a veces cargar con la cruz? Jesús va a decir: el que quiera seguirme, tiene que elegir eso. Ese es el camino; en el que muchas veces tenemos que hacer estos pasos, es la invitación que Él nos hace. Ahora, esto implica un esfuerzo, implica tener que comprometerse, implica tener que ir creciendo en la Fe, como muchas veces hemos hablado. Aún desde las cosas más lindas. Podemos poner un ejemplo, a todos nos gusta cuando Jesús habla del amor. Pero, ¿es fácil amar cómo Jesús invita?, ¿o implica tener que renunciar a la forma en que a mí me gusta amar? A mí me gusta amar de esta manera, a mí me gusta querer de esta manera. Pero Jesús nos enseña una manera nueva de querer y de amar: hasta quién hay que llegar, de qué manera, de qué forma darse. También podemos hablar de otra cosa muy linda, perdonar. ¿Es fácil perdonar cómo Jesús invita?, ¿es fácil perdonar siempre?, ¿es fácil olvidar?, ¿es fácil dar otra oportunidad? Y eso también a veces es renunciar y cargar con una cruz. Va a haber cosas que no me cierran pero en este camino de Jesús tengo que aprender a perdonar de esa manera. Creo que el camino de Jesús implica eso. Hasta llegar tal vez a las cosas más difíciles como es entender el misterio del sufrimiento, del dolor, de la muerte, de cosas que no comprendemos, y que Jesús también dice que hay que cargar, que Jesús dice que hay que integrar en nuestra vida de Fe.
Podríamos decir que caminar hacia la madurez cristiana, implica ir integrando todas las facetas de nuestra vida. Ahora, para poder integrarlas, también tengo que compartirlas. Por eso el ejercicio que intentamos hacer hoy. A veces nos da vergüenza, a veces nos da fiaca, pero eso nos pasa también en la vida. Cuando estamos en el trabajo nos da fiaca compartir a Jesús, pensamos en qué van a decir los demás; pasa lo mismo. Por lo menos acá tenemos  una ventaja, todos creemos en Jesús, partimos de esa base. Y creo que tenemos que empezar por animarnos a compartirlo y charlarlo. Las cosas importantes las compartimos con los demás. Un test que nos podemos hacer es este: ¿cuánto comparto a Jesús con los demás, con los que están a mi lado?, ¿me animo a charlarlo con ellos, a compartir?, ¿me animo a rezar por ellos?, ¿pongo en manos de Dios a mi familia, a la gente que está a mi lado? ¿Agradezco por los que tengo a mi lado? Siempre somos rápidos en criticar al otro cuando se equivoca, pero para agradecer, ¿somos también así de rápidos? Creo que eso es ir configurando el corazón con Jesús. Animarnos a compartir los unos a los otros. Pero para eso tenemos que hacer un camino. Creo que para eso no sólo tenemos que decir con palabras quién es Jesús, sino lo más difícil y profundo que es aprender a vivirlo.
Vemos un ejemplo de esto en la segunda lectura, donde Pablo le dice a la comunidad de los Gálatas: en Cristo no hay ninguna división más, ya no hay hombre y mujer, no hay esclavo ni hombre libre. Bueno, una cosa es lo que dice Pablo y otra cosa es lo que en la Iglesia se haya empezado a vivir. Es más, tenemos otra carta de Pablo en la que hay un esclavo. Podríamos pensar nosotros qué divisiones tenemos hoy que tenemos que animarnos a unir. Bueno, una cosa es descubrir lo que Jesús dice, otra cosa es ponerlo por palabras, y la tercera es de a poco pedirle poder irlo viviendo.
Ahora, como les decía antes, creo que integrarlo en una humanidad madura es animarnos a compartirlo con los demás, en lo que me toca. Podríamos pensar desde las cosas más sencillas. Cómo rezamos, cómo educamos los papás a los hijos en este camino, rezando con ellos, enseñándoles, bendiciendo la mesa, agradeciendo por lo que tengo, desde pequeñas cosas que van marcando cómo voy dándole gracias a Jesús por todo lo que tengo y por lo que hago.
Hoy Jesús nos pregunta a nosotros: ¿quién dicen que soy? Animémonos a pensar y compartir esto. Los invito a este propósito: compartirlo con alguien esta semana, compartirle quién es Jesús para mí, animarnos a ir y charlarlo, ponerlo sobre la mesa. Ya sea que el otro crea, que no crea, pero yo comparto algo que es importante, y me animo a decirle al otro aquello que voy viviendo. ¿Por qué esto? Porque Pedro no se da cuenta de lo que significa decir que Jesús es el Mesías. Pero el primer paso para poder entenderlo y vivirlo fue decirlo. Lo dijo, caminó con Jesús, y hubo un momento en que lo entendió y lo vivió. Empecemos también nosotros como Pedro por ahí. Vayamos a los demás. Compartámosle, digamos quién es Jesús, para de a poco poder ir integrándolo y viviéndolo en nuestras vidas. 

Lecturas:
*Za 12,10-11;13,1
*Sal 62
*Gál 3,26-29
*Lc 9,18-24


martes, 4 de junio de 2013

Homilía: “Seamos frágiles, porque ahí está la grandeza de nuestro corazón” – Corpus Christi


Hace poco terminó en la televisión una serie bastante fuerte sobre la vida de Espartaco, un personaje histórico. Él fue quien encabezó la rebelión más importante contra el Imperio Romano, aproximadamente un siglo antes del nacimiento de Jesús. Era un tracio esclavo, que logró liberarse y comenzó a liberar esclavos del Imperio para que lucharan por la libertad. No tenemos muchos datos así que la serie juega un poco con algunas cosas, pero hay una imagen en uno de los capítulos que es llamativa, en la cual Espartaco, que ya ha liberado más de cien mil esclavos y está luchando contra el Imperio Romano, tiene un romance con una de las esclavas. Esta esclava, Mía, intenta ir creciendo en ese vínculo de entrega con él, pero descubre que él es reacio a abrirle su corazón. Todavía siente el dolor de la pérdida de su mujer que había muerto antes como esclava, y no puede volver a darse, no puede volver a abrir su corazón. Ella va buscando por todos los caminos que él pueda encontrar un consuelo, alguien en quien apoyar su vida y no puede. En un momento ella le dice: ¿por qué no me das tu corazón?, ¿por qué no terminás de abrirte? Y él le dice sinceramente, “te estoy dando todo lo que queda de él”.
A uno le llama la atención porque por un lado ve esa figura tan ensalzada de él, que encabezó una rebelión, que puso en jaque tal vez al imperio más grande que existió, y por otro lado una persona endeble y débil en su corazón, que por distintas razones, sin juzgarlo,  no puede terminar de darse, de entregarse, de hacer aquello que es tal vez mucho más cotidiano en nuestra vida, el deseo de abrir el corazón a otros. No puede. Y aquello más majestuoso que nosotros vemos como extraordinario y alejado, como un don para muy poquitos, sí lo puede hacer.
Ahora, esta experiencia que tiene Espartaco, de no poder dar su corazón, de alguna forma también la tenemos nosotros. Si miramos nuestra vida en los distintos ámbitos, en los distintos vínculos que tenemos, podríamos preguntarnos cuánto de nuestro corazón nos animamos a dar, cuánto de nuestro corazón nos animamos a entregarle al que está con nosotros. Porque creo que vivimos en un momento en el que, más que enseñársenos a darnos y a entregarnos, se nos enseña hasta dónde tenemos que hacerlo, y a ir poniendo como barreras y cercos en nuestro corazón. Porque pareciese que si uno abre el corazón a los demás, si uno se entrega, se puede lastimar. Si abro verdaderamente el corazón al otro, quedo muy vulnerable. Pierdo el control, el dominio de mí mismo, y no me animo a dar ese salto, no me animo a dar ese paso en la vida, entonces estoy cómo midiendo hasta dónde hago, qué digo, qué hago, cómo y por qué. Eso no nos deja ser libres porque estamos siempre midiendo el hasta donde tenemos que entregarnos en cada situación. Sin embargo, esto no nos alcanza.
Creo que muchos de nosotros tenemos la experiencia de que cuando cerramos el corazón, cuando le ponemos barrera a nuestro corazón, eso nos deja un gusto amargo, eso nos duele. Y a veces nos preguntamos: “¿por qué soy infeliz?, ¿por qué me pasa esto?”. Y quizás tenemos que buscar en la raíz del problema. Porque el problema no es que tenga o no cosas, que me haya ido bien o no en algo, sino que tapé ese deseo profundo que todo ser humano tiene, varón o mujer, que es poder entregar y poder dar la vida. Hasta que yo no me anime a hacer eso, mi corazón va a gritar cada vez más fuerte, por algo que desea y que no se puede callar.
Si uno mira la vida de Jesús, es un continuo darse. Si uno mira la vida de Jesús, uno no piensa en una persona que se cuidó, una persona que pensó, “¿qué pasa si digo esto?, ¿qué pasa si hago esto?”. Y cuando se nos invita en Jesús a ir haciendo ese camino de Fe, Jesús también nos va invitando a dar ese paso. Uno se podría plantear, “pero, si yo me cuido, ¿no estaré mejor?” Y creo que cuando leemos el evangelio vemos que Jesús nos dice que el camino de la Fe no es cuidarse, el camino de la Fe es justamente el animarse, arriesgarse, hacerse vulnerable de corazón. Y tal vez le podría decir yo a Jesús, ¿qué pase si hago eso? Y seguramente me va a responder: “estás mucho más cerca de ser feliz”. No sé la consecuencia puntual de ese hecho en ese vínculo, con ese novio, novia, marido, mujer, amigo, amiga, hijo, hija, que uno tiene; lo que sé es que el camino de ser feliz en la vida está en ese aprender a darse continuamente. Y esto es lo que vamos leyendo en las lecturas de hoy.
Melquisedec en la primera lectura le da a Abraham lo que tiene. “Te doy mi bendición”, le dice, “te doy ese regalo que yo tengo”, para que Dios te cuide, te acompañe y te proteja. En el evangelio es mucho más claro. Jesús le dice a la multitud: te doy de comer. Les doy pan. Algo muy sencillo, pero que la multitud necesitaba en ese momento. Y en otros momentos les va a dar otra cosa y les va a hablar al corazón, los va a acompañar. Y en otro momento los va a curar. En otro momento va dar la vida. Pablo en la segunda lectura hace lo mismo. Les dice, les transmito lo que yo recibí, qué es lo que Jesús hizo en la Última Cena. Éste es su Cuerpo, ésta es su Sangre; compártanlo, vívanlo.
Se nos va invitando a entregarnos. Pero si miramos nuestro corazón es como si hubiera dos titanes luchando; por un lado esa voz de Dios que clama adentro, ese “anímate a darte porque ahí está el camino de ser feliz”, y otra voz que me dice: “no, cuídate, te puede pasar esto, mirá lo que te pasó la otra vez”. Sin embargo, el miedo es un mal consejero, no nos deja ser libres para dar la vida y para entregarnos. Y aun cuando en un hecho concreto yo pueda salir lastimado, ese no es el problema, iré caminando hacia aquello que me hace más grande, y que es la grandeza del corazón que puede darse a los demás. Eso es lo que hizo Jesús en su vida. Jesús está lejos de los parámetros actuales, de cuidarse, de encerrarse. Jesús viene a dar la vida. Y aun cuando los más cercanos le digan: “no, vos no vas a dar la vida”, Jesús va a decir: “Sí, Yo quiero dar la vida, para eso he venido”.
Uno podría decir, ¿qué más puede hacer Jesús? Ya hizo todo esto. ¿Qué más puede hacer por nosotros? ¿De qué manera más puede darse y entregarse? Y Jesús dice: a ver, no es que lo hice una vez, lo sigo haciendo hoy. La fiesta que hoy estamos celebrando, celebra justamente un Dios que se quiere seguir dando en Jesús. Por eso celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Jesús que en su Eucaristía se sigue dando a nosotros, Jesús que en su Cuerpo y en su Sangre, en un rato se va a hacer presente en esta mesa como lo hace siempre. ¿Por qué? Porque se sigue arriesgando. Porque dice, aun en eso sencillo como es el pan de cada mesa, como es el vino que se nos invita a compartir, Jesús quiere seguir haciéndose presente. A nosotros nos cuesta porque pensamos: es muy endeble eso. Jesús no buscó cosas extraordinarias para hacerse presente. Buscó algo muy ordinario, algo en donde lo tengamos que descubrir. Y uno podría decir, bueno pero, ¿qué hacemos?, es un pan, se puede perder, se puede poner feo, se pueden caer miguitas… ¿y cuál es el problema? ¿En algún momento le costó a Jesús arriesgarse? Es lo que Él quiere. ¿O acaso no sabía, no se dio cuenta de lo que estaba diciendo cuando dijo, “éste es mi Cuerpo”? Sabía perfectamente. Y tal vez lo que nos está diciendo en ese signo es: no me cuiden, y no se cuiden a ustedes.
A ver, no estoy hablando de ser inocente y hacer cualquier cosa. Estoy hablando de lo profundo de la vida, que es dar el corazón. De un Jesús que dice, “descubrí lo que Yo hago en la Eucaristía; en esto simple Yo me doy, en aquello que parece frágil.” Bueno, si ese es el camino, seamos frágiles, porque ahí está la grandeza de nuestro corazón.
A veces nos pasa que vemos personas que de alguna manera uno engrandece o endiosa, como decía yo de este hombre, Espartaco, y sin embargo cuando uno la conoce bien dice, hasta con lástima, pobre persona porque hizo un camino grandioso en algunas cosas y tiene un corazón muy pobre; tiene un corazón que no se puede dar, que no se puede entregar, que está siempre enojado, que está con envidia. Ese no es el corazón que nos invita a tener Jesús. Si uno mira la vida de Jesús y de muchas personas, a veces tienen muy poco. No importa si tienen mucho o poco; tienen mucho en la vida y en el corazón, y eso es lo que gozan, y eso es lo que los hace felices. Muchos de nosotros tenemos experiencia en muchos lugares, misiones, en donde vemos personas que con muy poco son muy felices. Tal vez estamos midiendo mal. Estamos midiendo lo material y no lo humano, lo que el corazón sembró y cosechó. Eso es lo que hoy Jesús nos quiere regalar, un corazón que se hace Eucaristía para que en lo simple lo descubramos, y para que en lo simple de nuestra vida lo hagamos presente.
Pidámosle a Pablo, aquél que se animó a recibir a Jesús, a que penetre en su corazón hasta que quiera darlo a los demás, que también nosotros hoy en esta fiesta, alimentándonos con Jesús y de Jesús en esta mesa podamos darnos a los demás.

Lecturas:
*Gn 14, 18-20
*Sal 109, 1.2.3.4
*1Cor 11, 23-26

*Lc 9, 11b-17

martes, 28 de mayo de 2013

Homilía: “Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo” – Santísima Trinidad



Hay un cuento oriental que narra una parte de la vida de un príncipe, que quiere enseñarle a su pueblo quién es Dios. Entonces, reúne a todo el pueblo y hace una especie de dinámica. Hace que entren a un recinto algunas personas que eran disminuidos visualmente, no podían ver, e ingresa en el recinto un elefante muy grande. Entonces, le pide a cada una de estas personas ciegas, que toque algo del animal. El primero toca la pierna del elefante, y cuando le preguntan qué es lo que hay ahí, él dice, “he tocado el tronco de un árbol”. Le dice al segundo que lo lleven hasta otra parte del animar y toca la trompa. Le pregunta, “¿qué tocaste vos?”. “Yo toqué una rama, un poco gruesa, de un árbol.” El tercero toca la cola, y dice, “toqué una serpiente un poco rara, que no conozco”. Va el cuarto y toca el costado, y dice, “yo toqué un gran muro”. Por último, lo hacen subirse al elefante al quinto, y éste toca el lomo y dice “toqué una pequeña lomada, una montaña.” Después les pide que se pongan de acuerdo entre ellos para ver qué es lo que tocaron y obviamente fue imposible, hasta que este príncipe detiene la discusión y les dice qué es lo que han tocado. El príncipe explicar que esto es lo mismo que nos pasa a nosotros cuando queremos conocer a Dios. Sólo podemos conocer algo de Él, no podemos acceder totalmente a su misterio. De alguna manera Dios permanece inaccesible a nosotros, por eso la manera y la forma en la que lo vemos, es aquello que llegamos a vislumbrar.
Es verdad que hay una diferencia grande entre este cuento y nuestro Dios, porque nosotros conocemos al Dios de los cristianos por medio de Jesús, y es Él el que nos ha revelado. Pero sí nos dice una gran verdad, nosotros podemos vislumbrar algo de ese Dios. Y en general es aquello que Jesús nos ha revelado. Pero de las cosas de Dios, algunas son más fáciles y otras más difíciles de acceder.
Tal vez la fiesta más difícil de entender y acceder es aquella que estamos celebrando hoy, la fiesta de la Santísima Trinidad. Este Dios que es un Dios pero que son tres personas. A lo largo de la historia muchos han tratado de explicarlo, pero no hay una manera de hacerlo. Lo sabemos porque Jesús nos lo dijo y nos lo reveló. Lo sabemos porque Jesús quiso venir a abrirnos el corazón de Dios, y decirnos cómo era, transmitirnos aquello que Él sabía.
Ahora, yo me hago una pregunta. ¿Qué es más profundo en la vida? ¿Cuando uno conoce algo y lo puede explicar mentalmente o cuando uno puede empezar a sentir y tener una experiencia profunda en el corazón? ¿Cuando yo puedo saber y decir cosas del que tengo al lado, o cuando formo un vínculo profundo que me va uniendo a Él en el amor, en la caridad, en la generosidad, día a día? Obviamente que no nos podemos disociar, no podemos ir por un lado con nuestra cabeza, y por otro lado con nuestro corazón. Pero creo que lo que hace Jesús es justamente transmitirnos una experiencia profunda de Dios, para decirnos quién es. Obviamente que nuestra sed de conocimiento muchas veces quiere ir a algo más, quiere profundizar, pero lo central es poder tocar esa experiencia de amor que Jesús nos dice.
Muchas veces cuando me junto con distintas personas me hacen preguntas. Y a veces éstas tienen que ver con este tema. “¿Cómo puede ser Dios uno en tres?”; “¿Qué es la Trinidad?”. Y, si bien todavía no tengo muchos años de ministerio, cuando recién comenzaba, o era seminarista, empezaba con el discurso: “Dios es uno y tres personas. Es un Dios todopoderoso, el Padre que hizo… bla, bla…” A los dos minutos los había aburrido. Y después descubrí que quizás era más profundo, y tenía más sentido, narrar la experiencia que uno tiene. Porque si uno mira, lo que termina transformando al otro es la experiencia.
Lo que podemos hacer es preguntarnos, ¿qué experiencia tengo de Dios? ¿Qué experiencia tengo del Padre? ¿Qué experiencia tengo del Hijo? ¿Qué experiencia tengo del Espíritu Santo en mi vida? Y hoy cuando me preguntan quién es Dios, digo que es un Dios que es tres personas; y que en mi vida hay un padre con el que puedo charlar, al que le puedo rezar, con el que puedo contar en el día a día. Hay un Hijo que he descubierto que dio la vida por amor, que se entregó por mí, que quiso dar esa vida para que yo viva de una manera distinta. Y hay un Espíritu que me da fuerza, que me hace testigo, que me invita a transformarme, que me ayuda a navegar en esta fe cristiana. Uno podría discutir, ¿qué es más o qué es menos teológico? Y la pregunta creo que no va por ahí. Sino que lo importante es ¿qué experiencia de Dios yo puedo transmitirle al otro?
Si uno mira la vida de los apóstoles, la vida de Juan que nos narra en este evangelio de este Dios que en el Hijo nos envía su Espíritu; lo que ellos transmitieron fue una experiencia. Ellos son los que nos contaron que Dios es Padre, que Dios es Hijo, y que Dios es Espíritu. Pero no querían explicarlo todo, querían transmitir aquello que  habían vivido en el corazón. ¿Y qué es lo que habían vivido en el corazón? Que Dios les había cambiado la vida, que el amor de Dios los había transformado. Por eso quisieron ir y anunciarlo. Ir a decir a todos: esto a mí me cambió totalmente, y quiero que vos también lo puedas vivir, quiero que vos hagas experiencia de esto. Y tal vez muchas veces se quedaron sin palabras. Algunas cosas quizás no podían explicarlas, pero eso muestra también esa reverencia que tenemos que tener frente a ese misterio. Hay un Dios que es más grande que nosotros. Hay un Dios que no lo podemos abarcar, que no podemos decir: es esto. Obviamente que todos queremos formarnos, profundizar, conocer cada día más de Dios, y  esto es muy lindo. Pero ese conocimiento y esa información, tiene que ir a la par de esa experiencia que yo voy haciendo de Dios. Y uno lo que descubre es que cuando uno se encuentra con ese Dios, cuando uno lo vive de corazón, eso va transformando la vida, y uno va conociendo cada día más a ese Dios. ¿Con cuántas personas nos encontramos en el día a día que tal vez no pueden explicarme mucho con palabras quién es Dios, pero que lo viven y lo transmiten de una manera profunda? Y tal vez tienen una experiencia profunda de ese Dios que es  Padre, que es Hijo y que es Espíritu, y que les llenó el corazón.
Es el encuentro con este Dios el que va transformando nuestras vidas. Y es este Jesús el que nos dice en Juan, el evangelio de hoy, que les va a dar ese Espíritu que hemos celebrado en Pentecostés; de lo suyo, para que venga a nosotros. Y lo primero que se me ocurre al escuchar este “de lo suyo”, es cómo Dios es uno y es trino. Es decir, cómo la diversidad se puede vivir en la unidad. Y acá siempre tenemos un problema porque nos vamos a los extremos. O queremos que todo sea homogéneo, igual, casi como si fuéramos robotitos hechos en máquina y clonados, o somos totalmente relativistas: “bueno está todo bien, no hay que discutir nada…”. Creo que no es ni una ni otra.
El misterio de la Trinidad nos dice justamente cómo se puede ser uno y tres. Cómo en el amor se puede vivir en familia. Y la diversidad la puedo aprender a vivir en la unidad cuando aprendo a amar al otro, cuando lo escucho, lo comprendo, cuando no intento cambiarlo, cuando lo acepto. Muchas veces nos pasa que lo primero que hacemos con alguien cuando hay algo que no nos cierra pensamos, “¿cómo lo puedo cambiar?”. Y lo que nos dice Jesús es cómo lo puedo amar, no cómo lo puedo cambiar; cómo lo puedo aceptar. Yo no me imagino al Padre, más allá de toda la perfección filosófica, y todo lo que hablamos de la Trinidad, queriendo cambiar al Hijo, sino queriendo amarlo, queriendo entregarse por Él. Y creo que esa es la experiencia que nos transmite a nosotros. Cómo podemos crecer en comunión en una diversidad. Cómo podemos amarnos y aceptarnos los unos a los otros, e ir caminando juntos porque de alguna manera eso es lo que hace la diferencia.
En segundo lugar podemos ver esa entrega. Si hay algo que nos muestra el Padre es cómo nos envía al Hijo y cómo nos envía al Espíritu; quiere que lo profundo de la Trinidad se dé, se entregue. Y a eso nos invita también a nosotros, a hacer esa experiencia de ese Dios que se entrega, y como se entrega a mí, me invita a entregarme también, a darme a los demás. Creo que si hay algo que es un signo palpable de cuando vamos haciendo experiencia profunda de Dios, es cuánto eso me invita a cambiar, cuánto eso me invita a transformarme.
Yo muchas veces descubro en mi vida, en mi ministerio, como cuando uno tiene en la televisión dos angelitos en la cabeza, y uno le dice: hacé tal cosa, y el otro: hacé tal otra, y uno no sabe a cuál escuchar. Y uno me dice: “descansá, cuídate”, y el otro: “no, entregate, escuchá, andá a darte”. Obviamente que es un arte el aprender, pero lo que descubro en Dios es que generalmente Él me invita a algo más, a dar un poco más de mi vida. Cuando yo tiendo a cerrarme, cuando tiendo a cuidarme, a acomodarme, Dios me dice: no te acomodes tanto, entregate, date, abrite. Y me llama a una vida más plena.  Y después cuando miro digo, “uh, qué bueno estuvo esto. Qué bueno que me animé a dar este paso. Qué bueno que no me quedé tirado en la cama viendo chicle mental, y que me anime a decir, “Voy”, por más de que esté cansado, porque eso me transformó la vida.” Y cuando miro digo, “bueno, que bueno que no seguí lo que yo primero pensaba, sino que abrí mi corazón a este Espíritu.”
Creo que la experiencia de Dios es la que nos llama a algo más, y la que nos ayuda a vivir en los valores. La gran crítica que hoy hacemos es que vivimos en un mundo que ya no tiene valores. Jesús me invita a algo más. Cuando estoy en Jesús me pregunto, ¿cuáles son los valores que Él vivió? Y cuando quiero aprender de Jesús, creo que lo primero que tengo que saber es cuáles son los valores que Él transmitió. Si quiero conocer más a Dios, tengo que mirarlo a Jesús. Si quiero conocer cómo es la Trinidad, tengo que mirar su vida, descubrir cómo fue generoso, cómo escuchaba al otro, cómo ponía la otra mejilla. Entonces me pregunto cómo puedo hacer experiencia de Dios para formarme más. ¿Hacer y vivir los valores de Jesús es formarme más? Sí, porque es vivirlos en mí. Y de esa manera doy testimonio. Creo que la mejor manera de transmitir a Jesús es cuando puedo hacerlo carne en mí, eso es lo que hizo Jesús. Agarró de lo suyo y se lo dio al Espíritu para que se lo diera a otros. El Espíritu en Pentecostés hizo lo mismo. Nos dio de ese seno de la Trinidad su corazón, ese amor, para que lo vivamos en el corazón, y para que lo podamos llevar a los demás.
Pidámosle entonces a este Espíritu que nos transforma, que nos hace testigos, que nos envíe, que podamos descubrir todo este amor de Dios en nuestro corazón, y que podamos vivirlo.
Lecturas:
*Pr 8, 22-31
*Sal 8, 4-5. 6-7a. 7b-9
*Rom 5, 1-5
*Jn 16, 12-15

martes, 21 de mayo de 2013

Homilía: “El Espíritu se manifiesta para el bien común” – Pentecostés


En la película musical Moulin Rouge, Christian se enamora de Satine y empieza a buscar la manera de conquistarla. De alguna manera ella también se enamora de él pero las cosas no son tan fáciles, porque descubre que por más de este amor apasionado que siente, allí no tiene seguridades. Entonces duda entre ese amor y el amor de un hombre adinerado, como es siempre en este tipo de comedias. Comienza a desarrollarse así toda la película, a ver qué es lo que va a triunfar. Y hay un momento donde él le canta una canción que dice así: “Mi regalo es mi canción y ésta es para ti. Puedes decirles a todos que es tuya. Puede que sea muy sencilla, pero ahora que está terminada, espero que no te moleste, expresa en palabras, qué maravillosa es la vida ahora que estás tú.” Él expresa en su corazón y con esa canción, más allá de las dificultades y los problemas que está teniendo, cómo su vida se transforma a partir de la presencia de ella, cómo su vida cambia y los problemas no importan, si él puede sentir ese ardor profundo en el corazón, con la presencia del otro.
Y nosotros vamos deambulando por la vida siempre buscando esto; algo que arda en nuestro corazón, algo que nos movilice, y nos llame a tanto, por lo cual sentimos que nuestra vida cambia y se transforma. Creo que esta es la experiencia profunda que los discípulos tienen con Jesús; hay alguien que viene y transforma su vida, hay alguien que prende una llama que tienen en el corazón, por lo cual les cambia todo. Pero a veces es como que no alcanza. Así como en la película parece que ese amor no alcanza, acá pareciera que aún la presencia de Jesús no termina de alcanzar en ellos, y necesitan algo más. Uno podría preguntarse, ¿qué más que Jesús se podría necesitar? Sin embargo, el mismo Jesús dice: hay algo más que tengo que hacer, hay alguien más que a ustedes les conviene que venga. Con palabras que seguramente les costaron a los discípulos; como hablamos el domingo pasado, ellos preferían que Jesús se quedase.
Y es ese Espíritu, que un día como hoy, en Pentecostés, mueve todo. No sólo los cimientos de esa casa, que como dice la lectura, se movieron, se zarandearon, sino también los cimientos del corazón de esos discípulos, que a partir de que ese Espíritu se hace presente en ellos, también pueden cantar una canción nueva. Ellos se dan cuenta qué maravillosa que es la vida cuando dejan que ese Espíritu entre en sus corazones. Y por eso todo les cambia, por eso los que no se animaban a vivir, a partir de ese Espíritu se animan, van y salen, van y anuncian, son enviados. Ya no tienen miedo, o no les preocupa ese miedo, se animan a vencer ese miedo porque hay algo que quemó su corazón. Porque más allá de las dificultades que sigue habiendo hay algo distinto que hace que la vida cobre un valor más importante.
Este mismo Espírtu Santo que transforma sus corazones y sus vidas, si miramos, actuó durante toda la creación. En el libro del Génesis dice que el Espíritu aleteaba mientras Dios creaba. Y si miramos los personajes que fueron pasando a lo largo de la Biblia, había un Espíritu que actuaba, porque ¿por qué Noé se animó a hacer lo que hizo? Cuando todos le decían: este tipo está loco, mirá lo que hace, hasta hacen películas tipo sátiras con él. Y él dice: me animo porque hay un Espíritu que me mueve. Miremos a Abraham. Él estaba bien con su familia, tenía una tierra, se había acomodado. No solamente el Espíritu dice cosas nuevas. A veces el Espíritu dice: no te acomodes, la vida no es un acomodarse, es un caminar. Y por eso le dice a Abraham, Yo tengo algo mucho más grande para vos, pero para eso te tenés que animar, sal de tu tierra. También podemos ver a Moisés, que cuando quiso en un primer momento no pudo, tuvo que huir a Madián, se casó con la hija de Jetró, formó una familia; y vino un Espíritu que lo zarandeó, y le dijo, Yo tengo para vos algo más grande. Y Moisés puso mil excusas: no puedo, soy joven, no se hablar, no tengo ganas, no sé… Y Dios le dijo por medio de su Espíritu, “Ve y anuncia.” Y así fue a liberar al pueblo de Dios, animándose a transformar por ese Espíritu.
Podríamos mirar así toda la historia de la salvación, hasta ese día de Pentecostés, donde los discípulos también, a pesar de esa presencia de Jesús, no sabían qué hacer. Y vino un Espíritu que movió tanto los cimientos de su corazón que se animaron, salieron, hablaron, anunciaron. Su vida pasaba a ser maravillosa, porque se animaron a vivir aquello que querían, se animaron a llevar adelante sus deseos; no abortaron sus deseos, sino que dijeron, esto es lo que me puede hacer feliz.
Eso es lo que hace el Espíritu con cada uno de nosotros. Todos hemos recibido ese Espíritu, en primer lugar en el Bautismo, en segundo lugar, la mayoría de nosotros, en la Confirmación. Y nos dice, Yo te envío para que seas feliz, Yo te pongo en movimiento; eso es lo que es la vida, la vida es un movimiento, no me puedo detener. Muchos quieren detenerse, se hacen cirugías, pero no sirve para nada, la vida sigue andando, sigue caminando, y a veces, por distintas razones, por miedo, o porque no podemos, porque nos sentimos menos; no nos animamos a vivir los deseos que tenemos, y los vamos como callando, tapando, y eso no nos deja ser felices.
A veces nos preguntamos, ¿qué es lo que me pasa? ¿Por qué estoy así? ¿Por qué nunca estoy feliz, siempre estoy de mal humor, pongo mala cara? Y podría animarme a buscar un poco más en mi corazón, porque lo que estoy buscando no es una respuesta en la superficie sino que sólo la voy encontrar en lo profundo. Por eso el Espíritu viene y mueve. Hay que sacudir, hay que desempolvar, podríamos decir, para llegar a lo profundo, pero no sólo para que veamos eso que tapamos, sino porque muchas veces, como decía antes, nos acomodamos. Pensamos: “Bueno hasta acá está bien. Llevo una buena calidad de vida, las cosas van más o menos bien.” ¿Y la vida es eso? ¿Es acomodarse en un status quo donde la cosa anda bien, zafa? ¿O la vida es animarse siempre a algo más, animarse a seguir caminando? Porque ahí donde me detengo también es donde empiezo a sentir que algo me falta, que algo termina haciéndome ruido en el corazón.
El Espíritu es ese que me vuelve a lanzar. Jesús cuando les da su Espíritu les dice: reciban el Espíritu Santo, yo los envío, vayan, tienen que moverse. No basta solamente con que me conozcan, no basta con que sepan quién Soy, ahora les toca a ustedes ser mis testigos. Y la vida se trata de eso, de ser testigos. Es la misma invitación que nos hace a nosotros. Ahora, para eso no nos deja solos, sino que nos da ese Espíritu que nos llena de dones, nos llena de carismas.
Es curioso porque esto es lo más difícil de vivir siempre en la Iglesia. El Espíritu es como un malabarista, porque tiene que hacer algo que a todos nos cuesta, porque para nosotros es fácil cuando nos dicen cómo son las cosas, cuando nos dicen que algo es blanco o negro es facilísimo, cuando nos dicen que es gris, es un problema. El Espíritu es el gran gris, porque, por un lado dice que hay diversidad, pero por otro lado que tenemos que ser uno, y nosotros nos preguntamos cómo es esto, porque ¿qué preferimos? ¿Preferimos relativizar todo y decir vale todo, todo está bien? Eso es más fácil, o ¿todo es igual, no puede haber diferencias, todo es homogéneo?
El Espíritu dice, no, hay diversidad de carismas, hay diversidad de dones, el mundo es pluriforme, pero somos uno en ese Espíritu, y uno se rompe la cabeza en esta paradoja. ¿Cómo es esto? ¿Cómo es posible esto? Y Jesús diría, en ustedes, imposible, pero en Dios todo es posible, si ponemos nuestro corazón en Dios es Él el que hace de lo plural, es Él el que hace de lo diverso, una Iglesia una, mucho más rica.
Ahora, para eso, como alguna vez les he dicho, tenemos que descubrir qué dones tenemos; porque tenemos que poner algo al servicio. Esto es lo que más nos cuesta, descubrir cuáles son los dones que tenemos. Como les decía antes -por lo menos me pasa con los más jóvenes, supongo que con los adultos es igual- cuando yo les pregunto qué dones tienen, me contestan: “no, no sé…” parece que no tuvieran. Y yo siempre les digo lo mismo: “Qué mal te hizo Dios, quejate, decile de todo, grítale, te hizo un desastre; la verdad que no te quería nada Dios, porque si no te da dones, ¿qué es lo que pasa? Te dio defectos nomás.” Porque cuando nos preguntan por nuestros defectos tenemos una lista. Tal vez podríamos preguntarnos qué es lo que transmitimos para que una persona piense que tiene más defectos que dones, que una comunidad tiene más defectos que dones, que una familia tiene más defectos que dones, que un país o que un mundo tiene más defectos que dones. ¿Qué es lo que estamos transmitiendo, o qué es lo que estamos mirando?
Lo central es mirar que Dios nos dio dones a todos. El problema no es que no los tenemos, el problema es que no los miramos, el problema es que no los descubrimos. Y hasta que no los descubro, no para creerme más que los demás, sino por ser un agradecido con Dios, me puedo dar al servicio de los demás. Pablo le dice a una comunidad que seguramente le está pasando lo mismo: todos ustedes tienen dones y carismas. Si Pablo estuviera acá, y él era bastante más firme que yo, nos diría bastante fuerte: todos tienen dones y carismas, descúbranlos y pónganlos al servicio de la comunidad, pónganlos al servicio de todos. De esa manera caminamos, y eso es lo que nos hace valiosos a los ojos de Dios. ¿Por qué la Iglesia muchas veces dijo que nosotros no nos merecíamos las cosas de Dios? Porque miró lo negativo, porque miró lo que no valía, porque miró el pecado. En vez de mirar los dones, en vez de mirar que somos hijos, en vez de mirar el amor que Dios nos dio. Eso no lo puede romper nadie. Eso es lo que el Espíritu continuamente quiere movilizar, zarandear, para que descubramos en el corazón cuánto tenemos para darles a los demás, eso es lo que quiere que nos animemos a vivir cada uno de nosotros.
Hoy también nosotros estamos celebrando Pentecostés. Hoy tal vez no escuchemos como ese día que las paredes se mueven, pero sí quiere mover nuestros corazones. Algo mucho más profundo, porque quiere que nosotros nos animemos a ser testigos, porque quiere que pongamos nuestros dones al servicio; en donde estamos, en nuestras familias, con nuestros amigos, en nuestra sociedad, en nuestro país, en nuestra comunidad, porque quiere que seamos testigos. Hoy viene ese Espíritu que Jesús nos envía, y nos dice a nosotros, Yo te envío, ve.
Pidámosle a Jesús, aquél que nos da su Espíritu, aquél que transforma nuestras vidas y nuestros corazones, que nos dejemos ungir por Él, que nos dejemos transformar por Él, que nos dejemos llenar por Él para ser sus testigos.
Lecturas:
*Hch 2, 1-11.
*Sal 103
*1Cor 12, 3b- 7. 12-13
*Jn 20, 19-23