lunes, 29 de septiembre de 2014

Homilía: “¿¨Por qué te molesta que yo sea bueno?” – XXV domingo durante el año

Hace poco salió una película que se llama Divergente. La historia comienza después de una gran guerra, por la cual deciden que cuando los jóvenes lleguen a los dieciséis años se los va a poner dentro de una facción, eligiendo cuál será su futuro. Según las aptitudes que tengan, se define qué es lo que tienen que seguir. Entonces hay distintas facciones: osadía, erudición, abnegación, verdad, etc. Los jóvenes llegan a los dieciséis, se les hace una serie de tests, y según su personalidad se les dice: vos sos de esta facción. Entonces,  el resto de su vida tienen que vivir y actuar de esa forma. ¿Cuál es el problema? Aparece una chica, Beatrice Prior, que cuando le hacen el test, no sacan conclusiones claras de a qué facción tiene que ir; parece como que podría ir a tres. Entonces la que le toma el test le dice: Andate, decí que sos de una, porque si se dan cuenta de que pasó esto, no te pueden controlar; y si no te pueden controlar, la cosa va a terminar mal. A ese tipo de personas que querían buscar cuál era su vocación, qué era lo que querían, adónde tenían que ir, los llamaban “divergentes”, y eran una tentación para los demás. Había que eliminarlos.
Lo central es que, ¿qué es lo que se busca ahí? Que todo esté ordenado, que todo sea simple y que ya se sepa qué es lo que se tiene que hacer. ¿Qué es lo que se busca? Matar el deseo que tenemos en el corazón y que nos pone en búsqueda. Porque el deseo es lo que nos moviliza. “Hacia ahí quiero ir.” Ahora, esta forma de controlar que vemos en la película, es evidente, pero hay formas mucho más sutiles. Vivimos en un mundo que tiende a destruir las búsquedas del corazón. Lo hace de dos maneras diferentes. En primer lugar, todo lo tenemos que tener ya; como si fuera un McDonald’s permanente; todo tengo que conseguirlo rápido. Entonces no importa la edad que uno tenga, no importa las etapas que haya que quemar, quiero todo ya. No puedo esperar, no tengo tiempo para esto, como si la vida se acabara muy rápido. Esto que me gusta me lo tengo que comprar ya, o me lo tienen que conseguir ya, o me lo tienen que dar ya. No puedo esperar esa satisfacción que tiene la búsqueda, y el cómo conseguirlo.
Lo mismo se da en los vínculos. Cuando entran en crisis, algo normal entre nosotros, nos angustiamos, nos desesperamos. No podemos estar en crisis porque el vínculo lo tengo que tener ya y lo tengo que tener bien. No puedo ponerme en búsqueda, tener paciencia; no soporto tener que esperar. Es por eso que buscamos todo ya; y si no se da ya, pasa lo contrario. Porque la sociedad no soporta las búsquedas que nos lleven tiempo, que tengamos que esperar, que sean arduas, que tengamos que ir sembrando, que tengamos que tener paciencia, no valen la pena; el mundo dice: abortémoslas, dejémoslas. No vale la pena luchar tanto por esto, no vale la pena perder tanto tiempo en esto. Dejémoslo y dediquémonos a otra cosa. Entonces, ambos extremos terminan haciéndonos abortar las búsquedas del corazón.
El problema es que cuando yo pierdo la búsqueda que hay en mi corazón, empiezo a perder aquello que me moviliza, aquello que me alegra la vida, aquello que me hace feliz. Empiezo a tener que andar con piloto automático. ¿Qué es lo que tengo que hacer hoy? Si no sé hacia dónde tengo que caminar, qué tengo que buscar. En cualquier edad. No sólo cuando uno es joven y es evidente que tiene que buscar, sino en cada edad. En cada edad tengo que pensar qué es lo que me moviliza, en qué quiero crecer, cuál es el paso que quiero dar, qué vínculo quiero mejorar. Cuando esto no se da y empezamos a funcionar con piloto automático, es como que algo se empieza a apagar en mi corazón. Ahí es cuando los días se empiezan a hacer rutinarios, se empiezan a hacer más largos, se empiezan a hacer pesados. “Uh, hoy tengo que ir al colegio.”, “¡Otra vez tengo que ir al colegio!”, “tengo que ir a la facultad”, “tengo que trabajar”, todo es “tengo”, “tengo”, “tengo”, y cada vez tengo menos ganas, todo se me hace más pesado, me pone de mal humor, me irrita, me enojo con todos.
¿Por qué? Porque no sé qué me moviliza. Todo es una carga y no sé qué es lo que quiero hacer; no sé qué sentido tiene esto. No sé qué sentido tiene este trabajo, no sé qué sentido tiene este estudio. ¿Por qué? Porque perdí de vista lo que buscaba, perdí mi horizonte. Perdí hacia dónde caminaba. Esto es lo que hoy me toca hacer y no encuentro el sentido, no entiendo por qué lo tengo que hacer. Por eso la vida es una búsqueda permanente, y deberíamos descubrir ese llamado en el corazón.
Ese llamado que escuchamos que Isaías hace al pueblo en la primera lectura. “Busquen al Señor”. Esto que debe darse en nuestra vida, es central en nuestra vida de fe. Continuamente hay un llamado de: “Busquen al Señor.” ¿Quién de nosotros puede decir “ya lo termine de encontrar”, “ya maduré completamente en la fe”, “ya soy un cristiano pleno, auténtico, y no tengo que seguir buscando al Señor, no tengo que seguir dando pasos en mi corazón, descubriendo cuál es el llamado que me hace.”? El problema es que para eso tengo que tener un corazón abierto y eso genera una especie de tensión en mi corazón. La búsqueda siempre genera una tensión. Estoy en camino pero todavía no llegué. Eso es la búsqueda. Lo que en teología se llama: “ya, pero todavía no”, todavía no se da. Tengo que ir hacia ahí.
En la fe esto también nos cuesta, por eso llega un momento en el que nos acomodamos. “Bueno, a mí este tipo de vivir la fe me gusta. Soy cura, estoy acá en la Catedral, hago estas cosas… me cierra, listo, hasta acá llego, me acomodo acá, me paro en este lugarcito y desde acá más o menos la cosa zafa. Yo creo que apruebo, con un cuatro aunque sea Dios me va aprobar.” Y dejo de buscar. No sigo buscando; no me pregunto cómo puedo crecer en la oración, cuál es el paso en el corazón que Dios me pide, en qué vínculo o en qué virtud puedo crecer. Voy dejando de buscar a Dios. Pero no sólo me acomodo yo, sino que muchas veces acomodo a Dios: “Dios es así”, casi como si yo lo pudiera contener a Dios, como diciendo, Dios es de este forma y de esta manera, porque me queda más cómodo. Porque si yo descubro un Dios que es todopoderoso, que es omnipotente, que es más grande de lo que yo soy, siempre se me pone en búsqueda, siempre tengo que continuar caminando, siempre tengo que dar pasos, y nunca termino de llegar. Esa es la vida del discípulo. Jesús le dice a Pedro: ve detrás de mí, camina. Somos caminantes en la fe, y esa es la invitación de Jesús, pero esto cuesta.
Cada tanto aparece un evangelio que rompe los esquemas y que nos dice que tenemos que seguir buscando porque esa imagen de Dios no es tan cerrada. Eso es lo que pasa en el evangelio de hoy. Escuchamos un texto que dice lo más anticultural que podemos escuchar hoy: “Los últimos serán los primeros.” Luchen por ser últimos. Y uno dice, no quiero luchar por esto, esto no es lo que yo busco, no es lo que yo quiero. Vivimos en un mundo donde se nos invita únicamente a ser primeros. Pareciera que es lo único que vale. Es por eso que Jesús pone este ejemplo. Empieza diciendo que hay un propietario que tiene una viña; va a buscar jornaleros, y los trae para su viña. Al mediodía vuelve a salir, y vuelve a encontrar jornaleros y dice: ‘bueno, ¿ustedes no consiguieron trabajo? Vengan a mi viña.’ Llegando a la media tarde, vuelve a salir y encuentra otros desocupados, y también les dice, ‘vengan a mi viña a trabajar’.
Hasta ahí nada nuevo; Jesús nos muestra esa bondad de Dios que siempre llama, que siempre busca. Hasta que aparecen los problemas. El dueño llama al mayordomo y le dice que empiece a pagarle a todos; pero comenzando por los últimos. Y ahí es cuando nos empezamos a preguntar, ¿por qué por los últimos? Son los que acaban de llegar. Pero no sólo le dice que comience por los últimos sino que les pague a todos lo mismo. Empezando por los últimos empieza a darles a todos un denario. Esto lleva a una crisis; aparecen dos polos: los últimos, que obviamente no dijeron nada, se fueron felices de la vida con lo que había pasado, y los primeros, que llegan y se quejan. ¿Cómo puede pasar esto? Es injusto. Yo trabajé todo el día y se me dio lo mismo que al otro. Imagínense que nos pase a nosotros. Imagínense que nosotros trabajamos todo el día y nos pagan lo mismo. Es más, esto es tan difícil de entender, que como hace ruido, a lo largo de la historia, la Iglesia intentó acomodarlo un poquito para hacerlo más fácil. Entonces,  decía: “un denario es lo que se necesita un día para trabajar…” No, no es así. Es que hace ruido. El evangelio muchas veces hace ruido en mi corazón. Y Jesús les reprocha tres cosas: en primer lugar, ¿acaso yo fui injusto contigo? ¿O no te pagué lo que te había prometido? Lo segundo, ¿por qué yo no puedo poseer y administrar mis bienes según me parece? Y por último, lo más duro, ¿por qué tomas a mal que yo sea bueno?
Frente a eso hay una gran pregunta, ¿qué es lo que está pasando? Jesús vuelve a decir, “los últimos serán los primeros”. Lo primero que nos pasa es que es muy raro que nosotros peleemos por ser últimos en algo; siempre queremos ser primeros en todo. Eso es lo que se nos pide siempre. Pero para ser primero tengo que competir con los demás, no hay otra forma. Y el evangelio es lo absolutamente contrario a competir con los demás. Yo me tengo que preocupar por el otro, me tengo que preocupar por el que está al lado mío y tengo que caminar con él. Para poner un ejemplo de esto y de cómo nos cuesta no ser primeros, hace poco tuvimos un mundial de fútbol, y uno escucha mentes obtusas (perdonen la expresión, me hago cargo de lo que digo), que dicen: “salir segundo no sirve”. ¿Dónde no sirve? Replantéenselo si piensan así. Porque ese modo de pensar no es solamente para el fútbol, se traduce a todo. Después nos preguntamos por qué los hijos son tan exigentes consigo mismos, por qué los adultos no se perdonan una. Y, porque esto se transmite. Exigimos tanto que no vale otra cosa que ser primero, que lo demás se desecha. Esto pasa en el fútbol, en la vida, en la fe. Lo peor es que para hacer ese camino me tengo que olvidar de los demás, porque tengo que ver al que está al lado mío, a mi hermano, a mi compañero, como un rival. Eso es lo que no quiere Jesús. Por eso el mundo en esto es tan contrario a lo que Jesús me pide: sean últimos, caminen con los demás, preocúpense por los demás. Hay que ir más lento, obviamente. Hay que alegrarse por lo que me tocó, y por la suerte que tuve, y por salir segundos; sí, hay que alegrarse, y hay que disfrutarlo. Esa es la invitación de Jesús.
Para poner otro ejemplo, dentro de dos semanas es la Peregrinación a Luján. Y a veces pasa que cuando uno pregunta, ¿cómo te fue?, las respuestas son: “Llegué a los dos de la mañana”, “llegué dos y media” (cuando era a la noche), como si fuera una carrera, a ver quién llega primero. ¡Hagan una maratón si quieren llegar primeros! En cambio hay otros que dicen, “llegué a las 6. Estuvo re linda porque caminé con otros, rezamos, charlamos, conocí gente”. Esa es la idea de la peregrinación; no ver quién tarda menos, no ver quién gana. Es caminar con el otro. Son dos modelos contrarios de la fe: me preocupo por mí mismo y por llegar, o camino con el otro. Y ¡vaya si camino más lento!, y ¡vaya si va a costar un poco! Pero esa es la invitación que me hace Jesús. Otros llegarán primeros, pero yo llegué con ellos. Ahora, si yo llego primero, o creo que llego donde está Jesús, Jesús me va a decir: “Te olvidaste de tu hermano, eh. Volvé. No es tiempo de esto. Tenés que caminar con los otros, tenés que ir con los otros.” Y esto nos cuesta, esto es difícil.
Cuando Jesús pone estas imágenes nos hacen ruido en el corazón. Porque dice, ¿por qué tomas a mal que yo sea bueno? No nos cierra este modo. Obviamente, ningún economista escribió esto ¿no?, porque no cierra en ningún lado. O con el perdón, queremos encasillarlo, y aparece la parábola del hijo pródigo y nos identificamos con el hijo mayor. ¿Cómo Dios puede perdonar de esa manera? Queremos buscar cómo encasillarlo, cómo decir: esto se cierra así. Nos cuesta. Nos es más fácil cuando Jesús habla del perdón, de la generosidad, de una manera más abstracta. Cuando la vemos concreta, cuesta un montón. ¿Por qué? Porque lo que les pasa a los fariseos en esta lectura es que ellos se merecen ser los primeros, porque hicieron el mérito, cumplieron con lo que Dios les decía. Ese es el problema. Pero Jesús les dice: acá no se cumple, acá se vive. Uno se tiene que alegrar por el hermano que tiene al lado. Me hace acordar a las familias; yo no sé cómo hacen los padres, porque cualquier cosa que hacen con uno de los hijos, el otro mira. “¿Por qué lo tratás así a  él?” “Le diste a mi hermano tal cosa.” Pareciera que siempre nos quejamos, nunca estamos conformes. Entonces hay que estar haciendo malabares, si le traigo una cosa a uno le tengo que traer también a los otros. Si hago tal cosa la tengo que hacer con todos, tengo que tener cuidado. Dios dice que tenemos que caminar juntos, pero para eso en muchas cosas tenemos que hacernos los últimos.
Por último, quiero poner un ejemplo de lo que está pasando ahora. Está por comenzar el Sínodo de la Familia – el Papa nos ha pedido que recemos por esto. La Iglesia quiere mirar un poco las realidades familiares y ver cómo se puede acompañar de una mejor manera. Y es llamativo que ya han empezado a aparecer voces muy conservadoras que dicen: “que no pase esto”, “que no pase lo otro”, a ver, ¿qué es lo que pasa? ¿Pasó algo ya? ¿La Iglesia dijo “Vamos a dar este paso”? ¿Cuál es el miedo? ¿Cuál es el problema? ¿Ya de antemano nos quejamos? Porque yo no sé qué va a pasar, no me corresponde a mí, no estoy ni cerca de estar en un sínodo así. Pero tendrán que pensarlo y ver. En todo caso quejate después. Pero el miedo nos llama a quejarnos de antemano. ¿Cuál es el problema? ¿Que se reflexione algo y que haya que cambiar? ¿Que Jesús nos tenga que decir, “mirá que los últimos serán los primeros”? ¿Cuál es el problema? ¿Yo me creía primero en esto? ¿El problema es que Jesús les dice a los que yo creía que eran últimos que ellos van a entrar primero? ¿Ese es nuestro miedo? Y tenemos que tener cuidado porque si nos ponemos en esa postura obtusa, cerrada, conservadora, Jesús nos va a decir: ‘¿Por qué te molesta que yo sea bueno?’ Eso es lo que hace ruido en el evangelio, que nos molesta que Jesús sea bueno con los demás. ¿Por qué? Porque muchas veces me creo mejor. Y cuando me creo mejor que los demás, empecé a caminar primero, dejé de caminar último.
Ahora, puedo vivir la alegría de que como último Jesús me viene a buscar, de que como último Jesús siempre me llama, de que como me cuesta, Jesús está conmigo, y me dice: “Vení. Caminá. Los últimos serán los primeros.” Vino, se encarnó, se hizo hombre, dio la vida. Fue el último para ser el primero. Es el primero que resucita, para llevarnos a todos. Esa es la invitación, que tengamos un corazón abierto que busca a Dios. ¿Por qué? Porque si no pecamos de omnipotencia. A veces escucho que algunas personas dicen, “tengo que defender a Dios”. ¿Dios necesita mi defensa? Pobrecito de Dios si necesita que yo lo defienda. Yo pensé que Dios era omnipotente, que no necesitaba que nosotros lo defendiéramos. “Yo tengo que defender a Dios, a mi Iglesia.” Se basta solo Dios, quédense tranquilos, dio la vida. Lo que me dice es que lo busque, que escuche, que camine con el otro, que abra el corazón; esa es la invitación.
Pidámosle a Jesús que abriendo nuestro corazón a Él, que caminando con Él, podamos también caminar con los demás, para así caminando juntos, últimos, lleguemos primeros al Reino de Dios.

Lecturas:
*Isa 55,6-9
*Sal 144
*Fil 1,20c-24.27a)
*Mt 20,1-16

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Homilía: “Como a Pedro, Jesús nos pregunta: ‘¿Me amas?’” – Exaltación de la Cruz

Hoy estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Cruz. Entonces, en este momento como hacemos siempre después de la homilía, vamos a apagar las luces y vamos a prender solamente la luz que ilumina la cruz. Queremos en esta noche dejarnos hablar por Jesús desde la cruz; queremos rezar un rato junto a Él, haciendo algún momento de silencio, cantándole para darle gracias por la vida que dio por nosotros.
Años después de la muerte de Jesús, cuenta la historia que Pedro se iba de Jerusalén, huía, cuando se le apareció Jesús volviendo hacia Jerusalén. Pedro le preguntó a Jesús qué hacía, y Él respondió: “Vuelvo a Jerusalén para dar la vida.” Ahí Pedro comprendió que tenía que dar la vida, que también tenía que morir en la cruz.
Jesús también nos va pidiendo a nosotros cosas que tenemos que ofrecer, cosas que tenemos que entregar, cosas que tenemos que dar.
Dejémonos traspasar por la mirada de Jesús, y ofrezcámosle nuestras vidas.


[Silencio]

[Canción: “Las Siete Palabras”]


Después de la resurrección, Jesús se reunió con sus apóstoles frente al lago. Hoy Jesús resucitado se reúne con nosotros porque quiere hacernos comunidad, porque quiere renovarnos en la fe, porque quiere hacernos testigos. Como hizo con Pedro, la única pregunta que nos hace es si lo amamos, si lo queremos. Pedro le contestó desde el corazón: “Señor, Tú lo sabes todo. Sabes que te quiero.” Jesús lo sabe todo, sabe cuánto amamos, sabe cuánto deseamos darnos. Animémonos nosotros a contestar como Pedro la pregunta que le hace Jesús. 


[Silencio]

[Canción: “Cara a Cara”]


Lecturas:
*Núm 21,4b-9
*Sal 77,1-2.34-35.36-37.38
*Fil 2,6-11

*Jn 3,13-17

Homilía: “Si tu hermano peca, corrígelo en privado” – XXIII domingo durante el año

En la última versión de la película de Robin Hood, con Russel Crow, llega un momento en que Robin y William Marshal, el antiguo canciller, se dan cuenta de que hay toda una conspiración para invadir Inglaterra desde Francia; Godfrey acaba de traicionar al Rey Juan y se está viniendo todo el ejército francés a invadir Inglaterra. Entonces Marshal va a contarle a la Reina Leonor lo que está ocurriendo; ella, desde que murió Ricardo y asumió Juan, tiene una mala relación con Juan, no le gusta el camino que ha ido tomando, y sabe que no va a escuchar lo que le diga. Entonces, habla con la mujer de Juan, Isabel, una francesa, y le cuenta lo que tiene que decirle. Al oír lo que estaba pasando, que su mejor amigo lo había traicionado y lo venía a invadir, le dice: “No a mí no me va a escuchar.” Entonces Leonor le dice: “A vos te ama, a vos te va a escuchar. Y si algún día quieres ser reina, esta es tu última oportunidad, sino no habrá reino que puedas reinar.” Entonces, Isabel va, le empieza a contar todo a Juan, que se enfurece, no sabe si creerle o no, e Isabel termina diciéndole: “Si no me crees, si crees que miento, si no crees que esto lo hago por amor aun teniendo que decirte lo que te duela, acá tienes este cuchillo, puedes matarme, termina ahora.” Bueno, Juan le cree a Isabel, y la película sigue.
¿Por qué Leonor le pide a Isabel que hable con Juan? Porque sabe que él está enamorado, y por eso tiene la certeza de que le va a prestar atención, aun con aquello que no quiere o que le cuesta escuchar. Juan puede escucharlo de aquella persona que le tocó el corazón, de aquella persona con la que siente una deuda de amor en el corazón. A nosotros nos pasa lo mismo, aunque quizás a otro nivel;  en general escuchamos a las personas que queremos. Si voy por la calle, y alguna persona desconocida me dice: “Vos sos una mala persona”, me quedará dando vuelta un rato en la cabeza y nada más. Pero si mi mamá me dice eso, me va a afectar mucho más. Que una persona que quiero mucho me diga las cosas en las que tengo que corregir algo, me toca mucho más profundo el corazón. Uno se siente amado y sabe que el otro, por más que le cueste pasar un montón de barreras, lo hace por su bien.
De eso nos habla Pablo en la segunda lectura: que la única deuda entre ustedes sea en el amor. Si hay algo que se tienen que deber los unos a los otros, que sea justamente cuánto se quieren, cuánto se aman. Esto es complejo, porque en general cuando utilizamos la palabra “deuda”, en lo que menos pensamos es en el amor. Pensamos que debemos plata, una cosa u otra; pero la certeza más grande que podemos tener en el corazón de que estamos creciendo, es que nos sentimos hasta desbordados por el amor del otro. Seguramente alguna vez hemos experimentado que el otro como que nos ama demasiado, que el amor del otro nos desborda, que no podemos amar como el otro nos ama. No sólo en los noviazgos o matrimonios, sino también en una amistad, en un vínculo padre-hijo, en una relación de hermanos. Esto a veces nos angustia, nos da vértigo. ¿Por qué el otro me quiere tanto? ¿Por qué el otro me ama tanto? A veces, en vez de querer crecer en ese amor, para amar de la misma manera, terminamos tomando distancia. Me quiero ir, quiero escapar de esto. Me siento tan abrumado por eso amor que la primera reacción es: tengo que alejarme. Sin embargo, ese no es el camino. La Madre Teresa, “santasa” si las hay, decía: “el amor se paga con amor”. La única forma que tengo de devolver, de pagar el amor que me dieron, es amando. Si yo me siento desbordado por el amor del otro, lo que tengo que hacer es pedirle a Dios que me ayude a amar mejor, que aumente mi amor en cantidad y calidad, que yo pueda abrir mi corazón en vez de ponerle límites.
Hoy nos enseñan que yo tengo que medir hasta donde amo; no me tengo que entregar tanto, no tengo que amar tanto. Entonces me voy poniendo límites. Y cuando alguien me da un amor muy desinteresado se nota, porque me cuesta un montón. Pero la reacción que tendría que ser más natural es: quiero amar más, quiero amar como Jesús ama, quiero abrir el corazón, quiero amar de una manera nueva, quiero descubrir que yo también puedo amar así. ¿Por qué? Porque eso me hace feliz, porque la experiencia más grande que puedo tener es cuando me siento querido y amado. Esa es la experiencia de crecer en comunidad. Eso es lo que nos dice Pablo: si ustedes quieren crecer en comunidad, empiecen amarse cada vez más. Que otro sienta esa experiencia en el corazón, y quiera devolverla, y quiera pagarla, que sienta esa deuda. ¿Para qué? Para que también se convierta, para que también cambie.
A veces, cuando pasa algo, uno piensa, ¿cómo puedo castigar al otro? Y si lo pensamos bien, creo que la mejor manera es amarlo, amarlo más. Y el otro en algún momento va a sentir que alguien le toca el corazón de una manera diferente. Si quieren el mejor ejemplo es Jesús. Cuánto más se empiezan distanciar todos de Él, hace el más grande acto de amor: dar la vida. No dice: ustedes no se lo merecen. Se sigue entregando para que su amor quede manifiesto, y para que todos lo puedan ver. Por eso nos invita día a día, en comunidad, en familia, en sociedad, a crecer en ese amor.
Esto que venimos hablando se pone de manifiesto de una manera especial en el evangelio, porque esto que nos pide Jesús, corregirnos, solo se puede hacer en el amor. Yo no puedo corregir si no estoy amando al otro. Si quiero corregir sólo porque estoy enojado, o porque quiero dar una lección, eso no sirve para nada. Solamente lo estoy queriendo corregir porque tengo autoridad y quiero ejercerla. De esa manera tampoco sirve. La corrección del evangelio es la corrección del que ama, y por eso quiere lo mejor para el otro. Sin embargo, este camino que Jesús enseña es tan complicado y difícil hoy, que casi que lo vivimos al revés.
Creo que esto es tan central que lo que tendríamos que hacer es agarrar estas tres reglas que nos dio Jesús, y pegarlas en el lugar de la casa al que más vamos. Si se la pasan yendo a la heladera, peguenlo en la heladera; si están todo el día con el celular, pónganlo en el celular; si se tiran todo el día en la cama porque están con fiaca, péguenselo en el techo. Elijan el lugar, y empiecen a intentar grabarlo. Este es el camino que nos muestra Jesús para crecer. Cuando tu hermano peca (cuando hizo algo que está mal, no cuando hizo algo que a mí no me gusta, o cuando hizo algo que a mí no me cae bien), si hay una ruptura en su relación con Dios y con los demás, corrígelo en privado. Eso es lo primero que tenemos que hacer.
Sin embargo, creo que hoy el último que se entera de que hizo algo mal es mi hermano; casi que se entera el resto del mundo antes que mi hermano. Nos cuesta un montón ir a él y seguir este camino evangélico; empezamos a decírselo a los demás, y en el fondo no estamos viviendo lo que nos pide Pablo, amarnos. Cuando se lo digo a los demás, lo que menos estoy haciendo es queriendo a mi hermano; porque no me acerqué a él, porque lo hice para sacarme un peso de encima, porque lo hice porque quiero que el otro quede mal ante los demás aunque sea inconscientemente. Porque quiero que todos se enteren y lo miren de otra manera. Cada uno podrá pensar y hacer su examen de conciencia, pero esto muchas veces es puesto totalmente al revés. Jesús nos dice: primero tenés que ir a tu hermano porque eso es lo que sana, eso es amarlo. “Te doy una oportunidad.” Y porque lo que quiero, en amor, no es sacarme un peso de encima, no es sacarme mi enojo, o lo que me molesta, sino poder tratarnos como hermanos. Voy y te corrijo, voy y te doy esa posibilidad de que cambies y de que nadie más se entere, de que esto quede entre nosotros, como verdaderos hermanos.
Recién ahí, cuando me animé a ir a mi hermano y a tomar ese camino, tengo la posibilidad, si mi hermano no me escucha, de ir a dos más. Jesús dice, agarrá dos, contales, pero no para decirles: “mirá lo que pasó”, sino para con ellos ir a hablar con tu hermano. Esto tampoco lo hacemos mucho, en general cuando le contamos a alguien es para que se lo guarden, para que piensen mal; no para ir juntos y decir: “queremos que cambies”. No sólo acá en la Iglesia, en alguna comunidad, con amigos, en donde fuera. “Me da vergüenza”, a todos nos da vergüenza. “Cuesta”, sí, a todos nos cuesta. “Hay que tener valor”, mucho. El evangelio implica mucho valor. Vivir el evangelio implica coraje, implica querer dar pasos.
Por último, si con mis hermanos no me escucha, el próximo paso es ir a la comunidad. Porque el pecado daña la comunidad, el pecado lastima y termina dividiendo y separando la comunidad. Por eso ahí todos juntos tienen que ir a corregir. La comunidad se tiene que acercar. ¿Por qué? Porque quiere sanarse, porque quiere salvar al hermano que está en ese pecado, porque quiere cambiarlo. Este es el camino de la corrección fraterna que es central para crecer. Todos en algún momento nos hemos sentido lastimados y nos vamos a sentir lastimados; hemos lastimado y vamos a lastimar; la única manera de crecer con madurez en la fe es esta. Cuando leía este evangelio y descubría lo mucho que me cuesta muchas veces seguir estos caminos, pensaba que al final uno se preocupa por tantas cosas, si cumplimos o no con esto o aquello, si se prendió esta luz o no, cosas triviales, y nos olvidamos de leer verdaderamente lo que es central en el evangelio.
Esto es tan central, que en la primera lectura Dios le dice a Ezequiel: Tú eres centinela, tú eres el guardián de mi pueblo; y como centinela tenés que estar mirando. Cuando un hermano tuyo se equivoque, tenés que corregirlo. ¿Por qué? Porque si él no quiere corregirse, el pecado caerá sobre él, y la justicia caerá sobre él. Pero si vos no vas a corregirlo, el peso caerá sobre vos. Si vos no te preocupás por tu hermano, el que vas a ser juzgado sos vos. Esto no es un añadido más en el evangelio, no es algo que queda de lado. Es algo que es constitutivo de la fe. Yo me tengo que preocupar por mi hermano. Y si no lo corrijo, estoy en problemas frente a Dios. No estoy siguiendo el camino al que me invita Él, porque no estoy queriendo sanar a la comunidad. No es una carrera que corro solo y tengo que llegar a Jesús. Es una carrera en la que si voy hacia Jesús, tengo que ir levantando necesariamente a los demás, tengo que llegar con el otro, aunque vaya mucho más despacio, aunque me cueste mucho más, aunque implique romper mi vergüenza, tener valor, tener coraje. El evangelio se vive de esa manera, preocupándonos los unos por los otros. Si yo en este mundo individual empiezo a vivir mi fe, mi piedad, cada vez más individualistamente, me voy alejando de todo; me voy alejando de Jesús. Podré rezar mucho, podré hacer muchos actos de caridad, pero me olvido de leer el evangelio. El evangelio es: creemos juntos, caminamos juntos, nos preocupamos los unos por los otros. Esto es lo que hizo Jesús. Y ¿cuesta? Cuesta. Pero tenemos una certeza, esto es tan difícil, que el evangelio termina diciendo: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús sabe que lo que está pidiendo es difícil, por eso les dice: tengan la certeza de que Yo estoy ahí, cuando eso lo están haciendo por amor, yo los acompaño, yo voy a estar, confíen, crean. De esa manera van a crecer como comunidad, de esa manera van a crecer como familia, de esa manera se van a sanar.
Hay una historia que cuenta que después de que arrasaron con una aldea, en África, se logró escapar un chiquito de nueve años. Este chiquito se encontró con otros hombres y mujeres de otras aldeas que también habían logrado escapar del genocidio, y empezaron a caminar juntos. Al ratito, su hermanito de cuatro años, que había escapado con él, se cansó. Entonces él lo cargó en sus hombros y siguieron caminando por el desierto. Después de unas horas uno de los hombres se acercó al niño y le dijo, “Te admiro. ¿No te cansa llevar a tu hermano sobre tus hombres?” Y el niño contestó: “No me pesa, es mi hermano.”
En el fondo no es un peso caminar con mis hermanos, sino no entendí la palabra hermano. Me compromete intrínsecamente, quiero lo mejor para Él. Por eso lo amo y quiero lo mejor para él. Por eso me preocupo, por eso busco algo nuevo. Esto es lo que hace Jesús, se compromete porque nos ama y porque nos siente verdaderamente hermanos. Eso es lo que nos invita a vivir a nosotros.
Pidámosle entonces en esta noche a Jesús, que podamos crecer como familia, que podamos crecer como comunidad, que nos podamos comprometer los unos a los otros en este camino del amor, en este camino de la corrección, en este camino del perdón.

Lecturas:
*Eze 33,7-9
*Sal 94,1-2.6-7.8-9
*Rom 13,8-10

*Mt 18,15-20

Homilía: “Me sedujiste y me dejé seducir” – XXII domingo durante el año

Una de las preguntas que me gusta hacerles a los novios cuando vienen para la entrevista antes de casarse es: ¿Cómo se conocieron? Aparte de ver cómo va cambiando la cultura (te dicen: “nos conocimos por internet”; “nos conocimos en un boliche”), una de las cosas graciosas es que muchas veces los varones dicen: “no sabés lo que tuve que trabajar”; “nos conocimos, pero no me daba mucha bola”; “fue difícil…” Pero bueno, esa persona se sentía atraída entonces buscó la forma. “Le mandaba mensajito todos los días”, hacía tal cosa o tal otra. Y uno se sorprende de que el otro haya puesto tanto esfuerzo en seducir al otro, llegar al corazón del otro. Uno se sintió atraído, seducido, y fue buscando los caminos, las formas, para poder tocar el corazón del otro.
Ahora, ese trabajo uno lo hace cuando siente esa seducción en el corazón. Cuando se siente seducido, y después pasa al enamoramiento y al crecimiento en el amor, uno empieza a hacer cosas que no haría en otras circunstancias. Si no ninguno de esos novios “perdería” tanto tiempo intentando conquistar a la otra. Porque la seducción es como una fuerza en el corazón que hace que uno vaya más allá. Uno se siente muchas veces seducido por personas, y por eso hace un montón de opciones; a veces se siente seducido por proyectos, y por eso también hace otro montón de opciones. Sentimos como un torrente, un tsunami en el corazón, que nos lleva para adelante y nos da fuerzas. Es más, yo creo que el problema es cuando uno siente que no lo seduce nada, cuando uno siente que nada le toca el corazón; porque es como que empezamos a apagarnos, a estar apáticos, no hay nada que nos mueva. Es más, a veces vemos que esto les pasa a personas cercanas, que nada los mueve, y nos da ganas como de pegarles un cachetazo, decirles: “¡Despertate! ¡Tiene que haber algo que te movilice, encontrálo!” Esa experiencia de la seducción es la que nos da vida, es la que nos lleva para adelante  y que en distintos momentos tenemos que renovar.
Jeremías tiene una experiencia similar en la primera lectura: “me sedujiste y me dejé seducir”, dice. Es casi como un lenguaje insolente para hablarle a Dios; como que Dios va buscando seducirte. ¿Vieron que a veces la palabra “seducción” tiene una connotación negativa? Jeremías nos dice que Dios hace eso, va buscando la forma de tocar el corazón, y llega un momento en el que ya no puede hacer otra cosa. Esta seducción es motivo de queja para Jeremías, no es que está contento con este tema (por lo menos en este momento, suponemos que en muchos otros momentos sí). ¿Por qué? Porque se le complicó el ser profeta, las cosas no son como él quiere, como él espera. Tiene que renunciar a que la gente lo quiera porque la gente está enojada por lo que anuncia, lo echan del pueblo; sin embargo, Jeremías dice: “siento un fuego abrazador en el corazón”, no puede hacer otra cosa. ¿Por qué? Porque esto es lo que en mi corazón quema. Todo lo demás, que lo enoja, que se le hace difícil, él es capaz de renunciarlo por aquello que hoy toca su corazón, por aquello que lo puso en camino. Esto es también a lo que nos invita Jesús a nosotros día a día. En la medida en que nos sintamos seducidos, vamos a seguir ese camino. Pero esto no significa que no haya momentos en los que eso se vuelve difícil, en donde eso se complica. Nos empezamos a preguntar las cosas.
En el evangelio de hoy, que es como el segundo capítulo de lo que leíamos el domingo pasado, sucede algo parecido. Pedro responde: “Tú eres el Mesías”, y Jesús lo elogia, y le dice: Tú eres Pedro, y sobre ti voy a fundar mi Iglesia. Sin embargo, más allá de la seducción que Jesús generó en Pedro, que va a dejar todo por Él, llega un punto en que a Pedro le cuesta, un punto en que el plan de Jesús no es tan atractivo. Cuando Jesús empieza a decir que el Mesías va a sufrir, que el Mesías debe dar la vida, Pedro dice: no, esto no es parte del plan. Es en ese momento donde Pedro se come el reto más fuerte quizás de todo el Nuevo Testamento: “Ve detrás de mí, Satanás.” Pedro es una tentación para Jesús, lo invita a salir del camino. Por eso Jesús le dice: volvé a ser discípulo, ve detrás, no te podés poner delante.
¿Qué es lo que está pasando? En este momento el camino se complicó para Pedro. Tiene que integrar una imagen nueva de lo que significa Jesús, una imagen nueva de lo que es la fe, una imagen nueva de lo que es el Mesías. Va a tener que preguntarse si está dispuesto a integrar en su vida de fe ese sufrimiento que Jesús tiene que hacer por él. Esto es todo un replanteo para Pedro. Seguramente se está preguntando: “¿qué es lo que hago ahora? ¿Lo sigo a Jesús o no?” Tal vez, como sabemos el desenlace de que lo siguió, en palabras de Jeremías sería: “tú me sedujiste y me dejé seducir, y a pesar de que no entiendo, sigo este camino”. Tiene que renunciar a su imagen de Dios, tiene que renunciar a sus planes, tiene que renunciar a Jesús incluso: va a tener que dejar que Jesús muera. En el camino, aún en aquellas cosas en las que nos sentimos más seducidos, hay momentos donde las renuncias se nos hacen difíciles, nos crean una carga, nos son complicadas. Ya que le pregunto a los novios cómo se conocieron; después de veinte años a ustedes les podría preguntar: ¿cuáles han sido las dificultades en el camino del matrimonio? ¿Por qué cosas han tenido que optar? ¿Qué cosas se les hicieron difíciles en el camino de las renuncias? Porque uno tiene que ir haciendo renuncias, uno tiene que ir dejando cosas. Uno se va cuestionando: ¿estoy dispuesto a renunciar a esto? Para poder hacerlo tengo que descubrir la vida que hay delante, la vida que se me ofrece. Eso lo posibilita.
Ayer en la misa con los niños en la Capilla, hice pasar a algunos matrimonios, y les preguntaba: ¿a qué cosas renunciaron cuando fueron padres? “Uh, un montón.”, era la respuesta en seguida. Pero cuando les preguntaba, “¿volverías para atrás?”, todos me decían que no. ¿Por qué? Porque hay una vida ahí; hay una vida que me llama a dejar cosas que tal vez en otro contexto no dejaría. Renuncio a ellas por algo que es mucho más grande: dar vida. Los hijos son ese fruto que uno ve delante. Entonces, la renuncia cobra un sentido cuando yo veo la vida que hay delante, cuando yo lo puedo entender. Sin embargo entra en crisis cuando no veo la vida, cuando no veo el fruto. En el matrimonio pasa lo mismo, si dejo de ver los frutos, deja de ser esa vida en comunión y en el amor; me empiezo a preguntar, ¿por qué voy a renunciar a todo esto?, ¿por qué voy a hacer esta opción?, ¿por qué me voy a sacrificar en esto? Lo mismo en los proyectos, cuando se hacen arduos. Obviamente, a veces las crisis vienen porque se me hizo difícil, pero las crisis más grandes se dan cuando yo no veo la vida que está adelante.
Lo mismo sucede en el camino de fe. Pedro tiene que hacer una renuncia pero para poder hacerla tiene que descubrir la vida que Jesús le da. Si él no ve la vida que Jesús le da, no puede seguir ese camino; no es capaz. Todos sabemos que esto termina con Jesús teniendo que transfigurarse delante de Pedro, para que vea esa vida. A partir de ahí se anima a hacer todas las renuncias que tiene que hacer. La invitación a nosotros es lo mismo. Cuando uno se pregunta el porqué de esta renuncia, de tener que dejar esto atrás, es descubrir qué vida hay allá, y a partir de ahí poder seguir.
En la fe esto tiene un problema más grande aún, porque el sufrimiento y el dar la vida que hace Jesús, es algo que también los discípulos tienen que aprender a asumir. El regalo de la vida eterna que nos hace Jesús, sí o sí implica el paso por la muerte. Y uno de alguna manera puede llegar a prepararse para ese momento, pero también implica sufrimiento y momentos difíciles en la vida, implica tener que integrar eso en una vida de fe, y eso es complejo, es difícil. Implica todo un proceso complicado en el corazón. ¿Por qué tengo que perder esta vida que tenía? ¿Por qué tengo que lucharla, pelearla, pasar por momentos de crisis? ¿Por qué tengo que pasar por momentos que no comprendo, por cosas que le pasan a los demás y no termino de entender y de comprender? Eso también es parte del camino de la vida y del camino de la fe. Eso va a cuestionar nuestra fe, sin embargo Jesús debía pasar por esto.
Es curioso porque esto da sentido a lo que es el sufrimiento. Jesús dice: no es que quiero pasar por esto, debo pasar por esto. Jesús descubre que para dar vida, tiene que tomar ese camino, que para dar vida tiene que entregarse, que para que los demás tengan vida tiene que tomar la cruz; no hay otra forma. Y nosotros también vamos a tener momentos en los que vamos a tener que hacer ciertas cosas, y no nos va a cerrar, no lo vamos a entender, no lo vamos a comprender; nos va a pasar como a Pedro, aún en nuestra propia vida. La tentación va a ser querer sacárnoslo de encima, pero hay cosas que no vamos a poder; hay ciertas pruebas, hay ciertos momentos que son difíciles, que son complejos, y que no entendemos. No entendemos la voluntad de Dios, no entendemos qué es lo que nos pasa, y ahí es cuando vamos a tener que dejar de controlar las cosas y poner nuestra vida en Él. Vamos a tener que soltar el volante, dejar que Jesús nos lleve, aún en ese momento difícil, confiar en Él. No hay otro camino, porque vamos a ver que hay un montón de respuestas que no aparecen; que las buscamos pero que no las encontramos. Jesús nos va a decir: seguime, “ve detrás de Mí.” Pedro no puede comprender qué es lo que está pasando, lo que puede hacer es caminar detrás de Jesús y dejarse guiar. Ese es el salto más difícil en la fe: no entiendo, no comprendo, pero tengo que caminar detrás de Jesús, me tengo que dejar llevar por Él. Ese el salto más difícil; eso es lo que nos va a mover toda la estantería, pero esa es la invitación de Jesús: que seamos discípulos y que nos dejemos guiar, que tengamos la certeza de que la promesa de Dios, que es dar vida, va a dar fruto en nuestro corazón. No sé cómo, no sé cuándo, pero me invita a creer y a confiar. Esa es su promesa.
Pidámosle hoy a Pedro, aquél que aun cuando no entendió y no comprendió, se animó a caminar detrás de Jesús, aun cuando fue hasta retado, se animó a decir: voy detrás de Ti, Jesús, confío en vos, me entrego. Pidámosle que también nosotros seamos sus discípulos y nos animemos siempre a caminar detrás de Jesús.

Lecturas:
*Jer 20,7-9
*Sal 62,2.3-4.5-6.8-9
*Rom 12,1-2
*Mt 16,21-27


martes, 26 de agosto de 2014

Homilía: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” – XXI domingo durante el año


Hace aproximadamente un año, en esta misa, con este evangelio, donde dice, donde Jesús pregunta “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”. No sé si recuerdan pero pasaron algunos de ustedes acá adelante, los que se animaba, cinco o seis, a decir en público quien pensaban que era Jesús, es más la primera chica que paso dijo en casa me matan, me acuerdo, espero que este por acá porque a ver qué fue lo que paso. Y hoy vamos a dar un pasito más que el que dimos la otra vez, con una dinámica que ya alguna vez la hicimos. Yo creo que esta pregunta se la hacen para que ellos compartan quien es Jesús, esto que a veces nos cuesta un poquito, nos cuesta más en algunos ámbitos que estamos un poquito más protegidos, tipo confirmación, (algunos están sufriendo me parece, todavía no dije nada de lo que vamos a hacer) o algún retiro donde uno está un poquito más cubierto. Pero hoy vamos a hacer un ejercicio, entonces lo que los voy a invitar como ya hicimos hace un tiempo con otro tema, que compartan de a dos, que busquen a quien tienen al lado, mejor al que conozcan menos a la persona así lo hacen, y que en pocas palabras se animen a decirle quien es Jesús para ustedes, se animen a compartir así como Jesús le pregunto a Pedro, a ustedes como discípulos de Jesús, quien es Jesús para ustedes.

Bueno. Muy bien, me alegro que tengan tantas cosas para compartir de Jesús, espero que esta dinámica que empezamos acá se extienda y se prolongue en la vida, en lugares que a veces se nos hace muy difícil. Y lo primero que podríamos pensar es cuál es el sentimiento que me genera el compartir a Jesús, tal vez mas allá de que algunos el primer sentimiento sea odiarme después de que dije esto, bueno ¿Qué sentí cuando tuve que compartir a Jesús? Me dio un poquito de vergüenza, no me anime, de pronto preferí quedar callado, me dio alegría, me costó pero después me solté. Bueno podríamos pensar sin juzgarnos, no es para juzgar es para ver que va generando en mi cuando voy compartiendo a Jesús y como me animo a hablar de Jesús.
Porque como les decía antes, esto les pregunta Jesús a sus discípulos primero que dice la gente sobre quien soy, bueno los que no lo conocían tanto dicen que es un profeta, Jesús es un profeta, como Jeremías, como Elías, como Juan el Bautista. Pero después le pregunta a sus apóstoles, aquellos que estaban más cerca ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Aquellos que habían pasado más tiempo y que por lo tanto tenían que conocerlo más, y es ahí donde Jesús escucha esa respuesta de Pedro, “Tu eres el Mesías” Mas allá de que como sabemos esa respuesta va a tener que hacer camino, es un evangelio como en dos partes hoy es el primer capítulo, no se pierdan el próximo capítulo el domingo que viene porque esta partido en dos este evangelio y esta la continuación después de esto. Pero Pedro contesta bien “Tú eres el Mesías” ¿Por qué contesta bien? Porque paso más tiempo con Jesús, porque lo conoce más y eso es ineludible, si queremos responder la pregunta de quién es Jesús tenemos que pasar tiempo con Él, tenemos que tomarnos el tiempo, tenemos que animarnos a sentarnos con Jesús, no hay otra forma, no hay otra forma en la vida yo no puedo conocer una persona leyendo un libro, no se lo conoce así a una persona este es el libro de Juan, de Pedro, de María, del Cholo, no. Se lo conoce como compartiendo tiempo, es más, en general hasta nos pasa que hay una tentación intrínseca cuando no conocemos tanto al otro que es hasta prejuzgarlo una primera respuesta y después cuando uno lo conoce más dice ¿Por qué pensaba yo esto de esta persona? Y con Jesús nos puede pasar lo mismo, no negativamente, que tengamos una primera imagen y nos quedemos con algo de Jesús nada más hasta valedero pero que no termina de profundizar en quien es Jesús, no alguien que viene a impartir justicia, alguien que hace milagros, alguien que me hace sentir bien, alguien que me hace feliz en este momento, pero hay un paso más, pero para eso tengo que, como les digo, tomarme un tiempo para estar con Jesús. Después de tomarme un tiempo como hicieron los apóstoles tengo que animarme a compartirlo. Jesús les pregunta bueno quien dice ustedes que soy, que acaso no sabe Jesús lo que está en el corazón de sus discípulos, está haciendo un sondeo a ver qué pasa, yo creo que lo central es que quiere que lo compartan que se animen a decirlo, que se animen hablarlo unos con otros. Y a veces en la vida hablamos de tantas cosas triviales y perdemos el tiempo hablando de un montón de cosas que pasan y ¿compartimos las cosas profundas? Y entre esas cosas profundas, ¿compartimos a Jesús?

Podríamos pensar, ¿Cuántas veces en la mesa de nuestras casas hemos hablado de Jesús? Y no digo pelearnos o discutir por algo, sino compartir quien es Jesús para mí o algo que paso o que viste en este retiro, no se algo que tenga que ver con Jesús, animarnos a compartirlo, obviamente que depende de todos, no depende solamente de uno y eso en distintos lugares, en distintos ámbitos, cuanto me animo en mi hablar diario, semanal, mensual, hablar de Jesús, o queda solo circunscripto a algunos lugares específicos, obviamente me es fácil a mi hablar de Jesús acá delante de ustedes y aparte es lo que esperan, pero si salgo de acá me animo yo en otro espacio a  hablar en otro espacio que sea más duro, más difícil, a mostrar que soy cura. Y lo mismo podría decir con ustedes, ustedes aun es más arduo, más difícil, porque yo estoy vestido así y la gente ya sabe lo que se viene más o menos, pobre. Pero ustedes tienen un montón de ámbitos donde es mucho más difícil y obviamente como muchas veces hemos hablado no es hacer proselitismo, no es salir con una bandera, es compartir la vida, compartir lo que hay en mi corazón y animarme a compartir y hablar de Jesús y a que el otro sepa que es lo que estoy viviendo.

Yo me acuerdo que cuando iba  a la facultad de ingeniería, me vieron con un librito de espiritualidad, religioso y bueno ya obviamente me encasillaron y estábamos hablando y un día salió el tema de la fe y me dicen no, vos sos una persona muy religiosa y todavía no era ni seminarista, creo que no estaba ni próximo a eso y le digo porque decís eso y no bueno porque una vez te vi con esto y me acuerdo que lo único que le dije yo fue “A ver pero yo voy a misa todos los domingos ¿para vos eso es ser muy religioso?” Re me dijo la persona, bueno entonces no le digo todas las otras cosas que hago porque si no va a pensar que soy un fanático, coordinar misionar, bueno muchas cosas que hacía. Bueno pero decía me animo a compartir esto a blanquear  mi situación de fe o tengo que dar ciertos pasos. Cada uno de nosotros podría pensar cual es el que tiene que dar, no me da vergüenza, prefiero no contar, que hiciste ayer, no nada, ¿me da vergüenza decir que fui a misa, rece, fui a misionar, fui a un retiro? No sé lo que fuera, compartir hasta ahí, después veremos cuál es el paso que el otro está preparado para recibir y según el ámbito no será lo mismo y obviamente que hay lugares donde uno no se puede exponer tanto, pero lo que hace Jesús es que los discípulos compartan, fíjense, y seguramente tuvieron muchos sentimientos que diariamente nosotros tenemos. ¿Por qué hablo solamente Pedro? Y porque seguramente alguno diría “huy está bien lo que voy a decir” cuando la pregunta era personal o tal vez les dio vergüenza y ahí el que se animo fue Pedro “Tu eres el Mesías” y ahí recibió esa felicitación de Jesús y creo que es lo mismo para nosotros, animarnos en ponerlo en palabras, animarnos a tomarnos tiempo, podríamos pensar cada uno de nosotros ¿Cuál es el pasito que puedo dar en el tiempo con Jesús? Como puedo rezar un poquito más, como puedo tomarme un poquito más de tiempo intimo con Él en la oración, en la eucaristía, en lo que fuese y no digo grandes cosas, tal vez empezar el día o cuando voy en el tren o en el colectivo rezo un Ave María lo pongo en manos de Jesús, no digo una decena o un rosario, un Ave María poniendo en manos de María este día o lo que fuese, voy confiando en Él, voy poniendo mi vida en Él, voy pasando tiempo. Y poder estudiar teología hacer la licenciatura que si no paso tiempo en esa intimidad con Jesús nunca voy a entender quién es, nunca lo voy a comprender. La verdad de Jesús no la revelan los libros, la revela el encuentro y la fe se hace palabra y se profundiza totalmente en la teología, pero no se puede quitar el encuentro con Jesús en la fe es el piso indispensable para que yo crezca, para que yo vaya cada día conociéndolo más. Después bienvenido sea estudiar todo lo que quiera, conocerlo más también desde ese lugar, pero el conocimiento intimo no lo quita nadie y eso es lo que nos pide Jesús y a partir de ahí podes ser esa piedra donde otros también crezcan en la fe.

Fíjense, a Pedro que es el único que se animó a contestarle le dice “Tu eres Pedro, tu eres piedra y sobre ti voy a edificar mi Iglesia” y uno diría que piedra debe si va a ser un ser humano y todos tenemos la experiencia de lo que Pedro hasta en algunos momentos flaqueo y la respuesta de Pedro hasta no es total porque vamos a ver cómo le cuesta entender lo que es ser Mesías el domingo que viene, pero es sincera, es lo que él descubre en ese momento, eso es lo que necesita Jesús, la va a profundizar muchísimo, y será pastor de la Iglesia, pero en ese momento le dio la respuesta del corazón, esto es lo que me pasa, y a partir de ahí muchos se fueron ensamblando en esa construcción de la cual Pedro es piedra. Y esto lo pide para cada uno de nosotros si nos animamos a vivir y a compartir la fe, sobre nosotros otros van teniendo fe. Acá hay muchos que coordinan, hay muchos que van a coordinar ahora que acaban de hacer la convivencia, bueno van a tener que compartir a Jesús y eso es lo lindo, desde la fe comparto lo que tengo, comparto eso que hice experiencia, me animo a hablar de Jesús. Y esto como les digo en primer lugar lo hacemos acá de a poquito irlo trasladándolo a la vida, porque es la manera de que otro crezca en la fe, porque es la manera de que otro conozca a Jesús, porque es la manera de que en el otro se haga carne este Jesús. Y esta es la doble invitación, por un lado ¿Cómo me voy a alimentando de Jesús? ¿En que espacios y en qué lugares lo voy conociendo cada día más, voy creciendo en esa intimidad? En segundo, a partir que lo voy conociendo ¿Cómo comparto la fe con los demás? A ver lo han hecho un montón los que están acá, supongo que los que son papás han educado a sus hijos en la fe, muchos han coordinado, han misionado, han hecho un montón de cosas, bueno es seguir eso, animarnos  a abrir el circulo, a expandirlo un poquito más. Y hay veces en donde nos es un poquito más arduo, esa es la invitación de Jesús, pero para eso en cada momento tengo que responder esta pregunta y seguramente si a Pedro se la hacíamos en otro momento iba a responder otra cosa, más profunda, mucho más profunda de Jesús. Y nosotros podemos ir haciendo lo mismo siempre en la medida que nos animemos a seguir alimentándonos de Él.

Les hago una invitación, anímense, esta semana, por un lado a responder esta pregunta con Jesús, a mirar en el corazón esto que compartieron con los demás. Y algo de misión, anímense a preguntarle a alguien quien es Jesús para ellos, pero alguien que cueste un poquito no el que me sale más fácil, anímense en esta semana a que sea bueno como vivís la fe, quien es Jesús para vos, a pensar en alguien y preguntarle, que esa pregunta le haga un poquito de ruido en el corazón, que esa pregunta genere algo en ellos, genere por lo menos el preguntarse, en ponerse en camino.

Pidámosle a Jesús, al Mesías, al hijo de Dios, a aquel que hizo de Pedro una piedra, aquel que sobre Pedro edifico su Iglesia, que también nosotros seamos parte de esa construcción y que también  sobre nosotros otros puedan cimentar su fe.

Lecturas
Is 22,19-23
Sal 137,1-2a.2bc-3.6.8bc
Ro 11,33-36
Mt 16,13-20


viernes, 22 de agosto de 2014

Homilía: “Mujer, qué grande es tu fe” – XX domingo durante el año

En la película alemana, “La Ola” que alguna vez hablamos, trata de como hoy se puede dar ciertos fanatismos aun entre los más jóvenes. Comienza con un profesor, Rainer Wenger, que le avisan al comienzo  del año que va a tener que llevar a delante el seminario de autocracias, es decir, de gobiernos totalitarios, dictaduras. Él se queja bastante porque es más socialista y no es lo que más le gusta pero tiene que darlo igual, es su trabajo. Entonces hay una imagen en la cual está frente al aula hablando con los alumnos, empieza hablar de lo que fue todo el movimiento nazi y comienza un dialogo con los alumnos, similar a esto: los alumnos empiezan a decirle la Alemania nazi fue una porquería hasta yo lo sé, exacto malditos nazis dice otros de los chicos. Y otro chico dice ya paso, no va a volver a pasar. El profesor les pregunta ¿y todos los neo nazis que hay? Mira nosotros no podemos echarnos la culpa por lo que hicieron otros  y que no hicimos nosotros, el profesor le dice no es culpa sino que es parte nuestra historia y cierta responsabilidad tenemos todos. Otro de los alumnos dice yo soy turco, como diciendo yo no tengo nada que ver con esto, y ya como cansado otro, de los alumnos dice hablamos de otra cosa como el gobierno de Bush, como poner como ejemplo. Y el profesor dice no esperen, hemos llegado a un punto interesante, ¿Ustedes creen que no se puede volver a dar una dictadura como esa?, y los alumnos le contesta, no de ninguna manera somos mucho más inteligentes ahora.
Me quiero centra un poquito en esto último, es verdad que tenemos mucho más conocimiento de las cosas ahora de lo que se tenía antes, la globalización, la comunicación el que la información llegue más rápido hace que uno tenga más conocimientos. Es más los últimos estudios dicen que los chicos acceden a la inteligencia mucho más rápido por las motivaciones, después podríamos discutir otras cosas. Pero eso ha hecho que como mundo, como sociedad, como familia estemos más unidos, nos queramos más los unos a los a otros. Ese saber más ha influido en que nos acerquemos, en que formemos vínculos más sólidos.
Uno mira el mundo y sigue viendo en los últimos años, aun hoy, discriminaciones muy fuertes, asesinatos por etnias en distintos países, en distintos lugares, casi como que va rotando uno podría decir a mí nunca me va a tocar y quien esta exento de algo así. El mismo papa pidiéndonos, los últimos tiempos, que recemos muy fuerte por cosas que van pasando, por intolerancias religiosas y por intolerancias étnicas. Pero no tenemos que irnos tan lejos, podríamos pensar en nuestro país cuando todavía no ha terminado de sanar ciertas heridas de una época muy dura, muy difícil, casi nefasta de nuestra historia. Y hoy en día, también podemos preguntarnos no es tan fácil, en nuestros colegios no pasa nada, no se discrimina, no se son intolerantes muchas veces con chicos nuevos o diferentes o distintos. Todo el tema del bullying que cada día crece más y que tenemos que descubrir a como acercarnos intentar integrar. Como uno desde chiquitos le tiene que enseñar a los chicos, casi naturalmente a integren a los demás, a que compartan. Y creo que la experiencia en nuestro país también, donde muchos han trabajado para que en vez de ver, al que está al lado mío como un hermano, lo veamos como un enemigo y cada vez nos distanciemos más, nos peleemos más, los vínculos se rompan. Creo que aun hoy en día vemos muchos signos de enemistades, de intolerancia, de discriminación.
Y creo que el principal problema es tener que tener una apertura de corazón. Uno puede romper con esos esquemas cuando uno aprende a querer más. Hace poco se me acerco una persona, un joven, muy lastimado por la discriminación que sentía en lo que le hacían y yo hablando con él me preguntaba cómo podía dolerle menos y yo le decía mira no hay una forma fácil de aprender esto, lamentablemente no es tan simple y todos tenemos la experiencia de lo que duele cuando a uno lo dejan de lado, lo discriminan, lo atacan. Pero si quieres también mira un poquito al otro lado, y mira a esa persona que es intolerante, que te carga, que te joroba, y no estamos hablando de pavadas, y casi que se entienda tenele lástima, porque habla de la pobreza de su corazón. Habla de un corazón pequeño, de un corazón que no se siente querido, de un corazón que no se siente amado, por su historia, por su vida, por lo que sea. Porque el amor es lo que incluye. Cuando yo aprendo amar lo que menos quiero es lastimar al otro, lo que menos quiero es agredir al otro, y cuando yo agredo, en general, habla de algo esta pasando en mi vida, hay una herida que no esta cerrada, hay algo que ocurre y que yo no puedo sanar. Y es por eso que continuamente tenemos que hacer un aprendizaje, un aprendizaje que es aprender a amar y aprender a incluir a los otros y esto es constante no es que cuando somos pequeños nos tienen que enseñar eso, casi que cada uno de nosotros podría mirar que es lo que  a mi me toca hoy, donde soy intolerante, donde no quiero incluir a los demás, a quien es al que miro mal.
El evangelio de hoy va justamente a esto, y tal vez una representación de lo que decía antes de lo que como mundo nos cuesta, que es romper divisiones, que es romper límites, que es aprender a incluir. Este evangelio de Jesús que cuando uno lo escuche por primera vez casi como que hace ruido, la posición que toma Jesús a uno lo pone casi como nerviosos, como diciendo  como Jesús no reacciona más rápido frente a lo que está pasando. Para recordar, esta mujer que grita incesantemente  para que Jesús cure a su hija, es una mujer pagana, cananea, Jesús acaba de salir de territorio judío. Y los apóstoles hacen como a veces les pasa a los papás que los vieron cuando los chicos inciten e inciten y entonces uno dice no sé si tienen razón pero aunque sea por cansancio hacemos lo que vos quieras, bueno los apóstoles le dicen eso, mira nos cansa con sus gritos, sácanosla de encima, hace el milagro pero Jesús dice yo no vine para eso, vine para las ovejas perdidas del pueblo de Israel, mi misión son los judíos. Pero esta mujer se acerca  se postra frente a Jesús, le pide que lo socorre y Jesús insiste no está bien darle el pan de los hijos a los cachorros, a los perros, y la mujer le dice hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa. Es impresionante, es la única vez en el evangelio donde le van  a ganar con los argumentos a Jesús y es una mujer. Búsquenlo, denlo vuelta va a ser la única vez. Ahí Jesús dice, que grande es tu fe.
Esto nos trae un problema a nosotros, porque nos hace ruido el evangelio. Entonces a lo largo de la historia buscamos cómo salir por la tangente, cómo podemos zafar de este evangelio de Jesús. Entonces se dice, “no, bueno, lo que pasa es que Jesús le quería enseñar a esta mujer. ¿Enseñar qué? Es una buena pregunta. ¿Jesús no conoce los corazones? Esto decimos siempre. Además el evangelio no dice qué le quería enseñar.
Lo que pasa es que en este evangelio Jesús está aprendiendo, está aprendiendo algo nuevo y eso nos hace un montón de ruido. ¿Cómo puede Jesús aprender? Porque no sé por qué nos han enseñado así, pero nos han enseñado que Jesús sabía siempre todo. Perdonando la expresión, como que Jesús se estaba amamantando de María y que tenía conocimiento de absolutamente todo lo que le iba a pasar en su vida. Que no tenía que aprender nada. Sin embargo eso es una herejía porque va en contra de la encarnación. La encarnación justamente habla de que se encarna Jesús, se limita, elige un límite, elige un cuerpo. Elige un cuerpo que va a estar en un lugar nada más, en Israel, no va a  estar en todos los lugares del mundo. Elige un cuerpo en el que no puede estar en otras personas. Elige signos con algunos nada más, hay otros a los que nunca los conoció ni los vio. Y no solo tiene límites su cuerpo, sino también su mente, es un hombre. Y cuando uno piensa, uno piensa que Jesús nació y les dijo a María y José, salió de la panza y dijo, hasta acá llegaron no tienen que ser papá y mamá
no me tienen que enseñar nada. O no se imaginan un Jesús que aprendió, que aprendió a caminar, un Jesús al que le fueron enseñando de su religión, que aprendió el oficio de carpintero mundo. ¿No aprendió un montón  de cosas Jesús? ¿Y cuál es el problema? ¿Acaso es negativo aprender? ¿Tenemos que saberlo todo? ¿No demuestra la grandeza de un corazón que va creciendo cuando uno aprende? Y esto es lo que hace Jesús. Y esto es lo que hace en este evangelio, una mujer le enseña a Jesús. ¿Por qué le enseña? Porque Jesús tenía claro cuando empieza su misión que la misión de él es para los judíos. Es lo que nos dice acá “yo vine para las ovejas pérdidas de Israel, no vine para las otras”. Sin embargo cuando empieza a escuchar la fe de esta mujer Jesús  se abre a un mundo nuevo que es el mundo pagano. Y lo hace muy rápido, por lo menos por experiencia propia a mí crecer y aprender me cuesta bastante, y tardo bastante y soy cabeza dura.
Jesús muestra una rapidez en la que en cuanto lo ve se abre a eso, bueno ahora toca el territorio pagano, y “¡qué grande que es tu fe!“ , hasta se admira de lo que está pasando y no solo termina acá, va a ir a Tiro, va a ir a Sidón va a hacer milagros, va a multiplicar los panes va a mostrar que el don de Dios es para todos y aun en eso nos enseña a nosotros, todos tenemos que aprender , todos tenemos que ir agrandando cada día más el corazón e incluir más a los demás, ese es el camino, esa es la invitación que nos hace a cada uno de nosotros, porque nosotros somos hijos de esta mujer, somos todos paganos, salvo que alguno tenga en sus genes raíces judías, no lo sé, somos todos provenientes del paganismo, somos todos provenientes de este camino que abre Jesús a través de esta mujer que le pide que el don de Dios sea para todos, y que Jesús comienza a hacerlo, y que después van a seguir los apóstoles que aprendieron de Jesús y después nos tocará seguir a nosotros en cada uno de nuestros lugares y Jesús muestra como siempre hay algo nuevo que supera lo anterior, y por eso nos pide que la misericordia supere los sacrificios nos pide que la persona esté siempre por encima de la ley, nos pide que la fe supere toda de división, raza, ideología totalitarismo y ese es el camino. Y cuesta aprender eso, siempre cuesta. Ver eso siempre cuesta. Es más fácil quedarme en mi seguridad de lo que sé que abrirnos a lo nuevo. Pero Jesús me invita a eso. Anímense a dar un paso más, miren dónde estamos discriminando dónde somos intolerantes, dónde no formamos puentes, dónde no nos encontramos con los demás.
 Creo que vivimos un tiempo difícil donde no todos, pero, muchos tienden a derribar puentes. Jesús dice que la fe es por definición inclusiva, tengo que incluir a los demás. Si no me voy quedando, es el camino, es casi la exigencia que nos pide Jesús. Cómo irnos integrando los unos a los otros como ir dando pasos. Y esto es difícil, el aprendizaje no se hace sin sudor, sin lágrimas sin costarnos muchas cosas. Sin muchas veces ser rechazados, pero es así el camino que nos pide que nos miren mal porque nos juntamos con tal que nadie nos mira, porque ayudamos a uno que lo dejan solo y tenemos miedo de pasar vergüenza, y si no pasamos vergüenza frente a Jesús que nos pide que seamos ese signo, ahí en ese momento. Si no nos pasa como en la primera lectura porque el aliento que empieza a hacer Jesús ya  nos lo dice Isaías. Isaías nos dice que el don de dios es para todos los hombres, para todos pueblos, pero se quedó en palabras, el pueblo no lo aprendió, el pueblo de Israel no aprendió que eso era para todos. Y nosotros también nos podemos quedar en palabras  porque muchas veces decimos “no, no hay que discriminar, no, hay que trabajar por la unidad, no son todos buenos, pero no resiste el test de la experiencia, después en la vida diaria, después nosotros no lo vivimos. Por eso tenemos que pedirle a Jesús que nos ayude a dar ese paso, que nos ayude a trabajar en la unidad, la fe tiene que derribar fronteras. Y no solo le paso eso al pueblo de Israel, nos pasó muchas veces como Iglesia, nos pasa muchas veces como comunidad, nos pasa también como familia, nos pasa como sociedad. El camino de Jesús va a ser siempre el otro, cómo aprender también nosotros a incluir a los demás y que nuestra ve nos lleve a eso. Creo que en esta semana podemos pedirle a maría ya que es Nuestra señora de la Unidad que trabaja por la unidad de todos, que nos regale un corazón  así, que nos regale un corazón que sepa llegar al otro, que mire al otro siempre como un hermano, que a través de la fe sepa descubrir que es un hijo y una hija de dios y que tengo mucho más que me une de lo que me separa. Pero para eso tengo que pedirle que la fe me regale ojos nuevos, una manera nueva de mirar una manera nueva de acercarme a los demás. Pidámosle a María que seguramente acompañó a los apóstoles para que también vivieran esto, cuando ellos tuvieron que aprender esto esa primera gran misión a los paganos. Que también nosotros por medio de ella podamos seguir este camino y a través de la fe llegar a todos.
Lecturas
Is 56,1.6-7
Sal 66,2-3.5.6.8
Ro 11,13-15.29-32

Mt 15,21-28

viernes, 8 de agosto de 2014

Homilía: “Jesús se compadeció” – XVIII domingo durante el año


Hay una frase del Dalai Lama que dice: “Si quieres que los demás sean felices, compadécete de ellos. Si quieres ser feliz, practica la compasión.” Pone el ser compasivo como camino para alcanzar la felicidad que todos deseamos y buscamos. Lo que pasa es que este valor, esta virtud que es la compasión y que pone de manifiesto Jesús en el evangelio, muchas veces ha sido minusvalorada. Casi que la compasión en algunos ambientes es tenerle lástima al otro, es decirle “pobrecito” al que está en aquel lugar. Sin embargo, la compasión en su sentido verdadero tiene un significado mucho más profundo: el poder estar en el lugar del otro, el poder sufrir con el otro, el poder tocar el corazón del otro y también el de uno mismo. Eso me permite salir muchas veces de mí mismo, me permite romper mi egoísmo, me permite romper mis propias barreras que no me dejan encontrarme y acercarme. Es por eso que todos los signos de Jesús en este evangelio comienzan diciendo: “tuvo compasión”; es decir: pudo descubrir lo que pasaba en el corazón del que estaba delante de Él. No empezó a plantear teorías o pensamientos (que lo alejarían del otro) sino que pudo ver la necesidad del corazón del que estaba en frente y pudo sufrir con él. Por eso sanó a los enfermos, por eso dio de comer a aquellos que lo necesitaban; por eso con esos cinco panes y esos dos pescados comieron hasta saciarse.
Los problemas empiezan cuando Jesús les pide a los discípulos que tengan esa misma compasión. Les dice, “denles de comer ustedes mismos”, y esto los angustia: tenemos cinco panes y dos pescados, no podemos hacer nada. ¿Qué es lo que yo puedo hacer desde mi lugar? En vez de darles de comer, como dice Jesús, ellos piensan: mandalos a sus casas, hasta acá llegamos. Se abruman, “¿Qué es lo que voy a poder hacer yo frente a estos cinco mil hombres, sus mujeres y niños?”
Muchas veces nosotros pasamos por la misma sensación que los discípulos. ¿Cuántas veces pensamos que lo que nosotros podemos hacer es poco y nada? Desde lo sencillo, desde cuando alguien nos pide algo en una esquina; tendemos a pensar, no en lo que me pide el niño que están en la calle, sino, ¿qué es lo que yo puedo cambiar de la situación de este chico?, o ¿qué es lo que yo puedo cambiar de la situación del país? Cuando alguien se nos presenta y prácticamente nos vuelca encima su vida, con todas sus angustias, pensamos ¿qué es lo que puede hacer por el otro?, y la respuesta que nos surge es: “yo no puedo hacer nada”, en vez de empezar a valorar el estar ahí, el poder escuchar. Nos preguntamos, ¿qué es lo que puedo hacer yo por mi país desde mi lugar? Me angustio y siento que no puedo hacer nada, que es demasiado el cambio que tiene que haber. Creo que muchas veces tenemos, de diferentes maneras, la misma tentación que los discípulos: yo no puedo hacer nada, entonces me saco esto de encima; con mi propia vida, limitada, me quedo estático porque me paralizo frente a la necesidad del otro. No obstante, cuando Jesús se hace presente, Él los tranquiliza y les dice: Yo soy el que va a poner el signo, Yo soy el que voy a hacer el gesto, ustedes repartan, ustedes den de esto que yo les doy. Ahí es cuando todo de alguna manera se hace mucho más grande. Esta es muchas veces la experiencia que tenemos cuando dejamos de lado nuestros propios miedos y dejamos que Jesús actúe.
Voy a poner algunos ejemplos de lo que me pasó esta semana. Como ustedes saben, acabo de llegar de misionar; estuve en Misiones estos últimos diez días. La primera experiencia cuando vamos a misionar es que todo nos desborda, que nosotros no nos podemos hacer cargo de una situación. En general vamos a lugares mucho más pobres del lugar en el que estamos nosotros, vemos la necesidad social que hay, necesidad de educación, necesidad de alimentos, necesidad afectiva, gente abandonada, y a uno le surge: ¿qué es lo que yo puedo hacer? Esa es la primera tentación que uno tiene: yo vine acá, pero en realidad todo me desborda.
Más allá de eso, cuando van transcurriendo los días, uno empieza a descubrir cuando pone a Jesús en el medio, cómo hay un montón de gestos que multiplican, cómo hay un montón de signos que van más allá. A mí me habían pedido que vaya a una casa porque había una chica que estaba con muchos problemas que no quería hablar con nadie y necesitaban que alguien hable con ella. Entonces, el último día antes de venirme para acá, voy a visitarla, y creo que fue la casa más rápida de todas. Llegué y le dije a la dueña de casa: “Hola, vengo a ver a tu hija, que le pediste a los misioneros que la pase a visitar…”, y me dice: “No, Padre, quédese tranquilo, ya no es necesario.” “¿Cómo que no es necesario?”, le digo yo. Entonces me empieza a hablar del encuentro de jóvenes que nosotros habíamos hecho. A éste se habían acercado alrededor de setenta jóvenes, una de las chicas había dado un testimonio de su familia y después habían hecho grupos de a cuatro; y me dice, “¿vio que había un grupito en el que lloraban mucho? Era el grupo de mi hija, estaba contando su historia por primera vez.” En un espacio donde uno piensa que no se hace nada fuera de lo común, un encuentro de jóvenes, una chica pudo abrir el corazón por primera vez, pudo contar su vida. Después salió, volvió a ir a la escuela cuando hace días no quería ir, empezó a estar mucho mejor. Entonces uno se pregunta, ¿qué es lo que hice? No hice mucho. En realidad, armamos una dinámica, hicimos grupitos, pero a una chica le cambió la vida.
¿Por qué? Porque pusimos a Jesús ahí en el centro. Jesús nos llevó, y lo que nos dijo es: pongan esos cinco panes y dos pescados y no se preocupen. Lo importante no es qué era lo que había que hacer; lo importante es ponerse en el lugar, escuchar al otro, compartir. Como éste podemos poner un montón de ejemplos de la misión, donde un montón de estos gestos se iban multiplicando, donde estos gestos cada vez se hacían más fuertes, donde los chicos sentían que todo los desbordaba. Yo pensaba, cuando leía el evangelio, ¿cuál habrá sido el pensamiento de los discípulos cuando al principio dijeron “mandalos a sus casa” y al final vieron doce canastas llenas de alimentos? Seguramente se vieron desbordaros, no entienden qué es lo que está pasando. Porque para entenderlo tengo que compadecerme, tengo que vivir este sentimiento, tengo que no asustarme ni querer sacarme el problema de encima. Tengo que estar con el otro, animarme, y desde mi lugar, hacer lo pequeño que yo puedo hacer, que no es solamente dar de aquello que parece comprado. Esto es lo que dice Isaías en la primera lectura, ¿por qué compran cosas o se alimentan de cosas que no valen la pena? “Vengan conmigo”, dice Dios. Tomen y coman sin pagar vino y leche de madre. ¿De qué cosas nos alimentamos? ¿Nos alimentamos de la Palabra de Dios? Porque nuestra sensación es que no podemos solucionar económica, social o afectivamente la vida del otro. Pero cuando nos dejamos alimentar de esa Palabra de Dios, hay un montón de cosas en las cuales podemos acompañar y estar, en las cuales podemos escuchar, acompañar, ponernos al servicio, ser solidarios, compartir la vida. Tendremos que ver la situación, y fijarnos cómo podemos estar con el otro desde ese lugar. Esa es la clave, no sacarme el problema de encima, sino el estar y compartir. En el ejemplo que yo les ponía, ¿qué es lo que hace posible el gesto en la misión? Que estamos ahí diez días. Las cosas y los días van pasando y uno va viendo un montón de gestos y de signos, y cómo la gente se quiere aferrar a eso. No les llevamos ropa, no les llevamos comida, no es que les solucionamos la situación social,  pero la gente les pedía a los chicos: “Por favor, quédense. Estén con nosotros.” Eso es lo que pide Jesús, que estemos presentes en la vida de los demás, que acompañemos. A veces en el silencio, a veces en el dolor, a veces sufriendo, pero estando ahí. Todos tenemos la experiencia, aún en los momentos más difíciles que hemos pasado en la vida, de la presencia de alguien a nuestro lado como un sostén, un signo de Dios para nosotros.
Pidámosle a este Jesús que es el que hace los milagros, a este Jesús que con muy poco nos da mucho, que nosotros nos demos cuenta que el que trabaja es Él, que nosotros nos animemos a ser ese signo, ese gesto que está presente, para que de esa manera, Jesús haga posible ese milagro.

Lecturas:
*Isa 55,1-3
*Sal 144
*Rom 8,35.37-39

*Mt 14,13-21