viernes, 24 de octubre de 2014

Homilía: “El problema es que creyeron que la viña era de ellos” – XXVII domingo durante el año

Hoy les voy a pedir un poco de ayuda. Necesito que se animen a pasar un matrimonio, un par de amigos, y dos familiares.
Les voy a hacer una pregunta muy simple: ¿Qué valores consideran ustedes importantes para vivir el matrimonio, para vivir como amigos, para vivir como familia? ¿Cuáles les parecen los pilares importantes para crecer en esos vínculos?
Matrimonio: “Creemos que los valores son el amor, la confianza.”
Familiares (madre e hijo): “A nosotros nos parece importante en la familia el respeto y la paciencia.”
Amigas: “Nosotras pensamos en la comunicación, el compartir tiempo para conocerse, el respeto, el cariño; el amor sobre todo.”
Ellos eligieron en estos vínculos, algunos valores que son importantes para poder crecer. Creo que en la teoría todos los sabemos; todos sabemos qué es bueno. En la familia, el respeto el diálogo, la comprensión, la paciencia, saber perdonarse; para crecer como matrimonio, el amor, la confianza, el saber consensuar, cómo a veces hay que animarse a ceder y eso también es parte del amor, el respetarse y perdonarse; en la amistad, que quizás es la que más necesitamos dedicarle un tiempo especial porque no estamos en la misma casa, en ese tiempo animarnos a abrir el corazón, charlar, ser transparente. Es decir, uno tiene más o menos claro cuáles son las necesidades dentro de los vínculos.
 Ahora, eso no implica que después en la práctica no sean complicados de vivir, difíciles de vivir. Todos tenemos la experiencia de lo que cuesta mantener una familia unida, estar de buen humor, entendernos los unos a los otros, comprendernos. Todos tenemos la experiencia de lo difícil que es el crecimiento como matrimonio, la maduración, la permanencia en los años, el poder vivir el uno con el otro acompañándose día a día. Lo mismo en la amistad, si pensamos en cuando éramos más chicos nos damos cuenta de que las amistades han ido cambiando por diversas razones; por lejanía, a veces porque cambiaron las maneras de vivir, las concepciones, los valores que cada uno teníamos. Eso también podemos aplicarlo al noviazgo, y a cada uno de nuestros vínculos. Uno sabe lo que tiene que hacer pero después la práctica lo hace más complejo. No es tan fácil poner en práctica aquello que uno sabe. Por eso los marcos se van corriendo un poco. Es decir, pensamos que la familia tendría que ser así, pero lo vamos estirando un poquito para poder consensuar, para perdonarnos, para reconciliarnos. Lo mismo en una amistad, lo mismo en cada uno de los vínculos. Y a veces se hace muy complejo, a veces se hace muy difícil. Y como decíamos antes, a veces por eso se rompen; se rompen las familias, se rompen los matrimonios, se rompen los noviazgos, se rompe una amistad.
¿Por qué? Porque muchas veces no podemos vivir en estos valores. No logramos vivir en ese amor que habíamos pensado, o hacemos algo que está mal, lastimamos al otro, lo herimos. Eso hace que sea complejo el crecimiento. Es mucho más fácil crear el vínculo que después mantenerlo en el tiempo, que permanecer. Porque la permanencia implica el valor, la confianza y la fuerza de saber que uno tiene que poner el corazón ahí. Por eso es continuo ese trabajo que tenemos que hacer. Tenemos que estar concentrados en eso, no nos podemos dormir, no podemos decir: “ya llegué”. Porque rápidamente nos lo recuerdan, o la vida nos lo recuerda, y nos invita a tener que volver a dar un paso.
Esto que sucede a todos en nuestro camino con Jesús. Si a nosotros nos preguntasen qué es lo que nos parece importante en cuánto a la fe, diríamos: es importante la oración, el amar a Dios, el ser generoso, el ser solidario, el permanecer. Sin embargo, empieza a suceder lo mismo. Sabemos con los años lo que cuesta permanecer en Jesús, lo que cuesta mantener una constancia en la oración, lo que nos cuesta ser generosos, ser solidarios, cómo muchas veces nos empezamos a poner egocéntricos, nos olvidamos de los demás, no lo entendemos a Jesús y nos olvidamos de Él, nos cuesta abandonarnos. Esto hace que también muchas veces en la práctica se vuelva difícil nuestro camino de fe. Sin embargo, Dios siempre nos sigue buscando, y muchas veces también los otros nos siguen reclamando para poder crecer en esos vínculos. Pero para crecer tenemos que volver a mirar hacia delante. Ese es en general el problema. Generalmente queremos vivir de lo anterior, como de rentas; es verdad que lo anterior me da los cimientos, es lo que me da el piso. Pero para poder crecer yo tengo que mirar hacia el futuro y qué es lo que hoy decido que va alimentar mi futuro, qué es lo que yo voy a dar en mi matrimonio, qué es lo que voy a dar en mi amistad, qué es lo que voy a dar en esta vocación, qué es lo que voy a dar en este ser hermano, en esta familia. Día a día tengo que ir poniendo el corazón. Esa es la invitación de Jesús. Él nos invita a que como familia, iglesia doméstica, la familia de cada uno, y también la familia de Dios, pongamos el corazón y miremos de qué manera queremos caminar.
Para seguir caminando existen unos marcos. Así como les dije que vivimos en ciertos marcos, y que a veces los estiramos, lo que no podemos es borrarlos. Ninguno va a decir: en la amistad vale todo, en la familia vale todo, o en un matrimonio vale todo; o en la fe vale todo. Es claro que hay una forma y una manera de vivir ahí. Cuando eso se estira mucho se rompe, necesariamente se rompe. Dejamos de vivir en aquella confianza a la que se nos había invitado. Esto es lo que sucede en el evangelio de hoy. Jesús invita, invita, invita; invita a la conversión, va haciendo un camino con ellos, hasta que llega al extremo. Llega un punto en el que hay que tomar decisiones; llega un punto en el que las posibilidades y el discernimiento se terminan; tengo que elegir. Si yo quiero mantener este vínculo tengo que cambiar, y tengo que elegir ese camino al que se me invita.
Hace dos semanas escuchamos que Jesús decía: “los últimos serán los primeros”, y cómo eso hacía ruido. ¡Qué difícil es querer hacerse último! Qué difícil es esperar al otro, caminar con el otro, tener paciencia. La semana pasada escuchamos que Jesús les recriminaba diciendo: las prostitutas y los republicanos van a entrar antes que ustedes, los hombres religiosos, al Reino de los Cielos; movilizándolos, cacheteándolos, para que quieran reaccionar. Pero se ve que no reaccionan porque en este evangelio que es el último de esta trilogía, Jesús ya les dice: hasta acá llegamos. Pone este ejemplo: había un hombre que tenía una viña (la viña es la imagen del Reino de Dios en la Biblia), que fue enviando gente (claramente los profetas), para que le anuncien al pueblo, y los rechazaron, los mataron, los apedrearon, hasta que por último envió a su hijo, y también lo mataron. Entonces, ¿qué va a pasar con ese Pueblo? Hasta acá llegó, dice, se le va a quitar la viña y se le va a dar a otro. El Reino de Dios va a ser para otros. ¿Por qué? Porque no vivieron de la manera a la que se los invitaba; no cuidaron el Reino de Dios como Él.
¿Cuál es el problema grave? Ellos creyeron que esa viña era de ellos. Terminan diciendo: “apropiémonos de la viña”; pero la viña no es de ellos. Las reglas, la forma de vivir, no las ponían ellos ahí. El dueño define la forma de vivir, y por eso el dueño se la quitó. El riesgo siempre es a apropiarnos de las cosas. Como hemos hablado estas últimas semanas, la fe es un don, es un regalo, y como regalo, se me invita a vivir en ese regalo de Jesús, no a apropiármelo, no a creer que es mío, que yo pongo las reglas, sino a dejarme cotejar y escuchar. Y hay una continua conversión pastoral, conversión en la fe.
Lamentablemente, a lo largo de la historia, este texto siempre se usó de manera apologética. ¿Qué significa esto? Para defender la fe. Entonces decían: la viña se le quitó al pueblo de Israel y se le dio a la Iglesia, y ahora nosotros somos los dueños. Pero que yo sepa no habla de la Iglesia, sino de la viña. Habla de los que se apropiaron. Lo que dice es que es el Reino de Dios, y que la forma de vivir en ese Reino la decide Dios, y nos la transmite por medio de los evangelios. La tentación nuestra muchas veces es la misma, me vuelvo a apropiar de esto y yo empiezo a poner las reglas. Uno cuando piensa en una viña piensa en algo abierto, adonde se puede entrar, se puede estar; pero la imagen va cambiando, empezamos a levantar paredes, poner vigilantes, cerramos las puertas, hay que saber ocho claves, que contestar los ocho escalones de preguntas; hay que hacer un montón de cosas para entrar.
Lo que tendría que ser de libre acceso para que todos podamos gozar de esa alegría de estar con Dios empieza a dificultarse. Lo que era: “salgan a buscar a los caminos”, termina siendo, “metámonos adentro y protejámosla”. Pero Jesús no quiere eso; en la primera lectura dice: esa viña que ustedes hicieron así no da fruto. La voy a tirar abajo y voy a hacer una nueva. El riesgo nuestro es el mismo. El Reino es de Dios; no es del pueblo de Israel, que se creían los elegidos, no es de la Iglesia, que a veces se creen los elegidos, sino que es de Dios, es su Reino. Y el riesgo es siempre el mismo, que un día nos digan: bueno, que la usen otros, que vivan según su corazón. Por eso la invitación es a vivir según el corazón de Dios, como se vive en una familia, como intentamos vivir en familia. Con muchos de los valores, respeto, fe, oración, confianza, generosidad, aguantarnos, soportarnos, reconciliándonos, yendo a buscar al otro. Esa es la invitación de Jesús, esa es la invitación constante. A que volvamos a descubrir ese Reino de Dios y a que lo pongamos en práctica. Que descubramos que Él nos invita como don y como regalo. Pero ese don, ese regalo, es para todos. El problema es cuando nos creemos elegidos y creemos que por nuestro mérito es nuestro. Es regalo de Jesús y es un regalo para todos.
Lo que tendríamos que vivir es la felicidad y la alegría de poder compartirlo. Cuando uno, más allá de las razones que tenga, puede vivir como una familia unida, uno está feliz. Cuando uno se pelea en familia, por más de que a veces haya dolores e injusticias muy grandes, uno no está nunca contento. Puede tener razones, puede pasar lo que quieran, pero cuando mi hermano no está conmigo, cuando mi padre o madre no puede vivir conmigo, un hijo, o lo que fuera, uno está triste por eso, uno nunca puede vivir eso con alegría. Por eso, este Dios que tiene un amor mucho más incondicional, busca siempre los caminos para acercarse al otro, busca siempre los caminos para vivir ese amor, para que podamos hacer experiencia de Dios. Uno escucha muchas veces, (si bien no se pueden medir por el éxito las cosas, porque no es un parámetro evangélico), que a veces la gente se queja: “este mundo secular”, “este mundo que no escucha a Dios”, “este mundo descristianizado”, “estas capillas que están vacías”, o la pregunta: “¿por qué la gente no viene?”. Pero la pregunta no es esa. Primero deberíamos preguntarnos, ¿qué transmitimos? Segundo, ¿los fuimos a buscar?, ¿les dimos un lugar?, ¿los comprendimos?, ¿los entendimos?, ¿les dimos una posibilidad? Porque eso es lo que hizo Jesús, fue, los buscó, se puso a su altura, se abajó, y cuando se pudo encontrar con ellos los atrajo. Porque siempre confiaba en la conversión, siempre confiaba en las personas.
Dios también confía y cree en nosotros para hacer este camino, para que como familia, como comunidad, podamos transmitir ese amor de Dios. Para que podamos ser una familia abierta en la que todos puedan vivir la alegría de encontrarse con Jesús. Sintámonos llamados a pertenecer a esta comunidad, a cuidar esta viña de Jesús y a hacerle un lugar a todos.
Pidámosle entonces en este día descubrir este amor incondicional.

Lecturas:
*Isa 5,1-7
*Sal 79,9.12.13-14.15-16.19-20
*Fil 4,6-9
*Mt 21,33-43

viernes, 10 de octubre de 2014

Homilía: “¿Cuál de los dos cumplió con la voluntad del Padre?” – XXVI domingo durante el año


Recuerdo cuando era chico, que como yo soy el mayor de los nietos de ambos lados, mis abuelos o mis tíos me hacían muchos regalos. Pero lo peor que me podía pasar era que un día vinieran, me trajeran un regalo, y me dijeran: “Es para compartir.” Entonces, yo tenía que luchar contra mí mismo en el corazón. Me daban algo, estaban el resto de mis hermanitos, o mis primos, y había que ver cuán mezquino era mi corazón en ese caso, ¿no? ‘¿Cuánto le tengo que dar?’ Es claro que me habían hecho un regalo, eso era mío, pero tenía que compartirlo con los otros. Entonces empezaba a mirar cuántos caramelos tenía, y me costaba abrir el corazón y descubrir que ese regalo que me habían hecho era algo que me habían dado gratuitamente, y que podía ser feliz si lo compartía con los demás. No es que haya madurado totalmente en eso, y todavía tengo algunos resabios en mi vida actual, pero cada uno de nosotros podría mirar: ¿qué de esas cosas que aún me caen como regalo me cuesta compartir? Tal vez podríamos mirar los armarios de nuestras casas para ver qué cosas guardamos en los cajones.
Tenemos un corazón en el que nos cuesta mucho entender lo gratuito. Nos cuesta mucho entrar en la dinámica del don. El pensar: esto es un don, es un regalo, es algo que se te dio. Y automáticamente tendemos a romper la dinámica, a abortarla. Un ejemplo es cuando viene alguien y les dice: tomá, te traigo un regalo por esto… y uno dice: “No, no. No tenías.” Claro que no tenías, sino deja de ser regalo. Si tiene que traerte algo entramos en algún tipo de transacción, pero no en la dinámica del regalo. Por eso nos cuesta mucho. Nos genera algo raro en el corazón; cuesta aceptar que venga de manera gratuita. Cuesta entenderlo. Cuesta aceptar desde el regalo, o un gesto de cariño, de amor, que se me ha dado como don. Lo primero que entonces empiezo a pensar es: ¿qué hago después? ¿Cómo se lo devuelvo? Y si me hizo, un buen regalo: “Uh, cuando llegue su cumpleaños le voy a tener que hacer un buen regalo.” Entramos de nuevo en eso de cómo devolver aquello que se nos dio. Pero si yo tengo que devolver lo que se me dio como regalo, deja de ser regalo. Desde el otro lugar pasa lo mismo. Si yo le hago un regalo a otro solamente esperando que el otro me lo devuelva, y si no me le voy a quejar, entonces no le di un regalo. Inventémosle otro nombre, pero no es un regalo. El regalo entra en la dinámica del don.
 Esto es algo que día a día la misma vida nos va pidiendo que volvamos a vivir. Esto que es tan simple de explicar con un regalo, pasa también con la dinámica del amor. La dinámica del amor es: yo te doy amor porque quiero. El amor es gratuito por definición. Si lo tengo que pagar hay un problema muy grave en lo que está pasando. Pero sin embargo, muchas veces genera en mí una reciprocidad. Ahora, la reciprocidad está muy bien siempre y cuando me llame a amar; quiero devolver el amor con amor, lo quiero dar, no lo quiero guardar, no lo quiero poseer. Tengo que entender que no es para poseerlo sino para darlo. La propia dinámica del amor es expansiva, se abre a los demás. Pero en general esto también nos cuesta, vamos como midiendo en función de lo que hizo el otro. Se hace como si fuera un laberinto de ir viendo cómo voy ampliando mi corazón. Me cuesta vivir esa dinámica del amor gratuito. Pero el don, como les decía, es gratuito por definición. Yo tengo que aprender a dar.
Para no dejarlos sin película este domingo, en la primera imagen de Cadena de Favores está Chris Chandler en la puerta de una casa, viendo que hay un montón de policías que están por atrapar un ladrón. Él habla con la policía, se distrae, sale el ladrón con un auto y le choca su auto. Él empieza a enojarse, y sale un hombre anciano y le tira las llaves de su Jaguar, y le dice: -tomá, para vos-. -¿Cómo para mí? ¿Cuál es la trampa? ¿Vos estás loco?- No puede entender cómo se le da algo así de gratuito. Pero el anciano le contesta: hazlo por otro. -Pero, pará, pará, ¿de dónde salió esto?- Entonces empieza a rastrear toda esta cadena, que comienza con Trevor haciendo un ensayo para el colegio. “Yo hago algo por tres personas para que eso se multiplique, para que eso se dé.” ¿Cómo? Gratuito, es un don. Llama a la reciprocidad, a que eso se expanda.
Ésta es también la dinámica propia de la fe. Desde chiquitos nos enseñan que la fe es un don. Pero entenderla así nos cuesta. Primero, porque la tenemos que aceptar. ¿Cómo la fe es un don si yo tengo que aceptarla, hacerla crecer? Es como un regalo. A mí me dan un regalo y yo lo puedo abrir, o lo puedo dejar en un cajón, puedo decir “no me interesa, de vos no quiero nada”. Por eso es un don. No es algo mío, me lo tienen que dar. Eso me lo regaló Jesús. Jesús me regala la fe. Ahora eso no significa que no implique todo un camino, un proceso, un trabajo, donde yo lo tengo que hacer crecer. Pero siempre la fe entra dentro de la dinámica del don. Sigue siendo un regalo, algo que se me dio, y no me lo puedo apropiar. No puedo decir: es mío. Porque ahí es cuando empiezan los problemas. Eso está en consonancia con lo que hablábamos la semana pasada. Tiendo a apropiarme, tiendo a poner límites, tiendo a decir: “hasta acá”, “esto no”, “esta imagen de Dios no”. Empiezo a poner los límites; me apropio del don de la fe, y soy yo el que empiezo a decidir. Así comienzan los problemas.
Esto mismo es lo que sucede en el evangelio. Podemos ver dos actitudes en la parábola. Jesús dice que hay un hombre que tenía dos hijos. Al primero le dice: “ve a trabajar a mi viña”, éste le dice que no, y sin embargo, termina yendo. El segundo dice: -sí, sí, voy a ir-; pero al final no va. La pregunta de Jesús es muy clara, “¿cuál de los dos cumplió la voluntad del Padre?”. Y ellos le contestan: el primero, es claro. Eso es lo que le preocupa a Jesús, quién cumple la voluntad del Padre, quién va y lo hace. No todo lo que está en el medio. Dice que frente a esto hubo dos actitudes totalmente contrarias, totalmente opuestas; y con un signo claro de provocación, Jesús aclara qué es lo que les está diciendo: las prostitutas y los publicanos entran antes que ustedes al Reino de los Cielos. Les está echando en cara a los que creen que ya se apropiaron del don: yo decido quién entra y quién no, quién está adentro y quién está afuera. Jesús les dice: ustedes están totalmente afuera. Y están adentro los que ustedes creen que no están adentro. Se los está diciendo a hombres de mucha fe. No hombres que no tenían fe. Podríamos pensar qué tipo de fe tenían o de qué manera trabajaban la fe.
Nosotros tenemos un inconveniente con esto. Nos hemos acostumbrado tanto a escuchar esto que no nos hace ruido en el corazón. Pero era lo peor que les podían decir. Imagínense de cuáles personas ustedes dirían: “no pueden entrar en el cielo”, y de esos está hablando Jesús. Este que vos decís que no, este por esta situación de vida, por esto o por lo otro; ese va al Reino de los Cielos y vos no. Eso es lo que está diciendo. Por eso les hace un montón de ruido.
El primer problema que tenemos es que acá faltan dos actitudes (supongo que se dieron cuenta). La primera es el que dice, “no voy” y no va. No hay mucho que discutir. Supongo que ninguno la quiere vivir. La segunda, que es la que nos gustaría que nos dijera Jesús, es el que dice que sí y que va. Pero el problema es que en esta parábola hay una sola persona que vive eso: Jesús. El único que siempre le dice que sí al Padre y va es Jesús. A nosotros no nos queda otra que entrar dentro de los otros dos grupos. Por eso nos empieza a hacer un montón de ruido. ¿Qué es lo que nos tenemos que dar cuenta? Que vamos caminando intentando crecer en esto. Descubriendo que es un don, que es un regalo, que muchas veces no puedo, pero que intento abrir el corazón.
En el fondo Pablo lo dice a su comunidad de Filipo: ‘tengan un mismo corazón, un mismo sentimiento. No hagan las cosas por su propio interés. Háganlo por los demás. Fíjense cuál es el problema que tiene el otro y preocúpense.’ En palabras del fin de semana pasado sería: “los últimos serán los primeros”. ¿Cómo nos ponemos en el último lugar para incluir a todos? No que seamos nosotros los que decimos: hasta acá entran. Sino cómo llego hasta el último para que todos entren. Cuando no lo hacemos Jesús nos dice: ¿por qué te molesta que yo sea bueno? ¿Por qué te molesta que yo deje entrar a las prostitutas, a los publicanos? Tengan ese corazón que va y busca al otro. Porque ese es el sentimiento de Jesús, porque esto es lo que nos cuesta. Lo que podemos hacer es mirar en el corazón a ver de qué cosas nos quejamos.
Voy a poner un ejemplo bien claro de algo que me pasó hace unos días. Se me acercaron una cantidad de personas desilusionadas, enojadas, por ciertas personas que visitan al Papa. La verdad que no entiendo nada. ¿Somos nosotros los que le tenemos que decir al Papa a quién tiene que visitar y a quién no; a quien le tiene que abrir la puerta y a quien no? A Jesús le pasaba lo mismo. Le decían: vos con estos no te tenés que juntar. Nosotros nos estamos poniendo en ese papel. Le decimos al Papa que no sabe nada y que le tenemos que enseñar con quién se tiene que juntar. Bueno, acá tenemos una respuesta clarísima. ¿Por qué? Porque nos falta tener ese corazón que incluye a los demás. Ahora, la respuesta es fácil. Seguramente el Papa es mucho más bueno que nosotros. Entendió esta parábola; entendió que toda persona tiene posibilidad de conversión.
Cuando yo me empiezo a quejar, a dejarlo afuera, me dejo yo afuera. Porque no busqué la manera de incluir a mi hermano y a mi hermana. No descubrí  que la fe no es de mi propiedad sino que es un regalo y es un don. Y es para compartir. El que elije quién está y quién no está en ese Reino no soy yo, es Jesús. No puedo cerrar la puerta, porque me la cierro a mí. Cuando quiero cerrar la puerta, el que me estoy quedando afuera soy yo. Es muy simple. Entonces tengo que tener esa humildad, que es lo que pide Pablo en la segunda lectura, de vivir la alegría de que estamos todos. Esto fue lo que hizo Jesús, esto es lo que dice Pablo en la segunda lectura. El que era de condición divina, no se quedó con eso; se abajó, se hizo esclavo, se humilló, hasta dar la vida. ¿Por qué? Para estar debajo de todos e incluirlos. ¿Por qué hizo esto? Porque eso es lo que lo hacía feliz. Poder ayudar a que todos estuvieran incluidos lo hacía feliz. Ese es el sentimiento que nos pide a nosotros, ayudar a que todos estén incluidos, tener ese mismo sentimiento. Intentar vivir ese amor incondicional, ese amor del que se alegra por lo que vive el hermano.
Tal vez para que sea un poquito más claro, a los que son papás quizás les pasa que tienen un hijo que está en cualquiera. Rezan, pidiendo que cambie, que cambie, que cambie, y un día se acerca y les dice que quiere vivir distinto. Esperemos que si pasa eso, uno diga: ¡Qué bueno! Y no me estoy fijando en todo lo anterior, sino que este hijo vino, que este hijo cambió. No estoy viendo los méritos que hizo para que yo le abra la puerta o no, sino que me alegro. Por el contrario, me pasa muchas veces cuando algunas personas vienen y me dicen: mi hijo/mi amigo/mi mujer, después de muchos años se acercó de nuevo a la Iglesia. Uno se alegra. ¿Por qué? Porque esa persona que era de su familia, que estaba lejos, que tuvo que buscar muchísimo en su vida, se acercó. El corazón de Jesús es el que nos pide que eso lo hagamos por todos. Jesús quiere que así como me alegro por el que está cercano a mí, esto también lo entienda en la dinámica de la fe. Todos los bautizados son mi familia; y más allá de los bautizados son mi familia. Me tengo que preocupar por todos, y tengo que buscar los caminos de abajarme, de hacerme el último para que queden incluidos. Esa es la alegría. Eso es lo que le podemos pedir hoy a Jesús. Tener un corazón que lo sabe incluir, tener un corazón que se sabe abrir. Que rompe, que no dice hasta donde tiene que vivir el amor, porque eso no es amor verdadero; sino que quiere vivir ese amor que es incondicional.
Pidámosle a Jesús, aquél que nos mostró el camino, que podamos vivir con ese mismo sentimiento y amor para integrar a todos.




Lecturas:
*Eze 181,25-28
*Sal 24,4bc-5.6-7.8-9
*Fil 2,1-11
*Mt 21,28-32


lunes, 29 de septiembre de 2014

Homilía: “¿¨Por qué te molesta que yo sea bueno?” – XXV domingo durante el año

Hace poco salió una película que se llama Divergente. La historia comienza después de una gran guerra, por la cual deciden que cuando los jóvenes lleguen a los dieciséis años se los va a poner dentro de una facción, eligiendo cuál será su futuro. Según las aptitudes que tengan, se define qué es lo que tienen que seguir. Entonces hay distintas facciones: osadía, erudición, abnegación, verdad, etc. Los jóvenes llegan a los dieciséis, se les hace una serie de tests, y según su personalidad se les dice: vos sos de esta facción. Entonces,  el resto de su vida tienen que vivir y actuar de esa forma. ¿Cuál es el problema? Aparece una chica, Beatrice Prior, que cuando le hacen el test, no sacan conclusiones claras de a qué facción tiene que ir; parece como que podría ir a tres. Entonces la que le toma el test le dice: Andate, decí que sos de una, porque si se dan cuenta de que pasó esto, no te pueden controlar; y si no te pueden controlar, la cosa va a terminar mal. A ese tipo de personas que querían buscar cuál era su vocación, qué era lo que querían, adónde tenían que ir, los llamaban “divergentes”, y eran una tentación para los demás. Había que eliminarlos.
Lo central es que, ¿qué es lo que se busca ahí? Que todo esté ordenado, que todo sea simple y que ya se sepa qué es lo que se tiene que hacer. ¿Qué es lo que se busca? Matar el deseo que tenemos en el corazón y que nos pone en búsqueda. Porque el deseo es lo que nos moviliza. “Hacia ahí quiero ir.” Ahora, esta forma de controlar que vemos en la película, es evidente, pero hay formas mucho más sutiles. Vivimos en un mundo que tiende a destruir las búsquedas del corazón. Lo hace de dos maneras diferentes. En primer lugar, todo lo tenemos que tener ya; como si fuera un McDonald’s permanente; todo tengo que conseguirlo rápido. Entonces no importa la edad que uno tenga, no importa las etapas que haya que quemar, quiero todo ya. No puedo esperar, no tengo tiempo para esto, como si la vida se acabara muy rápido. Esto que me gusta me lo tengo que comprar ya, o me lo tienen que conseguir ya, o me lo tienen que dar ya. No puedo esperar esa satisfacción que tiene la búsqueda, y el cómo conseguirlo.
Lo mismo se da en los vínculos. Cuando entran en crisis, algo normal entre nosotros, nos angustiamos, nos desesperamos. No podemos estar en crisis porque el vínculo lo tengo que tener ya y lo tengo que tener bien. No puedo ponerme en búsqueda, tener paciencia; no soporto tener que esperar. Es por eso que buscamos todo ya; y si no se da ya, pasa lo contrario. Porque la sociedad no soporta las búsquedas que nos lleven tiempo, que tengamos que esperar, que sean arduas, que tengamos que ir sembrando, que tengamos que tener paciencia, no valen la pena; el mundo dice: abortémoslas, dejémoslas. No vale la pena luchar tanto por esto, no vale la pena perder tanto tiempo en esto. Dejémoslo y dediquémonos a otra cosa. Entonces, ambos extremos terminan haciéndonos abortar las búsquedas del corazón.
El problema es que cuando yo pierdo la búsqueda que hay en mi corazón, empiezo a perder aquello que me moviliza, aquello que me alegra la vida, aquello que me hace feliz. Empiezo a tener que andar con piloto automático. ¿Qué es lo que tengo que hacer hoy? Si no sé hacia dónde tengo que caminar, qué tengo que buscar. En cualquier edad. No sólo cuando uno es joven y es evidente que tiene que buscar, sino en cada edad. En cada edad tengo que pensar qué es lo que me moviliza, en qué quiero crecer, cuál es el paso que quiero dar, qué vínculo quiero mejorar. Cuando esto no se da y empezamos a funcionar con piloto automático, es como que algo se empieza a apagar en mi corazón. Ahí es cuando los días se empiezan a hacer rutinarios, se empiezan a hacer más largos, se empiezan a hacer pesados. “Uh, hoy tengo que ir al colegio.”, “¡Otra vez tengo que ir al colegio!”, “tengo que ir a la facultad”, “tengo que trabajar”, todo es “tengo”, “tengo”, “tengo”, y cada vez tengo menos ganas, todo se me hace más pesado, me pone de mal humor, me irrita, me enojo con todos.
¿Por qué? Porque no sé qué me moviliza. Todo es una carga y no sé qué es lo que quiero hacer; no sé qué sentido tiene esto. No sé qué sentido tiene este trabajo, no sé qué sentido tiene este estudio. ¿Por qué? Porque perdí de vista lo que buscaba, perdí mi horizonte. Perdí hacia dónde caminaba. Esto es lo que hoy me toca hacer y no encuentro el sentido, no entiendo por qué lo tengo que hacer. Por eso la vida es una búsqueda permanente, y deberíamos descubrir ese llamado en el corazón.
Ese llamado que escuchamos que Isaías hace al pueblo en la primera lectura. “Busquen al Señor”. Esto que debe darse en nuestra vida, es central en nuestra vida de fe. Continuamente hay un llamado de: “Busquen al Señor.” ¿Quién de nosotros puede decir “ya lo termine de encontrar”, “ya maduré completamente en la fe”, “ya soy un cristiano pleno, auténtico, y no tengo que seguir buscando al Señor, no tengo que seguir dando pasos en mi corazón, descubriendo cuál es el llamado que me hace.”? El problema es que para eso tengo que tener un corazón abierto y eso genera una especie de tensión en mi corazón. La búsqueda siempre genera una tensión. Estoy en camino pero todavía no llegué. Eso es la búsqueda. Lo que en teología se llama: “ya, pero todavía no”, todavía no se da. Tengo que ir hacia ahí.
En la fe esto también nos cuesta, por eso llega un momento en el que nos acomodamos. “Bueno, a mí este tipo de vivir la fe me gusta. Soy cura, estoy acá en la Catedral, hago estas cosas… me cierra, listo, hasta acá llego, me acomodo acá, me paro en este lugarcito y desde acá más o menos la cosa zafa. Yo creo que apruebo, con un cuatro aunque sea Dios me va aprobar.” Y dejo de buscar. No sigo buscando; no me pregunto cómo puedo crecer en la oración, cuál es el paso en el corazón que Dios me pide, en qué vínculo o en qué virtud puedo crecer. Voy dejando de buscar a Dios. Pero no sólo me acomodo yo, sino que muchas veces acomodo a Dios: “Dios es así”, casi como si yo lo pudiera contener a Dios, como diciendo, Dios es de este forma y de esta manera, porque me queda más cómodo. Porque si yo descubro un Dios que es todopoderoso, que es omnipotente, que es más grande de lo que yo soy, siempre se me pone en búsqueda, siempre tengo que continuar caminando, siempre tengo que dar pasos, y nunca termino de llegar. Esa es la vida del discípulo. Jesús le dice a Pedro: ve detrás de mí, camina. Somos caminantes en la fe, y esa es la invitación de Jesús, pero esto cuesta.
Cada tanto aparece un evangelio que rompe los esquemas y que nos dice que tenemos que seguir buscando porque esa imagen de Dios no es tan cerrada. Eso es lo que pasa en el evangelio de hoy. Escuchamos un texto que dice lo más anticultural que podemos escuchar hoy: “Los últimos serán los primeros.” Luchen por ser últimos. Y uno dice, no quiero luchar por esto, esto no es lo que yo busco, no es lo que yo quiero. Vivimos en un mundo donde se nos invita únicamente a ser primeros. Pareciera que es lo único que vale. Es por eso que Jesús pone este ejemplo. Empieza diciendo que hay un propietario que tiene una viña; va a buscar jornaleros, y los trae para su viña. Al mediodía vuelve a salir, y vuelve a encontrar jornaleros y dice: ‘bueno, ¿ustedes no consiguieron trabajo? Vengan a mi viña.’ Llegando a la media tarde, vuelve a salir y encuentra otros desocupados, y también les dice, ‘vengan a mi viña a trabajar’.
Hasta ahí nada nuevo; Jesús nos muestra esa bondad de Dios que siempre llama, que siempre busca. Hasta que aparecen los problemas. El dueño llama al mayordomo y le dice que empiece a pagarle a todos; pero comenzando por los últimos. Y ahí es cuando nos empezamos a preguntar, ¿por qué por los últimos? Son los que acaban de llegar. Pero no sólo le dice que comience por los últimos sino que les pague a todos lo mismo. Empezando por los últimos empieza a darles a todos un denario. Esto lleva a una crisis; aparecen dos polos: los últimos, que obviamente no dijeron nada, se fueron felices de la vida con lo que había pasado, y los primeros, que llegan y se quejan. ¿Cómo puede pasar esto? Es injusto. Yo trabajé todo el día y se me dio lo mismo que al otro. Imagínense que nos pase a nosotros. Imagínense que nosotros trabajamos todo el día y nos pagan lo mismo. Es más, esto es tan difícil de entender, que como hace ruido, a lo largo de la historia, la Iglesia intentó acomodarlo un poquito para hacerlo más fácil. Entonces,  decía: “un denario es lo que se necesita un día para trabajar…” No, no es así. Es que hace ruido. El evangelio muchas veces hace ruido en mi corazón. Y Jesús les reprocha tres cosas: en primer lugar, ¿acaso yo fui injusto contigo? ¿O no te pagué lo que te había prometido? Lo segundo, ¿por qué yo no puedo poseer y administrar mis bienes según me parece? Y por último, lo más duro, ¿por qué tomas a mal que yo sea bueno?
Frente a eso hay una gran pregunta, ¿qué es lo que está pasando? Jesús vuelve a decir, “los últimos serán los primeros”. Lo primero que nos pasa es que es muy raro que nosotros peleemos por ser últimos en algo; siempre queremos ser primeros en todo. Eso es lo que se nos pide siempre. Pero para ser primero tengo que competir con los demás, no hay otra forma. Y el evangelio es lo absolutamente contrario a competir con los demás. Yo me tengo que preocupar por el otro, me tengo que preocupar por el que está al lado mío y tengo que caminar con él. Para poner un ejemplo de esto y de cómo nos cuesta no ser primeros, hace poco tuvimos un mundial de fútbol, y uno escucha mentes obtusas (perdonen la expresión, me hago cargo de lo que digo), que dicen: “salir segundo no sirve”. ¿Dónde no sirve? Replantéenselo si piensan así. Porque ese modo de pensar no es solamente para el fútbol, se traduce a todo. Después nos preguntamos por qué los hijos son tan exigentes consigo mismos, por qué los adultos no se perdonan una. Y, porque esto se transmite. Exigimos tanto que no vale otra cosa que ser primero, que lo demás se desecha. Esto pasa en el fútbol, en la vida, en la fe. Lo peor es que para hacer ese camino me tengo que olvidar de los demás, porque tengo que ver al que está al lado mío, a mi hermano, a mi compañero, como un rival. Eso es lo que no quiere Jesús. Por eso el mundo en esto es tan contrario a lo que Jesús me pide: sean últimos, caminen con los demás, preocúpense por los demás. Hay que ir más lento, obviamente. Hay que alegrarse por lo que me tocó, y por la suerte que tuve, y por salir segundos; sí, hay que alegrarse, y hay que disfrutarlo. Esa es la invitación de Jesús.
Para poner otro ejemplo, dentro de dos semanas es la Peregrinación a Luján. Y a veces pasa que cuando uno pregunta, ¿cómo te fue?, las respuestas son: “Llegué a los dos de la mañana”, “llegué dos y media” (cuando era a la noche), como si fuera una carrera, a ver quién llega primero. ¡Hagan una maratón si quieren llegar primeros! En cambio hay otros que dicen, “llegué a las 6. Estuvo re linda porque caminé con otros, rezamos, charlamos, conocí gente”. Esa es la idea de la peregrinación; no ver quién tarda menos, no ver quién gana. Es caminar con el otro. Son dos modelos contrarios de la fe: me preocupo por mí mismo y por llegar, o camino con el otro. Y ¡vaya si camino más lento!, y ¡vaya si va a costar un poco! Pero esa es la invitación que me hace Jesús. Otros llegarán primeros, pero yo llegué con ellos. Ahora, si yo llego primero, o creo que llego donde está Jesús, Jesús me va a decir: “Te olvidaste de tu hermano, eh. Volvé. No es tiempo de esto. Tenés que caminar con los otros, tenés que ir con los otros.” Y esto nos cuesta, esto es difícil.
Cuando Jesús pone estas imágenes nos hacen ruido en el corazón. Porque dice, ¿por qué tomas a mal que yo sea bueno? No nos cierra este modo. Obviamente, ningún economista escribió esto ¿no?, porque no cierra en ningún lado. O con el perdón, queremos encasillarlo, y aparece la parábola del hijo pródigo y nos identificamos con el hijo mayor. ¿Cómo Dios puede perdonar de esa manera? Queremos buscar cómo encasillarlo, cómo decir: esto se cierra así. Nos cuesta. Nos es más fácil cuando Jesús habla del perdón, de la generosidad, de una manera más abstracta. Cuando la vemos concreta, cuesta un montón. ¿Por qué? Porque lo que les pasa a los fariseos en esta lectura es que ellos se merecen ser los primeros, porque hicieron el mérito, cumplieron con lo que Dios les decía. Ese es el problema. Pero Jesús les dice: acá no se cumple, acá se vive. Uno se tiene que alegrar por el hermano que tiene al lado. Me hace acordar a las familias; yo no sé cómo hacen los padres, porque cualquier cosa que hacen con uno de los hijos, el otro mira. “¿Por qué lo tratás así a  él?” “Le diste a mi hermano tal cosa.” Pareciera que siempre nos quejamos, nunca estamos conformes. Entonces hay que estar haciendo malabares, si le traigo una cosa a uno le tengo que traer también a los otros. Si hago tal cosa la tengo que hacer con todos, tengo que tener cuidado. Dios dice que tenemos que caminar juntos, pero para eso en muchas cosas tenemos que hacernos los últimos.
Por último, quiero poner un ejemplo de lo que está pasando ahora. Está por comenzar el Sínodo de la Familia – el Papa nos ha pedido que recemos por esto. La Iglesia quiere mirar un poco las realidades familiares y ver cómo se puede acompañar de una mejor manera. Y es llamativo que ya han empezado a aparecer voces muy conservadoras que dicen: “que no pase esto”, “que no pase lo otro”, a ver, ¿qué es lo que pasa? ¿Pasó algo ya? ¿La Iglesia dijo “Vamos a dar este paso”? ¿Cuál es el miedo? ¿Cuál es el problema? ¿Ya de antemano nos quejamos? Porque yo no sé qué va a pasar, no me corresponde a mí, no estoy ni cerca de estar en un sínodo así. Pero tendrán que pensarlo y ver. En todo caso quejate después. Pero el miedo nos llama a quejarnos de antemano. ¿Cuál es el problema? ¿Que se reflexione algo y que haya que cambiar? ¿Que Jesús nos tenga que decir, “mirá que los últimos serán los primeros”? ¿Cuál es el problema? ¿Yo me creía primero en esto? ¿El problema es que Jesús les dice a los que yo creía que eran últimos que ellos van a entrar primero? ¿Ese es nuestro miedo? Y tenemos que tener cuidado porque si nos ponemos en esa postura obtusa, cerrada, conservadora, Jesús nos va a decir: ‘¿Por qué te molesta que yo sea bueno?’ Eso es lo que hace ruido en el evangelio, que nos molesta que Jesús sea bueno con los demás. ¿Por qué? Porque muchas veces me creo mejor. Y cuando me creo mejor que los demás, empecé a caminar primero, dejé de caminar último.
Ahora, puedo vivir la alegría de que como último Jesús me viene a buscar, de que como último Jesús siempre me llama, de que como me cuesta, Jesús está conmigo, y me dice: “Vení. Caminá. Los últimos serán los primeros.” Vino, se encarnó, se hizo hombre, dio la vida. Fue el último para ser el primero. Es el primero que resucita, para llevarnos a todos. Esa es la invitación, que tengamos un corazón abierto que busca a Dios. ¿Por qué? Porque si no pecamos de omnipotencia. A veces escucho que algunas personas dicen, “tengo que defender a Dios”. ¿Dios necesita mi defensa? Pobrecito de Dios si necesita que yo lo defienda. Yo pensé que Dios era omnipotente, que no necesitaba que nosotros lo defendiéramos. “Yo tengo que defender a Dios, a mi Iglesia.” Se basta solo Dios, quédense tranquilos, dio la vida. Lo que me dice es que lo busque, que escuche, que camine con el otro, que abra el corazón; esa es la invitación.
Pidámosle a Jesús que abriendo nuestro corazón a Él, que caminando con Él, podamos también caminar con los demás, para así caminando juntos, últimos, lleguemos primeros al Reino de Dios.

Lecturas:
*Isa 55,6-9
*Sal 144
*Fil 1,20c-24.27a)
*Mt 20,1-16

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Homilía: “Como a Pedro, Jesús nos pregunta: ‘¿Me amas?’” – Exaltación de la Cruz

Hoy estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Cruz. Entonces, en este momento como hacemos siempre después de la homilía, vamos a apagar las luces y vamos a prender solamente la luz que ilumina la cruz. Queremos en esta noche dejarnos hablar por Jesús desde la cruz; queremos rezar un rato junto a Él, haciendo algún momento de silencio, cantándole para darle gracias por la vida que dio por nosotros.
Años después de la muerte de Jesús, cuenta la historia que Pedro se iba de Jerusalén, huía, cuando se le apareció Jesús volviendo hacia Jerusalén. Pedro le preguntó a Jesús qué hacía, y Él respondió: “Vuelvo a Jerusalén para dar la vida.” Ahí Pedro comprendió que tenía que dar la vida, que también tenía que morir en la cruz.
Jesús también nos va pidiendo a nosotros cosas que tenemos que ofrecer, cosas que tenemos que entregar, cosas que tenemos que dar.
Dejémonos traspasar por la mirada de Jesús, y ofrezcámosle nuestras vidas.


[Silencio]

[Canción: “Las Siete Palabras”]


Después de la resurrección, Jesús se reunió con sus apóstoles frente al lago. Hoy Jesús resucitado se reúne con nosotros porque quiere hacernos comunidad, porque quiere renovarnos en la fe, porque quiere hacernos testigos. Como hizo con Pedro, la única pregunta que nos hace es si lo amamos, si lo queremos. Pedro le contestó desde el corazón: “Señor, Tú lo sabes todo. Sabes que te quiero.” Jesús lo sabe todo, sabe cuánto amamos, sabe cuánto deseamos darnos. Animémonos nosotros a contestar como Pedro la pregunta que le hace Jesús. 


[Silencio]

[Canción: “Cara a Cara”]


Lecturas:
*Núm 21,4b-9
*Sal 77,1-2.34-35.36-37.38
*Fil 2,6-11

*Jn 3,13-17

Homilía: “Si tu hermano peca, corrígelo en privado” – XXIII domingo durante el año

En la última versión de la película de Robin Hood, con Russel Crow, llega un momento en que Robin y William Marshal, el antiguo canciller, se dan cuenta de que hay toda una conspiración para invadir Inglaterra desde Francia; Godfrey acaba de traicionar al Rey Juan y se está viniendo todo el ejército francés a invadir Inglaterra. Entonces Marshal va a contarle a la Reina Leonor lo que está ocurriendo; ella, desde que murió Ricardo y asumió Juan, tiene una mala relación con Juan, no le gusta el camino que ha ido tomando, y sabe que no va a escuchar lo que le diga. Entonces, habla con la mujer de Juan, Isabel, una francesa, y le cuenta lo que tiene que decirle. Al oír lo que estaba pasando, que su mejor amigo lo había traicionado y lo venía a invadir, le dice: “No a mí no me va a escuchar.” Entonces Leonor le dice: “A vos te ama, a vos te va a escuchar. Y si algún día quieres ser reina, esta es tu última oportunidad, sino no habrá reino que puedas reinar.” Entonces, Isabel va, le empieza a contar todo a Juan, que se enfurece, no sabe si creerle o no, e Isabel termina diciéndole: “Si no me crees, si crees que miento, si no crees que esto lo hago por amor aun teniendo que decirte lo que te duela, acá tienes este cuchillo, puedes matarme, termina ahora.” Bueno, Juan le cree a Isabel, y la película sigue.
¿Por qué Leonor le pide a Isabel que hable con Juan? Porque sabe que él está enamorado, y por eso tiene la certeza de que le va a prestar atención, aun con aquello que no quiere o que le cuesta escuchar. Juan puede escucharlo de aquella persona que le tocó el corazón, de aquella persona con la que siente una deuda de amor en el corazón. A nosotros nos pasa lo mismo, aunque quizás a otro nivel;  en general escuchamos a las personas que queremos. Si voy por la calle, y alguna persona desconocida me dice: “Vos sos una mala persona”, me quedará dando vuelta un rato en la cabeza y nada más. Pero si mi mamá me dice eso, me va a afectar mucho más. Que una persona que quiero mucho me diga las cosas en las que tengo que corregir algo, me toca mucho más profundo el corazón. Uno se siente amado y sabe que el otro, por más que le cueste pasar un montón de barreras, lo hace por su bien.
De eso nos habla Pablo en la segunda lectura: que la única deuda entre ustedes sea en el amor. Si hay algo que se tienen que deber los unos a los otros, que sea justamente cuánto se quieren, cuánto se aman. Esto es complejo, porque en general cuando utilizamos la palabra “deuda”, en lo que menos pensamos es en el amor. Pensamos que debemos plata, una cosa u otra; pero la certeza más grande que podemos tener en el corazón de que estamos creciendo, es que nos sentimos hasta desbordados por el amor del otro. Seguramente alguna vez hemos experimentado que el otro como que nos ama demasiado, que el amor del otro nos desborda, que no podemos amar como el otro nos ama. No sólo en los noviazgos o matrimonios, sino también en una amistad, en un vínculo padre-hijo, en una relación de hermanos. Esto a veces nos angustia, nos da vértigo. ¿Por qué el otro me quiere tanto? ¿Por qué el otro me ama tanto? A veces, en vez de querer crecer en ese amor, para amar de la misma manera, terminamos tomando distancia. Me quiero ir, quiero escapar de esto. Me siento tan abrumado por eso amor que la primera reacción es: tengo que alejarme. Sin embargo, ese no es el camino. La Madre Teresa, “santasa” si las hay, decía: “el amor se paga con amor”. La única forma que tengo de devolver, de pagar el amor que me dieron, es amando. Si yo me siento desbordado por el amor del otro, lo que tengo que hacer es pedirle a Dios que me ayude a amar mejor, que aumente mi amor en cantidad y calidad, que yo pueda abrir mi corazón en vez de ponerle límites.
Hoy nos enseñan que yo tengo que medir hasta donde amo; no me tengo que entregar tanto, no tengo que amar tanto. Entonces me voy poniendo límites. Y cuando alguien me da un amor muy desinteresado se nota, porque me cuesta un montón. Pero la reacción que tendría que ser más natural es: quiero amar más, quiero amar como Jesús ama, quiero abrir el corazón, quiero amar de una manera nueva, quiero descubrir que yo también puedo amar así. ¿Por qué? Porque eso me hace feliz, porque la experiencia más grande que puedo tener es cuando me siento querido y amado. Esa es la experiencia de crecer en comunidad. Eso es lo que nos dice Pablo: si ustedes quieren crecer en comunidad, empiecen amarse cada vez más. Que otro sienta esa experiencia en el corazón, y quiera devolverla, y quiera pagarla, que sienta esa deuda. ¿Para qué? Para que también se convierta, para que también cambie.
A veces, cuando pasa algo, uno piensa, ¿cómo puedo castigar al otro? Y si lo pensamos bien, creo que la mejor manera es amarlo, amarlo más. Y el otro en algún momento va a sentir que alguien le toca el corazón de una manera diferente. Si quieren el mejor ejemplo es Jesús. Cuánto más se empiezan distanciar todos de Él, hace el más grande acto de amor: dar la vida. No dice: ustedes no se lo merecen. Se sigue entregando para que su amor quede manifiesto, y para que todos lo puedan ver. Por eso nos invita día a día, en comunidad, en familia, en sociedad, a crecer en ese amor.
Esto que venimos hablando se pone de manifiesto de una manera especial en el evangelio, porque esto que nos pide Jesús, corregirnos, solo se puede hacer en el amor. Yo no puedo corregir si no estoy amando al otro. Si quiero corregir sólo porque estoy enojado, o porque quiero dar una lección, eso no sirve para nada. Solamente lo estoy queriendo corregir porque tengo autoridad y quiero ejercerla. De esa manera tampoco sirve. La corrección del evangelio es la corrección del que ama, y por eso quiere lo mejor para el otro. Sin embargo, este camino que Jesús enseña es tan complicado y difícil hoy, que casi que lo vivimos al revés.
Creo que esto es tan central que lo que tendríamos que hacer es agarrar estas tres reglas que nos dio Jesús, y pegarlas en el lugar de la casa al que más vamos. Si se la pasan yendo a la heladera, peguenlo en la heladera; si están todo el día con el celular, pónganlo en el celular; si se tiran todo el día en la cama porque están con fiaca, péguenselo en el techo. Elijan el lugar, y empiecen a intentar grabarlo. Este es el camino que nos muestra Jesús para crecer. Cuando tu hermano peca (cuando hizo algo que está mal, no cuando hizo algo que a mí no me gusta, o cuando hizo algo que a mí no me cae bien), si hay una ruptura en su relación con Dios y con los demás, corrígelo en privado. Eso es lo primero que tenemos que hacer.
Sin embargo, creo que hoy el último que se entera de que hizo algo mal es mi hermano; casi que se entera el resto del mundo antes que mi hermano. Nos cuesta un montón ir a él y seguir este camino evangélico; empezamos a decírselo a los demás, y en el fondo no estamos viviendo lo que nos pide Pablo, amarnos. Cuando se lo digo a los demás, lo que menos estoy haciendo es queriendo a mi hermano; porque no me acerqué a él, porque lo hice para sacarme un peso de encima, porque lo hice porque quiero que el otro quede mal ante los demás aunque sea inconscientemente. Porque quiero que todos se enteren y lo miren de otra manera. Cada uno podrá pensar y hacer su examen de conciencia, pero esto muchas veces es puesto totalmente al revés. Jesús nos dice: primero tenés que ir a tu hermano porque eso es lo que sana, eso es amarlo. “Te doy una oportunidad.” Y porque lo que quiero, en amor, no es sacarme un peso de encima, no es sacarme mi enojo, o lo que me molesta, sino poder tratarnos como hermanos. Voy y te corrijo, voy y te doy esa posibilidad de que cambies y de que nadie más se entere, de que esto quede entre nosotros, como verdaderos hermanos.
Recién ahí, cuando me animé a ir a mi hermano y a tomar ese camino, tengo la posibilidad, si mi hermano no me escucha, de ir a dos más. Jesús dice, agarrá dos, contales, pero no para decirles: “mirá lo que pasó”, sino para con ellos ir a hablar con tu hermano. Esto tampoco lo hacemos mucho, en general cuando le contamos a alguien es para que se lo guarden, para que piensen mal; no para ir juntos y decir: “queremos que cambies”. No sólo acá en la Iglesia, en alguna comunidad, con amigos, en donde fuera. “Me da vergüenza”, a todos nos da vergüenza. “Cuesta”, sí, a todos nos cuesta. “Hay que tener valor”, mucho. El evangelio implica mucho valor. Vivir el evangelio implica coraje, implica querer dar pasos.
Por último, si con mis hermanos no me escucha, el próximo paso es ir a la comunidad. Porque el pecado daña la comunidad, el pecado lastima y termina dividiendo y separando la comunidad. Por eso ahí todos juntos tienen que ir a corregir. La comunidad se tiene que acercar. ¿Por qué? Porque quiere sanarse, porque quiere salvar al hermano que está en ese pecado, porque quiere cambiarlo. Este es el camino de la corrección fraterna que es central para crecer. Todos en algún momento nos hemos sentido lastimados y nos vamos a sentir lastimados; hemos lastimado y vamos a lastimar; la única manera de crecer con madurez en la fe es esta. Cuando leía este evangelio y descubría lo mucho que me cuesta muchas veces seguir estos caminos, pensaba que al final uno se preocupa por tantas cosas, si cumplimos o no con esto o aquello, si se prendió esta luz o no, cosas triviales, y nos olvidamos de leer verdaderamente lo que es central en el evangelio.
Esto es tan central, que en la primera lectura Dios le dice a Ezequiel: Tú eres centinela, tú eres el guardián de mi pueblo; y como centinela tenés que estar mirando. Cuando un hermano tuyo se equivoque, tenés que corregirlo. ¿Por qué? Porque si él no quiere corregirse, el pecado caerá sobre él, y la justicia caerá sobre él. Pero si vos no vas a corregirlo, el peso caerá sobre vos. Si vos no te preocupás por tu hermano, el que vas a ser juzgado sos vos. Esto no es un añadido más en el evangelio, no es algo que queda de lado. Es algo que es constitutivo de la fe. Yo me tengo que preocupar por mi hermano. Y si no lo corrijo, estoy en problemas frente a Dios. No estoy siguiendo el camino al que me invita Él, porque no estoy queriendo sanar a la comunidad. No es una carrera que corro solo y tengo que llegar a Jesús. Es una carrera en la que si voy hacia Jesús, tengo que ir levantando necesariamente a los demás, tengo que llegar con el otro, aunque vaya mucho más despacio, aunque me cueste mucho más, aunque implique romper mi vergüenza, tener valor, tener coraje. El evangelio se vive de esa manera, preocupándonos los unos por los otros. Si yo en este mundo individual empiezo a vivir mi fe, mi piedad, cada vez más individualistamente, me voy alejando de todo; me voy alejando de Jesús. Podré rezar mucho, podré hacer muchos actos de caridad, pero me olvido de leer el evangelio. El evangelio es: creemos juntos, caminamos juntos, nos preocupamos los unos por los otros. Esto es lo que hizo Jesús. Y ¿cuesta? Cuesta. Pero tenemos una certeza, esto es tan difícil, que el evangelio termina diciendo: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús sabe que lo que está pidiendo es difícil, por eso les dice: tengan la certeza de que Yo estoy ahí, cuando eso lo están haciendo por amor, yo los acompaño, yo voy a estar, confíen, crean. De esa manera van a crecer como comunidad, de esa manera van a crecer como familia, de esa manera se van a sanar.
Hay una historia que cuenta que después de que arrasaron con una aldea, en África, se logró escapar un chiquito de nueve años. Este chiquito se encontró con otros hombres y mujeres de otras aldeas que también habían logrado escapar del genocidio, y empezaron a caminar juntos. Al ratito, su hermanito de cuatro años, que había escapado con él, se cansó. Entonces él lo cargó en sus hombros y siguieron caminando por el desierto. Después de unas horas uno de los hombres se acercó al niño y le dijo, “Te admiro. ¿No te cansa llevar a tu hermano sobre tus hombres?” Y el niño contestó: “No me pesa, es mi hermano.”
En el fondo no es un peso caminar con mis hermanos, sino no entendí la palabra hermano. Me compromete intrínsecamente, quiero lo mejor para Él. Por eso lo amo y quiero lo mejor para él. Por eso me preocupo, por eso busco algo nuevo. Esto es lo que hace Jesús, se compromete porque nos ama y porque nos siente verdaderamente hermanos. Eso es lo que nos invita a vivir a nosotros.
Pidámosle entonces en esta noche a Jesús, que podamos crecer como familia, que podamos crecer como comunidad, que nos podamos comprometer los unos a los otros en este camino del amor, en este camino de la corrección, en este camino del perdón.

Lecturas:
*Eze 33,7-9
*Sal 94,1-2.6-7.8-9
*Rom 13,8-10

*Mt 18,15-20

Homilía: “Me sedujiste y me dejé seducir” – XXII domingo durante el año

Una de las preguntas que me gusta hacerles a los novios cuando vienen para la entrevista antes de casarse es: ¿Cómo se conocieron? Aparte de ver cómo va cambiando la cultura (te dicen: “nos conocimos por internet”; “nos conocimos en un boliche”), una de las cosas graciosas es que muchas veces los varones dicen: “no sabés lo que tuve que trabajar”; “nos conocimos, pero no me daba mucha bola”; “fue difícil…” Pero bueno, esa persona se sentía atraída entonces buscó la forma. “Le mandaba mensajito todos los días”, hacía tal cosa o tal otra. Y uno se sorprende de que el otro haya puesto tanto esfuerzo en seducir al otro, llegar al corazón del otro. Uno se sintió atraído, seducido, y fue buscando los caminos, las formas, para poder tocar el corazón del otro.
Ahora, ese trabajo uno lo hace cuando siente esa seducción en el corazón. Cuando se siente seducido, y después pasa al enamoramiento y al crecimiento en el amor, uno empieza a hacer cosas que no haría en otras circunstancias. Si no ninguno de esos novios “perdería” tanto tiempo intentando conquistar a la otra. Porque la seducción es como una fuerza en el corazón que hace que uno vaya más allá. Uno se siente muchas veces seducido por personas, y por eso hace un montón de opciones; a veces se siente seducido por proyectos, y por eso también hace otro montón de opciones. Sentimos como un torrente, un tsunami en el corazón, que nos lleva para adelante y nos da fuerzas. Es más, yo creo que el problema es cuando uno siente que no lo seduce nada, cuando uno siente que nada le toca el corazón; porque es como que empezamos a apagarnos, a estar apáticos, no hay nada que nos mueva. Es más, a veces vemos que esto les pasa a personas cercanas, que nada los mueve, y nos da ganas como de pegarles un cachetazo, decirles: “¡Despertate! ¡Tiene que haber algo que te movilice, encontrálo!” Esa experiencia de la seducción es la que nos da vida, es la que nos lleva para adelante  y que en distintos momentos tenemos que renovar.
Jeremías tiene una experiencia similar en la primera lectura: “me sedujiste y me dejé seducir”, dice. Es casi como un lenguaje insolente para hablarle a Dios; como que Dios va buscando seducirte. ¿Vieron que a veces la palabra “seducción” tiene una connotación negativa? Jeremías nos dice que Dios hace eso, va buscando la forma de tocar el corazón, y llega un momento en el que ya no puede hacer otra cosa. Esta seducción es motivo de queja para Jeremías, no es que está contento con este tema (por lo menos en este momento, suponemos que en muchos otros momentos sí). ¿Por qué? Porque se le complicó el ser profeta, las cosas no son como él quiere, como él espera. Tiene que renunciar a que la gente lo quiera porque la gente está enojada por lo que anuncia, lo echan del pueblo; sin embargo, Jeremías dice: “siento un fuego abrazador en el corazón”, no puede hacer otra cosa. ¿Por qué? Porque esto es lo que en mi corazón quema. Todo lo demás, que lo enoja, que se le hace difícil, él es capaz de renunciarlo por aquello que hoy toca su corazón, por aquello que lo puso en camino. Esto es también a lo que nos invita Jesús a nosotros día a día. En la medida en que nos sintamos seducidos, vamos a seguir ese camino. Pero esto no significa que no haya momentos en los que eso se vuelve difícil, en donde eso se complica. Nos empezamos a preguntar las cosas.
En el evangelio de hoy, que es como el segundo capítulo de lo que leíamos el domingo pasado, sucede algo parecido. Pedro responde: “Tú eres el Mesías”, y Jesús lo elogia, y le dice: Tú eres Pedro, y sobre ti voy a fundar mi Iglesia. Sin embargo, más allá de la seducción que Jesús generó en Pedro, que va a dejar todo por Él, llega un punto en que a Pedro le cuesta, un punto en que el plan de Jesús no es tan atractivo. Cuando Jesús empieza a decir que el Mesías va a sufrir, que el Mesías debe dar la vida, Pedro dice: no, esto no es parte del plan. Es en ese momento donde Pedro se come el reto más fuerte quizás de todo el Nuevo Testamento: “Ve detrás de mí, Satanás.” Pedro es una tentación para Jesús, lo invita a salir del camino. Por eso Jesús le dice: volvé a ser discípulo, ve detrás, no te podés poner delante.
¿Qué es lo que está pasando? En este momento el camino se complicó para Pedro. Tiene que integrar una imagen nueva de lo que significa Jesús, una imagen nueva de lo que es la fe, una imagen nueva de lo que es el Mesías. Va a tener que preguntarse si está dispuesto a integrar en su vida de fe ese sufrimiento que Jesús tiene que hacer por él. Esto es todo un replanteo para Pedro. Seguramente se está preguntando: “¿qué es lo que hago ahora? ¿Lo sigo a Jesús o no?” Tal vez, como sabemos el desenlace de que lo siguió, en palabras de Jeremías sería: “tú me sedujiste y me dejé seducir, y a pesar de que no entiendo, sigo este camino”. Tiene que renunciar a su imagen de Dios, tiene que renunciar a sus planes, tiene que renunciar a Jesús incluso: va a tener que dejar que Jesús muera. En el camino, aún en aquellas cosas en las que nos sentimos más seducidos, hay momentos donde las renuncias se nos hacen difíciles, nos crean una carga, nos son complicadas. Ya que le pregunto a los novios cómo se conocieron; después de veinte años a ustedes les podría preguntar: ¿cuáles han sido las dificultades en el camino del matrimonio? ¿Por qué cosas han tenido que optar? ¿Qué cosas se les hicieron difíciles en el camino de las renuncias? Porque uno tiene que ir haciendo renuncias, uno tiene que ir dejando cosas. Uno se va cuestionando: ¿estoy dispuesto a renunciar a esto? Para poder hacerlo tengo que descubrir la vida que hay delante, la vida que se me ofrece. Eso lo posibilita.
Ayer en la misa con los niños en la Capilla, hice pasar a algunos matrimonios, y les preguntaba: ¿a qué cosas renunciaron cuando fueron padres? “Uh, un montón.”, era la respuesta en seguida. Pero cuando les preguntaba, “¿volverías para atrás?”, todos me decían que no. ¿Por qué? Porque hay una vida ahí; hay una vida que me llama a dejar cosas que tal vez en otro contexto no dejaría. Renuncio a ellas por algo que es mucho más grande: dar vida. Los hijos son ese fruto que uno ve delante. Entonces, la renuncia cobra un sentido cuando yo veo la vida que hay delante, cuando yo lo puedo entender. Sin embargo entra en crisis cuando no veo la vida, cuando no veo el fruto. En el matrimonio pasa lo mismo, si dejo de ver los frutos, deja de ser esa vida en comunión y en el amor; me empiezo a preguntar, ¿por qué voy a renunciar a todo esto?, ¿por qué voy a hacer esta opción?, ¿por qué me voy a sacrificar en esto? Lo mismo en los proyectos, cuando se hacen arduos. Obviamente, a veces las crisis vienen porque se me hizo difícil, pero las crisis más grandes se dan cuando yo no veo la vida que está adelante.
Lo mismo sucede en el camino de fe. Pedro tiene que hacer una renuncia pero para poder hacerla tiene que descubrir la vida que Jesús le da. Si él no ve la vida que Jesús le da, no puede seguir ese camino; no es capaz. Todos sabemos que esto termina con Jesús teniendo que transfigurarse delante de Pedro, para que vea esa vida. A partir de ahí se anima a hacer todas las renuncias que tiene que hacer. La invitación a nosotros es lo mismo. Cuando uno se pregunta el porqué de esta renuncia, de tener que dejar esto atrás, es descubrir qué vida hay allá, y a partir de ahí poder seguir.
En la fe esto tiene un problema más grande aún, porque el sufrimiento y el dar la vida que hace Jesús, es algo que también los discípulos tienen que aprender a asumir. El regalo de la vida eterna que nos hace Jesús, sí o sí implica el paso por la muerte. Y uno de alguna manera puede llegar a prepararse para ese momento, pero también implica sufrimiento y momentos difíciles en la vida, implica tener que integrar eso en una vida de fe, y eso es complejo, es difícil. Implica todo un proceso complicado en el corazón. ¿Por qué tengo que perder esta vida que tenía? ¿Por qué tengo que lucharla, pelearla, pasar por momentos de crisis? ¿Por qué tengo que pasar por momentos que no comprendo, por cosas que le pasan a los demás y no termino de entender y de comprender? Eso también es parte del camino de la vida y del camino de la fe. Eso va a cuestionar nuestra fe, sin embargo Jesús debía pasar por esto.
Es curioso porque esto da sentido a lo que es el sufrimiento. Jesús dice: no es que quiero pasar por esto, debo pasar por esto. Jesús descubre que para dar vida, tiene que tomar ese camino, que para dar vida tiene que entregarse, que para que los demás tengan vida tiene que tomar la cruz; no hay otra forma. Y nosotros también vamos a tener momentos en los que vamos a tener que hacer ciertas cosas, y no nos va a cerrar, no lo vamos a entender, no lo vamos a comprender; nos va a pasar como a Pedro, aún en nuestra propia vida. La tentación va a ser querer sacárnoslo de encima, pero hay cosas que no vamos a poder; hay ciertas pruebas, hay ciertos momentos que son difíciles, que son complejos, y que no entendemos. No entendemos la voluntad de Dios, no entendemos qué es lo que nos pasa, y ahí es cuando vamos a tener que dejar de controlar las cosas y poner nuestra vida en Él. Vamos a tener que soltar el volante, dejar que Jesús nos lleve, aún en ese momento difícil, confiar en Él. No hay otro camino, porque vamos a ver que hay un montón de respuestas que no aparecen; que las buscamos pero que no las encontramos. Jesús nos va a decir: seguime, “ve detrás de Mí.” Pedro no puede comprender qué es lo que está pasando, lo que puede hacer es caminar detrás de Jesús y dejarse guiar. Ese es el salto más difícil en la fe: no entiendo, no comprendo, pero tengo que caminar detrás de Jesús, me tengo que dejar llevar por Él. Ese el salto más difícil; eso es lo que nos va a mover toda la estantería, pero esa es la invitación de Jesús: que seamos discípulos y que nos dejemos guiar, que tengamos la certeza de que la promesa de Dios, que es dar vida, va a dar fruto en nuestro corazón. No sé cómo, no sé cuándo, pero me invita a creer y a confiar. Esa es su promesa.
Pidámosle hoy a Pedro, aquél que aun cuando no entendió y no comprendió, se animó a caminar detrás de Jesús, aun cuando fue hasta retado, se animó a decir: voy detrás de Ti, Jesús, confío en vos, me entrego. Pidámosle que también nosotros seamos sus discípulos y nos animemos siempre a caminar detrás de Jesús.

Lecturas:
*Jer 20,7-9
*Sal 62,2.3-4.5-6.8-9
*Rom 12,1-2
*Mt 16,21-27


martes, 26 de agosto de 2014

Homilía: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” – XXI domingo durante el año


Hace aproximadamente un año, en esta misa, con este evangelio, donde dice, donde Jesús pregunta “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”. No sé si recuerdan pero pasaron algunos de ustedes acá adelante, los que se animaba, cinco o seis, a decir en público quien pensaban que era Jesús, es más la primera chica que paso dijo en casa me matan, me acuerdo, espero que este por acá porque a ver qué fue lo que paso. Y hoy vamos a dar un pasito más que el que dimos la otra vez, con una dinámica que ya alguna vez la hicimos. Yo creo que esta pregunta se la hacen para que ellos compartan quien es Jesús, esto que a veces nos cuesta un poquito, nos cuesta más en algunos ámbitos que estamos un poquito más protegidos, tipo confirmación, (algunos están sufriendo me parece, todavía no dije nada de lo que vamos a hacer) o algún retiro donde uno está un poquito más cubierto. Pero hoy vamos a hacer un ejercicio, entonces lo que los voy a invitar como ya hicimos hace un tiempo con otro tema, que compartan de a dos, que busquen a quien tienen al lado, mejor al que conozcan menos a la persona así lo hacen, y que en pocas palabras se animen a decirle quien es Jesús para ustedes, se animen a compartir así como Jesús le pregunto a Pedro, a ustedes como discípulos de Jesús, quien es Jesús para ustedes.

Bueno. Muy bien, me alegro que tengan tantas cosas para compartir de Jesús, espero que esta dinámica que empezamos acá se extienda y se prolongue en la vida, en lugares que a veces se nos hace muy difícil. Y lo primero que podríamos pensar es cuál es el sentimiento que me genera el compartir a Jesús, tal vez mas allá de que algunos el primer sentimiento sea odiarme después de que dije esto, bueno ¿Qué sentí cuando tuve que compartir a Jesús? Me dio un poquito de vergüenza, no me anime, de pronto preferí quedar callado, me dio alegría, me costó pero después me solté. Bueno podríamos pensar sin juzgarnos, no es para juzgar es para ver que va generando en mi cuando voy compartiendo a Jesús y como me animo a hablar de Jesús.
Porque como les decía antes, esto les pregunta Jesús a sus discípulos primero que dice la gente sobre quien soy, bueno los que no lo conocían tanto dicen que es un profeta, Jesús es un profeta, como Jeremías, como Elías, como Juan el Bautista. Pero después le pregunta a sus apóstoles, aquellos que estaban más cerca ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Aquellos que habían pasado más tiempo y que por lo tanto tenían que conocerlo más, y es ahí donde Jesús escucha esa respuesta de Pedro, “Tu eres el Mesías” Mas allá de que como sabemos esa respuesta va a tener que hacer camino, es un evangelio como en dos partes hoy es el primer capítulo, no se pierdan el próximo capítulo el domingo que viene porque esta partido en dos este evangelio y esta la continuación después de esto. Pero Pedro contesta bien “Tú eres el Mesías” ¿Por qué contesta bien? Porque paso más tiempo con Jesús, porque lo conoce más y eso es ineludible, si queremos responder la pregunta de quién es Jesús tenemos que pasar tiempo con Él, tenemos que tomarnos el tiempo, tenemos que animarnos a sentarnos con Jesús, no hay otra forma, no hay otra forma en la vida yo no puedo conocer una persona leyendo un libro, no se lo conoce así a una persona este es el libro de Juan, de Pedro, de María, del Cholo, no. Se lo conoce como compartiendo tiempo, es más, en general hasta nos pasa que hay una tentación intrínseca cuando no conocemos tanto al otro que es hasta prejuzgarlo una primera respuesta y después cuando uno lo conoce más dice ¿Por qué pensaba yo esto de esta persona? Y con Jesús nos puede pasar lo mismo, no negativamente, que tengamos una primera imagen y nos quedemos con algo de Jesús nada más hasta valedero pero que no termina de profundizar en quien es Jesús, no alguien que viene a impartir justicia, alguien que hace milagros, alguien que me hace sentir bien, alguien que me hace feliz en este momento, pero hay un paso más, pero para eso tengo que, como les digo, tomarme un tiempo para estar con Jesús. Después de tomarme un tiempo como hicieron los apóstoles tengo que animarme a compartirlo. Jesús les pregunta bueno quien dice ustedes que soy, que acaso no sabe Jesús lo que está en el corazón de sus discípulos, está haciendo un sondeo a ver qué pasa, yo creo que lo central es que quiere que lo compartan que se animen a decirlo, que se animen hablarlo unos con otros. Y a veces en la vida hablamos de tantas cosas triviales y perdemos el tiempo hablando de un montón de cosas que pasan y ¿compartimos las cosas profundas? Y entre esas cosas profundas, ¿compartimos a Jesús?

Podríamos pensar, ¿Cuántas veces en la mesa de nuestras casas hemos hablado de Jesús? Y no digo pelearnos o discutir por algo, sino compartir quien es Jesús para mí o algo que paso o que viste en este retiro, no se algo que tenga que ver con Jesús, animarnos a compartirlo, obviamente que depende de todos, no depende solamente de uno y eso en distintos lugares, en distintos ámbitos, cuanto me animo en mi hablar diario, semanal, mensual, hablar de Jesús, o queda solo circunscripto a algunos lugares específicos, obviamente me es fácil a mi hablar de Jesús acá delante de ustedes y aparte es lo que esperan, pero si salgo de acá me animo yo en otro espacio a  hablar en otro espacio que sea más duro, más difícil, a mostrar que soy cura. Y lo mismo podría decir con ustedes, ustedes aun es más arduo, más difícil, porque yo estoy vestido así y la gente ya sabe lo que se viene más o menos, pobre. Pero ustedes tienen un montón de ámbitos donde es mucho más difícil y obviamente como muchas veces hemos hablado no es hacer proselitismo, no es salir con una bandera, es compartir la vida, compartir lo que hay en mi corazón y animarme a compartir y hablar de Jesús y a que el otro sepa que es lo que estoy viviendo.

Yo me acuerdo que cuando iba  a la facultad de ingeniería, me vieron con un librito de espiritualidad, religioso y bueno ya obviamente me encasillaron y estábamos hablando y un día salió el tema de la fe y me dicen no, vos sos una persona muy religiosa y todavía no era ni seminarista, creo que no estaba ni próximo a eso y le digo porque decís eso y no bueno porque una vez te vi con esto y me acuerdo que lo único que le dije yo fue “A ver pero yo voy a misa todos los domingos ¿para vos eso es ser muy religioso?” Re me dijo la persona, bueno entonces no le digo todas las otras cosas que hago porque si no va a pensar que soy un fanático, coordinar misionar, bueno muchas cosas que hacía. Bueno pero decía me animo a compartir esto a blanquear  mi situación de fe o tengo que dar ciertos pasos. Cada uno de nosotros podría pensar cual es el que tiene que dar, no me da vergüenza, prefiero no contar, que hiciste ayer, no nada, ¿me da vergüenza decir que fui a misa, rece, fui a misionar, fui a un retiro? No sé lo que fuera, compartir hasta ahí, después veremos cuál es el paso que el otro está preparado para recibir y según el ámbito no será lo mismo y obviamente que hay lugares donde uno no se puede exponer tanto, pero lo que hace Jesús es que los discípulos compartan, fíjense, y seguramente tuvieron muchos sentimientos que diariamente nosotros tenemos. ¿Por qué hablo solamente Pedro? Y porque seguramente alguno diría “huy está bien lo que voy a decir” cuando la pregunta era personal o tal vez les dio vergüenza y ahí el que se animo fue Pedro “Tu eres el Mesías” y ahí recibió esa felicitación de Jesús y creo que es lo mismo para nosotros, animarnos en ponerlo en palabras, animarnos a tomarnos tiempo, podríamos pensar cada uno de nosotros ¿Cuál es el pasito que puedo dar en el tiempo con Jesús? Como puedo rezar un poquito más, como puedo tomarme un poquito más de tiempo intimo con Él en la oración, en la eucaristía, en lo que fuese y no digo grandes cosas, tal vez empezar el día o cuando voy en el tren o en el colectivo rezo un Ave María lo pongo en manos de Jesús, no digo una decena o un rosario, un Ave María poniendo en manos de María este día o lo que fuese, voy confiando en Él, voy poniendo mi vida en Él, voy pasando tiempo. Y poder estudiar teología hacer la licenciatura que si no paso tiempo en esa intimidad con Jesús nunca voy a entender quién es, nunca lo voy a comprender. La verdad de Jesús no la revelan los libros, la revela el encuentro y la fe se hace palabra y se profundiza totalmente en la teología, pero no se puede quitar el encuentro con Jesús en la fe es el piso indispensable para que yo crezca, para que yo vaya cada día conociéndolo más. Después bienvenido sea estudiar todo lo que quiera, conocerlo más también desde ese lugar, pero el conocimiento intimo no lo quita nadie y eso es lo que nos pide Jesús y a partir de ahí podes ser esa piedra donde otros también crezcan en la fe.

Fíjense, a Pedro que es el único que se animó a contestarle le dice “Tu eres Pedro, tu eres piedra y sobre ti voy a edificar mi Iglesia” y uno diría que piedra debe si va a ser un ser humano y todos tenemos la experiencia de lo que Pedro hasta en algunos momentos flaqueo y la respuesta de Pedro hasta no es total porque vamos a ver cómo le cuesta entender lo que es ser Mesías el domingo que viene, pero es sincera, es lo que él descubre en ese momento, eso es lo que necesita Jesús, la va a profundizar muchísimo, y será pastor de la Iglesia, pero en ese momento le dio la respuesta del corazón, esto es lo que me pasa, y a partir de ahí muchos se fueron ensamblando en esa construcción de la cual Pedro es piedra. Y esto lo pide para cada uno de nosotros si nos animamos a vivir y a compartir la fe, sobre nosotros otros van teniendo fe. Acá hay muchos que coordinan, hay muchos que van a coordinar ahora que acaban de hacer la convivencia, bueno van a tener que compartir a Jesús y eso es lo lindo, desde la fe comparto lo que tengo, comparto eso que hice experiencia, me animo a hablar de Jesús. Y esto como les digo en primer lugar lo hacemos acá de a poquito irlo trasladándolo a la vida, porque es la manera de que otro crezca en la fe, porque es la manera de que otro conozca a Jesús, porque es la manera de que en el otro se haga carne este Jesús. Y esta es la doble invitación, por un lado ¿Cómo me voy a alimentando de Jesús? ¿En que espacios y en qué lugares lo voy conociendo cada día más, voy creciendo en esa intimidad? En segundo, a partir que lo voy conociendo ¿Cómo comparto la fe con los demás? A ver lo han hecho un montón los que están acá, supongo que los que son papás han educado a sus hijos en la fe, muchos han coordinado, han misionado, han hecho un montón de cosas, bueno es seguir eso, animarnos  a abrir el circulo, a expandirlo un poquito más. Y hay veces en donde nos es un poquito más arduo, esa es la invitación de Jesús, pero para eso en cada momento tengo que responder esta pregunta y seguramente si a Pedro se la hacíamos en otro momento iba a responder otra cosa, más profunda, mucho más profunda de Jesús. Y nosotros podemos ir haciendo lo mismo siempre en la medida que nos animemos a seguir alimentándonos de Él.

Les hago una invitación, anímense, esta semana, por un lado a responder esta pregunta con Jesús, a mirar en el corazón esto que compartieron con los demás. Y algo de misión, anímense a preguntarle a alguien quien es Jesús para ellos, pero alguien que cueste un poquito no el que me sale más fácil, anímense en esta semana a que sea bueno como vivís la fe, quien es Jesús para vos, a pensar en alguien y preguntarle, que esa pregunta le haga un poquito de ruido en el corazón, que esa pregunta genere algo en ellos, genere por lo menos el preguntarse, en ponerse en camino.

Pidámosle a Jesús, al Mesías, al hijo de Dios, a aquel que hizo de Pedro una piedra, aquel que sobre Pedro edifico su Iglesia, que también nosotros seamos parte de esa construcción y que también  sobre nosotros otros puedan cimentar su fe.

Lecturas
Is 22,19-23
Sal 137,1-2a.2bc-3.6.8bc
Ro 11,33-36
Mt 16,13-20