lunes, 29 de junio de 2015

Homilía: “El Espíritu es el que te envía” – Domingo de Pentecostés



En la segunda entrega de la serie de películas Piratas del Caribe, El Cofre de la Muerte, aparece un nuevo personaje que es el capitán Davy Jones. Este personaje tiene la particularidad de que físicamente no tiene corazón, se quitó el corazón. Esto es porque, desilusionado con el amor de su vida, Calipso, quien lo había traicionado, decide no sentir más. Frente a eso que le estaba pasando, frente a no poder estar con la persona que quería, que amaba, prefiere dejar de sentir. Por este motivo se arranca el corazón, lo mete en un cofre y lo tira al mar. Algo similar pasa en una canción de MANA, Amar es Compartir, que dice “Si tú te vas, arráncame el corazón”. Ese sentimiento de no querer estar solo, no querer estar sin aquello que me da vida, sin aquello que me enciende el corazón, sin aquello que para mí es un motor en el día a día, sin aquello que apaga y que me hacer perder el gusto a las cosas, me hacer perder la esperanza, me hacer perder el sentido de lo que yo quiero y busco.

Creo que este es el sentimiento que los discípulos tienen cuando Jesús se va. ¿Ahora qué? Yo dejé todo, me jugué la vida, dejé a mi familia, caminé contigo y vos le diste un sentido a mi vida. Con vos mi vida cobró un gusto, un sabor diferente, se iluminó de una forma insospechada y esto que descubrí y que me movilizaba hoy ya no lo tengo más. Jesús no está. Y eso me trae tristeza y casi, como dice la canción o como hizo este hombre en la película, este deseo de no sentir más. Hasta acá llegué. Sin Jesús, ¿Qué es lo que puedo hacer? Sin Jesús, ¿Hacia dónde voy? Sin Jesús, ¿Qué es lo que me moviliza? Y es ahí cuando ellos están apesadumbrados, casi distanciados, aunque estén cerca unos de otros, reunidos sin saber qué hacer, en ese cenáculo esperando, que las paredes empiezan a moverse, que los vidrios empiezan a vibrar, que escuchan un viento que sopla sobre esa casa. Cuando ellos dejaron de sentir, como muchas veces nos pasa, cuando ellos tienen una aridez muy grande en el corazón y se preguntan “¿Cómo lo vuelvo a encontrar a Jesús? ¿Dónde está?”, hay un Espíritu. Un Espíritu que, no solo mueve los cimientos de esa casa y casi que les hace pensar en qué es lo que está pasando, un terremoto, un temblor; sino que, mucho más profundo, mueve sus corazones, quema sus corazones y les vuelve a dar un sentido a sus vidas. 

Ese Espíritu Santo, que cuando se hace presente en ese primer pentecostés de Iglesia, les dice “Levántense, vuélvanse a mirar a los ojos. Mira a tu hermano y anímate a salir”. Ese Espíritu que es el que nos envía hacia afuera, ese Espíritu que nos saca de nosotros mismos y nos dice “Yo te hago testigo”. Y eso es lo que sintieron los Apóstoles. Nosotros tenemos como al gran olvidado en nuestra vida al Espíritu Santo, muy pocos de nosotros le rezamos. En general le rezamos a Jesús o le rezamos al Padre, muchas veces le rezamos a María, pero el Espíritu es el gran ausente en nosotros. Sin embargo, el Espíritu es el que nos trajo hasta acá, vivimos en el tiempo del Espíritu, en un Espíritu que les enseño al apóstoles a anunciar a Jesús. Este espíritu es tan importante que, como dijimos la semana pasada, Jesús le dice “Les conviene que yo me vaya para que venga ese Espíritu”. Es ese Espíritu que les enseña a los Apóstoles qué es lo que tienen que decir.

Tantas veces nos preguntamos ¿Cómo anuncio el Evangelio? No tenemos que ir muy lejos, por que ir lejos es lo más fácil. Si quieren les doy un ejemplo, por eso todos misionamos lejos, nos vamos a 500 kilómetros a misionar. Porque misionar acá, en nuestra casa, en nuestros barrios, en el conurbano bonaerense es difícil, cuesta. Y el Espíritu es el que te envía, te dice “Animate a los lugares más difíciles, a ir”. ¿Por qué? Porque Espíritu es el que te enseña a hablar. “¿Cómo oímos todos en nuestra lengua a estos hombres que son galileos?” El espíritu les dice qué es lo que tienen que decir, ¿Cuándo? Cuando confían, cuando dejaron de mirar hacia adentro, a sus miedos, a sus angustias, a lo que los diferenciaba, a lo que los distanciaba; cuando dejaron de preguntarse “¿Dónde está Jesús?” Y dejaron que el Espíritu actúe, y dejaron que el Espíritu obre. 

Todos tenemos la experiencia en algún momento de nuestra vida, tal vez hoy, de una aridez en el corazón, nos preguntamos dónde está Jesús. “Antes lo sentía tanto, antes lo descubría tanto, antes me era tan fácil”. La primera pregunta que nos podemos hacer es ¿Invocamos al Espíritu? Le pedimos a este gran artífice de la misión de la Iglesia que nos ayude a volver a sentir, que nos ayude a salir de nosotros, que nos ayude a descubrir a Jesús, que nos guíe: Con qué palabra, con qué gesto, con qué idioma podemos llegar al otro. Creo que en este momento de la Iglesia el Espíritu también quiere movernos a nosotros y nos quiere enseñar de qué manera tenemos que hablar, de qué manera tienen que ser nuestros signos. Creo que el Espíritu quiere venir hoy a romper nuestras corazas, a romper nuestros temores, a movilizarnos, a decirnos “vos también sos testigo”, a recordarnos quién nos envía y hacia quiénes nos envía, a decirnos que también nosotros hemos recibido el Espíritu Santo.

Hoy vuelve a haber Pentecostés, acá en medio de nosotros, eso es lo que estamos celebrando. Pablo nos dice que el Espíritu se manifiesta para el bien común, el Espíritu no es PARA MI, es para NOSOTROS. Es el que nos hace Iglesia, nos hace comunidad, es el que une los lazos, es el que reconcilia, nos dice “Vayan y perdonen” . El Espíritu Santo es capaz de unir aquello que nosotros no podemos, es capaz de llevarnos a aquellos lugares que están lejos o no nos animamos. Abramos entonces el corazón en esta noche con confianza en el Espíritu, pidámosle que este pentecostés haga vibrar los cimientos de nuestro corazón y que también a nosotros, a cada uno, nos envíe hacia donde Jesús nos lleve.

Lecturas:
*Hechos de los Apóstoles 2,1-11
*Salmo 103
*Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13
*Juan 20,19-23

viernes, 12 de junio de 2015

Homilía: “Comprométanse a llegar al corazón del otro con la certeza de que hay un espíritu que obró en la Iglesia” - Ascensión del Señor

Hay una película francesa que trata sobre la educación que se llama Entre Muros, en la que sucede casi todo dentro de un aula y el profesor, François, intenta dar lengua francesa a estudiantes extranjeros de bajos recursos. Es una escuela pública muy multirracial, de diferentes lugares. François descubre la dificultad de poder educar, poder transmitir, de motivar a los chicos para que ellos estudien, para poder llegar a ellos, para poder entender su lenguaje. Todo se va trabando, Tal vez, la misma experiencia que tenemos nosotros en muchas cosas. Pero hay uno de los alumnos, Souleymane, que era uno de los que le costaba y François lo logra incentivar aunque, en un momento, tiene un altercado muy fuerte con él y con una de las compañeras por lo cual el consejo escolar se reúne a ver qué es lo que va a hacer con este alumno. La imagen es muy fuerte porque, no solo es lo que a él le pasa, sino que el profesor se entera que en su casa él es el que educa a sus hermanos, el que la lucha un poco para que ellos puedan salir adelante. Va con la mamá frente a todo el consejo escolar, él quiere hablar y la mamá no lo deja y se pone a hablar ella pero el problema es que la mamá habla en su dialecto y los profesores hablan francés claramente. Entonces, a lo que es la dificultad de entenderse se le suma la incomunicación, “yo no entiendo qué es lo que está pasando”. Obviamente el hijo va a ser de traductor entre las partes en una situación no muy linda porque lo están por echar del colegio. Pero esa incomunicación entre la madre y el colegio dejaba plasmada la dificultad de lo que es hoy la educación. Lo que pasaba en el aula, esa incomunicación, aun casi hablando el mismo idioma, era lo que resultaba en dos personas que hablaban un idioma completamente diferente.

Esta dificultad la tenemos también hoy nosotros en nuestro país. Una de las cosas que más decimos es que la educación está en crisis, yo no creo que la educación en sí esté en crisis. Todos creemos que es importante educar, como valor, la educación es importante y eso no está en crisis. Lo que está en crisis es el cómo, la manera, la forma, cómo llegar a los otros, cómo incentivar, cómo cambiar, cómo descubrir esto. Yo me acuerdo que estando con Juan Llach hace diez años, en la parroquia anterior, que fue ministro de educación para los más chicos en la Argentina. Él nos ayudaba en los colegios que teníamos, a ver algunas problemáticas. Él decía esto: “Acá el primer problema es que tenemos edificios del Siglo XIX, profesores del Siglo XX y alumnos del Siglo XXI, esto así no tiene arreglo, esto tiene que cambiar”. Esto muestra una incoherencia muy grande, acá hay un desfasaje, ¿cómo nos encontramos en un desfasaje tan grande? Y si lo que tenemos que lograr es algo, es descubrir cómo se tiene que educar hoy en un colegio, cómo se tiene que personalizar, cómo ocuparse del otro. 

Esto creo que lo tenemos un poco más claro en las familias, no siempre se educa igual a los hijos, uno mantiene, transmite los mismos valores, uno educa con amor pero cada quien es cada cual, desde lo más simple. Yo, hace unos días en casa, que tenemos varios sobrinos, mis hermanos empezaron a preguntar de nuevo “¿y yo cómo era cuando era chiquito? ¿Yo dormía de noche?” y ya desde esa diferencia, más nosotros que somos once hermanos y que lo habrán padecido mis papás, quién dormía y quién no dormía de noche. Cada hijo tuvo su problema diferente, una cosa le costó a uno, otra cosa le costó a otro, lo que me sirvió con uno no me sirvió con otro, tengo que encontrar una manera distinta de llegar. Esa manera distinta de llegar uno la hace porque por amor uno se compromete con el otro y en esto siempre hay una doble responsabilidad. A los que nos toca educar, sean profesores, coordinadores o en el ámbito que me toque acompañar a otros o a veces acompañar a amigos; a mí me toca hacer algo pero al otro también. Yo puedo transmitir algo, educar en algo y el otro tendrá su tiempo, su camino que hacer en el corazón y en eso hay que tener paciencia. La educación no es clonada como muchas veces queremos hacer en los colegios o por fábrica, sino que es una artesanía, un arte, cómo llego al corazón del otro, de qué manera y de qué forma. Eso va mutando, es más, en la medida en que uno va creciendo, hay una parte que tiene que ir dejando lugar para que el otro crezca y llega un momento en el que te toca a vos, y ¿yo que hago? Te acompaño, estoy, no soy yo el que tengo que guiarte.

Esto que en la vida puede ser un poquito más claro, no sé si más fácil porque no es fácil educar, es lo que también pasa en la fe. La fe tiene un camino y tiene un proceso en el cual tenemos que tener paciencia, y si miramos la vida de Jesús algo así sucede. Hoy estamos celebrando la fiesta de la asención como dice la primer y tercer lectura, y en esa fiesta celebramos un cambio que hay en el vínculo con Jesús en los discípulos. Miremos la vida de Jesús: primero Jesús estuvo tres años, tomemos a los discípulos que eran los más cercanos. Los eligió, los llamó, caminaba con ellos, estaba con ellos, comían juntos, dormían, hacían la vida normal que hacemos cada uno de nosotros pero con Jesús ahí y Jesús les iba enseñando, los iba educando. Cada tanto escuchamos que los discípulos se equivocaban y Jesús les decía “no, esto tiene que ser de tal manera…”, les tenía paciencia, les iba mostrando lo que era la fe, quién era Dios. Hasta que, imprevistamente para los discípulos, Jesús vive su pascua que hemos celebrado hace poco y cambia la relación de Jesús con sus discípulos porque ya no está más de la misma manera. No solo sorpresivamente Jesús muere, sino que, aún más sorpresivamente, Jesús se aparece a los discípulos y en este tiempo hemos escuchado esas apariciones. 

Los discípulos se tienen que acostumbrar a un modo de presencia distintos de Jesús, ahora ya no está como antes, va y viene, se aparece, se desaparece, está un ratito. Creo que si le preguntáramos a los discípulos cómo sentían esto hubieran dicho “aunque sea esto zafa, lo tenemos un ratito a Jesús acá con nosotros de esta forma”. Pero cuando se están más o menos acomodando a esta forma y a esta presencia de Jesús, Jesús les dice “arrivederci, me voy para el cielo, hasta acá llegó mi tiempo y viene el tiempo del Espíritu y yo me tengo que ir”. Los discípulos, que se habían aferrado a ese tipo de presencia de Jesús, se van a tener que acostumbrar a otro tipo de presencia de Jesús, a otra forma en la que Jesús está con ellos. Pero ahí, sorpresivamente, hay un cambio en los discípulos: hasta ese momento los discípulos estaban con Jesús, cada tanto Jesús les mandaba alguna prueba de misión, volvían a educar un poquito, pero a partir de ahora ya no lo tienen más. Jesús les dice: “ahora les toca a ustedes hacer este paso”. Lo que uno esperaría de ese duelo, de que Jesús no está, es un cambio en el corazón de los discípulos, y salen ellos a predicar. La fuerza del Espíritu Santo, que muchos la han recibido o la van a recibir ahora, celebrada en pentecostés hace que los discípulos salgan. Hace que sean ahora los discípulos los que quieren educar en la fe, los que quieren transmitir la fe y van a buscar formas, caminos. Hemos escuchado en este tiempo que Pedro predicaba de una manera, Pablo de otra, Juan de otra… buscaban cómo llegar al corazón del otro. Se acostumbraron a eso y se dieron cuenta de que ahora la posta les tocaba a ellos.

Por eso estamos reunidos hoy todos acá. Hubo toda una generación de personas que conocieron a Jesús que lo transmitieron y así fue de generación en generación, y nosotros podríamos mirar quiénes nos transmitieron la fe a nosotros, y para que esto siga, tenemos que animarnos nosotros a transmitir esa fe. Pero no es solo tarea nuestra, es tarea nuestra y tarea de Dios, no nos corresponde todo a nosotros, pero tampoco le corresponde todo a Dios. Eso es a lo que uno tiene que acostumbrarse, a veces uno escucha, así como ese “la educación está en crisis”, también escuchamos el “Dios está en crisis”. Bueno, no creo que Dios esté en una crisis existencial ahí arriba en el cielo, no es ese el problema. Es más, si nosotros pensamos en algunas cosas para transmitir a Jesús y tenemos plan A, plan B, plan C… Dios debe tener todo el abecedario más o menos de cómo llegar al corazón. Seguramente esté recorriendo caminos que nosotros ni sospechamos hoy para lograr tocar el corazón del otro, con la certeza de que eso va a dar fruto, pero si nos comprometemos todos, si tenemos paciencia; si, cuando educamos, buscamos el camino de cómo llegar hoy. Nos dice “quedate tranquilo que soy yo el que toca el corazón de las personas, pero sí comprometete vos a ser testigo, a ser creativo en lo que a vos te toca hoy, en la forma en que te toca hoy”. 

En general, decimos que estamos en crisis porque tenemos que transmitir la fe y, más que la forma, lo que nos da es miedo, ¿Por qué? Porque era mucho más fácil hace un tiempo atrás cuando el mundo era cristiano y ahí ¿cuál era el desafío en un mundo cristiano donde casi todos creen? Dios es evidente, no hay mucho desafío, es mucho más fácil. El desafío está cuando yo tengo que educar o transmitir algo que el otro me lo va a cuestionar y me va a preguntar. Pongamos un ejemplo simple de esto: supongo que, papás, jóvenes y chicos, todos estamos de acuerdo en que la verdad es un valor y lo queremos educar, que nadie educa en la mentira acá, creo. Sin embargo, todos sabemos que no es tan fácil vivir en la verdad, es un proceso. Hay momentos en los que cuesta mucho ser veraces, ser transparentes, ir con la verdad al otro, pero tenemos la paciencia. Pero también hay momentos más normales, donde uno se pregunta, empieza a mirar cosas y uno tiene que tener la paciencia para que lo otro llegue. Bueno, en la fe pasa lo mismo, todos tenemos momentos, todos tenemos la experiencia de que no vivimos la fe siempre igual. A veces me tienen que empujar y otras veces yo tengo que acompañar y educar al otro y tendríamos que aprender que esto es lo normal de los caminos, como los otros vínculos pero acompañándonos los unos a los otros y siendo creativos. 

La Iglesia no puede transmitir como en el siglo I o V, pero tampoco como en el siglo XX, hoy tiene que transmitir a Jesús de la forma en que toca hoy y eso es a lo que nos invita, la ascensión nos compromete a todos y nos dice “yo hago mi parte, yo sigo estando con ustedes, ahora ustedes pongan la suya” ¿Cuál es la nuestra? Sean creativos, busquen los caminos, busquen las formas, comprométanse a llegar al corazón del otro con la certeza de que hay un espíritu que obró en la Iglesia. El día de pentecostés eran muy poquitos y el Espíritu sopló a los once, más Matías que lo habían elegido doce, más algunas mujeres, veinte, cincuenta, no sé cuántos serían, y sopló. Hoy somos muchos más y lo que nos dice es que salgamos, que nos animemos, que seamos testigos. No nos está diciendo que hagamos cosas extraordinarias, tal vez alguno esté destinado a hacer cosas extraordinarias el día de mañana y nos haga famosos a todos nosotros, pero miremos a San Isidro Labrador que lo celebramos hace dos días: San Isidro Labrador tuvo una vida simple, y no despectivamente, simple, ordinaria, y creo que es el mejor ejemplo para nosotros y el es nuestro patrono. San Isidro Labrador es santo porque vivió entregado a Jesús, su trabajo y su familia, eso fue lo que hizo, y eso lo hacemos todos acá. Tenemos familia, tenemos trabajo y es ahí el primer lugar donde se nos invita a vivir la santidad, a cómo yo puedo ser más generoso, puedo escuchar mejor, cómo puedo amar mejor, cómo me puedo comprometer más, entregar más, y tenemos la experiencia de lo que cuesta, en casa, en el trabajo. Después habrá momentos en la vida donde me toque algo más, pero ese es el primer lugar, ese es el primer sitio. Para los más jóvenes es el colegio, la facultad, el espacio en el que estoy, ahí se me pide poner el corazón, y para eso vamos a recibir el Espíritu.

Yo los invito en esta semana en la que nos estamos preparando, a mirar, tal vez, cuál es ese paso que podemos dar en el caminar hacia Jesús, tal vez rezarle al Espíritu que es al que menos le rezamos. Rezarle al Espíritu, hacerle alguna oración y pedirle, decirle “ayudame en esto”, pero como siempre digo, no un súper salto que después no hago y me frustro, sino un salto concreto ¿Qué me está costando hoy? ¿Qué es lo que me cuesta? Esta persona, esta actitud, este gesto en casa, en el colegio, en el trabajo, pensar eso. Pedirle al Espíritu Santo que te ayude en eso, a dar ese paso. Pidámosle a Jesús, a él que envió al Espíritu para que los discípulos sean testigos, que también en este nuevo pentecostés que en una semana vamos a vivir, nos envíe el Espíritu para que hoy en medio de nuestros hermanos podamos ser testigos.


Lecturas:
*Hechos de los Apóstoles 1,1-11
* Salmo 46
*Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,17-23
*Marcos 16,15-20

viernes, 5 de junio de 2015

Homilía: “Lo que hace salir lo mejor de nosotros es el amor” – Sexto domingo de Pascua

En el comienzo de la película “Diario de una Pasión”, esas películas que les gustan a las mujeres, aparece un hombre caminando por un hogar de ancianos, una persona mayor, terminando su vida acá en la tierra. Se escucha una voz en off que dice: 

“No soy una persona especial, soy una persona corriente con pensamientos corrientes; nadie me ha hecho un monumento en la vida y tampoco van a escribir sobre mi después que muera ni van a recordar mi nombre durante mucho tiempo. Pero, como muchos otros, podría decir que he tenido éxito en mi vida porque he podido amar a una persona con todo mi corazón y eso para mí es suficiente”. 

Podrimos decir que el sentido de la vida de cada uno de nosotros es ese: Cómo podemos crecer en el corazón, cómo podemos aprender a querernos y a amarnos, cómo podemos aprender a amar de una manera especial a alguien. Esto que parece tan sencillo de decir pero es tan difícil de vivir, todos tenemos la experiencia de lo difícil que es aprender a amar y, sin embargo, es como el termómetro de nuestra vida. Cuando nos sentimos queridos y amados estamos mucho más contentos, somos mucho más proactivos, encaramos muchas más cosas. En cambio, cuando no nos sentimos queridos y amados o no podemos amar, estamos de mal humor, no tenemos ganas de nada, no le encontramos sentido a las cosas, todo nos cuesta muchísimo más, porque EL AMOR ES LO QUE DE ALGUNA MANERA ME DEFINE, lo que hace que pueda ser aquello que yo quiero ser. Por eso, la invitación constante en nuestra vida es a crecer en este amor y la invitación de Jesús es a eso. 

El evangelio de hoy, continuando el que escuchamos la semana pasada, sigue repitiendo “permanezcan en mi amor”, casi que como que lo quiere grabar en nuestro corazón por cansancio; lo central es hacer experiencia del amor de Jesús. Pero, como les digo, es difícil amar, es difícil porque siempre implica que yo dé una paso más en el corazón. El problema del amor es que se rompen los marcos, ¿cuál es el marco del amor? ¿Qué es lo que uno tiene que hacer por amor? El corazón siempre invita a algo más, a un paso más; por eso es más fácil, muchas veces, buscar otro camino. Para poner un ejemplo, la segunda lectura que escuchamos está en la misma línea, dice: “Dios es amor y aquel que ama ha conocido a Dios y aquel que no ama no ha conocido a Dios”. No sabe quién es Dios, no es que no ha podido aprender, no ha hecho experiencia en su corazón de quién es Dios. Sin embargo, esto es difícil de explicar, porque explicar lo que es el amor es complejo, es más fácil poner otras imágenes de Dios. Pongamos un ejemplo de una imagen que por mucho tiempo se transmitió: Un Dios que es juez, era más fácil amar de un Dios que es juez; pero ¿Por qué? Porque eso tiene marcos, tiene marcos legales, “si haces eso más o menos está bien”, “si haces esto, está mal, estás condenado”, “si haces esto seguro Dios te va a castigar”. Me da más seguridad, es más fácil. 

Explicar un Dios que es amor, un dios que me invita a vivir una aventura desde el corazón es mucho más complejo, porque me lleva mucho más tiempo, porque me compromete muchísimo más, porque me invita a dar pasos cada día más grandes en mi corazón, porque nunca se termina, porque siempre tengo que caminar y tengo que crecer. Sin embargo, esa es la experiencia de Jesús, lo que cambió Jesús es que, cuando él se hace presente, lo que muestra es un Dios que ama de una manera diferente. La gente que se encuentra con Jesús se siente amado de una manera especial, sobre todo aquellos que no se sentían queridos y amados; y al encontrarse con Jesús, encuentran a alguien que de pronto les dice “yo te entiendo, no te juzgo, te acompaño, me encuentro con vos y te invito a hacer esta historia”. Esa persona, a partir de ese encuentro con Jesús, siente que alguien la valora, que su vida es importante, que hay alguien que se preocupa por él o por ella y que por eso lo invita a algo más. Todos tenemos, como dije antes, la experiencia de que lo que hace salir lo mejor de nosotros es el amor, no que nos tengan cortitos. Cuando nos sentimos queridos, en general, nos sentimos mucho más comprometidos. 

Yo me acuerdo, una pavada no, un día estábamos en lo de mi hermana y era el cumpleaños de uno de mis sobrinos y vino un chico re contento al cumpleaños y le trae un regalo re bueno a mi sobrino. La primera respuesta de mi hermano fue decir “uh, que buen regalo, cuando sea su cumpleaños voy a tener que comprar algo caro”. Pero más allá de esto que es muy simple, es “Bueno, ¿por qué el otro me entrega esto?” “¿Por qué el otro da esto?” Y era una pavada, era un regalo, algo material. Mucho más es cuando el otro me da su vida, “¿Por qué tenés ese gesto conmigo? ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué te la jugaste en esto? ¿Porque me acompañaste en esto?” y eso me compromete mucho más, porque es mucho más profundo, porque da un paso mucho más grande. Esa es la experiencia de Jesús, aquello que sella es cuando yo me siento querido y amado, no cuando tengo que vivir esto o no, eso me hace nadar en la superficie, o quedarme en algo que se puede esfumar muy rápido, pero cuando yo profundizo en el corazón, eso hace como una raíz mucho más fuerte. 

Hay una historia que cuenta que un labrador le estaba enseñando la profesión a su hijo y él estaba plantando y el hijo le preguntó: “¿Cómo hago para plantar esta semilla?”, y el padre le contestó “cava bien, cuanto más profundo sea, más posibilidades tiene la planta de crecer”. En nuestra vida pasa lo mismo, cuanto más profundo hacemos experiencia de amor, más profundos son nuestro vínculos, más estables son nuestro vínculos, vamos caminando y creciendo, o eso deberíamos. Como alguna vez les he dicho, a veces crecemos en un montón de cosas, o se nos invita a eso en el mundo, a crecer estudiando, y uno no termina más, hay que tener formación permanente y un montón de cosas. Nuestra imagen, que cómo me cuido, que tengo que estar bien, flaco, que no sé cuánto, me aparecen las canas, el pelo se me sigue cayendo y así en un montón de cosas; que tener más, que no, porque la imagen… Sin embargo, muchas veces nos olvidamos, que lo central es crecer en el amor y educarnos para crecer en el amor. 

A veces pareciera que el amor se da por arte de magia, cuando es lo central en la vida y eso es lo que me va a marcar a mí y lo que va a marcar al otro, eso es lo que va a transformar nuestras vidas, esta es la experiencia de Jesús. Por eso dice “yo los llamo de otra manera, ya no los llamo más servidores, los llamo amigos ¿Por qué? Porque yo les di a conocer todo, este soy yo, este es Dios”. Uno cuando ama verdaderamente, a los amigos, a los que quiere, a la familia, les abre el corazón, les abre su vida. Cuando uno se siente amado y puede amar, y ¿Qué hace? Y confía, no tiene que estar calculando, a ver, hasta dónde digo, hasta dónde hago, a ver si digo esto y piensan tal cosa, a ver si hago esto y que va a pensar el otro. Que muchas veces lo hacemos en los lugares donde no nos sentimos queridos y amados, o que tengo que mantener mi imagen y no puedo ser yo mismo. También dejo de controlar porque el amor me llama a confiar en el otro, a soltarlo, y no tengo que andar diciéndole qué hacer o tengo que ir controlando que haga tal cosa o tal otra. Sé que puedo confiar y el otro puede confiar en mí, me cambia la mirada, aprendo a mirar de otra manera, una mirada mucho más amorosa, mucho más misericordiosa, que entiende mucho más. 

Uno cuanto más ama aprende, o debería aprender, a perdonar mucho más, a intentar comprender al otro, a escucharlo, a preguntarle primero antes de juzgarlo. Me cambia también la manera en que yo escucho, la profundidad, las ganas que tengo de escuchar al otro, el amor va transformando mi corazón, cuando me animo a ir creciendo. A veces nos olvidamos que este es un camino de toda la vida y yo no puedo tener cuarenta años y seguir amando como cuando era niño o adolescente o joven, se supone que debería haber crecido. Entonces debería ser una persona que, creciendo en el amor, aprendí a tener más paciencia con el otro, a escucharlo mejor, aprendí a ser más generoso, más entregado, a tener un corazón mucho más misericordioso que sabe perdonar y entender al otro, esto es lo que hizo Jesús. 

Jesús fue creciendo en ese amor y creció en un amor tan grande que lo central es que dio la vida, y por eso dice “a mí nadie me la quita, yo la doy voluntariamente, porque quiero, ¿Por qué? Porque amo, y creo que todos tenemos la experiencia de que hay cosas por las que estamos dispuestos a dar la vida, pero es cuando aprendemos a amar. A la persona que amamos, estos dispuestos a darlo todo por esa persona, pero para eso tengo que profundizar en ese amor, esa es la experiencia de Jesús. Esa es la experiencia en las primeras comunidades y esa es la invitación a nosotros en este mundo. Cuando aprendemos a amar, nos miramos de una manera distinta y aprendemos a mirar al otro de una manera distinta, como que nos saca de nosotros mismos. ¿Vieron cuando los chicos están enamorados y uno le pregunta “¿Dónde estás hoy?” porque esta con la cabeza en otro lado? y uno sabe dónde tiene la cabeza, o en quién tiene puesta la cabeza, ¿Por qué? Y, porque el amor me lleva a pensar en el otro, quieren estar con el otro, esa es la experiencia de la vid y los sarmientos. ¿Se puede estar en Jesús? Yo soy la rama, el tronco, ustedes son los sarmientos, la rama, ¿cómo puede estar uno en el otro? Y cuando uno ama siente que esta con el otro, esa es la experiencia profunda. 

Yo me acuerdo una vez, charlando con alguien que había fallecido su marido, me decía “yo siento que se fue la mitad de mi vida” y era esa la experiencia, estar presente en el otro de una manera especial, después de todos esos años, el partió y ella quería partir para allá, quería tener esa experiencia. O la experiencia, si quieren, de santa teresa de Jesús ahora que se cumplen 500 años; ella, después de rezar, dice que escucha en su corazón una pregunta de Jesús que le dice “¿quién eres?” y ella contesta “soy Teresa de Jesús”. No dice “soy Teresa de Cepeda y Ahumada” que es su nombre, no, dice Teresa de Jesús, “yo vivo en él, vivo sin vivir en mi” dice teresa, y uno no entiende esas palabras, ¿cómo alguien puede decir “vivo sin vivir en mi”? Y después dice que escucha que Jesús le dice: “Yo soy Jesús de Teresa, yo soy para vos”. Bueno, esa es la experiencia de Jesús, Jesús es para nosotros y nos invita a ser para él y de esa manera también poder ser para los demás. Cuando uno ama eso sale con naturalidad, cuando uno tiene un corazón que es un poquito más mezquino, como todos tenemos experiencia, eso cuesta más. 

Esto es lo que vive Pedro en la primera lectura, Pedro se tiene que abrir a una nueva realidad. Llega a la casa de alguien extranjero, que se supone que no vive la fe y dice “¿quién soy yo para quitar lo que el espíritu está mostrando? Todas las naciones tienen que recibir esto”. Hoy lo podríamos decir de otra manera, ¿Quién soy yo para decir que el espíritu no se tiene que hacer presente en esta realidad, en esto nuevo? Bueno, si el espíritu me va guiando por ahí, esa es la experiencia de permanecer en el amor, cuando yo permanezco en el amor, crezco, y voy cambiando. Y sin tener una visión inocente, el amor cuesta, amar cuesta, sino pregúntenselo a Jesús en la cruz si amar no cuesta, amar es dar la vida, pero es el amor lo que te hace feliz. Pregúntenle a Jesús si eso lo cambiaría por algo. Esa es la experiencia que nos invita a hacer nosotros, aprender a amar, a ir creciendo en eso, a permanecer en Jesús para ir teniendo cada vez un corazón más grande y entregarlo. 

Animémonos entonces en este tiempo de pascua a permanecer en ese amor de resucitado pidiéndole que transforme nuestras vidas, nuestros corazones, y nos dé cada día un corazón más entregado. 


Lecturas 
*Hechos de los Apóstoles 10,25-26.34-35.44-48 
*Salmo 97 
*Primera carta del apóstol san Juan 4,7-10 
*Juan 15,9-17

viernes, 8 de mayo de 2015

Homilía: “descubrir la necesidad que tenemos en Jesús” – Quinto domingo de Pascua


Hay una canción de Mercedes Sosa que dice “cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo” y sigue dando ejemplos de cómo las cosas cambian continuamente y en el estribillo repite “cambia, todo cambia”. Creo que resume bien la experiencia de lo cotidiano en este mundo que es un cambio constante, no solo por el devenir de las cosas. Todos tuvimos que abrir los placares y buscar ropa abrigada este fin de semana con el frio, porque van cambiando las estaciones, aunque menos que antes, uno ve como las cosas van cambiando, pero también cambian con la experiencia. Hoy las cosas son muy distintas de lo que antes se vivía. Hace poco estaba reunido con unos amigos cenando y hablábamos de estas cosas y uno que trabaja en recursos humanos contaba que antes, hace un tiempo, unos años, le empezaron a llegar currículums de personas que habían pasado en muy poco tiempo por varios trabajos y él decía, para él, esas personas no tenían estabilidad laboral y descartaba los CVs. Pero decía que ahora son todos iguales, son todos así y, aparte, los mira con detenimiento porque esa es la experiencia de los jóvenes, hoy el trabajo que tienen es temporal, “hoy tengo este trabajo pero después va a cambiar”. Si uno piensa en nuestros padres o en nuestros abuelos, en general cuando comenzaban en un trabajo iba a ser el trabajo donde se iban a quedar durante toda su vida. Eso fue cambiando, fue mutando, el lugar que ocupaba en la vida y también ese “necesito y quiero quedarme acá”.

Podríamos poner también otro ejemplo de otra cosa diferente que se vive hoy, tal vez, no sé bien hace cuántos años, pero muchas veces un gran porcentaje se casaban con su primer novio o novia. Hoy en día, mejor no pregunto, pero no creo que sea la experiencia más prioritaria porque a veces “salen” o no sé; esa experiencia es distinta, es diferente. También, para elegir una profesión, una carrera: hace años, no tantos, uno cuando estaba terminando el colegio ya sabía qué iba a estudiar, después eso fue cambiando y uno cuando terminaba no tenía idea qué estudiar. Hoy no sé hasta cuantos años llega eso más o menos, algunos pasan por dos o tres carreras hasta que dice “esta es la mía”. ¿Es mejor? ¿Es peor? No, no es mejor ni peor, es diferente, cambia el modo de vivirlo. Pero, ¿lo central qué es? Lo central es que yo encuentre mi vocación, “esto es lo que quiero”, más allá del camino que tomen, lo central es que encuentro con quién quiero compartir la vida, más allá de si es el primer novio o no. Yo quiero compartir mi vida con esta persona, lo central es que lo profundo no cambie, lo superficial, siguiendo la canción, puede cambiar mucho pero debería no cambiar lo profundo, eso es lo que deberíamos sostener en la vida.

Tal vez, poniendo un ejemplo, hace poco me toco darle la unción a una señora muy mayor, tenía más de cien años, y me decía “padre, pídale a Dios que me deje partir de este mundo, para que se dé una idea, yo anduve en carreta”. Así que imagínense lo que era para ella vivir hoy en este mundo totalmente diferente, vivió en un mundo que era otra cosa. No hablamos de los cambios tecnológicos, que son continuos, más allá de eso que sería más superficial, también hay un montón de cosas que cambian y que por eso nos cuesta vivirlas. Por eso también con las generaciones de hoy uno se siente tan diferente, uno a veces escucha a los jóvenes, que son muy jóvenes todavía, y dice “bueno esto ya fue” como si hubieran pasado un montón de años. O que pasó un montón de tiempo y, sin embargo, es muy poquito el tiempo y la experiencia de hoy en el mundo es de cambios muy constantes en todo, a veces pareciera que hasta en los mismos valores y en lo que uno ve.

Por eso el mensaje de Jesús hoy en el evangelio suena casi como contracultural: “permanezcan”, y lo repite, casi que pareciera que no conoce un sinónimo porque dice “permanezcan en mí, permanezcan, permanezcan, permanezcan…”, continuamente está diciendo esto. Pero, ¿a qué se refiere Jesús? Jesús se refiere lo profundo, a encontrarle el sentido a la vida, cuáles son los valores importantes en los que yo quiero vivir. En qué es lo que yo quiero, cómo ser feliz podríamos preguntarnos en última instancia, esa es la pregunta, y cómo caminar en eso, en aquello que nos da vida. Y después de que en el fin de semana pasado Jesús nos dijo que él es el buen pastor y que él conocía a sus ovejas y las ovejas lo conocían a él, lo que nos dice es que, para que ese conocimiento crezca, la única forma es permaneciendo. Yo nunca termino de conocer al otro si no me animo a permanecer en él, a permanecer en ese vínculo, a ir pasando distintos momento, distintas etapas donde yo me voy a ir revelando y el otro también se va revelando; pasando tiempo juntos donde conocemos la vida y el corazón del otro. Esta es la invitación de Jesús: “Permanezcan en mí, yo soy la vid, ustedes los sarmientos”. Sin embargo, si uno escarba un poquito, yo creo que este texto va más allá de una elección, de elegir o no permanecer en Jesús. Es claro que uno elige si permanecer o no, esa elección es nuestra, pero la imagen es mucho más profunda porque el sarmiento no puede elegir o no estar en la planta. El sarmiento es parte de la planta y si deja de ser parte de una plata, porque por ejemplo alguien lo cortó como dice el evangelio, o se fue perdiendo o pudriendo, pero necesariamente se mantiene unida a la planta.

Lo que nos dice Jesús es que, para dar fruto, para dar vida, necesariamente tenemos que permanecer unidos a él. Que va a brotar de una elección propia, seguro, porque no estamos obligados con Jesús, pero él lo que dice es que tenemos que descubrir esa necesidad, “yo te necesito”. Así como necesitamos muchas cosas en la vida, descubrir la necesidad que tenemos en Jesús. Para poder crecer, para poder madurar, para poder ir abriendo el corazón. No es que vamos a ser mejores o peores por estar con Jesús o no, es más profundo: nuestra vida cobra una dimensión, una existencia diferente en Jesús. Pongamos como ejemplo estas lecturas que tenemos hoy. En el primer caso, en la segunda lectura, Juan dice: “No amen de palabra y con la lengua, sino de obras, de verdad, con el corazón, poniendo la vida” y todos tenemos la experiencia de lo difícil que es ese salto. El salto de lo que yo digo a lo que yo vivo es un salto casi que de los más difíciles en la vida, por eso está el dicho “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” porque nos cuesta mucho encarnarnos en la vida. Todos tenemos la experiencia de prometer un montón de cosas y ver después que no lo podemos hacer, de decirle un montón de cosas al otro, que le decimos sinceramente, pero que después, en la práctica, es muy difícil o muy distinto de lo que cada uno de nosotros vivimos.

Anoche tuve un casamiento, y todos sabemos cuál lectura eligieron porque casi siempre eligen la misma lectura, en esa lectura de Corintios que habla del amor, que el amor es paciente y es servicial, es muy linda. Pero si uno la mira con detenimiento, no solo lo que dice sino también la invitación a vivir, es muy exigente. No solo que el amor sea paciente, servicial, que yo me anime a vivir eso, que según cada uno y su personalidad lo podrá vivir mejor o peor; sino que, como yo siempre les digo, que se fijen bien lo que eligieron, que no sé qué tan bien leyeron: “El amor lo soporta todo, el amor lo perdona todo”. Ahora, si yo les pregunto ¿están dispuestos a soportar todo por amor o a perdonar todo por amor? Y estoy seguro que dirían “no mira, esto es imposible, yo tengo mi limite, hasta acá llego yo, hasta acá llega la entrega, el amor que yo puedo dar”. Hay momentos en los que se hace muy arduo, se hace muy difícil, donde uno descubre que se siente muy defraudado, muy desilusionado. O por el contrario, herimos a los otros, y es ahí donde, tal vez, si yo permanezco en Jesús, el amor de Jesús me invita a dar un paso más, me ayuda a, a veces, poder soportar cosas por amor, a poder vivir lo arduo de lo que es el amor, a expandir el límite que yo tengo, a que dé un paso más en mi vida.

En esta primera lectura tenemos el ejemplo de la vida de Pablo quien, como saben, se convierte. Nosotros tenemos la experiencia de Pablo vivida 2000 años después, que Pablo es un crack, Pablo es el misionero más grande que la Iglesia dio. Sin embargo, en un primer momento es difícil que Pablo llegue a eso porque él, como ustedes saben, perseguía a los cristianos, los mataba y, al primero que le dicen, que es a Ananías, “andá a bautizarlo”, le contesta “no señor, ¿adónde me estas mandando? ¿Sabés de quién estás hablando?” Ananías va con un miedo bárbaro a bautizarlo a Pablo, y después Pablo está en una comunidad de Antioquía donde le cuesta. Acá nos dice que lo llevan a Jerusalén y la comunidad en un primer momento no lo quiere recibir a Pablo. Uno diría “¿y el Espíritu caritativo?”, pero ¿nosotros recibiríamos a alguien que nos persiguió o que mato a un hermano nuestro? Creo que por mucho menos nos iríamos de acá si alguien así entra. Y Pablo no lo esconde y muestra el camino que la comunidad tiene que hacer y ¿Cómo es posible que la comunidad haga este camino? Y porque permanecen en Jesús. El permanecer en Jesús invita a un acto de misericordia que seguro va mucho más allá de lo que ellos pensaron, de lo que ellos imaginaron. Con paciencia, teniendo que esperar, con un Bernabé que lo defiende, que les dice “no, yo lo conozco, fue haciendo este camino” y esa es la invitación para nosotros, a que permaneciendo en Jesús él nos vaya dando un plus a nuestra vida.

Si yo me animo a abrirle el corazón a Jesús, él me enseña a mirar las cosas de una manera distinta, me enseña a VALORAR las cosas de una manera distinta, me enseña a ir a lo central y a ir creciendo en esos valores. ¿Cómo se puede tener cada día un corazón más bueno? Eso es lo que busca Jesús, una mayor profundidad en el amor, y esa es la segunda parte de esta imagen de la vid. La vid permanece junta y es esa vida, esa savia la que le da fuerza para que dé fruto, y lo mismo hace con nosotros. Hay momentos en los que necesitamos esa fuerza de Jesús y, permaneciendo en él, en la oración, en la eucaristía alimentándonos de él, él nos va a dar esa fuerza para lo que muchas veces nuestra vida no puede, encuentra su límite. Por eso nos invita, nos dice “anímense”. Ahora, si uno mira la planta, la planta no da frutos todo el año, todo el tiempo, tiene sus momentos para dar frutos. Hay veces que uno la mira y la planta está un poquito más seca, sin fruto, que no es el momento, es más arduo si uno lo mirara ese tiempo, pero necesita todo ese tiempo para después dar fruto. También en nuestras vidas, todos encontramos momentos diferentes, pongamos un ejemplo en el vínculo con Dios: Hay momentos más fuertes, hay momentos de aridez, de preguntas, de dudas pero eso es lo que nos lleva a un momento después donde nuestra vida da fruto pero para eso tengo que permanecer. La tentación más grande es abortar, decir “hasta acá llegue, dejo de vivir esto”, porque cuesta, prefiero cambiar, prefiero hacer otra cosa. “Bueno viví esto con Jesús, Jesús era para este momentos de mi vida” “Viví este valor, este valor era para este momento de mi vida” pero lo que va a dar fruto va a ser el que yo me anime y a veces nos va a costar vivir el amor. Sino pregúntenle a Jesús si le costó vivir el amor, ¿me va a costar vivir la verdad? Y sí, y va a ser arduo y me voy a preguntar cosas pero voy a poder ver la gratificación y el don que me da eso. Me va a costar vivir este vínculo hoy pero si tengo paciencia, si se esperar, voy a tener la certeza de que va a dar fruto, si me animo a permanecer. La permanencia es lo que hace que las cosas lleguen a florecer. Esa es la invitación de Jesús para nosotros.

Animémonos entonces, como estas comunidades, a permanecer en Jesús, animémonos a descubrir esas invitaciones que le hace a nuestra vida cuando le abrimos el corazón, cuando salimos de nuestra manera de pensar y dejamos que Jesús actúe. Animémonos como él a dar frutos de amor, frutos de esperanza, de esa paciencia que siempre llega a florecer.

Lecturas:
*Hechos de los apóstoles 9,26-31
*Salmo 21
*Hechos de los apóstoles 9,26-31
*Juan 15,1-8

miércoles, 29 de abril de 2015

Homilía: “Cuando no me preocupo por conocer a la oveja que tengo delante, no estoy viviendo con el corazón que me pide Jesús “– Cuarto domingo de Pascua

La película Tangerine, que traducido significa mandarina, es una película europea poco conocida, una coproducción georgiana-estoniana. La imagen es muy clara: Ivo está viviendo en una zona de conflicto, de guerra, ahí se dedica a cosechar mandarinas junto con amigo que hace los cajones. Es una época difícil donde está todo muy complejo, como podemos pensar en una guerra entre todos esos países que se fueron disgregando de la ex Unión Soviética. En un momento hay una pequeña batalla cerquita de donde él esta, de muy poquitos soldados donde muere la mayoría y quedan vivos dos: un checheno que se llama Ahmed y un georgiano que se llama Niko. Él con la ayuda de un médico logra salvarlos a los dos pero no tiene mejor idea de ponerlos a los dos en su casa, uno en cada cuarto; se acababan de intentar matar y él los tiene ahí. El que queda un poquito mejor, cuando se entera de esto quiere terminar con la vida del otro, Ivo se enoja y le dice a Ahmed que él le salvó la vida, que si no para de hacer eso se la va a quitar, le dice “yo te salvé la vida y vos me contestás y me devolvés esto así”. Entonces la promesa que le hace Ahmed es que mientras estén dentro de su casa, él no va a hacer nada, pero en cuanto saque la cabeza afuera… bueno, nos imaginamos qué es lo que querrá hacer. Se complica mucho la relación entre ellos adentro de la casa, sin embargo, como muchas veces pasa, en la medida en que se van conociendo, en la medida en que va pasando el tiempo, empiezan a tener la mirada un poquito más diferente del otro. Por lo menos empiezan a entender un poco más lo que el otro vive, lo que el otro pasó y muchas cosas que eran una crítica, empiezan a mirarlas de una manera y de una forma diferente.

Esto pasa muchas veces en la vida cuando nos animamos a encontrarnos verdaderamente con el otro. Todos tenemos la experiencia de haber prejuzgado al otro, hemos criticado cosas del otro y cuando lo conocemos nos damos cuenta que no era tan así la cosa, que en realidad era una mirada muy superficial que teníamos. No sabíamos que le pasaba, que el otro, puede ser que eso que nos cuesta un poquito lo tenga, pero que también tiene cosas muy buenas y para verlas tengo que romper la barrera. La barrera de que a veces los que vemos primero en el otro nos distancia, que es un prejuzgar o una mirada muy superficial de lo que el otro vive. A mí cuando alguien viene y me dice algo que le está costando mucho del otro o alguna persona que le está costando mucho yo le pregunto ¿Qué cosa buena tiene el otro, esta persona, que uno critica? Y si la persona, como me puede pasar a mí, me dice que no ve nada bueno le contesto que entonces no la conoce. No creo que Dios haya hecho tan mala a la otra persona, si uno no conoce nada bueno del otro, en realidad está mirando muy reductivamente, mira solamente lo que le molesta o lo que no le gusta. Es más, a veces cuando prejuzgamos puede ser que el otro o haya tenido un mal día o justo lo que muestra es algo que no me gusta, pero en general es porque tenemos una mirada reductiva, estamos casi más atentos a los que nos molesta del otro que a aquello que nos gusta. Como en la película, a medida que los vamos conociendo, pero un conocer de verdad, abrimos el corazón, pasamos tiempo con el otro, en ese momento aprendemos a ver cosas diferentes, aprendemos a amarlo de una manera distinta. 

Podemos decir que, de alguna manera, es lo que sucede en el evangelio que acabamos de escuchar. Cuando Juan escribe este texto del Buen Pastor, lo que está pasando es que la Iglesia está viviendo un momento difícil. Hay como distintos pastores, distintas cabezas y divisiones dentro de las primeras comunidades; unos viven la fe de una manera, otros de otra. Cuando estaba Jesús era más fácil porque la referencia era Jesús y cuando a Jesús algo no le gustaba de lo que estaba viviendo o de la manera en que vivían esta caridad o el tratarse los unos a los otros, la norma era Jesús quien ponía siempre por encima la caridad. ¿Qué es lo que pasa cuando empieza a haber una diferencia tan grande? Lo que pasa, lo que Juan les recuerda, es que el ÚNICO pastor, el Buen Pastor es Jesús, al que hay que mirar es a Jesús que es, hasta ese momento podríamos decir, el único que está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, ¿Por qué? Porque las ama. “Yo conozco a mis ovejas”, dice el Buen Pastor “y ellas me conocen a mí”. Ahora, no es un conocer de saber, “yo sé cómo sos”, que muchas veces en ese saber hay cosas que no me gustan del otro, es un conocer que implica amar. En el mundo judío, cuando alguien te decía “yo te conozco” era “yo comparto la vida con vos, yo te amo, sos parte de mi familia” y ESO es lo que vive Jesús. Y esto Juan lo pone como modelo para todos los que de alguna manera cumplen una función que implica acompañar a los demás, que implica pastorear.

En primer lugar, la Iglesia nos invita en este domingo a rezar por las vocaciones sacerdotales y consagradas pero nosotros no nos podemos reducir solamente a eso, muchos de los que estamos acá tenemos esa función de acompañar. Empecemos por la más básica e importante que es la de ser papás, me toca acompañar al otro, pero de ese ser papás, de ese primer núcleo pequeño se abre a un montón más que me rodean, y la primer pregunta es ¿Cómo los conozco? ¿Cómo los amo? Y a partir de ese lugar es cómo los voy acompañando. En la Iglesia eso es mucho más central porque el pastor es el que da la vida por las ovejas. Cuando a mi hay algo que me molesta o cuando a mi hay algo que me cuesta, la primera pregunta es ¿de qué manera yo estoy acompañando y estoy siendo pastor? ¿Yo daría la vida por ellos? ¿Daría la vida por esas personas? Esa es la primera pregunta que me haría Jesús. No es si el otro está cumpliendo la ley o no, si está haciendo las cosas bien o no, sino si yo estoy dispuesto a acompañarlo y dar la vida por esa persona, porque esto es lo que hizo Jesús. Si nosotros miramos la vida de Jesús, el buen pastor, no es el que da la vida por los justos o el que le está señalando al otro si esta haciendo las cosas bien o mal. El Buen Pastor es aquel que está dispuesto a darlo todo aún por aquel que no se lo merece o, mejor dicho, por todos nosotros que no lo merecemos ¿Por qué? Porque los quiere y los ama y eso es lo que transforma a Jesús en lo que es, lo que está dispuesto a hacer. Esa es la invitación para cada uno de nosotros. Creo que cuando nos terminamos distanciando es porque empezamos a ver qué es lo que nos separa y nos olvidamos, en primer lugar, de ver qué es lo que nos une que es Jesús. Nos olvidamos de la manera que nos invita a vivir y a acompañarnos, que es dando la vida, estando dispuesto a amar al otro hasta el extremo, sentarnos con el otro a entenderlo, a preguntarle qué es lo que le pasa o solamente que me preocupe.

Creo que la invitación es a esa cercanía que podemos tener. Me acuerdo que en uno de los talleres o cursos que me pidió el obispo que haga sobre dirección espiritual, el que vino a dar el curso lo primero que nos dijo, y no solo lo primero sino que estuvo un par de charlas hablando de eso, era que amemos a la persona que tenemos delante. ¿Qué es lo primero que tengo que hacer? amarlos. Y se pasaba hablando de eso y mientras uno esperaba tips o cosas que ayuden a los problemas que surgían, él seguía hablando de amar, qué significa amar. Amar es tener paciencia, escucharlo verdaderamente, darle tiempo, tener empatía, ponerse en el lugar del otro, y uno sigue pensando “bueno, pero decime qué hago” y el seguía hablando de amar ¿hacer qué? Amar, quererlo al otro, no preocuparse por solucionarle la vida, querer corregirlo. Primero preocupate por quererlo y por amarlo, y esto lleva tiempo si uno lo tiene que hacer verdaderamente en el corazón. No solamente a veces nos cuesta amar, ¿Cuántas veces estamos viendo cómo nos sacamos de encima al otro porque nos cuesta un poquito? Cómo, hasta haciendo un acto de caridad, queremos terminar rápido, no nos ponemos en ese lugar. El lugar de Jesús es el lugar del que conoce al otro, y para conocer uno tiene que pasar tiempo, casi que, como dijo el papa a los que trabajamos con los jóvenes, tiene que perder el tiempo que ganarlo para Jesús y esa es la invitación para cada uno de nosotros; con Jesús y con los demás. Para conocer al otro yo tengo que abrir el corazón, estar dispuesto a salir de mis esquemas y tengo que estar dispuesto a tener y pasar tiempo. 

Esa pregunta nos la podríamos hacer en primer lugar con Jesús, él dice “yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí”. Bueno, ¿Cuánto tiempo estoy dispuesto a pasar con Jesús? ¿Estoy dispuesto a abrir el corazón, a salir de mi imagen de Dios, de los preconceptos que yo tengo y a dejarme transformar por él? A ver qué es lo que él tiene para decirme, a pasar tiempo con el otro, y no solamente con el que tengo más cerca, aunque a veces tenga que ser ese porque es el que hoy más me está costando; sino también con el que Jesús pone a mi lado. Qué tan dispuesto estoy a escucharlo, a entenderlo, a preguntarle qué es lo que le pasa, por qué hizo eso. A veces lo que me sale más rápido es quejarme de algo. 

Voy a poner solamente un ejemplo: Gracias a Dios, el papa, la Iglesia, ha decidido este año, que comenzó el año pasado, hacer un sínodo por la familia, ¿Por qué digo gracias a Dios? Porque lo central, si hay algo que vemos hoy que está en crisis, que cuesta vivir, que hay que pelearla, que hay que lucharla pero que es central en cada uno de nosotros, es la familia. ¿Qué más queremos que una Iglesia que se preocupe por eso? Que diga “a esto hay que dedicarle tiempo hoy”. No alcanza con las respuestas que dábamos hace treinta años porque seguramente, ustedes descubrirán, que las problemáticas familiares hoy son distintas a las que tenían sus padres o las que tenían sus abuelos o la forma en la que se vive entonces hay que darle una respuesta hoy. Muchas veces, en vez de alegrarnos, decir “que bueno una Iglesia que se preocupa por la familia hoy, que le quiere dedicar tiempo a la familia hoy, que está dispuesto a mirar cómo acompañarlas”, empezamos a poner peros. Y no hablé todavía nada de cambiar o no cambiar, yo lo que dije es que hay que preocuparnos por esto, dediquémonos a esto. Y uno a veces en vez de decir “que bueno que le dedicamos tiempo a esto” lo primero que escucha son críticas: “Uy, pero ¿porque vamos a hacer esto?” A veces somos un poco cuadrados o nos cuesta abrir el corazón como Jesús, preocuparnos por el que tenemos adelante, escucharlo, verlo; y cuando no hago eso, no estoy viviendo el corazón de Jesús Buen Pastor. Cuando no me preocupo por conocer a la oveja que tengo delante, me alejé de él, podré cumplir la ley, podré vivir como fariseo o como fuera pero no estoy viviendo con el corazón que me pide Jesús. Ese corazón que se preocupa por el hermano, ese es el corazón que quiere Jesús, por eso a Jesús lo criticaron, por eso fue tan difícil la vida de Jesús. ¿Por qué Jesús se preocupa por esto? Esta era la pregunta de muchos, ¿Qué tienen estos para que Jesús dé la vida por ellos? Esa fue la pregunta que nunca entendieron, que lo que Jesús hacía era amarlos. El corazón que tenemos que tener es ese, no condenar lo que no nos gusta o es diferente, sino de preocuparme por él. Y si primero lo condeno antes de acercarme, escucharlo, tratar de entenderlo, me estoy convirtiendo en un asalariado, no en un Buen Pastor. El signo más claro es que no estoy dispuesto a dar la vida por él, solamente quiero condenarlo.

Creo que todos tenemos la experiencia de cómo en el amor todo se perdona, a lo que queremos realmente, uno le da otra oportunidad, vuelve a estar más cerca, se acerca, está ahí, le duele cuando se aleja. Ese es Jesús, el que está dispuesto a estar con todos, a conocerlos y a que lo conozcan, porque sabe que el amor salva y cuando uno se preocupa y le dedica tiempo, eso hace que se lo encuentre y lo salve. Así es como quiere que seamos nosotros en lo que nos toca acompañar: personas, pastores, ovejas que estén dispuestos a amarse, que estén dispuestos a acompañarse, a entregarse, a dar la vida por el otro. Pidámosle entonces a Jesús Buen Pastor que nos reúna como comunidad, que nos ayude a dedicarnos tiempo, a escucharnos, a entendernos, a estar cerca los unos de los otros y a poder amarnos como ama Jesús Buen Pastor.


Lecturas:
*Hechos de los Apóstoles 4,8-12
*Salmo 117
*Primera carta del apóstol san Juan 3,1-2
*Juan 10,11-18

viernes, 24 de abril de 2015

Homilía: “Nada puede suplantar la experiencia, yo tengo que recorrer el camino” – Tercer domingo de Pascua

En la primera de las películas de la trilogía de Matrix, Mr. Anderson es quitado del mundo en el que vivimos y se le muestra que hay como un mundo paralelo, por así decirlo, y que donde él estaba era más que nada una realidad. Se le empieza a enseñar sobre este mundo controlado por las máquinas y uno de ellos, Morfeo, le va a explicar qué es lo que está viviendo y qué es lo nuevo que tiene que vivir y él empieza a aprender un poco todo lo que significa empezar a ver de una manera nueva, a descubrir las cosas de una manera nueva. Hasta que le empiezan a surgir preguntas sobre el futuro, sobre lo que le está viviendo, sobre el camino que tiene que tomar. En un momento Morfeo le dice: “Con el tiempo vas a descubrir que hay una diferencia entre conocer el camino y recorrer el camino, yo solo puedo mostrarte la puerta, a vos te coca abrirla”. Esto es lo que continuamente hacemos unos con otros, empezando por todos los que son papás, con los demás ¿qué es educar? Mostrar el camino, pero a vos te toca abrir la puerta y recorrerlo. Hay una diferencia muy grande entre saber y vivirlo, entre conocer algo y hacer experiencia.

Yo me acuerdo cuando estaba en la facultad, antes de entrar al seminario, creo que ya todos saben que estudié cuatro años de ingeniería química, y, estando ahí, el último año me dieron una pasantía para ir a un laboratorio. Llegué ahí y el encargado del laboratorio me pregunta cuáles materias de química había cursado. Yo había cursado todas, aparte era medio nerd y le empecé a decir todas las que había cursado y cuando terminé me dice: “Bueno, te aviso que acá no te van a servir de nada”. Obviamente que no es tan así, pero ¿qué es lo que me quería decir? Una cosa es saber y otra cosa es aplicarlo, una cosa es la base del conocimiento y otra es cuando, en la práctica, uno se encuentra con un montón de problemas, con un montón de cosas que tiene que resolver, cuando las cosas no son tan exactas como uno lo tuvo que aprender. Como en la vida hay veces que hay una especia de déjà vu, me acuerdo que cuando estaba en el seminario, en mis últimos años y a mí, que como les dije, me gustaba estudiar, uno de los curas me dice: “bueno, cuando seas cura lo que estudiaste no te va a servir para nada”. Me dijo exactamente lo mismo, tampoco es tan así y muchas de las cosas que uno estudia sirven. Pero, era lo mismo, lo que me quería decir es “tenés que tener la humildad de reconocer que ahora te toca recorrer el camino”, es importante la base de lo que uno aprende y otra cosa es cuando uno tiene que vivir lo que le toca. Cuando llega ese momento es cuando yo tengo que hacer experiencia. Pongamos otro ejemplo cotidiano, para los que son mamás y papás: una cosa es leer libros sobre ser mamá o papá, que te lo diga la abuela de los chicos o la madre de uno, que te cuenten, y otra cosa es SER padre, madre; tener que vivirlo en el día a día, recorrerlo, hacer experiencia de eso. Uno sabrá que solo se aprende, si es que algún día se termina de aprender, cuando uno recorre el camino. Siempre va incorporando cosas, no sé en qué número de hijo uno puede decir “bueno, ya las vi todas”, si es que en algún momento ya las vi. Yo voy incorporando, voy aprendiendo mientras hago experiencia. Esto sucede en cada una de las cosas, a mí me pueden decir “ir a la facultad es esto y esto, cuando vas a la facultad vos elegís, vos hacés lo que a vos te gusta”, “voy a estudiar porque voy a estudiar lo que yo quiera” y después veo que la mitad de las materias no me gustan, que no es tan así, cuando llega el momento, yo tengo que recorrer ese camino y lo tengo que hacer por mí mismo. ¿Sirve lo que yo supe? Sirve. ¿Sirve lo que los otros me transmiten? Sirve. Pero NADA puede suplantar la experiencia, yo TENGO que recorrer el camino, yo tengo que animarme a ir dando pasos. Es como cuando alguien le dice algo a otro, como cuando a algún amigo uno le pide un consejo y se lo dice muchas veces, o un padre a un hijo y el otro igual va y lo hace. Uno dice, ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué te querías dar la cabeza contra la pared? Porque LA EXPERIENCIA, aun a veces equivocándose, la tiene que hacer uno y uno aprende en la experiencia acertando o equivocándose y TODO sirvió. Sirvió que me digan, sirvió que yo lo recorra para que yo pueda incorporarlo y aprender en la vida. Esto que es una dinámica básica de la vida es también algo esencial en nuestro recorrido de fe.

¿Qué es lo central en nuestro camino de fe? La experiencia, es lo que me ayuda a madurar y a crecer. Esto es lo que sucede en el evangelio que acabamos de escuchar: Jesús se aparece a sus discípulos, ellos no se dan cuenta que está Jesús con ellos. Esto lo hemos escuchado y lo vamos a escuchar en todos los relatos. Sin embargo, ya vinieron otros, vinieron los discípulos de Emaús que cuentan que cuando se encontraron con Jesús no se dieron cuenta al principio de que era él, que ardía su corazón. Vino Pedro, dice el evangelio, y dice “yo me encontré con Jesús, estuve ahí” y, sin embargo, ellos tienen que hacer experiencia. Lucas no esconde nada en esto, dice que apareció y al principio pensaron que era un fantasma Jesús, no se dan cuenta. Jesús les dice: “la paz esté con ustedes” pero dice que todavía tenían dudas, que no se daban cuenta de que era él. Entonces les dice “bueno, vengan, hagan experiencia propia, acá tienen mis manos, acá tienen mis pies, toquen, y ahí se alegran pero igual dice que todavía estaban atónitos. Jesús les dice: “tráiganme algo de comer”, si hay algo que Jesús resucitado no necesita es comer eso es clarísimo pero ¿Quién lo necesita? Los discípulos, y Jesús tiene la paciencia del pedagogo que se da cuenta que el otro todavía tiene que hacer camino, y se sienta, come con ellos, lo va a hacer varias veces antes de ascender a los cielos. Es decir, deja que vayan haciendo un camino en su recorrido de fe, sale de sí mismo para descubrir cuál es el tiempo que necesita el otro en ese camino. No soy yo cuando enseño el que marco los tiempos, es el otro el que tiene que hacer la experiencia y por eso me va diciendo, de alguna manera, cuáles son las etapas, cuáles son los tiempos. Yo lo que puedo hacer es decirte “esa es la puerta, ese es el recorrido que vos tenés que hacer”. Y esto es lo que hace Jesús con ellos, les va mostrando el camino y para eso tiene paciencia. Empieza con los discípulos de Emaús que dicen “¿no ardía acaso nuestro corazón?”, les abrió el corazón, fue lo primero que hizo, ¿para qué? Para que puedan recorrer el camino.

Hoy nos dice el evangelio que les abrió el entendimiento para que ellos de a poco puedan entender, pero haciendo experiencia. Varias veces les dice Jesús, tres nos dice el evangelio, que él tenía que morir y resucitar: “a mí me van a llevar, voy a vivir la pasión, me van a crucificar, voy a morir, voy a resucitar” y los discípulos no lo pueden entender. No lo van a entender hasta que no hagan experiencia de eso, hasta que la Pascua sea un hecho. Recién cuando Jesús muera y resucite y hagan experiencia concreta de lo que es la resurrección, ellos van a empezar a comprender. Recién cuando Jesús se les aparezca, les tenga paciencia, todo eso lleva tiempo, y eso es lo que más nos cuesta a nosotros. A veces cuando uno tiene que educar tanto, los que son papas, los que son maestros, uno tiene la tentación de decir, después de tantas veces, “a ver, no podría venirme un hijo hecho ya más o menos así no tengo que tantas veces…” o en cualquier vínculo, en una amistad “que esto ya esté recorrido”. Cuántas veces queremos como saltear etapas, quisiéramos que las cosas estén dadas, y no solo nos perdemos lo lindo, más allá de la problemáticas, de los dolores que puede haber en el camino, sino que nos olvidamos que eso es necesario, totalmente indispensable, para madurar y para crecer: TENGO QUE HACER CAMINO. Tengo que animarme hoy a hacer la experiencia de lo que significa vivir esto y nada la puede suplir. Soy yo el que, si quiero vivir algo, tengo que decir “bueno, hoy empiezo a recorrer este camino”, y tenerme la paciencia de lo que eso lleva, en cualquier grado, en cualquier momento. En la vida, en la fe, uno nunca termina de aprender, uno lo que va haciendo es recorrer el camino e ir madurando, creciendo. El ejemplo son los discípulos quienes dejándolo todo lo siguieron a Jesús, así comienza el evangelio, y la pregunta es ¿dejaron TODO los discípulos? Bueno, si: dejaron a su familia y dejaron sus trabajos, pero después van a tener que dejar su forma de pensar, lo que ellos creían que era Jesús, la manera en que Jesús tenía que vivir, la manera en que iba a dar la vida, después que se les aparece resucitado, que les pide otra cosa. Continuamente fueron aprendiendo y eso les llevó tiempo, los tres años con Jesús, que Jesús resucitado se les aparezca, que vayan haciendo camino en las comunidades. Pero para eso tengo que animarme a PERMANECER, a permanecer en eso que quiero vivir, de lo más simple como puede ser una profesión, una carrera, el colegio a una amistad, un noviazgo, un matrimonio, un camino con Jesús.

Muchos están haciendo el camino de confirmación o son coordinadores y uno puede decir: “bueno, ya está, ya llegué, me confirmé y llegué” ¿Se acabó el recorrido? Llegás a la confirmación y pensás “aprendí” y después empiezan a aparecer más dudas, más preguntas. Yo creo que hoy tengo más dudas en mi fe que cuando era adolescente, y uno puede decir ¿sé más? Bueno, aparecen preguntas, todo el tiempo aparecen preguntas en el camino y uno continuamente tiene que ir incorporando cosas y ¿cómo uno crece y madura? Cuando se anima a estar, eso es lo que nos diferencia; cuando nos animamos a permanecer y decir “esta es la experiencia que hoy tengo que incorporar en mi vida y en mi fe”, y así aprendo, cuando estoy, eso es lo que les pide Jesús. Fíjense, ¿Qué es lo que hace Pedro? A él le llevó tiempo esto, pero Pedro ya no tiene miedo, nos dice la primer lectura que está frente al sanedrín, es curiosa la diferencia: antes de la Pascua Pedro, ante un esclavo, que en esa época los esclavos no tienen voz, nadie les presta atención, no pueden decir nada, y Pedro frente a un esclavo, le dice: “yo no conozco a Jesús”. Después de la Pascua va y habla frente al sanedrín, frente a los que crucificaron a Jesús. Fíjense la transformación que hace en su corazón el estar con Jesús, y no solo no tiene miedo ya, o tal vez un poquito tenía pero se anima a hacerlo. Además, ya se descentró, no les dice “ustedes son un desastre, unos hipócritas”, no, les dice “bueno, ustedes lo entregaron por ignorancia, no se dieron cuenta de lo que hacían, ahora anímense a seguir a Jesús”. Se descentra de él y piensa qué es lo que puede hacer que a ellos los motive, cómo puedo buscar el camino para que ellos hoy sigan a Jesús, y esa es la invitación para nosotros. En primer lugar, como yo voy haciendo experiencia de Jesús, después, cuál es la paciencia que yo tengo para transmitirla, sabiendo que más allá de lo que yo diga, lo que tengo que lograr es que el otro se anime a hacer experiencia. No es que lo tengo que convencer de algo, le tengo que decir “animate, vení, andá a un retiro, andá a una misión, andá a una misa, andá a un ratito de oración, hace ese camino que el que va a obrar es Jesús, ¿Cuándo? Cuando estés con él, eso es recorrer la fe.

Lo que nos invita Jesús es a que nos animemos a ir incorporando cosas para poder transmitirlas. Jesús termina diciéndoles “ustedes son testigos de todos esto”, Pedro, Juan, Santiago, todos los apóstoles transformados por esa Pascua van a salir a dar testimonio, pero para dar testimonio se tienen que dejar transformar por Jesús. Fíjense lo que dice Juan en la segunda lectura: “Ustedes no pueden decir que conocen a Jesús si no lo viven”. Si uno no vive en los mandamientos, si uno no vive el camino de Jesús, ¿Qué es conocer a Jesús? ¿Solo decir lo que sé o encarnarlo en mi vida? Ojo, Juan sabe que somos seres humanos, no es iluso, no es idealista, lo que él dice es: “¿querés transmitir la fe? VIVILA”. Y podríamos pensar también los primeros dones que Jesús le da a la comunidad, ¿qué es lo primero que les regala? PAZ, que tengan paz, que estén tranquilos. En la medida en que uno está tranquilo, uno tiene mucho más tiempo, tiene tiempo para sentarse con el otro, tiene paciencia para escucharlo. Cuántas veces nos falta tiempo, no solo en la fe, en nuestras casas, para estar con los que queremos, necesitamos estar en paz, tranquilo para transmitir algo. Tal vez tendría que preguntarme si antes de transmitir algo, no le tengo que pedir a Jesús que me regale un poco de paz, un poco de paciencia, de tolerancia para entender y comprender la realidad del otro. Lo segundo que les trae el resucitado es ALEGRIA, si quiero transmitir algo y quiero convencer al otro más vale que yo esté convencido de eso y eso me alegre, si yo no tengo alegría no entusiasma al otro. Tal vez lo primero que le tengo que pedir a Jesús es que su Pascua, que su vida, que la fe me alegre, para que yo con alegría vaya y entusiasme al otro, y así podría pensar que otras cosas le tengo que pedir: más generosidad, más entrega, más solidaridad, más oración, más acción… cada uno de nosotros tenemos que mirar en qué le puedo pedir a Jesús ser más testigo para, a partir de ahí, animarme a llevarlo, ese es el fruto de la Pascua. Hago experiencia de Jesús para invitar al otro, para entusiasmar al otro, para que también haga su propia experiencia.

Pidámosle entonces esta noche a Jesús resucitado que también nos haga testigos, que nos regale su paz y su alegría, que nos entusiasme a ser testigos, para que con ese entusiasmo nos animemos a dar testimonio frente a nuestro hermanos.



Lecturas:
- Hechos de los Apóstoles 3,13-15.17-19
- Salmo 4
- Juan 2,1-5
- Evangelio según san Lucas 24,35-48

viernes, 17 de abril de 2015

Homilía: “Cuando nosotros logramos hacer una experiencia profunda en la fe, en la vida, eso nos alimenta” – II Domingo de Pascua


Hay una película que se llama Una Buena Mentira que cuenta la historia de unos refugiados sudaneses que después de partir de su pueblo por la guerra civil, de estar más de 10 años en un campo de refugiados, tienen la suerte de ser elegidos para ser llevados a Estados Unidos. Ahí quedan a cargo de una chica que se llama Carrie Davis que, en medio de sus tareas, una de las que tiene que hacer es ver que estos jóvenes, que se tienen que insertar en una sociedad totalmente distinta, puedan hacerlo. Pero, casi inconscientemente, estos jóvenes que al principio le complican la vida se le van cambiando. Ellos, por ejemplo, no atienden el teléfono, no sabían lo que era un teléfono, en su vida habían visto uno (hoy en día, el 45% de la población mundial todavía no hizo nunca una llamada por teléfono). Carrie les tiene que conseguir un trabajo y a uno de ellos le consigue uno en un supermercado donde le piden, en algunos momentos, que la comida que se va venciendo la tire. El chico le dice que no puede trabajar en un lugar donde no tienen ética, que tira comida cuando otros no pueden comer. Todo esto, que nosotros a veces tenemos tan incorporado, en Carrie va tocando el corazón; al principio la enoja, la pone mal porque tiene que conseguirle otro trabajo, “bancate esto” “esto es parte de lo que te toca vivir acá”, pero después empieza a animarse a dejarse profundizar en esa experiencia. Aún en medio de la rutina, de la cantidad de cosas que tiene, se deja tocar en el corazón por la experiencia que el otro le está haciendo vivir.

Esta experiencia que Carrie tiene puede ser una experiencia también cotidiana que tenemos todos nosotros: nos encontramos con distintas realidades, vivimos distintas experiencias, pero a veces con la cantidad de cosas que tenemos que hacer en la rutina diaria, no podemos decantar en el corazón aquello que estamos viviendo, aquello que nos pasa. Todos tenemos experiencias de encuentro con los demás o propias, de la propia vida, donde decimos “me gustaría tomarme unos días, tener unos días para poderlo decantar, para poder ver qué es lo que pasa” pero no podemos. La vida casi que, en ese sentido, nos pasa por encima y al siguiente día de tener una experiencia muy linda tenemos que hacer 18 cosas, sentimos que no tenemos tiempo, que a veces las cosas van pasando más que que nos van pasando cosas en el corazón. Frente a esto, creo que en general no hay mucho que podamos hacer porque todos tenemos muchas obligaciones. Lo que si podemos hacer es vivir la experiencias que tenemos en la vida con intensidad, de una manera diferente, y aprender a descubrir que podemos canalizar la vida de manera distinta.

Acabamos de celebrar la Pascua, con su cruz, tres días de mucha intensidad en nuestra fe, cada uno lo habrá celebrado como ha podido pero son tres días muy fuertes, de una experiencia de Dios. A veces, alguno tendría ese deseo de “bueno, me gustaría tomarme unos días, poder decantarlo, poder verlo” pero, sin embargo, el lunes nos sorprende a todos y tenemos que hacer un montón de cosas, volvemos a la rutina diaria, ya no tenemos ese mismo tiempo para rezar, para celebrar, es lo que nos toca. Pero la pregunta es ¿qué hago yo con esa experiencia? ¿Qué hago con una experiencia fuerte que he vivido? Bueno en este caso la Pascua, pero también en nuestra vida, un encuentro profundo con un amigo, con esposos, con hijos, ¿qué es lo que podemos hacer con eso? 

Lo primero es alimentarnos de eso para nuestra vida, cuando nosotros logramos hacer una experiencia profunda en la fe, en la vida, eso nos alimenta, eso es el alimento que tenemos cuando la vida viene un poco más trabajosa, cuando la cosa viene un poquito más dura. No siempre tenemos esas experiencias profundas y a los que se nos invita es a que ese alimento sea lo que nos va durando a lo largo del camino. Es más, no siempre vamos a vivir una celebración con mucha profundidad o vamos a tener una charla re profunda cuando estemos con un amigo o en algún vínculo también más fuerte. Pero lo primero que hay que descubrir es no quedarse en la nostalgia de aquello que pude vivir, eso se hace presente hoy, porque es lo que me alimenta en el vínculo actual, es lo que hace que este vínculo sea más fuerte. Si yo tengo una charla con un amigo muy profunda y en mi realidad actual lo vuelvo a ver dentro de dos o tres meses, cuando retomo lo hago desde ese lugar, ya tuve una profundidad en el vínculo que no la pierdo. Obviamente que podemos hablar profundo, podemos hablar de pavadas de la vida, pero se trata de que cuando uno logra tener un encuentro profundo, ya nos vinculamos desde un lugar diferente y ese es el alimento: esto que tuve me alimenta en lo diario, me alimenta en lo rutinario, me alimenta en lo que cada día tengo que hacer. 

Lo segundo es descubrir que se me invita a vivir desde un lugar diferente, a veces no nos animamos a hacer experiencias profundas en el corazón, casi que preferimos como nadar en la superficie, como si fuera más fácil. Sin embargo, eso nos deja un sabor amargo. Todos estamos llamados en la vida a tener experiencias intensas, a tener experiencias profundas, es más, es lo que nos hace felices, es lo que nos alegra. Por eso se nos invita a profundizar, a descubrir que eso es lo que necesitamos, que es una experiencia que nos invita a vivir de una manera distinta y diferente. Cuando yo los vínculos no los puedo profundizar, ahí es cuando empiezan las crisis, qué es lo que de diferente le trae este vínculo a mi vida, qué es lo que de distinto le trae. Para eso necesito animarme a abrir mi corazón y a encontrarme con el corazón del otro, esa es también la experiencia de la Pascua. 

Como ustedes saben, la resurrección de Jesús nadie la vio, lo que tiene la Iglesia es la experiencia del resucitado, las apariciones, como vamos a ir escuchando durante todo este tiempo, y es encontrarse con una nueva experiencia de Jesús y, a partir de ahí, aprender a vincularse de una manera diferente y nueva, y esto es lo que escuchamos. En primer lugar, Jesús se les aparece, los tranquiliza, les dice “la paz este con ustedes”. Lo primero que descubre es que necesitan tener una paz en el corazón que los anime a ver de una manera distinta, nueva, no en medio de eso temores, dudas, preguntas que tenían en el corazón. Después les transmite la alegría de ese encuentro y, a partir de ahí, los llama a ser testigos, no es que pasó algo precisamente, sino como un paso en su vida, hicieron experiencia de Jesús resucitado. Esa es la invitación para cada uno de nosotros, no que esta Pascua pase, sino que hagamos experiencia HOY de la resurrección de Jesús, que nos animemos a encontrarlo. 

Es llamativo, porque ustedes saben que la Pascua se celebra durante ocho días, hoy estamos terminando de celebrar la Pascua, empezamos el domingo pasado y terminamos hoy. Creo que no solo es por la alegría que desborda el celebrar la Pascua durante tantos días, sino porque la Pascua quiere englobar toda nuestra vida. Todo lo que pasa en la semana, el vivir en familia, el trabajar, el estudiar, las alegrías, las tristezas, quedan englobadas en la Pascua. Jesús quiere compartir toda la alegría con nosotros y la experiencia del resucitado, quiere que sea en toda nuestra vida y esa es la invitación que nos hace, a descubrir cuál es esa experiencia del resucitado que yo puedo hacer y el testimonio que puedo dar. Está bueno porque la primera misión de la Iglesia fue un fracaso fíjense, hay diez discípulos que le quieren anunciar a uno, a Tomás, y fracasan, no les cree, ya a la primera les cuesta que les crean, les cuesta transmitir. No les fue bien la primera vez, tuvieron que hacer prueba y error más o menos para animarse, seguir. Después Tomás va a creer, ¿cuándo va a creer? Cuando pueda hacer experiencia en su vida del resucitado, y por eso Jesús le dice: “Bueno vení, tocá mi costado, tocá mis manos”, quiere ver la huella del resucitado en Jesús. A nosotros se nos invita a lo mismo: ¿Cuál es la huella de Jesús en mi vida hoy que puede transmitirse a los demás? 

Pero para eso me tengo que animar a que esa experiencia de Jesús resucitado toque mi vida, ¿Cuál es el paso que yo puedo dar en mi vida para que el otro pueda hacer experiencia de Jesús? ¿Cuál es el signo de ese testimonio? Tal vez vivir con una alegría distinta si me está costando, tal vez, si estoy muy pesimista, buscar tener un poco más de esperanza, no bajar tanto los brazos; tal vez me está costando mucho un vínculo y quiero dar un paso en eso, un paso no un salto mortal. ¿Cuál es el paso en mi vida que puede mostrar la experiencia de Jesús? Esa es la invitación, esa fue la invitación a los discípulos, por eso, dice la primera lectura, los discípulos vivieron una comunidad distinta, más allá de la idealización, compartían todo, eran alegres, transmitían la experiencia de Jesús. Esta es la invitación para nosotros, que Jesús toque nuestra vida y que en lo cotidiano eso lo podamos transmitir.

Animémonos entonces en estos días a hacer la experiencia pascual de Jesús, la experiencia de Jesús resucitado en nuestra vida y que esa experiencia también la podamos transmitir y llevar a los demás.

Lecturas
*Hechos de los Apóstoles 4,32-35
*Salmo 117
*Primera carta del apóstol san Juan 5,1-6
*Evangelio según san Juan 20,19-31