lunes, 26 de marzo de 2012

Homilía: "Una entrega que no es por amor, no tiene sentido" - V domingo de Cuaresma


En la película, El Abogado del Diablo, Kevin Lomax es un abogado de un pueblo chiquito, muy famoso porque no ha perdido ningún caso; ni como fiscal primero, ni como abogado después. Pero llega un momento en el que se da cuenta de que está defendiendo a una persona que es culpable. Empieza a tener un problema de conciencia, de qué hace, y qué es lo que prefiere hacer. Y elige continuar con esa carrera exitosa; ganando los casos, y sin perder ninguno. En ese momento es contratado por una firma muy importante, cuyo presidente es John Milton, quién lo va tomando de alguna manera como su mentor y le va mostrando lo difícil que es ir haciendo camino. Le dice que lo central es cómo decidimos en los momentos de tensión; si podemos actuar bajo presión; si podemos elegir aquello que hemos descubierto que es el camino que queremos seguir.

Más allá de preguntarnos si solamente lo central es elegir en esos momentos de presión y de tensión en la vida, sí es verdad que esos momentos llegan en la vida de cada uno de nosotros. Momentos límites en los que nos damos cuenta de que tenemos que tomar una opción; cruces de caminos que aunque los evitamos en diversos momentos de nuestra vida, llega un punto en que no podemos seguir caminando si no elegimos hacia donde vamos. Momentos en que nos damos cuenta que hay cosas que no nos cierran; que hay cosas que queremos cambiar; que hay cosas que queremos dejar atrás. Pero en general, cuando se llega a ese momento es porque hemos recorrido un camino. Y lo que nos va a ayudar a elegir, es cuáles son las opciones que fuimos haciendo antes; de qué manera nos animamos a elegir a lo largo del camino.

En primer lugar, podríamos preguntarnos si nos hemos animado a elegir: si hemos hecho opciones o si fuimos yendo según como el viento, o la marea nos llevaba.

En segundo lugar, de qué manera hemos elegido; si nos hemos animado a poner el corazón. Porque cuando llegan los momentos límites, en general lo que uno fue sembrando es lo que cosecha. Esto es lo que pasa en la vida de Jesús. Tanto en este Evangelio, como en lo que estamos celebrando en estos próximos días. Esto es lo último que va a decir Jesús antes de entrar en su pasión. Es decir, ha llegado el momento culmine de Jesús. Tal es así que dice – ¿Voy a eludir esto? Si para esto he llegado hasta acá. Si para esto he hecho este camino -. Pero para eso tuvo que ir cultivando y sembrando en su corazón esa decisión que en algún momento iba a tener que tomar, aún cuando eso le cueste la vida.

Y es por eso que cuando llegan estos hombres, griegos, seguramente judíos que se acercaban a Jerusalén por la época de la Pascua y dicen: -Queremos ver a Jesús, queremos encontrarnos con Él-, lo que hace Jesús es ayudarlos a profundizar en lo que están por vivir. Ellos quieren ver a Jesús, y Jesús ya casi no va a estar entre ellos. Pero no basta con verlo al otro, no basta solamente con tener una imagen de Él, sino que tengo que mirar en el corazón, si me quiero comprometer con Él o no. Y esto es también central en nuestras vidas, en cualquier vínculo, no basta con encontrarnos con los demás -en una amistad, en un noviazgo, en una familia, hasta podríamos decir en una escuela, en un lugar de trabajo- lo que realmente importa es de qué manera yo me comprometo con el otro; de qué manera yo estoy dispuesto a jugarme por el otro.

Por eso Jesús frente a ese “queremos verte”, les dice tres parábolas. La primera es que hay algo que tiene que morir para que algo nazca. Y esto pasa continuamente en la vida de nosotros. Para que algo nuevo nazca, hay cosas que tienen que quedar atrás. Las situaciones límites son cuando más nos damos cuenta de esto, justamente porque hay un límite. Hay algo que tiene que ir por un lado, y hay otra cosa que tiene que ir del otro lado. Pero somos nosotros los que tenemos que animarnos a dar ese paso. El problema es que los frutos se ven después. Generalmente, cuando una está en una situación límite, lo que tiene que hacer es tomar una opción, y tiene que esperar, muchas veces los frutos tardan en darse. El problema que tenemos con Jesús, es que resucitó hace como dos mil años, entonces uno lo lee al revés. Primero, uno aprendió que Jesús resucitó y que está vivo, y después que murió y pasó por su pasión, entonces casi como que nos parece natural o fácil. Casi que podríamos decir, “Jesús da la vida porque ya sabe que va a resucitar”, y en realidad a Él le tocó dar ese paso sin saber lo que iba a pasar. Él por amor decide entregarse. Él lo que descubre es que para que su vida de fruto, la tiene que dar por los demás. Y muchas veces nos vamos a encontrar frente a esa encrucijada: de qué manera estamos dispuestos a entregarnos. Eso implica todo un discernimiento en el corazón, descubrir que ese es el camino, aún cuando no vea claro que eso es a lo que mi corazón me está invitando.

En segundo lugar, nos dice Jesús, que esto se hace por amor. En esta dicotomía que tanto no entendemos, que hay cosas que se aman y cosas que se odian, en el fondo nos esta diciendo que hay cosas que uno hace por un amor más profundo: eso es lo que nos invita a descubrir: ¿cuáles son esos amores profundos por los que estamos dispuestos a entregarnos? El domingo pasado escuchábamos como la centralidad del mensaje de Jesús, es que su entrega es por amor. Todas nuestras entregas, nuestros sacrificios tienen que ser por amor. Una entrega o un sacrificio que no es por amor, no tiene sentido. Pero cuando uno descubre que lo hace por amor, cobra un sentido muy profundo.

En tercer lugar, Jesús nos dice que eso va a dar fruto. Que si Él se anima a entregarse, va a atraer a todos hacia Él. Lo que va a hacer que se acerquen los demás hacia Él, es justamente animarse a dar ese paso. Eso es lo que todos buscamos en la vida. Cuando Jesús dice que la centralidad de su entrega es por amor, es lo que todos estamos buscando: que los demás se acerquen o se entreguen a nosotros por amor, eso es lo que llena nuestro corazón. Y cuando el otro no se termina de entregar, nos cuesta, nos duele, nos enojamos. Cuando el otro no es como nosotros esperábamos, cuando el otro está midiendo hasta dónde, nos molesta. Lo mismo nos pasa con nosotros mismos, y hasta nos enojamos. Cuando nos damos cuenta que nuestra entrega es mezquina: “Bueno, hasta acá doy yo, no quiero dar más”, y después nos preguntamos por qué estamos molestos, por qué estamos de mal humor, más tarde entendemos que es porque no pudimos terminar de abrir el corazón, y lo que hace que todo cambie es que uno se anime a dar ese paso. Esto es lo que Jeremías le está diciendo al pueblo. El pueblo de Israel está en su momento más difícil, porque tuvo una tierra y la perdió. Supo lo que era un don, y supo que lo iba a perder. Lo que tiene que volver a ver en el corazón en ese momento límite, es si va a volver a optar por Dios o no. Lo va a tener que hacer cuando no tenga nada, no sabe que va a pasar después, pero tiene que elegir en el corazón

Hoy Jesús, en este camino hacia la Pascua, nos pone también en esa encrucijada: ¿de qué manera queremos elegirlo? ¿de qué manera queremos encontrarnos con Él? Hoy somos nosotros los que podemos decir, junto con esos griegos: “Queremos ver a Jesús”. Y Jesús nos va a decir: “Yo los invito a un paso más. Yo los invito a que se animen a profundizar y encontrarse verdaderamente conmigo. A que se animen a morir a aquellas cosas que hay que dejar atrás, y a hacer nacer aquellas cosas que verdaderamente dan vida”. Pidámosle a Jesús, aquél que se entregó para que nosotros tengamos vida, que también nosotros podamos seguir ese camino.

LECTURAS:

*Jer 31, 31-34.

*Sal 50, 3-4, 12-15.

*Heb 5, 7-9.

*Jn 12, 20-33

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