lunes, 5 de septiembre de 2011

Homilía: "Si tu hermano peca contra tí" - domingo XXIII del Tiempo Ordinario

En la película “UN SUEÑO POSIBLE”, de la que alguna vez hemos hablado, la familia Touhy, Leigh Anne más en concreto, decide llevarse a su casa a un chico enorme, Big Mike, que se está mojando a la noche porque no tiene donde ir a dormir. Y esto que comienza como una noche para que este chico tenga una cama, un lugar cálido para dormir, empieza a crecer en un vínculo cuando descubren que no tiene a donde ir, que no tiene un lugar donde estar. Pero, como todo pasa, después de un tiempo, esta madre quiere averiguar un poco más de este chico; sin embargo, él casi no le dice nada. Y es por eso que, hablando con John, su marido, está preocupada y quiere saber qué es lo que pasó, sobre todo cómo un chico puede llegar hasta esta situación. Pero su marido, dando en la tecla, le dice “Mira, justamente el don que tiene Mike es el de saber olvidar; no tiene rencor con nadie”. Entonces le pide a esta madre que lo deje tranquilo y, podríamos decir, que esa parte la cumple pero no se queda tranquila con la situación porque quiere ver cómo cambiarlo, cómo corregirlo, no puede ser que un chico quede así desolado, que nadie se ocupe… hasta que averigua dónde vive la madre y decide ir a verla para hablar con ella. Estaban pensando en adoptarlo pero, aparte, quería decirle algunas cosas de lo que había sido y de cómo una madre puede despreocuparse de su hijo. Sin embargo, esto que empieza como un deseo de corrección y de ir a decirle algunas cosas, termina en una desolación y una gran pregunta para la madre porque se encuentra con una mujer que está perdida, adicta, que no sabe qué hacer con su vida, podríamos decir con una pobre mujer. Entonces, lo que empezaba como un deseo de corregir cosas, termina con una compasión muy grande y dándose cuenta de que esta mujer no está en condiciones de soportar ni de aguantar lo que ella le pudiera decir. Es por que, a partir de ahí, descubre que la que tiene que descubrir qué camino tiene que tomar es ella.
Y esta gran pregunta que queda en esta mujer, “si la corrijo, si no la corrijo, si le digo algo o no le digo algo”, es también una pregunta que muchas veces nosotros nos hacemos en la vida. ¿Hasta dónde me tengo que comprometer con el otro?, ¿hasta dónde le tengo que marcar los errores, o corregir, al otro?, o ¿cuándo, de qué manera?, ¿de qué forma lo tenemos que hacer? Porque, por un lado, muchas veces nuestras ansias de perfección o de creer que todo se tiene que hacer bien o de que hacemos mejor las cosas que el otro, muchas veces nos llevan a querer decirle todo al otro y querer corregirlo en todas las cosas. Pero otras veces nuestro decir “no es mi tema, yo no tengo por qué preocuparme, es asunto del otro” también nos lleva a dejarlo de lado, a decir “bueno, que haga el otro su camino, que se preocupe” o lo que fuera. Entonces, la gran pregunta en el corazón es ¿qué es lo que tengo que corregir?, ¿cuándo tengo que corregir?, ¿de qué manera tengo que corregir?
Y podríamos decir que el primer dato de qué es lo que tengo que corregir nos lo da este Evangelio porque dice “si tu hermano peca contra ti”. Podríamos decir, sino, en la primera lectura, porque acá podríamos decir está diciendo “cuando mi hermano se equivocó conmigo”. En la primera lectura dice “si tu hermano está en un mal camino, si se ha desviado del camino, tenés que ir y corregirlo” entonces tenemos que ver que, en primer lugar, la corrección Jesús, o Dios en el Antiguo Testamento, nos la manda para cada situación. La primera pregunta es: ¿cuán responsables nos sentimos del otro?, ¿de qué manera nos sentimos vinculados con los demás? Porque, frente a ese “yo no tengo que preocuparme por el otro”, Jesús nos manda justamente que nos preocupemos por los demás. Nos manda que, ahí, tenemos que dar un salto de caridad; y, tan grande es este salto de caridad, que en la primera lectura Ezequiel nos dice “vos sos responsable de la suerte de tu hermano”. Esto es tan intrínseco en el Antiguo Testamento que lo fuerte es el Pueblo que Dios eligió, no cada persona individual, sino que lo importante es que, como pueblo, vayan creciendo. Pero esta experiencia que hacen estos hombres en el Antiguo Testamento en su encuentro con Dios es la que repite Jesús; Jesús llama a una comunidad y le pide a una comunidad que sea mensajera de su Buena Noticia. Es por eso que el camino para crecer en la fe, el camino para crecer en la vida, es crecer como comunidad, que es este deseo tan grande que todos nosotros tenemos. En lo profundo de nuestro corazón, está el poder crecer en el vínculo con el otro. Desde chiquitos, buscamos una pertenencia a un grupo, a una familia; no nos gusta quedarnos solos, y este deseo que tenemos en el corazón desde chicos se repite a lo largo de nuestra vida. Muchas veces tenemos esta tentación de creer que solos, separados, o aislados, estamos mejor; sin embargo, tenemos la experiencia de que, cuando estamos en esa situación, hay algo que nos falta, no nos termina gustando, no nos sacia el corazón. Y tampoco nos gusta cuando vemos a alguien que queremos que está aislado, que no tiene con quién encontrarse, que no tiene con quién vincularse. Y es por eso que, para comenzar a ver hasta dónde llega mi compromiso con los demás, Jesús nos dice “tu compromiso siempre es con el hermano”.
Y, cuando nos dice que tenemos que corregir, nos dice que es cuando el otro cometió un error, es decir, cuando el otro se equivocó, cuando el otro hizo las cosas mal. Porque acá tenemos un problema muchas veces que es que, cuando tenemos que corregir a los demás, muchas veces corregimos sobre lo que no nos gusta, sobre lo que me parece que no está bien, sobre lo que creo, pero no sobre lo que sabemos que está mal. Y la corrección es clara cuando el otro hizo algo que lo desvió de su camino o me hizo un mal, o cuando descubrimos que eso no le va a hacer bien, pero no cuando no me gusta, o no cuando es opinable. Primero, porque se hace muy difícil: si yo voy a corregir al otro en lo que es distinto de mí, o no me gusta, o me parece opinable, me va a llevar toda la vida porque todos somos diferentes. Pero segundo, si queremos crecer en comunidad, tenemos que aprender a descubrir que somos distintos y que, en esa diferencia, también está la riqueza; que en ese muchas veces hasta disentir, en ese muchas veces no compartir lo que el otro cree o piensa, es en donde nos podemos enriquecer. Pero que la corrección tiene que ser clara en eso en que el otro se equivocó.
En segundo lugar, como decíamos antes, tenemos que aprender que todos somos responsables de los demás. Y creo que en esto es muy clara la segunda lectura. Cuando a Pablo le preguntan qué es lo que hay que cumplir, cuál es la ley que hay que vivir, aquel que se pasó la vida cumpliendo la ley, y viviendo la ley, como judío dice “la ley que hay que cumplir es el amor; el amor es la plenitud de la ley porque el amor nunca hace mal al otro, porque el amor nunca puede dañar al hermano. Y, por eso, todo aquello que ustedes han escuchado que hay que hacer se resumen en esto: amen”. Y, si tenemos que englobar de dónde nace la corrección, o cuándo sé que estoy corrigiendo bien, es justamente cuando lo hago por amor. La regla de esto es amarnos los unos a los otros como nos dice Jesús y, a partir de ese amor, a partir de comprometerme con el otro, es que tengo que corregirlo; a partir de ahí, tengo que dar este paso. Y, si todavía no lo quiero (porque muchas veces nos pasa), si todavía no lo amo, seguramente tenga que dar un paso antes: quererlo, amarlo, para poder corregirlo. Tengo que tener un compromiso o un vínculo fuerte para poder ayudar al otro, para poder mostrarle el camino.
Por último, y en tercer lugar, Jesús nos dice que, cuando queremos corregir, tenemos que hacerlo en privado. Y tal vez esto es lo que más nos cuesta; creo que muchas veces el último que se entera de que hay algo que nos molesta del otro es justamente aquel que hizo algo contra nosotros. Muchas veces terminamos hablando con los demás, divulgando muchas cosas que no nos hacen bien a nosotros y que terminan dañando ese vínculo; por eso la manera de sanar siempre los vínculos es animarnos a enfrentar la situación, animarnos a estar cara a cara con el otro. Y es en ese cara a cara que podremos sanar el vínculo; es en ese cara a cara, de corazón a corazón, donde en general las cosas empiezan de nuevo, donde el camino se hace nuevo para Jesús, se hace nuevo para nosotros. El corregirse es justamente una expresión del amor y es lo que nos puede ayudar a caminar. Varias veces hemos hablado de cómo todos nos equivocamos, y todos tenemos esa necesidad de corrección y también de corregirnos, y es parte del comprometerse y responsabilizarse los unos a los otros; pero para eso tenemos que crecer en el amor, para eso tenemos que poner un piso antes, tenemos que solidificar algo antes porque de ese querer y amar nace lo mejor del corazón y nos compromete a nosotros y lo compromete al otro.
Una gran pregunta que siempre me hice es, cuando Jesús le pregunta a Pedro si lo ama, después de que Pedro lo negó, es ¿qué es lo que habrá sentido Pedro? Porque seguramente estuviera esperando que Jesús lo rete, que lo recrimine, que le diga un montón de cosas; sin embargo, en lo único que lo cuestionó fue en el amor. A veces hasta nos es más fácil que el otro nos diga un montón de cosas porque sentimos que nos lo merecemos; en este caso, era muy claro. Y creo que Pedro pudo vislumbrar lo que Jesús estaba haciendo porque se sintió querido y amado. En ese corregir de Jesús, más allá de lo que decía, estaba ese vínculo fuerte que Jesús había hecho con Pedro: lo había amado, y por eso varias veces le pudo mostrar el camino. Había dado la vida por él. Y creo que es en ese ir dando nosotros la vida, en nuestras familias, en nuestras comunidades, donde nos toca, que podremos ir también mostrando el camino a aquel que lo necesite. Ahora para eso también nosotros siempre tenemos que estar abiertos, porque esto es recíproco: yo lo ayudo al otro, y el otro me ayuda a mí.
Pidámosle a Jesús –a aquel que nos mostró el camino, a aquel que nos enseña a vivir en esta plenitud de la ley, que es el amor– como comunidad, como familia, que nos enseñe a solidificarnos cada día más en el amor, a crecer en esa caridad. Pidámosle que nos ayude a crecer como comunidad y que, creciendo en esa comunidad, podamos crecer en la corrección como expresión del amor.




LECTURAS:

Ez. 33, 7-9

Sal. 94, 1-2.6-9

Rom. 13, 8-10

Mt. 18,15-20


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